Capítulo 10: "Una dura sesión…"
…de clase con Jim había alejado de Harry todo su mal humor. Esos días no estaban siendo fáciles para él. Volvía a encontrarse solo la mayor parte del tiempo ya que no podía ir a las clases y rara vez veía a Iker ahora que pasaba las noches vigilando a Draco en el hospital.
Suspiró mientras soltaba la llave de la taquilla que llevaba atada al cordón del pantalón, donde la solía sujetar cuando daba clases para no perderla. Había pensado mucho en el rubio últimamente, pero no había sido capaz de tomar ninguna decisión seria salvo la de estar alejado de él hasta que pudiera tomarla.
Un suave ruido en su taquilla llamó su atención. Miró a su alrededor pero no vio nada fuera de la común. El vestuario estaba vacío.
Acercó su rostro a la fría puerta de metal e intentó mirar por las rejillas, pero no pudo distinguir nada, aunque el ruido se hizo más fuerte y rápido. Era una especie de aleteo.
¿Un pájaro en mi taquilla? – pensó extrañado. Pero al instante desechó la idea.
Volvió a mirar a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. Lo que iba a hacer era imprudente ya que su varita estaba dentro y durante unos segundos estaría indefenso si lo que se movía entre sus cosas era algo maléfico. Lo responsable habría sido avisar a la sección correspondiente del ministerio, pero eso supondría dar muchas explicaciones y demasiado tiempo, así que optó por saltarse de nuevo las normas.
Metió despacio la llave en la cerradura y lentamente comenzó a girarla. Respiró profundamente al llegar al tope y creó en su mano izquierda una pequeña bola de energía aturdidora. No era un gran hechizo pero serviría. Abrió de golpe y…
—¡¿Una pajarita de papel? —exclamó entre sorprendido y extrañado.
La pajarita se movía entre los objetos apelotonados en la taquilla, golpeándose de cuando en cuando con alguno. Harry la cogió al vuelo y la desdobló para leerla.
"Sabemos quién eres.
Te estamos observando.
Sal si tienes agallas."
Harry sonrió, sabía de quién era esa letra
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—Entonces, ¿la nueva tienda en Berlín funciona bien? —preguntó terminando de enroscar sus espagueti.
—De maravilla. Si el negocio sigue así, no descarto Holanda y Austria —dijo Ron mientras dejaba su jarra de cerveza muggle—. La verdad, desde que nos lanzamos en Paris y Roma, todo nos está funcionando muy bien.
—¿Y a ti cómo te va lejos de la política, Herm? —la chica arrugó un poco la nariz.
—Lo echo de menos. Aunque creo haber descubierto otras formas de conseguir cosas.
—¡Oh, sí! Las Fundaciones —exclamó el pelirrojo. Harry les miró sorprendido.
—Te explico —dijo Hermione emocionada—. Todo comenzó en Ginebra. Necesitaban ampliar el ala de pediatría infantil del hospital, así que me peleé con los burócratas de la zona, creé una Fundación llamada "Sonrisas para el futuro" y organicé exposiciones de pintura y escultura. Luego se hizo una subasta y, con lo que conseguimos, pudimos dar el primer pago. Ahora estamos preparando más actividades para conseguir socios, donativos privados y alguna que otra subvención del gobierno suizo.
—Ahora quiere abrir una sede aquí en Londres. Ya tiene otras dos en Italia y España.
—Pues cuenta conmigo. Me haré socio —Hermione le sonrió con cariño.
—Ya te tenía en mente junto con Sirius y Remus.
—Y te presentaré a mi compañero de cuarto, Iker Osborne. Su padre es una persona influyente en España —se llevó otra ración de pasta a la boca—. El problema es que está ocupado haciendo de niñera de Malfoy y… —notó claramente como las manos de su amiga se tensaban ligeramente y el rostro de su amigo se ponía algo serio— ¿Pasa algo?
—No —dijo la chica intentando disimular—. Estaré encantada de conocer a tu nuevo amigo.
—Llevamos demasiado tiempo juntos como para saber cuándo me mientes, Hermione —dejó suavemente su cubierto en el plato—. Sé que es lo que pasa y no tenéis que preocuparos. Yo tenía quince años.
—Harry —fue Ron el que tomó la palabra—, no es que no confiemos en ti. Pero tú estuviste muy enamorado de él y… Compréndenos. Es una sucia serpiente. Si descubre que… ¡Maldita sea, Harry! Aprovecharía esa información sin dudarlo para su propio beneficio.
—¿Y no lo harías tú en su lugar? —la pregunta sonó más seca de lo que el moreno pretendía.
—Tal vez —medió su amiga—. Pero no estamos hablando de él, sino de ti y de Malfoy.
—Está todo controlado, en serio. Ya no soy su guardián y no puede acercarse a mí.
—Harry, por favor —rogó—. Entonces no te acerques tú a él —Hermione había apoyado suavemente la mano sobre la muñeca de su amigo.
—Pero… —tiró frustrado su servilleta sobre la mesa—. No entiendo a qué viene esto ahora.
—Tus últimas cartas han sido… —Ron se mostró algo desesperado—, Draco esto, Draco aquello, Draco lo otro —el moreno cerró los ojos negando con la cabeza—. Ya pasé una vez por ello, Harry. Conozco los síntomas y no quiero verte pasar por este sufrimiento de nuevo.
—Casi te destruye. Te consolaste con lo del armario y la sala de los Menesteres. Te mentiste a ti mismo asegurándote que por eso le seguías día y noche, pero no era así. Estuviste todo el funeral de Dumbledore esperando que apareciera.
—Nosotros también éramos jóvenes y nos equivocamos al dejarte hacer. Pero ahora es diferente.
—Tenéis que confiar en mí. En serio. Esta vez no será igual. Yo tengo el control.
Hermione y Ron se miraron algo disgustados. Ambos sabía que no iban a sacar nada de aquella conversación salvo enfadar a su amigo, así que cambiaron de conversación. Hablarían con Iker antes de volver al continente para que cuidara de Harry por ellos
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La pálida mano de Violeta temblaba mientras buscaba apoyo en el reposabrazos de cuero marrón. Lentamente, mientras luchaba por asimilar aquella frase, se sentó con la mirada perdida.
—¿Estás segura de tu diagnóstico? —oyó a lo lejos preguntar a su hermano James. La doctora asintió con la cabeza—. ¿Y no hay solución? ¿Operar o quimioterapia tal vez? —ella negó y se hizo de nuevo el silencio en la habitación.
Escondió la cara entre sus manos. Esto no le estaba pasando a él, era imposible. Él moriría en un accidente o en una orgía… ¡De viejo en su cama rodeado de amantes! Pero no así. No enfermo y agonizando.
Notó la mano de su hermano apoyada en su hombro y le miró.
—No te preocupes, Ian. Consultaremos a otros especialistas. Tal vez haya un tratamiento experimental que…
—Ya la has escuchado, James.
—Aún quedan algunas pruebas por hacer. Tenemos que saber cómo de extendido y a qué velocidad avanza para determinar el tratamiento que deberías seguir —les interrumpió Vanesa—. Tengo un colega que trabaja en el Monte Sinaí de Chicago, el doctor Taylor. Es uno de los grandes en este tipo de cáncer. El mes que viene estará en Europa. Puedo concertaros una cita con él.
—¡Sí! —exclamó James.
—No. No quiero más médicos ni pruebas.
—No seas estúpido y cabezota. Vanesa, mándale todo lo que tienes y que él valore, si es necesario una consulta, Ian asistirá.
—De acuerdo —dijo la chica comenzando a ordenar sus papeles.
El pelirrosa se puso de pie lentamente y dejó que su hermano lo acompañara hasta la puerta. Apoyó su mano en el marco y se giró de nuevo hacia la doctora.
—¿Cuánto tiempo me queda?
—Eso es difícil de saber… seis meses… un año con mucha suerte. Dependerá de cómo responda tu cuerpo a los paliativos.
Él afirmó con la cabeza y mirando con desolación a su hermano, salió de la consulta.
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—¿Lo harás? —preguntó ansiosa Hermione.
La cena en casa de Sirius había sido deliciosa, pero Hermione había estado demasiado preocupada evaluando al amigo de Harry y buscando una oportunidad para hablar con él a solas, que no la había disfrutado.
—Claro. En España este tipo de cosas desgravan en los impuestos —tomó otro sorbo de vino y observó distraído cómo Harry se reía con la cuñada francesa de Ron, en la terraza.
—No me refiero a eso —contestó de mala manera, haciendo que Iker centrara de nuevo su atención en ella. Ron les observaba ambos desde un segundo plano intentando ocultar su sonrisa.
—¿Te he hablado de mi novia? —preguntó distraídamente.
—¿Tu qué…? —estaba totalmente fuera de juego—. No, pero yo…
—Es una Public Management extraordinaria. Tiene en su agenda de contactos a mucha gente importante de medio mundo.
—¿Y? —no entendía nada.
—¿Trabaja para una empresa o es freelance? —interrumpió Ron. En ese momento, Hermione se dio cuenta de la situación.
—Freelance —respondió sonriendo.
—Dame su tarjeta y hablaré con ella —afirmó—. No estaría mal contratar una relaciones públicas para la Fundación.
—O para cualquier negocio en expansión —sonrió de nuevo—, tal vez por América —sugirió, sacando de su cartera una tarjeta de cartulina y entregándosela a Hermione—. Es muy buena, en serio, cuando la conozcas me lo agradecerás. Y respecto a Harry, ya me contó esa parte de su pasado y no hacía falta que me lo pidieseis. Estaré atento. Es de las pocas personas que conozco que realmente merecen la pena.
—¿Y no vas a pedir nada a cambio? —preguntó con ironía mientras se alejaba de ellos.
—Déjala, no te molestes —le susurró Ron, observando como ella comenzaba a hablar con Remus—. Es que está acostumbrada a dirigir las negociaciones.
—Ya me di cuenta. Es una mujer fuerte e inteligente. Tuviste buen ojo —afirmó apurando su copa.
—Y mucha suerte, créeme. Además, aunque no lo parezca, le has caído bien.
—¿Tú crees?
—Seguro.
—Veo que ambos tenéis las copas vacías —interrumpió Sirius—. ¿Os apetece probar mi última adquisición? Es de un pequeño viñedo siciliano.
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Iker se sentó pesadamente en el sillón frente a la cama del rubio, que le observaba divertido.
—Son las tres de la madrugada y llegas en un estado lamentable —negó con la cabeza burlándose—. ¡Qué irresponsable!
—Tú… tenías que estar… dormido —se maldijo mentalmente por haber bebido tanto vino tras la cena. Hasta las palabras le salían lentas.
—No puedo dormirme sin que me cantes una nana —bromeó. Iker estaba más bebido de lo que a simple vista parecía.
—Vete al infierno… capullo. Duérrrmete ya y déjame descansarr de una joodida vez. Maldito vino italiano —farfulló.
—¿Vino? Mañana vas a tener una bonita resaca —se ahuecó la almohada acomodándose.
Iker apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos.
—¿Sabes que probablemente en tres días me den el alta? —dijo al rato en voz muy alta para molestar a su guardián.
El chico se incorporó en el sillón algo confuso haciendo que Draco se riera hasta que se encontró con una varita apuntándole directamente al cuello.
—Escúchame bien, Belladona —le amenazó con voz enfadada. Ya no arrastraba las palabras—. O te portas como un niño bueno y me dejas dormir tranquilo esta noche, o me aseguro de que tardes un mes más en salir de este antro.
—Te sienta mal el vino —dijo alejándose de la punta de la varita.
Iker le observó hasta que creyó que ya no se movería. Entonces volvió a acomodarse en el sillón para dormir.
Cuando su respiración se volvió más profunda y regular, Draco abrió los ojos. Era su oportunidad. Probablemente la mejor y la única que tendría en mucho tiempo.
Silenciosamente, se levantó de la cama para acercarse a Iker y, con tranquilidad, hacerse con su varita.
La miró satisfecho. Era muy hermosa. La madera de cerezo estaba fina y sabiamente tallada, se notaba que el dueño la mimaba con cariño, ya que no tenía ni un solo rasguño. Tenía que averiguar algún día qué era lo que contenía en su interior, tal vez pelo de lobo o de zorro. Suspiró pensando en la suya.
Abrió el cajón de su mesita y entre los papeles de la universidad, rescató un sobre blanco que sabiamente había escondido entre ellos. Escribió en él el nombre de Harry Potter con su mejor caligrafía y después lo metió en el bolsillo de su bata.
Fue al baño y abrió sigilosamente la ventana. Después, con la varita en la mano, proyectó un pequeño destello dorado de luces en la oscura noche y se sentó a esperar. Apenas diez minutos después, escuchó un fuerte aleteo que se acercaba hacia él. Ahí estaba, un precioso halcón aterrizando en el quicio de la ventana como cuando era niño en Hogwards.
Observó satisfecho al orgulloso animal y le acarició lentamente la cabeza. Draco le tendió el mensaje y el ave lo cogió con cuidado con el pico, rara vez se ataba algo a la pata de un pájaro así, no era una vulgar y despistada lechuza.
—Procura que no te vea nadie, incluso él. Es peligroso —le advirtió.
El ave le miró con lo que a Draco le pareció cierta altanería, y partió.
Poco después, mientras el rubio dormía plácidamente, el sobre era silenciosamente depositado en la mesita de Harry sin que nadie se diera cuenta.
-Continuará. Gracias por leer-
