11. DAÑOS COLATERALES
Era sábado y Sherlock despertó con el sonido que el doctor Watson, merodeando medio dormido, hacía en la cocina. Debían ser cerca de las 7 de la mañana y lo más probable era que el médico estuviese preparando leche para su pequeña, cuyos horarios no distinguían fines de semana, festividades o emergencias.
El detective giró sobre su eje hacia su derecha y pasó la mano por la almohada desocupada a su lado. La apretó un poco y finalmente se recostó de estómago, sobre ella. Durmió algunos minutos más, hasta que, perezoso, se puso de pie y abrió su armario, sacando de ahí el archivador que pertenecía originalmente a la biblioteca. Le echó un vistazo y luego lo devolvió a su nuevo sitio, detrás de sus camisas.
John servía su taza de café cuando Sherlock cruzó hacia la cocina, para prepararse su propio té matutino, posteriormente se sentó frente al médico en la sala y luego de darle un sorbo a su taza, contempló en silencio el vapor que salía del café de John.
- ¿Hay algo…? - Comenzó Watson, quien había notado la expresión del detective.
- Fue un error, John. Todo lo que hemos hecho hasta ahora, pero en especial… - Interrumpió el consultor, con tanta seriedad que en un momento el doctor creyó que se estaba hablando a sí mismo en su palacio mental.
- Cuando pasaste la noche con ella. ¿Te ayudaría si te dijese que no? Además tú, bueno, ya sabes…
- ¿Sé qué? - La voz de Holmes sonaba irritada.
- Te gusta, la… proteges, estás ena…
- No. Y ella tampoco, nosotros… - Sherlock se pasó las yemas de los dedos por los ojos y agregó: - Nosotros solo fuimos estúpidos.
- Humanos. - Corrigió el médico.
- ¿No es lo mismo? - Preguntó el detective. - El caso es que no debí hacer excepciones. La cosa, John - Se puso de pie y se acercó a la ventana. - Es que esto ha ido tan lejos que cualquier salida es potencialmente peligrosa y yo no puedo dejar que ese peligro se transfiera a ella yo tengo que… tomarlo.
- Sherlock, estás siendo dramático. Más de lo habitual. - Informó el doctor, que había dejado su café sobre la mesita.
- No. Quiero corregir la situación a la que nos expuse, tratando de evitar al máximo los daños colaterales. Después de todo, es mi responsabilidad asumir los costos del cheque en blanco que firmé para ella.
- ¿Vas a elaborar, verdad?
- Debí preguntar… Debí dejarla contar su historia diez veces si fuese necesario y tenía que mantenerme al margen. Era sencillo, siempre lo hago…
- No cuando ella es la involucrada.
- ¡Ese es el punto! Ese es el maldito punto. Y ella lo sabe. Oh, Dios, - El detective no pudo evitar la sonrisa que emanó de sus labios. - Esa Mujer es tan buena en su juego.
- ¿Idea? - Preguntó Watson, Holmes asintió - ¿Me la vas a decir?
- Es más dramático si no lo hago. - Contestó Sherlock y se puso su abrigo, para posteriormente bajar casi corriendo las escaleras.
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Holmes había despertado con esa idea en la cabeza, sin embargo aun tenía sus dudas. La conversación con Watson sirvió para, entre otras cosas que pudo aclarar en su cabeza, decidirse por el curso de acción que ya había trazado mientras dormía.
- Imagino que para estas alturas ya habrás determinado el grupo terrorista que está detrás de la información que Adler posee. - Preguntó el detective, apenas irrumpió en la sala de los extraños del club Diógenes.
Mycroft despachó a una joven, que según las deducciones de Sherlock, era una agente de MI-6 y ofreció té (el que fue rechazado) antes de decir:
- ¿Adler? Interesante elección de término para referirte a La Mujer, hermano. ¿Qué pasa? ¿Tratando de distanciar esas emociones tuyas?
- ¿Por qué todo el mundo…? No importa. - Cuestionó el detective molestándose.
- Por supuesto que yo sé que tu interés no es romántico, estarías haciendo cosas más estúpidas de las que has hecho hasta ahora. Es algo más bien de corte… moral. - Explicó el mayor, con una sonrisa burlesca entre los labios. - Lo que no deja de ser gracioso, de todas formas.
- Bien, gracias por esa elocuente explicación, ahora ¿Puedes responder mi pregunta inicial, si no te es mucha molestia?
- Oh, claro, el grupo terrorista. Bueno, hermanito, si hiciste algo bien durante este tiempo fue suponer que tus rivales no están entre los sospechosos de siempre. Hemos identificado a los emisarios de la nota y reportado de su presencia y operaciones en suelo británico a quienes corresponde. Nuestros pares alemanes están al tanto de lo que ocurre en sus fronteras.
- ¿Si son alemanes, entonces? Lo que hace más difícil un posible contacto con Von Hoffmanstal, ¿verdad? - Mycroft asintió ante la afirmación de su hermano y antes de que pudiese decir algo, el menor agregó: - Te compraré tiempo, entonces.
- Sherlock, no estarás pensando en…
- Es exactamente lo que te propongo. Será fácil, si lo piensas por un segundo. Voy a llamar toda la atención hacia mí, mientras tú contactas a Von Hoffmanstal y aseguran a Irene. Sólo una vez que ella esté segura, la memoria volverá a Alemania. Cuando acceda a su contenido, además, te estaré dando un pase gratis a ti, hermanito.
- Y es peligroso, Sherlock. Ayleen Wood supo de la presencia de Adler en Inglaterra un día después de que ella llegó. Pudo haberla matado al instante, sin embargo, decidieron esperar, ver qué harías con la información que el hombre al que asesinó tenía en su poder y cronometrar cuanto tardaría la respuesta en llegar. ¿No fue mucho tiempo, verdad? Desde que accedas a esa memoria, tendrás un día, como mucho, para evitar que te la arranquen de las manos a cualquier costo, Sherlock.
- Espero que sea suficiente para que tú y Von Hoffmanstal pongan a Irene a salvo, entonces. - Finalizó el detective e inició la retirada.
- Sherlock, espera. - Solicitó Mycroft, preocupado. -Dame un par de horas. Un día, para asegurar una ruta segura para ella y otra para ti. Tomarán caminos diferentes, pero se reunirán en territorio neutral, tú y ella. Asumo que Frederick podrá cubrir tu espalda también mientras la seguridad de la información y su esposa dependan de ti. - El detective asintió, si fuese capaz de expresar su gratitud hacia su hermano, lo hubiese hecho. - Y por el amor de dios, deja de comportarte como un adolescente.
Sherlock sonrió y salió tranquilo.
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El juego comenzaba. Sherlock sabía exactamente todo lo que tenía que hacer y dejaba que las agujas de su reloj guiasen sus pasos. Primero, dejarse ver. Era importante llamar la atención todo lo que pudiese, pero de manera discreta, como si no se diese cuenta. Después de todo, la mejor estrategia era hacer que el rival le creyese más débil de lo que era. Por lo que se paseó por el centro e incluso se detuvo a leer el periódico en un Starbucks, solo para identificar cuantas caras "poco amigables" se detenían en él. Después de eso, y esta vez, con más discreción, entró a una galería, con distintas tiendas de diferentes tamaños, índoles y estatus legal. En una de ellas compró una memoria, y en otra (en la que se comercializaban DVD y películas en formato Blueray a muy bajo costo) entabló una conversación con el propietario, mientras sostenía la memoria bajo la palma de su mano, en el mostrador. Finalmente, el detective la guardó y se dirigió a Baker Street. De las diez curiosidades que había despertado al salir del club Diógenes, solo tres lo acompañaron hasta dispersarse ordenadamente por la acera, cuando el hombre tomaba su violín, aguardando por la señal de su hermano.
Por supuesto que ellos siguieron observando discretamente lo que ocurría en el 221B de Baker Street. Y por supuesto que el detective consultor ya había elaborado un perfil de cada uno de ellos: dos hombres y una mujer, con historiales carcelarios y pertenecientes a la supremacía blanca. Ella portaba por lo menos, dos armas de fuego, mientras que los hombres llevaban una pistola cada uno en el tobillo, a juzgar por la forma en que caminaban y armas blancas, posiblemente hechizas, ocultas en sus vestimentas.
- John. - Solicitó el detective, una vez que escuchó al médico subir las escaleras.
- ¿Qué pasa? ¿Todo bien con ese plan tuyo? - Preguntó el médico acercándose a él.
- Necesito que llames a Lestrade para que venga por ti. Tú y Rosie se quedarán en casa de Molly, por un par de días.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Te lo dijo, quiero evitar al máximo los daños colaterales. - Explicó el detective, con mirada fría. Luego, hizo un gesto discreto para que John mirase por la ventana. No fue necesario señalar a los tres nuevos amigos que había hecho de camino a casa.
- ¿Tú vas a estar bien?
- Mycroft tiene un plan. La última vez que lo seguí, las cosas salieron bastante bien.
- Saltaste de un edificio y jugaste al espía por dos años, dios sabe dónde. - Puntualizó John.
- Pero la caída casi no dolió. - Indicó el detective. John tenía razón. Dios, como odio cuando tiene razón.
Casi sin mediar mayores instrucciones, Watson hizo lo que el detective le había señalado y casi media hora más tarde, Lestrade estaba a las afueras de Baker Street, en auto civil para trasladar al médico y su pequeña hasta una locación segura (que por si las dudas, de todas formas seria monitoreada por agentes dispuestos por el detective inspector).
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"La FIFA, es después de todo, una ONU mucho más lucrativa.
M. HOLMES"
El mensaje de Mycroft llegó cerca de las ocho de la noche. En ese intertanto, Sherlock había realizado más deducciones sobre sus observadores (uno de ellos era zurdo, la mujer tocaba el piano), recogido la memoria desde su armario y conectado la nueva a su computadora, dónde detrás de un elaborado sistema de escritura, códigos y encriptado, guardó la versión de una canción en español, dónde participaba un tal Justin Bieber[i] y aparentemente, era muy popular en youtube. Tras oírla, no entendió por qué. La cosa es que según sus cálculos, tomaría un par de horas descubrir que esa no era la memoria que estaban buscando. Más tiempo. Ojalá el suficiente.
Sherlock entendía que el mensaje de Mycroft era un código. Cuando utilizaba instituciones internacionales, se refería al lugar dónde su sede principal estaba. Ahí era, por lo general, el punto de entrega, la ubicación de lo que buscaba, o como en este caso, el destino seguro al que debía llegar.
- ¿Por qué demonios cree que sé dónde está la FIFA? - Preguntó en voz alta el detective, mientras tomaba su teléfono para averiguarlo.
Zúrich. Un poco obvio, tras descubrirlo.
Entonces, sólo le restó esperar. Sin embargo, no podía poner su mente en blanco y cualquier intento por ocupar su cabeza en otra cosa era en vano. Tenía otro enigma en frente, uno del que decidió alejarse lo más que pudo, hasta que la tentación fue irresistible.
Él y La Mujer se encontrarían en un punto neutral. No en Alemania ni en Inglaterra… Suiza. Recordó sus propias deducciones, y las palabras de Adler, sobre que lo que pasase después de la reunión entre ella y ese marido suyo. ¿Qué pasaría si pudiese darle un final diferente a la historia? ¿Si ese final inevitable, fuese después de todo, evitado?
¿Puede Samara ser evitada?
- ¡Sherlock! - La voz histriónica de la casera lo sacó de sus cavilaciones y le hizo darse cuenta de que tenía los ojos cerrados. - La comida que ordenaste esta aquí, la pobre muchacha lleva casi diez minutos esperando a que la recibas.
- ¿Comida…? No he… - Dios. El hombre se puso de pie por inercia y alejó a la señora Hudson de su camino.
Sherlock salió de su piso rápido, pero cauteloso. Se asomó y distinguió la silueta de la joven en la puerta, con una bolsa de un lugar de comida china que quedaba a varias calles del apartamento del detective. Entonces, notó su perfil y reconoció a la joven que estaba esa misma mañana en la oficina de su hermano. Dejó salir todo el aire que había contenido y se acercó a la muchacha.
-Lamento la espera. - Se disculpó.
- Mi jefe me dijo que en esta casa siempre tardaban, pero que dan buenas propinas. - Afirmó la joven, extendiéndole la bolsa a Holmes.
El detective sonrió y le extendió un billete a la muchacha, quien inclinó su cabeza como saludo y se dio media vuelta para subirse a su motocicleta de entregas.
Eran las diez de la noche. En la bolsa había efectivamente, una caja de comida china. El detective quitó cuidadosamente el contenido del recipiente, dejándolo en un plato y revisó las paredes de la caja, sin encontrar nada. Hizo lo propio con las servilletas y recibo, pero su suerte no mejoró. Entonces descubrió que de la bolsa (que creía vacía) cayeron tres galletas de la fortuna, cada una tenía dos papeles. A Sherlock no le costó armar el mapa: La Haya, Bruselas, Luxemburgo, Stuttgart, Zúrich. El último era un número que Sherlock reconoció como emergencia. Esa era su ruta, y aunque sabía que la de Irene debía permanecer en secreto, incluso para él, le incomodaba no saber dónde estaría, aunque luego de analizar la suya por un momento mientras comía, podía deducir por dónde sería trasladada, gracias al generoso de detalle de hacerlo pasar a él por Alemania. Si debía hacerlo, era porque Irene tomaría la ruta a través de Francia. Eso lo ayudó a calmarse un poco.
Devoró su comida y decidió acelerar un poco el proceso por su cuenta, enviando un mensaje a Lestrade.
"Un caso.
Dame un caso. SH"
Eso era suficiente como para que tanto el detective inspector como el hermano mayor del consultor entendiesen a lo que se refería.
Holmes no podía dormir. Tenía que estar alerta; tenía que asegurarse de que las decisiones que tomase dentro de los próximos días serían las correctas.
Contexto emocional, Sherlock. Te destruye todo el tiempo.
¿De verdad vas a arriesgarlo todo por un "quizás"?
No es lo que hago.
Tienes miedo.
No.
Bueno, tu conciencia, o sea yo, acabo de hacerte una pregunta, tu acabas de hacerte una pregunta y tu no las estás respondiendo, hermanito.
¿No tienes una pregunta recurrente que hacer?
Sherlock se levantó y preparó café. Afinó su instrumento. Si su cabeza no era buena compañía, quizás la música si lo sería. Se asomó por la ventana; la mujer que lo perseguía estaba sentada en la acera de enfrente, disfrazada de indigente. Hicieron contacto visual y él tragó saliva.
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Era casi mediodía cuando el detective inspector Lestrade se apostaba en la sala del 221 B de Baker Street, con un archivo entre las manos. Sherlock, que bebía el té que la casera había llevado para él, extendió el brazo, solicitando la carpeta antes de que el policía pudiese abrir la boca.
- La pieza fundamental de la colección de joyas de Lady Deaver desapareció ayer por la tarde de la bóveda, en el banco de Inglaterra. Las cámaras de seguridad no muestran intrusos y no se ha detectado la brecha de seguridad en…
- Gracias, lo tomaré. - Confirmó el detective, revisando que detrás de las hojas del reporte policial había todo lo necesario para su plan.
Entonces, Sherlock comenzó a prepararse; tomó su abrigo, su bufanda y sus instrumentos. Metió en sus bolsillos algunos bocadillos y se puso los guantes. Entonces le hizo un gesto a Lestrade y comenzó a salir, pero, antes de abrir la puerta, el detective inspector lo sostuvo por el brazo.
-Espera - Le dijo, mirándolo con firmeza. - Este caso es real. Mycroft dice que puedes tomarlo, que él se hará cargo de lo demás.
- Apenas te subas al auto policial, llámalo. Dile que se contacte con Von Hoffmanstal, y que se asegure de que Irene está bien. Ella es nuestra prioridad, no esta maldita memoria.
Holmes se soltó del agarre y bajó las escaleras. Greg iba detrás, a paso más lento.
- ¿Sabes? Para ser alguien que no está enamorado, te tomas muchas molestias.
Cuando el detective inspector bajó el último peldaño, Sherlock lo miró desde su altura y respondió:
- Dile que no dejaré que lo que le pasó a Mary ocurra de nuevo. No en mi guardia. - Respiró y mientras abría la puerta, vociferó: - No iré en el patrullero. Te sigo en un taxi, nos vemos en el banco Graham.
- Greg. Deberías sabértelo, idiota.
El policía se subió al vehículo y Sherlock detuvo un taxi. Alcanzó a ver por el retrovisor como su amiga indigente (que ahora llevaba un uniforme de mesera) tomaba el taxi que venía justo detrás. La chica era buena, sin duda.
El detective le indicó al taxista una dirección que quedaba cerca de la casa del hacker al que acudiría esta vez. No era Craig, el dueño de Toby, otro; un poco menos confiable, un poco más efectivo. Bastante más efectivo, de hecho. Tenía órdenes de arresto en trece países diferentes, y sólo la semana pasada le había escrito a Sherlock, avisando que ahora se llamaba "Sam." Hace dos meses era "Lucas", hace un año, "Jeff". Justo lo que el consultor necesitaba para acceder a la información sobre los protocolos de seguridad del programa nuclear iraní que involucraba a Alemania.
Holmes caminó las pocas cuadras hasta la ubicación, notando que no era seguido por nadie. Refuerzos, eso es bueno, más ojos en mí, menos en Irene. Aunque no podía recordar en qué parte del camino había perdido al taxi en el que venía la mujer. Apretó ambas memorias entre sus manos, dentro de sus bolsillos y frunció los labios. Había un algo que no podía describir, un cosquilleo en los pulgares que no se condecía con la adrenalina que se supone, debía sentir para ese momento.
Llamó a la puerta y "Sam" lo recibió, medio sorprendido. En el interior, en el sótano de la casa, Holmes le explicó lo que requería y le enseñó ambas memorias. Conectaron la falsa primero, para saber qué tan efectiva había sido su estrategia. Incluso con las directrices de Sherlock y las habilidades del joven (que no tenía más de 23 años) le tomó casi dos horas reproducir la molesta música del video que estaba atrapado ahí.
- Si te atrapan, te van cortar los dedos uno a uno y con un cortaúñas por esto. - Comentó "Sam" con una risa escabrosa entre los dientes. - Ok, amigo, ¿Qué es lo otro que tienes?
- Un segundo. - Sherlock calculaba su ruta. Esas casi dos horas eran suficientes para ponerlo sobre el avión. Siguiente paso, entonces. - Esta, es la grande. ¿Te sienta en gana lanzar un proyectil nuclear iraní, con códigos alemanes?
El muchacho miró al detective incrédulo y casi se abalanzó sobre él para arrebatarle el dispositivo, sin embargo, la diferencia de estaturas benefició a Holmes, quien indicó autoritario que él conectaría la memoria.
El sótano tenía aislación de ruido. Nada de lo que se decía en el interior podía ser oído desde afuera y viceversa. Por lo que no oyeron la puerta o las voces que llamaban al detective por su nombre de pila. Por lo que Sherlock sacó una pistola de su cintura cuando la puerta fue derribada y puso la memoria en su espalda, en un afán casi ridículo por protegerla.
- ¡SHERLOCK, DETENTE! - El detective inspector Lestrade miró a su amigo con los ojos muy abiertos y la respiración agitada. - Por favor, dime que no has conectado esa maldita cosa.
- No, no. Pero lo voy a hacer, Lestrade. Ya no hay alternativa -Afirmó Holmes, bajando su arma.
- No puedes. - La voz de John provenía justo detrás de Greg y el médico se apareció, acercándose lentamente al consultor. - Tienes que abortar tu plan, ahora.
- Adler está en peligro, Sherlock. Una brecha en la seguridad. La encontraron. Tenemos que llevarte a su locación, entregar la memoria y esperar que no sea demasiado tarde.
El detective tomó el duplicado que había creado y lo arrojó al suelo con violencia, destruyéndolo en mil pedazos.
Contexto emocional, hermanito.
Te destruye cada vez.
[i] Si, es "Despacito."
Hey! Antes que decir cualquier cosa, si están leyendo esto, es porque ya leyeron el capítulo completo y por eso mis más sinceros agradecimientos. Como notaron las cosas comienzan (o vuelven) a ponerse tensas y el aroma de "desenlace" esta en el aire, bueno eso se debe a que oficialmente serán 14 capitulos de este fic, que estoy a punto de terminar de escribir y que, de acuerdo a un calendario que establecí (con actualizaciones algo más seguidas) terminaré de publicar el próximo domingo, siempre y cuando no me muera antes porque fin de semestre y trabajos finales y ... realidad.
Eso. Nuevamente gracias y se aprecian comentarios, halagos, sugerencias, reclamos, etc. Abrazo y nos leemos pronto.
