Sentimos la tardanza, aquí está el capítulo once, que lo disfrutéis.


Capítulo 11; Regreso

-

Había observado cómo aquellos demonios se marchaban junto a la bruja y la humana. Y Atobe, aunque primero parecía orgulloso por su poder superior, cuando los demás desaparecieron su semblante cambió. Ni reparó en él cuando se disponía a marcharse. Y Kamio, recordando que Echizen había comentado que el rey tenía presa a Ann, no podía dejar que Atobe se largase de rositas.

Se sentía débil por la herida causada por Atobe, pero pensaba que eso no tenía nada de importancia comparado con la situación de Ann, lo cual no quería ni pensar qué salvajadas le habrían hecho. Tratándose de demonios, cualquier atrocidad que se te pasase por la mente, no estarías muy mal encaminado.

Le dio tiempo de arrastrarse y tocar los zapatos del demonio antes que desapareciera. Y al instante, al abrir los ojos, se encontraba en unas especies de pasillos, paredes color marfil, cuadros aparentemente caros y el suelo cubierto por una alfombrilla de terciopelo rojizo.

Atobe había gruñido al ver que ciertas personas corrían de pasillo a pasillo y de habitación a habitación, en alguna búsqueda. Cuando se topó con un hombre grandote y con la cara cubierta por una capucha, Kamio tragó.

—…Kabaji —nombró Atobe con cierta molestia. Seguidamente se acercó a él y adentró su mano entre la capucha, buscando su cabeza.

Kamio permaneció al margen, con el corazón bombeándole con fuerza, y no por el miedo.

—…Maldito medio demonio —masculló el rey.

Tuvo que apartar un poco la mirada ante el castigo hacia su lacayo, estúpida costumbre de los amos maltratar a sus sirvientes. Es algo de las muchas cosas de los demonios que lo sacaba de quicio.

Seguidamente, escuchó una orden el idioma de los demonios y Kabaji desapareció con un leve asentimiento.

—Y… —dijo de pronto Atobe, girándose con una sonrisa cínica—, ¿has disfrutado del viaje?

Kamio hizo un esfuerzo por levantarse mientras se apoyaba en la pared, frunciendo el ceño y apretando los dientes.

—¿Ann… ha escapado…? —balbuceó por el dolor de la herida.

—No es de tu incumbencia.

Atobe guardó silencio de pronto con la mirada clavada en Kamio, se acarició la barbilla y asomó una pequeña sonrisa arrogante.

—¿Qué miras…?

Lo vio acercarse y él trató de retroceder. Pero al dar el tercer paso hacia atrás, su brazo apoyado a la pared resbaló, y antes que tocara el suelo, Atobe lo tenía cogido por el cuello de su camiseta. Mirándolo fijamente con aquellos ojos demoníacos, con una sonrisa que lo hizo estremecer.

—Veamos si puedes servirme o no.

Kamio no escuchó nada más por su parte y él no abrió la boca. En cuanto Atobe comenzó a arrastrarlo, seguramente para encerrarlo en espera de decidir qué hacer con él, ahogó gemidos de dolor por semejante trato.

Pero aguantó. Pensó en Ann y en donde pudiera estar. Si había escapado sola o alguien la había sacado de ahí. Si fuera éste la causa, agradecería eternamente a la susodicha persona por ayudarla.

Lo que no sabía Kamio es que se trataba de un medio demonio. Porque aunque fuera más humano, seguía siendo un demonio después de todo.

-

-

Trató de mantener medianamente abiertos los ojos. Le pesaban demasiado los párpados, y es que se sentía terriblemente cansada. Fue por esto que, aún habiendo reconocido a la persona que yacía bajo ella, no hizo nada por alejarse de él.

Por lo que pudo fijarse, Ryoma estaba igual o peor que ella, sino, no hubiera dejado que eso ocurriera. Porque sabía que él haría lo que fuera por no estar cerca suyo.

Luchó de nuevo porque sus ojos se mantuvieran abiertos, y entonces, cuando pudo hacer desaparecer por momentos aquella nubosidad que la impedía ver con claridad, parpadeó. De nuevo, lo contempló. Sintió además su aliento contra su rostro que la aturdió, y sus labios temblaron ligeramente cuando sus ojos se perdieron en los dorados de él.

Tenían algo atrayente, demasiado, que impedían que, una vez te quedabas mirándolos, no podías apartar la vista tan fácilmente. Y no era poder mágico, eso pensó. Aquella atracción era cosa de su mirada, y ese color tan inusual que poseía.

Sintió la respiración acompasada de Ryoma, cómo su pecho subía y bajaba en ello. También supo que Ryoma trataba, en vano, poder levantarse y que ella se apartara de su cuerpo. Sin embargo Sakuno tampoco podía, estaba muy centrada en sus ojos, y a la vez luchaba por no desvanecerse allí mismo.

—…Eres… un demonio —dijo a media voz.

Ryoma no dijo nada, dejando que tomara aquel silencio como una afirmación.

—Pensaba… que los demonios… no podían salir heridos.

Sakuno se atrevió a tocar su rostro con sus dedos temblorosos, por encima de las visibles heridas producidas por Atobe, aparentemente, nada graves.

—…No somos inmortales —replicó, torciendo el labio al sentir el contacto en su rostro. Volvió la cara, y ella apartó su mano.

—…C-claro.

Apretó ligeramente los ojos para volver a abrirlos y posarlos en él, pero, al haber girado el rostro, se topó con la imagen del cuello masculino. Cuando Ryoma tragó, vio el movimiento de su garganta, entonces, volvió a cerrar con fuerza los ojos, meneando la cabeza para despejarse.

Estaban en medio de la habitación, a los pies de la cama. Si seguían así, si se desplomaban ambos en esa posición y lugar, no podría impedir que alguien, posiblemente algún asistente de la casa, o tal vez su propia madre, los encontraran e hicieran pensar mal. No estaba segura qué haría su madre, porque era realmente enigmática y nunca pudo adivinar qué es lo que piensa en realidad.

Abrió de nuevo los ojos y volvió a encontrarse con su mirada. Sakuno humedeció sus labios y no apartó ojo de él. La sensación y atracción de la última vez, cuando fue acogida junto con Tachibana, regresó. La invadió una gran necesidad al bajar la mirada con sus ojos y toparlos con sus labios. Se preguntó si habían probado labios de otra mujer, y no se extrañaría si así hubiera sido.

Ryoma notó su ensimismamiento. Parpadeó débilmente y la observó. No se alertó cuando la vio un poco acercarse, pero al no detenerse, quedó perplejo. Y maldijo interiormente cuando no tenía fuerzas para detenerla.

—…Ryuuzaki.

Ni su voz pareció escuchar esta vez.

Sakuno fue cerrando poco a poco los ojos a cada lento acercamiento. Y Ryoma, pensando que aquello ocurriría, se quedó más estático si era posible, pero sólo, cuando salió de su perplejidad y tensión, sintió un leve roce en su barbilla, seguidamente, el cuerpo femenino le pareció más pesado sobre su cuerpo. Sakuno se había dormido.

Ryoma no supo qué pensar, pero su cuerpo se relajó acto seguido y respiró hondamente. Al sentir unas leves cosquillas en su mejilla, quiso apartarla un poco, pero su mano quedó inmóvil en su espalda. Y él no tardó en sentir más pesadez, cerrándosele los ojos.

--

Una figura femenina apareció entre las sombras de la habitación, la cual estaba a oscuras debido a la noche, caminando con gracia hacia ellos. Los observó con detenimiento y movió la cabeza negativamente.

Hasta ahora no tuvo oportunidad ni tiempo para verlo, pero ahora que pudo, le resultó un poco doloroso el panorama. Su hijo, que siempre ha sido un joven imponente, que sabía lo que hacía y que nunca, o casi nunca, hacía tales locuras que le pudieran traer algún mal, ahí estaba, tendido en el suelo con una humana sobre él. Herido y con las fuerzas totalmente agotadas.

Había discutido encima con su marido por lo que ha hecho sin consultarla. Ella pensaba que cada uno era tal como es. Si a su hijo no le interesaban las mujeres, ya llegaría el momento. Él estaba bien así, que viviera como le diera la gana.

Rinko suspiró pesadamente. Con solo ver a la humana, ya supo su papel en el problema.

Irradiaba un poder mágico y demoníaco, que podría ser detectado por cualquiera que poseyera poderes especiales. Demonios, brujos, ángeles.

Sabía que su hijo lo estaba pasando mal, con esto, odiaba más a su padre. Y ella lo comprendía. Nanjirou actuaba como le daba la gana. No le consultaba cuando iba a hacer alguna de las suyas, y es que, en esta ocasión era normal. La travesura iba dirigida a su propio hijo. Por lo que Rinko se hubiera negado rotundamente.

Se agachó y tocó con suavidad el rostro de Ryoma, entornando los ojos. No podía dejarlo ahí. Y sabiendo lo cuán importante es lo que la humana poseía de él, a ella tampoco la dejaría tirada. Rinko tocó entonces el hombro de Ryoma y cerró los ojos, comenzando a realizar un conjuro de tele transportación.

—No te preocupes —susurró—. Todo saldrá bien, Ryoma.

En cuestión de segundos, los tres cuerpos desaparecieron de la mansión de los Ryuuzaki.

-

-

Había presentido que algo iba mal. Que la vida de Ryuuzaki estaba en peligro. Pero no lograba percibir dónde se encontraba exactamente, cosa muy extraña. Nunca ha tenido problemas para localizar a alguien, tal vez un poco más complicado a un humano porque no desprende ningún poder especial, pero Ryuuzaki poseía algo de Echizen, que desprendía un ligero poder demoníaco. Pero se tranquilizó a los minutos, mientras maquinaba cómo llegar donde Ryuuzaki, a la cual le habían asignado proteger. Podía sentir que estaba a salvo, y con Echizen. Por ello no se dirigió para verificarlo, y se quedó fijo en el edificio que tenía delante. Había llegado sin haberse dado cuenta durante su búsqueda. Según se había informado, era la biblioteca donde Ryuuzaki iba a menudo a tomar algún libro. Y si su memoria no fallaba, cerca de allí, había sido el primer ataque hacia la muchacha, de la cual él se tuvo que deshacer de unos demonios amorfos.

No teniendo nada más que hacer, mientras Ryuuzaki estuviera a salvo, se adentró a la biblioteca. Pasó al lado de un muchacho que barría la entrada, quien le dirigió una sutil reverencia de bienvenida.

Observó con curiosidad y aburrimiento el local, parándose en una estantería cualquiera, leyendo títulos y tocando el lomo de cada uno, con expresión neutral. Se había metido en la sección de ciencia ficción y de suspense. Había encontrado libros de Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, y muchos otros. No tenía ningún interés en alguno.

—¿Busca algo en concreto?

Tezuka guiñó lentamente los ojos y se giró hacia la voz femenina. Una muchacha joven de ojos y cabellos azulados lo observaba con una amable sonrisa, con engañosa inocencia, a su parecer.

—No, sólo estoy mirando.

—Ah, claro, claro.

No dijo nada más y la mujer prosiguió con su trabajo, colocando libros en sus estanterías, a su lado. Tezuka la observó de reojo con disimulo, había algo que lo aturdía, confundiéndolo. Tal vez fueran imaginaciones suyas, pero aquella sensación le era tremendamente familiar. Sintiéndose un mirón, volvió a centrarse en los libros, caminando a paso lento mientras leía cada uno de los títulos, esperando en vano que alguno le llamase la atención. Cuando tenía pensado en pasar a la siguiente estantería, alguien tropezó con él de improvisto.

—¡Ah, ah! —exclamó con fastidio—. ¡Lo olvidé, lo olvidé!

Vio a un chico pelirrojo la mar de inquieto e hiperactivo que no paraba de dar saltos de aquí allá con una caja en sus brazos.

—¿Todavía no lo has entregado? —regañó el joven que se encontró en la entrada—. ¡Te lo pedí hace una media hora, Kin-chan!

—¡Perdón, perdón, perdón! —se disculpó moviendo sus piernas inquietamente—. ¡Ahora mismo voy!

—¡Espera, espera!

—¿Qué quieres ahora, Shiraishi? ¡Tengo prisa!

Shiraishi le mandó una mirada indicándole que se callara, luego le pidió que mirara el interior de la caja por si, por algún despiste como es casual en Kintarou, se hubiera olvidado de algo, o tal vez, se hubiera equivocado de caja. Kintarou se agachó para dejar la caja en el suelo y mirar, entonces, algo brilló, algo que colgaba en su cuello. Tezuka agudizó la vista y luego agrandó los ojos, sonándole realmente estúpido. ¿Qué hacía un humano con algo así? O lo que es peor, y hasta humillante, ¿cómo pudo arrebatárselo a un demonio? Aunque precisamente se tratara de un medio demonio, un humano no tendría posibilidades contra él.

En silencio y alerta, observó al pelirrojo, esperando con impaciencia.

Shiraishi se agachó y examinó el contenido de la caja y asintió satisfecho, cerrando de nuevo la caja.

—Todo bien, Kin-chan.

Kintarou sonrió de oreja a oreja, cogiendo la caja sin ningún esfuerzo aparente, siendo además bastante pesada por los gruesos libros.

—¡Bien, hasta ahora entonces! —exclamó de nuevo Kintarou.

—Ten cuidado por el camino, me espero cualquier cosa de ti.

Kintarou se había girado dándole la espalda, y cuando le escuchó decir eso, hizo gestos con la boca, rodando los ojos, como si estuviera imitando a Shiraishi. Sin más, Kintarou abandonó la biblioteca en un trote. Cuando se hubo marchado, el local permaneció de nuevo en silencio. Tezuka estaba más serio si podía ser. Había entornado los ojos y echó una ligera mirada a los bibliotecarios. El hombre volvió a coger la escoba para proseguir con la limpieza. Pero, cuando se centró en la mujer, quien seguía colocando libros después de haber limpiado parte de la estantería, sintió la mirada azulada sobre él. Y al chocar con sus ojos castaños, la joven entornó los suyos y sonrió con cierta simpatía. Sin embargo, había algo siniestro en su mirada, lo cual no pudo apartar ojo de ella. En torno al azul de sus ojos vio, por unos instantes, tal vez segundos –lo que sería un parpadeo-, algo brillar. Como si del color azul hubiera pasado al dorado.

Entonces Tezuka comprendió. Sus ojos se abrieron en una ligera sorpresa, sin embargo, en aquellos momentos algo era mucho más importante. Retrocedió con lentitud hasta girarse sobre sus pies y marcharse de la biblioteca con el rostro ensombrecido.

Se sintió estúpido de pronto. Seguramente aquella mujer, como bruja que era, podía echar sobre sí misma algún tipo de hechizo para no ser descubierta, porque también tenía sangre de demonio, como Echizen Ryoma. Podría ser vista y detectada por otra bruja, porque, aunque la magia fuera débil, escasa, no serían ningún obstáculo para poder encontrarla. Y si él ha podido descubrirla, era porque la mujer se mostró adrede, y por su expresión, era como si se divirtiera con ello.

Cerró los ojos unos instantes, disipó aquellos pensamientos, y percibió enseguida la presencia y paradero de Kintarou. Justo cuando se adentraba en una casa de estilo tradicional japonesa, unas dos o tres calles más abajo desde la librería. Pudo averiguar fácilmente, sin necesidad de acercarse a la vivienda, que aquel pedido era normal, un hombre mayor que se podría considerar una rata de biblioteca. A pesar del rapapolvo que le estaba soltando a Kintarou, era un hombre tranquilo. Tan sólo el hecho que sus libros se hubieran retrasado, le hacía justificar su mal humor. Vio al pelirrojo salir, y en la misma entrada, disculparse e inclinarse repetidas veces con una sonrisa nerviosa y con una mano detrás de su cabeza. El hombre había suspirado meneando la cabeza negativamente, y lo dejó marchar, seguro ansioso de empezar alguno de aquellos libros, los cuales, seguramente le durará poco tiempo.

—…No sé por qué siempre acabo haciendo yo los pedidos —se quejó Kintarou, bufando—. Siempre me llevo unos buenos sermones…

Kintarou volvió a suspirar, cansado. Cuando alzó la mirada, paró de golpe. Tezuka se había mostrado ante él, impasible, mirándolo fijamente. El pelirrojo retrocedió, mirándolo extrañado. Kintarou no le echó mucha cuenta, y echándole una breve mirada de desconfianza, pasó por su lado. Pero le agarró el brazo, haciendo que retrocediera de un salto hacia un lado, colocándose a la defensiva por instinto.

—¿Qué quieres, tío? —espetó.

Tezuka no se inmutó. Se giró lentamente hacia el pelirrojo y profundizó más la mirada. Kintarou fue retrocediendo, no apartando ojo de él, viendo cómo se acercaba con lentitud. Sintió la pared chocar con su espalda, y se colocó más alerta.

—¿Qué es lo que quieres? —repitió. Tezuka se paró a pocos metros de él.

Su mano se coló entre los flequillos rojizos de Tooyama y asió su frente. Ignoró y logró sostenerlo ante los movimientos inquietos del chico, replicando desconcertado por su comportamiento. Al hacer desaparecer sus voces de su mente, comenzó a indagar en la de Kintarou, intentando averiguar el por qué tenía él la Demon Zhella. Pudo ver a Ryuuzaki en sus recuerdos, el cómo el pelirrojo la siguió instintivamente para una disculpa, y el cómo la chica deambulaba por las calles como sonámbula. Con ver la imagen de aquel anillo en su dedo, supo en seguida que era cosa de brujería, tal vez de la mujer de la librería. Tezuka frunció las cejas y miró al chico a los ojos. Había notado la reacción de la piedra hacia Ryuuzaki, desconocía por qué, pero sí tenía una ligera sospecha de que algo ocurría.

Retrocedió más en sus recuerdos y sólo encontró vagas imágenes. Kintarou corría alocadamente y tropezando con todo el mundo, disculpándose sólo a veces. Hasta que tropezó con alguien en concreto, le pidió perdón y siguió corriendo.

Tezuka parpadeó al ver que el pelirrojo se sujetaba la cabeza con una mano, frotándose la sien. Apartó su mano y retrocedió un paso. Había visto a Kirihara, y aquel robo había sido tal y como le han comentado. Estúpido. Un simple choque, y Kintarou, sin querer, se había llevado la perla con él. Kintarou era, por lo tanto, el humano que le había arrebatado la piedra al medio demonio.

—¿Qué… ha sido eso? —se quejó Kintarou, frotándose la cara—. Es como si… hubiera revivido días pasados.

Tezuka lo observó pensativo.

Aparentaba ser un humano normal y corriente. No sentía algún aura especial, pero había algo raro en él. Tal vez fuera algo diferente a los demás humanos, porque se percataba de cosas que otros no podrían, e incluso poseía un poder físico que se le hacía desconcertante.

Sin embargo, Tezuka se dijo a sí mismo que era un simple humano, y que podría hacerse con la piedra sin problemas. Y sin decir nada, acercó una mano hasta su cuello, donde tenía colgada la joya, pero parece que Kintarou, por puro reflejo e instinto, atrapó la gran manaza de Tezuka por la muñeca, mirándole desafiante.

—¡Así que un ladrón! —acusó el pelirrojo—. ¡Esto lo encontré yo, por lo tanto, hasta que su dueño no venga a reclamarlo, lo conservaré! Y estoy seguro que tú no eres el verdadero propietario.

El Angelushen se deshizo del agarre del pelirrojo y lo miró impasible. Aunque no se notara, aquello lo estaba irritando por dentro, el perder el tiempo con un humano cabezota.

Suspiró. No tendría otra. Conseguiría la Demon Zhella costase lo que costase. Aunque tuviera que llevarse el alma de aquel humano.

-

-

Había sido extraño, aunque bastante vergonzoso. Muy vergonzoso.

Kirihara no había vuelto a abrir la boca desde lo sucedido, sólo simples palabras que eran necesarias. Ann lo miraba cada cierto tiempo por el rabillo del ojo, pero no comentaba nada.

Ahora sabía que él era un medio demonio, por lo tanto, tendrá aquella sangre que lo haría actuar como todo demonio ante una mujer humana. Pero él… era tan extraño. Cualquiera de su raza le hubiera importado poco, sin considerar el si la molestaba, o el siquiera pedir permiso para tocarla. Otro demonio como él, aunque fuera un medio demonio, se habría lanzado hacia ella. Akaya se había quedado perplejo con la mirada clavada en ella, había maldecido por lo bajo incesantes veces y, sorprendiéndola y a la vez invadiéndola un mayor temor, vio como la piel del joven se volvía de nuevo roja. Pero notando que sus cabellos seguían negros, comprendió que esa rojez esta vez se debía… ¿a la vergüenza?

Ella se había tapado con una toalla cercana, lanzando un ligero gritito. Kirihara reaccionó y se puso demasiado nervioso. Tanto que, al querer ayudarla a taparse –en vez de salir él del baño-, tropezó con sus mismos pies y cayó sobre ella, llevándose la cortina de la bañera al querer sujetarse.

Ann recordaba muy bien aquél momento, como si aun lo estuviera viviendo. Sintió miedo y mucha vergüenza, pero, aún teniendo a Akaya sobre ella, al verle disculparse repetidas veces y encima con sus ojos fuertemente cerrados al temer ver algo que no debiera –cosa que vio hace unos momentos-, le pareció incluso gracioso. O tal vez encantador. Tachibana había sonreído muy levemente, y tras taparse mejor con la toalla que se llevó consigo, se deslizó hacia atrás con cuidado y sin que el chico se percatara, quien no cesaba de disculparse.

—Ya está bien, Kirihara —dijo Ann después de incorporarse y atarse la toalla a su cuerpo—. Puedes abrir los ojos.

Akaya pareció dudar, pero los abrió. Se desconcertó al no verla bajó él, pero al levantar la cabeza, parpadeó un par de veces y se alzó del suelo casi con un salto, hacia atrás.

—Yo no quise… —balbuceó—. No pienses que…

Movió la cabeza con rapidez de lado a lado. Al escuchar la risita de Ann, la miró confuso.

—He dicho que está bien —sonrió—. Ya puedes salir, seguiré con…

Cuando Ann se había girado, Akaya la interrumpió con su voz antes que abriera el grifo de la bañera.

Seguidamente, había dicho que, lo primero en que sus ojos verdes se posaron, fue en aquella marca peculiar que, por un momento le hizo torcer el labio desaprobándolo, sabiendo de quien provenía. Pero luego al levantar la mirada y ver el panorama, su mente se nubló y no supo qué hacer. Nunca había estado en semejante situación. Tenía más sangre humana que demoníaca. Tal vez por eso no había tenido el descaro de acercarse sin pensarlo para tocarla y aprovecharse de ella hasta acabar devorándola. En realidad, había estado ocupado con los pequeños trabajos que le asignaban, trabajos que hacer en la Tierra por ellos. Por lo que, de estar con mujeres, muy pocas veces, por no decir nunca. Además, pensándolo bien, prefería alimentarse de comida típica de humanos.

Con aquella marca que Atobe hizo, sabría dónde estaría Ann. Lo extraño es que aún no hubieran sido encontrados. Tal vez cuando localizaban a la chica, él ya se estaba desplazando con ella y no llegaban a pillarlos. O quizás… espere de Tachibana alguna otra cosa.

Ann se sujetó mejor a la espalda de Kirihara, quien la llevaba a su espalda mientras se desplazaba por la ciudad con agilidad. Al principio pareció marearse por la gran altura, pero acabó por acostumbrarse. Había optado por disfrutar del fresco viento golpeándole la cara, e intentar no mirar hacia abajo, por supuesto. Kirihara no le había dicho la razón por la que se marcharon del hotel tan deprisa. Pensaba que se quedarían allí la noche, y ella lo agradecería tremendamente. Pero Akaya se puso de repente muy tenso y en alerta, le exigió que se preparara, aunque no le dio tiempo. Y ahí estaban, saltando de edificio a edificio. Ann ya se estaba cansando.

—¿Se trata de Atobe? —preguntó de repente.

Kirihara entornó los ojos. En parte, quiso decir. Si le decía que cierto demonio encapuchado estaba intentando dar con ella, pensaba que Tachibana iría con él. Y no es que le importase, Ann era alguien muy importante. Es cierto que se arrepentía de quitarle aquella perla de las manos, porque ahora se daba cuenta que estaba mucho más seguro con ella, y había simpatizado… en cierto modo con Ann, pero sus superiores tal vez quisieran verla. De todas formas, no la llevaría a menos que se lo pidieran. Y de momento, huiría y la escondería. No sabía por qué ese lacayo de Echizen también la buscaba. Había acudido a él varias veces siempre preguntando por la dichosa piedra, nunca por Tachibana, la cual, en aquellas veces, ya estaba en manos de Atobe. O eso creía.

Ann había resoplado aburrida por su silencio. Luego vio que el medio demonio descendía hacia un callejón, dejándola en el suelo. Por el largo viaje, se tambaleó una vez puso sus pies en tierra, sujetándose a la pared.

—¿Vamos a estar así mucho tiempo? —volvió a sus preguntas.

—Perdona, pero es necesario —respondió sin mirarla, más pendiente de mirar al exterior, pegado a la pared—. Aguanta un poco.

Ann chasqueó la lengua, se cruzó de brazos, y apoyó su espalda en la pared, con un mohín infantil. Se sentía como una cría. Como cuando su hermano la llevaba consigo sin decirle nada, y ella, aunque sabía que estaba protegiéndola, quería escuchar de su hermano qué es lo que estaba pasando, queriendo confirmar sus sospechas. Entonces, Kippei le respondía con una sonrisa que todo estaba bien, que aguardara un momento y que pronto acabaría todo.

Entonces, él murió. Todo acabó para él.

Y la dejó sola al cuidado de Kamio Akira, el mejor amigo de su hermano, quien se notaba a leguas que estaba colado por ella. Era amable con ella, aunque un poco sobre protector. Y en esos momentos, seguro que estará buscándola, culpándose por no haber estado pendiente, vigilándola. Cosa que agradecía que no hubiera hecho. Kamio era y siempre será un gran amigo, alguien muy importante para ella, pero no pensaba en él como lo hacía Kamio. Y seguramente que él lo sabía, sin embargo, no la ha dejado sola. Si ha acabado esa vez en manos de demonios, ha sido por una mentira piadosa, haciendo que la dejara a solas por unos minutos. Ahora Ann pensaba si había sido lo correcto, porque en esos días había ocurrido de todo. Perdió además la Demon Zhella, la cual hasta que no se encontró con Echizen, no supo ni su nombre y ni sus capacidades. ¿Kamio sabía del poder de aquella piedra? ¿Por eso no la dejaba ir sola a ningún sitio?

Se llevó una mano al pecho por instinto, donde siempre había estado la piedra regalada por su hermano. Apretó ligeramente sus dedos y lamentó por enésima vez la pérdida de la joya. Cerró los ojos e imágenes de su hermano, sus últimos momentos con ella, avivaron en su cabeza. Su corazón latía con fuerza, como si él aún estuviera vivo, junto a ella. Pero, cuando aquel momento llegó, su corazón se encogió y un nudo se creó en su estómago. Apretó los ojos un par de veces e hizo desaparecer a medio el escozor, evitando ponerse a llorar.

Kirihara estaba ocupado, vigilando los alrededores. Por lo que no pudo darse cuenta del estado de Ann, y mucho menos lo que vendría a continuación.

La joven, de repente, sintió un mal presentimiento. Uno que estaba segura que era certero, como bien podía asegurar que algo no andaba bien. El haberse acordado de Kamio, le había producido un sentimiento de incertidumbre. No sabía dónde se encontraba, si estaba bien o no. Porque sabía que él, ante su desaparición, iría en su busca, y no pararía hasta encontrarla.

Akira.

Ann se mordió el labio, sintiéndose cada vez más culpable sin saber por qué. Y extrañamente, su cabeza le hizo visualizar escenas que la aturdieron, escenas que pasaban con rapidez, primeramente borrosas, imposibles de saber qué eran, pero luego fue distinguiendo cada cosa… cada persona. De pronto, las imágenes acabaron, pero esa sensación siguió ahí, martirizándola, aumentando por lo visto hace unos momentos.

N-no. No… no puedes hacerme esto.

Volvió a sentir escozor en sus ojos, y se despegó de la pared. Sin importarle dónde estaría Akaya, caminó hacia el final del callejón. Mezclándose entre la gente que pasaban desconocedoras de lo que ocurría, y Ann avanzaba, aparentemente sin rumbo, con la mirada perdida.

Para cuando Akaya volvió a los segundos, no vio a Ann allí, y se horrorizó. Miró alarmado cada posible salida de aquel estrecho callejón, pero al estar tan oscuro, se centró donde se veía a la gente, hacia donde solo la intensa luz penetraba por aquel oscuro lugar. Akaya no lo pensó dos veces y corrió para asomarse. Había mucha gente, maldijo por lo bajo y se obligó a mezclarse entre ellas a regañadientes. Alzó la cabeza y usó su mano como sombrilla, buscando a la muchacha con la mirada. Entonces, a lo lejos, vio una cabeza castaña, que al girarse hacia un lado para doblar la calle, pudo confirmar que se trataba de ella.

—¡Ey! —exclamó en vano.

Podría llamarla por su nombre, pero sería delatarse. Ann ya estaba en la mira de todos los demonios, y en aquel lugar había bastantes camuflados en cuerpos humanos. Así que sólo se limitó a intentar colarse entre el gentío con dificultad, preguntándose entre maldiciones por qué demonios había tanta gente aquel día por las calles.

Claro, estaban en el barrio de Shibuya, un lugar que siempre estaba abarrotado de gente. Se maldijo por haber ido a aquel lugar.

Con un poco de esfuerzo, pudo deshacerse de gran parte de molestia humana, suspirando. Entonces, detrás de él, sintió cierta presencia que no le agradó en absoluto.

—¡Ah, tú!

Mierda, justo ahora.

Akaya lo miró unos momentos, y luego, sin decir nada, salió corriendo como le permitieron sus pies. No tenía tiempo para distraerse con aquel demonio. Momoshiro era otro del que huía, porque también buscaba a Ann. Como sospechaba, le perseguía, pasando entre personas sin el menor cuidado. Kirahara procuraba seguir el camino por donde hubiera ido Ann, aunque no fuera conveniente porque Momo lo siguiera, pero siempre puede tomar rápidamente a la chica y desaparecer ante sus narices.

Cuando llegó a la siguiente calle, en una plaza enorme, paró de repente, estupefacto. Akaya abrió sus labios ante la sorpresa, embobado. Pero seguidamente la cerró y miró los alrededores con seriedad, colocándose en guardia. Sentía miles de miradas peligrosas, anhelantes de conseguir lo que querían. Pusieron su mirada en Tachibana, la cual yacía en medio de la plaza, y sorprendentemente su cuerpo desprendía un brillo que crecía cada vez más.

—¿Pero… qué demonios?

Sintió a Momo detrás, quien se había quedado observando a Ann en la lejanía. En silencio. Luego, tuvo que volver la cara para observar la segunda presencia. Frunció las cejas e intentó recordar. Sabía que no se trataba de Echizen, entonces, debía de ser su hermano.

—Algo pasa —dijo Momoshiro—. Ann no está consciente de lo que hace.

—Parece que ese rey resultó listo y todo, ¿eh? —sonrió Ryoga, rascándose distraídamente la cabeza, desinteresado.

—¿Qué estáis diciendo…?

Ryoga lo miró y le mandó una sonrisa presumida.

—Inconscientemente, Tachibana-chan está llamando a Demon Zhella —comentó observando a la joven—. Algo ha alterado sus sentimientos. Parece que Atobe supo cómo hacerla reaccionar, jugando tal vez sucio.

—Se nota la presencia de muchos demonios. Sienten deseos de ir a por ella, pero tienen miedo de su luz, porque cada vez es más grande —prosiguió Momo.

—Pero si… sigue haciendo eso, acabará por atraer a la joya, o hacer detectar su paradero. Entonces Atobe se adelantará y se apoderará de ella.

Kirihara quiso adelantarse por el silencio de ambos demonios, pero Ryoga lo paró posando una mano en su hombro. Akaya notó en la mirada de Ryoga una expresión de ligera sorpresa.

—Sí, tú puedes hacerlo.

—¿…Qué?

-

-

Se removió entre las sábanas y mantas, más atraída por la comodidad en donde se encontraba y por el aroma que desprendían las ropas, buscando su calor, acurrucándose como una niña. Había despertado pero seguía con sus ojos cerrados, disfrutando del momento. Aun cuando sabía que había dormido demasiado, no sentía ganas de levantarse. Sin embargo, algo la llevó a abrir los ojos, con lentitud, percatándose que, la habitación estaba sumida a una casi intensa oscuridad. Podía percibir algunos muebles, una ventana casi cubierta por unas cortinas. Ni siquiera penetraba alguna luz, y aquello la extrañó. Cuando recordó de repente lo ocurrido con Ryoma, se incorporó rápidamente con los ojos muy abiertos.

Pasó su mirada por la habitación aunque casi no pudiera identificar nada, entonces, mientras observaba, se iba levantando de la mullida cama, y con curiosidad e inquietud se acercó a la ventana.

Sakuno tragó saliva, se frotó los ojos y volvió a mirar, por si aún no había despertado del todo. Sintió sus piernas flaquear y sus labios temblar. Aquel cielo… era extraño. Tenía unos colores tan vivos, entre rojizo y anaranjado, que parecía que estaba en llamas. Aún con aquellos colores, veía una oscuridad invadiendo las calles que supuso que habría. Lo que la inquietaba eran aquellos puntos rojizos entre la oscuridad que podía divisar, haciéndola retroceder un poco al sentirse intimidada y observada.

Ya había comprendido que no se encontraba en su habitación… y tal vez, tampoco estaba en su mundo. Contempló de nuevo aquel cielo y no halló a la Luna, y obviamente, debido a la oscuridad que reinaba, no habría mucho menos el Sol. ¿Qué clase de lugar era ese?

Se giró sobre sus pies desnudos y, de nuevo, se fijó en la poquísima claridad que había en la habitación, preguntándose de dónde provenía. Entonces se fijó en la puerta del mismo cuarto que se encontraba medio abierta. Con un impulso y algo temerosa, decidió acercarse con cautela hacia ella, más por haber escuchado algunos murmullos al otro lado.

—Pensé que no podía regresar.

Sakuno agudizó el oído y escuchó con atención. Aquella voz la reconoció en seguida, era Ryoma.

—Es cierto —se escuchó esta vez una voz femenina—. Pero sería por tu propia mano, cosa que no podrías, como bien dices, por el poder que se te ha sido arrebatado estúpidamente —concluyó aquella frase con dureza, pareciendo molesta al igual por lo ocurrido a Ryoma.

—¿Cómo supiste dónde estaba?

La mujer pareció sonreírle con cierto orgullo, como advirtiéndole con quién estaba hablando.

—Siempre lo supe —contestó al poco rato—. Sé que tu padre nunca habló conmigo de sus… planes. Porque sabe que nunca estaría de acuerdo con él, lo sabes. Pero, Ryoma, soy bruja, además de su mujer, y le conozco muy bien. Y… —sonrió más—, tú eres mi hijo.

Ryoma alzó una ceja inquisitivo.

—Una madre siempre podrá saber dónde y cómo está su hijo —aclaró con calma.

Ryoma no dijo nada y lanzó una breve mirada hacia la habitación donde estaría Sakuno, percibiendo que, tal vez, ella estaría despierta, pero no le importó el hecho que seguramente estuviera escuchando la conversación. Rinko sonrió al notarlo.

—Será un gran cambio de ambiente para ella, pero tendrá que acostumbrarse —dijo de pronto, sorprendiendo a su hijo.

—¿Qué…?

—Te he traído, Ryoma, para que te quedes, para siempre.

No es algo que no le desagradase a Ryoma, al contrario, es lo que deseaba. Volver a su casa, pero aún no estaba todo arreglado. Además, estaba la humana, ¿acaso pensaba hacer que se quedara también?

—La traje porque sentí que era ella la que, por error supongo, absorbió aquello que perdiste —comentó pareciendo que le había leído la mente—. Siendo algo tan valioso para ti, no la dejé atrás. ¿Acaso debería haberlo hecho?

Aunque Ryoma no hubiera respondido, supo que había hecho bien en traerla. Ryoma había echado una rápida mirada a la estancia de nuevo. Ya había deducido que su madre se habría ido de casa por lo ocurrido respecto a él, aunque lo que realmente le extrañaba, era que no lo hubiera hecho mucho antes.

—Tu padre no tardará en darse cuenta que estás aquí.

Ryoma también lo supuso.

—Y no importa, es cierto —sonrió Rinko al ver la expresión desinteresada de su hijo—. Bien, Ryoma, ¿qué vas a hacer?

Él entornó los ojos y de nuevo miró hacia la habitación con expresión pensativa.

—…Lo pensaré.

Estaba de acuerdo de haber regresado a casa, pero las cosas… habían cambiado. Momoshiro seguía en el mundo humano, realizando aquella orden impuesta por él mismo. No iba a dejar que ese rey se saliera con la suya, aunque fuese por un pedido de su sirviente, él tampoco podía dejar aquella piedra en malas manos, y menos, en las de Atobe.

Y en cuanto a Ryuuzaki, ya pensará qué hacer. Aún poseía algo suyo, y sólo había una manera de hacérselo devolver, pero esa idea aún la dejaba en muy segundo plano. Por que jamás había sentido algo parecido a la excitación, y por que tampoco iba a satisfacer a su padre. Y esto, era lo último que llegaría a hacer.


Todo irá cambiando a partir de ahora, supongo :)

Para dudas, id a nuestro Lj (livejournal), al cual podéis acceder a través de nuestro profile.

Saludos.