Hola! Y ya se nos acabó enero... la velocidad en la que vivimos siempre me asombra. Menos mal, que al fic ya solo le quedan dos capítulos (este y el siguiente), que espero terminar rápido. Eso de ponerle punto final a un fic navideño cuando ya casi estamos por comenzar la Cuaresma, no deja de sentirse un poco fuera de tiempo. En fin...
Muchas gracias por sus comentarios a: DuLce aMoR, luna-maga, Lun Black, Dreams Hunter, azu23blood, Abytutis, DeevYLP, malfoy19dani, minerva91, Caroone, ZarethMalfoy, Lidialost, Amedelune, Serena Princesita Hale, Manu Rocha y bellaen3D2.
Capítulo 11. El Deseo de Navidad de Hermione
Hermione estaba tan desconsolada, con su cuerpo sacudido por los sollozos, que ni siquiera buscó sentarse en uno de los sillones que tenía cerca. Cuando sintió que le flaqueaban las rodillas, se sentó en el suelo. De inmediato, Harry estaba acuclillado abrazándola por la espalda y Ron estaba frente ella, tomándola de las manos, ambos mostrándole solidaridad en ese momento. Draco hizo el amago de dar un paso al frente pero Lucius le detuvo con un pequeño gesto, pues consideró que los otros dos podían interpretar el movimiento de su hijo como una manera de separar al famoso trío.
Se quedó de pie frente a ella y cuando Hermione levantó su rostro hacia él, solo le extendió su mano. Ella la tomó sin dudarlo ni un instante. La ayudó a ponerse de pie y ella buscó acomodarse en los brazos de Draco, quien la apretó con fuerza contra su pecho y depositó un beso en su frente.
Como ella seguía sollozando, él se sacó su pañuelo y se lo dio, para que se limpiara el rostro.
—A este paso, pronto tendré en mi poder todos tus pañuelos —afirmó ella, haciendo alusión al pañuelo que él le había dado la mañana de Navidad en la biblioteca de Hogwarts.
—No me importa —afirmó Draco—. Sé que me los devolverás limpios y hasta almidonados —añadió tratando de aligerar el ambiente. La sintió respirar profundamente, como tratando de imponerse calma.
Lucius se acercó a ellos.
—No todo está perdido, Hermione —afirmó el hombre con tranquilidad, aunque en el fondo no se explicaba por qué no había funcionado la combinación mágica que habían realizado—. Este libro y el otro tomo contienen varias alternativas que podemos intentar.
—Lo sé, pero estas eran las más poderosas —dijo ella con desaliento.
—El señor Malfoy tiene razón, Hermione —añadió Harry con rapidez—. Tal vez fueran las más fuertes, pero traer a tus padres de regreso quizás requiera de otro procedimiento.
—Además, ya sabes que cuentas con nosotros para intentar todos los hechizos del libro, si es necesario —finalizó Ron.
—Gracias, chicos.
Hermione no tenía intención de seguir hablando, por lo que siguió con su rostro hundido en el pecho de Draco. Los demás salieron uno a uno. Lucius les pidió que no tardaran mucho pues eso pondría más frenética a Narcisa. Y Ron y Harry prometieron estar con ella esa noche, recibiendo el Año Nuevo. Ambos habían sido invitados para la Cena de Gala. Harry había aceptado inmediatamente la invitación y Ron, un poco a regañadientes, había aceptado la suya. Todavía esa tarde, no había estado muy convencido de asistir, pero ver a Hermione tan desolada le había convencido de que era necesario que le brindaran su apoyo. Era una bienvenida de año agridulce: lo recibía con una nueva relación pero siempre alejada de sus padres.
Una vez estuvieron solos, poco a poco, Hermione se fue tranquilizando. Los dos seguían de pie en medio del salón.
—Salgamos a caminar.
—Afuera está nevando.
—¿Y?
—¿Cómo que "y"? ¿Quieres que muera congelada o de una neumonía?
Draco chasqueó la lengua.
—Dioses, lo que cuesta hacerte entender que eres una bruja —se quejó Draco—. ¿O ya te olvidaste del hechizo aquel que permite que nuestras ropas permanezcan calientes aunque afuera haya una ventisca?
—Umm, no, no me he olvidado de él —afirmó ella sin querer dar su brazo a torcer—. Es solo que yo prefiero las cosas al natural.
—Sí, claro —dijo Draco haciendo evidente que no se había tragado la excusa y luego la vio con malicia—. Aunque confieso que yo también prefiero las cosas al natural: sobre todo si es mi cama y con tu naturaleza desplegada en todo su esplendor —ella le dio un manotazo juguetón en un brazo—. Pero en este momento, creo que nos vendría bien una pequeña caminata para despejar la mente. Límpiate bien el rostro, que ese hechizo lo no cubre y no creo que sea muy cómodo andar con lágrimas congeladas sobre las mejillas.
Hermione ahogó la risa. Amaba que Draco fuera así de irreverente. Con solo eso, ya le ayudaba a despejar la mente.
Salieron de la casa con tranquilidad y cuando llegaron a la calle, Hermione vio a lo lejos el campanario de la iglesia cercana. Draco la observó quedarse quieta unos segundos mirándola y justo cuando iba a preguntar qué sucedía, ella optó por caminar hacia el lado contrario.
—Cuando les hice el Obliviatea mis padres, caminé hacia esa Iglesia. Cerca de allí, está la zona de aparición más próxima —le explicó ella.
—Creo que ya sería demasiado ir por el mismo camino que hiciste ese día.
—Lo sé. Mejor vamos por aquí: pronto llegaremos a un parque. Debe estar hermoso con toda la nieve que ha caído.
Efectivamente, el parque estaba lindo, aunque más se asemejaba a un pequeño bosque porque los árboles que les rodeaban eran altos. Una suave capa blanca de nieve cubría el camino y las ramas de los árboles. Como el día estaba bastante frío, ellos eran los únicos que se encontraban paseando afuera. Draco pensó que cualquier muggle que les viera, con seguridad pensaría que ellos estaban locos, por tomar un paseo con esas bajas temperaturas invernales.
Pero a él no le importaba. Se sentía muy bien de caminar con Hermione así. Iban solo tomados de la mano y Draco pensó en iniciar una pequeña guerra de nieve, pero Hermione se miraba tan triste, que lo descartó de inmediato.
—Tranquila, Hermione, ya verás cómo encontramos otra solución.
—Sí, lo sé... —chasqueó la lengua—. Es solo que... creí que todo sería diferente...
Se miraba tan triste y decepcionada que a Draco comenzó a parecerle que su actitud era un poco extraña. Sí, era cierto que ese primer intento había fallado y era triste que así sucediera, pero Hermione parecía tener la mente en otra parte, como si le estuviera dando vueltas a algo.
—¿Qué sucede en realidad, Hermione?
—¿Por qué preguntas eso? —preguntó un poco a la defensiva, confirmando las sospechas de Draco.
—Porque te conozco y esa expresión tuya no está relacionada solo con que fallara el hechizo —dijo él con total seguridad. Ella le vio de reojo, como pensándose lo que iba a decir y dio varios pasos en silencio. Draco también se quedó callado, sabía que a Hermione no le gustaba que la presionaran y que solo hablaría cuando lo considerara el momento adecuado.
—Es que... ¡todo iba tan bien, Draco! —Estalló ella al fin y luego añadió, como si fuera una pequeña desilusionada por un regalo recién abierto y que no era lo esperado—. Pensé que lo que me había dicho Minerva era verdad, ya había recibido buena parte de lo que pedí y creí que todo se solucionaría mucho antes de lo que yo esperaba.
—¿De qué me estás hablando?
—De mi deseo de Navidad.
—Cada vez estoy más perdido con esta conversación —afirmó Draco.
Otra vez, Hermione se quedó dudando entre hablar o no. La verdad era que ella siempre trataba que su mente lógica tomara el control de las situaciones, sin embargo, en esta ocasión se había dejado llevar por la nostalgia que sentía. No sabía cómo la vería Draco, quien tenía una mentalidad mucho más analítica que ella y tampoco quería que se burlara de ella. Le vio directo a los ojos y decidió seguir a su corazón: simplemente confiar en Draco.
—Verás, Minerva me mandó llamar antes de la Cena de Navidad. Ella sabía que estaba muy deprimida y que pasaría mis vacaciones en el castillo. Ahora que lo pienso, quizás solo lo hizo para animarme —inició ella su relato, encogiéndose un poco de hombros. Draco permaneció en silencio, dándole el tiempo necesario para que se confiara a él, pues por unos segundos había temido que Hermione no le contara nada—. Ella me habló acerca de una habitación del castillo, que es casi desconocida entre los profesores, creo que solo Minerva y Filius la conocían, y de la cual ningún estudiante sabe absolutamente nada.
—¿Es como la habitación de los Requerimientos? —preguntó Draco, muy intrigado. Él era parte del profesorado que no sabía de su existencia.
—Sí y no. Sí porque es una habitación especial dentro del castillo pero es diferente porque la habitación de los Requerimientos aparece y se convierte en lo que tú necesitas. En cambio a esta habitación se le conoce como la Habitación de los Deseos. Está escondida en el primer piso...
—¿En el primer piso? ¿Tan expuesta a todos en el castillo? —la interrumpió Draco, muy sorprendido.
—De hecho está cerca del Gran Comedor, pero el castillo reconoce cuando el director de turno te ha permitido entrar. La puerta no aparece ni se abre ante cualquiera —le explicó Hermione.
—Y tú fuiste a esa habitación.
—Sí. Minerva me autorizó a entrar justo antes de la Cena Navideña. Se siente una magia muy poderosa allí dentro. En teoría, puedes pedir cualquier cosa y la magia ancestral se pone a trabajar a tu alrededor para que lo consigas. No es como la lámpara de Aladino, que te concede tus deseos en el mismo instante, sino que conjuga una serie de situaciones que te permiten obtener tu deseo —detalló Hermione.
—En tu caso, me supongo que pediste el regreso de tus padres.
—En realidad lo que pedí fue formar parte de una familia otra vez —le aclaró Hermione—. Por supuesto que eso incluía el regreso de mis padres. Y confieso que me siento un poco desilusionada por cómo ha resultado lo de los hechizos, sobre todo porque estoy feliz con nuestra relación y estoy feliz con el recibimiento de tus padres y con el hecho de que hayan aceptado nuestra repentina relación amorosa. Esa parte de mi deseo, sí se cumplió.
Draco no supo bien por qué, pero se sintió incómodo con la confesión de Hermione. De pronto, sintió como si ella no apreciaba sus sentimientos o pusiera en duda sus propios sentimientos hacia él; porque todo era producto de un deseo navideño hecho en una habitación mágica dentro de Hogwarts.
—¿Me estás diciendo que soy parte de un deseo que pediste y que es probable que solo sea un espejismo en tu vida sentimental? —preguntó, un poco tenso por las implicaciones de lo que Hermione le estaba contando.
—¡No! ¡Nunca he dicho eso! Te agradeceré que no pongas en mi boca palabras que no he dicho —respondió exaltada.
—Lo que siento por ti es muy real, Hermione. No creo...
—Draco, cálmate, creo que no me explicado bien. Tus sentimientos y los míos son reales, no son ningún espejismo. Seguramente ya estaban allí y nosotros nunca los hubiéramos reconocido si yo me hubiera quedado en el colegio durante las fiestas. Los descubrimos cuando me invitaste a tu casa, dándonos la oportunidad de pasar tiempo juntos y fuera del entorno habitual —detalló Hermione—. Podrían haber pasado años antes de que nos hubiéramos dado cuenta de ellos. La habitación lo que hace es provocar que el deseo se cumpla, pero basado en la realidad misma de cada persona, no basado en ninguna fantasía ni forzando situaciones.
—Ya veo. A pesar de todo, me siento un poco utilizado.
—Bueno, señor príncipe de Slytherin, algún día tenía que suceder —dijo ella, solo con el afán de fastidiarlo un poco—. ¿Qué se siente cuándo te das cuenta que otros han movido los hilos de tu destino?
—Feo —respondió con rapidez—. Por esta ocasión, lo voy a dejar pasar porque estoy feliz con resultado de esta manipulación de mi destino. Solo espero que no te hagas aficionada a esa habitación para cumplirte cualquier capricho.
Lo dijo con sequedad. Para cualquier conocido hasta habría sonado grosero. Hermione que ya lo conocía bien, comprendió que Draco solo necesitaba un poco de tiempo para asimilar lo que ella le había confiado.
—Precisamente por eso, las autorizaciones para entrar a esa habitación es un privilegio del director de turno, quien tampoco puede otorgarlas indiscriminadamente. El hecho de que solo Minerva, Filius y yo lo sepamos, quiere decir que nadie más la ha usado. Y que yo sepa, solo puedes usarla una vez en la vida.
—¿Ya lo investigaste?
—Por supuesto.
Draco sonrió. Era obvio que Hermione investigaría hasta el último detalle de cada cosa nueva que descubriera en su vida. De pronto, ella paró en seco. Él avanzó un par de pasos más sin soltarla de la mano.
—Draco, debo volver a casa —dijo casi en un susurro.
—Tranquila, aún es temprano para que regresemos a la mansión —dijo él y cuando se volteó a verla, le sorprendió su expresión de absoluta concentración—. ¿Qué sucede? —preguntó preocupado.
—No lo sé. De pronto he sentido la urgencia de volver a casa, pero no a Malfoy Manor sino a la casa de mis padres.
—Regresemos entonces —dijo él, haciendo ademán de regresar sobre sus pasos.
—No pienso volver caminando. Busquemos dónde aparecernos.
—¿Estás loca? ¿Qué si nos mira un muggle? —preguntó a alarmado, mirando a todas partes a su alrededor. Mientras tanto, vio a Hermione sacar su varita y decir Repello Muggletum.
—No hay ningún muggle en varios metros a la redonda. El hechizo nos hubiera indicado dónde estaban. ¡Vamos, apresúrate! —lo apremió.
A pesar de todo, Hermione no quería problemas con el Ministerio de Magia, por lo que buscó esconderse detrás del grueso tronco de un árbol cercano. Se abrazó a la cintura de Draco y antes de que él pudiera pensar o decir algo, sintió el tirón de la aparición en su estómago.
Se aparecieron en medio del salón de la casa de los Granger y un timbre insistente, hizo que Draco mirara hacia todas partes, sin explicarse qué demonios provocaba ese ruido. Era seguro que Hermione sí lo sabía, pues después de una exclamación de sorpresa, corrió hacia una pequeña mesa que estaba cerca de la ventana que daba a la calle y levantar un extraño aparato que colocó junto a su oído.
—¿Diga? —la escuchó decir—. Sí, habla Hermione Jean Granger... ¿quién?
Hermione se quedó unos segundos en silencio y de pronto, le miró. Sus ojos desmesuradamente abiertos y llenos de lágrimas emocionadas. Draco se acercó a ella. Le pasó el brazo por encima de los hombros, en un intento de que se calmara y pudiera hablar por ese extraño aparato con más tranquilidad.
—¿Mamá? ¿Realmente eres tú? —exclamó Hermione.
Draco sonrió satisfecho. La magia que habían invocado esa tarde, después de todo, sí había funcionado.
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Clau
