Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Magnolia822, yo solo la traduzco.


AN ACQUIRED TASTE

Capitulo once¿Nuevos amigos?

La enorme sonrisa de Emmett, que me mostraba todos sus dientes, me saludó en la oficina el miércoles por la mañana; una sonrisa que gritaba que había echado un polvo.

― Voy a salir un minuto. ¿Café? ― preguntó, prácticamente dando saltos en el umbral de la puerta. No le había visto tan jovial desde que hizo un trío con un par de culturistas después del Desfile del Orgullo Gay de Puerto Rico. La razón por la que necesitaba café, no la sabía.

― ¿Vas a Starbucks?

― Sí.

Incliné la cabeza a un lado, mirándole inquisitivamente. Él solo siguió sonriendo.

― Claro. Uno grande con crema, entonces. Gracias.

― ¿Un Venti? Bromeó. Él sabía cuanto odiaba la pretenciosa nomenclatura de Starbucks.

Me estremecí y moví la mano. ― Sí, eso.

Emmett dio una palmada en la puerta antes de darse la vuelta.

― Vuelvo en un segundo, ― dijo sobre su hombro.

Solo habían pasado tres días desde mi visita a la casa de Edward y todavía no sabía que hacer con sus inesperadas y algo desconcertantes revelaciones, especialmente con su oferta de amistad. Mientras que su disculpa había sido sincera, todavía no confiaba en él completamente.

Estaba claro que era infeliz, o al menos no estaba satisfecho, con el camino que había tomado su vida desde la última vez que nos habíamos visto, pero no tenía ni idea de si era o no algo simplemente pasajero. Si nos hacíamos amigos y él decidía hacerme a un lado, volvería a estar en el mismo lugar, solo que esa vez no tendría a nadie más que culpar que a mí misma.

Pero cuando nos despedimos el domingo, se le veía... solo, como si realmente quisiera que me quedara. Me pidió que fuera pronto a su restaurante, pero no habíamos hecho planes específicos ya que teníamos las agendas al completo. Quería verlo... tenía la extraña sensación de que me daría alguna pista más sobre él.

Justo cuando empezaba a preguntarme cuando oiría algo de Edward de nuevo, o si yo debería hacer un gesto, Emmett volvió con dos cafés grandes. Dejó uno en mi mesa y lo cogí, quitando la tapa y soplando con cuidado el líquido caliente. Aparentemente, tomaba el café igual que a los hombres. Había sido quemada antes y no quería arriesgarme.

En lugar de volver a su mesa, Emmett se sentó frente a mí, tomando un sorbo de su café y mirándome como una mascota expectante. Había sido así toda la semana pero, cada vez que preguntaba sobre ello, sus respuestas habían sido evasivas.

― ¿Cuándo vas a hablar? ― pregunté, usando mi mejor voz autoritaria. Por lo que me había dicho, a Emmett le gustaba ser dominado en la cama, así que imaginé que era la mejor forma de hacerle hablar. Al final no necesitó mucha presión.

― Me ama, ― dijo Emmett, jugueteando con la tapa de su café.

― ¿Quién? ― pregunté, sorprendida. Por lo que sabía, Emmett no había salido con nadie en serio desde... Entonces me di cuenta. ― Oh, mierda. ¿Jacob?

Emmett asintió y sonrió tan ampliamente que prácticamente pude verle los molares.

― ¡Qué coño! ¡Tío! Cuéntamelo todo.

Lo que siguió fue una historia tan dulce que casi vomité un poco en la boca, aunque, por supuesto, estaba encantada.

Un par de días después de salvar el día durante el incidente del queso ilegal, Jacob había llamado inesperadamente a Emmett y le preguntó si quería ir a cenar. Los dos fueron a un bonito bistro en Chelsea, y terminaron quedándose hasta las tantas bebiendo y hablando. Parecía, que durante los pasados meses, Jake había estado viendo a un terapeuta para superar algunos de sus problemas en cuanto a su sexualidad. Finalmente se sinceró con sus padres y quería a Emmett de vuelta... si Emmett estaba dispuesto a darle otra oportunidad.

― ¿Y qué hiciste?

― Le llevé a mi casa, obviamente, ― dijo Emmett, mirándome como si me hubiera salido un tercer ojo en la frente. ― Y follamos como conejos. La verdad es que le encanta cuando le meto la lengua...

― ¡Demasiada información! ¡Demasiada información! ― grité, no queriendo saber dónde había estado la lengua de Emmett, ya se había unido a la mía recientemente. Me hice una nota mental de lavarme la boca con lejía.

― Lo siento, ― dijo, sonriendo de forma tímida y dejando ver sus hoyuelos.

― ¿Y estás seguro de que está listo? ¿No estás preocupado?

Emmett se encogió de hombros, tomando un sorbo de su café. ― Yo también le amo.

― ¿Así que ahora sois pareja?

― Sip.

Emmett miró fijamente su vaso de café con una mirada soñadora en la cara, y yo dejé mi bebida en la mesa. Si alguien merecía felicidad, ese era Emmett. Nunca antes le había visto tan alterado por un tío. Jake debía ser él.

― Entonces estoy muy feliz por ti, Em. Es maravilloso. Jake es un buen tipo.

Emmett movió las cejas arriba y abajo. ― Lo sé. Y sexy.

― Eso también.

― Y tiene esposas de verdad.

― Las esposas son un bonus añadido.

― Gracias, mujer, ― dijo, ya más serio. ― Quería habértelo dicho antes, pero no quería gafarlo.

― Está bien, ― dije, suspirando y echándome hacia atrás en la silla. ― ¿Significa eso entonces que ya no serás mi novio falso?

Emmett me miró escéptico. ― ¿Todavía no se lo has dicho a Edward?

― No.

― Bella... ― Su voz adquirió un tono incómodamente parecido al de mi padre.

― Lo sé, lo sé. Es estúpido. Yo solo... no sé.

― Si vais a ser amigos, él va a enterarse pronto de que estás soltera.

― Sí...

― ¿Y qué sucederá cuando se entere de que has mentido?

― Yo...

― No has pensado en eso, ¿verdad?

― Uh...

Mis tartamudeos me delataron. Cierto, no había pensado en las consecuencias de que Edward descubriera mi mentirijilla. Pero algo me advertía de que me mantuviera en guardia cerca de él y tener a Emmett por medio me hacía sentir más segura.

Notando mi mirada con los ojos muy abiertos, la conducta de Emmett se suavizó.

― Seré tu novio falso tanto tiempo como me necesites.

- . - . - . - . -

El resto del día pasó en un borrón de actividad, así que apenas tuve otro momento para pensar en Edward. Tuvimos una prueba al final de esa tarde para unos clientes potenciales de una boda y Rose y yo aprovechamos todos nuestros medios, preparando personalmente nuestra selección de entrantes más populares para que los futuros novio y novia los probaran. Esos días siempre eran los que más me ponían de los nervios al tener tendencias perfeccionistas. Quería que mis clientes probaran lo mejor que teníamos para ofrecer, pero a menudo quedaba decepcionada cuando la gente prefería la comida de boda más tradicional. La piccata de pollo y el solomillo de ternera todavía eran los platos principales en la mayoría de las ceremonias.

Para el final de la noche, teníamos apuntados diez clientes. Cuando llegué a casa, contemplé simplemente tirarme en la cama con la ropa del trabajo,pero tenía una gata a la que alimentar y me dejó saber lo que quería frotándose contra mí, ronroneando audiblemente.

― Vale, vale. Sé que es tarde, ― dije mientras ella se movía entre mis piernas. Cogí una lata de la provisión sin fin de Savory Salmon que tenía en el armario y se lo eché en el plato, arrugando la nariz asqueada. PV empezó a comer inmediatamente su cena y yo me convertí en invisible por la grotesca mezcla de pescado.

Justo antes de caer en un coma inducido por el cansancio, decidí mirar mi email por si había algo importante que necesitara mi atención. No es que esperara tener algo de Edward. Por supuesto. Suspiré sarcásticamente por la parte de mí que aplaudió feliz cuando vi, de hecho, un mensaje de él en mi bandeja de entrada.

Para: Isabella Swan

De: Edward Cullen

Asunto: Hola, amiga

Bella,

¿Cómo estás? Esta semana ha sido una locura para mí. Acabamos de terminar de grabar el programa de la semana que viene y estaba pensando en ti de camino a casa. No he tenido mucho tiempo libre últimamente, y sé que eres una mujer ocupada, pero me encantaría que vinieras alguna vez por el restaurante si quieres. Estamos en medio de decorar y me vendría bien una opinión imparcial. Y, por supuesto, me gustaría verte de nuevo.

Así que, si puedes apartarte un momento del salvaje mundo del catering en Nueva York, déjame saber cuando estás libre.

Oh, y no tengas miedo por pedirme la receta de la paella. Sé que te gustó.

Saludos,

Edward

¡Ja! Nunca le daría la satisfacción de pedir esa receta. La hora del correo era de hacía solo unos minutos; la luz verde de Edward estaba encendida. Mejor que responder por correo, decidí enviarle un mensaje.

Bella S: La paella estaba decente, pero tengo mi propia receta.

E. Cullen: Veo que has recibido mi correo.

Bella S: Sip. Acabo de llegar del trabajo.

E. Cullen: Mi propia abuela. Probablemente se está revolviendo en su tumba, incapaz de alcanzar el descanso eterno por mi pobre imitación de su obra de arte.

Bella S: Vaya forma de hacerme sentir culpable. Vale. Me gustó.

E. Cullen: Lo sé.

Bella S: Eres insufrible.

E. Cullen: Eso me han dicho.

Bella S: Y tengo que decirte que la vida de un trabajador de catering de Nueva York es una gran locura.

E. Cullen: Nunca lo he dudado.

Bella S: Hmm. Había detectado una nota de sarcasmo en tu correo.

E. Cullen: ¿De verdad?

Bella S: Sarcasmo de nuevo.

E. Cullen: Lo siento. Me temo que es lo que sucede con el formato de correo electrónico. A menudo he pensado que debería haber una fuente para indicar declaraciones irónicas y poder evitar la confusión.

Sus palabras me hacen sonreír a pesar de que no quiero. Yo he tenido la misma idea.

Bella S: ¡Yo también!

E. Cullen: Deberíamos crear una. Ganaríamos millones de dólares.

Bella S: ¿Y renunciar a cocinar?

E. Cullen: De ninguna manera. Hablando de lo cual, ¿qué dices a venir alguna vez?

Bella S: Mis días están hasta arriba. Puedo usar el domingo de nuevo.

E. Cullen: Estoy fuera de la ciudad este fin de semana. ¿El jueves por la noche?

Bella S: ¿Te refieres a mañana?

Intenté pensar en lo que tenía que hacer el día siguiente; supuse que podía salir un poco antes si era necesario. Mi curiosidad sobre su nuevo establecimiento solo aumentó con el potencial de verlo personalmente.

E. Cullen: Técnicamente, supongo que hoy, ya que es pasada la medianoche.

Bella S: ¡Mierda! Tengo que ir a dormir. Probablemente pueda ir mañana por la noche. ¿A las 7:00 está bien?

E. Cullen: Me va bien, voy a estar ahí todo el día.

Bella S: Vale. Bueno, supongo que te veré entonces.

E. Cullen: ¿Supones?

Bella S: ¿Prefieres una respuesta más definitiva? Te veré entonces. ¿Qué tal eso?

E. Cullen: Preferible. Oh, y tráete un cambio de ropa que no te importe ensuciar.

Bella S: ¿Vas a ponerme a trabajar?

E. Cullen: Me gustaría explotar algo de trabajo gratis de tu parte, sí.

Bella S: Buenas noches, Edward.

E. Cullen: Buenas noches.

- . - . - . - . -

Me subí a un taxi un poco más tarde de las seis la noche siguiente, imaginando que debía irme pronto para tener en cuenta la hora punta. Tras quedarnos en un atasco en el Queensboro, subimos por Vernon hacia Astoria y, antes de que me diera cuenta, me encontré bajando en la esquina de Ditmars con la 19. El local de Edward estaba situado justo al lado de un lleno restaurante griego del que había oído hablar muy bien pero todavía no había probado. Pasé al lado del patio abierto, lleno de ruidosos clientes que hablaban en diferentes lenguas, y me encontré frente a un edificio con las ventanas tapadas con papel. El hueco de la puerta estaba tapado por un trozo de madera y, cuando lo empujé con cuidado, el no completamente desagradable olor de pintura acrílica llenó mis fosas nasales. Asomé la cabeza.

Al lado derecho de la sala, hacia el fondo, una larga barra cubierta de sábanas flanqueaba una pared. Aunque todavía no había mesas en el lugar, imaginé que el más bien íntimo espacio alojaría probablemente a unas treinta personas, además del bar. El interior de ladrillo, combinado con acentos de madera oscura, lo convertían en un lugar bastante acogedor, pero estaba claro que todavía quedaba mucho trabajo por hacer. Había un enorme agujero en el techo a la izquierda del bar que gritaba goteras, y las paredes que no eran de ladrillo todavía debían ser pintadas. Pero podía ver que, una vez que estuviera terminado, el efecto sería precioso.

Mientras estaba parada en la puerta medio abierta, Edward salió de la cocina y una sonrisa se extendió por su cara cuando me vio.

― Hola, ― dijo con un pequeño movimiento de la mano. ― Me alegro de que hayas podido venir.

Su ropa estaba cubierta de pintura blanca e intenté no notar como la gastada tela de su camiseta colgaba de sus bien desarrollados hombros. Una de las piernas de su pantalón estaba rota en la rodilla. Mientras se acercaba con lentas y largas zancadas, mi interior se apretó de forma divertida. Intenté que parara, pero la sensación persistió, poniéndome un poco nerviosa.

― Sí, bueno. Te dije que vendría y soy una mujer de palabra, ― dije de forma apresurada, descolgándome el bolso del hombro. Edward dejó de avanzar cuando estuvo a unos centímetros de mí; sus ojos fueron al bolso y luego otra vez a los míos.

― ¿Has traído ropa de sobra?

― Sí...

― Genial. Acabo de empezar a limpiar la freidora. Eres más que bienvenida a terminar de hacerlo, ― dijo con un brillo de broma en los ojos. Le miré fijamente en blanco, insegura de si realmente bromeaba, ya que era difícil creer que Edward se conformara con una freidora usada en su nueva cocina. ― Estoy bromeando, Bella. Nunca te pondría a hacer una tarea tan insignificante.

― Vale, bueno, ¿con qué importantes tareas necesitas entonces mi ayuda?

― Había pensado que podías ayudarme a colocar trampas para los ratones. Parece que no soy capaz de hacer que esas malditas cosas funcionen, ― dijo con cara inexpresiva.

― Ja.

― Hablo completamente en serio.

― Eres un imbécil.

― Mejor un imbécil que un cabronazo.

― Eso todavía está por verse, ― dije, cruzándome de brazos.

Él sonrió ampliamente y me llamó curvando uno de sus largos dedos, pareciendo ignorante de mi posición autodefensiva. ― ¿Qué te parece hacer un tour?

Durante la siguiente media hora, Edward me dio un tour completo por su establecimiento. La cocina era grande y tenía equipamiento nuevo que brillaba a pesar de la fina capa de polvo. Pronto, me encontré a mí misma absorbida, mirando con interés mientras él mostraba sus juguetes con entusiasmo de niño. Aunque estaba claro que estaba alardeando un poco, no era tan molesto como peligrosamente encantador. Al ser alguien con la misma pasión, realmente podía entender su visión para el lugar mientras la describía. Me di cuenta de que mis dudas iniciales sobre la visita estaban desapareciendo.

― ¡Y esto! ― dijo, arrastrándome agarrada del brazo. ― Espera a ver la despensa.

No era muy diferente a cualquier otra que hubiera visto, pero Edward parecía tan orgulloso como un padre, apuntando a los lugares de almacenaje que había diseñado para los varios y diversos perecederos que pronto lo llenarían.

Una vez que habíamos explorado cada esquina, Edward desveló nuestra tarea para el resto de la noche que, me complació descubrir, no involucraba ratas. Me cambié de ropa rápidamente y me reuní con él otra vez en la cocina, dónde él sonrió por mi vieja camiseta y los desgastados pantalones de yoga. Me arrepentí instantáneamente de no haber llevado algo más mono, y luego decidí que era mejor no parecer que estaba intentando algo.

― ¿No tienes gente para hacer esto? ― pregunté, hundiendo mi esponja en el cubo lleno de cálida y jabonosa agua y pasándola por los fogones mientras Edward limpiaba el horno de convección de la misma manera.

― Sí, pero a menudo quedo poco complacido con el resultado a no ser que lo haga yo mismo.

― Eso es un poco obsesivo-compulsivo.

― Un poco, ― admitió encogiéndose de hombros. ― Pero, ¿qué chef no lo es?

Asentí, limpiando la fina capa de mugre. ― Supongo que tienes razón. ― Yo misma tendía a controlar de forma excesiva en el trabajo, aunque intentaba confiar en mi equipo y contener esas tendencias. Trabajamos en silencio unos minutos hasta que lo rompí con una pregunta para la que hacía mucho que esperaba una respuesta.

― Y, ¿por qué Nueva York? ― pregunté.

― ¿Hmm? ― Edward pareció confundido por la pregunta.

― Ya tienes un restaurante en Londres. ¿Por qué no abrir otro allí?

Edward asintió pensativamente con los ojos verdes enfocados en algo que yo no podía ver. Maldición, eran unos ojos tan bonitos... de un verde más profundo del que recordaba de la playa. Aparté los míos, esperando su respuesta.

― Siempre me ha encantado esto. Cuando estuve en los Estados para la universidad pasé los mejores años de mi vida. Y quería expandirme... a veces Londres parece muy pequeño.

― Yo nunca he estado.

― A veces necesitas alejarte del lugar en el que naciste, ― murmuró, escurriendo el agua sucia de su esponja. ― Y luego estaba el programa. Fue... una oferta que no pude rechazar.

Reí por su terrible representación de El Padrino pero sentí que había algo más en sus palabras, una seriedad escondida. Decidí presionar un poco más.

― ¿Por qué no?

― Necesitaba el dinero, ― dijo simplemente.

― ¿Qué, le debes dinero a un corredor de apuestas o algo?

― Peor. A mi padre.

― Oh.

Ese verano en Carolina del Norte, solo había visto a los padres de Edward de lejos. Él no había parecido muy ansioso porque los conociera, cosa que había malentendido durante mucho tiempo como su reticencia a presentarles a un rollo de verano. En realidad, nunca había hablado de ellos, ni siquiera cuando yo había hablado sin parar de mi loca infancia.

― Así que, ¿él te dejó dinero?

Suspiró. ― ¿Realmente quieres oír esto? Es terriblemente aburrido y predecible.

― Pruebame.

― Mi padre viene de una familia muy rica, ― empezó Edward, retorciendo su esponja. ― Cuando me envió a la universidad en América, creyó que me convertiría en un abogado como él. Yo di muchas cosas por hecho y acepté su dinero para la matrícula. Pero lo odiaba. ― Sacudió la cabeza por el recuerdo, tirando el agua del cubo y volviéndolo a llenar con agua limpia y jabonosa. ― Quería ser cocinero. Cuando me gradué, les dije a mis padres que no iba a ir a la facultad de derecho.

― ¿Y se enfadaron? ― pregunté, ignorando completamente la forma en que los músculos de su espalda se movían con el esfuerzo de levantar el cubo y ponerlo en el suelo. Maldito fuera, debía de tener un entrenador personal o algo.

― Mi padre sí. Fue mi madre la que le animó a prestarme el dinero para la escuela de cocina y luego, cuando me gradué, para abrir Mix. Cuando él la dejó poco después de eso, juré que le devolvería cada penique que había gastado. Sucede que había tomado bastante. ― Dijo las últimas palabras sarcásticamente, con el ceño fruncido formando una arruga entre sus cejas.

― ¿Y lo has hecho? ¿Devolvérselo?

― Cada penique. Por supuesto, creo que eso hirió su orgullo; le habría gustado que todavía tuviera obligaciones con él. ― Murmuró algo más que no pude entender mientras atacaba una persistente mancha.

Eso explicaba un poco el impulso de Edward por tener éxito, sin importar el coste. Incluso aunque mis padres podían estar locos, al menos siempre habían estado orgullosos de mí. Por la mirada que Edward tenía en la cara, sentí que lo que había conseguido no había mejorado su relación con su padre.

― Pero ahora debe estar orgulloso de ti, ― ofrecí, ― Con lo de que eres el Chef más Caliente de América y eso.

― He dejado de intentar impresionar a mi padre, ― dijo Edward con un suspiro de frustración. ― Suficiente de mis poco interesantes problemas con mi padre. ¿Qué hay de ti? ¿Alguna vez has pensado en abrir tu lugar?

Le di a los fogones un último pase con la esponja, satisfecha con mi trabajo mientras el cromado brillaba bajo los fuertes fluorescentes.

― Tengo mi propio lugar.

― Por supuesto. No estoy... Me refería a... ― Edward estaba avergonzado, como debería. No era la primera vez que había oído insinuaciones de que el catering estaba por debajo de los estándares de los chefs de éxito. Era un prejuicio que intentaba refutar en mi trabajo.

― Un restaurante. Sí, lo sé. He pensado en ello... pero no sé. Me gusta el negocio del catering. Ahora tenemos una clientela estable. Es seguro. No tengo un buen título como... ― Me mordí la lengua, pero era demasiado tarde. El "tú" ya colgaba en el aire como una púa. Gracias a Dios, Edward no parecía ofendido.

― Tu comida es excelente. No necesitas un buen título, ― dijo. ― De todas formas, no creo que ser bueno en la cocina sea algo que puedas aprender. Tienes que encontrar felicidad en ello, y eso es algo con lo que naces o no.

― Estoy de acuerdo.

― ¿Y tus padres te apoyan?

― Sí, siempre me han apoyado. Mi madre y yo no tenemos una relación muy cercana, pero sí la tengo con mi padre. Él es... ― dejé la frase, mientras mis pensamientos volvían de nuevo a mis locos padres y su reconexión. No había oído nada de ninguno de ellos desde aquella llamada de teléfono con mi padre y no tenía ni idea de como estaban las cosas, si mi madre le había visitado o no... si ellos estaban... que asco.

― ¿Bella? ― La bonita voz de Edward me sacó sobresaltada de mis pensamientos.

― Lo siento. Yo... ugh.

― Te he perdido un segundo. ― Su sonrisa volvió, mostrando sus rectos y blancos dientes.

Intenté pensar en una forma para describir la situación en términos que no me hicieran sonar como una niña petulante, aunque de alguna manera me sentía como una.

― ¿Has dicho que tus padres están divorciados?

― Sí.

― ¿Y tu padre dejó a tu madre?

La expresión de Edward se endureció. ― Sí, ― contestó tenso. Me senté en la encimera al lado de dónde él todavía estaba trabajando y seguí.

― Bueno, imagina que él decide que quiere volver con ella. Imagina que ahora mismo, en alguna parte, están potencialmente echando un pinchito*.

― ¿Significa esa extraña frase americana lo que creo que significa?

― Sí. ¿Cómo te sentirías?

Edward se estremeció. ― Supongo que estaría enfadado. No confiaría en las intenciones de él.

― Sí. Bueno, esa es la situación de mis padres resumida.

Soltó su esponja sucia en el cubo y se inclinó hacia mí. Olía a agua sucia y jabón de hombre... oh, como extrañaba el olor de jabón de hombre. Decidí en ese momento que necesitaba una cita prolongada con mi vibrador cuando llegara a casa, ya que aparentemente era la perra más salida de Manhattan.

― ¿Sabes lo que esto merece? ― preguntó.

― ¿Qué?

― Una buena pinta.

Su proximidad me nublaba la mente. Intenté pensar racionalmente.

¡SÍ! ¡Una copa sería excelente! La voz de mamá gritó entusiasmada. ¡Emborrachémonos y enrollémonos un poco!

No. Absolutamente no, dijo la voz de papá. Al menos estaba bien saber que ya no estaban de acuerdo. Tienes que trabajar por la mañana y es una noche de diario.

¡Enrollarse!

Las dos voces sonaban igual de atrayentes, pero decidí que la voz de papá seguramente tenía razón, especialmente teniendo en cuenta mi historial con las actividades relacionadas con la bebida y Edward.

― Um... ― Me bajé de la encimera y me puse a una distancia segura de él. ― Se está haciendo tarde. Debería irme.

― Por supuesto, ― contestó Edward. Pasó suavemente los dedos por la encimera dónde había estado sentada. Deseé que se estuviera buscando mi calor corporal que se había quedado ahí.

No. No lo deseaba.

Sí, definitivamente es hora de irse.

― En otro momento entonces. ― Edward sonrió de nuevo y la acción iluminó sus ojos. Ah, ciertamente era el amigo más atractivo que había tenido. Mejor no decírselo a Emmett.

― Sí, claro.

Nos quedamos incómodamente quietos un momento antes de que recordara qué demonios estaba a punto de hacer. Marcharme. Claro.

― Gracias por mostrarme el lugar, ― dije, ya que Edward estaba manteniendo en secreto el nombre de su restaurante hasta justo antes de abrirlo.

― Gracias por venir. Y por tu ayuda con todo esto. ― Sonrió y movió la mano en dirección a los húmedos y brillantes electrodomésticos.

― En realidad me he divertido, ― confesé, cogiendo mi bolso y colgándomelo del hombro.

― Pareces sorprendida.

― Lo estoy. Un poco.

― Eso está bien. Me gusta sorprenderte.

Me quedé un momento sin respiración con la sensación de que estaba coqueteando. ¿No lo estaba haciendo? Pero tan pronto como se me ocurrió la idea, Edward hizo un gesto hacia la salida.

― Te acompañaré.

Nuestra despedida en la puerta fue breve, amistosa. Edward mencionó de nuevo que no estaría en la ciudad el fin de semana y me pregunté si iría a algún lugar solo o con una mujer. No pregunté, sabiendo que probablemente no me gustaría la respuesta.

No hicimos más planes, pero eso era normal entre amigos. ¿Verdad? Aun así, mientras caminaba por la calle en busca de un taxi, me sorprendí a mí misma preguntándome cuando le vería de nuevo.


*Echar un pinchito: ¡Dios! Juro que me costó escribir esto, pero no sabía de qué otra forma poner una expresión rara de la que Edward pudiera dudar. Las españolas supongo que entenderán la referencia, para las que sois de fuera, esta expresión es popular de la serie de televisión La que se avecina y como está registrada, tengo que hacer un mini disclaimer y decir que la expresión no me pertenece, La que se avecina y todo lo relacionado es propiedad de Mediaset España y no pretendo infringir el copyright.


Hola!

Bella sigue sin decirle lo de Emmett... esperemos que no haya problemas por el engaño...

¿Qué os ha parecido el capitulo? Estos dos cada vez se van abriendo más al otro... Espero leer vuestras opiniones.

La fecha de actualización está en mi perfil. Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos.

-Bells, :)