Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Capítulo 11 – Superándose

La mañana siguiente, Isabella se encontraba en uno de los cómodos sillones del cuarto de lectura, recorriendo las páginas de un antiguo volumen sobre mitología griega. No solía sucederle, pero a veces se encontraba dubitativa en cuanto a qué tenía ganas de leer, y ese era uno de esos días. No quería enmarañarse con algo demasiado filosófico o profundo, pero tampoco le deleitaba la idea de perderse en novelas o libros de poesía. Había optado por algo intermedio, pero los problemas de los dioses no eran la gran cosa tampoco. Al fin y al cabo, peleaban por las mismas tonterías que los humanos, sólo que se irritaban más de la cuenta y acababan transformándose los unos a los otros en gallos, toros o árboles de laurel o mirra.

Se limitó entonces a observar las coloridas ilustraciones de los fantásticos seres. Las pinturas habían sido realizadas a mano y con sumo detalle, para adornar esos libros que habían sido encargados especialmente por el padre del Rey Carlisle varias décadas atrás. Capturando la perfección de las láminas, la vista de la joven princesa se posó por un momento sobre una en la que se lucían Afrodita y Adonis, sentados en el bosque y tomados de la mano, mirándose con amor. Observando los rostros jóvenes e inmaculados, Isabella notó que el tal Adonis le resultaba extrañamente familiar. Recorrió con su dedo índice las facciones plasmadas en el papel, y tras unos momentos descubrió a quién le recordaba ese muchacho.

Efectivamente, se parecía bastante a Edward. La princesa se sonrojó al notar que estaba comparando a su mejor amigo, ahora devenido en marido, con una divinidad de eterna juventud y belleza sobrenatural. Se tranquilizó pensando que, al fin y al cabo, eso era sólo el retrato de algún joven que había posado como modelo para el pintor, no el verdadero Adonis con su extraordinario atractivo. Pero había que reconocer que el modelo no era nada desagradable a los ojos… y tampoco su marido.

La muchacha de los ojos café sacudió la cabeza para descartar esos pensamientos absurdos. Tanto amanecer con la cabeza recostada sobre el pecho de Edward le estaba empezando a afectar la mente. Aunque, técnicamente, no sería un error decir que su esposo era un muchacho dotado de ciertos encantos y atractivo físico. Al menos, eso le había escuchado comentar con disimulo a otras princesas en alguna que otra fiesta de la Realeza. Incluso alguna que otra había quedado con las rodillas temblando bajo el vestido tras haber recibido una mirada o una sonrisa de su parte, aunque sólo fuera por cortesía.

Afortunadamente, Edward no lo notaba. A diferencia de su hermano mayor, no parecía conciente de su relativamente bello exterior. Cuando quería mostrarse convincente o encantador, se removía en un mar de palabras cultas y finos modales, sin darse cuenta que el brillo en su mirada y la simpatía de su sonrisa podía mover montañas. A Bella misma le había pasado esa última semana. Se había pescado estudiando las distintas tonalidades de verde en los ojos del joven príncipe, cuando éste le estaba hablando de la última partida de ajedrez que había jugado con Emmett. Claro que, después de unos segundos de no recibir respuesta de parte de su esposa, Edward le había preguntado entre risas qué tanto lo miraba, ante lo cual ella tosió incómoda y le dijo que le había parecido ver que tenía una basurita en el ojo, pero finalmente se había equivocado.

Isabella parpadeó un par de veces y pasó de página, decidida a no ponerse a buscar la razón por la que últimamente le estaba prestando ese extra de atención a Edward. Después de todo, no era tan extraño que le pasara eso. La boda, pasar tiempo juntos, compartir el lecho... Indudablemente todo eso había influido para que se acercaran y se conocieran mejor. Y contar cuántos tonos de verde se mezclan en un iris es parte de conocerse mejor, ¿no es así?

Una nueva pintura encontró sus ojos. Otra vez Afrodita y Adonis, esta vez en la representación de la muerte de este último, con una diosa muy humanizada, lamentando la partida de su amado junto a un tierno querubín. La imaginación de Isabella voló hasta hacerla pensar en cómo sería si ella estuviera en el lugar de Afrodita, inclinada sobre un pobre y difunto Edward. Pero ni bien desfiló esa imagen por su cabeza, la borró con todas sus fuerzas, descartándola aún más rápido que sus pensamientos sobre su renovada cercanía con él. Ya demasiado tenía con la muerte de su madre como para encima pensar en algo tan espantoso como la muerte de su marido. Ese sí que sería un dolor inmenso, porque sería ver partir a una de las pocas personas en el mundo que podía hacerla sonreír.

La princesa cerró el libro de inmediato, como si así pudiera cerrar las puertas de su mente, y fue entonces cuando se percató de una melodía que provenía del cuarto contiguo.

Como de costumbre, la curiosidad le ganó, y tras devolver el libro a su correspondiente estante dejó que sus pies siguieran el recorrido de sus oídos y la llevaran hasta la fuente de tan bella música. En pocos segundos se encontró parada a metros del gran piano de cola, mientras su esposo recorría las teclas con movimientos magistrales. Le tomó unos instantes al príncipe darse cuenta de que Bella estaba ahí, hipnotizada por la manera en que los gráciles dedos se deslizaban a lo largo del instrumento, como si apenas un roce bastara para hacer saltar las más delicadas notas.

—¿Te has cansado de leer, esposa mía? —le preguntó simpáticamente, deteniendo su pasatiempo para mirarla. El corte abrupto de la música, sumado a la voz profunda de Edward, arrancaron a la del cabello almendrado de su pequeño mundo y la obligaron a volver a la realidad.

—Nunca dejarás de llamarme así, ¿no es cierto? —contestó con una mueca. Esposa de aquí, esposa de allá, esposa esto, esposa lo otro. Desde que se habían casado, Edward no había parado de llamarla así, sabiendo lo incómoda que se ponía Bella con esa palabra.

—Nunca dejarás de ser mi esposa, así que no creo que pueda dejar de usar ese mote contigo —llegó la respuesta de un Edward encogido de hombros y guiñando un ojo.

—Ya veo —Isabella se limitó a rodar los ojos, dejando escapar una ligera sonrisa—. Y contestando a tu primera pregunta, sí, me he cansado de leer. No hay libro que llame mi atención el día de hoy —confesó, sentándose en un taburete al lado del piano—. ¿Qué era esa bella melodía que estabas tocando? No te la he oído antes.

A modo de explicación, el príncipe le señaló con un lápiz las partituras manuscritas que se hallaban delante de él.

—Es una bagatela que he estado componiendo desde hace un tiempo, pero aún no logro terminarla. Los últimos ocho compases me están dando un enorme trabajo.

La de los ojos chocolate lo observó mientras el muchacho volvía a adentrar su mirada en la partitura, rascando su barbilla. Volvió a tocar la última hoja pero, nuevamente, se frenó al llegar la parte que le faltaba completar.

—Lo que tienes hasta ahora es muy bonito —lo reconfortó ella, intentando lograr que se relajara para que así la inspiración volviera a su cuerpo.

El joven le agradeció con una de sus sinceras sonrisas, y tras unos instantes de duda, se desplazó hacia un costado de la banqueta, dejando un lugar considerable para compartir asiento con su mujer.

—Ven, tal vez puedas ayudarme —la invitó, palmeando el sitio libre junto a él y frente al majestuoso instrumento.

Ella sacudió la cabeza tímidamente, pero le hizo caso.

—No he tocado en años, Edward —le dijo, ubicándose a su lado, y acariciando las teclas del piano sin llegar a presionar lo suficiente como para arrancarles un sonido.

—Cuando dices en años… ¿quieres decir que no has vuelto a tocar desde entonces? —le preguntó con suavidad.

Ambos sabían qué significaba 'desde entonces'. La madre de Bella, la Reina Renée, había sido una amante del piano toda su vida. Pasaba horas tocando cada día, y se había encargado personalmente de enseñarle a su hija ese maravilloso arte. Durante los meses que duró su enfermedad, uno de sus pocos placeres era oír a Isabella mientras interpretaba piezas que antaño ella le había enseñado y ahora ya no podía ejecutar, debido a la debilidad de sus manos. La imagen de madre e hija, una tan joven y llena de vida y otra desfalleciendo poco a poco, marchitándose como una flor vieja junto a un fresco pimpollo, quedó grabada en la retina del pobre Rey Charles. Cuando finalmente murió Renée, y muchos días después cuando Isabella se volvió a sentar al piano, el viudo le confesó a su hija la angustia que le producía oírla tocar, puesto que le recordaba a su amada esposa. No queriendo provocarle un dolor mayor, Bella decidió no volver a tocar el piano.

—Sí, exactamente. No he querido molestar a mi padre, menos con lo enfermo que ha estado este último tiempo —le explicó.

Infundiéndole valor, Edward rodeó los hombros de su amiga con su fuerte brazo y la miró con cariño.

—Pero ahora estás aquí, lejos. Aunque toques con todas tus fuerzas no lograrás hacer que la música llegue hasta el castillo de Calcedonia como para importunar a tu padre, así que no tienes de qué preocuparte.

El príncipe ubicó las partituras en orden frente a su esposa, y le dio una palmadita en la espalda para inspirarle confianza.

—Por favor, Bella, haz el intento. Tal vez si tú la tocas encuentres la manera de terminar los últimos compases. Yo ya estoy bloqueado, necesito de tu ayuda.

Considerando que tal vez pudiera serle útil a su marido, la muchacha asintió sin decir palabra y ubicó sus blancas manos sobre el piano. Se tomó su tiempo para comenzar, pero cuando lo hizo, dejó a Edward boquiabierto.

Como ya lo había dicho, llevaba tiempo sin tocar, pero no había olvidado cómo hacerlo. Ese era un legado que su madre le había dejado y, muy en su interior, Bella deseaba conservarlo vivo. Es cierto que los años de no practicar le habían entumecido un poco los dedos, por lo que no tenía la maestría de su consorte, e incluso llegaba a errar algunas teclas en ocasiones. Pero, a pesar de algún que otro sonido fuera de lugar, al joven esposo le sorprendió gratamente la forma en que ella se sumergió en la partitura. Tocaba con tal pasión, dejándose llevar de tal manera, que las notas que le sacaba al instrumento contenían una emoción que ni el mismo Edward había logrado plasmar en su propia pieza musical.

Bella llegó a una nueva repetición de la melodía y casi cerró los ojos, dejando que la música la transportara a otro espacio y tiempo, más precisamente a su infancia. Se vio pequeña, a la edad de seis o siete años, sentada frente a ese amigable monstruo que, después de Charles e Isabella, era el gran amor de Renée. Se vio estirando los dedos para tratar de alcanzar las teclas más lejanas, mientras su madre sonreía complacida con sus esfuerzos y tocaba por ella los pedales, a los que los pies de la niña no llegaban. Se vio feliz, ingenua y feliz, sin saber el poco tiempo que tendría a su madre consigo. Y entonces la música se mezcló con esa angustia que solía guardar en ese cofre cerrado bajo siete candados que era su corazón. Le subió por el pecho como un fuego, pero pronto se convirtió en agua, y alcanzó sus ojos en forma de lágrimas que resbalaron por sus mejillas sin que ella llegara a notarlo. Y tan absorta estaba en el momento, que llegó a la última nota que Edward había logrado componer, y continuó tocando unos instantes más, dándole a la pieza una conclusión digna de un músico de la Corte.

Cuando salió de su trance y soltó la última tecla, Edward la estaba mirando fijamente, debatiéndose entre apurarse a escribir los últimos compases antes de que se le olvidaran, o estrecharla fuerte para intentar aplacar ese volcán de angustia que su esposa había sacado a la luz. Se decidió por lo segundo, sabiendo que su amiga estaba antes que cualquier bagatela, y le permitió llorar silenciosamente en su hombro, mientras frotaba su espalda como la Reina Esme solía hacer con él cuando se sentía triste.

—Ya entiendo por qué a mi padre no le gusta que toque —murmuró la joven con un toque de ironía, y Edward se sintió aliviado al oír una pequeña risa escapar de sus labios.

—Bueno, tu padre es un caballero. Nosotros los caballeros somos diferentes a las damas en ese aspecto. Emocionarnos no está bien visto entre nosotros —comentó él—. Incluso Emmett me dice que tocar tanto el piano me va a convertir en un sensiblero —rió, y Bella no pudo evitar reír con él—. ¿A ti te parece? Él lee Shakespeare y se considera el más varonil de los hombres, pero si yo toco el piano resulta que soy demasiado blando.

La princesa se encontró entonces riendo con ganas. Nunca dejaría de maravillarle lo fácil que era para Edward sacarle una sonrisa y hacerle olvidar sus problemas. O tal vez fuera que ella respondía a la simpatía de su amigo mucho más rápidamente que a cualquier otro remedio para el corazón.

Liberándola de sus brazos, Edward le secó las lágrimas con el amplio puño de su camisa, y le dedicó una de sus sanadoras sonrisas.

—Bien, si a usted no le molesta, Su Alteza, robaré de su creatividad y completaré mi bagatela con lo que usted ha compuesto tan magistralmente en mi querido piano —le dijo cortésmente.

Isabella le ayudó a escribir los últimos compases, repasando lo que había tocado, y la pieza musical quedó perfectamente terminada.

—Ahora sólo falta que le pongas nombre —le indicó la muchacha.

—Tengo el título perfecto —respondió él.

Deslizó el lápiz por la parte superior de la primera hoja y escribió dos palabras. Sólo dos palabras, pero fueron suficientes para plasmar una sonrisa de silencioso agradecimiento en el rostro de la princesa.

Bella Renée.

x~x~x~x~x~x~x~x~x~x

—¿Sabes lo que vamos a hacer, Alice? Vamos a empezar por el alfabeto, así partimos de una base —le dijo Jasper a su primera y tal vez única alumna, sentados a la mesa del comedor mientras Charlotte iba y venía en la cocina, preparando el almuerzo para la servidumbre.

—De acuerdo —asintió Alice, hoja en blanco delante y lápiz en mano, pero frunció el ceño confundida—. ¿Qué es eso?

Jasper se cuidó de contener la risa. Los inocentes comentarios de la doncella le resultaban cómicos, pero no quería que ella creyera que se estaba burlando de su ignorancia.

—El alfabeto es el listado de todas las letras que se usan para escribir —explicó lo más sencillamente que pudo—. Empezaremos por las primeras y llegaremos hasta donde nos de el tiempo, si te parece.

—De acuerdo —repitió ella, asintiendo.

Jasper tomó prestado el lápiz y escribió una gran letra A en la parte superior de la hoja.

—Bien, esta es la letra A. Es la primera letra de todo el alfabeto. ¿Se te ocurre algo que empiece con A, AAAAlice? —le preguntó, remarcando la primera letra de su nombre.

Nuevamente tuvo que contener la risa ante la expresión dubitativa de la pequeña muchacha, que lo miraba con cara de temer decir una estupidez.

—¿A…? ¿A-lice? —arriesgó, y agradeció no tener el lápiz en mano, o de lo contrario ya lo estaría masticando de los nervios—. ¿Alice empieza con A?

—Exacto, muy bien —le sonrió el de los cabellos rubios—. Tu nombre empieza con la primera letra del alfabeto. Inténtalo tú, copia una A al lado de la que yo te dibujé.

La joven tomó el lápiz y lo agarró como si de un paraguas se tratara, rodeándolo enérgicamente con todos sus dedos. Dibujó una A fuerte y temblorosa, y se mordió el labio inferior, comparando las dos caligrafías. La de él parecía sacada de un libro, y la de ella, un pedido de auxilio dibujado durante algún sismo.

—Bueno… es la primera, supongo que con práctica saldrá mejor —se consoló en voz alta, aunque pidió reafirmación de su nuevo maestro—. ¿No es así?

—Por supuesto, claro que sí —se apresuró a asentir el guardia—. Todo está en la práctica. No te preocupes, está muy bien para ser la primera. Pasemos a la segunda.

—De acuerdo.

—La segunda letra es la B —Jasper se hizo cargo del lápiz una vez más y escribió la correspondiente letra—. Hay alguien a quien tú conoces mucho y la llamas cariñosamente con la letra B. ¿A quien llamas así? Beee…

—¡Bella! —Alice pegó un saltito.

—Perfecto —asintió Jasper.

—¡Y Benjamin también!

—¡Muy bien, Alice! —la felicitó él, notando el empeño que la muchacha le estaba poniendo—. Bella y Benjamin son nombres que comienzan con la letra B. Aunque aquí hay una pequeña dificultad, porque hay dos letras que suenan así. Esta que estamos viendo ahora se llama B larga, o B grande. Pero hay otra que se llama V corta, o V chica. Algunas palabras se escriben con una, y otras con otra. Volterra, por ejemplo, se escribe con V corta. Pero Bella y Benjamin, como dijiste, se escriben con esta B larga. No te preocupes porque recién estamos empezando, esos son detalles que ya aprenderás con el tiempo —la tranquilizó, viendo su cara de confusión—. ¿Quieres dibujarla?

Alice volvió a tomar el lápiz con la misma torpeza, pero la mano de Jasper la detuvo.

—Si me permites, te voy a enseñar una forma de asir el lápiz que te va a resultar mucho más cómoda para escribir.

—Sí, por supuesto.

El rubio se acercó más a ella y envolvió la mano que sostenía el lápiz con la de él. Alice no sólo se olvidó de respirar por un momento, sino que, vaya uno a saber por qué, sus dedos se aflojaron tanto que ni siquiera fue capaz de sostener el lápiz mientras él intentaba acomodárselo a la manera tradicional. Jasper dejó escapar una pequeña risa y, sin abandonar sus esfuerzos, volvió a ubicar lápiz y dedos en la posición más adecuada.

—Sostenlo así, un poco más fuerte… Bueno, no tan fuerte —volvió a reír cuando la doncella casi parte el pequeño instrumento de madera. Alice le hizo caso y fue por fin capaz de asir el lápiz con la presión justa—. Ahora sí, perfecto. Intentemos una B.

La mano de Jasper ayudó a la de su discípula a deslizarse por el papel y dibujar una letra casi perfecta al lado de la anterior. La muchacha intentó concentrarse en lo que estaba haciendo, pero la distrajo bastante el darse cuenta de que el joven guardia estaba muy cerca de ella, tanto que por un momento pudo sentir uno de sus rizos dorados rozándole la mejilla.

—Bien hecho, Alice —la felicitó él otra vez, ignorando que la atención de la doncella se había desplazado del lápiz al hombre que lo dirigía—. ¿Te sentiste más cómoda escribiendo así?

La de la melena oscura lo miró con sus igualmente oscuros ojos y ladeó la cabeza, perdida en sus pensamientos.

—Eh… Sí… Cómoda… Muy cómoda, sí.

—Eso es bueno. Al principio cuesta un poco adiestrar la mano, pero luego se te hará costumbre, ya verás —le sonrió—. Continuemos con la C.

Charlotte los observó desde la cocina y se tapó la boca para no reírse del rostro maravillado de Alice. No dudaba que la mujercita tuviera grandes deseos de aprender a escribir, pero tampoco cabían dudas de que parecía estar tan fascinada con su maestro como con el arte que estaba ejercitando, si no más.

Maestro y pupila continuaron así un buen rato, pasando por siete letras más. Alice se propuso con todas sus fuerzas dominar el lápiz, principalmente para que la situación anterior no se repitiera y no se encontrara a sí misma tartamudeando y volando por las nubes en lugar de aprender lo que Jasper le explicaba. Afortunadamente lo logró, aunque, por supuesto, ninguna otra letra le volvió a salir tan delicada como esa B que habían trazado juntos.

La hora del almuerzo los atrapó en la letra J. "J de Jasper", según le comentó él, y Alice la memorizó al instante. Rosalie apareció para ayudarlos a preparar la mesa, mientras guardaban los utensilios y colocaban en su lugar copas y cubiertos. La rubia criada felicitó a Alice por la iniciativa de aprender a leer y escribir, y le comentó que ella había aprendido algo el último tiempo, aunque no lo dominaba a la perfección ni mucho menos. Al parecer la Señora Vera, una de las amas de llave más ancianas, le había estado enseñando a Benjamin, quien, entusiasmado, intentó a su vez enseñarle a su hermana. Rosalie hizo lo posible por darle el gusto, pero no logró aprender del todo, fundamentalmente por el poco tiempo que le dejaban sus labores (y el cuidado de su propio hermano) para practicar.

—Tú tienes un poco más de tiempo, Alice. Aprovéchalo —le aconsejó la de Aguamarina a la de Calcedonia, mientras colocaba en la mesa el último cuchillo—. Tienes buena cabeza, estoy segura de que aprenderás rápido.

—Lo mismo opino yo —asintió Jasper, quien en la última hora había notado que su alumna no tenía mayores complicaciones, excepto por el mal pulso.

—Bueno, ya basta de tanto halago que aún ni siquiera sé escribir una palabra completa —rió ella, sus mejillas teñidas de un pálido rosa.

—¿Has aprendido la letra A?

—Sí, fue lo primero que Jasper me enseñó.

—Pues entonces, si lo miras con optimismo, ya sabes escribir una palabra completa. Digo, A puede funcionar como una palabra, ¿o no? Por ejemplo, y de paso les aviso: esperen para servir el almuerzo, tengo que buscar AAA Benjamin para que venga a comer… AAA comer, ahí tienes, otra A.

La rubia doncella sonrió y salió prestamente de la habitación, dejando a Alice pensando que, tal vez, su pequeño avance era de hecho mayor del que pensaba.

x~x~x~x~x~x~x~x~x~x

Rosalie se dirigió a los jardines donde su hermano solía jugar, pero en el camino se topó con el Príncipe Emmett, que volvía de una excursión de caza.

Aprovechando que nadie más venía con él, ni tampoco con ella, el morocho le dedicó una enorme sonrisa e inclinó un poco su cabeza en un cortés saludo. Rosalie, avergonzada por ese gesto que alguien de su pobre condición social no merecía, hizo una inclinación mayor, aunque no pudo evitar sonreír. Toda la semana había estado de buen humor, fundamentalmente porque ese encuentro con Emmett tras la boda Real no había sido el último, y el amor secreto que mantenían estaba más vivo que nunca. Por supuesto que tomaban todas las precauciones para que nadie los descubriera, pero, por el momento, seguían permitiendo que su pasión le ganara a la razón.

—Buenos días, Rose —la saludó él.

—Muy buenos días, Su Alteza. Ha salido muy temprano el día de hoy, ni siquiera lo vi esta mañana cuando fui a arreglar sus aposentos.

—Es que he salido de caza.

—Qué bien. ¿Han cooperado los animales del bosque? —rió levemente, acción que iluminó el rostro de Emmett.

—Sí. En ocasiones se me escapan, no importa cuánto lo intente. Pero últimamente, para mi fortuna, se están dejando atrapar —contestó él con un guiño de ojo. Rosalie ahogó otra pequeña risa percibiendo un doble sentido en sus palabras, pero decidió que contestarle sería riesgoso, siendo que cualquier persona podría aparecer en cualquier instante y encontrarlos manteniendo una plática comprometedora.

—Mejor así. Que tenga un buen día, Su Alteza —se despidió ella, con otra inclinación y la promesa silenciosa de visitarlo nuevamente en su alcoba tan pronto pudiera.

—Igualmente para ti, Rosalie.

El príncipe entró al castillo y la doncella siguió camino en busca de su hermanito, pero el pequeño encuentro no pasó desapercibido, y no sólo para ellos dos.

Desde la ventana de la torre más cercana, una joven mujer de ojos esmeralda y cabello azabache frunció el ceño, visiblemente molesta. Educada según las rígidas costumbres de Pasos Blancos, la Princesa María no era para nada partidaria de vínculos amistosos entre la Realeza y los plebeyos. Pero cuando se trataba de su futuro esposo y una criada que no le agradaba desde el comienzo, la situación le era particularmente irritante.

—Más le vale a esta maldita criada que no me dé ni medio motivo para escarmentarla —murmuró por lo bajo, apretando los dientes.

Con ella sí que no tendría piedad.


¡Estoy de vuelta! Todavía no termino con todos los exámenes, pero hasta ahora todo va bien ;) ¡Gracias por el apoyo, chicas! Como siempre, agradezco todos sus hermosos comentarios a crematlv19, Vicky-Cullen-Alice-Swan, BarbyBells, Fabi Cullen, PameHaleMcCarthyCullen, Connie, Jeanette Cullen Black, keytani, Romy92, Rebel GothicPrinces, Ara Cullen y Khriss Cullen Hale.

Ojalá puedan dejar un review en este cap, estoy un poco insegura con éste porque lo hice con medio cerebro pensando en los exámenes XD No está bien, lo sé, pero necesitaba esta distracción. Y si mis estadísticas no me fallan, tengo unas cuantas lectoras que tienen esta historia en alerta (¡muchas gracias!) así que no se me escondan que sé que están ahí, jajaja. Dejen comentario si creen que lo vale, así sé qué les parece la historia ;)

Si no posteo nada antes, les deseo a todas una hermosa Navidad, que puedan dejar atrás lo malo y compartir lo bueno con sus seres queridos. Aprovechen para abrazar y darle un beso a la gente que quieren, y para perdonar a los que las hayan lastimado. Y espero, más allá de los regalos, que se cumpla todo lo que desean ;)

¡Nos leemos pronto!

Lulu