Capítulo 11.

Antes de la entrevista personal con una periodista de la versión italiana de Marie Claire, Touya exigió un descanso de veinte minutos. Regresó a la suite, encendió el portátil e hizo una búsqueda en Google tras teclear Kaho Mizuki y Fabrizio de Michelis. Obtuvo tres mil quinientos cincuenta y dos resultados. Pinchó sobre el primero.

Hoy se ha anunciado el compromiso oficial entre la presentadora y modelo Kaho Mizuki, de Supermodelo, y su novio desde hace más de un año. «Ha sido todo muy precipitado, pero estamos muy felices», ha declarado Kaho, de treinta y cuatro años de edad. «Hemos pensado casarnos en el Cipriani, en Venecia, antes de Navidad.»

—¿¡Treinta y cuatro años!? ¡Qué cara más dura tiene esa fresca!

Kaho era seis años mayor que él, y eso quería decir que en realidad cumpliría treinta y siete en diciembre. Era increíble que la prensa le siguiera la corriente. Pinchó sobre unos cuantos enlaces más. Encontró una foto de Kaho, deslumbrante vestida de verde oscuro en alguna entrega de premios. Su ex era una belleza, desde luego que sí. Aunque del tipo terrenal, con esa boca tan grande y su generoso busto.

La esquelética Flora era mucho más sofisticada y tenía un pedigrí impecable. Gracias a su estructura ósea no necesitaría cirugía estética para preservar su belleza, salvo algún retoque con Botox, y envejecería maravillosamente. Todo lo contrario que Kaho, a la que se imaginaba un poco fondona...

Sería mejor llamarla para darle la enhorabuena, decidió.

Pero no en ese preciso momento, mejor al día siguiente, sí. No entendía por qué le había afectado tanto la noticia del compromiso. Al fin y al cabo, fue él quien lo dejó con Kaho... por más que sus «amigos» se empeñaran en dejar caer a la prensa que fue al contrario. Bueno, vale... en realidad fue ella la que cortó, pero porque él no le dejó otra alternativa.

De todas formas... era raro pensar que alguien que había sido una parte fundamental de su vida pasaba capítulo y se adentraba en una etapa en la que él ya no tendría cabida. Claro que él mismo le había dado vueltas a comprometerse con Flora, pero eso era distinto. Flora tenía cerebro mientras que Fabrizio era un trozo de caoba lobotomizado. En realidad eso no era del todo cierto. En las pocas ocasiones en las que habían coincidido le había parecido un chico sorprendentemente simpático para alguien que era el heredero de una naviera que valía millones. Divertido. Pero, sinceramente, su cara se parecía a la tarta de la canción «Macarthur Park» y jamás llegaría a ser candidato al Nobel de ciencia. ¿De verdad estaba Kaho enamorada de él?

Sopesó la idea de anunciar su compromiso con Flora. Pero si lo hacía en ese momento, todos dirían que le había pedido matrimonio por despecho, cosa que obviamente sería falsa.

Su mente siguió revoloteando en torno a esos pensamientos, durante el almuerzo y a lo largo de la agotadora hora que pasó con Christine Miller del Daily Post. Intentó por todos los medios a su alcance que le hablara de Kaho y de Flora, y él se resistió con uñas y dientes. Los dos acabaron de mal humor y se despidieron con un apretón de manos que poco hizo por disimular la mutua antipatía que se profesaban. Después le tocó soportar una hora con Simon, un fotógrafo de mediana edad que trabajaba para el Post y que, en contra de lo que era normal entre los miembros de su profesión, derrochaba la misma simpatía que un guardia de una cárcel de máxima seguridad. Acabó agotado.

Por la tarde estuvo haciendo ejercicio con el equipo que había ordenado que le subieran a la suite. Cenó solo mientras veía una película de Eddie Murphy sacada de un montón que le había enviado el portero. Cuando acabó, cayó en la cuenta de que debería llamar a Flora.

—¿Sí? ¿Touya?

Sin saber muy bien por qué, esa manía de arrastrar las palabras lo sacó de quicio.

—Hola, cariño. ¿Cómo van las cosas?

—Muy bien. La inauguración del albergue ha sido un éxito tremendo. Creo que mañana habrá reseñas de la noticia en todos los periódicos.

—Mmm... —murmuró mientras pensaba que la noticia quedaría eclipsada por la historia del compromiso de Kaho—. Eso es genial, cariño, bien hecho.

—Gracias. Estoy muy contenta. Me alegro de que hayas llamado, porque hay un problemilla.

—¿Qué problemilla? —preguntó, repentinamente inquieto.

—En fin, cariño, ojalá pueda estar contigo el miércoles, pero hay ciertos detalles con la fundación que tal vez me lleve un tiempo solucionar. Así que es posible que tenga que retrasar el viaje un día o dos.

—¿¡Cómo!?

—No lo sé con certeza. Pero el viernes o el sábado me vendrían mejor. Henrietta me está buscando un vuelo ahora mismo. No te preocupes, tesoro. Estaré ahí contigo antes de que te des cuenta.

—No quiero estar aquí solo tanto tiempo.

—Touya, solo serán un par de días. No seas tan egoísta. La fundación es importantísima y lo sabes.

—Pero el miércoles por la noche es el estreno aquí en Italia —refunfuñó.

—Tesoro, lo siento muchísimo, de verdad. Pero va a ser imposible.

Sabía que la razón más importante por la que quería que Flora estuviera en Roma era para llevarla del brazo durante el estreno. Si no lo acompañaba, la prensa se le echaría encima: «Touya solo mientras Kaho planea la boda del siglo». Claro que ni loco iba a decírselo a ella.

—Bueno —claudicó a regañadientes—, haz lo que más te convenga. Me da exactamente igual. Tengo que irme.

—¡Touya, no seas así! Eres más infantil que las niñas.

—Te llamaré pronto —replicó con voz cortante—. Ciao, querida, tal como dicen en Roma.

Y colgó.

¡Demonios! ¿Por qué tenía la sensación de que las cosas se le iban de las manos? Su ex, que dos años antes estaba desesperada por casarse con él, acababa de comprometerse con un hombre más rico que él. Y su novia, que innegablemente era la mujer perfecta y mucho más adecuada que Kaho en todos los sentidos, rechazaba el placer de su compañía porque prefería ocuparse de esas reincidentes que traficaban con drogas.

Sintió un dolor palpitante en el pecho. Metió con cuidado la mano y se tocó el área del corazón. ¡Dios! El dolor había empeorado. Tenía que leer sobre el tema. Cogió el portátil y tecleó en Google: «dolor en pecho resistente».

La búsqueda le reportó dieciocho mil setecientos dos resultados. Eligió uno al azar, el cuarto: «Medidas básicas para el tratamiento del asma».

Se le heló la sangre en las venas. Venga ya, Touya, no seas imbécil, se dijo. Pinchó en el primer enlace, convencido de que iba a decirle que solo era un ataque de pánico o algo. «Síntomas de infarto fulminante.»

Se estaba muriendo. ¿Y qué dejaría tras de sí? Unas cuantas comedias románticas ñoñas y una novia oscarizada de luto. Ningún hijo. Nada de lo que enorgullecerse.

Sí, definitivamente le pediría matrimonio a Flora en cuanto llegara. Se casarían rápido. Nada ostentoso, una pequeña ceremonia tal vez en la villa de George, y luego la dejaría embarazada lo antes posible. Al menos quedaría algo suyo, algo que consolaría a su padre y su hermana después de que la muerte les hubiera arrebatado antes de que llegara su hora... pero estaba divagando. No tenía sentido comenzar a planear el funeral hasta que consultara con un médico. Por la mañana le diría a Nessie que le pidiera cita. Aunque a lo mejor para entonces ya era demasiado tarde.

Cálmate. Solo es ansiedad, se dijo. A lo mejor él mismo se había provocado eso por el estrés. Como fuera, había sido un idiota por dejarlo correr tanto tiempo. Tenían que verlo en ese mismo momento. Le echó un vistazo al reloj. Eran casi las doce. Daba igual. Se trataba de una emergencia.

Cogió el teléfono y llamó a recepción.

Nakuru se despertó sobresaltada por el teléfono. Carraspeó antes de responder:

—¿Diga?

—¿Doctora Fraser? —preguntó una voz con acento italiano.

—¿Sí?

—Siento muchísimo molestarla. Soy el signor Ducelli, el gerente del hotel.

—¿Sí?

—Tenemos un problema y nos preguntábamos si podría ayudarnos. Si está dispuesta a hacerlo, claro... No tiene ninguna obligación.

Lo sabía. Mariah Carey acababa de llegar y tenía que dejarle la suite.

—Todo depende...

—¡Por supuesto! Es que... ¿Es usted doctora en medicina, doctora Fraser?

—Sí.

—¿Con experiencia demostrable?

—Bastante demostrable, sí.

—Disculpe que se lo pregunte, es que parece muy joven. —Qué zalamero era...—. Verá, el problema es que tenemos a un huésped que parece estar enfermo. Requiere asistencia médica inmediata. Pero no podemos encontrar al médico que suele trabajar para nosotros. Creemos que está de vacaciones...

—Pues entonces debería ir a un hospital.

La primera regla de los médicos era que nunca se debía salir de la cama si podías endiñarle el muerto a otro. Miró el reloj de la mesilla de noche. Las once y treinta y tres minutos, ¡por el amor de Dios!

—No, doctora Fraser. Es un asunto un poco delicado. Se trata de un huésped famoso. No podemos llamar a cualquier médico. La discreción es de vital importancia. Así que hemos pensado que... hemos llegado a la conclusión de que no habría nadie mejor para tratar al señor... quiero decir, a este huésped VIP, que otro cliente.

—¡Pero es casi medianoche! Estaba durmiendo.

—Lo entiendo perfectamente, doctora Fraser. Y como recompensa por su amabilidad, estaríamos dispuestos a correr con todos los gastos de su estancia en el hotel de Russie. Y los de su esposo. Cuando llegue.

Su cerebro pasó del punto muerto a la directa sin pasar por las marchas intermedias.

—¡Acepto! ¡Vale! Solo será un segundo. Solo tengo que vestirme.

—Es usted muy amable, muy amable. Bueno, cuando se haya arreglado, vaya a la suite Picasso. Está al final de su mismo pasillo. Voy a decirle en la más estricta confidencialidad que el paciente a quien tiene que tratar es... —El hombre bajó la voz para darle más efecto, aunque ella ya lo sabía, por supuesto—. Es el señor Touya Kinomoto.

Pasó media hora antes de que Touya escuchara el timbre de la puerta.

—¡Gracias a Dios!

Cuando habló por primera vez con Ducelli, le dijo que no habría problema alguno, que en menos de una hora iría un médico. Pero cuando Ducelli volvió a llamar, parecía menos seguro y le dijo que había surgido un imprevisto. En una tercera llamada, el hombre parecía muy animado y le aseguró que todo estaba bajo control.

—¡Ya voy! —gritó antes de abrir la puerta. Vio a Ducelli con una mujer alta de pelo castaño vestida con pantalones cortos y una camiseta desgastada. Le resultaba vagamente familiar.

—Señor Kinomoto, siento mucho haberlo hecho esperar. Hemos tenido un problema con nuestro médico habitual, pero no se preocupe. Le hemos traído a la doctora Fraser, que se aloja en el hotel.

En ese momento la recordó.

—¿La recién casada?

—Exacto —contestó ella—. Estoy de luna de miel. También soy licenciada en medicina por la Universidad de Edimburgo, médica de familia cualificada y esclava a tiempo completo de la Seguridad Social.

—¿De verdad? —La miró con respeto. Esa podría ser la mujer que pronunciara su sentencia de muerte.

—Dígame, señor Kinomoto, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Mmm. Es privado —contestó, fulminando con la mirada a Ducelli, que pilló la indirecta al punto.

—Bueno, señor Kinomoto, lo dejaré en compañía de esta maravillosa señorita... Quiero decir, de la distinguida doctora, que atenderá todas sus necesidades.

—¿Hay alguna farmacia de guardia cerca? —preguntó la doctora—. Por si necesitamos algo.

—Sí, sí, dottoressa. Un miembro del personal estará atento por si necesitan algo.

—Estupendo. Se lo haré saber.

—Le agradezco muchísimo su ayuda, dottoressa.

—No hay de qué.

Ducelli se fue después de dorarles un poco más la píldora.

—Vale —dijo ella en cuanto se cerró la puerta—, ¿qué le pasa?

—Bueno, me da un poco de vergüenza...

—No se preocupe. Todo el mundo dice lo mismo.

—No, lo digo en serio.

—Le aseguro que no pasa nada. Puede decirme lo que sea. —Hablaba con voz sorprendentemente dulce.

—Bueno, el problema es que... que creo que tengo algún problema cardiaco. Tal vez me dé un infarto.

—¿¡Infarto!? —preguntó enarcando una caja.

—Claro que también podría ser un principio de asma.

—¿Asma? ¿Qué síntomas tiene?

—Tengo un tiempo ya con problemas para respirar, de repente siento que me falta el aire, que se me cierra la garganta y el corazón me palpita aceleradamente sin ninguna razón, y he leído...

—Señor Kinomoto, estoy segura de que no tiene asma. Puede que algún problema cardiaco tampoco. Pero aunque lo tuviera, es curable. —Echó un vistazo por la habitación—. Mmm, bonita suite. La verdad es que no veo la diferencia entre esta y la Popolo.

Rió a regañadientes.

—Usted tiene una vista de la ciudad. Yo solamente veo el jardín.

—Ay, pobrecito. —Sonrió. Fue una sonrisa sorprendentemente amplia que dejó al descubierto un hueco encantador entre los dientes delanteros—. Bueno, señor Kinomoto, jamás creí que diría esto, pero ¿podría quitarse la camiseta para que pueda examinar su pecho?

Se quitó la camiseta por la cabeza, sintiéndose magnánimo. Tenía que ser muy emocionante ver cómo una estrella de cine se desnudaba tan de cerca. Sí, posiblemente se lo contaría todo a sus amigas, pero ¿qué más daba? Tampoco iba a diagnosticarle un herpes ni nada parecido. Claro que, ¿qué pasaría si tenía asma y se lo contaba a una amiga que a su vez se lo contaría a otra amiga que lo largaría todo a la prensa antes de que tuviera la oportunidad de contárselo a su padre? Lo mejor sería que lo hiciera él a primera hora de la mañana.

Vio que la doctora se había acercado a él y con un estetoscopio le escuchaba el corazón.

—Creo que es un problema de estres —dijo ella.

—¿Un qué?

—Un ataque de estres. Nada preocupante. Se curará en un par de días. Pónga un poco de alto a su ajetreada vida, cambie su dieta y bájele al trabajo un poco.

Se sintió eufórico, como si se hubiera metido de golpe todos los trozos de pastel que hubiera visto en una pasteleria. Era como si hubiera renacido. ¡Gracias, Dios mío, por esta segunda oportunidad!, pensó. ¡Gracias! Te prometo que intentaré ser mejor persona. Donaré más dinero a obras benéficas y visitaré a mi familia más a menudo, y me casaré con Flora y tendré cuatro retoños con ella. Aunque no estaba muy seguro de que Flora apreciara lo que esos cuatro retoños harían con su figura. Bueno, tal vez tres. O dos.

—¿Está segura de que no me pasa nada?

—Totalmente. Pero de todos modos no estaría mal que cuando vea a su médico de cabecera se hiciera un electrocardiograma y otros estudios más de rutina; solo para estar seguros de que esto no pasará a mayores.

—¿Segura de que no tengo asma?

—Sí, completamente. Hay un montón de clínicas en Londres que podría recomendarle si quiere un chequeo completo. Porque supongo que puede pagarse una privada, ¿no?

Empezó a sentirse avergonzado.

—En fin, no se preocupe. Siento haberla sacado de la cama. Su pobre marido. No es muy agradable en su luna de miel.

—No pasa nada —se apresuró a decir ella antes de bostezar con delicadeza—. Lo siento. ¿Puedo lavarme las manos?

—Ah, sí, claro. —Señaló el cuarto de baño con la cabeza—. El suyo puede que sea más grande.

—Seguramente.

La doctora salió del cuarto de baño un poco después con expresión confundida.

—¿Su novia ya ha llegado?

—¿Mi novia? Pues... no. Llegará dentro de unos días.

—Pero todos esos cosméticos... Los botes de Clarins y de Lâncome... —Dejó la frase en el aire al verle la cara—. Ah, ¿son suyos?

—No, pero mi novia siempre desea tener un respaldo, así que suelo cargar con sus cremas por si las dudas; siempre se necesita un poco de ayuda porque no se sabe cuándo te van a hacer una foto —contestó a la defensiva.

—Claro —replicó ella, incapaz de contener una sonrisa.

La perdonó porque era una sonrisa muy dulce.

—Gracias. Ha sido muy amable.

—No hay de qué. El hotel me lo va a pagar.

—¿No va a decirles a sus amigos lo estúpido que soy?

—Por supuesto que no. Me lo impide el juramento hipocrático. No puedo revelar nada de mis pacientes. Y ahora, buenas noches, señor Kinomoto. Duerma un poco.

—Gracias —repitió, y de repente, por extraño que pareciera, deseó que se quedara.

—No hay de qué —repitió ella y cerró la puerta, dejándolo sin nada que hacer salvo meterse en la cama y dormirse de una vez.