DOMESTICACIÓN

—Capítulo 11—

Law abrió los ojos con algo de trabajo, pero no pudo distinguir nada a su alrededor; todavía era de noche. «¿Cuánto tiempo me quedé dormido?». Se removió ligeramente cuando sintió la acompasada respiración de su acompañante que descansaba debajo. Con cuidado se giró para quedar de frente, no pudo evitar tocarlo y paseó los dedos por su abdomen, haciéndole una suave caricia. Ese cuerpo se sentía tan bien.

Intentó levantarse pero, para su sorpresa, Zoro seguía rodeándolo celosamente con sus fuertes brazos.

Se dejó caer de nuevo sobre él y sonrió de repente, preguntándose cuándo había sido la última vez que había compartido un momento tan íntimo con alguien. A decir verdad, los únicos brazos igual de cálidos que podía recordar eran los de Cora-san…

La simple comparación lo estremeció de repente.

«Mierda, esto no está bien».

Él no era de aquellos hombres que acostumbraban a enamorarse. Toda su vida sexual se había centrado en encuentros rápidos y casuales con hombres de los que ya ni siquiera recordaba su nombre. Jamás había tenido la intención de involucrarse en algo más profundo…

Pero el hecho de sentirse tan cómodo entre aquellos brazos comenzaba a alarmarlo.

Una idea, una ilusión absurda se arremolinó en su cabeza. La estúpida idea de poder quedarse a su lado.

Acercó su nariz al cuello de su acompañante para aspirar su varonil aroma y sintió como su estómago se contraía de repente. Tenía que aceptarlo, le gustaba bastante, tal vez, demasiado. «Lo que hay entre nosotros es sólo sexo… tan sólo eso», se dijo. No debía ilusionarse. ¿Qué pensaría Zoro-ya si se enteraba de lo que estaba comenzando a sentir? Seguramente se reiría en su cara.

Se deshizo del abrazo con cuidado y se puso en pie.

Lo contempló por un largo rato antes de decidir qué hacer; una parte de él deseaba volver a acurrucarse entre sus brazos, pero, por otro lado, sabía bien que debía ponerse un límite antes de que fuera demasiado tarde. «Debo aceptar que sería agradable amanecer contigo», pensó.

Finalmente se dio la media vuelta y salió de la biblioteca con el corazón revuelto.

Caminó por la cubierta, pues el aire frío le ayudaba a aclarar sus pensamientos. Miró hacia la enfermería donde estaba encendida la única luz. Seguramente Tony-ya velaría celosamente a su paciente, él era esa clase de médico, al menos el chico-lobo estaba en buenas manos.

Cuando entró a su camarote se quitó a tirones todo lo que traía encima y se metió debajo de las sábanas. «Hace frío». Se hizo ovillo intentando conservar el calor. A pesar de que toda la vida había dormido solo, esa noche se sentía extraño. Añoraba el cuerpo que hace un rato había sentido.

Pese a todo no tardó en perderse completamente, había sido un día largo y necesitaba descanso.

• • •

El sol entró directamente por una de las ventanas. Zoro movió los brazos con extrañeza, estaban vacíos. Se levantó perezosamente y secó una gota de saliva que había dejado escurrir por su mejilla.

—¿Dónde… estás?

Se sorprendió al encontrarse completamente solo. En algún momento de la noche Law lo había abandonado. Tomó asiento y se frotó el cuello claramente molesto. Por un momento había pensado que…

«Soy un idiota». Fue su conclusión.

Estaba claro. La noche anterior su acompañante había hecho todo lo posible por alejarlo. En un principio pensó que era solo porque se sentía mal, pero ahora podía entender que tal vez su compañía había estado de más.

Law ya había tomado de él todo lo que deseaba, ¿para qué quedarse?

Su rostro se puso como tomate al recordar lo que habían hecho en la cueva, los besos que habían compartido, la forma en que había entrado en su cuerpo…

—¡En qué mierda estaba pensando cuando lo dejé hacerme eso!

Frotó su cabello hasta sentir que su cuero cabelludo se calentaba. Ahora, con la mente totalmente despejada, la vergüenza se había apoderado de su ser y su orgullo estaba desbaratado.

Después de recriminarse en silencio una y otra vez su falta de voluntad soltó un suspiro de total resignación. Lo hecho, hecho estaba, además, no era como si no le hubiera gustado.

Lo único que le dolía era pensar en que realmente para Law solo había sido una forma más para pasar el rato.

—¡Ahhhh! ¡casi me arranca la pata!

Reconoció el grito de Chopper y de un impulso salió corriendo. Cuando llegó a la enfermería tuvo que abrirse paso entre todos los curiosos que se le habían adelantado. Se sorprendió al ver que el renito estaba metido bajo la mesa y sujetaba su pata mientras temblaba de miedo. Sai, que también se había llevado un buen susto, estaba abrazada a él, llena de pánico.

Haru había despertado antes de lo que habían previsto, y a mitad de la revisión, intentó morder al médico. Estaba sujeto a la cama por las esposas de kairoseki y se removía con furia intentando zafarse. Su esfuerzo era tal que sus muñecas comenzaban a sangrar. Mostraba los dientes en una mueca feroz y soltaba gruñidos con su lastimada garganta.

Todos lo miraban sin saber qué hacer, con todo y las esposas se trataba de un ser bastante peligroso.

—¡Le estaba revisando la garganta cuando casi me atrapa! —explicaba el pequeño doctor a Robin, quien había sido la primera en llegar a su auxilio.

—Supongo que mantenerlo en su forma humana le ha permitido sanar más rápido —soltó la arqueóloga. Varios de sus brazos aparecieron para ayudar a recoger todas las cosas que habían sido derribadas a consecuencia del tremendo susto.

—¡Háganse a un lado!

Luffy se abrió paso hacia el chico mientras tronaba los huesos de sus puños. —Con un buen golpe sabrá quien manda…

Nami alcanzó a darle un fuerte puñetazo en la cabeza antes de que pudiera acercarse lo suficiente para lograr su objetivo.

—¡Cabeza hueca! ¿¡Qué no te das cuenta que se trata de un pobre niño!?

El capitán se sobó el enorme chichón que se le había formado en la mollera. —Yo sólo quería ayudar —exclamó con un gesto de puchero.

—¡Es suficiente, salgan todos, ahora! —comentó el renito mientras se deshacía de la mayoría a empujones. Zoro, al igual que el resto, obedeció sin rechistar, pues estaba seguro de que si el niño lo reconocía, se pondría peor.

Haru, que no había dejado de gruñir, dejó de moverse de repente y alzó la nariz, expectante. Abrió los ojos lo más que pudo y empezó a recorrer todo a su alrededor hasta que encontró lo que había llamado tanto su atención. Sobre las cabezas de los mirones alcanzó a ver unos brazos que mantenían en alto dos grandes charolas llenas de carne casi cruda. —Abran paso —pidió Sanji. Se detuvo a unos cuantos pasos de la cama del chico y le dedicó una sonrisa.

Debes estar muriéndote de hambre.

Estiró con cautela la comida hasta donde pudiera alcanzarla. Haru se abalanzó sin pensarlo y comenzó a devorar todo con una desesperación inmensa, llevaba días sin probar bocado. Sus ojos miraron por un momento a aquel hombre, no recordaba haberlo visto antes, pero eso no importaba. Siguió comiendo con premura y no paró hasta que todo lo que tenía enfrente desapareció.

Al terminar eructó con fuerza y sus ojos comenzaron a parpadear con pesadez. Todavía se sentía enfermo y ahora, con el estómago lleno, empezaba a cabecear. Sanji se atrevió a estirar la mano para poder tocarlo, pero recibió un intento de mordida que estuvo a nada de arrancarle un dedo.

—Bueno, supongo que esto llevará más tiempo del que pensé.

Soltó el rubio mientras encendía un cigarrillo, atento a como el pequeño se recostaba exhausto por el tremendo esfuerzo.

—Sanji-kun, ¿tienes algún plan? —preguntó Sai atenta a su respuesta, el rubio exhaló lentamente el humo para luego contestar.

—¿Jamás han adoptado a un animal callejero?, la mejor manera de ganar su confianza es alimentándolo. Habrá que hacerlo un par de veces más antes de que se sienta listo.

Los presentes se miraron entre sí, era una respuesta lógica. El niño lo miró receloso un rato, pero pronto se hizo ovillo y el sueño terminó por vencerlo. Sai se acercó al cocinero y lo tomó del brazo con un gesto cariñoso.

—Déjame intentarlo la próxima vez —le pidió. Si existía una esperanza de ayudar a Haru a confiar en ellos no se daría por vencida.

Zoro, que había permanecido en cubierta con el resto de los piratas, soltó un bufido aliviado al ver que todo estaba en orden y se dio la media vuelta para regresar a sus asuntos. Alcanzó a divisar entre el gentío a Law, quien al sentir su mirada, se dio la vuelta con sobresalto y comenzó a caminar rápidamente hacia el submarino.

—Law, espera.

Soltó sin recibir respuesta.

El médico aceleró el paso, pero la mano de Zoro alcanzó a tomarlo por la muñeca y lo obligó a voltear.

¿Por qué estás evitándome? —le preguntó de manera directa. Los ojos de Law no le aguantaron la mirada y tuvo que desviar su atención hacia otro lado.

—No lo estoy haciendo, simplemente estoy cansado —mintió. Por primera vez en mucho tiempo comenzó a sentirse nervioso, ¿qué demonios le sucedía?, se sentía como un chiquillo enamorado y eso lo hacía sentir humillado— Déjame ir, Zoro-ya, tengo cosas que hacer —exclamó.

Zoro accedió a soltarlo, y sin saber qué decirle, dejó que el médico huyera de su lado. «Bueno, eso confirma lo que sospechaba» pensó con amargura. Irguió la cabeza mientras respiraba con suficiente profundidad para tragarse lo que realmente estaba sintiendo. No pensaba demostrar lo mucho que aquel cambio de actitud le había afectado. Se dio la media vuelta y tomó rumbo al gimnasio, lo mejor sería irse a entrenar un largo rato, despejar su cabeza, dejar de pensar en lo que había pasado.

En cuanto Law cerró la puerta del submarino se llevó la mano al corazón que le latía desbocado. Se asomó por el ojo de buey para ver como el peli verde se alejaba sin mirar atrás. «¿Qué voy a hacer ahora?». El simple hecho de haber escuchado su voz le había disparado la adrenalina. Se tapó los ojos y soltó un suspiro.

Ahora todo estaba más claro para él.

Quería estar con Zoro, quería hacerlo suyo una y otra vez… pero también comenzaba a anhelar algo más.

Algo que seguramente jamás tendría.

Esbozó una leve sonrisa que dejaba entrever su tristeza. Tal vez sería mejor alejarse de él el resto del viaje, pero recordó que todavía tenían un asunto pendiente… todavía no le pagaba su parte del trato.

Debía entregarse a Zoro, pero no estaba seguro de poder hacerlo sin que sus malditos sentimientos quedaran expuestos.

«Mierda».

Nunca se hubiera imaginado que un simple abrazo podría complicarle tanto las cosas.

• • •

Las horas transcurrían y, sin mucho que hacer, el niño salvaje se había convertido en el centro de atención. Una vez más la enfermería estaba rodeada, pues era hora de intentar un segundo acercamiento.

—Mil berries a que lo muerde esta vez…

Se escuchó que apostaban en voz baja. Sanji, quien alcanzó a escuchar el comentario, le acomodó una buena patada en la cabeza a Usopp, quien ya había puesto su dinero sobre la mesa.

El cocinero entró cuando el pequeño todavía estaba dormido, hecho ovillo sobre la almohada.

—Hey, Haru —susurró para no espantarlo. En cuanto el niño abrió los ojos su rostro reflejó terror. Estaba tan cansado que no se había percatado de que alguien se encontraba así de cerca. Rápidamente recompuso su actitud y comenzó a gruñirle mostrándole los dientes.

Deja de hacer eso, no pretendo hacerte daño.

Esas palabras resultaban incomprensibles para él, pero aquel tono de voz pareció calmarlo ligeramente. Una vez más su atención se clavó en la comida; esta vez la devoró con más calma, sin dejar de mirar de manera recelosa a su acompañante. Al terminar, simplemente empezó a lamerse las palmas de las manos para dejarlas limpias.

—Puedes confiar en mí —comentó el rubio y una vez más estiró su mano para intentar tocarlo.

Esta vez Haru no intentó morderlo, pero retrocedió lo más que pudo y le soltó un gruñido amenazador.

Sai-chan, es tu turno.

La mujer, que había permanecido al otro lado de la puerta, entró con una canasta llena de pan dulce y un recipiente lleno de leche. El chico siempre se había alimentado de carne, pero su nariz humana le indicaba que eso también era comestible.

—Haru, esto es para ti, Sanji-kun me ayudó a prepararlos —tomó una de las piezas entre sus frágiles dedos y los estiró hacia el muchacho.

—Ten cuidado —le advirtió el cocinero al comprender su intención. Era una maniobra demasiado peligrosa ofrecerle así la comida. El niño era rápido, y si le acomodaba una mordida, podía ser letal.

No me morderá, ¿verdad, Haru? —miró al chico con una enorme sonrisa, el pequeño ladeó la cabeza, intrigado por el gesto y esperó a ver qué era lo que pretendía hacer—. Come, esto te gustará.

Colocó el pan cerca de su pie y se retiró lentamente.

El niño miró el pan por un largo rato, finalmente lo tomó y le arrancó un pedazo. Sus ojos se posaron en aquellos dos individuos. No le habían hecho daño, tampoco le tenían miedo. Movió su nariz con curiosidad. Olían bien, especialmente aquel hombre que olía a comida. Mordió por segunda vez aquel suave objeto, el sabor le había agradado bastante.

—Vámonos, será mejor dejarlo solo un rato más —comentó el rubio. Sai negó con la cabeza.

—Me quedaré aquí, quiero que se acostumbre a mi presencia.

—Está bien, te traeré galletas para que se las ofrezcas más tarde —el cocinero se retiró, dejando a los dos familiares a solas—. Si necesitas algo, llámame sin dudarlo .

La mujer tomó asiento en un sitio seguro y tomó un libro de la estantería al azar mientras comía uno de los panes que había traído, era mejor no parecer una amenaza, simplemente deseaba familiarizarse con su pequeño sobrino.

Haru la olfateaba a la distancia, movía la nariz de una manera curiosa intentando recopilar la mayor información posible, ¿quién era?, ladeó la cabeza mientras la observaba, curioso. Volvió a abrazar sus rodillas mientras se mecía de atrás para adelante lleno de ansiedad, no le gustaba estar cautivo, pero por alguna extraña razón, ya no se sentía amenazado.

• • •

Franky se encontraba reparando algunas cosas en cubierta cuando notó que un grupo de personas desconocidas se acercaban a su barco —Vaya, ya se habían tardado en encontrarnos —exclamó. Guardó sus herramientas y dio un silbido fuerte para llamar la atención de sus nakama, se colocó en la rampa para acceder al barco y esperó a que los extraños hicieran el primer contacto.

—¿Se les perdió algo? —preguntó el cyborg mientras meneaba entre sus manos una llave inglesa. Los pueblerinos parecieron amedrentarse al mirar su extraña apariencia y empezaron a murmurar entre sí y a darse empujones hasta que lograron que uno de ellos diera un paso al frente. Kano, el médico del pueblo, no tuvo otra opción que tomar la palabra.

—¡Sai! —gritó con todas sus fuerzas—, ¡Sai, sé que estás ahí, tienes que regresar ahora!

Su grito alertó a la mayoría de los piratas. La mujer, que escuchó también su llamado, apretó los puños, sabía bien que tarde o temprano tendría que lidiar con ellos. —Volveré enseguida —le dijo a Haru con una sonrisa, pero antes de salir, tomó un escalpelo y lo escondió dentro de la manga de su vestido, por si acaso. Bajó del barco y se plantó frente a Kano sin bajar la mirada.

—¿Qué es lo que quieren de mí? —no tenía ninguna intención de regresar con ellos y mucho menos, de entregarles al niño.

—Sai, he venido a decirte que tu hermano, Akira-sama, se ha quitado la vida.

La primera reacción de Sai fue de sorpresa, pero pronto un sentimiento de ira incontenible se arremolinó en su estómago. Miró hacia la enfermería donde el pequeño Haru no tenía idea alguna de lo que acababa de pasar. Akira lo había abandonado definitivamente, había preferido irse por el camino fácil en vez de enfrentar la realidad. Miró a Kano y apretó los dientes al hablar.

—Si ese cobarde decidió terminar con su vida no es asunto mío —soltó.

Kano le dio una bofetada tan fuerte que le abrió el labio. En ese momento varios de los piratas bajaron del barco, pero Sai les hizo una seña para que esperaran. La mujer tomó al medicucho de la bata y le colocó el escalpelo en el cuello.

—Si vuelves a tocarme, te mato.

Sus ojos, siempre amables, se veían fríos y amedrentadores. Por un momento Kano pudo ver algo de su hermano en ella.

—Lárgate de aquí, tú y todos los que vienen contigo —les dijo. Ni mi hija, ni Haru, ni yo volveremos al pueblo, pueden hacer lo que se les venga en gana con las pertenencias de mi hermano.

Soltó al médico y se dio la media vuelta para regresar al barco. El hombre quiso sorprenderla por la espalda, pero antes de que pudiera moverse Luffy apareció al lado de la mujer, haciéndolo caer de sentón ante la impresión.

El mugiwara solo tuvo que tronarse los puños para que todos los pueblerinos salieran corriendo llenos de pánico. —¡Esta la pagarás! —gritó Kano desde lejos antes de adentrarse en el bosque.

La mujer frotó sus brazos con ansiedad y respiró profundo. Luffy le colocó la mano sobre el hombro dándole unas suaves palmadas.

—Eh, Sai, ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó—, si quieres pueden venir con nosotros hasta la siguiente isla.

Sai cerró los ojos, disfrutando de una suave brisa. Amaba su isla, el clima, las playas. Había disfrutado mucho de aquel lugar al lado de su esposo y de su hija.

—Todavía no lo sé, este es mi hogar —contestó. Luffy se hurgó la nariz y le regaló una sonrisa.

—Hasta que lo necesites, puedes contar con nosotros.

Para deshacerse del trago amargo decidieron encender una fogata en la playa y armar una buena fiesta. Mei parecía ser la más divertida, soltaba una carcajada tras otra mientras jugaba con Usopp y Chopper.

Ven, te ayudaré —el tirador la subió a la espalda del reno quién comenzó a cabalgar con ella. La niña se aferró a su cuello apretando los ojos y gritando de emoción, no recordaba haberse divertido tanto en toda su vida. Su alegre risa era contagiosa y el resto de los tripulantes disfrutaban el espectáculo mientras que Brook amenizaba todo con su música.

Sanji se acercó hasta el esqueleto y le susurró algo.

—¡No, de ninguna manera! —gritó el músico, pero fue arrastrado contra su voluntad hasta la enfermería. Robin había sugerido que tal vez un poco de música ayudaría a que Haru se relajara, valía la pena intentarlo.

—Vamos, él no intentará comerte por segunda ocasión le dijo para animarlo y le dio un fuerte empujón para que entrara. Brook aterrizó de bruces con todo y su guitarra. Sai se acercó hasta él y lo ayudó a levantarse.

—Gracias por ayudar a mi sobrino —le comentó con una bonita sonrisa que lo hizo sonrojarse. Esta vez el esqueleto ya no pudo negarse, esa mujer era bella, de no ser porque se trataba de una viuda reciente le hubiera pedido que le mostrara las bragas.

Brook aclaró su garganta, y resignado, comenzó a tocar una hermosa y suave melodía que poco a poco empezó a volverse animosa. El niño centró toda su atención en el sonido que le resultaba agradable, ladeó la cabeza a la derecha, luego, a su izquierda. De una manera inconsciente comenzó a balancearse al ritmo de la música.

—¡Hey! ¡vengan a ver esto! —se oyó que gritaban desde fuera, los curiosos se acercaron para ver aquel espectáculo soltando risitas.

—Te lo dije, la música calma a las bestias— le susurró Robin a Sanji, quién le regaló una sonrisa.

Sai tragó saliva. El momento de arriesgarse había llegado. La mujer respiró profundo y avanzó hacia el niño que seguía balanceándose como si estuviera hipnotizado. Al ver que se acercaba Haru se puso alerta, clavó sus ojos en ella sin poder esconder su cara de sorpresa. No traía comida, ¿qué quería? Sai estiró sus manos hacia él. El pequeño pensó en morderla, pero se contuvo, estaba intrigado en ver lo que pasaba.

—Ya no tienes nada de qué temer, yo estaré siempre contigo.

Los dedos de Sai le tocaron la cabeza y le hicieron una suave caricia. Los ojos del pequeño se humedecieron y, de manera dócil, agachó la cabeza para que siguiera, era una sensación de lo más agradable.

Sai se sentó a su lado sin dejar de acariciarlo, pasó su mano alrededor de él y lo jaló hacia su pecho, acunándolo. El pequeño se recargó instintivamente y cerró los ojos.

El temible demonio, que tantas vidas se había llevado consigo, cerró los ojos, sintiéndose seguro y querido por vez primera.