**Recuerden que Inuyasha y Compañía no me pertenecen, si no a Rumiko-Sensei J y la Historia es de la Escritora McKinney** Capítulo 10

El Bleeding Heart resultaba cada vez más amenazador. Con la luz rojiza del alba iluminándolo por detrás, el barco parecía casi negro, como un gran cuervo amenazador descendiendo en picado sobre el noble Seabravery.

Kagome lo observaba desde el alcázar, donde también podía ver cómo los hombres del Seabravery se preparaban para la confrontación. Se notaba la tensión en el aire, pero la joven tenía la sensación de que los capaces marineros del barco ya habían pasado antes por aquello. De hecho, algunos casi parecían disfrutar de lo que se avecinaba. Inuyasha entre ellos.

Ignoraba la razón, pero había hecho que se quedara a su lado. De vez en cuando gritaba una orden, alternando con elegancia el francés con el español o con cualquier otro idioma que hablara el marinero al que se dirigiese. Cuando el Seabravery estuvo preparado de forma satis factoria, Inuyasha casi parecía feliz de ver al temible barco acercarse. Sus ojos brillaban de emoción, y sus pasos se hicieron más rápidos y decidi dos. Incluso le sonrió cuando la sorprendió mirándolo. Pero no se tra taba de una sonrisa que infundiera confianza y alegría; era una sonrisa posesiva y perturbadora, como si ella fuese la Perla y nadie pudiese arrebatársela.

—¿Todavía piensas que vienen a rescatarte? —susurró Inuyasha mientras miraba al navío que estaba tan sólo a unos cuantos cientos de metros de ellos.

En realidad no era negro, pero lo parecía por la cantidad de brea que le chorreaba por la proa. Mirando con más atención, Kagome se dio cuenta de que las velas tenían los bordes desgarrados y que eran de un color gris sucio, en marcado contraste con el blanco y cuidado velamen del Seabravery. Pero la prueba definitiva de que el Bleeding Heart no representaría su salvación, fue la bandera que su tripulación estaba izan do en aquellos momentos; en ella se veía una calavera y dos tibias cruzadas sobre un fondo negro. Conmocionada por aquella horrible ima gen, la joven no pudo evitar contener la respiración de golpe.

—Veo que empiezas a cambiar de idea. —Una sonrisa perversa apareció en los labios de Inuaysha.

De repente, Kagome echó de menos la seguridad del suntuoso cama rote de su captor.

—Es un barco pirata... —logró murmurar.

—Tu capacidad de observación es extraordinaria, señorita Higurashi.

—Y no cabe duda de que se dirige hacia aquí —añadió, irritada por su sarcasmo. Se sentía desolada por haber perdido aquella oportunidad de huir, pero de pronto se le ocurrió algo terrible. Se volvió hacia Inuyasha y puso una mano sobre su brazo de acero—. Por... por casuali dad no estarás pensando en entregarnos a Kaede y a mí, ¿verdad?

Él miró la delicada mano posada en su brazo, la cubrió con la suya y dijo:

—Casi pareces desearlo, Kagome. ¿Debería hacerlo?

—¡No puedes...! —exclamó ella ahogando un grito—. ¡Son piratas!

—¿Y qué soy yo?

La joven calló y sus ojos, sombríos por la angustia, se oscurecieron y se clavaron en los de Inuyasha. Él se rió. La situación era desesperada. Estaba atrapada entre dos males, y no sabía cuál sería peor.

—¿Qué sabes de esos hombres? —preguntó con voz tensa.

—Digamos que son viejos conocidos.

—¿Viejos amigos de la escuela de piratas? —Aunque tenía que haberse mordido la lengua para evitar el sarcasmo, no pudo evitar decirlo.

—Ahora que ya sabes a qué te enfrentas —respondió él tras reírse con ganas—, ¿con quién deseas quedarte? ¿Con ellos o conmigo?

La joven apartó la vista y tomó su decisión a regañadientes.

—Supongo que el Seabravery es el mal menor. Al menos navega bajo bandera británica.

—No siempre.

Kagome lo miró al instante y siguió la dirección que indicaban sus ojos verdes, hacia el palo mayor. En lugar de la insignia inglesa que había ondeado durante todo el viaje, habían izado una bandera negra con la silueta de un dragón mirando hacia atrás; la misma imagen que Inuyasha llevaba tatuada en la espalda. Al darse cuenta de lo que aquello significaba, la joven palideció.

Tenía que escapar de aquel terrible barco de algún modo, pero tam bién tenía que asegurarse de no acabar en peores manos de las que ya estaba. Iba a ser una tarea infernal.

—¿Cómo? ¿Ningún comentario mordaz? —se burló Inuayasha—. ¿No vas a llamarme traidor?

—¿Por qué debería hacerlo? Ya has revelado a quién debes tu leal tad —afirmó, apartando la mirada del palo mayor—. Supongo que sólo te escondes tras la bandera británica cuando huyes de la Armada Real.

—¿Me estás llamando cobarde, señorita Higurashi? —Ella apretó la mandíbula y se negó a mirarlo. Inuayasha se rió—. Puede que no lo creas, pero el Seabravery es el mejor barco de mi flota... Y todos ellos hacen viajes entre Londres y Nueva York bajo bandera británica.

—Supongo que lo haces porque te conviene.

—Exactamente. Si me conviene..., y casi siempre me conviene.

—Pero ahora no —repuso ella con dureza.

—No, ahora no —respondió mirando la bandera—, porque mi dra gón infunde más terror que la bandera británica y consigue hacer huir a la mayoría de los barcos piratas.

—El Bleeding Heart no huye. —Miró hacia la embarcación y se dio cuenta de que el encuentro se produciría en pocos minutos.

—Ese maldito barco no parece gran cosa, pero iguala al Seabravery en armamento. Si ellos quisieran, en estos momentos estaríamos volán donos en pedazos el uno al otro.

—Entonces, ¿es el dragón el que impide que ataquen?

Inuyasha recorrió con la mirada su pequeña figura, y sus ojos se demoraron con agrado en el lugar donde el lino gris se tensaba sobre sus generosos pechos. Con una expresión enigmática, tocó un mechó que se había soltado de las horquillas y le rozaba la sien.

—Digamos que tengo un cargamento valioso a bordo —dijo finalmente—. Un cargamento que el barco que se acerca no quiere destro zar.

Tras decir aquello, se puso a su espalda y la rodeó con sus brazos, colocando sus manos sobre la barandilla y convirtiéndola en su cautiva, en espera de que la embarcación enemiga se acercara.

El navío pirata tardó poco en colocarse junto al Seabravery. Las tripulaciones de ambos barcos se quedaron completamente inmóviles junto a las barandillas, como soldados esperando la orden de atacar. El capitán Corbeil estaba en el alcázar frotándose con nerviosismo la mano lisiada. Mientras tanto, el capitán del otro barco había centrado su aten ción en el hombre que mantenía prisionera a Kagome.

—¡Qué alegría verte, mon ami! —gritó a través del agua que los sepa raba.

Inuyasha sonrió y Kagome sintió en su espalda que los latidos del corazón del pirata se aceleraban.

—Azzedine, ¿qué quieres? Si buscas a tu amo, deberías hacerlo en las Bermudas. Creo que es la época en la que los tiburones rondan sus arrecifes.

El capitán del Bleeding Heart se rió con tantas ganas que se dobló sobre sí mismo. Cuando sus carcajadas acabaron gritó:

—¡Inuyasha, siempre he apreciado tu sentido del humor! ¡Pero creo que a Sesshoumaru no le hará mucha gracia tu descripción!

—¡Dile a tu amo que en este barco no hay sangre para alimentarlo!

—¡Ya le dije que no cooperarías! —Azzedine se rió y sacudió la cabeza. Era un hombre bajo, moreno y desaliñado. Por su acento, sus ojos negros y su suave piel de color café, Kagome dedujo que debía ser marroquí o argelino. Hubiera resultado atractivo si no fuera porque tenía varios dientes podridos y le faltaban otros tantos.

—¿Quién es esa mujer tan bella, mon ami?—le gritó el pirata, recorriéndola con la mirada. Había tanta maldad en sus ojos que Kagome no pudo evitar acercarse más a Inuyasha.

—Ah, es mi pequeña gema, Azzedine. —Las manos de su captor abandonaron la barandilla para estrecharla con fuerza entre sus bra zos—. ¡Y nunca adivinarías dónde la encontré! —gritó, inclinándose y apoyando su mejilla contra la de Kagome—. ¡En un hospicio de Londres! No se debe pasar por alto ni siquiera el lugar más insignificante, amigo mío. Nunca se sabe dónde aparecerá un tesoro.

Kagome se encogió. Estaba desesperada por librarse de los brazos de Inuyasha, pero, si luchaba por soltarse, corría el riesgo de que le conce diese su petición y la entregase al Bleeding Heart. El instinto le decía que estaba mejor en el Seabravery, así que se quedó quieta entre los bra zos que la inmovilizaban.

—Te presento a la señorita Kagome Higurashi, Azzedine, una apreciada pasajera de nuestro barco —siguió Inuyasha—. Sería una lástima vernos privados de su compañía demasiado pronto.

—Ya lo veo —comentó el pirata poniéndose serio—. ¡Si yo tuviera una compañía tanencantadora, creo que también lamentaría verla malcriar! Pero se supone que debo llevármela, mon ami. Y por eso te pido permiso para subir a bordo, de modo que podamos negociar un precio.

Al oír aquellas palabras, Kagome se apretó aún más contra el pecho de Inuyasha. ¿La buscaba a ella? ¿Acaso todos los piratas de alta mar pre tendían secuestrarla? Sin pensarlo, se aferró a los brazos de su captor. Él se rió entre dientes y la abrazó con más fuerza. Sus cuerpos estaban tan unidos que la joven pudo notar cómo le temblaba el torso al reírse. Parecía que le divertía toda aquella situación.

—¡Sube a bordo, amigo mío! —le gritó alegremente—. ¡Rompe tu ayuno con nosotros! ¡Pero, te lo advierto, ella no se irá contigo! ¡Prefiero verte muerto, por mucho que lo lamentase después!

Azzedine se rió de nuevo entre dientes mientras la tripulación del Seabravery se preparaba para recibir a su invitado.

—Todavía hablan de ti en la Casbah, Inuyasha. Las mujeres te siguen echando de menos, y los hombres te siguen odiando. —Después de comer, Azzedine dejó el tenedor y se frotó la barriga. Casi parecía estar satisfecho de sí mismo. De haber podido secuestrarla y escapar en el Bleeding Heart, Kagome estaba segura de que aquél habría sido un día perfecto para él.

Como si Inuyasha no deseara tener a aquella escupidera humana en sus alojamientos privados, había ordenado que sirvieran la comida para Kagome, el argelino y para él mismo en el comedor de popa, donde solían comer los pasajeros. Para la joven, aquellos días felices parecían estar a varias semanas de distancia.

El cocinero había preparado una enorme cantidad de coloridos y elaborados platos, como si el barco hubiese recibido la visita de la nobleza en vez de la de un peligroso corsario. Pero Kagome no tenía apetito. Durante toda la comida había notado que el argelino la reco rría con la mirada. Aunque Inuyasha vigilaba de cerca a Azzedine, resul taba obvio que el pirata deseaba cumplir su misión. Aunque, sabedor de que no era rival para su anfitrión y, a causa de la inexplicable cama radería de los proscritos, no podía más que aceptar su hospitalidad y marcharse.

Inuyasha logró que el argelino apartara la vista de Kagome lanzándole una mirada amenazadora. Después de conseguir su objetivo, se echó hacia atrás en su silla y sonrió.

—Ah, la Casbah —comentó—. Debo reconocer que todavía guar do buenos recuerdos de aquel lugar. ¿Siguen siendo sus calles tan estre chas y traicioneras como antes? Se podrían esconder mil ladrones en ese lugar y no volver a saber de ellos.

—Todo sigue igual. Por cierto —añadió Azzedine astutamente—, olvidé mencionarte que el dey también te sigue odiando... Ni siquiera él pudo encontrarte después de que te metieras en palacio y entre los bra zos de su hija mayor.

—¿Y sigue teniendo precio mi cabeza? —preguntó Inuyasha entre risas—. No es de extrañar que me viese obligado a buscarme un nego cio legal.

—La recompensa por tu cabeza sigue en pie, amigo, y ya sabes que no me importaría cobrarla.

—Si pudieras —se limitó a decir Inuyasha.

—Sí, si pudiera —suspiró el argelino—. Pero, ya que no puedo, quizá te traiga al dey en persona. Ya sabes que le sigue hirviendo la san gre cada vez que alguien menciona tu nombre. Fuiste muy inteligente al ofrecer quinientas monedas de oro por su cabeza cuando él ofreció cien por la tuya.

—Todavía me indigna que no me considerase más valioso —res pondió Inuyasha exagerando una expresión dolida. Ambos hombres se echaron a reír.

Pero no así Kagome. Estaba sentada junto a su captor, empujando con el tenedor la comida que se había quedado fría en su plato. Toda aquella charla sobre la Casbah le parecía irónica. En una ocasión había leído que llamaban a Argel «la Ciudad Blanca», por el brillo cegador de las casas de ladrillo y estuco del barrio de la Casbah, que bajaban por la colina hasta llegar al bullicioso puerto de la ciudad. Siempre le había parecido extraño que un lugar con un nombre tan puro y mágico como Ciudad Blanca fuese en realidad un refugio de piratas, contrabandistas, espías y demás gentuza.

Pero, si la Casbah era un lugar tan notorio, los dos hombres que tenía delante encajarían perfectamente. Azzedine parecía tan capaz de robarle un bastón a un leproso como de cortarle la mano a un hombre. Pero, por cruel que pudiese resultar el argelino, Inuyasha parecía serlo aún más. Tenía el aura de un hombre que no temía la confrontación. Su captor seguiría adelante mucho después de que los hombres como Azzedine metiesen el rabo entre las piernas y huyeran. De repente, Kagome se dio cuenta de qué era lo que le hacía tan peligroso: a Inuyasha no le asustaba morir. Los hombres lo notaban instintivamente y mante nían las distancias. Pero ¿cómo había llegado a ese punto? Sólo se le ocurrió una respuesta: tenía que ser un hombre que hubiese necesitado toda esa fuerza y valentía para sobrevivir.

—Dime, Inuyasha —empezó a decir Azzedine, llamando la atención de todos—, ¿qué le digo a Sesshoumaru si aparezco con las manos vacías?

—Querrás decir cuando aparezcas con las manos vacías —le corrigió su anfitrión.

—Perdona el error, mon ami —repuso Azzedine entre risas—. Al dragón nunca se le escapa nada. Pero ¿qué le digo? Sesshoumaru desea tener a la chica en sus garras y está dispuesto a hacer cualquier cosa. Ojalá me dejaras llevármela. —El pirata miró de nuevo a Kagome con sus relucientes ojos negros. Ella le devolvió la mirada, llena de furia. Se sentía como una ternera cebada en día de mercado.

—No te la puedes llevar, Azzedine, pero te ofreceré esto. —Inuyasha sacó con indiferencia el mechón de pelo que le había cortado pocas horas antes a la joven y lo tiró sobre la mesa—. Dale esto a Sesshoumaru con mis mejores recuerdos. Y dile que ya puede dejar de buscar la Perla. Es mía.

—Lo haré —respondió Azzedine—, si es la única opción que me ofreces. —Volvió su atención a la joven y su mirada se fijó en la turgen cia de sus pechos. Kagome estuvo a punto de sufrir arcadas. El argelino era poco mejor que la mugre que tenía que limpiar de la única bañera de asiento del Hogar. La idea de que la tocase la hacía desear saltar por la borda. Y estaba claro que él quería algo más que tocarla.

—Azzedine, ella es mía. —Inuyasha logró volver a captar la atención del pirata, cuya mirada se apartó obedientemente de la joven para diri girse al propietario del Seabravery—. Eso está mejor —comentó su captor en tono seco; obviamente, no le había gustado la forma en que el argelino miraba algo que consideraba de su propiedad.

Kagome miró a Inuyasha a los ojos, y las mejillas se le encendieron de ira. No podía soportar aquella tortura ni un minuto más. No era ningún objeto y se negaba a dejar que la tratasen como tal. No agradecía mucho su intervención. De hecho, para ella, su captor no era mucho mejor que su miserable camarada.

Llena de indignación, se levantó de repente.

—Espero que me disculpen, caballeros, pero debo retirarme para adecentarme un poco.

En cuanto habló, Azzedine cogió el mechón de la mesa, se lo llevó a la nariz para olerlo, y ella se sintió asqueada. No le gustaba que le enviasen partes de su cuerpo a un hombre desconoci do llamado Sesshoumaru. Si Inuyasha no la iba a entregar al Bleeding Heart, estaba lista para una pequeña rebelión.

—Kagome, ¿adonde crees que vas? —exigió saber Inuyasha en un tono de voz que ella había escuchado con demasiada frecuencia siendo niña.

—Me voy a mi camarote, y no necesito que me acompañen —afir mó, dirigiéndose a la puerta y entrecerrando los ojos con aire desafiante.

—¿Cómo puedes ser tan maleducada con nuestro invitado? —Los firmes labios masculinos se torcieron en una sonrisa—. Siéntate, Kagome, y termina la comida.

—No tengo hambre.

—Si sigues así, no quedará mucho de ti con lo que negociar —repu so Inuyasha con la mandíbula tensa.

—Qué tragedia tan lamentable, sobre todo para usted, señor. —Le lanzó una mirada rebelde y se dirigió a la puerta, pero, antes de poder salir, oyó cómo Inuyasha saltaba de su asiento. Agarró su brazo con mano de acero y la sacó al pasillo, lejos de los curiosos ojos del argelino.

—Kagome —susurró con voz tensa—, te dejaré ir por esta vez, pero, te lo advierto, no toleraré este comportamiento en el futuro. Ve directa a mi camarote. Los hombres de Azzedine están ansiosos por reclamar su botín, y no creo que encuentres su compañía... agradable.

—No tienes por qué preocuparte —le espetó ella tras lograr soltar se después de forcejear—. No busco la compañía de piratas. —Sus ojos dejaban claro que él estaba incluido en ese grupo.

—Piratas o no, hazme caso, Kagome —insistió él, sacudiéndola un poco.

—Lo entiendo... Bueno, quizá no —dijo para enfadarlo—. Quizá esté mejor en el Bleeding Heart. Quizá ese Sesshoumaru del que hablas sepa al menos que no se puede tratar a una persona como si fuera una mercancía que se compra y vende al mejor postor...

Inuyasha apresó sus brazos de nuevo y la zarandeó hasta que le dio vueltas la cabeza.

—¡Escúchame, pequeña idiota! ¡Estás mejor en este barco que en cualquier otra parte! Y si erestan estúpida como para pensar en irte con Azzedine, te diré que he visto cómo su amo quemaba vivo a un hom bre metiéndole estopa en la boca y prendiéndola después. Sesshoumaru no dejó de reírse hasta que su víctima murió. ¡Así que da gracias a Dios por haber dejado que caigas en mis manos, porque podrías estar mucho peor!

—¡Para..., para! —le pidió Kagome, jadeante, intentando soltarse. Cuando por fin la dejó libre, levantó la mirada y vio que la expresión de Inuyasha se había endurecido de rabia. A ella se le escapó un sollozo y se preguntó cómo responder ante la horrible historia que le había conta do. Parecía imposible que existiera un hombre tan cruel como Sesshoumaru, pero, al mirar los ojos dorados de Inuyasha, vio que decía la verdad. Estremecida, se dio cuenta de que no tenía más alterna tiva que creerlo y seguir con su incierto viaje hasta poder escapar.

—No pretendía asustarte, pequeña. —Como si no supiera cómo actuar ante la palidez de Inuyasha, dio un paso hacia ella en el estrecho pasillo, pero la joven se apartó con una mirada acusadora.

—Asustarme era justo lo que pretendías —afirmó, inflexible—. Y lo has hecho desde que subí a este barco. Eres un criminal licencioso y bárbaro que sólo se divierte intimidando a los que son más débiles que tú... Pero no me vas a intimidar durante mucho más tiempo.

—Ah, ahí está ese carácter que tan pocas veces sale a relucir —res pondió él, con un cálido brillo en su mirada—. ¿Sabes, Kagome? Deberías agradecerme que te secuestrase y te hiciese luchar, porque si no, te habrías marchitado y muerto en aquel hospicio.

—No... era... un... hospicio —siseó enfadada.

Él se echó a reír con ganas, y, cuando la joven no pudo aguantarlo más, recogió su falda y se alejó con paso rápido en busca de la soledad del camarote de Inuyasha. Sus risas la siguieron hasta mucho después de haber cerrado la puerta.

Wooow se pone interesante? Que creen que haga Kagome? Besos y abrazos para quien siga leyendo

Dark_yuki