Calando en metamorphosis
—Levántate.
La voz de Sasuke era inflexible, tanto como la posición que había adoptado mirándola hacia abajo, con los brazos cruzados, el semblante endurecido pese al cansancio y las ligeras heridas causadas por ese entrenamiento no le restaban el aura invencible.
Naruto ya estaba de pie, con las manos apoyadas en las rodillas y casi a punto de irse de bruces, pero no lo haría por orgullo. Kakashi no los miraba, de hecho se había desaparecido hacía un largo rato apenas terminó de dar las indicaciones sobre lo que tenían que hacer por ese día. Pero ella ya no podía siquiera lograr que las piernas la sostuvieran. Si había podido mantener un ritmo mas o menos parecido era porque había optimizado al máximo su chakra, pero su límite estaba muy por debajo de los niveles de sus compañeros, y cuando su reserva llegó a un punto crítico, la fuerza física de su cuerpo no había durado mucho realmente.
—Aún nos faltan nueve vueltas. Levántate.
Ni siquiera podía mantener la cabeza levantada para mirarle, estaba tan cansada…
Sasuke chasqueó la lengua y desvió el rostro dirigiéndose a Naruto.
— ¿Ya te cansaste?
— ¡Claro que no! ¡Dattebayo! ¡Puedo ganarte!
Y el rubio dio media vuelta dejándose caer por el alto barranco que debía de subir con una sola mano según las instrucciones. Sasuke asintió y no volvió a mirar siquiera a su compañera dejándose ir también para alcanzar a Naruto.
Ninguno de los dos la acusó de no haber terminado el ejercicio como debiera. Cuando Kakashi volvió a aparecer encontró a los tres sentados en el piso, solo preguntó por protocolo cómo les había ido y sin esperar respuesta les invitó a bajar para ir a cenar, si bien los tres tenían claro que la invitación no se extendería hasta el pago de la cuenta.
Fue Naruto quien le ofreció su hombro para apoyarse al caminar.
A todos esos ejercicios donde ella no llegaba a la par, siempre se preguntó cómo era posible que jamás le reprocharan esa debilidad, que nunca se quejaran con Kakashi de que ella no estaba a su nivel o cualquier cosa de esas que harían que en otro equipo se exigiera su expulsión ¿Por qué permitirle seguir con ellos a sabiendas de que no tenía mayor habilidad que una inteligencia que poco les servía a ellos en una batalla? Y las experiencias confirmaban aquello.
Volverse más fuerte, volverse más eficiente, volverse importante. Vivir a la sombra era en cierta manera doloroso, pero al final terminó por acostumbrarse a ver a Naruto partir solo a la batalla y ella en barricadas curando las heridas, perfeccionando la mejor de las habilidades que había conseguido, para que, cuando llegara su prueba de fuego, se dio cuenta de que solo podía salvar a uno.
Una sola persona mientras que los demás se las apañaban para lidiar con todo una guerra.
Levántate…
Sasuke casi nunca hablaba, o más concretamente, nunca le dirigía la palabra a menos que fuera estrictamente necesario, y aunque por años enteros una sola de ellas la martirizó hasta en sueños, si lo pensaba detenidamente, no era "molestia" lo que más decía para referirse a su persona, sino precisamente "levántate". Porque ella siempre quedaba de rodillas al final del día, extenuada de todas sus fuerzas, siempre quedaba detrás, y si bien jamás le tendió la mano, siempre existió esa demanda: Levántate.
Levántate…
Levántate…
Abrió los ojos poco después de que por reflejo empezara a expulsar el agua de sus pulmones entre la tos que hacía doler su garganta.
No era un: "Vete de aquí", "Muere", "Desaparece" ¡Levántate! ¡La única cosa que le pedía! ¡Era lo único que demandaba de ella!
Lo único.
Sasuke tenía el rostro dirigido hacia donde sabía, estaba Sakura. Con los ojos cerrados, los labios sellados, la respiración casi imperceptible en medio de aquella oscuridad provocada por las ventanas y puertas cerradas, daba más la impresión de ser alguna estatua, de las que se colocan en los templos familiares de las casas más tradicionales, a la que se le rinde culto en silencio. Ciertamente no se trataría de un ídolo benévolo, de ninguna forma, ni siquiera piadoso.
¿Sasuke era su ídolo?
Rió y tosió, sacó el agua que aún tenía en el estómago y los pulmones.
Volvió a reír ante la idea de imaginarse a sí misma encendiendo una varita de incienso y juntando las manos al frente de un inmutable Sasuke, pero calló enseguida al saberse en la más incómoda de las situaciones, en una humillación más por su debilidad. Y toda la melancolía regresó cuando finalmente a través de sus ojos verdes fue capaz de apreciar a esa estatua, lejos de la turbia claridad con la que se empapaba la mente al mirarle en otros días, dejó que la tarde pasara lentamente, disfrutando por vez primera su silencio, su inmutabilidad, su indiferencia…
Hacía muchos años en que se atrevió por vez primera a entrar al barrio maldito de aquellos que en la aldea jamás se mencionaban, más niña se armó de valor para ir tras los pasos que atormentaron a quien fuera su gran amor.
Recordaba los pasillos largos y enmohecidos, el olor a madera podrida y a la muerte misma entrando por sus fosas nasales, haciéndole temblar aunque era verano. Todo obscuridad, todo silencio, vacío…
Llegó hasta la que supuso como la casa principal, se habría paso entre las puertas corredizas, limitándose a imaginar lo que pudo haber sucedido, tanto esa noche como en los días más felices, porque los hubo y de eso estaba segura.
Sasuke no emitió ruido alguno, esperó con paciencia que Sakura terminara de recobrar el aliento y sacara el agua del estómago y pulmones.
La imaginaba a partir del flujo ya regular de su chakra, debía estar arrodillada, concentrando energía, reponiéndose enteramente para partir en unos minutos con la máxima discreción. A su derecha debía haber dos clones, uno de ellos convertido en un anciano lisiado y ciego, a la chica debió haberle hecho modificaciones consistentes en la complexión y fisonomía salvo en el color de ojos y cabello que debía mantenerse verde y rosa respectivamente, ellos se quedarían hasta que llegaran los ninjas para que no pudiera relacionarse la abrupta partida del barco con dos ninjas, al menos no lo suficientemente rápido como para tener una brecha de tiempo para estar lejos.
En una pequeña mochila, medicamentos, vendajes, algo de comida. Sakura tenía fuerza de impacto, pero ella misma dudaba de su fuerza de levantamiento para llevarlo a él y un equipaje más grande.
—Ya es hora.— anunció Sakura en voz baja, como un murmullo.
Él asintió mientras la escuchaba tomar la maleta y colgársela al hombro. Sintió sus manos tibias en el brazo halando para ayudarle a ponerse de pie, ya ni siquiera le avisaba lo que haría como tenía la costumbre recién empezaron aquella huida, como una enfermera profesional, se había vuelto algo brusca en sus maneras para tratarlo, ya no lo veía como de cristal.
Se sujetó bien de ella, tenían que moverse rápido y en las sombras, nadie debía verlos salir, ni llegar al barco.
.
Sakura dio el primer salto resintiendo en sus piernas la tensión muscular del daño aún no del todo reparado, pero consiguió llevar un ritmo aceptable. Definitivamente no engañarían a un ninja, pero en aquella aldea no había más shinobi que ellos mismos, así que no había mayor problema. Se abstuvo de moverse por los tejados, el peso era mucho como para hacer pasar desapercibido el golpe para quien estuviera dentro de las casas, abajo, solo tenía que cuidar el no dejar muchas huellas, mezclar las suyas con la de los demás que circulaban durante el día. Serían las siete treinta, casi todos los locales estaban cerrados y sus ocupantes sentados a la sombra de sus portales para recibir el tedio vespertino que causaba el sol y la brisa húmeda.
Apenas llevaba un par de calles, llegaría a la zona arbolada y ahí era más improbable toparse con alguien hasta que llegaran al otro lado del pueblo donde estaban las embarcaciones. Distinguió el embarcadero, los hombres terminaban los preparativos para salir a las ocho en punto, solo tenía que abordar y finalmente dejarían atrás todo; el pueblo en la playa, el bosque, su hogar, sus amigos…
Naruto, Shizune, Kakashi…
Ino…
Regresar nunca había sido una opción. Nunca. Y por lo mismo se había obligado a dejar de sentirse mal por haberse marchado tan abruptamente, por no haber pedido ayuda.
.
El barrio Uchiha era consciente de su lenta derrota marcada con sangre, penosamente el legado del aniquilamiento se hacía evidente mientras andaba. En su alucinada visita al santuario de todos los horrores fue tal vez la primera y única ocasión en que la figura de Sasuke le pareció más como una sucesión de frustraciones cuyas huellas sobre los cada vez más corroídos muros le recordarían que ahí, bajo esas tablas, estaban sepultados los nobilísimos restos de su padre y madre. Muertes violentas y hechos espantosos, poco dignos de ser aceptados por la cordura se habían sucedido bajo los podridos tejados a medio caer que, en sus rincones ocultos, servían de guarida a las alimañas que se habían cansado del bosque.
El recibidor tenía una viga derribada bloqueando el paso.
La cocina, impecable bajo la capa de polvo y hojas secas.
Las habitaciones, recogidas y todo en orden.
La puerta al recinto privado resultó un morboso reto para su persona que ya había vagado por todas las secciones de la casa. No era un oratorio, ni tampoco un santuario, o al menos no para recordar a sus antepasados ni honrar a los dioses en los que creyeran, sino que era un espacio especial desde el que emanaba un aura casi mística, una fuerza invisible pero patente que no quería perturbar.
A través del papel veía la cabeza ligeramente inclinada y la postura recta, inmóvil, imperturbable. Temblorosa acercó los dedos para abrir despacio, aunque el éxito del sigilo fue nulo y el ruido del crujir de la madera que no se había abierto en años hizo eco en toda la casa vacía.
Era una armadura.
Como las de antaño, como las de los guerreros que fundaron la villa.
Con ese recuerdo Sakura se permitió sonreír mientras hacía el abordaje a discreción. Sasuke nunca sería un ídolo, pero sí la armadura de un guerrero, la coraza impenetrable que reunía en toda su esencia la pureza de la batalla nunca terminada.
Acomodó a Sasuke en el camarote que había exigido para no compartir espacio con los marinos, bajó la mochila con su equipaje y prontamente revisó que durante el breve pero brusco trayecto no le hubiera causado daño alguno.
Para cuando estuvo segura de que ya dejaban el puerto salió a cubierta con el fin de dar una última mirada. La noche serena prometía buen viento, y eso le daba un mejor augurio. La costa se alejaba y quiso murmurar un último adiós, pero al final no lo hizo, dejando en su lugar el último suspiro que bajaba de sus hombros el peso de la huida, llevándose el mar todo lo que había sido hasta ese momento.
Comentarios y aclaraciones:
Bien, no se pudo, las fiestas decembrinas no me permitieron lograr el cometido. Así que seguimos en marcha .
¡Muy feliz año 2012 a todos!
¡Gracias por leer!
