Wenas n.n¡¡¡ Que tal gente??? Bueno, les he dejado un poco colgados con el anterior capi, pero tranquilos, que eso lo soluciono ahora mismo: aki les dejo la resolución del caso de La Violeta Negra n.n¡¡¡Bueno, y les aviso de que el próximo capi será el último u.u... Hasta entonces, disfruten éste y un gran abrazooo¡¡¡
No, no es estúpido…
Fue como si un espíritu arrebatador de voces se hubiera adueñado de los presentes. A la vez, daba la impresión de que las nubes habían escuchado con atención las palabras de Heiji, porque, según él había desvelado el nombre de la asesina, se disiparon de tal manera que dejaron al descubierto la luna para iluminar a la mujer. Kazuha miró perpleja al joven recién llegado, mientras apretaba con fuerza su carta entre las manos.
-- He… Heiji… --murmuró. Luego pareció enfadada y gritó al chico-- ¡Qué haces tú aquí, lárgate, la cita es conmigo!
Heiji no contestó, y eso enfureció mucho más a la muchacha. La mirada del joven Hattori trasmitía seguridad y fiereza, y eso añadido al hecho de que había aparecido en el instante más oportuno, hizo suponer a Kazuha que su amigo estaba allí por ella. No… no lo podía permitir… Ella no quería que su amigo estuviera allí, era un riesgo estúpido, Aoko Estela podía hacerle daño, y si eso ocurría ella…ella…
-- Tranquila, no me pasará nada –contestó Heiji, haciendo interrumpir los pensamientos de Kazuha. Luego la miró y la sonrió de aquella manera tan enigmática--, ni tampoco dejaré que te ocurra a ti.
Kazuha lo contempló paralizada, mientras que Heiji se dirigía a su adversaria y sacaba algo de su bolsillo. Era la carta que, durante todos aquellos días, lo había atormentado continuamente. La arrugó en su puño y la tiró a los pies de la asesina, mientras le decía con convencimiento:
-- Acepto el reto, Violeta Negra.
Aoko dejó descubrir su blanca dentadura, pero no bajó el arma.
-- Creo que ha sido un poco tarde para dar tal importante paso, Señor Detective –opinó con tranquilidad--: no has podido evitar la muerte del señor Kotara, ni que La Violeta Negra atacara al detective Toyama –lo miró a los ojos con crudeza--, ni si quiera podrás evitar que consume mi tercer asesinato.
-- La noche no ha acabado aún, señorita Estela –respondió él.
-- Eso espero, no me gustaría que finalizara sin escuchar sus estupendas deducciones.
Curiosamente, y para sorpresa de Heiji, Aoko Estela parecía de todo menos arrepentida. Ni si quiera se había molestado en negar que ella era La Violeta Negra, la responsable del asesinato del supuesto Kotara y la atacante de Toyama.
-- Por supuesto que no, eso sería de muy mala educación teniendo en cuenta el trabajo que le ha llevado preparar todas sus coartadas –contestó él con ironía--. Absolutamente todo lo ha medido al más mínimo detalle, ha calculado el tiempo de actuación con suma precisión, bloqueado cualquier fallo en sus coartadas… --de pronto, la miró a los ojos-- Pero lo cierto es que, hasta las más firmes paredes, pueden llegar a agrietarse. En su caso, esa grieta fue bastante complicada de encontrar. Para el asesinato del supuesto Kotara había planeado todo de una manera, podríamos decir, casi perfecta: primero iría a hacer que iba en busca de la placa de conmemoración a mi padre, se encontraría con los camareros por el camino y les preguntaría dónde estaba la habitación que usted buscaba. Sin embargo, y después de ellos resolver sus dudas y haberla perdido de vista, fue a los servicios, donde había quedado con el señor Kotara, y lo asesinó con su pistola.
-- Suena muy bonito tal y como usted lo pinta, pero ¿no piensa que le falta algo a su deducción? –preguntó Aoko.
-- ¿Se refiere al arma del crimen? Oh, claro, por supuesto que no la llevaba encina, no podía: su traje no permitía esconder una pistola como la que usted utilizaría, así que, antes de comenzar toda la ceremonia, la escondió en lo que, se podría llamar, "el hueco del imposible".
-- ¿"Hueco del imposible"?
-- Sí: usted tenía escondida el arma del crimen tras uno de los váteres de los servicios, pero no solamente su pistola, sino que también algo importante para mantener en pie su coartada: una segunda placa de conmemoración. La verdadera seguía en aquella habitación que, teóricamente, usted estaba buscando.
-- Pero, supuestamente¿no había sido al señor Uoya a quién se le había olvidado la placa en la tercera planta¿Cómo podía yo hacer para que a él se le olvidara algo así y ofrecerme a ir a buscarla?
-- Simplemente se aprovechó de la situación que sufre el señor Uoya: toda la comisaría sabe que sigue un tratamiento médico, pues a causa de una enfermedad acostumbra a olvidar muchos datos, por lo que, para evitarlo, suele tomar unos medicamentos que usted misma se encargó de hacer desaparecer –contestó Heiji--. Después del asesinato, cogió la copia de la placa y volvió al gran salón como si nada hubiera ocurrido, mientras que Genjo Ryusaki hallaba el cadáver. Usted no lo sabía, pero antes de ser asesinado Kotara, Genjo había mantenido una fortísima discusión con él. Durante la pelea perdió los nervios, lo golpeó y le tiró una muela, lo que, sin usted proponérselo, añadió más sospechas sobre Ryusaki. Respecto a Hiromi Masayo podemos decir que, en el momento del crimen, fue visto por Ran Mouri, lo que lo libra de toda acusación.
Aoko Estela levantó la cabeza con orgullo, aunque con una leve expresión de desdén en el rostro. Obviamente, no le alegraba el hecho de que su coartada del asesinato se derrumbara de repente, y menos gracias al hijo de su jefe, Heizo Hattori. Heiji guardó silencio unos instantes, expectante. Esperaba una reacción de la asesina, alguna palabra, algún movimiento… Pero la mujer continuaba allí, sin dejar de apuntar a Kazuha con su arma ni dar la más mínima muestra de arrepentimiento. Viendo aquello, el joven continuó con su resolución:
-- Eliminado su primer objetivo, se fijó en el siguiente: el señor Toyama. No sería complicado seguirle la pista, puesto que ambos trabajaban en la misma comisaría. Su intensión era asesinarlo, al igual que la anterior víctima, pero, por desgracia para sus planes, el señor Toyama fue rápidamente atendido por Kazuha, algo con lo que usted, por supuesto, no contaba.
-- Un… un momento –exclamó Kazuha, interrumpiéndolo. No dejaba de mirar el arma y estaba más pálida de lo normal, pero había conseguido el valor suficiente como para hablar--¿pero ella no estaba contigo en la cafetería cuando atacaron a mi padre?
Heiji sonrió, mientras recordaba lo engañado que, por aquella misma afirmación, él también había estado:
-- No, ella no estaba conmigo.
-- ¿Cómo?
-- Estela fue capaz de emplear otro de sus trucos para engañarnos: sí, es cierto que estuvo conmigo en la cafetería, pero no en el instante del intento de asesinato –explicó Heiji, que se dirigió a la asesina--. Usted salio de la comisaría en la cual había estado todo el día trabajando, no puedo negar que eso es cierto, pues hasta mi padre podría servir de testigo para usted. Sin embargo, no fue directamente a la cafetería, como afirmó en su momento: se dirigió al hogar de los Toyama, para allí intentar ejecutar su crimen. Entonces sí, y tan rápido como pudo, acudió a la cita que tenía conmigo y con Conan.
-- Si no recuerdo mal, yo salí de la comisaría a las nueve de la noche, y tan solo llegué diez minutos más tarde a la cita con usted –dijo Aoko con seguridad y cierto aire de superioridad--. Si todo lo que dice es cierto, el tiempo no concuerda: me habría sido imposible trasladarme de la comisaría al hogar de los Toyama, disparar al detective y de ahí ir a la cafetería en diez minutos.
-- Diez minutos según su testimonio, Estela, pero¿y si añadimos otros diez minutos? –apuntó Heiji con picardía.
-- ¿Sugiere que poseo el don de de controlar el tiempo? –preguntó con burla Aoko.
-- Sugiero que modificó el reloj de la comisaría –corrigió Heiji--. Es cierto que muchos de los trabajadores podían mirar la hora en su reloj de pulsera, pero dado que en ese momento solamente quedaba usted, mi padre y dos policías más rezagados y que, instintivamente, todos ellos acostumbran a mirar la hora por el reloj de la comisaría, no sería tan difícil ejecutar tal engaño. Retrasó ese reloj diez minutos.
-- ¿Quieres decir que ella salió de la comisaría, en realidad, a las menos diez, y no a las nueve, como todos pensaban? –preguntó sorprendida Kazuha, mientras que en el rostro de la asesina se iba reflejando, poco a poco, el desconcierto al escuchar las deducciones del joven.
-- Exactamente –corroboró Heiji--: tanto la comisaría, como el hogar de los Toyama y la cafetería en la que teníamos la cita (que por cierto, usted misma había elegido quedar allí) están de paso y no muy lejos unos de otros, por lo que, con un poco de suerte, podía llevar a cabo sus planes.
-- ¿Y el tráfico? –preguntó Kazuha.
-- Boba¿piensas que utilizó el taxi para trasladarse? –le contestó él--. Obviamente, eso le crearía dificultades de encontrarse con una caravana, o el mismo taxista podía testificar a los lugares que la había llevado, por lo que, seguramente, utilizaría los patines –la mirada de Heiji brilló justo al decir aquellas palabras-- que llevaba en aquel bolso tan grande con el que acudió a la cita en la cafetería.
Tras decir aquello, el silencio volvió a hacerse el presente más destacado de la noche. Por la expresión tensa y a la vez sorprendida de Aoko, cualquiera podía jurar que las deducciones de Heiji habían sido correctas. Tras unos instantes, la mujer se atrevió a romper el silencio:
-- No puedo negarlo: eres tan brillante como Heizo Hattori –admitió con una curiosa sonrisa.
-- Y usted tan fría como su padre, Shoto Hotta –respondió Heiji. Todo asomo se triunfo había desaparecido y ahora parecía más serio que nunca.
Aquello pareció enfadar a la mujer, que cogió con aún más firmeza su pistola. Heiji vio, para su temor, como el dedo índice de ella acariciaba el gatillo.
-- ¡No digas el nombre de mi padre! –ordenó amenazante.
-- Fue él lo que la motivó a esta venganza¿verdad?
-- Sí, y mataría a toda la gente que hiciera falta por rescatar su honor –confesó ella con orgullo--. Hace un año, usted, Señor Detective, junto con su padre, el señor Kotara y Toyama descubrieron los almacenes abandonados donde él se escondía junto con todo su grupo –la otra mano que tenía libre se cerró en un puño que transmitía tanta rabia como su voz--. Usted ayudó a los detectives a descubrir el lugar, y cuando allí llegaron…
-- Se produjo el tiroteo comenzado por Kotara –finalizó Heiji.
-- ¡Exacto! –gritó ella, a la vez que sus ojos iba humedeciéndose cada vez más-- Uno de sus disparos dio de lleno en las garrafas con gasolina que en el almacén había y todo se incendió... –Aoko bajó la cabeza, consternada, pero volvió a mirar a Heiji-- ¡Mi padre murió allí, engullido por las llamas, y nadie hizo nada por salvarlo!
-- Estela, no es cierto –se atrevió a contradecirla Heiji--: mi padre y Toyama intentaron rescatar a las personas que dentro del almacén estaban, pero el fuego se hizo más intenso y…
-- ¡NO, ustedes me arrebataron mi único afán! –gritó ella-- Desde pequeña fui informada de que tenía un padre. Mi madre, que era latinoamericana, y él, me habían concebido… --su voz comenzó a temblar, pero no abandonó su firmeza-- Ella, en su lecho de muerte, me desveló el secreto más importante: el nombre de mi padre. Cuando falleció, hice todo lo posible por encontrar a la única persona que en el mundo me quedaba en esos momentos: Shoto Hotta, esa fue la razón por la que me uní al cuerpo de la policía de Osaka, era la única manera de seguir su pista. Sin embargo… aquella noche…
Heiji bajó la mirada unos instantes, mientras la lluvia, como conmovida por las palabras de Aoko, comenzaba a caer sobre ellos como el llanto que aquella mujer reprimía en lo profundo de su pecho.
-- Su padre no murió en aquel incendio.
Las dos chicas miraron a Heiji con los ojos muy abiertos, perplejas ante lo que el joven acababa de decir.
-- ¿C-cómo dice? –murmuró Aoko.
Heiji pareció costarle mucho trabajo tener que comenzar la desafortunada explicación, pero no podía dejar aquella verdad oculta bajo las cenizas:
-- Su padre no murió en el incendio. Consultamos su historial clínico dental y comparamos esos datos con los de los cadáveres hallados tras ser apagado el fuego. No correspondían con los de su padre.
-- No… no puede ser…
-- Además –continuó Heiji--, también hicimos lo mismo con el cadáver del señor Kotara: tampoco correspondía su dentadura con la de los datos que daba su historial clínico dental.
Tras una pequeña pausa, en la cual las dos mujeres reflexionaron lo que el joven acababa de contar, Aoko fue capaz de recuperar el habla:
-- ¿Q-quiere decir… que… que no maté en realidad al… al… señor Kotara?...
-- Su cadáver poseía extrañas cicatrices en la piel de su rostro, como si se le hubiera practicado alguna operación de cirugía –respondió Heiji, sacando las fotos que lo probaban--, pero, además tenía esto… --el chico volvió a sacar la mano de uno de sus bolsillos para enseñar un objeto brillante y plateado.
-- Esa… esa es… --murmuró perpleja Aoko.
-- La cadena que, desde su nacimiento, su padre llevó consigo en todo momento –finalizó Heiji con tristeza.
Aoko Estela comenzó a temblar de repente, mientras contemplaba con pavor la cadena que Heiji sujetaba en su mano: era la otra mitad del colgante con forma de corazón que ella misma llevaba puesto. Era, en realidad, el único recuerdo que siempre había tenido de su padre… Lo único que la había hecho buscar su paradero… Y como una gran losa de mármol, la terrible verdad cayó sobre ella.
-- Dios mío… --susurró Kazuha, que miró a Aoko y se le rompió el corazón.
-- Yo… --comenzó a decir Estela con un hilo de voz, mientras que las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas una tras otra, sin nadie, ni si quiera ella, poder contenerlas-- yo… no maté al señor Kotara…
Nadie le respondió, ni si quiera Heiji se encontraba con fuerzas para hacerlo.
-- ¡¡¡YO MATÉ A MI PADRE!!! –gritó la mujer de manera trágica y desgarradora, mientras se dejaba caer sobre sus rodillas.
No recibió ninguna contestación que la contradijera. Así que por eso, el supuesto señor Kotara, no había puesto resistencia antes de ser asesinado… Shoto Hotta, con la identidad del detective, se había hecho pasar por quien no era durante todo aquel año, es más: él mismo había sido el causante del incendio en los almacenes abandonados, para simular así su propia muerte. Una semana antes de aquel suceso, el verdadero Kotara había desaparecido sin dejar rastro… y curiosamente había aparecido nuevamente, pero sin nadie saber que no era el verdadero. Shoto Hotta, el gran traficante de drogas y asesino, había renunciado a su propia identidad con tal de estar al lado de su hija, aunque fuera simulando que era un compañero de trabajo de ésta y ella nunca llegase a enterarse de quién era realmente. Las palabras del supuesto Kotara que ella misma había matado le atravesaron la cabeza como una daga ardiente "Tienes todo el derecho del mundo de apretar ese gatillo… --había dicho Kotara, con la fría boca de la pistola bajo su mandíbula-- Yo también lo haría, porque he sido yo mismo quien te ha separado de tu padre. No merezco otro destino sino la muerte" –había finalizado, sonriendo tristemente, sin oponer resistencia. Y el arma de fuego tras aquellas palabras, rugió la propia venganza que durante años Aoko había perseguido.
Bajo aquel funesto escenario, Heiji cayó en la cuenta de que Kazuha todavía continuaba siendo apuntada por la pistola de Aoko. Ella aún no estaba fuera de peligro, debía de hacer algo…
-- Estela… baje el arma… por favor –le pidió él con suavidad.
Sin embargo, ella pareció ignorarlo:
-- Mi padre estuvo junto a mí todo este tiempo… --murmuró con la cabeza gacha.
-- Estela… por favor…
--… mientras yo planeaba la venganza de su propia muerte…. –continuó Aoko.
-- Estela…
--… de alguna manera he de cobrarme su vida, tras haber cometido este terrible fallo.
Heiji abrió los ojos de par en par. No lo podía creer… ¿Aoko aún pretendía consumar su venganza?
-- ¡No, Estela, espere! –le pidió, oliendo las intensiones de la mujer-- Baje el arma, se lo ruego, no sirve de nada…
-- ¡¡¡TODO FUE UNA ESTÚPIDA MENTIRA!!!
Y acto seguido, Aoko apretó el gatillo. Todo sucedió tan rápido que fue imposible de percibir completamente la realidad. Y justamente cuando Estela había gritado aquello, una sombra se había encargado de proteger a Kazuha, interponiéndose entre ella y las balas.
La muchacha abrió los ojos lentamente, creyendo ya que las balas la habían alcanzado y que ya no estaba en aquel mundo. Lo que vio la aterrorizó.
La extraña sombra que se había interpuesto había sido, nada más y nada menos, que Heiji. Justamente en aquellos instantes podía ver su rostro muy cerca del suyo… su cabello mojado… el hilo de sangre que resbalaba por la comisura de sus labios mientras murmuraba sin fuerzas…
-- No es estúpido… mentir… por amor…
La mirada de ambos quedó encadenada por un extraño y fatídico contacto que dejó a Kazuha helada. Un segundo después, el cuerpo del joven se desplomó sobre el de ella, consiguiendo así que perdiera el equilibrio y cayeran ambos sobre el suelo empapado.
-- He… Heiji…
Kazuha aún lo sentía, sentía el cuerpo del chico, aún caliente, pero inerte. El agua de la lluvia y la sangre del detective comenzaban a empaparla también a ella.
-- ¡¡¡HATTORI!!!
La muchacha no fue conciente de lo que sucedió después de escuchar aquel grito lejano, similar al de un niño. Únicamente recordó ver desde el suelo caer desmayado el cuerpo de Aoko… el bote de una pelota… Y la imagen de las playeras rojas de un niño ante ella, emitiendo chispas de luz azules.
