Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 10
Isabella se despertó con un gemido y abrió los ojos poco a poco. Le dolía la cabeza y no sabía por qué. Se incorporó lentamente, cerrando los ojos de nuevo al darle vueltas la cabeza, intentando no vomitar. Con los ojos entrecerrados, miró a su alrededor. ¿Dónde estaba?
Al poner los pies en el suelo, se dio cuenta de que estaba descalza, y trató de recordar lo que había ocurrido.
Le había prometido a Edward que se encontrarían en Casbah para cenar, pero había perdido la noción del tiempo e iba a llegar tarde. Por suerte se había llevado la ropa a la oficina, y se había cambiado antes de salir. Se acordaba vagamente de que al salir del ascensor había saludado al guarda de seguridad, cuando se dirigía al coche. Se sorprendió al ver una limusina en el aparcamiento y supuso que Edward la había enviado. Pero, ¿qué había pasado después?
Frotándose las sienes, recordó asomarse al oscuro interior del coche, antes de darse cuenta de que no era la limusina de Edward. Y luego se despertó allí. Pero ¿dónde estaba? Mirando alrededor, comprobó que estaba en una oficina sin ventanas, pero ¿a quién pertenecía? El sonido de una llave en la cerradura atrajo su atención y levantó la mirada.
Un desconocido entró en el cuarto. Se detuvo al ver que estaba despierta y se quedó allí, mirándola. Le entregó una botella de agua antes de darse la vuelta y salir de nuevo. Oyó cómo cerraba la puerta con llave.
Sin saber qué hacer, Isabella se quedó allí sentada contemplando la botella de agua. Miró el tapón, que no parecía haber sido manipulado; tenía la boca seca, así que la abrió y dio un largo trago. Cerrando los ojos, obligó a su estómago a calmarse y dio otro sorbo.
Una vez segura de que no iba a vomitar, se puso en pie con dificultad. Le dolía menos la cabeza, y no se sentía como si la hubieran golpeado, por lo que supuso que la habían drogado.
Se dirigió a la puerta y trató de abrirla, sabiendo que estaba cerrada con llave. Se dio la vuelta e intentó abrir todos los cajones del escritorio y del armario, pero también estaban cerrados. No había ningún objeto que pudiese utilizar como arma o como herramienta para abrir los cajones. Con un suspiro, se volvió a sentar en el sillón. Temblando, subió los pies al asiento y se abrazó a las rodillas.
¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo había pasado?
Edward estaría desesperado, pensó Isabella, preocupada por él. Iba a ser la primera Navidad que pasaban juntos y ella estaba… ¿dónde? No sabía cuánto tiempo había pasado cuando volvió a escuchar el sonido de la llave en la cerradura. Dimitri Vulturi entró en la oficina. Isabella intentó no parecer demasiado sorprendida, y fingió un valor que no sentía.
—Sr. Vulturi, me sorprende verle aquí. Me hubiera imaginado que con su futuro pendiente de juicio se lo pensaría dos veces antes de secuestrarme.
—Al contrario, señorita Swan, usted es sólo una herramienta.
—Porque eso le salió muy bien la última vez— le espetó Isabella, recordando cómo había intentado sobornarla para que robara secretos de la empresa y, cuando no funcionó, intentó incriminarla por espionaje.
—Subestimé su afecto por Cullen.
—El motivo por el que le rechacé no tuvo nada que ver con mi afecto por Edward, como dice usted, sino por haber elegido a la persona equivocada. Si me hubiese dejado en paz, ahora no estaría en problemas.
Flexionando sus manos, Dimitri la miró con dureza. Estaba furioso con esa zorrita. Lo había perdido todo por su culpa. Y todos sus clientes habían salido corriendo a los brazos de Cullen. Le iba a enseñar lo que era una pérdida… enviándole a su novia descuartizada.
Sonrió, e Isabella tragó saliva. Estaba loco.
—¿Qué va a hacer conmigo? —le preguntó, deseando que su voz no sonara tan asustada.
—Como ya he dicho, señorita Swan, usted no es nada más que una herramienta que voy a utilizar para acabar con Cullen. Póngase cómoda. Va a pasar mucho tiempo aquí.
—¿Y si tengo que ir al baño?
Dimitri señaló al hombre que le había traído el agua.
—Félix le llevará. Ahora, si me excusa, tengo mucho que hacer.
Félix se dispuso a seguir a Dimitri fuera del cuarto, pero Isabella lo detuvo.
—Félix, ¿puedo ir al baño?
Con un gruñido, Félix la esperó junto a la puerta. Isabella se levantó y le siguió. Aunque aún se sentía un poco mareada, se encontraba lo bastante bien como para echar una discreta mirada a su alrededor. Parecían estar en un edificio industrial, fue lo único que pudo inferir, eso y que el suelo de cemento estaba frío bajo sus pies descalzos.
De repente, se chocó contra él y levantó los brazos para mantener el equilibrio. Al hacerlo, sintió la pistola que llevaba en la espalda. Dándole unas palmaditas, le sonrió y entró en el cuarto de baño, y cerró la puerta tras ella.
Una vez dentro, se apoyó en la pared y echó un vistazo a su alrededor. El baño estaba en la parte exterior del edificio, y tenía una pequeña ventana enrejada, cerca del techo. Demasiado alta y estrecha para escapar por ella, pero pudo ver parte del paisaje urbano de Manhattan. Al menos sabía que estaba en Nueva York.
Mirando a su alrededor, vio un armario que parecía prometedor. Cuando iba a abrirlo, Félix golpeó la puerta. Preocupada por si entraba, hizo lo que había ido a hacer. Abrió el grifo del agua caliente para calentarse las manos, pero salió fría. Con un suspiro, se lavó y secó la cara, y justo entonces Félix abrió la puerta de par en par. Mirándola con recelo, la dejó abierta para que saliera.
De camino a la oficina, Isabella creyó escuchar la sirena de un barco. Quizás se encontraban cerca del puerto. Como había estado allí varias veces, intentó recordar los distintos lugares en los que se podría esconder si conseguía escapar. Pero era invierno, y no tenía abrigo, ni zapatos. Mientras Félix esperaba a que entrara a la oficina, Isabella se frotó los brazos y le miró.
—Mmm... hace mucho frío. ¿Me puedes traer una manta? —le pidió con una sonrisa. Gruñendo, él la empujó dentro de la oficina y cerró la puerta. Vaya, no ha ido muy bien, pensó Isabella, preguntándose si entendía inglés. Poco después, la puerta se abrió y Félix le arrojó dos mantas, antes de volver a cerrar con un portazo.
—Un punto para mí— murmuró, dirigiéndose al sillón.
