Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


Una palabra que provocó una oleada de ardiente anhelo en Rachel. Quinn quería observar cómo Santana la tomaba analmente, pensaba disfrutar de cada momento mientras ella se contorsionaba de placer. Una rápida mirada hacia abajo le demostró que con sólo pensarlo, ella ya estaba dura.

Pensar en el deseo de Quinn era dolorosamente excitante. Su sexo se tensó y una nueva humedad anegó sus pliegues ya mojados.

—Al final, tendrás que participar —le señaló Santana a su prima.

—Al final. —Quinn se recostó en el respaldo, cruzó los tobillos y colocó las manos detrás de la cabeza. Había que estar ciega para no ver la enorme erección que presionaba contra la bragueta de los vaqueros.

—Estoy preparada, así que ya puedes empezar.

Arrogante bastarda. Aunque fuera muy atractiva. Rachel pensó en alguna réplica mordaz, pero entonces Santana le tocó el brazo.

—¿Cariño?

Santana le estaba preguntando si estaba preparada para eso, para ella. No. Sí. Tal vez. Suspiró. Tenía curiosidad, pero estaba asustada. Necesitaba poder aceptar a una persona analmente, pero le preocupaba que le doliera. Y si Quinn no iba a tocarla, quería volverla loca, quería que se volviera tan loca por ella que no pudiera mantenerse alejada ni un segundo más.

Rachel sabía que aquella era una actitud estúpida e imprudente. Pero después de esa mañana en la mesa de la cocina, cuando Quinn la había rechazado porque ella no había tenido la fuerza de voluntad suficiente para decir que no, Quinn había echado mano de su autocontrol para detener aquel desastre. Estaba claro que Quinn no la había deseado tanto como Rachel la había deseado a ella. Sabía que Quinn había hecho lo correcto, y en parte se lo agradecía. Pero no por eso dejaba de sentirse dolida.
¿Por qué la opinión de Quinn tenía tanta importancia? Rachel estaba allí por Brody. Por Brody, maldición. No por Quinn.

Pero ella le había dicho que no esa mañana, y ahora había rechazado la oportunidad de ser la primera en tomarla analmente. Incluso la había entregado a Santana. Aquella duda no dejaba de atormentarla, pero estaba determinada a conseguir que ella lamentara haber rechazado aquella oportunidad. Quinn debía prepararse para un espectáculo infernal.

—Estoy preparada —le murmuró a Santana al oído, dirigiéndole una sonrisa que no sólo era descarada sino que decía «fóllame».

Por un momento, Santana sólo se la quedó mirando, como si no estuviera segura de qué significaba su sonrisa o de qué hacer primero. Rachel tomó la decisión por ella.
Una extraña valentía, una femenina resolución —la pura necesidad de tentar a Quinn— fluyó por ella cuando se agarró el dobladillo del top y se lo quitó por la cabeza, quedándose completamente desnuda ante Santana. Quinn obtuvo una vista de perfil. Entonces, ella se pellizcó los pezones, asegurándose de que estuvieran duros.

—Estoy más que preparada. —Esperaba que esas palabras roncas se clavaran directamente en la polla de Quinn.

De lo que no cabía duda es de que si se clavaron en la de Santana. Pasmada, se dejó caer de rodillas.

—Siéntate en el sofá.

Dirigiéndole a Quinn una mirada desafiante, Rachel se giró, hizo ondular las caderas y se acomodó en el sofá. Luego cruzó las piernas casi remilgadamente, imitando lo mejor que sabía una postura femenina, y ¿acaso no era una suerte que de esa manera sus pezones quedaran a la altura de la cara de Santana?
Tirando con brusquedad de la goma elástica que le sujetaba el pelo negro como la medianoche, Santana la lanzó sobre la mesita. Mechones de pelo oscuro cayeron en torno a sus rasgos fuertes. Se quitó la camisa que cayó al suelo, exponiendo las líneas de los finos hombros, y los tonificados brazos y abdomen que se ondulaban con cada respiración. Santana estaba preparada sin lugar a dudas. Y era condenadamente atractiva. Rachel se estremeció.

—¿Qué más puedes quitarte? —Se burló ella, bajando la mirada a los pantalones cortos de Santana— Tengo algo que podrías tocar si te desnudas del todo.

Rachel abrió las piernas para Santana —y sólo para Santana— para que viera lo mojada e hinchada que estaba. Santana gimió, mirando fijamente los húmedos rizos.

Por el rabillo del ojo, Rachel vio cómo Quinn se abría la cremallera de los pantalones y cogía su miembro hinchado en la mano. Comenzó a deslizar lentamente los dedos por cada largo centímetro, apretando la anchura en el duro puño sin apartar los ojos de ella. A Rachel le encantaba poder llevar a la taciturna Quinn al límite del deseo. Pero aun así no era suficiente.
De dónde había sacado a aquella pequeña arpía de su interior, no lo sabía, pero no iba a detenerla en ese momento.

—¿Quieres tocarme? —le preguntó a Santana, jugando con su clítoris y jadeando en respuesta.

—Sí —gimió ella— Haz eso otra vez.

—Desnúdate y lo haré.

Santana se quitó los pantalones cortos en menos de dos segundos para dejar a la vista un largo miembro con gruesas venas y un enorme glande purpúreo; Rachel intentó no echarse a reír. El poder que tenía sobre ellas era algo embriagador. Excitante. Al final, Quinn o Santana —o ambas— la controlarían a ella. Pero en ese momento, ella las poseía a las dos.

—Muy bonito —murmuró ella.

La arpía que habitaba en su interior la indujo a deslizarse un dedo en la boca y mojarse la yema. Con una sonrisa felina, llevó el dedo húmedo al miembro de Santana y frotó la saliva en el glande junto con el fluido que se filtraba por la punta. Ella siseó, tensando los tendones del cuello mientras luchaba por mantener el control.

—Eres una niña muy traviesa —la reprendió Santana.

— ¿Yo? —respondió Rachel con inocencia.

—Y muy desobediente. Súbete más la minifalda y tócate de nuevo. Quiero ver cómo lo haces.

Una sorprendente petición viniendo de Santana, normalmente tan gentil. Pero tras esa noche, Rachel sabía que había pasiones ocultas en aquella mujer. Definitivamente, pedirle que se masturbara para ella —para ellas— la escandalizaba. Y también la excitaba.

Dejando la timidez a un lado, se recostó contra el respaldo del sofá y se levantó la falda lentamente, muy lentamente, sosteniéndola por encima de los muslos; Quinn estaba sentada en el sofá de la derecha, pero podía ver lo suficiente de ella. Por las maldiciones entrecortadas que soltaba era evidente que estaba bastante frustrada.
Echando más leña al fuego, Rachel se contoneó sobre el trasero y gimió, cerrando los ojos y relamiéndose los labios.

—Ahora, Rachel.

Rachel abrió los ojos. Parpadeó. ¿Ese tono dominante venía de Santana? La expresión de ternura que siempre había en su cara había sido sustituida por un atisbo de severidad e impaciencia.
Santana la cogió por los muslos y no precisamente con delicadeza.

—¡Ahora!

¿Cuándo había conseguido Santana que se mojara por completo, y que una punzada de temor la llenara de una emoción que no lograba comprender? Arqueando las caderas hacia delante, bajó la mano a su sexo y se frotó el clítoris.
Por lo general, cuando estaba a solas, comenzaba trazando lentos círculos mientras tejía alguna fantasía en su mente. Esa noche no tenía necesidad de imaginar ninguna trama sexual. La estaba viviendo.

Y en cuanto a los círculos lentos, ni hablar. Con dos miradas ardientes recorriendo cada centímetro de su cuerpo, acariciándole los pezones duros y deslizándose por el abdomen hasta su sexo húmedo, era imposible ir despacio.
Las sensaciones crecieron con rapidez cuando Rachel comenzó a acariciarse el clítoris. La ardiente presión se convirtió en una punzada dolorosa al observar cómo el miembro de Santana oscilaba arriba y abajo con cada ruda inspiración. Quinn se inclinó hacia delante, buscando un mejor ángulo de visión, luego ensanchó las fosas nasales.

—Es increíble. Puedo oler desde aquí lo cerca que está de correrse.

Santana asintió débilmente con la cabeza.

—Detente.

El placer burbujeaba en el interior de Rachel, denso y agitado. Oyó hablar a Santana, diciéndole algo que ella no quería oír, así que la ignoró.

—He dicho que te detengas. —Santana la agarró por la muñeca.

Ella gimió ante la pérdida de la estimulación de la que Santana la había privado. Parpadeó un par de veces. Santana tenía la cara ruborizada. Sus dedos, largos y elegantes, le agarraban la muñeca con una fuerza sorprendente.

—No me presiones —le advirtió, pareciendo a punto de estallar— estoy cerca de perder el control.

En otras palabras, si no quería que saciara su deseo en su culo durante las próximas tres horas, sería mejor que desistiera.

—Está bien —murmuró ella.

Santana la soltó y asintió con la cabeza con una expresión agradecida.

—Levántate del sofá y arrodíllate en el suelo de espaldas a mí.

Rachel ni siquiera pensó en provocarla. Simplemente lo hizo.

—Bien —la alabó mientras la agarraba por las caderas y se situaba detrás de ella.
Luego Rachel sintió la palma de su mano en su espalda —entre los omóplatos— empujándola suavemente.

—Inclínate hacia delante y apoya los codos en el sofá.

«Oh, Dios. Está sucediendo. Estaba ocurriendo realmente»

Rachel podía negarse. Sabía que podía. Pero entonces no lograría su propósito. Y en ese momento deseaba con desesperación lo que Santana iba a ofrecerle, deseaba que Quinn lo viera y que se excitara con ello. No podía dar marcha atrás.

Tragando saliva, hizo lo que Santana le ordenaba. El olor a cuero y a su propia esencia flotaban en el ambiente. Santana la tranquilizó, acariciándole las caderas, levantándole la minifalda, manoseándole el trasero.

—Eres preciosa —le dijo mientras le acariciaba una de las nalgas con la palma de la mano— Redonda y firme… con esta piel bronceada. Y, en este momento, toda mía.

Ella gimió. Aquellas palabras y las caricias de Santana la excitaban todavía más.

—Esto será igual que con los vibradores, sólo que yo soy de carne y hueso. Y más grande que el último vibrador que albergaste.

Sí, era más grande, y no sólo un poco.

—¿Me va a doler?

—Iré con lentitud, intentaré que te duela lo menos posible.

—Es mejor de esta manera. Santana tiene más paciencia que yo, gatita. Me va a encantar oír tus gemidos.

Eso lo había dicho Quinn.

Rachel la miró con el ceño fruncido. Aquellos ojos dorados ardían de pasión, sí, pero ahora también había en ellos una pizca de ternura. Le estaba diciendo que temía lastimarla si intentaba ser la primera en tomarla analmente, pero que estaría allí con ella, que no la había abandonado. Y Rachel leyó el deseo en sus rasgos. Quería ocupar el lugar de Santana.
Pensó de prisa mientras oía cómo Santana rasgaba el envoltorio metálico a sus espaldas. ¿Quinn había renunciado a ser la primera porque quería que ella lo disfrutara? ¿Habría provocado a Santana con ese propósito?

—Notarás que esto está un poco frío y resbaladizo —le advirtió.

Un segundo después, Rachel sintió un dedo explorador en su ano, extendiendo el frío lubricante en su interior y en el fruncido agujero. Se estremeció.
Se sintió invadida por una duda repentina. A pesar de que Santana siempre era tierna con ella, no era pequeña. Quizá no podría albergarla. Quizá le haría demasiado daño. Quizá…
Santana le acarició las nalgas suavemente y luego se las separó.

—Relájate. Acuérdate de presionar cuando comience a penetrarte. No te dolerá. Iré muy despacio.

Se inclinó y le dio un beso en la cintura, y Rachel supo que ella haría todo lo posible para hacerla gozar, para minimizar el dolor. Suspiró.
Luego la sintió empujar con fuerza. La penetró un poco, y el glande entró en ella. Podía sentir la presión, pero no le dolía. «Bien».
Agarrándola por las caderas, Santana susurró.

—Ahora, empuja con fuerza.

Rachel lo hizo, apretando los dientes. Santana presionó un par de veces, forzando el anillo de músculos que allí había.
Santana maldijo entre dientes y le clavó los dedos en las caderas. Rachel gimió ante la aguda sensación de dolor.
Al instante, Quinn se colocó delante de ella en el sofá.

—Shhh, te va a gustar, gatita.

—Maldición. Necesito empujar con más fuerza —dijo Santana.

Ella asintió débilmente con la cabeza. Quinn le agarró las manos.
Rachel sintió que Santana se retiraba un poco, que la agarraba con más fuerza de las caderas y que volvía a penetrarla; su glande consiguió traspasar el resistente anillo de músculos. Ella soltó un grito ahogado cuando el dolor estalló en su interior, y luego, lentamente se disipó, siendo sustituido por una sensación de plenitud. Las terminaciones nerviosas se excitaron ante las nuevas posibilidades.

—¿Ya estás dentro? —murmuró ella.

—Sólo la mitad —graznó Santana— Pero ya ha pasado lo más difícil. ¿Te gusta?

¿Le gustaba? Era una experiencia nueva, pero no estaba segura de si lo que sentía era dolor o placer, o un poco de ambos. Jamás había pensado en sentir placer en aquella abertura, pero, ¿le gustaba?
La mirada que dirigió a la cara de Quinn acabó con sus dudas. Ella estaba tensa de deseo y expectación. Parecía estar encantada de… ¿observarla? ¿O acaso estaba pensando que cuando le tocara el turno sería más fácil? De una u otra manera, el que ella se estuviera sometiendo a Santana, las complacía a las dos y excitaba a Quinn. Ciertamente, aquello le gustaba y mucho.

—Me gusta. —Asintió con la cabeza— Continúa.

—Maldición, eres muy estrecha, cariño —masculló Santana— No voy a poder contenerme mucho más.

Rachel no tuvo la oportunidad de contestar, supuso que Santana tampoco lo necesitaba, no cuando volvió a empujar hacia delante de nuevo, introduciendo unos centímetros más de su miembro en su cuerpo. La presión se incrementó, y ella gimió, arqueando la espalda. Santana se deslizó un poco más. Rachel jadeó.

—Casi está.

Con un último envite, mientras se aferraba frenéticamente a sus caderas y soltaba un gruñido, Santana se introdujo por completo en su ano.
Rachel soltó un gemido ante las repentinas y agudas sensaciones. No sentía ni placer, ni dolor, sino una mezcla de ambos. Una sensación extraña que le aflojaba las rodillas y la hacía sentirse completamente dominada.
Quinn le apartó el pelo de la cara.

—Dios, ¡qué sexy eres! —Luego alzó la vista hacia Santana, y ella sintió que las miradas de ambas se encontraban a sus espaldas— Fóllala.

Santana no contestó. Se retiró hasta el anillo de músculos, y luego volvió a introducirse por completo. La fricción hizo que Rachel jadeara. Volvió a sentir aquella sensación entre dolor y placer, plena y opresiva, que la hizo contorsionarse, echar la cabeza hacia atrás y aceptarla por completo en su interior. Y sabía que volvería a hacerlo con gusto. Aquella plenitud la hacía sentir viva.

—Tócate el clítoris —dijo Santana con voz tensa— quiero sentir cómo te corres.

Y se correría pronto. La novedad de aquello, y el éxtasis en la cara de Quinn mientras observaba sus reacciones, la colmaban de placer, mientras que el miembro de Santana, con fuerza y suavidad, fue adquiriendo ritmo, conduciéndola lentamente al éxtasis.

Obedeciendo al instante, Rachel se tocó el clítoris con un dedo. No estaba sólo húmedo, sino que casi le goteaban los fluidos por los muslos. ¿Se había sentido alguna vez tan excitada? Quinn y Santana le ofrecían poderosas razones para que Rachel perdiera el control. «Es asombroso», pensó ella sintiendo como la sexy chef empujaba de nuevo en su interior.

El clítoris le latió bajo los dedos, y se siguió frotando. Oleadas de placer la envolvieron como una telaraña, delicadas y absorbentes. Increíble. Rachel oyó un gemido, y se dio cuenta de que el sonido provenía de ella.
El dulce dolor que provocaba la invasión de Santana y los placenteros toques que se daba a sí misma estaban a punto de enviarla a la estratosfera.

—Está comenzando a palpitar en torno a mi.

—¿Te vas a correr, gatita? —le murmuró Quinn al oído.

Rachel sólo pudo gemir y arquear un poco más la espalda mientras Santana la embestía profundamente y siseaba, clavándole los dedos en las caderas. La folló con fuerza. Las terminaciones nerviosas de Rachel estaban a punto de explotar. Dios, jamás había imaginado un placer que pudiera consumirla de esa manera.

—Chúpasela —le pidió Santana.

Quinn levantó la vista y miró a Santana. Fuera lo que fuera lo que allí vio, la tranquilizó. Cuando bajó la mirada hacia Rachel, en sus ojos oscuros asomaba una súplica. Tomó su erección en la mano y la acercó a su boca.
¡Sí! Poseída por delante y por detrás. Era… perfecto.

El ritmo de Santana era ahora profundo, lento y duro. Rachel aplicó el mismo ritmo. Sabía que a Quinn le gustaría.

—¡Oh, sí! —gritó ella con aprobación.

Los dedos de Rachel se paralizaron sobre su clítoris, y Santana acudió al rescate, apartando su mano y asumiendo el control.
«Oh, mucho mejor». Era condenadamente efectiva. La rampa hacia el éxtasis era cada vez más inclinada. La hacía girar, temblar, volar. Casi…

—Córrete, cariño.

Ella gimió en torno al miembro de Quinn, y una explosión atravesó su cuerpo, desgarrándole el alma, sacudiéndola, deshaciéndola y volviéndola a rehacer. Atontada y asombrada, Rachel se dejó llevar por las convulsiones, por los ríos de candente placer que fluían por todo su cuerpo.

A sus espaldas, Santana se tensó, aferrándole las caderas de nuevo, y soltó un grito gutural.
Rachel se sintió jovial y triunfante. ¡Lo había conseguido! Y lo repetiría con gusto.
Pero aún no había terminado, le recordó Quinn empujando en su boca.

Decidida a compartir su dicha, la tomó profunda y lentamente con la lengua, chupándola, lamiéndola, friccionándola con los dientes. Quinn le ahuecó la cara con las manos.

—Genial, gatita. Chúpamela… oh sí… Es tan jodidamente bueno.

Saber que podía provocarle esas sensaciones a Quinn era embriagador. Quería que ella se corriera, necesitaba saber que ella también llegaba al éxtasis.
Santana se retiró de su trasero lentamente, con cuidado. Rachel gimió ante la extraña sensación de su retirada, ante el dolor que provocaba el repentino vacío.
Luego Santana se inclinó sobre su cuerpo y le depositó un beso en el hombro.

—No dejas de asombrarme. Ha sido increíble.

Sintió que Santana se ponía de pie a sus espaldas. Vagamente, la oyó quitarse el condón y luego el ruido apagado de sus pasos cuando dejó la habitación.
Rachel se centró en Quinn, en los definidos muslos que tenía bajo los dedos y en el grueso tallo que acunaba con la lengua.

Al instante, Quinn se puso tensa.

—¡Vuelve aquí de una puta vez!

Rachel levantó la cabeza, perpleja.

—Ya estoy aquí.

—Se lo decía a Santana —gruñó ella.

Quinn necesitaba a Santana… ¿para qué? No tenía duda de que Quinn podría correrse sin ella.

—Ahora voy —gritó Santana desde el otro extremo de la casa.

—Quiero que muevas el culo hasta aquí ahora mismo.

Santana no contestó. Quinn cerró los puños y se puso en pie con rapidez y maldijo entre dientes. Rachel tuvo la horrible certeza de que allí pasaba algo raro.
«La curiosidad mató al gato».

—No la necesitamos —murmuró Rachel— estoy más que dispuesta a rematar la faena sin ella.

Los ojos de Quinn abandonaron el umbral de la puerta para deslizarse ardientes por el cuerpo de Rachel. Ante la imagen de ella con sólo una minifalda, su miembro palpitó y se hinchó todavía más. Lanzó otra mirada frenética alrededor de la estancia.

—Maldita sea, ¡no! No hay más condones.

Intentando disimular la perplejidad de su cara, Rachel la cogió de la mano.

—Está bien. Siéntate. No necesitamos un condón. Yo terminaré…

—No. No sin Santana aquí. No quiero seguir si Santana no está en la habitación.

—¿Qué? —La sorpresa reverberó por todo su cuerpo. ¿Qué quería decir Quinn en realidad? ¿Se estaba negando el placer a pesar de tener tenso cada músculo de su cuerpo sólo porque quería gritarle obscenidades a Santana?—Estoy segura de que puedes correrte aunque Santana no esté en la habitación. No la necesitamos.

—No, pero se supone que ella te protegerá, te ayudará. Y si no vuelve aquí de una maldita vez, juro por Dios que voy a tumbarte en el suelo y a follarte.

«Tentador». Fue la primera palabra que le vino a la mente. Rachel jamás había considerado el sexo como nada del otro mundo, pero tras unos días con Quinn y Santana, no podía pensar en otra cosa. En especial cuando Quinn estaba ante ella con los pantalones bajados hasta los muslos y su grueso y dispuesto miembro delante de las narices.

«Qué estupidez». Fue la segunda palabra que irrumpió en su cabeza. No había ido allí para estar con Quinn, sino para aprender cómo estar con Brody. Pero no fue eso lo que hizo que se detuviera. Por alguna razón, Quinn no quería sexo sin Santana en la habitación. Y a juzgar por la falta de sorpresa de Santana, no parecía que ésa fuera la primera vez que eso sucedía. Con lo cual, concluyó, Quinn no tenía problemas con las vírgenes, si no con el sexo en general.

Rachel oyó el ruido del agua en las tuberías que indicaba que Santana se estaba duchando en el cuarto de baño, y supo que no regresaría, no con la suficiente rapidez para intervenir. Se encontraba a solas con Quinn para resolver lo que parecía una situación muy espinosa. E iba a tener que improvisar.

—Inspira profundamente —le sugirió ella— Podemos esperar a que regrese o continuar. Tú eliges.

—No me toques ahora. Lo lamentarás si lo haces.

Escupió las palabras rechinando los dientes y Rachel la creyó. Su control pendía de un hilo. Un movimiento equivocado y lo perdería.
¿Cómo era posible que esa misma mañana ella hubiera creído que era demasiado poco femenina para excitar a Quinn? Ella se había apresurado a sacarla de su error, haciéndola sentir viva y femenina durante el proceso. Era asombroso cómo el paso de las horas y un poco de conversación podían cambiar la perspectiva de una persona.
Por desgracia, eso no le iba a servir de ayuda ahora.

—Tengo más autocontrol que esta mañana. Podremos resolver esto. Te diré que no si las cosas se ponen calientes.

Quinn le enterró los dedos en el pelo. La indecisión y el deseo se reflejaban en su rostro tenso. Rachel sintió su áspero aliento en la mejilla.

—Gatita, ésa es una idea muy mala.

—Pues dime por qué. Quizá pueda ayudarte.

Quinn cerró los puños sobre el pelo de Rachel. Frunció las cejas sobre aquellos ojos tan dorados que en ese momento eran tan oscuros. Parecía torturada física y mentalmente.

—A pesar de lo cabrona que he sido contigo, aún quieres ayudarme. Sí fuera una mujer mejor… —se detuvo, al parecer no quería terminar ese pensamiento— No puedes ayudarme, gatita. Cavé mi propia tumba hace unos años.

Y se había enterrado emocionalmente desde entonces. Quinn no lo dijo, pero tampoco hacía falta. Hubiera apostado lo que fuera a que no quería correrse sin Santana en la habitación por la misma razón que compartía a las mujeres. Algo le había ocurrido cuando era adolescente, algo que lo había cambiado todo.

—Dime qué ocurrió.

Ella se rió y la miró como si hubiera perdido la cabeza.

—Hablar del pasado no va a cambiar las cosas.

—¿Por qué no? He pasado algún tiempo a solas con Santana, y también me gustaría pasarlo contigo, sólo contigo. Pero eso, lo que sea, se interpone entre nosotras.

—Y siempre será así. Si un pequeño ejército de terapeutas no pudo solucionar el problema, que te sientes en mi regazo y me escuches hablar de mi pasado no va a arreglar las cosas. Lo único que conseguirás con eso es que me siente tentada a hundirme en tu dulce sexo, pero no resucitará a los muertos.

Ella no comprendió la última frase del todo, pero sabía que de alguna manera, sexo y muerte estaban relacionados para ella, y Quinn se sentía responsable de algo parecido a alguna tragedia griega. Santana era su apoyo y su perro guardián desde entonces.
Con una maldición, Quinn se metió el pene en los vaqueros y se subió bruscamente la cremallera. Luego se dirigió a la puerta.

—¡Alto! —gritó Rachel, sin saber aún qué diría, qué podía decir.

Por un momento, habría pensado que ella no se detendría. Pero Quinn se giró hacia ella.

—¿Qué? —Apenas fue un susurro, como si los gritos de los últimos minutos no hubieran existido.

Rachel sostuvo su mirada atormentada. La pena y la culpa asomaban en el rostro de Quinn, en una imagen de total sufrimiento. Parecía necesitar alguien a quien cuidar, a quien abrazar.
Alguien que le diera una segunda oportunidad.
Rachel tragó saliva, pero no apartó los ojos de ella mientras la inmovilizaba con una mirada solemne y se tumbaba de espaldas en el suelo. Se levantó la falda y abrió ligeramente las piernas, luego subió la mano por el abdomen hasta uno de los senos.
Aquellos ojos verde y avellana volvieron a la vida, y Rachel sonrió.

—Haz el amor conmigo.

«Cuatro palabras». Eso era todo lo que hacía falta para que Rachel envolviera su miembro y apretara. Había hecho lo mismo con los lóbregos sentimientos contra los que había estado luchado toda la tarde.

—En realidad, no quieres eso. —No se le ocurría un mejor argumento para no tomar lo que le ofrecía. Se había arrojado a sus pies, desnuda, exuberante, preciosa. Sólo Dios sabía lo dispuesta que estaba ella a darle hasta el último aliento con tal de poseerla.

—Sí, lo quiero —murmuró ella.

—No seré tierna.

La sonrisa de Rachel decía que lo entendía.

—No estoy hecha de cristal.

Quinn negó con la cabeza.

—Querías reservarte para Brody.

—Quería ofrecerle mi virginidad a alguien a quien le importara.

—¿Qué te hace pensar que a mí sí me importa? —dijo Quinn intentando sonar sarcástica y despectiva.

—Cosas que me has dicho. —Le cogió de la mano y comenzó a tirar de Quinn hacia ella— O, ahora mismo, tu mirada.

Cerrando los ojos, Quinn intentó dejar la expresión neutra, dejando fuera de su vista cada centímetro desnudo de la piel de Rachel. Pero ella tiró con fuerza de Quinn, y la imagen de su cuerpo desnudo regresó a su mente, una y otra vez, grabándosele a fuego en el cerebro. Maldita sea, no sólo era su cuerpo lo que la ponía dura. Si era sincera consigo misma tenía que reconocer que aquella naturalidad con que ella excitaba su sexo y conmovía su corazón, la volvía salvaje.

—Estás alucinando.

—Y tú mintiendo —susurró ella.

Quinn le dirigió una mirada airada.

—¿Por qué demonios te ofreces a mí?

—Quiero ayudarte.

—No quiero tu compasión —gruñó ella.

La mirada de Rachel le hizo arder cuando se deslizó por su cuerpo antes de acabar clavada en sus ojos.

—No te compadezco. Sólo quiero que te sientas bien, pero reconozco que no estoy siendo totalmente altruista. Tú me haces sentir femenina, una mujer de verdad. Cuando estoy contigo, no me siento poco femenina, ni torpe ni inexperta. Me siento… deseada. Querida. Y deseo más. Creo que siempre he querido más de ti.

«Oh, mierda». Quinn habría podido rechazarla cuando había creído que le ofrecía su virginidad como una especie de curalotodo para sus carencias emocionales. Pero rechazándola ahora, le haría daño. Se aprovecharía de las inseguridades de Rachel para ocultar las suyas.
¿Pero acaso no era mejor herir sus sentimientos, a infringirle un daño físico permanente o… algo peor?
¿O, por el contrario, debería correr el riesgo? Rachel era mucho, más fuerte que Marley.

—Quinn, cariño, no intentes protegerme. Soy una adulta, y sé lo que quiero. A ti. —Le apretó la mano— Simplemente, déjame disfrutar.

Puede que ella pensara así, pero estaba equivocada. Maldita sea, no debería ceder.
Al final, Quinn se dejó caer de rodillas entre las piernas abiertas de Rachel. Rebuscó frenéticamente en los bolsillos, en la cartera, rogando… ¡sí! Un condón. Uno lubricado. Con un suspiro entrecortado, lo tiró sobre la mesita.

—Prepárate.

Ella sonrió.

—Gracias a Dios.

Quinn asintió débilmente con la cabeza y luego se quitó la camiseta y el sujetador.
Rachel deslizó los dedos con ansia por el abdomen de Quinn. Una serie de estremecimientos le recorrieron el vientre, la espalda, el pene. Gimió. Su erección, tan condenadamente dura en ese momento, podría taladrar el metal. ¿Le quedaría realmente algo de sangre en el cerebro? Estaba convencida de que toda se le había concentrado en el pene.
Se bajó la cremallera de un tirón y liberó la erección de su confinamiento. Se sumergió en el paraíso que eran las manos de Rachel.

Ella la acarició suavemente, provocándola. Quinn no necesitaba más persuasión… ni deseo. Tenía que detener eso de alguna manera. Pero con la sangre hirviendo y el sentido común cegado por el deseo que dominaba sus sentidos, Quinn no tenía ni idea de cómo impedir algo que anhelaba tanto.
Le tembló la mano cuando se bajó los pantalones hasta las caderas.
Cubrió a Rachel con su cuerpo y capturó su boca con un beso devorador, entre jadeos entrecortados y gemidos. Rachel le dio la bienvenida, le rodeó el cuello con los brazos y le acarició la espalda y los hombros, arqueando las caderas hacia ella.
El condón estaba a sólo medio metro. Podía abrirlo, ponérselo, penetrarla… y verse envuelto por su dulce calidez; poseería una parte de ella que ninguna otra persona tendría jamás.
Sólo de pensarlo, se le contrajo el vientre de pura ansia voraz.

«Detente. ¡Detente ya!».

Quinn interrumpió el beso y gimió al sentir la ansiosa boca de Rachel abriéndose paso hasta el hueco del cuello.
De alguna manera, consiguió bajar las manos y apretar su pene contra los húmedos y cálidos pliegues prohibidos de su sexo. Maldición, estaba mojada. Y muy caliente. Tan caliente que estaba a punto de hacerlo estallar en llamas. Y cuando Rachel se contoneó contra ella… ¡Dios!

—Detenme —la voz de Quinn sonó ronca y grave.

Todo lo que ella hizo fue sonreír y alzó las piernas, ciñéndolas en torno a sus caderas.
Quinn comenzó a sudar por todo el cuerpo; la frente, la espalda, los pechos se le humedecieron. Rachel la estaba matando lentamente, tentándola con todo lo que ella quería y no debería tomar.

Incapaz de detenerse, se frotó contra ella, rozándole el clítoris con su longitud. El jadeo de Rachel fue directo a su miembro. No hacía falta tener mucha imaginación para imaginar a Rachel rodeándola con las piernas, arañándole la espalda, mientras la penetraba profundamente, sumergiéndose en su calor.

Quinn tragó aire, luchando contra la visión. ¿Qué demonios le sucedía? En ocho años, jamás se había sentido seriamente tentada de follar a una mujer ella sola, ni en su sexo. Jamás había mantenido relaciones sexuales sin protección. Bueno, tenía el condón a medio metro, pero en ese momento, le suponía un esfuerzo hercúleo cogerlo y ponérselo.
Por no decir que necesitaría mucho más que ese esfuerzo y el doble de la fuerza de voluntad que tenía, levantarse y marcharse de allí.

¿Dónde demonios estaba Santana? Apoyándose en los brazos, bajó la mirada a una Rachel ruborizada que le daba la bienvenida. Estaba en graves problemas. Y sospechaba que si Santana estuviera allí, ella sólo la animaría a cometer una estupidez. «Algo inconcebible».
Apretando los dientes, retrocedió y cogió el condón. Ya estaba en el infierno. No merecía ni a Rachel ni a su inocencia. Pero allí estaba Rachel, yaciendo delante de ella, y tenía que penetrarla —en algún lugar, como fuera— ya.

Pero si le arrebataba la virginidad, por mucho que ella lo deseara en ese momento, ¿no le arruinaría la vida?

Comenzó a ponerse el condón y volvió a mirar su dulce cara. Rachel no tenía miedo, pero debería tenerlo. El control de Quinn dependía de un hilo mientras le sujetaba las corvas y le echaba las piernas hacia atrás, levantándole las caderas.
La ardiente mirada vagó por los pechos y los pezones hinchados de Rachel, por la suave piel de su vientre, por la carne roja y excitada de su sexo, por la fruncida piel recubierta de lubricante que protegía su ano, tanto más visible cuanto más le echaba las piernas hacia atrás.

—¿Quinn? —dijo Santana desde la puerta.

Su prima le estaba preguntando qué pensaba hacer. Quinn giró apenas la cabeza para buscar y sostener la negra mirada de Santana. ¿Qué coño podía decirle? ¿Que estaba muy tentada de romper todas las reglas? Rachel no era una mujer más. Si la poseía en ese momento, no pertenecería a ninguna otra persona, no habría nadie más que se responsabilizara si algo salía mal.
Al menos en ese momento, Rachel le pertenecía. Sólo a ella.

—Yo me he ofrecido —aclaró Rachel suavemente— Le he pedido que haga el amor conmigo. Quiero que sea la primera.

La sonrisa de Santana era condenadoramente cegadora cuando entró en la estancia, se sentó en el sofá y agarró la mano de Rachel.

—Un precioso regalo. No sé si Quinn te lo habrá dicho, pero se siente honrada y excitada.

Quinn le dirigió a su prima una mirada aviesa.

—No he aceptado.

Arqueando la ceja, Santana miró la postura en que se encontraban, la manera en que Rachel se abría, dándole la bienvenida a la erección de Quinn que se erguía preparada hacia su sexo.
Quinn soltó un suspiro tembloroso. De hecho, tampoco había rechazado la oferta de Rachel.
Tenía que hacer algo. «Ya». La necesidad que burbujeaba en su vientre estaba a punto de estallar. Un fiero deseo le recorrió el cuerpo que parecía haber descargado un torrente de adrenalina directamente a su pene. Tenía tal opresión en el pecho que le costaba trabajo respirar.

Intentando desterrar todas las voces, dudas y miedos que tenía en la cabeza, Quinn cogió su miembro con la mano y se acercó más, cerrando los ojos.
«Suya». Rachel podía ser suya. En diez segundos.
Quinn vaciló. Tragó saliva mientras pensaba a toda velocidad.
¿Y luego qué? ¿Una vez que la hubiera reclamado y tomado, qué ocurriría? Y si… No, ni siquiera podía pensarlo.

—¡Maldita sea! —gruñó.

Volvió a colocarla en la posición anterior, subiéndole las piernas de tal manera que ahora descansaban sobre sus hombros, se ubicó y comenzó a empujar…
En su trasero.

Rachel soltó un grito ahogado de sorpresa y agrandó los ojos color chocolate.

—¿Quinn?

—¿Qué diablos haces? —gritó Santana.

Cada vez más tensa con cada centímetro que empujaba dentro del pasaje apretado de Rachel, con los tendones del cuello sobresaliendo, los músculos de los brazos temblando, asaltada por las asombrosas sensaciones de ser envuelta lentamente por la carne lubricada y apretada de Rachel, Quinn apenas podía pronunciar una palabra.

—Estoy follándola por el culo. Estoy salvándole la vida.

Santana la miró como si quisiera golpearla aunque no lo hizo. «Aquello también era jodidamente bueno». Cuanto más penetraba en el cuerpo de Rachel, más se le obnubilaba la mente. ¿Era un gong lo que sonaba a la par que su corazón? Rachel era como un puño caliente en torno a su miembro, un puño cada vez más cerrado alrededor de su miembro.

—¡Quinn! —gritó Rachel.

—Casi estoy dentro.

El sudor cubría ahora el cuerpo de Quinn. El deseo de bombearla con un ritmo infernal durante mucho tiempo avasalló a Quinn. Se contuvo, decidida a proceder con lentitud y disfrutar del paraíso que era estar dentro de Rachel.
Ella respiraba de manera entrecortada.

—Detente. No puedo tomar más.

—Por favor. Por favor, gatita. ¡Oh, Dios! —Se moriría si no podía hundirse por completo en ella.

Pero al ver que Rachel cerraba los ojos y hacia una mueca, se retiró un poco. Antes de que pudiera retirarse del todo, ella estiró las manos y la agarró por los hombros. Bajando las piernas, Rachel se arqueó y se contorsionó. Incapaz de resistirse a cualquier cálida promesa de Rachel, Quinn empujó con fuerza.
Se deslizó por completo en ella con un gemido largo y ronco.

—Gatita, sí. Ya está. Tómame. Toma todo lo que tengo para ti.

La cabeza de Rachel cayó hacia atrás con un quejido, su pelo castaño se extendió a su alrededor. Maldición, parecía una diosa tentadora y ardiente, una sirena atrayéndola hacia el desastre, pero a Quinn, realmente, le daba igual. Al menos moriría feliz, porque tras bombear en ella un par de veces, Quinn se dio cuenta de que poseerla era una de las mejores experiencias de su vida.
Entonces Rachel comenzó a juguetear con sus pezones y murmuró:

—Te siento en mi interior, tan dura. Sí. Oh… es como si fueras a romperme en dos. Pero ese dolor es… guau... —Rachel jadeó cuando ella volvió a penetrarla violentamente— Me haces sentir viva.

Fue decir eso y que ella perdiera el control. Quinn comenzó a bombear en ella como si fuera una salvaje, deleitándose con la dureza de su propio cuerpo, con la flexibilidad del de ella, con esos gemidos que Rachel emitía cada vez que ella se hundía en su interior más y más profundamente. El deseo de correrse comenzó a vibrar en sus testículos. Santo Dios… Quinn jamás había llegado al clímax con tal rapidez. Estaba orgullosa de aguantar veinte minutos o más, con Rachel no podía eludir el inevitable final tras sólo tres minutos.
La sangre siguió bajando rauda, inundándole la polla y aumentando su sensibilidad.

—Quinn —imploró ella— ponte de rodillas. Necesito sentir tus caricias…

«¿Qué?».

Quinn no podía procesar las palabras de Rachel por los estremecimientos de placer que le bajaban por la espalda y el rugido ensordecedor que sentía en los oídos. La inminente pérdida de control era dulce y tan intensa que le estallaría la cabeza.


Hola, hoy os dejo un capítulo algo intenso y más largo que los anteriores.

En el capítulo anterior me preguntaron y se me olvidó contestar: Brittany aparecerá solo en un par de capítulos, no es un personaje importante en la historia.

Bueno, eso es todo. Gracias por seguir leyendo. Hasta pronto ;)