Disclaimer: Este fic es una adaptación de un libro llamado " Tristan e Isolda" de Joseph Bedier. Ademas Naruto y sus personajes no me pertenecen


XI

EL VADO DE LAS AVENTURAS

Hashirama hizo despertar a su capellán y le alargó la, carta. El clérigo rompió la cera y saludó primeramente al rey en nombre de Minato ; después, habiendo descifrado hábilmente las palabras escritas, le refirió lo que Minato le hacía saber. Hashirama le escuchó sin decir palabra y regocijándose en su corazón, porque aún amaba a la reina.

Convocó de nuevo a los mas apreciados de sus barones, y cuando estuvieron reunidos, guardaron silencio y el rey habló así:

—Señores, he recibido este mensaje. Reino sobre vosotros y sois mis fieles. Escuchad lo que me dicen; después aconsejadme, os lo requiero. Es vuestro deber.

El capellán se levantó, desató el mensaje con sus dos manos y de pie ante el rey:

—Señores —dijo—, Minato envía primero salud al rey y a toda su baronía. «Rey (añade), cuando hube matado al dragón y hube conquistado a la hija del rey de Uzushiogakure, a mí me fue entregada y era dueño de retenerla; pero no quise hacerlo; la he llevado a vuestras tierras y os la he entregado. No obstante, apenas la hubisteis tomado por esposa, unos traidores os hicieron creer sus mentiras. En vuestra cólera, buen tío, mi señor, habéis querido hacernos quemar sin someternos a juicio. Pero Dios ha tenido compasión de nosotros. Le hemos suplicado, ha salvado a la reina, haciendo justicia de este modo. También yo, precipitándome desde un elevado peñasco, logré escapar por el poder de Dios. ¿Qué he hecho luego que sea digno de reprobación? La reina era entregada a los leprosos. Yo acudí en su auxilio y la llevé conmigo, ¿Acaso podía abandonar en este trance a la que debía morir inocente por mi causa? He huido con ella por los bosques: ¿podría, pues, para devolvérosla, salir del bosque y bajar a la llanura? ¿No habíais mandado que se nos cogiera vivos o muertos? Pero, hoy como entonces, estoy dispuesto, buen señor, a dar mi prenda y a sostener en lid contra quien quiera que nunca la reina ha sentido por mí, ni yo por la reina, amor que pudiera ofenderos. Ordenad el combate, no rehúso ningún adversario, y si no puedo probar mi derecho hacedme quemar delante de vuestros hombres. Pero si triunfo y os place tomar de nuevo a Kushina, la del Claro Semblante, ninguno de vuestros barones os servirá mejor que yo; si, por el contrario, no os importa mi servicio, cruzaré el mar, iré a ofrecerme al rey de Naka o al rey de Frisia, y no oiréis hablar de mí en la vida. Señor, tomad consejo, y si no consentís en ningún acuerdo, conduciré a Kushina a Uzushiogakure, de donde la he tomado, y ella será reina en su país»

Cuando los barones de Konohagakure oyeron que Minato les retaba, dijeron, todos al rey:

—Señor, toma de nuevo a la reina; son unos insensatos quienes la han calumniado cerca de ti. En cuanto a Minato , que se vaya, tal como ofrece, a guerrear en Naka o al lado del rey de Frisia. Mándale decir que te traiga a Kushina en breve plazo.

El rey preguntó por tres veces:

—¿Nadie se levanta para acusar a Minato ?

Todos callaban. Entonces dijo al capellán:

—Redactad, pues, un mensaje cuanto antes mejor: habéis oído lo que hay que poner en él; apresuraos a escribirlo. Kushina ha sufrido ya demasiado en sus años juveniles. Y que la carta sea prendida en el brazo de la Cruz Encarnada antes de esta noche: daos prisa.

Añadió:

—Diréis además que envío a los dos salud y amor.

Hacia medianoche, Minato atravesó la Blanca Landa, encontró el mensaje y lo llevó sellado al ermitaño Bunta. El ermitaño le leyó el contenido. Hashirama consentía, con el consejo de todos sus barones, a tomar de nuevo a Kushina; pero no a conservar a Minato , a sueldo suyo. Minato debería cruzar el mar cuando, tres días después, en el Vado de las Aventuras, habría entregado a la reina en manos de Hashirama.

—¡Dios mío! —dijo Minato —, ¡qué pena tener que perderos, amiga! Es preciso, no obstante, ya que del sufrimiento que arrostráis por mí, puedo libraros ahora. Cuando llegue el momento de separarnos os haré un presente, prenda de mi amor. Del país desconocido adonde voy os enviaré un mensajero; me dirá de nuevo vuestro deseo, amiga, y, a la primera llamada, desde la tierra lejana acudiré veloz.

Kushina suspiró y dijo:

—Minato , déjame a «Kiuby», tu perro. Jamás un sabueso de precio habrá sido guardado con mayor honor. Viéndolo me acordaré de ti y estaré menos triste. Amigo, tengo un anillo de jaspe verde: tómalo por mi amor, llévalo en el dedo; si alguna vez un mensajero pretende venir de tu parte, no le creeré, por más que haga y diga, hasta que me haya mostrado este anillo. Pero así que lo haya visto, ningún poder, ninguna prohibición real, impedirán que haga lo que me habrás mandado decir, sea discreción o locura.

—Amiga, os doy a «Kiuby»

—Amigo, tornad este anillo en recompensa.

Y los dos se besaron en los labios.

Dejando a los amantes en la ermita, Bunta, apoyado en su bastón, había llegado hasta el Monte compró preciosas pieles de adorno: telas de seda, púrpura y escarlata, un camisón más blanco que la flor de lis y un palafrén enjaezado de oro que trotaba en suave balanceo. La gente reía al verle malgastar en estas magníficas y extrañas compras sus dineros durante tanto tiempo recogidos; pero el viejo cargó sobre el palafrén las ricas telas y volvió al lado de Kushina:

—Reina, vuestros vestidos se caen de viejos; aceptad estos regalos para estar más bella cuando vayáis al Vado de las Aventuras. Temo que os desagraden; no soy experto en escoger semejantes galas.

El rey hacía pregonar por Konohagakure la nueva de que al cabo de tres días, en el Vado de las Aventuras, se reconciliaría con la reina. Damas y caballeros se trasladaron en masa a la asamblea, deseosos todos de volver a ver a la reina Kushina; todos la amaban, salvo los tres felones que aún sobrevivían.

Pero uno de estos tres morirá bajo la espada, otro perecerá traspasado por una flecha, ahogado el otro; y en cuanto al montañés, Haru, el Franco, el Rubio, le matará a bastonazos por el bosque. Así Dios, que odia todo descomedimiento, librará a los enamorados de sus enemigos.

En el día señalado por la asamblea en el Vado de las Aventuras, la pradera brillaba a lo lejos, guarnecida con las ricas tiendas de los barones. En el bosque, Minato cabalgaba con Kushina y, por temor a una emboscada, había ceñido la cota bajo los harapos. De súbito aparecieron los dos en el lindero de la selva y vieron a lo lejos, entre los barones, al rey Hashirama.

—Amiga —dijo Minato —, he aquí al rey vuestro señor con sus caballeros y servidores. Vienen hacia nosotros; dentro de un instante no podremos hablarnos ya. Por Dios glorioso y omnipotente, os conjuro: ¡si alguna vez os dirijo un mensaje, haced lo que os mande decir!

—Amigo Minato , cuando vuelva a ver el anillo de jaspe verde, ni torre, ni muro, ni fuerte castillo me impedirán cumplir la voluntad de mi amigo.

—¡Kushina, Dios te lo pague!

Sus dos caballos marchaban uno al lado del otro; él la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos.

—Amigo —dijo Kushina—, escucha mi último ruego. Vas a dejar este país. Espera por lo menos algunos días; escóndete hasta que sepas cómo me trata el rey en su cólera o en su bondad... Estoy sola: ¿quién me defenderá de los felones? ¡Tengo miedo! Orri, el guardabosque, te albergará secretamente; deslízate de noche hasta la bodega en ruinas. Enviaré a Haru para decirte si soy maltratada.

—Amiga, nadie será osado. Permaneceré oculto en casa de Orri y, quienquiera que te ultraje, ¡guárdese de mí como del Enemigo!

Las dos tropas se habían acercado lo bastante para cambiar sus saludos. A un tiro de arco, delante de los suyos, el rey cabalgaba briosamente y con él Tobirama

Cuando los barones le hubieron alcanzado, Minato , teniendo por las riendas el palafrén de Kushina, saludó al rey diciéndole:

—Rey, te devuelvo a Kushina la Pelirroja y ante los hombres de tu tierra te requiero para que me permitas defenderme en tu corte. No he sido nunca juzgado. Haz que pueda justificarme en batalla. Si quedo vencido, abrásame dentro del azufre; si salgo vencedor, guárdame a tu lado; y si no quieres conservarme, déjame partir hacia un país lejano.

Nadie aceptó el reto de Minato . Entonces Hashirama cogió a su vez el palafrén de Kushina por las riendas y, confiándola a Tobirama, se apartó para tomar consejo.

Gozoso, Tobirama colmó a la reina de honores y cortesías. Quitóle la suntuosa capa escarlata y su cuerpo apareció gracioso bajo la fina túnica y el gran brial de seda. La reina sonrió al recuerdo del viejo ermitaño, que no había reparado en gastos. Ricas son sus ropas, aterciopelados sus ojos, delicados sus miembros, claros sus cabellos como rayos de sol.

Cuando los felones la vieron tan bella y agasajada como antaño, cabalgaron hacia el rey. En este momento un barón, Andrés se esforzaba en persuadirle:

—Señor —decía—, conserva a Minato a tu lado y serás, gracias a él, un rey más temido.

Y poco a poco ablandaba el corazón de Hashirama. Pero los felones fueron a su encuentro diciéndole:

—Rey, escucha el consejo que lealmente te damos. Se ha hablado mal de la reina, sin razón; concedido; pero si Minato y ella regresan juntos a tu corte, habrá nuevas habladurías. Deja que Minato se aleje por una temporada. Otro día, sin duda, volverás a llamarle.

Así lo hizo Hashirama y ordenó a Minato por medio de sus barones que se alejara sin demora. Entonces Minato llegóse hasta la reina y le dijo adiós. Se miraron. Diose cuenta la reina de la asamblea y se ruborizó.

Pero el rey se conmovió y hablando a su sobrino por primera vez:

—¿Dónde —le dijo— irás con estos harapos? Toma de mi tesoro lo que quieras: oro, plata, pieles, telas.

—Rey —dijo Minato —, no cogeré ni un dinero ni nada. Iré como pueda y con gran alegría a servir al rico rey de Frisia.

Volvió grupas y descendió hasta el mar. Kushina lo siguió con la mirada y hasta que le perdió de vista no volvió la cabeza.

Habida noticia de la reconciliación, grandes y pequeños, mujeres y niños, acudieron en tropel fuera de la ciudad al encuentro de Kushina y, con gran pena por el destierro de Minato , festejaban a su reina recobrada. Al tañido de las campanas recorría las calles llenas de guirnaldas, cubiertas de alfombras de seda, y el rey, los condes y los príncipes formaban su séquito. Las puertas del palacio se abrieron para todos; ricos y pobres pudieron sentarse y comer, y, para celebrar tan fausto día, Hashirama, que ya había libertado a cien de sus siervos, dio la espada y la coraza a veinte bachilleres que fueron armados de su mano.

Con todo, llegada la noche, Minato , tal como había prometido a la reina, se deslizó a la casa de Orri, el guardabosque, quien lo albergó secretamente en la bodega en ruinas. ¡Ay de los felones¡


Bye