¡Hola a todos! ¡Aun no he muerto! Lamento la espera, me gustaría decir que he tenido cosas importantes que hacer pero no es así, por lo menos hasta hace poco pero como parece que cuanto más ocupada estoy más productiva me vuelvo no sirve como excusa. Gracias a todos los que han llegado hasta aquí y a los comentarios que ha ido dejando la gente capítulo tras capítulo.

KHR! pertenece a Akira Amano.


Se encontraban delante de la puerta que Yui había cruzado infinidad de veces desde su más tierna infancia sin embargo ese lugar ya no se sentía un hogar para ella. El frío de diciembre no se podía comparar con el que emanaban esas paredes, en las cuales agradeció que estuvieran únicamente ella y Gokudera. Se veía incapaz de enfrentar a su padre cara a cara y temía como su novio de cabellos plateados reaccionaria ante su presencia. Sin perder un momento trato de pasar por alto el desorden del comedor y los cristales rotos del pasillo además de una mancha en la pared la cual parecía tener relación con los vidrios.

Gokudera no dijo nada sobre el estado descuidado de la casa, limitándose a seguir de cerca a la morena diciéndole que vigilara con los cristales. Una vez llegaron a lo que había sido su habitación pudo jurar que a la chica se le cayó el alma a los pies. Todas sus estanterías estaban vacías, con su contenido en el suelo de forma desordenada. Discos partidos, hojas de libros arrancadas y la pantalla de su ordenador rota. Todo estaba hecho un caos. Más de la mitad de su armario estaba esparcido por el cuarto, era como si un huracán hubiera pasado por allí.

Como un autómata se limitó a buscar la maleta que guardaba bajo su cama, la cual había usado únicamente un par de veces y la colocó sobre la cama sin molestarse a apartar lo que había sobre ella e ignorando los insultos que salían de la boca de Hayato al ver el estado de ese lugar. No era la rabia sobre sí mismo que había estado descargando sobre ella, esta vez su padre le había intentado hacer daño de forma intencionada y con saña. Para él ya no era que su esposa lo hubiera abandonado sino que además su única hija le había dado la espalda. Yui comprendía muy bien que desde el punto de vista de su padre él era la víctima y ella quien le hacía daño pero la morena sabía muy bien que eso no era así. Entendió que no podría razonar con alguien cuya ira solo podía ser aplacada con destrucción y así fue como con cuidado empezó a guardar todo lo que necesitaría.

A pesar del pesado ambiente que cubría la casa la pareja se las arregló para aligerar un poco el ánimo. Sobre todo Yui cuando el de ojos verdes encontró su cajón de ropa interior.

—Creo que la acabarás viendo toda con el tiempo—dijo ella refiriéndose a como habían acordado turnarse las tareas de casa, sin embargo él se sonrojo de tal modo que hasta los tomates lo hubieran votado como su presidente.

Sin saber que hacer o donde mirar Gokudera dejo el cajón sobre la cama y se fue a buscar cualquier otra cosa que pudiera resultar de utilidad mientras murmuraba en italiano. La de ojos dorados no sabía que estaba diciendo pero, por su tono de voz, le pareció que nada bueno haciéndola reír en silencio por miedo de avergonzar aún más al pobre chico.

Se habían ocupado de la ropa, los documentos que Gokudera le había dicho que iban a necesitar y, para sorpresa del chico, pocos productos de baño. Iban a abandonar la casa cuando el sonido de la puerta delantera los puso en un inmediato estado de alerta. El mestizo pudo ver como Yui perdió todo el color en su rostro y el brillo en sus ojos forzándose a no temblar. El de ojos verdes le indico que lo siguiera caminando delante de ella hasta la planta baja donde un hombre de mediana edad los miraba con desaprobación.

—¿Esto es lo que has estado haciendo?—preguntó el padre de Yui mirando de arriba a abajo al chico antes de negar con la cabeza—. Has salido tan puta como tu madre.

La morena sintió su corazón detenerse cuando Gokudera dio un paso al frente dispuesto a hacer que se arrepintiera de sus palabras pero no encontró la fuerza para soltar la temblorosa mano de la chica. Si las miradas pudieran matar ese hombre hubiera sufrido la peor de las torturas antes de acabar definitivamente con él pero anclado a la realidad el de ojos verdes se limitó a llevar a Yui hasta la puerta dejándola en el exterior antes de voltearse por última vez.

—Dale gracias a Yui, únicamente estas vivo por ella.

La vuelta fue silenciosa, únicamente el monótono traqueteo de las ruedas de la maleta acompañaba los oídos de la pareja que no tenía energía para fingir estar bien. Una vez llegaron a su casa se dejaron caer en el sofá, más agotados mentalmente que físicamente.

—Creo que será mejor que vayamos a la cama—dijo ella arrastrando su cuerpo lejos de los mullidos y tentadores cojines de color crema—. A este paso únicamente dormiremos en la sala.

Sin ver razones para llevarle la contraria Gokudera la siguió con la mente ligeramente más despierta que la de ella. Cosa que resultó clara cuando ella empezó a cambiarse delante de él. A pesar de no ser la primera mujer desnuda que veía, ese premio se lo había llevado Lal hacía un tiempo, y también la había visto a ella, aunque por accidente, sabía que por modestia tenía que apartar la mirada de la pálida piel que lentamente iba mostrando pero a pesar de estarse regañando mentalmente no podía apartar los ojos de ella. Su cuerpo delgado y amoratado se movía con lentitud, como si cada acción le fuera difícil y no fue hasta que fracasó varias veces en abrocharse correctamente la camisa del pijama que concluyó que así era.

Sin poder evitar sonrojarse le cogió las manos con cuidado, apartándolas de los botones, para después empezar a abrocharlos él con cuidado de no tocar su piel con sus frías manos. Cuando terminó la acompañó hasta la cama viendo cómo se cubría hasta la cabeza en un intento de ocultarse del mundo. Gokudera no tardó en unirse a Yui y esta al sentir su presencia bajo las sábanas se acurruco en él. Hundiendo la nariz en su pelo olio su champú pero no tardó en distinguir las trazas del olor propio de la chica. Encandilado con ese aroma se sumió en el más profundo de los sueños.

Nunca pensó que sería capaz de sentir tanta vergüenza pero sabía que como Yui se levantara, y se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, la única solución que había era saltar por la ventana y despedirse de la vida. No era la primera vez que le ocurría y tenía entendido que era algo normal, pero eso no lo hacía menos embarazoso teniendo en cuenta que la morena estaba abrazada a él de tal modo que su escape era prácticamente imposible. Su flamante erección matutina no parecía querer desaparecer en ningún momento pronto y añadiendo más incomodidad al asunto le estaban entrando ganas de ir al baño.

Decidiendo que si aguantaba un minuto más su vejiga iba a estallar movió con cuidado los brazos de la chica suplicando para que no se despertara solo para volver a encontrarse atrapado una vez se creyó libre. Tanto movimiento acabó por despertar a Yui quien se sentía tan agotada como ayer.

—Hola—murmuró la de ojos dorados, sin embargo no llegó a recibir respuesta de Gokudera quien nada más escuchar su voz salió corriendo de la habitación cerrando la puerta tras de él.

Los planes iniciales de la chica de volver a dormir se vieron truncados por la curiosidad de lo que le ocurría al mestizo. Achacando su prisa a algún malestar se arrastró fuera de la cama y se dirigió a la sala a la espera de oír la puerta del baño abrirse. Acurrucándose en el sofá espero con impaciencia mientras trataba de olvidar lo sucedido ayer. Había pasado auténtico miedo cuando vio la cara de su padre y fue aún peor oírlo. En ese momento creyó que habría sido mejor que Gokudera no la hubiera salvado. Vivir y solucionar tus problemas es mucho más difícil que morir, pensó amargamente la morena. Al oír la puerta y las pisadas arrincono esas ideas mientras se levantaba en busca de su novio.

—¿Te encuentras bien?—le preguntó sorprendiéndolo.

—Sí, no era nada—respondió éste viéndose reflejado en los vacíos ojos de ella—. Sabes, se me da mejor hacer volar los problemas por los aires.

—Mala idea—le contestó recuperando el brillo en su mirada.

—Nunca me dejas hacer explotar nada—bromeó el de ojos verdes mientras abrazaba a Yui por detrás y apoyaba su barbilla sobre su cabeza—. ¿Desayunamos?

—Eso me parece mejor—dijo Yui animándose ante la mención de comida—. Pero ni se te ocurra acercarte a los fogones.

—Mi idea, mi desayuno.

—No, he oído cosas—empezó de forma teatral como quien recuerda una historia de horror—. Cosas horrendas de lo que pasa cuando tú o Bianchi ponéis un pie en la cocina.

—No me compares con mi hermana, yo soy mucho mejor cocinando que ella—contestó Gokudera a la defensiva.

—¿Quieres que la llame y se lo dices a ella?—preguntó la morena alzando una ceja y sonriendo.

—¡¿Me estás chantajeando?!

—Es posible—canturreó Yui dirigiéndose a la cocina.

—Te ha enseñado el monstruo del béisbol, ¡sabía que era una mala influencia!—farfulló el mestizo mientras la veía marchar.

—En realidad me lo dijo Reborn...—comentó ella por lo bajo recordando algunas de las breves pero instructivas charlas con el bebé.

Estaba convencida de que no era normal para alguien de la edad de Reborn saber tanto sobre manipulación pero no le iba a hacer ascos cuando le permitía no tener que pasarse la tarde limpiando marcas de fuego de la pared. La pequeña charla con Gokudera la había animado pero conociendo sus propios límites hizo simple pan tostado y lo llevó junto con el zumo y la mantequilla. Al entrar en la sala se encontró al de ojos verdes concentrado en el canal sobrenatural y enfadada se dio prisa en sentarse a su lado dejando la bandeja sobre la mesa.

—¿Por qué no me has avisado si estaba empezando?—se quejó ella al ver que el programa de encuentros en la tercera fase llevaba algunos minutos empezado.

—Si me hubieras dejado a mí el desayuno podrías haberlo visto empezar.

Yui le dedicó una mirada enfurruñada pero volvió su atención a la pantalla pocos momentos después fascinada por los testimonios que estaba escuchando.