Capítulo 11. Desterrado del Paraíso.

La vuelta a casa fue como atravesar un túnel negro y helado. Tenía la boca seca, con un regusto amargo a hiel. Incapaz de soportar las náuseas y el ardor de su estómago, se tumbó boca abajo en la cama, aferrándose a las sábanas. Sentía una mole de cemento en el pecho. La presión en sus pulmones subió hasta su garganta y, entonces, ya no pudo contener el llanto, las lágrimas se desbordaron por sus mejillas, empapando de angustia su almohada. Todo su cuerpo se estremeció en sollozos, como si una fuerza arrolladora y cruel lo sacudiera violentamente, ahogándolo, al mismo tiempo que él gritaba al aire su dolor.

Después de unos minutos retorciéndose en el fondo del abismo, su cuerpo se agotó y pudo, por fin, dominar sus miembros y sus sentidos. Respirando aún de manera entrecortada, con el pecho subiendo y bajando agitadamente, saltó de la cama. Su mente en llamas parecía a punto de romperse. Con los ojos enrojecidos y punzantes, bajó decidido hasta el sótano. Cuando vio el caldero y las redomas con los que había preparado la poción, lo sobrecogió un impulso ciego y se lanzó a destrozarlos con las manos desnudas. Temblando de furia, quebró los frascos contra el suelo y estampó el caldero contra la pared. Miró asqueado la mancha chorreante que los restos habían dejado en el muro.

Kreacher apareció por la puerta. El elfo lo miraba con cara de horror, paralizado, como si no diera crédito a lo que veía. Se dio cuenta entonces de que las manos le sangraban. La presencia de Kreacher le hizo reaccionar.

No pasa nada, Kreacher, es sólo un pequeño corte — dijo, tratando de tranquilizar al elfo.

¿Se encuentra bien el amo?—Su voz sonó alarmada.

Sí, Kreacher, estoy bien—mintió—Me iba ya a la cama.

Kreacher puede preparar algo caliente para el amo, si lo desea—el elfo no le quitaba el ojo de encima y seguía sin moverse de la puerta.

No… no te preocupes, Kreacher. Siento haberte despertado. Ya me voy a dormir, puedes irte a la cocina.

Kreacher se irá a la cocina, pero antes, acompañará al amo a su dormitorio.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, no tenía fuerzas ni para ir al baño. La cabeza le dolía como si le fuese a estallar y sus piernas parecían de plomo. Se arrastró como pudo con la intención de darse una ducha y cuando se miró en el espejo, vio su cara pálida y demacrada. Unos círculos oscuros y amoratados le rodeaban los ojos. Se lo tenía merecido, pensó. Había jugado con fuego y se había quemado. Sólo estaba seguro de una cosa: amaba al hombre desesperadamente; pero no tenía nada a lo que agarrarse, sólo culpa y confusión.

Mientras intentaba en vano que el agua caliente lo reconfortara, pensó en mandar su cárabo al Ministerio con un mensaje para su jefe, diciéndole que estaba enfermo, que no iría al trabajo. Antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, las caricias del agua sobre su espalda le recordaron su baño con Severus, las velas encendidas, las palabras sensuales, sus cuerpos fundidos por la pasión. Se estremeció de nuevo, con ganas de llorar; pero, entonces, la imagen de otro cuarto de baño con velas e incienso se coló en su mente, el cuarto de baño de Daniels y Ross, los asesinados en Tower Hamlets.

Una punzada de rabia lo atravesó. Esos dos habían conseguido lo que a él le parecía un imposible, una auténtica relación de pareja, un amor sincero, capaz de vencer obstáculos y prejuicios. Daniels había dejado su carrera de modelo para estar con Ross y habían tenido el coraje de vivir en un entorno hostil, sin importarles lo que pensara la gente de ellos. Habían construido algo que él anhelaba desde su infancia, un verdadero hogar. Pero alguien sin escrúpulos se había interpuesto en sus vidas y las había segado sin contemplaciones. Abrió un poco más el grifo del agua fría y se despejó. No era momento de lamentarse, tenía algo importante que hacer.

Cuando llegó al Ministerio se dirigió directamente al despacho de Davis. Tratando de contener la opresión que sentía en el pecho al nombrar a Snape, le contó a su jefe lo que el ex mortífago opinaba del apodo "Dorian". Davis, que parecía muy impresionado, insistió en llevarle ante Kingsley. No había otra opción, el Ministro había pedido que le informaran personalmente de cualquier asunto que tuviera que ver con mortífagos y se mostró muy interesado en cuanto el jefe del Departamento de Aurores le comentó que Harry Potter tenía nuevos indicios sobre el caso:

Y bien, Harry ¿Cuáles son esas pistas?

Se trata de "Dorian", señor. Es el apodo de Thorfinn Rowle.

¿Estás seguro de eso, muchacho? —Kingsley lo miró fijamente, como escrutándolo.

Sí.

¿En qué te basas para tal afirmación, Harry?

Severus Snape me ha contado que Rowle usaba ese apodo.

El gesto de Kingsley se contorsionó en una mueca de desdén.

¿Severus Snape? —preguntó el Ministro, con la boca torcida de disgusto.

Sí, señor.

¿Te ves con él, Potter? —Vaya, ahora ya no era Harry, era Potter.

Harry no estaba por la labor de dar explicaciones de su "asunto" con Snape a nadie y menos aún a Shackelbolt.

Alguna vez, señor.

¿Y tú crees que es prudente, muchacho? —Harry apretó los dientes, era la segunda vez que le llamaba "muchacho".

Si le veo o no es cosa mía, dicho con todo respeto, señor Ministro.

Kingsley le echó una mirada que a Harry le pareció llena de desprecio. Siempre había tenido la sospecha de que el Ministro no había acabado de creerse la lealtad de Snape.

Potter, que veas o no a Severus Snape es cosa tuya, efectivamente, pero dirigir el Ministerio es cosa mía y no me parece fiable su testimonio —Y mirando a Davis, añadió— así que no será tenido en cuenta.

Cuando acabó la visita al Ministro, Harry temblaba de furia. Definitivamente, Kingsley se había vuelto idiota; pero, entonces, su jefe le agarró del brazo en mitad del pasillo.

Potter —susurró—yo sí considero válida esa pista. Le diré a Taylor que coteje los rastros que encontramos en la casa de Whitechapel con lo que haya de Rowle en el Archivo. Creo que tenemos restos de ropa y es posible que algunos cabellos…

Jefe, hay algo más…—comentó Harry en voz baja, más animado.

¿El qué?

Se trata de Mulciber. Severus… —Trató de disimular que se le aceleraba el pulso al pronunciar ese nombre— Severus Snape cree que está vivo.

Davis frunció el ceño y puso cara de concentración, como si estuviera haciendo cálculos. Luego, miró a Harry y le puso la mano en el hombro:

Hace unos diez días tuvimos un caso muy grave. Una agresión brutal a una mujer joven, la habían violado y la habían torturado con la maldición cruciatus. Está en San Mungo. Un equipo fue a verla, pero los medimagos dijeron que estaba muy traumatizada y que no estaba en condiciones de hablar. De hecho, no lograron que les dijera nada coherente; sin embargo, mencionó a Mulciber. Dado su estado, no lo tuvimos en cuenta; aunque ahora que lo mencionas….— Davis se pasó la mano por la barbilla, pensativo—Tal vez no sea mala idea intentar hablar con ella otra vez. Pero hazlo con discreción, Harry. Ya has visto lo que opina el Ministro. Si nos pilla llevando por nuestra cuenta la investigación, se nos caerá el pelo.

No se preocupe, jefe. Seguro que se me ocurre algo.

Muy bien, Potter. Confío en ti.

Y dicho esto, se metió en su oficina para enviarle la orden a Mark. Harry decidió entonces ir a la cafetería, en busca de Ron. Tenía un problema; tarde o temprano su amigo se enteraría de quién había dado esas pistas; pero eso no tenía por qué indicar que había habido algo más ¿no? pensó. Siempre y cuando fuera capaz de conseguir que no se notara lo mucho que le afectaba.

A esa hora no fallaba. Ron estaba zampándose un trozo de tarta de chocolate. Cuando vio a Harry, pareció atragantarse:

¿Qué te ha pasado?

¿A mí? Nada ¿Por qué?

Tienes una cara horrible— Ron lo miraba con cara de preocupación, igual que había hecho Kreacher la noche anterior. Harry centró su vista en el barril de cerveza de mantequilla que había en la pared del fondo, como si fuera fascinante.

¿Te encuentras bien, Harry? —insistió el pelirrojo.

Harry se volvió y sus miradas se encontraron; tuvo que reprimir el impulso de contárselo todo allí mismo y echarse a llorar.

Sí, estoy bien—dijo, tragando saliva.

Ron seguía mirándole fijamente, se había olvidado por completo de la tarta.

¿Es por algo que ha pasado con el tipo ese con el que sales?—preguntó, bajando la voz.

Sí, pero no quiero hablar de eso.

Entonces Ron se dio cuenta de los cortes que tenía en las manos.

¿Y eso? ¿Te has pegado con él?

No —escupió, sintiendo una profunda irritación, sin saber muy bien por qué.

Bueno, luego podemos quedar con Hermione y dar una vuelta….

No, Ron —dijo, apretando los puños dentro de la túnica —No quiero hablar del tema. Con nadie.

Está bien. Está bien, como quieras —Ron parecía resignado, aunque seguía mirándolo como si tuviera la cara llena de pústulas.

¿Sabes lo que quiero hacer?

¿El qué?

Coger a esos cabrones que han matado a la pareja de Whitechapel. Eso es lo que quiero. Y tengo un plan.

No fue fácil convencer a Hermione para que les diera uno de sus cabellos, a la chica no le hizo mucha gracia la idea de que Ron se transformara en ella para una investigación secreta; pero finalmente cedió. Mucho más colaborador, sin embargo, se mostró George, que estuvo encantado de participar en resolver un crimen, mucho más si había mortífagos por medio. Así que, tras obtener las dosis necesarias de la poción multijugos que estaba a disposición de los Aurores, acudieron a San Mungo convertidos en George y Hermione. Ron no paró de quejarse de lo incómodo que se sentía con aquel cuerpo y a Harry le resultaba rarísimo ser tan alto. A pesar de sus temores, nadie les puso pegas para visitar a Laura Rowans en su habitación del hospital.

Deberíamos volver a ser nosotros, Harry. Estoy seguro de que esa mujer se fiará mucho más de Harry Potter que de cualquier Auror o del mismísimo Ministro.

Creo que tienes razón ¡Finite Incantatem!

Se cambiaron de ropa en el primer baño que pillaron a mano. Cuando entraron en la habitación, se encontraron en la cama a una chica joven que miró a Harry con los ojos muy abiertos. Tenía un aspecto desolador. Todo lo que estaba a la vista, cara, cuello y brazos, estaba cubierto de arañazos y de moratones violáceos y amarillentos, pero lo que hizo que a Harry se le erizaran los pelos de la nuca fue una especie de antifaz rojizo y profundo alrededor de los ojos, como una quemadura. Era evidente que había sufrido y mucho. La muchacha intentó incorporarse, pero se dejó caer enseguida sobre la almohada. Harry se acercó a ella.

Harry Potter….—La chica tenía los labios agrietados.

Sí, soy yo — Harry sonrió, tratando de mostrarse amable — Tú eres Laura ¿verdad?

La muchacha se limitó a asentir con la cabeza, sin dejar de mirar a Harry de hito en hito. Sus ojos estaban apagados, sin brillo.

Laura, he venido a que me cuentes qué te pasó.

Entonces la joven movió la cabeza, haciendo un gesto de negación.

¿Te borraron la memoria?

No, no. Creo que me dieron por muerta —dijo, con un hilo de voz—Pero ya les conté todo a los otros Aurores —miró a Harry con una expresión suplicante. Estaba temblando. Entonces el chico cayó en la cuenta de que la muchacha no quería volver a recordar. Harry se sentó a su lado y le cogió la mano para calmarla.

Laura, creo que los hombres que te atacaron son los mismos que han matado a una pareja en el barrio de Whitechapel. Vamos a apresarlos antes de que hagan daño a alguien más. Necesito que me ayudes.

Laura hizo un tímido gesto afirmativo.

¿Mulciber era uno de ellos?

La chica se sobresaltó al oír el nombre.

No lo sé —su voz sonó angustiada — El otro lo llamó así, Mulciber. Pero los Aurores con los que hablé dijeron que no podía ser él, que ese hombre está muerto. No me creyeron.

Yo sí te creo, Laura—La muchacha apretó fuertemente la mano de Harry — ¿Puedes decirme cómo eran?

Uno era muy alto y rubio, con el pelo largo. El otro…Mulciber — la voz del Laura tembló, parecía a punto de echarse a llorar— tiene una cicatriz muy fea en la cara…unos ojos fríos y duros y olía muy mal…yo…—Laura se tapó la cara con las manos. Harry sintió lástima por ella, parecía rota, devastada, y aquello encendió aún más su ira contra los dos desgraciados que la habían agredido.

¿Recuerdas dónde ocurrió?

Era una cueva. No sé dónde está. Me hicieron desaparecer cerca de mi casa y luego, me volvieron a dejar allí. Pero… tengo pesadillas. Sueño que estoy en una gruta muy grande, con unas piedras enormes y oscuras. Hay mucha humedad y hace mucho frío…

Harry sacó la ampolla y se la mostró a la joven.

Me gustaría que me dieras los recuerdos que tengas de esos tipos y del lugar al que te llevaron, ¿crees que puedes hacerlo?

La chica lo miró fijamente. Harry vio cómo tragaba saliva.

Tú los atraparás ¿verdad?

Puedes estar segura—dijo Ron con firmeza, interviniendo por primera vez en la conversación. El rostro de Laura pareció recuperar algo de vida. Harry tuvo la impresión de que Ron también le inspiraba confianza. El pelirrojo le prestó su varita a la chica.

Prueba con la mía.

Laura cogió la varita con una mano temblorosa, pero, poco a poco, llenó el frasquito de filamentos azulados y luminosos. Harry sintió tanto alivio que besó la mano de la chica.

Gracias, Laura. Has sido muy valiente.

Gracias a ti, Harry Potter.

Meteré a esos canallas en Azkabán. Te lo prometo.

Salieron del hospital como George y Hermione, deseando llegar cuanto antes al Ministerio para recuperar de nuevo su identidad. En cuanto puso un pie en el Atrio Harry se lanzó como una flecha en dirección al Archivo, en busca de Mark. No se sorprendió cuando su compañero le confirmó que las huellas encontradas en la casa de Whitechapel eran, efectivamente, de Rowle.

No te vas a creer lo que he descubierto, además, Potter.

Que Davis te ha pedido que miraras si algún vestigio coincidía con muestras de Mulciber y ha dado positivo.

¿Cómo demonios sabes eso?

Ahora no tengo tiempo de explicártelo. Me voy a la Sala de los Pensamientos. Tengo que averiguar otra cosa.

La Sala de los Pensamientos estaba al lado del Departamento de Misterios y era uno de los lugares más extraños del Ministerio. Sólo los Aurores y los Inefables tenían acceso a aquel lugar. Al igual que el Archivo y la Biblioteca, era enorme, Harry no podía siquiera imaginar la cantidad de información, en todo tipo de tamaños y formas, que se guardaba allí. Sólo entrar en la Sala, que parecía un monumental museo hecho de madera, era sobrecogedor. En el centro de lo que podía ser perfectamente el terreno ovalado de un campo de Quidditch, en una mesa de piedra cubierta de runas arcaicas, una bruja anciana que llevaba unos gruesos anteojos controlaba todas las consultas. Alrededor, como si de una antigua universidad se tratara, se disponían múltiples gradas de roble con sus correspondientes pupitres.

Con las tablas crujiendo lastimeramente bajo sus pasos, que hacían eco en la inmensa y solitaria sala, buscó un asiento alejado de la mirada curiosa de la bruja de las gafas de búho y sacó el frasquito. Golpeó la mesita con la varita tres veces y le lanzó el hechizo para invocar la bola de cristal. Con mucho cuidado, vertió las memorias de Laura en la pequeña abertura que coronaba la esfera, confiando en que sería capaz de centrarse sólo en los datos que quería analizar. La bola se cerró y en su interior se formó una densa niebla.

Poco a poco, las espesas volutas de humo blanco fueron tomando forma y Harry vio cómo dos hombres abordaban a una mujer joven que paseaba por la calle. Uno de ellos se abalanzó rápidamente sobre ella, sin darle tiempo a reaccionar, tapándole la boca, mientras el otro, al que reconoció en seguida como Rowle, la apuntaba con la varita y miraba a ambos lados de la calle, para asegurarse de que nadie los veía. La escena le resultó muy violenta y, antes de que la bilis acabara por perforarle el estómago, decidió hacer avanzar las memorias. Era una de las ventajas que las bolas mágicas de la Sala tenían sobre los pensaderos. En cuanto vislumbró la entrada de una cueva, paró la visión.

Glacius— exclamó.

La imagen congelada de los recuerdos de Laura mostraba a la chica desmayada en brazos de un brujo alto y fuerte que no podía ser otro que Mulciber. La melena rubia de Rowle era inconfundible y Harry sabía que él no podía tener interés en una mujer. Los tres estaban delante de un muro rocoso, de una piedra muy oscura, rodeado de árboles. No tenía ni idea de dónde podía estar aquel lugar.

*Locum comprobo —susurró.

Dentro de la esfera fueron apareciendo diminutas letras doradas que, tras dar varias vueltas, se juntaron para formar una frase: "Cueva Negra. Montes mágicos de Thuatan Gor. Isla de Man".

Excitado por su descubrimiento, se apresuró en reunir a Mark y a Ron. Sabía que con Ron podía contar, pero las reticencias de Mark lo sorprendieron.

¿Davis sabe de esta locura, Potter?

No, no sabe que vamos a ir a esa cueva, pero me encargó la investigación.

¿A espaldas del Ministro?

Sí y me pidió que fuera discreto.

Ron, como siempre, no tardó en perder la paciencia con Taylor.

¿Vienes o no?— le espetó.

Claro que voy. No os voy a dejar la gloria a vosotros solos.

En cuestión de minutos, habían aparecido en una zona boscosa del centro montañoso de la Isla de Man, El tiempo no podía ser más desapacible, hacía un frío terrible y una lluvia fina pero persistente había calado en la hojarasca y había convertido el terreno en una superficie resbaladiza. Tuvieron que echar mano de un Impervius para salir del paso.

Con las varitas en alto, iluminando el bosque oscurecido por el aguacero, buscaron algo parecido a una gruta. La abundancia de árboles no les facilitó la tarea. Se toparon con enormes piedras, pero ninguna que tuviera algo parecido a una entrada. Cuando ya les acosaba el cansancio, Mark se recostó en uno de aquellos pedruscos gigantes cubiertos de maleza, apoyando todo su peso. Al instante, soltó un grito de pánico. La vegetación había cedido y había caído de espaldas en lo que parecía la entrada a una caverna negra como el carbón.

Harry y Ron rompieron todas las ramitas que dificultaban el paso usando el Diffindo y con Mark ya recuperado del susto exploraron la gruta. No fueron muy lejos, en apenas unos pasos las paredes se estrechaban y el techo se venía abajo. Harry estaba seguro de que esa era la cueva que había visto en los recuerdos de Laura; el color y las formas coincidían. Los otros, en cambio, no estaban muy convencidos.

Te digo que es aquí, Ron

Pero la chica dijo que la cueva era muy grande. Aquí apenas hay sitio para tres personas y el techo es tan bajo que tenemos que andar agachados. No puede ser aquí, esto es sólo una osera.

Entonces, a Harry le dio un vuelco el corazón. En el suelo, manchado de barro, encontró un trozo de tela que parecía de la túnica que llevaba Laura el día del rapto. Ron se quedó mirándolo y, por la expresión de su cara, él también había reconocido el tejido.

Puede que haya alguna entrada secreta—La cueva plagada de inferí, en la que Voldemort había escondido el medallón, le vino a la mente—Búscala, Ron. Tú eres el que ha sacado sobresaliente en barreras mágicas. Todavía me parece oír los elogios de Gibson.

Yo no veo nada—soltó Mark. Harry tuvo ganas de estrangularlo.

Un momento—La voz de Ron retumbó en la piedra— Aquí hay algo raro. Un saliente muy extraño.

Los tres se quedaron mirando una protuberancia redondeada, del tamaño de una mano, que parecía estar hecha de algo viscoso y movedizo en lugar de sólida roca.

¡Alohomora!

¡Diffindo!

¡Bombarda!

Durante más de diez minutos, intentaron todos los hechizos que conocían sin ningún resultado. Harry empezaba a inquietarse y Mark no hacía más que bufar.

Puede que se abra con una contraseña—dijo Ron

¡Joder, Weasley!—Taylor tenía cara de estar harto, pero Harry le echó una mirada furibunda y pareció recapacitar.

Probaron con varias palabras, incluidas "Voldemort", "Morsmordre" "Riddle"… pero aquella roca seguía sin inmutarse. Hasta que Harry tuvo una idea:

Dorian—susurró.

Y entonces, la parte gelatinosa del muro se metió hacia dentro y una línea de luz dibujó el contorno de una gran puerta en mitad de la piedra negra. Ante sus ojos atónitos, el portón se abrió de par en par con gran estruendo.

Varita en ristre, entraron en una especie de pasillo esculpido en piedra. Sólo era lo suficientemente ancho para dos personas, así que Mark llevó la delantera y Ron y Harry lo siguieron. Marcharon despacio y procurando no hacer ruido, conscientes de que los mortífagos a los que perseguían podían estar allí. La cavidad por la que avanzaban iba descendiendo poco a poco, conduciéndoles cada vez más bajo tierra, al mismo tiempo que se hacía más alta y más amplia. En medio del silencio, sólo se oía el murmullo del agua. Un arroyo diminuto atravesaba el pasadizo. La humedad era tan grande que, sin estar mojado, Harry se sentía calado hasta los huesos.

Pronto distinguieron una luz al final del túnel, que parecía conducir a algún lugar más espacioso e iluminado. Cuando ya estaban cerca, apagaron las varitas. Entraron en una sala inmensa, tan grande como el Atrio del Ministerio, cubierta por una gran bóveda de piedra de la que colgaban multitud de estalactitas, algunas de ellas impresionantes, que apuntaban hacia abajo como agujas amenazantes. El suelo estaba también cubierto por estalagmitas de todos los tamaños y de las formas más caprichosas. Unas cuantas, realmente descomunales, se habían partido por la mitad y los trozos, pulidos ya por la erosión, parecían las setas de gnomos gigantes. El sonido del agua era más fuerte y se adivinaba la presencia de un caudaloso río subterráneo. Las paredes lisas estaban surcadas por franjas de diferente color, con gruesas líneas que marcaban los sustratos. Sin embargo, lo más chocante de todo eran las antorchas ancladas en algunos de los salientes.

Exploraron la cámara con precaución, moviéndose con dificultad entre las escurridizas estalagmitas que parecían exudar líquido como si tuvieran poros. Esquivándolas, llegaron a un pequeño claro junto a una charca cristalina metida entre columnas calcáreas. Habían encontrado el campamento.

Dos colchones inmundos yacían junto a una pared que estaba seca. Harry sintió un estremecimiento de asco y horror cuando vio que uno de ellos tenía grandes manchas de sangre. Había cuerdas, cacharros desperdigados y restos y envoltorios de comida por todas partes, lo que explicaba el mal olor. En un rincón, medio escondido entre dos estalagmitas con forma de cono, se amontonaba gran cantidad de ropa. Mark empezó a removerla y a sacar prendas, hasta que colgó un chaquetón de ante en la punta de su varita para mostrárselo a Harry. Podía ser una de las cosas robadas en la casa de Whitechapel.

Un rayo de luz verde pasó rozando la oreja de Mark, rebotó en el muro seco y fue a parar a una de las estalactitas más grandes. El sonido del choque, semejante a una explosión, reverberó por la cueva, multiplicándose en infinidad de ecos. La mole de piedra se desprendió y cayó a plomo en mitad del claro, destrozándose y lanzando proyectiles a su alrededor. Agachándose de manera instintiva, Harry sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Por el rabillo del ojo, a través del velo de polvo, vio como Mark y Ron caían al suelo. Giró rápidamente la cabeza a su derecha, tratando de localizar el origen del rayo, y se dio cuenta de que en un lateral de la cavidad, muy por encima de sus cabezas, se abría una galería. Mulciber y Rowle los apuntaban con sus varitas desde arriba.

Sin tiempo que perder, se echó encima de Ron y lo ayudó a levantarse. Mark se incorporó y los tres echaron a correr hacia las setas gigantes. Parapetados detrás de una de ellas, se fijaron en la tosca escalera que serpenteaba hasta la galería desde la que los mortífagos los amenazaban. Harry creyó que descenderían hasta donde ellos se encontraban, pero sólo se aproximaron unos pasos, sin bajar siquiera a mitad del camino. Antes de que le diera tiempo a pensar en algo, varios rayos rojos y morados salieron silbando desde lo alto, impactando deliberadamente en las estalactitas que empezaron a caer como una lluvia de meteoritos.

Se arrastraron como pudieron hacia la entrada, en medio del ruido ensordecedor de las piedras chocando unas contra otras y de gran nube de polvo y gravilla que los cegaba y consiguieron refugiarse en el hueco. Ron tenía una brecha en la sien y Mark tosía con la cara blanquecina. Parpadeando dolorido por la arena que se le había metido en los ojos, se limpió sus gafas con magia. Armándose de valor, Harry se adelantó y volvió a entrar, despejando la polvareda y los escombros con un "Confringo". Notó a Ron y a Mark a su espalda. Estaban cara a cara con Mulciber y Rowle.

Mulciber fue el primero en agitar su varita. Los labios delgados de su rostro endurecido y surcado de cicatrices se movieron y sólo la rapidez de reflejos de Harry evitó que una maldición asesina le alcanzara en el pecho. El Protego de Harry fue tan potente que se mantuvo denso y brillante. Mark y Ron se colocaron pegados a él, detrás de su escudo protector, lanzando hechizos y encantamientos a diestra y siniestra. Harry luchaba para que la fuerza brutal de las maldiciones que rebotaban contra su defensa no lo derribara.

Ron lanzó un poderoso "desmaius" contra Rowle; pero el mortífago logró esquivarlo y sólo consiguió hacer un agujero humeante en una de las piedras. Mark se dobló hacia delante cuando un relámpago rojo le quemó el pelo. Harry avanzó hacia sus oponentes dispuesto a atacar, pero Taylor resbaló y cayó como un fardo entre las estalagmitas. Entonces, agarró a Ron del brazo para cobijarlo tras el escudo y trató de proteger a Mark acercándose a él, mientras oía cómo la áspera voz de Mulciber pronunciaba el Avada Kedavra.

Logró llegar a tiempo por los pelos y a punto estuvo de tropezar con las piernas de Mark. Con un movimiento rápido y desesperado, apuntó a la estalactita que había en el centro de la bóveda, la más larga y afilada. De la varita de Mark, que se rebullía aún en el suelo, salió un chorro de luz que golpeó de lleno en las piernas de Rowle. El mortífago cayó hacia atrás y se estrelló contra los montículos calizos, mientras la estalactita se desplomaba como una bestia furiosa, rugiendo como un dragón, justo en el momento en que Mulciber volvía a lanzar contra ellos la maldición criminal.

Cuando el inmenso cúmulo de piedras, arena y polvo se aclaró, vio a Rowle tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, mientras el Patronus de Ron, el cachorro de Jack Russel, se dirigía veloz hacia una de las grutas. Mulciber corría en la misma dirección.

¡No dejes que se escape, Harry!— gritó Ron—Nosotros nos encargamos de éste.

Sin pensarlo dos veces, el muchacho atravesó a zancadas la cámara sorteando los pedruscos y se metió corriendo por el oscuro pasadizo. El Patronus ya habría llegado al Ministerio. Con el corazón golpeándole en las costillas y resollando por el esfuerzo, llegó a una salida de la cueva. Ya era noche cerrada y no se oía el menor ruido.

El frío húmedo del bosque le cortaba la cara. Miró a su alrededor, buscando al mortífago asesino, pero no había ni rastro de él. Rabioso por su desaparición, escupió en el suelo, deshaciéndose del polvo que tenía en la boca. Apretaba la varita con tanta fuerza que echaba chispas.

Entonces, cuando ya estaba a punto de volver a entrar en la cueva, una sombra se movió cerca de él y sintió un escalofrío por la espalda. Vio la figura del hombre recortada en el horizonte por la tenue luz de la luna, separada de donde estaba él por varias hileras de árboles, pero antes de que pudiera mover un pie, se había esfumado de nuevo.

Agudizó la vista y el oído, pero sólo percibió el crujir de la vegetación bajo sus zapatos. Nada parecía moverse en el bosque nocturno y, sin embargo, tenía la sensación de que Mulcíber seguía allí. Se quedó inmóvil durante unos minutos, conteniendo el aliento, sin dejar de mirar en todas direcciones, esperando que el enemigo diera un paso en falso o desapareciera del todo.

Una risa rasposa y siniestra surcó el aire gélido, poniéndole los pelos de punta. El mortífago estaba ahora más cerca. Esta vez no se le iba a escapar. Salió corriendo con todas sus fuerzas hacia donde estaba su silueta y, a mitad de camino, vio sorprendido cómo el hombre también se dirigía contra él; pero si pensaba que lo iba a amedrentar, estaba muy equivocado.

Estaba ya a punto de darle alcance, levantando la varita, cuando el suelo cedió bajo sus pies y se precipitó al vacío entre ramas y tierra, con el estómago vuelto del revés. Dio en el suelo con todos sus huesos, impactando con tal fuerza que, durante un segundo, se le cortó la respiración. Cuando abrió los ojos, estaba demasiado aturdido y mareado como para reaccionar. Aunque podía ver con claridad, ya no tenía las gafas; pero en cuanto pudo moverse, se percató de que su varita también había salido volando por los aires.

La voz áspera de Mulciber le heló la sangre:

Vaya, vaya, Potter. Voy a tener el honor de acabar lo que el Señor Tenebroso no pudo.

El mortífago lo miraba triunfante desde el borde de un enorme agujero en cuyo fondo Harry yacía desarmado. Mulciber, sin dejar de sonreír burlonamente, lo apuntó con su varita.

Despídete, Potter. Ha llegado tu hora.

Inesperadamente, un haz de luz verde golpeó brutalmente el torso de Mulciber. Harry vio estupefacto cómo el hombre salía despedido hasta quedar fuera de su campo de visión, pero pudo oír y sentir el golpe de su cuerpo al caer como un bulto inerte contra el lecho de hojas muertas.

Una sombra negra, demasiado alta para ser de Mark o de Ron, se acercó a la orilla del socavón.

¡Severus! ¡Bendito sea Merlín, eres tú! — Saltó de alegría dentro del hoyo, impaciente por subir a la superficie.

Pero había algo chocante en el rostro de Severus, que parecía el de una escultura de cera, totalmente inexpresivo. Desde arriba, miraba a Harry sin pestañear, con un brillo malicioso en los ojos. Harry se estremeció como si acabaran de echarle un jarro de agua fría. El hombre hizo una leve floritura con la varita y el muchacho sintió que una corriente de aire lo elevaba y lo llevaba en volandas, estampándolo súbitamente contra el suelo.

La mente de Harry empezó a zumbar desorientada, buscando respuestas en aquellos ojos oscuros e insondables que ahora lo taladraban con el brillo acerado de una espada afilada. Tropezando por los nervios, trato de incorporarse; pero no llegó a ponerse de pie.

¡CRUCIO!

Un dolor lacerante lo atravesó de parte a parte, desgarrando cada partícula de su cuerpo. Notó cómo sus pulmones se contraían y empezó a dar bocanadas, luchando por respirar, mientras el pánico a ahogarse silbaba en sus oídos. El dolor era tan atroz que le pareció que su carne se estaba abrasando. El corazón se le iba a salir del pecho; su sangre inflamada palpitaba en sus sienes, arañando sus ojos. Se oyó a sí mismo gritar, mientras sus entrañas parecían deshacerse. Tan bruscamente como había empezado, el tormento terminó y una vez más se dio de bruces contra el barro. Se quedó como una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos. Temblaba de arriba abajo, tratando de recuperar el aliento y de recobrar la visión. El hombre se acercó y sus pisadas hicieron vibrar el terreno.

¿Ya te has cansado de tu juego, Potter?

Jadeando, incapaz de hablar, Harry miró desconcertado a Severus, que lo contemplaba tumbado en el suelo, indefenso, con una mueca de desdén; pero en milésimas de segundo, su cerebro angustiado pensó en la poción. Era evidente que había dejado de funcionar.

¿Acaso creíste en algún momento que podías engañarme? ¡Sólo tú puedes ser tan necio, Potter! Da gracias a tu madre, porque ha vuelto a salvarte la vida.

Unos pasos apresurados y firmes indicaban que varias personas se acercaban. Snape hizo ondear su capa negra de murciélago y desapareció.

¡Harry! ¡Harry! — la voz de Ron se oía cada vez más fuerte. Pronto, estuvo a su lado. Era la viva imagen de la sorpresa— ¿Ése era Snape?.

¿Snape? — Mark también había llegado — Pues ha matado a Mulcíber.

Sí, Mark; pero ya lo has visto, ha sido en legítima defensa. Ese mortífago estaba a punto de matar a Harry.

A Harry le dieron escalofríos:

¿Lo habéis visto?

Lo hemos visto todo, tío — respondió Mark.

Cuando le vimos echarte la maldición Cruciatus, vinimos pitando, Harry; creímos que había otro mortífago. Por un momento, pensé que hasta se había quitado de en medio a éste — Ron señaló el cadáver de Mulcíber— para poder matarte él.

La mirada de inquietud de Ron hizo que a Harry se le formara una úlcera más en el estómago.

*Locum comprobo: compruebo lugar