La leyenda era cierta. Esa fue la primera idea coherente que George consiguió formular tras racionalizar, al fin, lo imposible: William Albert Ardley se encontraba vivo, y completamente a salvo en la mismísima Chicago. Ni perdido en mitad de dos continentes, ni herido de gravedad, ni capturado; tan sólo viviendo una existencia ordinaria y ganándose el sustento diario como lavaplatos.

Había sido una tarde bastante prolongada desde su encuentro, ocurrido en la entrada misma de las oficinas de las empresas Ardley y, ahora, ambos estaban en el lugar acostumbrado; es decir, la oficina donde William había sido entrenado en secreto durante todos esos años.

Ese era el sitio a donde William había pertenecido por demasiado tiempo. Y George estaba seguro de que utilizar los verbos en pasado era correcto; porque dudaba que las cosas fueran a ser de nuevo, tal y como eran en otros tiempos.

Apenas un par de meses atrás, la historia que escuchara de labios de su jefe, le habría sonado a George tan fantástica como sin duda era y habría estado dispuesto a agradecer de rodillas el milagro; sin embargo, a la luz de sus personales reflexiones respecto a la leyenda, cada suceso comenzaba a cobrar una importancia distinta y el trasfondo de los acontecimientos se le antojaba más allá de lo meramente prodigioso.

Al contemplar la expresión ausente de William, George sintió la ansiedad renacer en su interior. Algo había cambiado y no tenía caso negarlo. William ya no era el mismo, y creía conocer la razón detrás de esa situación. Había escuchado el relato con atención y sabía dónde buscar. Ahora estaba plenamente seguro de que el águila se encontraba de cacería.

Más que ninguna otra cosa, a George le inquietaba profundamente el hecho de que un estúpido incidente de colegio y un atentado al tren pudieran estar tan precisamente orquestados para ocurrir en el tiempo y el espacio de tal forma que dos personas se encontraran en medio del caos; ni un segundo antes, ni otro después, sino en el preciso instante en que debía ser.

La leyenda era cierta.

*.*.*.*.*.*.*
Talismán
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─¡Buen Dios! ─exclamó George, contemplando el estuche vacío. El nicho aterciopelado hablándole de lo imposible: la desaparición del emblema familiar

─¿Qué ocurre, George? ─preguntó William, que permanecía sentado ante su escritorio, oculto parcialmente por las pilas de documentos que se habían acumulado en su ausencia. Era demasiado trabajo, pero no tenía otra opción que realizarlo lo más pronto posible.

─El broche desapareció ─la voz de George sonó con la consternación necesaria para hacer que William despegara la mirada del contrato que los abogados habían enviado desde Europa. Sin embargo, en los ojos azules no se distinguía ninguna alarma y sí bastante fatiga.

─¿Cuál broche? ─la pregunta de William era lógica, porque la caja fuerte contenía varios de ellos; algunos parte del fideicomiso, los más, producto de la insaciable sed de coleccionista que dominaba a quien ahora dirigía el destino de las familias.

─El emblema de plata ─fue la respuesta de George. William enarcó una ceja, y un leve sonrojo de culpabilidad tiñó sus perfectas facciones masculinas cuando la comprensión invadió su ágil mente; sin embargo, tal evidencia no fue observada por el guardián, que había comenzado a buscar entre los diversos valores resguardados.

─No creo que debas preocuparte, George... ─comenzó a decir William, y algo en su voz alertó al otro hombre, porque abandonó la inspección y se giró para fulminarlo con una mirada acusadora al tiempo que avergonzada.

─¿Y bien? ─preguntó, enfatizando el tono acusador. Por un pequeño instante, el hombre rubio sintió que el tiempo retrocedía casi dos lustros, y temió la reprimenda. Sin embargo, sólo fue un momento, porque recordó que ya no estaba obligado a dar explicaciones.

No obstante, la idea era mucho más simple que la práctica.

─Lo llevaba conmigo... ─comenzó a decir, extraviándose en memorias agridulces: la pena por su hermana, la nostalgia por Escocia, y el imborrable recuerdo de una sonrisa infantil y una mirada esmeralda tan intensa como jamás conociera.

─Y supongo que olvidaste regresarlo ─completó George, comenzando a comprender.

─En realidad... ─William dudó, afectado por el inesperado viaje al pasado, dominado por la certeza de conocer que había perdido algo más que un símbolo. Presente y Antaño librando una descorazonadora batalla en su alma.

─¿En realidad...? ─George permaneció observándole, intentando adivinar el resto del relato; sin embargo, no estaba preparado en absoluto para lo que escuchó:

─Sólo sé que lo llevé conmigo durante la despedida a Rosemary, y después ya no lo encontré. Creo que no lo sujeté correctamente. Debió caerse en algún sitio entre Lakewood y Chicago.

─¿Qué? ─George le miró como si no pudiera creer en sus palabras y luego, exclamó con sobrado sentimiento─: ¡Pero, Señor William!

─No tienes qué decírmelo, George ─replicó Sir William, con inesperada arrogancia─. Y te agradeceré que no hagas ningún drama. Tendré suficiente con Aloy cuando descubra lo que ha pasado.

George contempló al joven heredero, y el dolor en su mirada le dijo más de lo que deseaba saber. No se trataba del emblema, comprendió de pronto, sino de algo mucho más trascendente. Desde que revelara su presencia en Chicago y su inusual estilo de vida él había estado así: como esperando ver caer una imaginaria espada mortífera suspendida sobre su cabeza.

El águila, extraviada en el ineludible devenir de la historia, había emprendido ya su vuelo más allá de los Ardley, incapaz de retornar.

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Talismán
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Suele decirse que el destino es un mago, uno muy cruel; sin embargo, en ese momento, bajo las estrellas de los suburbios, desea tenerlo enfrente para agradecerle, de rodillas si es preciso, su preciosa respuesta. Esa que tanto anhelaba, pero que no sabía que buscaba.

Entre sus dedos se escurre el águila, que brilla con destellos plateados bajo la luz de los inalcanzables astros. No obstante, él sólo puede pensar, que la luz más intensa no procede del cielo, sino del corazón de la joven frente a él.

Prisionero de su propio, doloroso secreto, contempla el águila preciosa, que desde su nuevo hogar parece no desear moverse, atrapada en la misma magia que él, y sólo atina a comentar:

¡Qué increíbles objetos posees!

*.*.*.Talismán.*.*.*

Un abrazo y la certeza de que existe alguien a tu lado. Es justo lo que se necesita cuando algo invaluable ha partido.

En la cima del árbol, tan alta que quizá ningún otro pueda alcanzarla, dos almas se encuentran, quizá por primera vez. Ajenas a todo cuanto no sea compartir la pérdida irreparable. Seguras de que el cielo es más bello y mejor ahora que un amigo vive en él.

Y es que, sólo el cielo puede consolar la tristeza de un águila...

*.*.*.Talismán.*.*.*

Nunca la presencia es más clara como cuando se transforma en ausencia. Ha salido mientras duerme, sumergiéndola repentinamente en el desconsuelo inexplicable de la pérdida.

Ha temido su adiós y ahora sucede. Pero jamás pensó que sería tan doloroso. Si tuviera alas para salir en su busca, sería más fácil; pero sólo puede conformarse con inútiles pesquisas y esfuerzos vanos.

Albert...

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Talismán
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