Yu-Hon golpea furiosamente el pie contra el piso. Ha cruzado casi medio reino para acudir a la audiencia con el rey solo para que sea repentinamente cancelada, de la nada, después que ha dejado a sus tropas alistándose para la batalla y ha cabalgado sin cesar por días para cumplir con el llamado de su padre a la capital, y todo por dar prioridad a una audiencia con los sacerdotes.

¡Los sacerdotes! que decían escuchar la voz de los dioses. No, Kouka no necesitaba de supuestos dioses, la grandeza de Kouka durante el reinado de Joo-Nam era obra de los hombres. Cada conquista la habían labrado con sus propias manos; él en su tiempo como general había conquistado más territorios que cualquiera de sus antepasados, era simplemente inconcebible que estos hombres, sin ningún logro particular aparte de supuestamente "escuchar a los dioses", ostentaran tanto poder, eran peligrosos para la estabilidad del reino. Hombres que creían que en el cielo estaba la solución de todos sus problemas, que no derramaban una gota sangre o siquiera sudor por el bien de Kouka, que no sabían de sacrificios… ¿Cómo podían aquellos hombres tener siquiera más poder que un soldado que dejaba su vida en el campo de batalla por el bien del reino?

Eso tenía que detenerse. Alguien tenía que ponerle fin y él se encargaría de ello, tomaría tiempo tal vez, pero comenzaría limitando sus privilegios poco a poco, se encargaría de mostrarles su verdadero lugar.