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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Capítulo 11: Una extraña enfermedad.
Las vacaciones concluyeron sin novedad. Llegaron los cursos extraordinarios, esos que toman los repitentes a los que les fue mal. Comenzó a pasearse por la sala de profesores, descubriendo al delator ante la policía. Le costó encontrarlo, porque era el preparador físico que atendió a Dean en el accidente en el juego de fútbol. Al parecer, no le gustó la forma de atenderlo tan particular, o solo estaba celoso. Los humanos lo confundían a menudo.
Por fin apareció ese preparador y logró pillarlo en el baño, donde no había cámaras, para atacarlo con un barrido de memoria. La operación fue un éxito. Lo dejó sentado en la tapa del baño, cerró la puerta por dentro con sus poderes, justo a tiempo, porque venía alguien. Fue al lavadero a lavarse las manos, como un criminal que había cometido un crimen y tenía un cadáver en la cabina de los WC. Afortunadamente, no sospecharon nada, el intruso se fue y Castiel pudo salir del baño con cuidado.
Dejó al delator, olvidado. Después, vio a este mismo en la sala de profesores como si nada. Sonrió imperceptiblemente, de su trabajo de limpiador. La vida de Dean estaba limpia de nubes negras, no habría chismes, malas intenciones, ni delitos. Podría convertirse en un ciudadano ejemplar, que todo padre orgulloso puede presumir a cualquiera.
No tuvo mucho trabajo en la época de los rezagados, como le decían a quienes tomaban estos cursos. Pronto tuvo otras vacaciones cortas, en las cuales volvió a su rutina anterior, aunque no tenía nada qué aparentar, de todas formas siguió comprando víveres. Le daba de comer a los patos y a las palomas, porque le gustaba la forma como se acercaban a él, así podía verlos de cerca. Siempre se fascinaba con la magnificencia de la creación hasta en los detalles.
Ahora podía salir a otras partes como lo hacía en la otra vida. También, se preocupaba por Dean, y todos los días se teletransportaba hasta Nueva Jersey. Pasaba un rato, vigilaba desde lejos, lo seguía por un tiempo. Luego volvía a su casa, pasaba leyendo su libro de enfermería.
Un día vio a Dean con una chica morena muy hermosa. Iba feliz con ella de camino a la universidad, al parecer, ella también era una estudiante. Castiel tuvo emociones encontradas, que no supo definir bien, dada la naturaleza de los sentimientos. Sin embargo, principalmente, insistía en estar feliz por Dean, quizás pueda tener la vida normal que tanto quiso en la otra vida. Con estos pensamientos, desapareció ese día.
Lo vigilaba de vez en cuando. No quería que corriera riesgos, pero cada vez más de lejos. Su pecho comenzó a doler con algo extraño sin identificar. Dean no siempre estuvo cerca de él, pero siempre estaba ahí. Ahora no estaba y algo, como un vacío lo atacaba. Trató de tranquilizarse o trataba. Cuando sucedía esto, partía a ver a Dean, aunque de lejos, el solo hecho de verlo caminando lo ponía bien. Al calmarse, volvía a su ciudad hasta que volvía esa especie de ataque en su interior y volvía con Dean.
Estos tipos de "ataques" se volvieron recurrentes. Demasiados escabrosos. Necesitaba alguna forma de controlarlos para continuar con su trabajo. Si Dean podía olvidarse de él, quizás podría acercarse, porque con el olvido, Dean no podría sentir su presencia. Por esta razón, debía ser fuerte, resistir, hasta que Dean se olvidara de él, entonces, podría estar cerca, de forma invisible, como siempre debió ser en esta vida.
Sin embargo, todo estaba siendo difícil de sobrellevar. Muy complicado resistir algo fuera de su control. A veces quería tanto estar cerca de Dean, que la tentación hacía crecer una especie de agujero negro en su pecho, un agujero que lo estaba carcomiendo por dentro. Esto se lo recriminaba un montón de veces, porque como buen ángel que era, debía ser fuerte y no dejarse llevar, pero el problema estaba en que no importando lo que sintiera Dean, él, siempre, siempre, estuvo cerca de Dean, con eso se sentía compensado por no poder tenerlo. Ahora sin tener eso, por lo menos, lo estaba enloqueciendo de forma paulatina, pero segura.
Por esta razón, los viajes de Castiel a la vida de Dean de lejos, se hicieron más recurrentes, pero tuvo que detenerse, porque existía la posibilidad de que el chico pudiera rastrearlo. No lo descartaba en ningún momento.
Tuvo la idea, desde hace tiempo, de buscar otra vez a Sam en su nueva reencarnación. Era una buena distracción andar por el mundo, buscando esa alma tan querida, pero no tuvo suerte. Sam no había nacido todavía o no querían que lo encontraran, porque pese a que recorrió el mundo varias veces, fue inútil. Resignado, volvió a su casa y las sensaciones volvieron a aplastarlo.
Finalmente, no pudo más, se estaba derrumbando. Sin embargo, como era fuerte y terco, resistió algo que ningún ángel podría. Estando de vacaciones todavía, se encerró en su cuarto, puso el colchón en el suelo y se acostó. Permaneció ahí tanto tiempo, días y noches enteras, cayendo en una suerte de hibernación. Después de varios días, golpearon a la puerta. Se levantó a abrir. Era el de la renta que venía a cobrar.
—Pero si le pagué ayer —respondió Castiel.
—No señor, ayer no lo vi. En realidad, hace un mes que no lo veo, desde el día que me pagó la renta del mes anterior —explicó el casero.
Castiel abrió grande los ojos, recién cayendo en el mundo de los humanos. Miró su abrigo y tenía algo de polvo al igual que su cabello. Fue por el dinero para entregarle al hombre, luego se limpió el polvo de encima con el poder de su mojo.
—Dean… —susurró.
Desapareció para verlo. El chico no había cambiado nada, salvo que se veía con más amigos y muy contento en relación a los primeros días. La misma chica bella de antes, lo acompañaba. Castiel sintió una punzada en su pecho, ser olvidado no era una sensación agradable.
No pudo resistirlo y volvió a su departamento. Quedó parado en medio durante horas con la rigidez de una estatua milenaria. El tiempo volvió a detenerse, pero recordó el colegio, pues el nuevo año escolar estaba a punto de comenzar. Alistó sus cosas humanas. Vivir como un humano, fue de las cosas que más necesitó, y que más le ayudó, para la comprensión de esa especie tan extraña para su raza.
No hubo sorpresas al comienzo de ese año. Los mismos alumnos con los mismos problemas y las mismas insinuaciones, que él rechazaba. Concentró sus esfuerzos en el trabajo y ayudaba, porque lo mantenía ocupado para no pensar en Dean. El día se hacía más llevadero, salvo por las noches, donde la cosa se ponía color negro.
Decidió entonces, buscar trabajo en algún hospital de la localidad. Un turno de noche le vendría bien, y con sus credenciales de enfermero no debería tener problemas en conseguirlo. Así fue.
En el hospital, cayó como anillo al dedo, pues los turnos de noche no eran muy requeridos y él estaba perfecto como enfermero. Se habituó bien, ya que no dormía y se le hacía más fácil. Logró sanar a un gran número de personas, hasta que vio que eso llamaba mucho la atención. Volvió a bajar el perfil y a dedicarse a matar las horas, porque estaban insoportables.
En el día, en el colegio; por las noches, en el hospital: una buena forma de mantenerse ocupado, aunque no podía descuidar a Dean e iba de vez en cuando, pero siempre más lejos que de costumbre. Un día se sorprendió deseando no verlo, porque cada vez que iba, dolía, dolía demasiado. Las lágrimas no eran habituales en él, y aun así, corrían por sus mejillas sin intención. Se deslizaban, con tanta simpleza, como si le hubiera caído una basura en el ojo y lo tuviera irritado. Eso, convertido en manifestación de su interior.
Los días pasaban como en un sueño sofocante. Tenía la sensación de que estaba enfermo de algo inexplicable, pues los ángeles no se enfermaban, eran inmortales. Los síntomas se parecían a los de su libro en muchas enfermedades, pero no le daban ninguna pista de cual era y eso lo tenía preocupado, por ser tan extraño el hecho.
No solo él estaba preocupado, sino también, los profesores y compañeros de trabajo. Desde los cuatro años que trabajó ahí, nunca lo vieron enfermo, por eso el hecho llamó tanto la atención. Lo mandaban al médico, pero él sonreía y le bajaba el perfil a la enfermedad, porque estaba enfermo, él así lo sentía, sin embargo, sabía cuál era la cura.
Ese día tomó una decisión difícil y partió donde Dean. Apareció en la universidad, buscó a Dean, cuando lo encontró, rodeado de amigos, con la chica colgada de su brazo, decidió acercarse. Castiel era un ángel de la guarda, no podía dejar a su protegido, aunque este no lo deseara. En eso, no había discusión alguna y si Dean se sentía acosado, mala suerte, pero debía cumplir con su deber.
Con esa resolución estuvo en el grupo de forma invisible, con tan buena suerte, que Dean no lo percibió. Suspirando lleno de alivio, por primera vez desde que se separó del chico, pudo respirar tranquilo y su enfermedad empezó a desaparecer casi al instante. Era cierto, faltaba ver a Dean y saber que estaba bien.
Castiel recuperó su compostura de ángel y pensó en dejar su trabajo de noche. Programó su salida del hospital, no sin antes mejorar a algunos de los pacientes, cuidando de no intervenir con las Parcas, porque estas se enojarían. Además, dejar ese trabajo era acertado, porque estaba muy expuesto a ser descubierto cuando mejoraba a alguna persona que se suponía, debía estar enfermo o muerto.
El ángel se concentró en el colegio y pronto la rutina se volvió su escudo. En la tarde iba donde Dean y permanecía con él hasta que se dormía.
Pero un día, lo vio besarse con la chica, que suponía su novia, y el hecho lo impactó como nunca pensó lo haría. Apenas vio como juntaban los labios, sintió un dolor indescriptible en su pecho y huyó del lugar hasta su departamento, ahí siguió doliendo. Se hizo tan intenso que dobló su cuerpo, sus piernas y terminó cayendo con mucha lentitud al suelo, donde se estiró en todo su largo, con las manos llevabas a su pecho, como sujetándose el corazón de su recipiente. En el suelo, boca arriba, Castiel cerró los ojos con pereza. Solo los abrió después de bastante tiempo para darse cuenta, que ya no estaba en su departamento, sino acostado en una cama de hospital. Un hospital conocido.
Quiso levantarse, pero no lo dejaron. La enfermera de turno lo reconoció como uno de los enfermeros y le contó que sus compañeros de trabajo en la escuela, profesores y alumnos, se extrañaron no verlo. Como él nunca faltaba y siempre fue puntual, pidieron su dirección para ir a verlo. La profesora de matemáticas y el profesor de ciencias fueron los encargados de ir, pero cuando no respondió a la puerta, decidieron contactarse con el casero para que él les abriera, sospechando algo malo.
Cuál fue su sorpresa, al verlo desmayado e inconsciente en el piso. Llamaron a una ambulancia y lo trajeron hasta ese hospital, de eso hace ya tres días.
—Debes permanecer en reposo —le dijo la enfermera—. Sufriste un fuerte agotamiento, pero estás bien.
"Agotamiento", era lo que podían decirle a su enfermedad, ya que no tenía nada físico.
—¿Cuánto tiempo? —Fue la sincera pregunta del supuesto enfermo.
—Lo suficiente para cerciorarnos que estás bien y podrás irte a casa.
Castiel dio las gracias y se quedó en ese lugar por un tiempo de una semana. Los exámenes arrojaron todo bien, eso era posible a causa de su recipiente. Jimmy Novak siempre fue un humano muy saludable, pero el ser poseído por un ángel fortaleció cualquier debilidad y más aún, cuando Dios tocó su hombro. Castiel era un tipo con muy buena salud física. Sin embargo, si hablamos de salud mental o salud espiritual, diríamos otra cosa.
Permaneció toda esa semana inmóvil, mirando televisión. Cuando le preguntaban si había ido al baño, él respondía afirmativamente, aunque fuera mentira. Los ángeles no iban al baño, pero en este caso debía ir o sino, sería sospechoso.
Recibió algunas visitas de los estudiantes. El director fue más por protocolo, que por otra cosa. Le dijo que su trabajo no se vería afectado por el tiempo que permaneciera enfermo. Pero la visita que más le llamó la atención, fue la de un profesor de historia, con el cual no había cruzado muchas palabras con él.
—Me alegra saber que estás bien. Te extrañamos en el colegio —dijo el profesor.
—¿Quiénes me extrañan?
—Nosotros, tus colegas claro está. También los alumnos.
Castiel no dijo nada, en el fondo estaba incómodo con ese sentimiento de ternura que le inspiraba ese profesor y todos aquellos quienes se preocuparon por él.
—Estoy sorprendido —dijo, por fin Castiel.
Apretó con sus manos la manta que lo cubría.
—De verdad te estimamos mucho. Sé que no conversamos y eres un tanto ermitaño, pero admiramos tu trabajo como enfermero. Esa dedicación que tienes es increíble. La apreciamos mucho.
Simplemente, no supo cómo responder a eso y solo dio un gracias a todos aquellos que se habían preocupado por él. Por supuesto, se sintió enternecido y deseó volver a ser el mismo de siempre, pero al parecer, eso sería difícil, pues ni él mismo sabía lo que le pasaba.
Pero una visita, fue la más impactante dentro de las visitas. Esa fue la de la mamá de Dean. Ella vino como cualquier otra persona y le preguntó cómo se sentía.
—Estoy bien, gracias por venir —dijo Castiel con humildad.
—Me alegra saberlo. Me sorprendió mucho enterarme de que estaba en el hospital —dijo Verónica.
—Sí, bueno, yo también me sorprendí.
La señora sonrió con la respuesta del enfermero favorito de su hijo. Comenzó a contarle sobre Dean y su nueva vida en la universidad. Nada que no supiera, salvo una cosa:
—Vendrá para las vacaciones por si quiere acompañarnos —informó Verónica.
—Gracias.
—Le traje un regalo, hoy es nochebuena —dice la mujer, entregando un paquete muy elegante.
Con razón había tantos adornos navideños en la sala. No hizo falta abrir el paquete para saber qué era.
—Un libro.
—Sí, es de medicina. Sé que le gusta leerlos —justificó la señora.
—Me gustan mucho, gracias.
—¡Feliz navidad!
—¡Feliz navidad para usted también! —le deseó Castiel.
La mujer se despidió y se fue del hospital. Castiel quedó con el paquete en la mano sin desenvolver. De pronto, se sintió muy cansado y se quedó dormido.
Tuvo un sueño muy hermoso donde él estaba en el paraíso, en su paraíso personal. Hace tiempo no se sentía tan confortable. El sentimiento de estar en casa fue algo tan acogedor, que quiso disfrutarlo el máximo de tiempo. Recorrió su paraíso, sin salir de él. No quería ver a nadie, menos a los ángeles que le hicieron la vida de cuadritos. Solo disfrutar lo que hasta ahora no consideró tan valioso, ya que todos lo tenían: su paraíso.
Deseó quedarse ahí para siempre, y así pareció quedar, puesto que el tiempo en el Cielo es diferente de la Tierra. No le importaba, estaba cansado de tanto corretear por el mundo humano en círculos eternos, sin llegar a ningún lado. Cuando su único lugar era ahí, en ese pedacito de Cielo donde se sentía a salvo.
Fin capítulo 11
Hola a todos, aquí un capítulo navideño para todos ustedes ¡Feliz Navidad! Aquí mi regalo especial a quienes leen y comentan este fic.
Cas no encontró a Sam, pero este tendrá un papel importante más adelante ¡Felices fiestas y pásenlo súper bien!
