CAPITULO

10

Pan no perdió el tiempo en bajar las escaleras hasta el comedor la mañana siguiente. Después de haber tenido firme evidencia de que el calor de la tarde podía convertir sus habitaciones en una horrenda tortura, abandonó todos los pretextos de sentirse indispuesta.

Yamcha había entrado en el comedor unos momentos antes, y cuando Pan llegó con una sonrisa alegre y un saludo matinal reaccionó como si hubiera ideado una estrategia mucho antes de su aparición.

-Esta mañana, condesa, nos ocuparemos de los valores de la humildad y la renuncia –anunció mientras la seguía por la mesa.

Pan levantó una ceja, intrigada, pues, después de todo, dudaba de su capacidad para tolerar las vacuas disertaciones de él, en especial cuando el tema era uno del cual Yamcha no sabía nada en absoluto. Emitió en su mente un suspiro de resignación tratando de convencerse de que era mucho mejor aburrirse que asarse.

-¿Renunciamiento, en qué sentido?

-Bueno, en la forma de vestirse para comenzar –replicó Yamcha con arrogancia.

Pan se preguntaba qué había encontrado esta vez en su manera de vestir que fuera incorrecto.

-¿Hay algo de malo en lo que llevo puesto? –Preguntó con curiosidad-. ¿No es éste el atuendo adecuado para una boyarda rusa?

-Un tanto llamativo para ser considerado modesto. – expresó su opinión mojigata.-He advertido, condesa, que hay tareas en la cocina a las que puede dedicar sus energías en lugar de perder el tiempo relacionándose con criaturas de moral tan cuestionable como la condesa N°18.

Un tanto sorprendida, Pan se apoyó hacia atrás en la silla y frunció el ceño. Sabía muy bien de dónde había sacado Yamcha esa información. Parecía que no había secretos entre él y la princesa.

-¿Cómo dice, señor? ¿Conoce acaso a la mujer que difama? La condesa N°18 es una mujer de excelentes cualidades.

-¡Seguramente! –estalló Yamcha-. He escuchado algo acerca de esas recepciones que ofrece a ricos boyardos y oficiales de alto rango. Sus razones son obvias. Tres veces viuda. Lo único que quiere es buscar otro marido lo suficientemente rico como para mantener su vida de lujos hasta el día de su muerte.

Pan reconoció la profundidad de la malicia del hombre y la mejor manera de tratar con un hombre de ese tipo era hacer oídos sordos a sus comentarios y pretender que no causaban ningún efecto.

-¿La cocina, decía? Bueno, por supuesto. Pero ¿qué me mandará hacer allí que pueda considerar parte de mis estudios?

Yamcha asumió un aire de arrogancia.

-Aparentemente, condesa, necesita aprender la humildad de un sirviente antes de proclamarse preparada para el matrimonio con un caballero ruso. La princesa me dio carta franca para que la instruyera según mi parecer, y es mi primera orden del día enseñarle acerca del concepto de servidumbre y los trabajos de siervos y campesinos. –Sus ojos pequeños danzaron sobre el costoso atuendo sin perder nada de su dureza-. Estoy seguro de que querrá ponerse algo menos ostentoso para trabajar en la cocina.

Pan se levantó de la silla, sin permitirse ninguna muestra de emoción que Yamcha pudiera considerar como resentimiento o dolor. No le daría el privilegio de verla perturbada, fuera por sus comentarios malignos acerca de un ser querido o por sus órdenes. Si Yamcha pensaba que había ganado algo al ordenarle que trabajara, entonces una vez más había mostrado su absoluta ignorancia.

-Si me disculpa –rogó Pan con gracia-, debo regresar a mis habitaciones para prepararme, como usted ha sugerido.

Yamcha la miró de reojo sin confiar demasiado en su buena predisposición.

-Si piensa encerrarse de nuevo hoy en sus habitaciones, condesa, le pido que lo considere. Estoy seguro de que la princesa Maron no tolerará que esté haraganeando cuando le he asignado tareas específicas.

-¡Señor, ni se me ocurriría algo así! –Pan lanzó una risa divertida por encima de su hombro mientras cruzaba la puerta-, no tiene de qué preocuparse. Sólo estoy haciendo lo que usted me ha aconsejado.

Yamcha se quedó sólo para contemplar la reacción de la muchacha que lo desconcertó sobremanera. Había esperado al menos una discusión. En cambio, Pan casi parecía encantada con su orden.

Al regresar a su habitación para quitarse el costoso vestido y ponerse las ropas de campesina que solía usar cuando se dedicaba a las tareas del hogar, Pan tuvo que enfrentarse con Milk, cuyas sospechas se encendieron al ver que ella volvía a cambiarse. Aunque la condesa le explicó con cuidado que su tarea ahora incluía una etapa en la cocina, tuvo que impedir que la mujer volara escalera abajo en un estado de frenética excitación para enfrentarse con el clérigo.

-¿Qué? ¿Tiene la osadía de darte órdenes como si fueras su esclavo? – Milk estaba pálida-. ¡Maldito sea!

-No haré nada más que lo que acostumbraba hacer en casa –adujo Pan mientras trataba de calmarla que, a pesar de su tamaño diminuto, daba muestras de temperamento y temeridad similares a la de una osa madre cuya cría acababa de ser molestada-. No me pasará nada, te lo aseguro.

-Sí, querida mía, pero en casa eras tú quien decidía las tareas que ibas a hacer y nadie te daba órdenes como si fuera un señor poderoso, que es lo que él se cree.

-¡Milk! ¡Ni a Yamcha ni a la princesa Maron le darás la satisfacción de vernos sucumbir a la disposición perversa de ese hombre!, ¿entiendes? –Como no recibió respuesta, Pan plantó su pie en demanda de una contestación de parte de la brava mujercita-. ¡Milk! ¿Me has entendido?

Con petulancia, Milk cruzó los brazos delgados sobre su pecho plano y frunció los labios sin estar completamente de acuerdo con su ama.

-Él es un bribón miserable, eso es lo que es.

Aunque Pan tenía algunas dificultades para mantener un gesto de reprobación en el rostro cuando la tentación de echarse a reír era tan grande, levantó un dedo admonitorio delante de la nariz de la mujer.

-Quiero que me prometas, Milk, que harás todo lo que puedas para mantener la paz mientras estemos aquí.

Milk observó el dedo amenazador y asumió su mejor rostro de mártir.

-Sí, así será, sólo porque me pides que lo hagas, pero no me resultará fácil, ya lo sabes.

Una risa suave escapó de los labios de Pan mientras apoyaba un brazo consolador alrededor de los hombros estrechos. Imitando el acento irlandés de la mujer, le replicó.

-Lo sé, mi querida Milk, pero es mejor así. No vamos a darle a Yamcha o a la princesa motivo de queja. Tal vez, con un poquito de gentiliza, consigamos vencer su enfado y su resentimiento.

-¡Ja! ¡Sí, claro! Aunque los sacerdotes aseguren que esos milagros suelen suceder.

-Pobre Iresa, se quedará un tanto perturbada. Conmigo en la cocina, hasta podría quemar la comida.

-No causaría mal a nadie si lo hiciera –agregó Milk-. Por la forma en que ese cuervo, ha estado llenando su panza, le haría bien tener que tragarse algunos trozos quemados.

Como predijo Pan, Iresa, la cocinera, quedó paralizada por la sorpresa cuando la joven entró en su territorio vestida, no como una criada, pero tampoco como una dama de la nobleza.

-¡Condesa! –gritó Iresa, boquiabierta-. ¿Qué está haciendo aquí?

-Bueno, he venido para ayudar, Iresa –anunció Pan con alegría-¿Hay algo que pueda hacer?- Me gustaría mucho aprender cómo crear esos maravillosos platos que prepara con tanto talento, así, cuando regrese a mi casa en Nizhni Nóvgorod pueda enseñárselos a mis sirvientes.–Echó a la mujer una mirada de súplica y agregó con dulzura-: ¿Me enseñarás?

-Puedo mostrarle lo que sé, condesa.

-Entonces voy a aprender todo lo que hay que saber sobre cocina – reflexionó Pan con una sonrisa-. ¿Qué me enseñará primero?

-Bueno, esto es lo que estoy haciendo ahora –anunció Iresa mientras se dirigía a la larga mesa de madera donde había estado limpiando y separando zanahorias, cebollas, trufas y champiñones-. Cuando termine de picar esto, haré pirozhki. Al señor le gustan mucho esos pequeños pastelillos rellenos.

-¿Espera que el príncipe N°17 regrese hoy?

-Oh, por lo general nunca se marcha más de un día o dos, como mucho. Conociéndolo, me imagino que volverá hoy o mañana por la mañana. –Iresa suspiró profundamente-, Si no fuera por el príncipe, no habría necesidad de que yo cocinara. La señora no come más que un gorrión cuando el señor está aquí, y casi nada en su ausencia. Es una pena ver cómo se tira toda esta comida.

-Debe de haber suficientes sirvientes en la casa para ocuparse de lo que no se ha comido. – Pan hizo la conjetura mientras observaba varias ollas hirviendo y un enorme recipiente donde la masa esperaba para ser estirada.

La cabeza de Iresa se movió con tristeza en una respuesta negativa.

-La señora no permite que los sirvientes coman lo que se ha preparado para ella y para los que se sientan a su mesa. Se estropearía su gusto por las comidas simples, dice. Hay tantos otros que podrían beneficiarse, sí solo...

Los ojos de Pan se detuvieron en el rostro entristecido de la mujer que hizo una pausa prolongada seguida por un largo gemido. Consciente de la mirada inquisidora de Pan, Iresa pasó una mano por su mejilla donde una lágrima se abría paso. Afirmando su mandíbula cuadrada, la cocinera apartó la gota con orgullosa determinación.

Pan sintió que su corazón se partía por la tristeza de que toda esa comida de primera calidad se tirara. Para compartir por un momento de pesar la mujer, Pan apoyó la mano sobre su brazo.

-Es mi sobrina Pares, condesa. Su marido murió el invierno pasado. Ella no está bien de salud, y tiene una hija de tres años a su cargo. No puede trabajar para mantenerla y están arruinándose las dos. Y aquí estoy yo, enesta casa lujosa, preparando comidas deliciosas y en abundancia, pero sin poder sacar nada para llevarle a ella o al menos salir de la casa para ayudarla.

-¡Bueno! –Pan colocó sus manos en la cintura mientras decidía la línea de actuación que seguiría. Si ése era el estado de cosas en la mansión, ¡ella no podía sentarse cruzada de brazos sin hacer nada!-. Tengo una empleada que puede ir a comprar comida y todo lo que sea necesario, y un cochero que puede llevarlas hasta la casa de su sobrina. Aunque a mí no se me permita salir sin permiso especial –Pan encogió un poco los hombros mientras observaba a la sorprendida Iresa-, no se preocuparán demasiado por la ausencia de ella.

-¿Quiere usted decir que no puede abandonar la casa sin que mi señora se lo permita? –le preguntó la cocinera sin salir de su asombro.

-Es sólo por mi protección –le aseguró Pan con una sonrisa y una palmada en el hombro.

-¡Hmmm!

Iresa sacó sus propias conclusiones mientras echaba una mirada a la puerta de la cocina con la intención de capturar en ella a la mujer que estaba más allá.

...
El atardecer había teñido el cielo de penumbras antes de que Pan divisara por fin el coche que bajaba por el camino. Iresa estaba ocupada terminando la cena y se sentía frustrada por no poder abandonar sus obligaciones cuando la condesa corrió a la cocina a anunciarle que Milk y Roshi, su chofer, habían regresado. Sin hacer una pausa, Pan atravesó el comedor y se dirigía hacia el vestíbulo cuando Maron apareció por la puerta principal con un gesto severo en el rostro.

-¡Debió haber desalentado a ese hombre para que no viniera aquí la primera vez que lo vio! –la reprendió la princesa, enfadada porque la habían vuelto a molestar para responder a aquel arrogante inglés. Por lo visto, el hombre carecía del juicio necesario para saber cuándo era bienvenido, o era demasiado testarudo para aceptar ese hecho-. El coronel Brief, tenía la intención de verla de nuevo y tuvo la audacia de decirme que regresaría mañana, ¡como si otra visita fuera a resultarle de algún provecho!

Los ojos de Pan volaron a la puerta al recordar que el coronel Brief, había dicho que volvería ese día. Había estado tan ansiosa con el tema de la situación de la sobrina de Iresa que lo había olvidado.

-¿El coronel Brief está aquí?

-¡Ha estado hace un momento! Pero ya se ha ido –le informó Maron de un modo cáustico. Repitió el mismo gesto con la mano que había usado para echar al inglés de su puerta-. Le dije que usted no quería ser molestada, y menos por él, ¡nunca jamás! Le di algunas monedas como recompensa para que se las llevara a su soldado cuando trató de utilizar de nuevo eso como pretexto para regresar, aunque tengo serias dudas de que se las dé a otro. Un simple truco para ganárselas, si quiere saber mi opinión.

Pan trató de frenar su irritación, pues la indignaba el hecho de que la mujer se hubiera asignado la tarea de deshacerse de uno de sus visitantes sin siquiera informarle de su presencia. Aunque el coronel Brief era un inglés dispuesto a cortejarla, habría preferido encargarse personalmente de él.

-¿Dice que el coronel Brief regresará mañana?

-Si se atreve a ignorar lo que he dicho, tal vez, pero no le servirá de nada –declaró Maron enfáticamente-. ¡No le permitiré que la vea!

-No veo nada malo en mostrar al hombre la cortesía de rigor –replicó con frialdad Pan, ignorando el hecho de que ella podría haber sido mucho menos amigable con él. No había olvidado su intromisión en el baño, pero se reservaba el derecho de castigarlo ella misma por sus ofensas. Estaba decidida a mostrar una disposición diferente frente a los demás-. Después de todo, el hombre me rescató y se arriesgó mucho al llevar a cabo esa tarea.

-Eso no le da derecho a ser aceptado en esta casa, como si fuera un boyardo nacido en Rusia –fue la respuesta de la princesa-. Usted se acomodará a mis deseos, condesa, o deseará haberlo hecho.

-Y así será –le aseguró Pan con una breve sonrisa forzada.

Con aire de dignidad y altivez, Maron informó a la muchacha que estaba a su cargo:

-Espero que se me devuelva el dinero que entregué al hombre de parte suya... lo que me recuerda otro asunto de gran importancia. Tiene usted suficiente dinero como para pagar su estancia aquí, así como la de los sirvientes que trajo con usted. Pienso que es justo que lo haga. Por eso, agregaré su deuda a las rentas que considero que me debe y le entregaré una nota con sus obligaciones semanales. Se espera que abone esas cantidades al comienzo de cada semana.

-Si así lo desea –replicó Pan, preguntándose si la decisión de cobrarle una renta surgía de su ambición o de creciente resentimiento por su presencia en la casa.

-Me alegra que sea tan comprensiva, condesa.

Sin más comentarios, Pan pidió que la excusara.

-Si me permite, princesa, me retiraré a cambiarme para la cena.

Maron inclinó la cabeza con rigidez y otorgó su permiso. Observó cómo la joven cruzaba el vestíbulo, cuando Pan pasó las escaleras y continuó hacia la parte trasera de la casa, se apresuró a seguir sus pasos.

-¿Adónde va? –le preguntó en enfado y declaró lo obvio-: Sus habitaciones están en el piso superior.

Pan no disminuyó el ritmo de sus pasos, pero lanzó una respuesta por encima del hombro mientras llegaba a la puerta.

-Voy a buscar a Milk para que me ayude a vestirme. Está fuera, en el establo.

Maron echó una mirada preocupada hacia la puerta principal mientras Pan salía por la de atrás. No tenía forma de contar con precisión el tiempo que había pasado desde que había mandado al coronel por donde había venido, pero no iba a asumir ningún riesgo de que todavía pudiera estar fuera.

Con los labios endurecidos en una mueca, Maron corrió a la puerta principal y la abrió de golpe, dispuesta a castigar al hombre por su demora. Al no encontrar a nadie en quien descargar su ira, se paseó por la galería y miró a un lado y otro de la calle. El caballo no estaba atado en el poste y el camino parecía desierto, salvo por un carruaje que pasaba delante de la casa. Con un suspiro de alivio, Maron cerró la puerta, segura de que el inglés se había ido como ella se lo había ordenado.

Después de dejar la casa, Pan corrió por el sendero angosto que conducía a los establos. Mientras rodeaba un seto, vio la imagen familiar del semental negro atado cerca de la puerta de atrás. Se detuvo de repente en los escalones de piedra, al tiempo que sus ojos buscaban enloquecidos al indomable coronel. Estaba de pie cerca del coche con un casco de cuero debajo de un brazo, mientras su otra mano descansaba sobre la empuñadura de la espada que colgaba a uno de los lados de la cadera. Parecía conversar muy amigablemente con Milk, cuyas risas se mezclaban con miradas socarronas y animados gestos de sus manos pálidas. Pan ya había notado antes la altura de ese hombre, pero ahora, de pie al lado de Milk, podría ver que sobrepasaba a la diminuta mujer en casi dos cabezas.

En esta ocasión estaba vestido con un atuendo de faena. Todavía se veían los moretones oscuros alrededor del ojo y la mejilla, pero las enormes protuberancias que desfiguraban su ceja y labio habían disminuido de tamaño dándole una apariencia más humana. Su cabello acababa de ser cortado cerca de la nuca y estaba suavemente peinado, permitiendo que algunos mechones lilas se deslizaran por su rostro.

Milk miró a su alrededor y descubrió a Pan a poca distancia.

-¡Mi niña! ¡Aquí está el hombre que la salvó de los bandidos en el viaje!