Capítulo 10

ISABELLA Edward, Eme y Esme estaban sen tados en torno a una mesa ovalada en un pe queño vestíbulo que comunicaba con la sala del dono. A pesar de la importancia de la reunión, Isabella no conseguía concentrarse. Estaba de masiado ocupada admirando la habitación.

No era grande, de unos cinco metros cuadra dos quizá. Tenía ventanas altas y anchas en una pared con vistas a un jardín hermoso con flores exóticas y plantas de todo el mundo. Había una buganvilla que parecía tener muchísimos años. Se preguntó de dónde procedería. ¿Qué prínci pe de los ladrones habría ordenado llevarla a la ciudad?, ¿Lo habría pedido alguna princesa para tener algo bonito a lo que mirar mientras espe raba a que su marido terminara la jornada?

La pared estaba decorada con varios tapices fantásticos, aunque era un delito que el sol ca yera directamente sobre uno en el que aparecía la reina Victoria de picnic. Había zonas descoloridas. Tenían que proteger el tapiz cuanto an tes si no querían que terminara de arruinarse.

— ¿Isabella—la llamó Edward con impa ciencia, como si hiciera tiempo que intentara captar su atención.

—¿Qué? Perdón —Isabella se centró en la reunión.

—Edward y yo hemos crecido en este palacio y estamos acostumbrados a su esplendor —dijo Esme dedicándole una sonrisa indulgente—. Pero es normal que la primera vez te distraigas.

—No es solo eso —contestó Isabella Hay muchos tesoros en peligro. Esos tapices no de berían estar expuestos a la luz del sol. Se están estropeando.

—Ya te ocuparás de eso en otro momento — Edward le recriminó con la mirada—. Ahora te nemos que planear la visita.

Isabella se limitó a asentir con la cabeza. Edward no paraba de rezongar desde que había accedido a recibir al rey CarlisleLo cual no era de extrañar. Era lógico que estuviese nervioso y que a veces hasta se arrepintiera de haber dado luz verde a la invitación. Encontrarse con su padre después de tanto tiempo tenía que ser muy difícil.

—¿Cuántas personas asistirán a la fiesta? — preguntó tras alcanzar su libreta—. ¿Y cuántas van a venir en total?, ¿Habrá espacio suficiente en los establos para todos los animales?

—Te aseguro que el rey de El Bahar no ven drá en camello —contestó Edward.

—Ni que tuviera que saberlo por ciencia in fusa —Isabella pensó en sacarle la lengua, pero se contuvo—. El palacio está en pleno desierto. Que yo sepa, no hay grandes carreteras. Y con una caravana se corre el riesgo de llamar la atención y desvelar la ubicación de la ciudad.

Edward se acercó a ella. Estaba sentada entre Eme y él, con Esmede frente. Aunque se sentía a gusto con la madre de Edward, Eme seguía dándole mala espina.

—Entiendo lo que dices de la caravana — dijo Edward—. Pero el rey no vendrá en came llo ni en caballo.

—De acuerdo. ¿Cómo vendrá entonces?

—En helicóptero —contestó Esmetras mirar su cuaderno.

—Vendrá con el piloto y un agente de segu ridad —añadió Eme tras consultar una agenda electrónica—. Seremos responsables de su se guridad una vez estén en la ciudad.

— ¿Solo tres personas? —preguntó Isabella Mi padre siempre viaja con un mínimo de diez acompañantes. Hasta en vacaciones hay gente del servicio. ¿Viene tan solo porque considera esta visita como una toma de contacto para ir conociéndote? —añadió mirando hacia Edward.

—Justo —se adelantó Esme No quiere que haya gente alrededor que lo moleste. Estu vimos hablándolo y nos pareció que sería lo mejor.

—¿Has hablado con él? —le preguntó Edward, como si le hubiese filtrado algún informe secreto a un enemigo mortal.

—Sí, he hablado con él —respondió su ma dre sin perder la calma—. Varias veces. ¿Cómo crees que surgió la idea de la visita?

Edward no respondió. Isabellaintentó encon trar algo que decir para aliviar la tensión del momento.

—La seguridad del rey no será problema — intervino Eme, como si no hubiese notado la tensión entre madre e hijo—. Tengo entendido que Isabellase está encargando de organizar la visita guiada por la ciudad, así que me coordi naré con ella. Supongo que sería buena idea aprovechar para enseñarle el aeródromo militar.

— ¿Dónde está? —preguntó Isabella— ¿Está lejos de la ciudad?

—Me temo que no puedo informarla de la situación exacta, señorita.

—Claro, como soy un riesgo tan grande para la seguridad de la ciudad... —Isabellamiró a Edward—. Deja que adivine: si me lo dice, ten dríais que matarme para que no revelara el se creto.

—Exacto. Y no me apetece nada —contestó Edward.

—A mí tampoco me entusiasma —dijo IsabellaBueno, ¿cuánto tiempo tardaréis en enseñarle el aeródromo?

—Digamos una tarde —contestó Eme tras consultar su agenda—. El departamento de se guridad en cualquier momento. ¿Cuándo te vie ne bien, Isabella

Esta notó que Edward estaba incómodo. De pronto tuvo una corazonada.

—Está aquí, ¿verdad?, ¿El departamento de seguridad está en el castillo?

—Claro —Eme se encogió de hombros—. ¿Dónde si no?

—Y tendrá corriente eléctrica y ordenado res, faxes, teléfonos, Internet —comentó Isabella mirando a Edward.

—Te lo iba a decir —se defendió este.

—¿Cuándo?, ¿Dos semanas después de libe rarme?

—No. Al principio no quería que lo supie ses. Luego se me olvidó —reconoció él—. Eres mi esclava. No tienes derecho a criticarme. Soy el príncipe de los ladrones y aquí se hace lo que yo diga.

— ¡Qué rastrero! —protestó Isabella Me tratas como a una esclava sexual y me metes en una habitación sin agua corriente cuando...

De pronto, se dio cuenta de que los tres la estaban mirando. Repasó mentalmente sus pa labras y se puso roja al llegar a la parte de «es clava sexual»

Había hecho todo lo posible por olvidar lo que había pasado entre Edward y ella tres días atrás. Y creía que no le había ido mal del todo. Salvo por algún sueño en el que él la tocaba y un par de momentos de distracción mientras hacía inventario de los tesoros, había consegui do sacárselo de la cabeza. Bueno, quizá no cuando cenaban juntos o cuando se bañaba. Es tar desnuda la recordaba inevitablemente la sensación de estar entre los brazos de Edward. Pero, en general, era como si aquel episodio no hubiese tenido lugar.

—Entiendo —Esme miró a su hijo—. ¿Hay algo que quieras contarme?

—No —Edward no parecía incómodo en abso luto cuando se giró hacia IsabellaTenía inten ción de hablarte de la parte moderna del castillo. Pero con todos los líos de estos últimos días se me pasó. ¿Quieres trasladarte a otra habitación?

Isabella pensó en lo bonito que era su dormitorio, en los libros antiguos de la biblioteca, la enorme cama en la que... Se aclaró la garganta.

—No, me gusta la mía. Pero sí agradecería poder usar un cuarto de baño en condiciones.

—Por supuesto. Le diré a Adiva que te indi que cuál es el más cercano —dijo y dio el tema por zanjado—. Volviendo a la visita del rey...

—¿Cuánto tiempo se va a quedar? —lo ayu dó Bella Miró hacia Eme y Esmedado que parecían ser ellos quienes estaban al corriente de los detalles.

—No estoy segura —murmuró Esme Fue su turno de ponerse colorada— Algunas noches. No creo que haga falta celebrar una cena ofi cial. Valdría con una entre unos pocos amigos.

A Edward no pareció agradarle la propuesta. Isabella adivinaba lo que estaba pasando. ¿De qué hablarían?, ¿d Isabella pensó en lo bonito que era su dormi-lorio, en los libros antiguos de la biblioteca, la enorme cama en la que... Se aclaró la garganta.

—No, me gusta la mía. Pero sí agradecería poder usar un cuarto de baño en condiciones.

—Por supuesto. Le diré a Adiva que te indi que cuál es el más cercano —dijo y dio el tema por zanjado—. Volviendo a la visita del rey...

—¿Cuánto tiempo se va a quedar? —lo ayu dó Bella Miró hacia Eme y Esme dado que parecían ser ellos quienes estaban al corriente de los detalles.

—No estoy segura —murmuró EsmeFue su turno de ponerse colorada—. Algunas noches. No creo que haga falta celebrar una cena ofi cial. Valdría con una entre unos pocos amigos.

A Edward no pareció agradarle la propuesta. Isabella adivinaba lo que estaba pasando. ¿De qué hablarían?, ¿De los motivos por los que ha bía abandonado a su familia?, ¿De por qué no había reconocido nunca a su hijo bastardo? Suspiró. Aunque el tiempo que había pasado en Bahania no le había dado para desenvolverse a menudo en los círculos de la realeza, ella había coincidido con el rey Carlisle en varias ocasio nes. Siempre le había parecido una persona de cente. Severa, pero no cruel. ¿Por qué habría tratado a Esmey a Edward tan mal?

¿Qué os parece si organizamos una cena íntima la primera noche? —dijo Isabella Solo tú, el rey y Edward —añadió dirigiéndose a Esme

—Por mí, bien —contestó esta—. Si quieres venir, estás invitado, Eme. Y tú también, por supuesto.

Isabella no estaba segura de si quería partici par en aquella tensa cena, pero tenía la sensa ción de que debía estar presente, aunque solo fuera para apoyar a Edward.

—En cuanto al menú —continuó Isabella barajaré unas cuantas opciones con el cocinero y decidiré uno, a la espera de que lo aprobéis des pués. Yo había pensado en poner música de fon do, más que organizar una actuación en directo.

Siguieron compartiendo ideas. Al menos en tre Esme Eme y Bella Edward había desco nectado. Isabella deseó poder hacerle más fácil aquel trago. Deseaba muchas cosas. Por ejem plo, entender qué más le daba a ella si Edward estaba nervioso ante la visita de su padre; en tender por qué no estaba ansiosa por escapar de la Ciudad de los Ladrones. Aunque examinar los tesoros era fascinante, no debía olvidar que estaba a merced de un hombre que la había he cho su esclava. Aunque no la tratase mal. Era evidente que no tenía pensado abusar de ella.

Entonces ¿qué pintaba allí exactamente? ¿Qué planes tenía Edward para ella?

Esme hizo una pregunta, lo cual la obligó a concentrarse de nuevo en la conversación. Un cuarto de hora después, dieron por terminada la reunión y se levantaron.

—Creo que, en lo fundamental, ya está todo organizado -dijo animosa Esme aunque pareces más preocupada que alegre — Edward, parece bien?

Este se tomó su tiempo en responder. No le parecía bien en absoluto la visita, pero tampoco quería disgustar a su madre.

— Sí, está todo bien —contestó por fin.

Luego anduvo hasta la puerta y la sujetó Esme pasó primero. Eme vaciló. Edward le susu rró algo que Isabellano pudo oír. El estadouni dense asintió con la cabeza y salió al pasillo, dejando a Edward a solas con ella.

—¿Estás bien? —le preguntó.

En vez de responder, Edward se dirigió a la ventana y miró el jardín. Ese día iba vestido con un traje occidental, gris oscuro, con una ca misa blanca y corbata roja. No estaba acostum brada a verlo como un hombre de negocios.

-Es una réplica de un jardín francés -le dijo Edward tras instarla a que se uniera a él frente a la ventana -. Del siglo dieciocho.

—¿Principios o finales? —preguntó Isabellamientras miraba los matorrales podados.

—Finales. Supone un gasto de agua descomunal, pero me gusta verlo fresco y cuidado.

—Lo que me extraña es que soporte tanto calor.

—No lo soportaría, pero en verano les pido a los jardineros que pongan toldos encima para hacer sombra —dijo Edward—. Reconozco que es un capricho. Al otro lado había un laberinto. A los niños les encantaba,

—¿Qué pasó?

—Durante la Segunda Guerra Mundial ha bía asuntos más importantes que el laberinto — Edward se encogió de hombros—. Al final se construyó un parque.

—Este sitio es tan diferente a todos los que conozco —comentó Isabella maravillada toda vía por la existencia de aquella ciudad mágica.

—Confío en que te sientas a gusto.

—Lo estoy —Isabella sonrió—. Pero sigo pensando que deberías devolver algunas piezas.

Edward dejó correr la cuestión y apoyó una mano sobre el hombro izquierdo de Bella Esta agradeció el contacto. Deseó incluso que la besara. Aunque la ponía nerviosa volver a compartir un momento tan íntimo, por un par de besos no pasaría nada.

—Debería haberte hablado del resto del pa lacio —dijo él—. Si quieres, puedes cambiar de habitación.

—No, ya te he dicho que estoy a gusto — re pitió Isabella Además, no tiene lógica que tus esclavas elijan dormitorio.

Edward deslizó la mano por su brazo. Isabella sintió un pequeño cosquilleo.

—¿Eres mi esclava? —le preguntó él des pués de acariciarle una muñeca.

—Llevo brazaletes —contestó Isabella

—Eso ya lo sé. ¿Pero estás dispuesta a servir me?, ¿Harías cualquier cosa por complacerme?

Fue como si le pasaran una pluma por la co lumna vertebral. Los pelos de la nuca se le eri zaron y la carne se le puso de gallina.

—¿Me estás preguntando si sería capaz de morir por ti?

—Nada tan dramático —Edward siguió aca riciándole la muñeca—. Solo me preguntaba hasta dónde estarías dispuesta a llegar para cumplir tus deberes de esclava. Si es que eres mi esclava.

—¿Si es que lo soy?, ¿Podría marcharme si quisiera?

—¿Quieres? —contestó él mirándola a los ojos.

Era una pregunta lógica. No debería haberla sorprendido. Pero lo estaba. ¿Marcharse?, ¿Dejar a Edward?, ¿Dejar la Ciudad de los Ladrones? Isabella desvió la mirada hacia el jardín. Recordó su viaje por el desierto, sus primeras impresiones al llegar a la ciudad, la indiferencia de su padre al hablar por teléfono.

—¿Isabella

—No sé si quiero irme —susurró ella des pués de cerrar los ojos.

—Entonces no lo decidas ahora —le sugirió Edward—. Puedes quedarte en la Ciudad de los Ladrones tanto tiempo como desees. Si alguna vez te aburres de nosotros, siempre puedes ir con el anciano y sus tres mujeres.

—Bonita perspectiva —murmuró Bella Pero no quería pensar al respecto. Había otra cosa que le interesaba más averiguar—. ¿Por qué me retienes, Edward?

—Provengo de una familia acostumbrada a coleccionar cosas bonitas. Puede que tú seas mi mayor tesoro.

Sintió que le fallaban las rodillas. Lo dijera en serio o no, se sintió halagada por sus pala bras. ¿De veras la consideraba un tesoro? Nun ca la habían apreciado. Hasta entonces siempre se había sentido un estorbo para los demás.

—¿Por qué no querías que supiera que había habitaciones modernas? —preguntó Isabella

— Se dice que eres mimada y caprichosa. Pero me equivoqué al prejuzgarte.

— Deberías indemnizarme —contestó ella.

—¿Y qué te gustaría recibir como indemnización?

Isabellale leyó el pensamiento. Edward creía que elegiría alguna joya de los tesoros. Unos pendiente o algún collar quizá. Se sintió decepcionada. Justo cuando pensaba que la compren día, se dio cuenta de que no era así.

—Yo no soy esa —insistió frustrada—. No soy la mocosa mimada que dicen los periódi cos. ¿Es que no puedes verlo?

—¿De qué estás hablando? —Edward cruzó los brazos sobre el pecho.

—De ti. Hace un segundo estabas pensando que pediría uno de tus tesoros. ¿No has enten dido que todo el oro del mundo no puede com prar lo que quiero?

—¿Qué quieres, Isabella

Ella volvió a mirar hacia el jardín. Pestañeó para que no se le saltaran las lágrimas. ¿Para qué explicárselo? Edward nunca la comprende ría y ella no quería mostrarse tan vulnerable. A él siempre lo habían querido. Aunque hubiera vivido dividido entre dos mundos, siempre ha bía contado con el apoyo de su abuelo y de su madre. Isabella no había tenido a nadie. Lo único que quería era que la amaran por ser tal y como era. Que la aceptaran y la recibieran con cariño.

—Pajarillo, te equivocas conmigo —Edward le acarició una mejilla—. Tal vez no sepa qué es lo que más quieres, pero se me ocurre una forma de indemnizarte que te gustará.

—Lo dudo.

¡Qué poca fe! —Edward sonrió—. Si tu deber es complacerme, el mío es protegerte y cuidar de ti.

—No sabes nada de mí —respondió a la de fensiva Isabella

—Te equivocas y mañana por la mañana te lo demostraré.

Maldito fuera. Esa vez había acertado, pensó mientras cabalgaba por el desierto a lomos de un caballo.

—Siento como si hiciera semanas que no sa lía de la ciudad —le dijo a Edward tras dejar atrás los muros—. Qué maravilla.

Él no respondió con palabras. Se limitó a acelerar el ritmo del caballo hasta acabar galo pando a toda velocidad por la arena del desierto. El aire seguía fresco, pero no tardaría en calen tarse. Era primavera, de modo que el calor sofocante estaba a la vuelta de la esquina. Isabella no quería pensar al respecto. Solo quería disfrutar del viento contra su cara mientras cabalgaba. Edward se había presentado en su habitación poco después de las cinco y media de la mañana. Le había llevado ropa adecuada para el desierto, ella se había vestido y habían partido de inmediato.

Media hora después, redujeron la marcha a un trote pausado. Isabella contempló la vaste dad del paisaje.

— Sabes volver, ¿verdad? — bromeó ella.

—He estado por aquí un par de veces. Me las apañaré.

—¿De verdad pasabas varios meses al año cu el desierto? —preguntó Sabrina

—Hasta que me mandaron al colegio —Edward asintió con la cabeza—. Solo iba a la ciu dad a visitar a mi madre y a mi abuelo.

— Una vida dura, me imagino.

—El desierto no es amigo de los débiles ni los tontos. Pero cuida a los que conocen sus se cretos. Yo los aprendí. Me enseñó mi abuelo. Cuando tenía ocho años ya sabía orientarme para ir de El Bahar a Bahania —Edward apuntó hacia el norte—. Allí hay un campo petrolífero.

Isabellaaguzó la vista y vio unas construc ciones metálicas y unos edificios bajos.

—Hay muchos más campos como ese en tierra —prosiguió él—. Nos aprovechamos los frutos del desierto, pero tenemos cuidado no poner en peligro su ecosistema.

Isabella estuvo a punto de indicarle que no era su tierra. Que pertenecía a los dos países vecinos. Pero, aunque el territorio de Edward llegara únicamente hasta los muros de su ciu dad, en realidad se extendía a lo largo de miles de kilómetros. Ni el rey Carlisle ni su padre se manejaban en el desierto, de modo que podía afirmarse que el auténtico soberano era Edward.

—Quizá deberías pensar en cambiar de títu lo —comentó IsabellaYa no eres el príncipe de los ladrones.

—Puede —Edward sonrió—. Pero no tengo intención de cambiar de título.

Parecía especialmente peligroso a caballo. Le había visto meterse una pistola antes de salir y estaba segura de que no sería la única arma que llevaba encima. Si alguien los atacaba, Edward estaría preparado. No como ella, que había cometido la estupidez de salir sola. Tenía suerte de seguir con vida.

—¿En qué piensas? —le preguntó él.

—En que debería haberme quedado en el pa lacio, en vez de salir a buscar la Ciudad de los Ladrones. No fue una decisión muy inteligente.

Pero si no te hubiera sorprendido la tormenta de arena, no podría haberte secuestrado.

Ella quiso responder que tampoco le habría resultado tan traumático no ser su esclava, pero palabras se le atragantaron antes de salir de boca.

Sí, en fin, el caso es que aquí estoy — Isabella se ahuecó el pañuelo que cubría su cabeza para refrescarse un poco—. ¿Dónde está situado el aeródromo?

Edward la miró como diciéndole que se había dado cuenta del súbito cambio de conversación, pero acabó respondiendo a su pregunta.

—La base principal estará en Bahania, pero habrá pistas por todo el desierto. Creo que tu hermano, el príncipe Jefri, está al comente de todo lo relacionado con el plan conjunto de nuestras fuerzas aéreas.

— Puede —Isabellase encogió de hom bros—. No me habían dicho nada, pero tampo co me sorprende. Como mujer, se supone que no tengo suficiente inteligencia para seguir una conversación.

— Es evidente que no han pasado mucho tiempo contigo.

— Se nota, ¿verdad? —Isabella sonrió. Sus caballos estaban casi pegados. Le gustaba sen tirse cerca de Edward. Era distinto a todos los demás hombres que había conocido. Miró el desierto y se imaginó el ruido de un avión cor tando el silencio—. ¿Habrá pilotos destinados en la Ciudad de los Ladrones?

—No creo. Se distribuirán por distintas ba ses militares en toda la zona.

— Y Eme se encargará de coordinarlo.

—Sí.

—Porque confías en él.

—Me ha dado motivos.

—No me lo imagino como un jeque —co mentó Isabella Más bien...

Edward la agarró por el pelo sin avisar.

—No te confundas —le dijo—. Puede que esté dispuesto a concederte cierta libertad, pero sigues siendo mía. He advertido a todos los hombres de la ciudad, incluido Eme.

—¿Se puede saber qué te pasa? Solo era una pregunta —replicó Isabella sin arredrarse.

Supuso que debía asustarse, pero no tenía miedo de Edward. Por muy príncipe y muy po deroso que fuera.

Una pregunta sobre otro hombre —con testó él tras soltarle el pelo.

—Estábamos hablando de las fuerzas aéreas. Eme está a cargo de la seguridad. No me pare ce que preguntar si se está encargando de coor dinar las bases militares sea tan raro.

Entiendo —Edward apartó su caballo un cuerpo del de Isabella Es estadounidense. Muchas mujeres lo encuentran atractivo — añadió con voz tensa.

No debes preocuparte por eso. Edward, llevo toda mi vida esquivando -hombres. ¿Por qué iba complicarme ahora?

No sé —Edward se encogió de hombros—. Hablemos de otra cosa.

Como usted desee, Alteza. Le habría gustado seguir con el tema, averi guar qué creía que podía hacer con el jefe de seguridad. De pronto se dio cuenta de que le gustaba que Edward estuviese algo celoso. Nunca le había dicho qué había sentido él al besarla y tocarla. No quería ser la única afectada por aquellos encuentros. Y daba la impresión de que no lo era.

Se acercó a la habitación de Isabella con cierta inquietud. Por lo general no se ponía ner vioso. No desde los desastrosos años en el internado de Estados Unidos. Allí había aprendi do a adaptarse a cualquier situación. Pero esa noche estaba tenso. Quizá porque iba a cenar con su prometida. Hablaría con ella, la miraría y quizá la tocaría; pero no la poseería.

Aunque al principio no lo había creído posible, empezaba a pensar que le gustaría tenerla como esposa. Había tenido la esperanza de llegar a crear algo en común con ella, algo de lo que hablar. Pero nunca había imaginado que acabaría obsesionándose con Isabella de ese modo. Su imagen lo perseguía mientras dormía como si fuese un adolescente soñando con su actriz favorita.

Era el príncipe de los ladrones. La tradición establecía que cualquier mujer debía sentirse honrada por compartir su cama. Al igual que su abuelo, había tenido cuidado de no abusar de tal privilegio, escogiendo únicamente a mujeres con experiencia y dispuestas a acostarse con él. Una joven viuda de un matrimonio desgracia do, una informática occidental... Ninguna ca sada, ninguna virgen. El príncipe de los ladro nes no desfloraba vírgenes.

Eso lo dejaba frustrado, incapaz de satisfa cer su deseo. Era una situación de lo más incó moda. Una situación que quería cambiar cuanto antes. Pero no podía. No sin tener que afrontar las consecuencias.

¿Quería casarse con ella?, ¿Su deseo se de bía al desafío de domar a una mujer bonita o había algo más? El amor era un sentimiento propio de mujeres. No tenía cabida en los hombres, salvo el que un padre pudiera sentir por su hijos.

Edward se detuvo en medio del pasillo y frunció el ceño. ¿Hijos?, ¿Había pensado en tener hijos en general, aunque no fueran varones? ¿ Querría a sus hijas si tenía alguna?

De pronto se imaginó a una chiquilla cobriza cabalgando por el desierto. La oyó reírse y se sintió orgulloso de la seguridad con que se movía sobre el caballo. Sí, pensó sorprendido. Tenía capacidad para amar a una hija. Quizá tanto como a un hijo. Cinco años atrás jamás le habría parecido posible algo así. ¿Qué había cambiado?

Por miedo a que la respuesta no le gustara, emprendió la marcha y entró en la habitación de Isabella sin molestarse en llamar. La encon tró acurrucada en una silla situada frente a la chimenea, comparando un brazalete de oro y rubíes con las fotos de un libro.

—Sabía que no resistirías la tentación —dijo a modo de saludo—. Como ves, es muy fácil decir que les devuelva los tesoros a sus dueños cuando no te pertenecen. Pero en cuanto tienes los tesoros en la mano, la cosa cambia.

—Buen intento, Edward, pero estás equivoca do —contestó Isabellasonriente—. Solo intento ubicar a qué época pertenece este brazalete.

Creo que el artista era de El Bahar o de Bahania y que, en algún momento, se trasladó a Italia. A finales del siglo xv quizá. ¿Qué tal el día? —le preguntó después de dejar el libro y el brazalete sobre la mesa que había junto a la silla.

Se levantó y se acercó a él contoneando las caderas con elegancia. Edward tuvo que conte ner el impulso de poseerla allí mismo. De ser su primer amante..., el único. El deseo de tocar la y saborearla, de hacerla una mujer y descu brir todas las posibilidades que podían explorar juntos.

Pero no era el momento. Edward se obligó a sofocar el fuego que corría por sus venas y le entregó las alforjas que llevaba colgadas de un hombro.

—Han encontrado tu camello y tu caballo vagando por el desierto. Creo que esto es tuyo.

— ¡Los mapas y los diarios! —exclamó en tusiasmada—. Aunque ya no los necesito para encontrar la ciudad, claro. Gracias por traerme. Y me alegra saber que mis animales están bien. Estaba preocupada por ellos.

—Los encontró una tribu de nómadas nada más terminar la tormenta. Venían hacia la ciu dad y me los han devuelto nada más llegar — dijo mientras Isabella vaciaba las alforjas. Lue go se sirvió un vaso de agua del carrito con refrescos que Adiva llevaba a la habitación de Isabella todos los días—. Los diarios de viaje son muy precisos, pero los mapas no te habrían conducido a ninguna parte.

—¿Has mirado mis cosas? —preguntó Isabellatras hojear las páginas de un diario—. ¿No se suponía que era una mujer libre?

—Te pregunté si querías irte y elegiste quedarte en la Ciudad de los Ladrones —Edward se acercó y la miró a los ojos — Eres mía otra vez. Para hacer lo que yo quiera.

—Te olvidas de mi prometido —le recordó ella—. Podría estar dispuesto a pelear por mí.

—Seguro que desenvainaría la espada por tí... si te conociera —contestó Edward—. Pero solo Bella de ti lo que haya leído en los perió dicos y lo que tu padre le haya contado. Creo que no corro peligro.

—Yo que tú no me arriesgaría por si acaso —replicó ella, aunque los dos sabían que no existía el menor riesgo.

—¿Tan terrible es ser mi esclava?

—No, pero algún día tendré que volver a Bahania. Todavía no estoy preparada para ha cer frente a mi destino, pero acabará sucedien do —Isabella suspiró—. No podrás retenerme toda la vida, Edward.

—Lo sé.

Se preguntó qué diría ella si supiese la verdad. Si supiese que sí podía retenerla si así lo de seaba. ¿Qué pensaría de él?, ¿Y qué más le daba?. Solo era una mujer. Su prometida, si llegaba a aceptarla.

Intentó convencerse de que la única razón por la que le interesaba su opinión era por lo mucho que la deseaba, pero una vocecilla inte rior le susurró que la cosa podía ser más grave Que quizá sí le importaban las opiniones, las necesidades y la felicidad de Isabella

Era una sensación inesperada. Una sensación que no le gustaba en absoluto.