Capítulo X — "evil shouldn't be white"
—Me siento mal —dijo Henry, tomándose el estómago; la Autora lo miró de costado, con curiosidad.
—¿Mal? ¿En qué sentido? —Llevó una mano a la frente del muchacho y, si bien ella era el Destino, no un termómetro con consciencia, hubiera jurado que su temperatura era normal.
—Como si quisiera golpear a Robin Hood —contestó, frunciendo el ceño, y agarrándose con más fuerza el estómago. La Autora soltó una carcajada—. No te rías, yo jamás quiero golpear a nadie.
—Ya, lo sé. —Le palmeó suavemente la espalda, sin parar de reír—. Es que el ladronzuelo se la ha estado buscando, ¿eh? —Pasó su mano por la espalda del adolescente, haciendo lentos círculos, tratando de hacerlo sentir mejor. Él respiró más tranquilo y aflojó el agarre de su vientre un poco.
—Eso que dice sobre el destino, y sobre que mi mamá es para él... —mencionó, dudoso, y con cierto temor—. Eso no es cierto, ¿verdad?
—Es complicado. Mira, te explicaré: yo soy el destino, asique debes tomar lo que digo como algo cierto, ¿vale? —Henry asintió, con solemnidad. Ella lo imitó y siguió hablando— De hecho, si nos vamos a poner técnicos, ese es mi nombre: Destiny. —La joven Autora se señaló a sí misma con ambas manos, mientras explicaba lentamente la situación—. Y así como existo yo, también hay otras fuerzas influyendo en la vida de las personas en cada momento; como la muerte, o el tiempo. Fuerzas del Universo, y cada una tan invencible como real. Ni siquiera nos podemos vencer entre nosotras. El tiempo no puede con la muerte, ni el destino; ni la muerte puede detener el tiempo, ni a mí; ni yo puedo con ellos...
Henry asintió una vez más, asimilándolo. Era un alivio para la Autora que él fuera el "verdadero creyente", porque poseía una credulidad sensible a la que podía apelar en situaciones así, y aquello que sonaría inverosímil para cualquiera, él le daba la chance de la posibilidad. Un alivio en ocasiones, aunque le faltaran un par de luces al muchacho.
—¿Y también amor? —interrumpió, con preocupación— El amor también es una de esas invencibles y todopoderosas fuerzas, ¿cierto? —preguntó, casi con desesperación. Era casi tierno.
—Bueno, chico —ella suspiró, con desgano; él no podía evitarse a sí mismo, y la interrumpiría mil veces más—, el amor es más complicado que las reglas del Universo mismas. Eso es lo que intento explicarte, ¿podrías esperar a que llegue al punto?
—Lo siento, por favor continua. —Casi escondió su cabeza entre los hombros.
—Como te decía —continuó ella, retándolo con la mirada a que le interrumpiera de nuevo—: el amor se salta las reglas, y poco le importa sobre lo que pisotea. Trasciende el tiempo, perdura incluso después de la muerte, y ciertamente es capaz de romper el destino. El amor en una completa molestia, sabes. —Suspiró, con molestia y admiración a la vez.
—Y si dos personas que no están destinadas a estar juntas, simplemente se aman, ¿es todo lo que importa?
—Eso mismo.
—Genial.
—Pero...
—Ugh, siempre hay un pero, ¿no es cierto? —Los hombros de él bajaron, con dramatismo.
—Desgraciadamente, así es —corroboró ella, contagiándose de la misma actitud—. El tiempo continua, y la muerte no detiene su avance, así como el destino tratará de arrastrar los hechos a su curso natural... Así es como funciona.
—Pero tú eres el destino. —Arrugó las cejas, con esa expresión cabeza-hueca que hacía apariciones cada tanto—. ¿No puedes hacer nada para ayudar?
—Lo soy, sí. Y muy odiada la mayoría del tiempo. No puedo decir que estoy orgullosa de quien soy, y ciertamente no puedo hacer nada al respecto, ni romper las cadenas que lo que represento ha forjado. Sólo estoy aquí porque, no lo sé, supongo que todo lo existente en algún momento adquiere consciencia, y yo no podía ser la excepción. Pero aún así, trato de colaborar en esta historia... justamente ahora —añadió, alzando ambas cejas en dirección al muchacho.
—¿Diciéndome esto es ayudar? —Él frunció el ceño incluso más, y sus labios se arrugaron en un gesto demasiado gracioso para la seriedad del tema que estaban discutiendo.
—Tú eres básicamente la pata rota de la mesa —explicó Destiny, con obviedad—. Si tus madres están todo el tiempo preocupadas por ti, no pueden siquiera mirarse la una a la otra. ¡Asique te estoy entrenando!
Ella sonrió grande, y juntó ambas manos en medio, con emoción. Él suspiró, con abatimiento.
—Me haces sentir bastante inútil.
—Pues lo eres, cariño. —Le palmeó la espalda, con pena.
—Oh, calla, Destiny. —Se sacudió el contacto, con el orgullo roto—. Sigue leyendo...
En el primer día, Regina limpió su bóveda.
Tomó cada corazón que tenía disponible aún, uno por uno, e impartió órdenes por todos lados. Necesitaba gente trabajando para ella, porque un castillo no se mantenía por sí solo, y si bien no era la manera correcta, era la única posible dado que la gente estaba fuera de balance y veían tiranía donde no la había. No se ofrecerían a ayudarla voluntariamente, y ésa era la única forma de colaboración que conseguiría por el momento.
Cuando todo acabara devolvería los corazones a sus respectivas cajas torácicas, anotó mentalmente.
Se miró en el gran espejo que había en su pared, donde la hubiera recibido Sidney alguna vez con sus halagos y muestras de adoración. Pero él ya no estaba allí. A decir verdad, no tenía idea de a dónde había ido luego de traicionarla, pero tampoco le importaba. Ese espejo le era mucho más útil sin su para nada apreciable rostro estorbándole la vista.
Le dio un último vistazo a su apariencia de alcaldesa de Storybrooke: Llevaba un vestido rojo ceñido al cuerpo que le llegaba poco más arriba de las rodillas, zapatos de tacón alto de color negro y su cabello perfectamente estilizado, cayendo suelto por sus hombros.
Sonrió con tristeza a su reflejo.
La primera vez que había dejado de ser esa mujer para regresar al Bosque Encantado, había sido tan de improvisto que no había hecho el duelo correspondiente, ni había tenido la chance de despedirse de sí misma. Había, simplemente, revertido a su apariencia inicial de cuando la maldición había cobrado efecto. Pero esa maldición era diferente, y no había eliminado Storybrooke de la existencia, sino que la había llevado junto con todos ellos en el viaje.
Ser alcaldesa había sido divertido, le había dado poder, y no era muy diferente a ser la reina. Había tenido gente a sus pies, y el placer de sentir el corazón de muchas personas en sus manos mientras les obligaba a obedecerle. Había seguido haciendo enemigos, cada vez más poderosos inclusive, y había sido tratada con el mismo miedo y respeto que todos le habían tenido cuando aún portaba una corona en su cabeza. Sí, en efecto, había sido divertido. Y había conseguido a Henry, y a Emma; a una chica lobo que la trataba como si fueran amigas de mucho tiempo y con quien compartía recetas; tenía también un lazo dudoso con Snow White y, bueno, su esposo Charming venía en el paquete junto con ella. Había sido una gran experiencia y, con una sonrisa agradecida dedicada al reflejo, se despidió.
Movió tan solo una pulgada la posición de su mano, y una capa espesa de humo blanco la rodeó. Jamás me acostumbraré a la magia de Emma saliendo a flote con tanta fluidez, pensó, mientras esperaba pacientemente de pie frente a su espejo.
Regina jamás había sido fanática de las coronas, a decir verdad. Era un accesorio anticuado, obsoleto y pesado, que sólo pretendía infundir respeto en los demás y marcar quién está a cargo y quien no. Ella jamás había necesitado de eso, pues la autoridad y el poder lo llevaba impreso en cada célula conformando su ser; pero en ese momento se sintió con el suficiente buen humor como para hacer hervir la sangre se Snow White. Asique, junto con un atuendo tan majestuoso como ella misma, en colores negros y rojos, acompañó una dorada corona sobre su cabeza. Era algo fino, y delicado, no más pesado que un sombrero, pero lo suficientemente notorio como para hacer una declaración sin palabras: Ella era la reina, y nadie más.
Después de eso, decidió que recorrería el castillo a pie, cerciorándose de que todo fuera sobre ruedas.
A las pocas horas de que hubiera dado sus órdenes a aquellos polvorientos corazones, las primeras personas ya estaban llegando. Había una mujer de complexión gruesa y unos cuantos rizos grises en su cabeza, paseándose por la cocina y dándole órdenes a una pequeña que la seguía para todos lados; ordenando trastos aquí y allá, limpiando a una velocidad alegre y decidida. Unos diez hombres ya vestían el uniforme negro de su guardia, y unas cuantas sirvientas se paseaban apresuradamente por los pasillos, llevando sábanas limpias a las habitaciones, y acarreando las sucias y polvorientas por el desuso a lavar. Poco a poco el lugar cobraba vida —o la vida que ella había forzado, ¿pero qué importaba de cualquier forma? Henry se sentiría más a gusto si había gente con la que hablar, y jugar, o al menos alguien que acallara el silencio que ese lugar producía con tanta frecuencia. Ella sabía de lo insoportable que era eso. Henry no tenía que saberlo también.
Lo que le recordaba...
Con un gesto de la mano hizo avanzar a uno de los guardias hasta ella, y le dio instrucciones muy precisas y de suma importancia: Que fuera al campo a buscarle una mascota a su hijo. No le importaba si era un conejo, un perro, un lobo o inclusive un campesino. Henry necesitaba estar quieto por suficiente tiempo para que ella pudiera recuperar a Emma, al reino, y darle una lección a Snow White. Sí. Una mascota haría el trabajo por ella.
Ruby era más fácil. Había corrido escaleras arriba cuando Regina le dijo la ubicación de la habitación de Snow White, indicándole que —aún con esa rencilla de "quisiste matarme" y "tú te uniste a Regina"—, aún eran amigas, y no habría demasiado problema si usaba sus vestidos, ya que dudaba que Snow fuera a aparecer por ahí a reclamarlos de cualquier manera. Asique, mascota y vestidos mediante, Regina tenía a los dos ocupados para que no corrieran detrás de ella cuando las cosas se pusieran interesantes.
Cerca del mediodía, el guardia regresó con un gato peludo en sus brazos, gris y con rayas negras, que llevaba cara de pocos amigos, unos horribles bigotes torcidos y media cola.
—¿Eso es lo mejor que pudiste conseguir? —Regina señaló a la bestia con su largo dedo índice, casi rozándole una oreja con la uña. El animal le gruñó con antipatía.
Genial, debe ser seguidor de Snow White, pensó.
—Lo siento, Su Majestad —contestó el guardia, con una inquebrantable pose de obediencia—. Era este gato, o un perro viejo que está ciego de un ojo.
Regina hizo una mueca de disgusto ante la otra imagen, no decidiéndose por cuál era mejor. Estiró su mano tan solo un poco más hacia la criatura, que le gruñó más fuerte esta vez y se encorvó en los brazos del hombre. Suspiró, con desgano. Quizá el perro hubiera sido más amable, se dijo para sus adentros, pero muchísimo más desastroso. La bestia Mediacola estaría bien.
—Bien, llévaselo a Henry. —Hizo un gesto de desdén con una mano, y el guardia asintió una vez, con solemnidad—. Supongo que un gato malhumorado lo mantendrá ocupado —susurró para sí misma, mientras recordaba con diversión lo que había sido para ella cuando era más pequeña entrenar a uno del mismo tipo, y en la cicatriz sobre su labio que había resultado de aquello. Quizá por eso jamás le habían gustado las mascotas.
—Alteza. —Otro de sus guardias apareció en su camino mientras ella recorría el castillo en reconocimiento.
—Dime. —Ni siquiera volteó a verlo.
—Hay un hombre en la entrada del castillo, un hechicero —informó el guardia, y retrocedió abruptamente cuando Regina giró hacia él con tanta velocidad que si su mirada fuera un látigo le hubiera golpeado con violencia.
—¿Quién? —preguntó, y su voz sonó como un rugido. El primer nombre que se le vino a la mente fue el de Rumplestiltskin, pero no era posible, pues él ya no tenía magia que ostentar. Entonces, ¿quién? ¿Jafar, quizá?
—No lo sé, Su Majestad —contestó el guardia—. Estaba haciendo mis rondas, y él simplemente apareció en la entrada, como si estuviera en su casa. Me dijo que buscaba al nuevo Oscuro, y le he dicho que no está aquí, pero insiste en verla a usted.
Regina arrugó el ceño en un gesto pensativo, mientras se preguntaba quién podía ser aquella persona. Sería una conveniencia bastante gratificante que se tratase de Merlín, porque tendría un gran salto sobre los planes de Snow White, pero de nuevo, ¿desde cuándo la suerte estaba tan de su lado?
Bueno, quedándome de pie en medio de cualquier parte del castillo no averiguaré mucho, se dijo, y desapareció.
Cuando se materializó en la entrada de su propio castillo, vio que quien la esperaba era un hombre joven. No diría "de su edad", pues —si contábamos los años de maldición— ella estaba en sus sesenta y sería inapropiado catalogarlo de esa forma; pero sí era alguien que aparentaba estar en sus últimos treinta. De tez morena y cabello corto. Vestía bastante similar a todos los nobles del Bosque Encantado; con ropas de cuero demasiado ajustadas y la actitud arrogante que cualquiera de ellos portaría en tan solo su postura. Podía apostar a que no era Merlín. Jamás había visto al Hechicero en verdad, pero era común conocimiento que éste era un anciano, de barba larga y blanca, y con muy poco amor por la higiene personal. Ese sujeto, fuera quien fuera, no parecía ser a quién ella le hubiera gustado encontrar.
Y también podía descartar a Jafar. Porque a ése sí que lo conocía, y su rostro de ratón ambicioso y sin alma no era algo fácil de olvidar.
—Su Alteza —el hombre pareció notar la corona sobre la cabeza de la mujer, e inmediatamente se puso de pie. Se inclinó con vagos modales y una reverencia tan pobre y floja que Regina supo que venía de las tierras del oeste. Allí donde nadie tenía modales, un acento espantoso y ciertamente disfrutaban del sol, por lo que su tono de piel era entendiblemente más oscuro que la mayoría—. Vengo de Camelot, en una misión de paz.
—Ideas innovadoras del oeste... Que no te escuchen los ejércitos de Snow White, caballero, porque te acusarían de traición —dijo ella con gracia, y él pareció confundido por unos momentos.
—No he sabido de ninguna guerra en estas tierras, ¿fue eso una clase de broma que no logro captar? —preguntó, con seriedad, y ese acento deficiente que la gente de por allá parecía desarrollar.
—Ya te enterarás, sospecho —hizo un gesto de desdén con la mano, y se paseó por el recibidor, apreciando la decoración que sus nuevas y obligadas sirvientas habían logrado. Era algo decente. Volteó a ver al hombre—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
—Es bastante simple, en realidad —el hombre contestó, imitándola en su reconocimiento del lugar—. Necesito saber quién es "La Reina Malvada".
Regina dejó resbalar por su ser el apelativo como "malvada" y forzó una sonrisa en su rostro. Sonrisa falsa que parecía de plástico, pero aún así de las más hermosas y devastadoras que poseía.
—Es un placer conocerte, entonces —dijo, con soltura, ofreciéndole su mano para que éste la besara. El hombre la observó detenidamente, de arriba abajo, confundido—. Prefiero ser llamada "Majestad", pero me temo que me he ganado ese espantoso apodo a pulso entre los campesinos que gobierno.
—Eso no es posible —el sujeto parpadeó unas cuantas veces, y la estudió unos momentos—. Si usted fuera ella, debería ser más oscura y tener su nombre en una daga.
—¿Disculpa? —Regina abrió un poco más los ojos, y alzó ambas cejas, tomada por sorpresa.
—Disculpe usted mis modales, Majestad. Mi nombre es Merlín —tomó su mano, y la besó con caballerosidad, pero no la soltó inmediatamente. Sostuvo su agarre en medio de ambos e hizo contacto visual con ella en una muy perturbadora manera. Se sentía como si tratara de ver en su alma, y más allá; lo que fuera que hubiera más allá de la misma esencia de su ser, él lo estaba viendo.
Regina retiró la mano con un brusco movimiento.
—Pensé que Merlín era un hombre viejo, con barba y probablemente aroma a campesino y caballos sin bañar —expresó, con altivez y cierta repulsión, limpiándose sin disimulos la mano con un pañuelo.
Ante eso, el hombre rió.
—Bueno, Alteza, yo pensaba que una reina malvada usaría todo menos magia blanca —excusó, y Regina tuvo que admitir que el hombre tenía un punto con aquello.
—Siempre he dicho que los prejuicios no llevarán lejos a la humanidad —contestó, con cortés diversión, y le sonrió más grande, con esa forma que hacía temblar la tierra, y lo invitó a dar un paseo por los jardines para tratar de sacarle información útil y algo que comprobara que él en verdad era quien decía ser.
Ahora, si lo era, ese era un día de suerte. Suerte para ella, al menos; no podía decir lo mismo de Snow White. Apostaría que su hijastra no tenía planeado que el Hechicero mismo se apareciera en el bando contrario al suyo tan voluntariamente. Ciertamente, era una buena forma de comenzar un reinado.
Al cuarto día de haber llegado, Regina se sentía bastante perdida.
Descansaba bajo el árbol de manzanas que había tenido que trasladar desde donde había aparecido su mansión de Storybrooke, al lugar que había ocupado alguna vez en los jardines del castillo. Henry estaba a su lado, leyendo un libro que rezaba "Danza de Dragones" en su cubierta. Una antigüedad de la historia de otro reino que el Hechicero le había traído como obsequio al príncipe desde las tierras del oeste. A Regina le causaba cierta gracia recordar la cara que había puesto su hijo cuando había oído el apelativo de "príncipe" dirigido a él. Él quería ser un caballero, no un príncipe. Era una expresión bastante similar a la que mostraba Emma cuando alguno de los campesinos que había arrastrado la segunda maldición la llamaba "princesa"; o, si íbamos más al pasado, era su rostro cuando alguien la llamaba "Salvadora". Un título que nadie quería, al parecer.
Merlín, en efecto, se dijo. Al final de cuentas sí era él. O al menos la había convencido de aquello.
Según lo que él le había explicado "Merlín" no es una persona en sí, sino un título que se hereda de maestro a aprendiz. Él era el último que había asumido dicho puesto, y su fallecido aprendiz sería quien lo tomaría después de él, al morir. Pero las cosas se habían dado al revés en esta situación, ya que el aprendiz había fenecido antes que él. No importaba demasiado, palabras de él, pues podía conseguir otro.
Un personaje algo oscuro para ser alguien que utilizaba magia blanca, ese hechicero. Andaba por la vida con un aire que gritaba sabiduría, pero también imprudencia; y era astuto, lo más importante y que ella no había visto venir.
No había mencionado ni una sola palabra sobre Emma en los primeros tres días que él dio vueltas por su castillo, y había dejado claro que había cierto hermetismo con respecto al tema. No le había dicho nada, y no lo hubiera hecho bajo ningún punto de vista. Regina recordaba demasiado bien que el sujeto había aparecido preguntando por el Oscuro antes que por ella, y eso era suficientemente sospechoso para guardarse el secreto un rato más. Además, ¿por qué aparecía de la nada y cómo demonios sabía que estaban de regreso en el reino? Lo hubiera creído sin importancia si hubiera sido una semana después, mínimo, porque así daba tiempo a que los rumores corrieran. ¿Pero el primer día? No. Era como si lo esperara de alguna forma. Algo tramaba y, sería muy el Hechicero, usuario de magia blanca y todopoderoso del que tanto se hablaba en todos los mundos existentes, pero ella no le confiaría el nombre de Emma y su condición sin garantías primero.
Pero nada importó, porque él se las arregló para atraer a Henry con libros y cuentos sobre heroísmo y dragones, para que, de un momento a otro, él soltara sin reparos que su madre era la Salvadora, que se había convertido en el Oscuro, que no tenía corazón y que en ese momento la daga la tenía su abuela. Regina ni siquiera lo vio venir. Había sido un vómito verborrágico a la velocidad de la luz que ni siquiera pudo pensar en evitar.
Entonces el Hechicero miró a la reina, con una expresión en su rostro que indicaba sorpresa e incredulidad. Murmuró algo parecido a "algo salió mal" y desapareció. Henry no pareció darle importancia, mientras ojeaba su nuevo libro y leía sobre dragones y guerras de otros reinos más al oeste que Camelot mismo.
¿Qué era lo que había salido mal, según el Hechicero? Imposible de saber si no hacía nada. Su única pista sobre él, era que vivía en Camelot; pero mientras estuviera dando vueltas por el Bosque Encantado eso le sería de poca utilidad. Lo único que tenía por seguro, era que había ido a su castillo buscándola a ella, y había salido de él con el nombre de Emma Swan en sus labios. Asique, si eso era indicador de algo, él se las arreglaría para ir a buscarla. Lo único bueno de todo ese asunto, era que probablemente no pudiera pasar por la barrera que habían levantado las monjas.
Se puso de pie, y le dio un último vistazo a Henry.
—Saldré por unos días, cariño, ¿prometes que te portarás a la altura de tu nuevo rango? —preguntó, acomodándole el cabello hacia un costado. Henry asintió sin despegar la vista de su libro.
—Pensaba ir con Ruby para que me ayudara a buscar un nombre para mi gato —contestó, encogiéndose de hombros. Regina entonces recordó al animal. Probablemente el asunto del nombre, conociendo a Henry, sería un asunto de estado y le tomaría justamente esos días que pensaba ausentarse.
—¿Es que esa chica va a seguir usando su nombre de maldición aquí? —farfulló la reina, mientras se encaminaba a la puerta más cercana, mientras recordaba el nombre de la chica lobo. "Red Riding Hood", se dijo. ¿Sería acaso pariente de Robin Hood?
—Sí, dice que te agradece su nombre de maldición, porque ya hay un hada que se llama Red, y un bandido de apellido Hood —anunció Henry en voz alta, para que pudiera oírlo a la distancia. Alguien le agradecía, para variar. De cualquier manera, tenía la esperanza que el resto de los campesinos le agradecieran en algún futuro, al menos de haberles dado la chance de conocer la electricidad, como mínimo.
En el quinto día, llegó al castillo de su hijastra. La muy maldita.
El perímetro que había cercado con ese endemoniado polvo de hadas era lo suficientemente grande como para que le tomara toda la noche atravesarlo en su carruaje. Claro que, una vez cruzada la frontera, su magia se veía anulada. Era una jugada astuta, probablemente idea del Hada Azul. Todo aquel que hubiera estado dentro de la barrera en el momento que ésta fue conjurada, conservaría su magia. Quienes llegaran de fuera, por otro lado, eran simples criaturas en la desdicha de la normalidad.
Aquello la irritó en maneras absolutamente monumentales. Al menos, sabía, el Hechicero no llegaría antes que ella. ¿Por qué? Simple: él aún debía arreglárselas para saber la ubicación del castillo sin valerse de magia, y ella ya contaba con ese conocimiento.
Arregló su vestido con las manos, como si éste tuviera siquiera una arruga; luego cercioró que su cabello y corona estuvieran en condiciones —se veía perfecta, y quiso reír para sí misma. La ausencia de magia jamás había sido un impedimento para hacer una entrada digna de una reina. Bajó del carruaje con toda la majestuosidad posiblemente adquirible impresa en su persona.
Por supuesto, toda la guardia de Snow White la esperaba fuera. Sí, bueno... su hijastra tenía pajaritos que le contaban ciertas cosas —literalmente pajaritos; no como ese tal Lord Varys de esa serie de HBO que Emma se empeñaba tanto en mirar— y probablemente algunos pio de esos plumíferos le habían anunciado su llegada. Jamás comprendería esa capacidad de su hijastra de relacionarse con los animales —su mejor amiga era un lobo, y su esposo ciertamente un marmota.
Los capas blancas de Snow rompieron filas y se abrieron a los costados, dando paso a su líder.
Déjà vu, pensó Regina. La ropa de cazadora en la otra mujer, en esas circunstancias, y rodeadas de guardias ostentando una capa blanca y una corona en sus escudos, le trajeron recuerdos a Regina quien, de igual manera, vestía como la antigua Reina Malvada.
Los capas negras de Regina no se movieron de su lugar. A diferencia de los de Snow White, éstos sólo se movían si ella así se los indicaba.
—Snow, querida —la saludó con ligereza, dando los primeros pasos hacia ella, ignorando la forma en que cada guardia vestido de blanco posaba su mano sobre el mango de su espada—. Me encantaría decir que te ves bien, pero temo que ese no es atuendo apropiado para alguien que se autoproclama reina.
—Es la ropa que visto cuando estoy en guerra —contestó.
—Apenas estamos de regreso y ya tienes problemas —Regina negó con la cabeza, mientras avanzaba. Una vez estuvo a su lado, entrelazó su brazo con el de su alguna vez némesis, y se mezcló junto con ella entre las filas de los guardias reales de blanco.
—¿Qué haces aquí, Regina? —preguntó la más joven de las dos, con sospecha. Regina sonrió despreocupada, observando sus alrededores.
—He venido a visitar a Emma, ¿puedes enviar a alguien a llamarla? —comentó, tomando un camino de piedras grises que bifurcaba al llegar a la gran puerta de madera que tenía como entrada el lugar. Tanto a su derecha como izquierda se veía un jardín infestado de esas horrorosas florecillas blancas que tanto le gustaban a su hijastra— Sabes que perdí mi magia al entrar aquí. Lo mínimo que podrías hacer es mostrar es hospitalidad, querida. No soy una amenaza dentro de tus límites.
—Lo que sea que quieras hablar con mi hija, puedo decírselo yo misma —fue la respuesta de la autoproclamada reina, que pretendía mantenerse en calma mientras se encaminaba al sendero que se abría por la izquierda; éste llevaba a una hilera de rosales blancos que lograron sacarle una mueca a la reina.
¿Tiene esta mujer algo por el color blanco, o simplemente algo en contra de cualquier otro color?
—Lo dudo mucho —Regina rió, pensando en un par de cosas que ciertamente escandalizarían a Snow White si le pedía que se las transmitiera a Emma—. Pero de cualquier manera, si insistes, me gustaría comentarle que la extraño. Nos volvimos muy cercanas en el tiempo que estuvo quedándose conmigo, ¿sabes? Ella dormía en mi habitación y me resulta difícil conciliar el sueño ahora que no...
—Comprendí, detente —la mujer de tez blanca hizo un gesto de disgusto arrugando la nariz, como implorando librarse de lo que sea que Regina fuese a decir. La reina quiso estallar en una carcajada. La otra mujer no parecía tan oscura como lo había estado en Storybrooke, y su actitud ciertamente había dejado de ser hostil para con ella.
Caminaron en silencio por un momento más. Cualquiera que las viera en ese momento, dudaría seriamente de que esas mujeres estuvieran en lo que parecía encaminarse a ser un enfrentamiento a muerte; aunque en silencio, desde el segundo en que habían llegado, ambas habían comenzado a preparar sus ejércitos para una guerra que ninguna quería y que, a pesar de eso, parecía inevitable.
Snow White se detuvo junto a un banco de piedra que tenía alguna inscripción, probablemente en honor a alguno de los muertos que su hijastra había acumulado a lo largo de su vida. Regina ni siquiera miró, y se sentó primera, porque ella era la reina le gustara o no a la otra mujer, y el monarca se sentaba primero mientras el resto esperaba. Snow la imitó inmediatamente después.
—Me siento en la obligación de admitir que no quiero pelear contra ti —la oyó mencionar por lo bajo, ganándose la atención de la reina—. No me hace feliz la idea de lastimarte, sé que a Emma tampoco, y que Henry jamás me lo perdonaría; pero las circunstancias son tan... arrastrantes.
—Snow, querida, nadie aquí quiere ir a la guerra —empezó la morena, con desgano—. Yo lo único que quiero es a Emma —admitió, en un suspiro. Snow White, que la había estado observando de perfil, resopló con frustración y se tomó el rostro con ambas manos, perdida.
—No puedo —dijo, al fin, enderezándose—. Tú serás su perdición, no puedo simplemente dejarla contigo, Regina. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —Regina se mantuvo en su lugar y vio, por el rabillo del ojo, como figuras blancas se movían entre los pétalos del mismo color. Ah, puestos de vigilancia, se dijo, comprendiendo ahí la insistencia en que todo fuera de ese monótono color en los alrededores: Camuflaje—. Pero, por desgracia para ti, no lo acepto —se puso de pie, para afrontar lo que fuera que seguiría con la dignidad de la reina que era.
Pronto cuatro filos le rozaron el cuello, y Snow White, con suma tristeza en su voz, anunció su destino.
—Llévenla a los calabozos —ordenó. Regina sonrió. Snow la observó confundida, porque se suponía que no podía utilizar su magia, por lo cual su gesto victorioso no tendría sentido si no se podía librar de esa.
Y así era, en verdad. No podía utilizar su magia; pero eso no decía que, estrictamente, nadie pudiera utilizar magia en ese lugar. Y había allí dentro un par de personas que no estaban precisamente del lado de Snow en la guerra que pretendía montar.
Snow no lo sabía, porque era ignorante de la mayoría de las cosas que ocurrían bajo sus narices. Siempre lo había sido y casi le daba pena, porque no podía evitarlo. Pero Regina estaba justo donde quería estar en ese momento. Y su As bajo la manga estaría en posición, esperando una simple señal.
