Disculpen que no pude actualizar anoche, pero no se que pasó, según yo habia actualizado, pero ahora que abro la página me dí cuenta que no había nada.

Lo siento, se suponía que este capítulo iba a ser por mi cumpleaños y no les pude cumplir, pero bueno, ahi se los dejo, BESOS.


Capítulo 11

Harry se miró el reloj y anduvo por el vestíbulo del ayuntamiento como un gato enjaulado. Levantó la vista y miró a los hombres que había allí, observándolo.

—Como digan una sola palabra, los mato —gruñó.

—Vienen de camino —le dijo Ron Weasley—. Hay mucho tráfico.

—Si no estás seguro. Harry, tal vez deberías pensártelo mejor.

—Tal vez seas mi primo y un buen médico. Draco, pero no tienes ni idea de lo que estás diciendo. Así que guárdate tus opiniones para ti mismo.

Draco levantó ambas manos y retrocedió.

Harry se dio la vuelta y siguió andando de un lado a otro. En cierto modo, su primo tenía razón, pero no podía leer sus pensamientos ni entender las emociones que sentía, ni la urgencia con la que necesitaba que Hermione se casase con él.

Había esperado durante seis largos años a que llegase ese momento, a que aquella mujer se convirtiese en su esposa.

—El coche acaba de llegar —le informó Ron en voz baja.

Él se giró y fue hacia la puerta, justo a tiempo para ver a su chófer ayudando a Harriett a salir del coche. Se le encogió el corazón al ver a su preciosa hija, que parecía una princesa con aquel vestido rosa.

Eso había sido gracias a Hermione, que había querido hacer el sueño de la niña realidad, a pesar de no querer dicho sueño para ella.

Después salió su hijo, con vaqueros, zapatillas y una camisa de cuadros azules y rojos. La madre de su hijo no había cometido el error de ofender la dignidad del niño disfrazándolo con ropa de boda.

El corazón se le encogió todavía más.

Y todavía más al ver un par de bonitas piernas aparecer por la puerta del coche, seguidas del resto de aquella bella criatura que iba a convertirse, a su pesar, en su esposa. Iba vestida con una vaporosa falda blanca y una chaqueta de encaje que se ceñía a su delgada cintura. Calzaba unos zapatos de tacón blancos y se había adornado el pelo con una sola rosa de color rosa.

La vio levantar la vista, quedarse inmóvil, recorrerlo con la mirada con sus intensos ojos marrones. Y sintió que su cuerpo entraba en ebullición.

Hermione se encontró clavada a la acera con una sensación general de calor. Desde allí abajo observó a Harry, que estaba en lo alto de las escaleras y parecía todavía más alto de lo que era, más moreno, y diez veces más atractivo de lo que ella quería pensar que era. Iba con un bonito traje negro y elegante y una camisa blanca que brillaba bajo el sol. Tenía los labios apretados con arrogancia y firmeza, pero seguían siendo unos labios sensuales.

Tuvo que bajar la vista para poder empezar a moverse. De pronto, sus zapatos de tacón le parecieron demasiado frágiles para soportar la pesadez que sentía en las piernas. Los mellizos ya iban corriendo escaleras arriba, hacia él dando gritos, esperando y recibiendo la cariñosa acogida que ya se habían acostumbrado a obtener de su padre.

Hermione los siguió despacio, consciente de que no debía estar haciendo aquello, de que no quería hacerlo, pero sin poder evitar seguir avanzando, como si Harry la atrajese.

Harriett estaba dando vueltas para que la viese mejor, Henry tiraba de una de sus manos y le decía algo, algo que Harry no debía de estar oyendo, porque tenía toda su atención fijada en ella. Y a ella el corazón le latía muy rápido, sabiendo que no debía sentir nada por él. Cuando llegó a la parte alta de las escaleras y se vio obligada a levantar la barbilla para mirarlo, sintió que se ponía a temblar.

Él la miró a los ojos. Le tomó las manos y se las llevó a los labios.

—Estás increíble —le dijo.

Entonces llegó Luna corriendo, parecía nerviosa y le costaba respirar.

—Siento llegar tarde. Hay un tráfico horrible…

Y la llegada de su amiga salvó a Hermione de decirle a Harry una estupidez, como «tú también».

Harry hizo el papel de anfitrión y presentó a todo el mundo.

Draco le dio la mano a Hermione con firmeza.

—Es un placer conocerte oficialmente por fin.

Hermione se preguntó si se lo decía con sinceridad. Su sonrisa, su actitud e incluso su tono de voz eran contenidos. ¿Acaso no tenía buen concepto de ella? ¿La estaría comparando con la bella Daphne Greengrass? ¿Estaría pensando en la relación que había tenido con Harry en el pasado mientras retiraba la mano?

Se le secó tanto la garganta que no pudo ni tragar saliva. Consiguió sonreír a Ron Weasley, pero le dolió la boca al hacerlo. Entonces apareció la funcionaría del ayuntamiento y les pidió que la siguieran. Hermione pensó que se iba a desmayar.

Entonces. Harry pasó un brazo alrededor de su cintura y la empujó hacia delante. Su sonrisa era tan tensa que era evidente que sabía que Hermione seguía luchando consigo misma acerca de lo que iba a hacer.

—Mi reacia esposa —murmuró con ironía cuando su coche los llevaba hacia el aeropuerto.

Habían dejado a Ron y a Luna en las escaleras del ayuntamiento, preguntándose adonde ir a comer. El primo de Harry se había disculpado y había desaparecido justo después de la ceremonia.

Hermione se preguntó si la palabra ceremonia definía las frías promesas que se habían hecho en treinta breves minutos que habían hecho que pasase de ser la simple Hermione Granger, a la súper elegante señora de Harry Potter.

—Cuando se te quebró la voz en mitad de tu declaración, pensé que alguien iba a irrumpir en la sala para anunciar que no podías casarte conmigo —bromeó Harry.

Harriett había acudido en su ayuda, le había tirado de la falda y le había dicho que no había terminado la frase.

—Mira cómo brilla tu anillo, mamá —comentó Harriett, recordándole que los mellizos los acompañaban.

Eran perfectos para evitar cualquier conversación adulta, pensó Hermione sonriéndoles. Bajó la mirada a su anillo de compromiso, que estaba al lado de la alianza. Cuando había ido a ponerle la suya a Harry, le habían temblado tanto las manos que a punto estuvo de caérsele al suelo.

Harry alargó la mano y les acarició la cabeza a los mellizos. No dijo nada. Hermione levantó la vista y él siguió sin hablar, pero el brillo de sus ojos verdes le hizo sentir calor por todo el cuerpo.

Se habían convertido en marido y mujer, para bien o para mal, ya estaba hecho. Y el motivo estaba entre ellos, un niño y una niña con cara de alegría.

«¡Admítelo. Hermione!», se dijo a sí misma con impaciencia. «Al fin y al cabo, y por mucho que hayas intentando luchar contra ello, estás exactamente donde querías estar. Todo lo que soñaste seis años atrás».

El sol estaba empezando a ponerse cuando sobrevolaron una casa con jardín que hizo que a Hermione se le cortase la respiración.

Para llegar hasta allí habían utilizado el jet privado de Harry, que los había llevado hasta el aeropuerto de Heathrow, en Londres. Después se habían subido a uno de sus helicópteros para viajar sesenta kilómetros más al sur y llegar a la casa de campo de los Potter.

Los mellizos estaban cansados después de tantas horas de viaje y no pareció impresionarles la primera vista de su nueva casa.

Por su parte. Hermione estaba empezando a darse cuenta del tipo de hombre con el que se había casado.

—Bienvenidos a Villa Potter —murmuró Harry cuando hubieron aterrizado—. ¿Qué te parece? —le preguntó después a Hermione con curiosidad.

—Es… grande —fue lo único que pudo decir.

—No es un castillo —comentó Harriett decepcionada.

—Parece que hoy no consigo complaceros —suspiró Harry.

—He visto una piscina enorme —dijo Henry—, ¿Podemos bañarnos ahora?

—Bueno, tal vez pueda complacer a mi hijo —añadió Harry.

Abrió la puerta, bajó y ayudó a descender a los mellizos, que echaron a correr como si les acabasen de abrir la puerta de una jaula. Hermione sintió pánico al ver que se alejaban.

—¡Harry, ve a por ellos! —gritó alarmada, intentando salir del helicóptero sin fijarse en lo alto que era.

Harry se dio la vuelta justo a tiempo para sujetarla con sus fuertes brazos. Sin pensarlo, Hermione puso los brazos alrededor de su cuello y se aferró a él.

—Sabía que te arrojarías de nuevo a mis brazos en cuanto vieses mi casa —comentó Harry riendo.

—Muy gracioso. Déjame bajar.

Él dejó de reír. En vez de bajarla al suelo, la apretó más contra su cuerpo. Hermione supo lo que vendría después y se agarró con fuerza al cuello de su camisa.

—Harry, no.

God, Harry, sí —la contradijo él. Atrapando su boca con los labios.

La besó con avidez y Hermione sintió que un escalofrío la recorría. Con un gemido sordo, de deseo, Harry metió la lengua dentro de su boca, echando abajo todas sus defensas y haciendo que apoyase la cabeza en su hombro, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Era horrible y maravilloso al mismo tiempo, porque Hermione necesitaba tanto aquel beso que no merecía la pena seguir intentando engañarse.

Lo deseaba. Lo había deseado hace seis años. Estaba hambrienta de él, confundida, loca y desinhibida, y le devolvió el beso con toda la pasión que tenía dentro. Cuando Harry se apartó, ella tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Tenías que haberme hablado de ella —le dijo.

—No pude —respondió él con voz ronca—. Ya te había hecho demasiado daño al abandonarte. No podía volver a hacértelo hablándote de ella.

—La querías…

—No —negó él con firmeza—. No teníamos ese tipo de relación. Era mi amiga antes de ser mi prometida. Decidimos casamos porque nuestras familias lo querían, pero… ¡Maldita sea! —murmuró—. Era muy buena.

Hermione se estremeció y se preguntó qué habría sentido Harry por aquella mujer para describirla sólo como buena.

—La quería, pero no como debía haberla querido. Ahora lo sé, pero por entonces no lo entendía —respiró entrecortadamente—. Ella no necesitaba mi dinero porque tenía el suyo. No necesitaba que yo la elevase de categoría social porque ya estaba a mi altura. No esperaba demasiada pasión por mi parte y no le importaba que pasase más tiempo trabajando que a su lado.

—Si me vas a confesar que hacíais el amor por obligación, no quiero oírlo —le dijo Hermione.

—¡Nunca hicimos el amor! —exclamó él, dejándola por fin en el suelo y jurando en inglés.

Hermione se quedó allí, temblando, mirándolo con incredulidad.

Eso no podía creerlo, conociéndolo como lo conocía.

—Antes de marcharme a Inglaterra, nunca habíamos hablado de anular nuestro compromiso —continuó Harry—, pero sí dijimos que emplearíamos ese tiempo que estuviésemos separados en pensar acerca de ello.

—Eso me parece una excusa barata.

—¡Lo sé! ¿Acaso crees que no soy consciente de ello? Utilicé esa excusa para convencerme a mí mismo cuando llegué a París y te conocí. Por eso me olvidé de ti, para castigarme a mí mismo por haberte deseado más a ti que a ella.

—Entiendo que te culpes de su muerte, pero…

—¿Qué dices? ¡Yo no la maté! Fue ella la que casi me mato a mí. ¡Ella conducía! ¿No has leído todos los artículos que Ginny colgó en Facebook?

Hermione negó con la cabeza.

—Temía encontrarme con fotografías desagradables.

—Las había —admitió Harry—. Tardaron horas en sacamos del coche. Yo no recuerdo nada, sólo que Daphne estaba tensa, distraída, contándome algo… —se llevó un dedo a la frente—. No recuerdo el qué, pero sí su tensión. Yo también estaba nervioso porque tenía que hablarle de ti, entonces… God —juró al ver que Hermione había empezado a llorar—. No te pongas a llorar delante de mí, darling —le advirtió—. O no seré responsable de lo que ocurra después, ni de dónde ocurra.

Hermione controló sus lágrimas. Harry murmuró algo más en inglés y luego se acercó para besarla de nuevo.

—Tú…

—Cállate —le ordenó él, besándola para que no hablase—. ¿Es que no te das cuenta de cuándo un hombre está loco por ti? ¿No te parece suficiente haber hecho que me desmayase a tus pies?

—Eso fue porque te sentías culpable…

—¡Fue al verte! Al ver tus bonitos ojos marrones fulminándome.

Todavía estaban en la plataforma en la que había aterrizado el helicóptero. Ninguno de los dos se había dado cuenta de que el piloto se había marchado, ni de que ya no se oían las voces de los niños, ni de que desde las ventanas de la casa los estaban observando con interés.

Entonces. Hermione se acordó de los mellizos.

—Harry, los mellizos han desaparecido.

Él retrocedió.

—Hay todo un ejército de empleados en la casa, todos ellos capaces de vigilar a dos niños, para que yo pueda ocuparme de lo que tengo aquí.

—¿Y qué tienes?

—Una esposa. Mi mujer, encadenada a mí en más de un aspecto —la agarró con más fuerza para que fuese consciente de que, físicamente, era su prisionera—. Me quieres. Estás tan loca por mí, pero no tanto como yo por ti. ¿Por qué no cedes y me lo dices para que pueda bajar la guardia y seguir adelante?

Hermione arrugó la nariz sin dejar de mirarlo. Se mordisqueó el labio inferior. El comportamiento de Harry era descaradamente arrogante y confiado. Pero… había algo más en él que la perturbaba en esos momentos.

—¿Seguir adelante?

Él sonrió.

—No te preocupes, no vamos a ir a una cama infantil con una colcha color rosa.

—¡Te acuerdas de todo! —exclamó Hermione.

—Humm.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Porque tenía que aprovecharme de tu lado más comprensivo hasta que te tuviese aquí —le explicó él—. Tenía que permitir que pensases que me iba a desmayar cada vez que discutíamos.

—Eso es…

—¿Vil, artero, apestoso? —sugirió Harry.

—¿Cuándo lo recordaste todo?

—En casa de Albus… —dijo él sin el más ligero rastro de arrepentimiento—. Luego me pasé tres días encerrado en casa con mi primo, durante lo que mi cerebro me bombardeó con las imágenes que había olvidado. No obstante, no te lo dije para que siguieses centrada en lo importante de verdad.

—Es decir, en ti.

—Y en lo que sentías por mí —añadió Harry.

Los niños se acercaron corriendo, con varios empleados de la casa persiguiéndolos. De repente, parecían tan llenos de energía que Harry suspiró.

—Supongo que no querrás decirme que me quieres antes de que terminemos esta conversación… —murmuró esperanzado.

«Antes me lo tendrás que decir tú a mí», pensó Hermione.

—¡Mamá, tienes que venir a ver lo grande que es la casa! —exclamó Henry.

—¡Es casi tan grande como un castillo! —añadió su melliza entusiasmada—. Y ellos… —dijo señalando a los empleados— no nos dejan meternos en la piscina.

—Yo creo que no nos han entendido cuando les hemos dicho que sabemos nadar —explicó Henry.

—Yo creo que sí —dijo Harry—. Ya te castigaré más tarde por tenerme en vilo —añadió entre dientes dirigiéndose a Hermione.

—Eso suena… interesante —le respondió ésta.

De repente, notó que la levantaba del suelo.

—Perdonadnos, pero tenemos una… tradición que mantener.

Hermione se ruborizó, pero él sonrió a los niños.

—Vuestra madre está… cansada. Voy a llevarla a la cama. Si de verdad quieren bañarse, utilicen la piscina cubierta climatizada, pero que los acompañen al menos dos adultos, ¿de acuerdo?

Los mellizos asintieron. Él asintió también, dio instrucciones a sus empleados y luego se dirigió hacia la casa.

—¿Hay piscina exterior y piscina cubierta? —preguntó Hermione sorprendida.

—¿Estás impresionada?

Ella asintió.

—¿Y esa… tradición de la que has hablado? —inquirió.

—Tenemos que negociar unos límites. Buscar un lecho conyugal. Y llevo un collar con un diamante, asquerosamente ostentoso, pero muy sexy en el bolsillo. Además, tengo que hacer cumplir otras tradiciones, pero ésas requieren ciertas palabras mágicas para… ponerse en marcha.

Hermione se abrazó más a su cuello y pasó la lengua por su labio superior. Él bajó la vista para observar cómo lo hacía, luego volvió a mirarla a los ojos.

Hermione pensó que era tan sexy que casi no lo podía soportar, y el corazón se le aceleró. Harry dejó de andar. La tensión aumentó.

—¿Y?

Todavía estaban en el exterior, a unos pasos de la casa. Hermione se movió entre sus brazos, apretándose más contra su cuerpo.

—Dilo tú primero.

—¿Lo que quieres es que te sirva mi corazón en una bandeja, verdad?

—Humm —dijo ella asintiendo—. Ya ves, todavía no te he perdonado por lo que me dijiste hace seis años…

Se refería a la llamada de teléfono. Harry lo sabía, y sabía que iba a tener que esforzarse mucho en hacerle olvidar aquello.

—Tienes que saber, my dear que esas palabras no salieron de labios de este hombre. Aquel hombre desapareció hace seis largos años y no reapareció hasta que no volvió a ponerlos ojos en ti. Si lo piensas bien, eso sí que es una declaración de amor.

Hermione pensó que tenía razón. Seis años antes, se había enamorado de James Evans. Cuando lo había llamado por teléfono, ocho semanas después, había sido otro, había sido Harry, Un Harry roto, el que había contestado al teléfono.

—Está bien, me parece justo. Yo también te quiero —le dijo con voz temblorosa—. Nunca he dejado de quererte en estos seis horribles años. Me alegro de que hayas vuelto a encontrarte a ti mismo, Harry Potter, y, sobre todo, me alegro de que me hayas encontrado a mí.

Su expresión seria cambió con una sonrisa.

—Eso se merece un premio —le dijo él.

—Humm —murmuró Hermione—. Eso suena… interesante.

La casa podía esperar. Hermione no se fijó en nada mientras Harry la subía por las anchas escaleras. Ni siquiera se fijó en el esplendor barroco del dormitorio en el que entraron, ni en la enorme cama en la que la tumbó.

Sólo veía al hombre que acababa de tumbarse a su lado, con un collar con un enorme diamante en la mano.

—Te voy a hacer el amor hasta que creas que te estás muriendo —la amenazó Harry en un murmullo, con voz profunda, suave y sensual.

Hermione separó los labios para pasar la lengua por sus labios, invitandolo.

—Sí, por favor —accedió.

Fin