Capitulo 11.

Sam volvió media hora después. O un año después, Dean no estaba muy seguro porque el tiempo había empezado a desdibujarse un poco. Esposado, desnudo y sin poder mirar mas que al techo hacia que hasta un minuto pareciera una hora.

Ya casi pensaba que Sam se había largado u olvidado de el. Por lo visto, se equivocaba.

El pequeño regreso, con una sonrisa kilométrica y un paquete en sus manos.

- ¡Ey! ¿Me has echado de menos? – el mayor le dirigió una mirada envenenada.

- Nah… estaba en plena juerga con las animadoras de los Lakers. Una incluso ha salido de una tarta gigante, en bikini. Y no veas que par de tetas gastaba…

Sam arqueo una ceja y rió por lo bajo, soltando el paquete que traía sobre la mesa.

- ¿Si? ¿Era guapa? – le pregunto, siguiéndole el juego.

- Oh, si… ya sabes. Rubia, pechugona, culo perfecto… un bombón.

- Aja… - Sam ya se había despojado de su chaqueta y de los zapatos. Su camiseta siguió el mismo camino, quedándose solo con los vaqueros desabrochados. – Así que el prototipo de chica Play-boy… que poca imaginación, Dean.

- ¿Qué? ¿Esperabas que fantaseara contigo? En tus sueños, Sammy. – vio al pequeño coger el paquete y sacar un plato de su interior. - ¿Qué has traído? Huele que alimenta. – sintió rugir sus tripas al oler el delicioso y dulzón aroma que provenía del plato.

- Tortitas. Con chocolate y nata. – a Dean se le hizo la boca agua. No sabia cuanto tiempo llevaba sin comer, pero para el, estar mas de una hora sin probar bocado, ya era algo inconcebible.

- ¿Tortitas?

- Tortitas. – confirmo, sentándose en la cama, con el plato en las manos y pinchando un poco de comida con el tenedor. - ¿Quieres un poco? – Dean estuvo tentado a decir que si, pero…

- No. No tengo hambre. – mintió, volviendo la cara. Su hermano rió por lo bajo y se metió el tenedor en la boca.

- Cabezota. Uhm… creo que necesita más chocolate.

Dean le vio levantarse y volver con un bote de sirope de chocolate. El pequeño echo una generosa cantidad sobre las tortitas y volvió a pinchar un poco con el tenedor, poniéndolo delante de la cara de su hermano.

- He dicho que no quiero. – gruño el mayor. Sam ignoro sus quejas y le mancho los labios con el chocolate.

Dean le fulmino con la mirada y se los lamió, limpiando el chocolate de sus labios, viendo como el pequeño se mordía los suyos.

- Dean… llevas medio día sin comer. Conociendo a tu estomago ya debe estar cantando la Traviatta. Come.

Con un refunfuño, abrió la boca a regañadientes. Odiaba darle la razón a su hermano, pero tenia un hambre de lobo. Sam sonrió, con esa sonrisa de crío que Dean adoraba, y le dio de comer las tortitas hasta que dejaron el plato limpio.

- Esto es humillante… - bufo el mayor cuando trago el ultimo bocado. Sam dejo el plato en el suelo y jugueteo con la botella de chocolate en sus manos.

- ¿Eso crees? ¿Tan malo es que, por una vez, yo sea el que tenga el control? Creo que más bien te gusta.

- Ya, seguro… sigue soñando, tigre.

Al pequeño le centellearon los ojos y bajo la mirada al bote que tenia en las manos, sonriendo.

- ¿Si? ¿Estas seguro de eso? ¿No te pone eso de que estés a mi merced? – una mano del pequeño viajo por el cuerpo del mayor, sin llegar a tocarle, hasta dejarla sobre su entrepierna. – Porque tu amiguito parece pensar distinto. – rió, haciéndole notar que estaba empalmado.

- Ese va por libre. No le haría mucho caso si fueras tú. – mascullo.

- ¿Sabes lo que creo yo? – la voz de Sam se volvió un ronroneo suave y bajo.

- ¿El que?

- Creo que… creo que tú quieres que te domine, Dean. Que eso seria un descanso para ti. Poder dejar por fin las poses de tío duro y macho dominante, solo un ratito. – la mano del pequeño rozo levemente la erección de su hermano. - ¿No quieres, Dean? – el roce se convirtió en una caricia completa y Dean arqueo el cuerpo, buscando mas contacto y gimiendo ahogado. – Ríndete, Dean. Solo tienes que rendirte.

- Nunca. – rugió.

Sam le miro intensamente un segundo y se incorporo, alejándose un poco de la cama. Se libro de sus vaqueros y volcó el contenido de la botella de chocolate sobre el cuerpo de su hermano, haciendo un camino por su torso.

Dean se estremeció al sentir el frío líquido sobre su piel. Pero no fue nada comparado con lo que sintió cuando Sam se coloco encima de el, sentándose sobre sus piernas.

- Sam… ¿Qué haces?

Los ojos del pequeño le miraron lujuriosos, antes de agachar la cabeza y lamerle el dulce sobre el estomago del mayor.

- Obligarte a que te rindas. Vas a someterte, Dean. – le informo, con los labios brillantes. – Voy a someterte y me vas a suplicar que te folle.

- No vas a conseguirlo. – jadeo el mayor, cerrando los ojos.

Sam le siguió lamiendo, subiendo por su estomago hasta el pecho. Le dio un fuerte mordisco en el cuello.

- Mírame, Dean. – su hermano abrió los ojos, totalmente oscurecidos. – Si voy a conseguirlo. – le susurro antes de besarle.

El mayor forcejeo nuevamente con las esposas porque necesitaba tocar a su hermano. Pero las dichosas esposas eran buenas… jodido Sammy…

- Sam, por favor… - murmuro con voz ronca mientras Sam le empezó a masturbar despacio.

- Por favor, ¿qué, Dean? – le pregunto, mordiéndole los labios. El otro arqueo una ceja, burlón.

- ¿Por favor, sueltamente para que pueda estrangularte? – Sam no pudo evitar una carcajada divertida.

- Muy bien, Dean. – rió, satisfecho. – Así me gusta. Que pelees. Eso lo hará mas divertido cuando te rindas.

- Que te has creído tu eso, enano. – gimió. El pequeño había bajado la mano hasta su entrepierna y le apretó su miembro con fuerza.

- Te voy a dejar clara otra cosa. – la sonrisa de Sam se volvió todo malicia. – Esto… - ronroneo cerca de su oído, apretando otra vez el miembro de su hermano. – Esto es mío. Si me entero que lo estas metiendo en otro sitio sin mi permiso, te la corto. Estas avisado.

Dean soltó una risa seca que se corto al notar los dedos de Sam rozando su entrada. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero.

- Tranquilo. – le susurro, introduciendo con suavidad uno de sus largos dedos y moviéndolo con delicadeza en su interior. – Te voy a preparar bien, para que no te duela, porque… bueno, ya sabes… la mía es mas grande, Dean. – termino con sorna.

- Ja, ja. Es que me parto de la risa contigo, campeón, en serio. – se le escapo un quejido al sentir un segundo dedo invadiéndole. – La mía es más grande.

- Bueno… cuando te la meta, ya me contaras. – el mayor volvió a estremecerse, no muy seguro de si era de miedo o de excitación. – Esto va a gustarte, Dean. Ya lo veras.

- Dudo mucho de que puedas conseguir que me guste. – le reto, con una media sonrisa que no podía ocultar la excitación que sentía. Sam se inclino, quedando a escasos centímetros de su cara.

- ¿Recuerdas todo lo que me dijiste aquella noche? – le susurro, besándole levemente en los labios a la vez que sacaba los dedos de su interior.

- Pues mira… así… - soltó un jadeo y se lamió los labios. – Así de repente como que no me acuerdo… - Sam rozo su entrada con su miembro y fue introduciéndose lenta y tortuosamente. Dean gimió. – Joder…

- Yo si. Lo tengo todo grabado a fuego aquí. – dijo, señalándose la cabeza. – Me dijiste que era tuyo. Y si yo soy tuyo… - termino de entrar en el y se quedo quieto un segundo, tratando de calmar su respiración. – Si yo soy tuyo, tú eres mío, Dean. – salio de su interior para volver a introducirse con la misma lentitud. – Me perteneces, Dean. – una nueva embestida y el mayor empezaba a preguntarse como hacia su hermano para hacerlo tan despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

- Eres un cabronazo… - gimió nuevamente mientras el pequeño volvía a embestir, tan profundo que parecía imposible.

- Ya se que te esta gustando. Pero que sepas que no te vas a correr hasta que me digas lo que quiero oír.

- No serás capaz… - otra embestida y al mayor se le atragantaban las palabras. – No lo harás otra vez… ¡Sam! – lloriqueo a su pesar. - ¡Que se me van a atrofiar las pelotas si me dejas a medias otra vez!

- Oh… si que seré capaz. Yo puedo ir a aliviarme al baño o delante tuya, si lo prefieres, pero a ti no te voy a dejar que acabes hasta que escuche lo que quiero.

- Bastardo. – Sam siguió moviéndose al mismo ritmo lento, besándole, apartándose de sus labios antes de que Dean pudiera devolver y disfrutar el beso, parándose de repente cuando lo sentía demasiado cerca del orgasmo.

Y Dean termino de perder los papeles del todo.

- Sam… por favor… en serio… no puedo mas… - una lágrima de pura frustración rodó por su mejilla antes de que Sam se la lamiera.

- Dímelo, Dean. Dímelo o te juro que no te suelto. – el mayor rugió, frustrado.

- ¡Vale, vale! ¡Tú ganas! ¿Contento?

- ¡Aun no! ¡Dilo! – gruño el pequeño, dando otra embestida, un poco mas fuerte que las anteriores. Como Dean no se rindiera pronto, no iba a aguantar mucho de esa manera…

- ¡Vale! ¡Me… me rindo! – a Sam se le ilumino la cara por la enorme sonrisa de satisfacción que se le dibujo en el rostro.

- ¿Y que más? – pidió. Dean le fulmino con la mirada.

- ¡Te juro que te mato, Sam!

- ¡Dean!

- ¡Joder! ¡Vale! ¡Bien! Te… te… - Sam rió al ver como se le atascaban las palabras al mayor, que gruño una maldición.

- No es tan difícil, Dean. – le dijo, todo sonrisas y sin dejar de moverse.

- ¡Vete a la mierda!

Sam se paro en seco, haciendo que Dean se desesperara. Joder con su hermanito de mierda…

- Dilo, Dean. – el mayor se mordió el labio, frustrado y avergonzado. Las mejillas las tenia rojas de vergüenza y excitación.

- Te… te pertenezco. – murmuro al fin, con voz derrotada. Sam le dio un largo beso y volvió a embestir, en esta ocasión a un ritmo más rápido y fuerte, masturbándole a la vez. Dean echo la cabeza atrás, apoyándola en el colchón.

Termino con un gemido lastimero de puro alivio y cansancio y el orgasmo recorriéndole todo el cuerpo, con su hermano mordiéndole fuerte en el cuello y siguiéndole segundos después.

Ambos se quedaron inmóviles unos minutos, jadeando en el cuello del otro, tratando de recuperar el aliento.

Cuando ya pensaba que el corazón le iba a una velocidad norma, Sam se incorporo un poco, beso a su hermano en los labios saliendo de su interior, susurrándole un "Te quiero" que dejo al otro sin habla y rodó a un lado, haciéndose un ovillo y durmiéndose casi al instante.

Dean suspiro, saciado y demasiado agotado como para mantener los ojos abiertos. Pero se desperezo al instante al darse cuenta de un detallito sin importancia…

- ¿Será cabrón? ¡Que se ha dormido sin soltarme!


Sam estaba dormido. Muy dormido.

Lo sabia porque se sentía a gusto, calentito, seguro, feliz.

Y solo se sentía así en las raras noches en que conseguía dormir del tiron y sin pesadillas.

Su cuerpo estaba relajado y satisfecho por el sexo de la noche anterior y una sonrisa perezosa adornaba su rostro.

Noto el calor y la luz del sol sobre su cara pero no quería despertar. Aun no… era muy temprano…

Se estiro en la cama, bostezando y se dio la vuelta buscando algo… a alguien. Pero solo lo recibieron las sabanas frías.

Su instinto de cazador se activo, logrando colarse en su adormilado cerebro. Algo no cuadraba. Algo no estaba bien.

No debería haber sabanas frías, sino un cuerpo grande y calido al que aferrarse.

¡Joder!

Con un gruñido ronco por el sueño se sentó de golpe en la cama.

- ¡Joder! – gimió al ver el sitio vacío donde debería estar su hermano.

Las esposas seguían enganchadas al cabecero, las cuatro. Pero de Dean, ni rastro.

¿Se habría largado? ¿Le habría abandonado?

- ¡Mierda! ¡Joder! – gruño, incrédulo, levantándose para vestirse y salir en busca de su hermano.

Un leve carraspeo le hizo detenerse cuando ya tenia los pantalones puestos y miro hacia el fondo de la habitación.

Sentado en la misma silla que él ocupara horas antes, con las piernas estiradas y cruzadas por los tobillos y las manos apoyadas sobre el estomago, estaba Dean.

Aun se le notaba el pelo húmedo por la ducha que se habría dado y llevaba sus vaqueros más rotos y una camiseta verde, muy gastada, que era su favorita. Estaba descalzo y tenía las plantas de los pies sucias de haber estado andando por la habitación.

Sam trago en seco, asustado. No entraba en sus planes que su hermano se soltara. Es mas, no se le paso por la cabeza que pudiera. ¡Había usado dos pares de esposas por brazo, por el amor de Dios! Y ahora no sabia que hacer.

Dean le miraba, con mil emociones pasando por sus ojos verdes y una expresión de aburrimiento en el rostro. Parecía muy tranquilo y al pequeño eso le dio mucho miedo. Esa aparente calma no podía ser buena.

- Er… ¿Dean? – el mayor arqueo una ceja como toda respuesta, sin cambiar de postura. - ¿Cómo te has soltado? – una media sonrisa apareció en el rostro de Dean.

- ¿Tu como crees? Duermes como un tronco, Sammy. Siempre has tenido el sueño pesado. Cualquier día eso te va a costar un disgusto. – Dean se levanto de la silla, estirándose como un gato y ando despacio y en silencio hacia la cama. Sam retrocedió un paso.

- No pensé que podrías con cuatro esposas.

- Me subestimaste. Primer error. El segundo fue relajarte y bajar la guardia. Después de tanto tiempo conmigo, deberías saber que eso suele ser fatal. – el pequeño retrocedió otro paso mas y choco con el borde de la cama. – Ahora… ¿Qué hago contigo?

- ¿Qué quieres decir? – cuestiono Sam, frunciendo el ceño. – Creí que ya estamos a mano en este asunto.

- No creo. Ahora mismo tengo unas ganas enormes de darte una paliza. Pero también de follarte hasta el agotamiento y, la verdad, es que no se cual prefiero. – la voz de Dean era suave, apenas un susurro, pero se lo oía claramente.

- Así que pegarme o follarme… difícil decisión… - se burlo Sam, cruzándose de brazos delante de su hermano y retándole con la mirada. – Me gustaría verte intentarlo. Cualquiera de las dos.

- ¿Me estas desafiando, Sammy?

- Siempre, Dean.

A ninguno de los dos le quedo muy claro como ocurrió, pero pasaron de intentar pegarse y darse empujones a besarse como si el mundo se fuera a acabar. Las manos por todas partes, apartando la poca ropa que llevaban. Las leguas batallando por un dominio que ninguno conseguía. Mordiendo, arañando, cayendo en la cama y rodando para quedar encima del otro.

Sam iba ganando cuando el móvil de Dean sonó distrayéndolo. Distracción que aprovecho el mayor para ponerse encima y coger el teléfono a la vez que intentaba inmovilizar a su hermano. En la pantalla el nombre de Bobby parpadeaba y Dean descolgó, dando un bufido.

- ¿Diga? ¡Bobby! ¡Que alegría escucharte! Ya íbamos a llamar… ¡Aaaaahhhhh! – Sam, que no se había estado quieto mientras su hermano hablaba por teléfono, trato de volver estar arriba y rodó, arrastrando el cuerpo de Dean con el suyo. Lo malo fue que calculo mal y acabaron los dos en el suelo, con un golpe seco que casi les dejo sin aire. – Ay… no, no… estoy bien… un tropezón solo… - tapo el micro del móvil y empujo a Sam, que estaba casi encima de el, riendo a carcajadas. - ¡Quita, bicho, que pesas! ¿Qué? No, nada. No pasa nada. ¿Qué querías? Aja… aja… vale, estamos en camino.

Sam le miro con reproche. Dean le arqueo una ceja, cerrando el móvil.

- Estarás de broma… - el mayor rió por lo bajo y se levanto del suelo.

- Me temo que no. Hay pistas del de ojos amarillos por Texas. – Sam puso sus ojos de cachorrito y Dean volvió a reír. – No me pongas esos ojos, Sam. No te van a servir de nada. Levanta. – el pequeño se incorporo, refunfuñando.

- Mi karma me odia… en serio…

- No te quejes tanto, campeón. Esta noche seguiremos nuestra… er… discusión… Vamos. Tenemos trabajo que hacer.

Fin!!!