¡Umm! Mejor me lo llevo desde ahora. Espero le guste. Pero antes…

"Estimado Almirante, gracias por la licencia de tres días. Tal vez para más adelante la llegue a utilizar."

¡Esta muchacha! Volvió a rechazarla. Lo dicho, Andrade y Galván por partida doble —Gloval encendió su pipa tras escuchar la llamada telefónica de la teniente Andrade en su despacho.Era el primero que llegaba ala base y el último que se iba.

Aquel sábado a primera hora, Nicté Andrade salió de su barranca llevando en su mochila el regalo para Rick y debajo del brazo las dos copias del reporte para Hayes y Gloval en su respectiva carpeta. Llegó con tiempo porque antes quería pasar a otro lugar.

Fue al hangar del Bermellón, el avión líder ya había sido reparado en su totalidad. Se acercó a acariciarlo en la nariz pensando en su piloto.

—¿Nicté? —era Max Sterling, le llamó la atención que hiciera aquello—. Buenos días, no esperaba verte por aquí.

—¡Oh! Buenos días, Max. Oye qué pena contigo después de la prueba de vuelo. Te mojé tu uniforme de vuelo con mis lágrimas.

—Está bien. Yo también estuve llorando. Casi nunca lo hago en público, excepto la vez que murió Ben Dixon, uno de los miembros originales del escuadrón y mi mejor amigo. Estábamos sobre la Región Autónoma de Ontario cuando estalló la barrera protectora. De ahí en fuera, prefiero un lugar privado para desahogarme.

—Yo también prefiero hacerlo así. Diría que simplemente nos ganó la emoción.

—¡Vaya emoción! Más que prueba de vuelo parece que estuvimos en la montaña rusa más intensa. Sé que ayer dijiste que tus abuelos y tu padrino te enseñaron a volar, pero ¿estás segura que nunca estuvieron en un circo aéreo?

Nicté solamente se echó a reír con la pregunta de Max.

—¿De dónde sacaste eso?

—Aventarte en picada con los motores apagados me parece una suerte de circo aéreo.

—Alguna vez llegué a ver maniobras de los pilotos de la FAM, pero acrobacias como dices solamente en películas con biplanos de la 1ª. Guerra Mundial y algunos de la 2ª. Guerra Mundial.

—Sé que ya te ha de molestar de que te lo digan todo el tiempo, pero eres un…

—¿Aunque sea rabioso? —gracias a la labor de inteligencia de las Conejitas, se enteraron que el horrible sobrenombre había salido directamente de los hangares el mismo día que platicaron sobre el pasado de Nicté Andrade en Nueva Ciudad de México. Había que averiguar quién era el culpable.

—¿Así que eso dicen? Cuando le comente al mayor Focker y al capitán Hunter, ya verán quienes son los rabiosos en cuanto sepamos quién habló. Para mí lo eres y punto. Ya van dos veces que nos ayudas.

—Gracias, es lo que me toca hacer.

—¿Vas a ir a ver al capitán Hunter? Mir y yo iremos a las 1600 por si gustas acompañarnos.

—Salgo hasta las 1700, gracias de todas maneras. Voy a llevarle esto —le mostró el contenido de la bolsa.

—¿Otro flan? —Max se le hacía agua la boca de recordar aquel delicioso postre de la parrillada.

—Es sorpresa. Disculpa, ¿qué hora tienes?

—Casi son las 0730.

—¡Te veo al rato!—tan apurada salió del hangar que no se fijó que soltó los papeles y Max los recogió.

—¡Rayos! El reporte. No lo hemos hecho. ¡Mir!.

Al llegar al puente, Nicté fue directo al frigobar para guardar el regalo. Para su molestia, estaba lleno hasta el tope de pastelitos, Petit Cola y otras cosas. ¿Y ahora qué hago? En eso, Max se asomó por la puerta.

—Señorita, las prisas son malas consejeras —tendiéndole los dos juegos del reporte—. Los tiraste allá abajo.

—Max, te vas a ir al cielo con todo y zapatos —recogiéndolos con su mano libre.

—Si no los recojo, jamás me hubiera acordado que hay que entregar el reporte de la prueba de vuelo. Lo que no entiendo es para qué traes dos juegos.

—Uno es para la capitana Hayes y el otro para el almirante Gloval —vio a Max con una mirada de interés—. Max, ¿me harías un favor?

—Claro, ¿qué necesitas?

Max y Nicté fueron directamente a la oficina del Bermellón. En una de las paredes estaba una foto de Rick, Max y Ben en sus primeros días como equipo. ¿Así que tú eres Pozo sin Fondo Dixon? Por lo que me contaban, te creía más gordo. En el frigobar lo único que había eran algunas latas de Petit Cola. Ahí dejó tranquilamente el regalo.

—Como podrás ver, solamente guardamos refrescos. Saben deliciosos después de una jornada agitadora de los patrullajes.

—¿Estará seguro?

—Despreocúpate, mientras nadie sepa qué es, completamente a salvo. ¿Te puedo hacer una pregunta personal? Digo, si no te incomoda.

—Tú dirás.

—¿Te gusta el capitán Hunter? Lo pregunto por como te acercaste al Bermellón 1.

Nicté se puso más roja que un jitomate.

—Yo…, pues tiene unos ojos encantadores…

—Suficiente, con eso me basta —cerró los ojos y cruzó los brazos—. Eso confirma mis sospechas.

—¿Sospechas? No me espante, Sherlock Sterling.

—Así que Sherlock, ¿eh? Jamás lo había pensado. Verás, el día de la parrillada cuando los presenté, se quedaron completamente alelados. ¿Por qué no sales con él? Está libre.

Ella se guardó muy bien decir que ambos ya habían salido, pero no en ese plan como insinuaba Max Sterling.

—¿Por qué me dices esto, Maximilian Sterling?

—Tengo una corazonada con ustedes.

—Si tú lo dices. Gracias por lo del frigobar. Vendré al terminar mi turno —se encaminó a la salida.

—Si encuentras cerrado, busca a Preston. Él tiene la llave.

A la hora del descanso, las Conejitas y Nicté se reunieron en la cafetería.

—Hasta el momento, el único indicio que tenemos es que ese horroroso apodo salió de los hangares —informó Vanessa.

—O sea que hay dos caminos o los pilotos o el personal de tierra —Kim le mostró una lista de los posibles sospechosos

—Quedan descartados el mayor Focker, el capitán Hunter y el teniente Sterling porque no son dados a esparcir rumores, pero sí a escucharlos. Miriya no les encuentra sentido, dice que son pérdida de tiempo. No te preocupes, en cuanto sepamos quién fue le vamos a quitar los pantalones —Sammy no podía ser más directa.

—Me basta conque cesen. Oigan, por qué ahora sí hay gente en la cafetería a esta hora.

—¿No sabes? Los aspirantes a salir con la capitana Hayes se hartaron de sus negativas —añadió Kim.

—Y porque no soportaron que sus regalos fueran a dar a la capilla —Vanessa les pidió que se acercaran para susurrarles la verdadera razón—. Pero todavía hay dos que tres que siguen insistiendo. Cambiando de tema, es un milagro que el capitán Hunter no se quedara ciego.

—Fue algo muy lindo lo que dijo el mayor Focker de que el capitán quiere verte, Nicté —agregó Kim.

—Igual es para agradecerte que lo salvaras —terminó Sammy.

Nicté se quedó viendo hacia la pista recordando aquellas palabras que Rick pronunciara cuando venían de regreso Tengo mucho miedo. No lo voy a lograr.

—¿Nicté? —Sammy le tocó el hombro para traerla de regreso de sus pensamientos.

—¿Decían?

—Un momento, al día siguiente de la prueba de vuelo le acariciaste la nariz al Bermellón 1.

—Y te pusiste roja cuando el mayor Focker te dijo que el capitán quería verte.

—Eso quiere decir que… —a las tres se les dibujó una enorme sonrisa en la boca y la sacaron arrastras de la cafetería para ir a un sitio más privado: el puente del SDF-1. Nicté se quedó de una pieza, jamás en sus sueños se había imaginando estar ahí. Recorrió el lugar con la vista.

—¡Cuenta cuenta! ¿Ya salieron? —Kim fue la primera en hablar

—Ojalá no te haya dejado plantada como a la capitana Hayes —Sammy arrugó la frente al recordar cuando Lisa estuvo esperando a Rick en el Café Seciele para irse de día de campo.

—Chicas, ¿no me dijeron que evitara acercármele porque la capitana Hayes me podía rebanar el cuello?

—Te gusta, no lo niegues —Vanessa puso una cara pícara.

—Por eso te la pasas viendo hacia las pistas —Kim le dio un codazo.

—Y por eso estabas en los hangares —concluyó Sammy—. Apuesto a que te gusta su trasero.

—Lo que me gusta físicamente de él son sus ojos y su sonrisa. Además, eso no significa nada —el rubor se le fue subiendo poco a poco a las mejillas, producto de la ira y un tanto, la vergüenza.

—Mejor volvamos. Quiero terminar antes de salir del turno —Vanessa fue la que dio por terminada la singular reunión. Había que confirmar si ambos ya habían tenido algún otro contacto. Pero había un problema: Hayes. Si se enteraba que el capitán Hunter y la teniente Andrade estaban saliendo juntos lo de Zemanova sería un ejercicio táctico comparado con la quemazón de Troya y Roma juntas.

Desde que volviera a su barraca, Rick Hunter salía a caminar diariamente por las calles de Nueva Macross siguiendo las indicaciones del médico. Necesitaba ocuparse en algo. Roy seguía visitándolo para ver como seguía y le contó todo lo sucediera en la oficina de Gloval dos días después de la prueba de vuelo.

Ahora me explico que sepa de aviones y no se mareara cuando salimos a volar. ¿Quién lo hubiera imaginado? Una mujer piloto. ¿Irá hoy a visitarme? Quiero preguntarle tantas cosas. En eso se detuvo a atarse los cordones de sus zapatos deportivos enfrente de una florería que acababan de abrir. Cuando terminó, en el aparador colocaron un arreglo de rosas jaspeadas rojo y amarillo. Igual que su cabello al sol.

Las Conejitas, Max y Miriya fueron los primeros visitantes esa tarde en casa de Rick. Roy llegó con Claudia, era el día libre de ambos; y Lisa, que decidió ir unos momentos a ver a su amado Rick. Le parecía que había vuelto de la tumba. Le regalaron flores y dos modelos para armar uno era el Fokker Dr. 1 del Barón Rojo y el otro, un Spitfire. Pero la persona que él más quería ver, no estaba ahí.

—Jefe, tienes siete vidas igual que los gatos.

—Dirás seis, Max. Acuérdate de cuando me derribaron nuestros misiles.

Lisa recordaba perfectamente aquel día. Por su culpa, Rick estuvo a punto de morir.

—Pues gracias a ese accidente te conocí más, Rick —Lisa le acariciaba los hombros cariñosamente.

—Lisa, por favor, ¿qué te pasa? —Rick se sintió incómodo, pero su tono de reclamo la disgustó.

—¡Sigues estando ciego, Richard Hunter! Con permiso —y salió azotando la puerta. Claudia fue tras ella. El resto se quedó viendo al cielo pidiendo paciencia para con esos dos.

—¿Qué? Ya terminamos.

—Capitán Hunter, usted es el hombre más bruto e insensible que he conocido. ¡Vámonos chicas! —Sammy salió también sumamente molesta seguida de Kim y Vanessa.

Miriya no entendía la actitud de Lisa tras su ruptura con Rick. Le era inconcebible que rechazara a tantos aspirantes, entre ellos a Vinográdov.

—Así son las mujeres, cachorro. Nunca las entendemos, pero cómo las queremos.

Afuera, Lisa y Claudia discutían acaloradamente.

—¡Rick Hunter es un idiota!

—¡Elizabeth Hayes! —Claudia nunca la había llamado por su nombre desde que se conocían—. ¿Escuchaste siquiera lo que te dijo? Se sintió incómodo. Te dije que ordenaras tu vida y lo dejes libre de una vez.

—Pero, Claudia acaba de volver del hospital, yo sólo quise ser amable.

—¿Llamas ser amable a acariciarle los hombros? Por favor, deja de hacerte daño.

—Tú me insististe que le dijera lo que sentía por él.

—En aquel tiempo cuando ambos estaban ciegos, sordos y mudos —Claudia pareció que le hubiera llegado una idea divina—. Ya caigo, ¿Cómo no lo vi antes?

Lisa se quedó extrañada.

—Se comportan como si fueran hermanos. Todo el tiempo molestándose. Por eso no funcionó. Te repito, deja esto por la paz. Y entrégame esa foto de tu cartera.

—¿Cucuál foto? —Lisa temblaba como hoja al viento. La habían descubierto.

—Sabes perfectamente de lo que hablo. Estabas viéndola cuando regresaste a tu oficina luego que Roy nos llamara para informarnos que Rick había salido de cirugía. ¡Entrégamela! Si no quieres que lo haga yo misma. Sabes que no bromeo.

Lisa no quería deshacerse del último recuerdo que tenía de su relación con Rick Hunter. Era cierto, cuando nadie la veía sacaba esa foto para tener algo de paz. Pero Claudia tenía razón, Lisa se estaba haciendo daño por no soltar el pasado. Con gran dolor, sacó aquella fotografía y se la dio a su amiga que al verla, la rompió en pedazos y se los guardó en el bolsillo de su falda. Jamás se había sentido tan furiosa con Claudia en toda su vida.

—¿Por qué me haces esto? Creí que eras mi mejor amiga.

—Porque lo soy te digo que dejes de lastimarte de esta manera, Lisa. ¡Valórate! —tomándola de los hombros para verla a los ojos—. Quiero que seas feliz. Hay otros hombres.

—Ninguno como Rick, mi Rick.

—Por suerte. Tampoco como Karl Riber. Cada uno es único. Y con ellos vivimos cosas distintas. Te quiero mucho —Claudia la abrazó—. Ve a casa y tómate un té.

—Mejor regreso a la base. Todavía tengo cosas qué hacer.

—Definitivamente, te casaste con tu trabajo. ¡Suerte! ¡Y piensa en lo que te dije!

De vuelta en casa de Rick, continuó la celebración.

—¡Salud! —Roy ya le tenía preparada a Claudia su copa con vino blanco. Rick, debido a las medicinas, tomaba jugo de manzana.

—Y porque se repita la aventura —dijo Max—. Fue divertido, aunque algo cardiaco.

—Ahora que lo mencionas, Max, sí fue excitante. En algún momento, te viste muy preocupado y eso que eres el más optimista.

—Pero en la prueba usted estaba muy enojado, mayor.

—Tú lo has dicho, en la prueba. Si alguien me hubiera dicho lo que viviríamos ese miércoles y apuesto, habría perdido.

—¿Tú volverías a repetirlo, jefe?

Rick escuchaba una y otra vez cada una de las palabras que Nicté le dijera cuando iban de regreso a la base Macross.

—¿Rick?

—¿Jefe?

—¿Eh? ¿Qué decían?

—Que si volverías a repetir la aventura, cachorro.

—Sí, todo, completamente todo —y le dio un sorbo a su vaso.

—Nos vamos. Que te mejores pronto, Rick. Vamos a llevar a Dana al parque —Miriya se despidió.

—Te cuidas, jefe —se acercó a susurrarle al oído en lo que Roy y Claudia se despedían de Miriya—. Al rato va a venir una sorpresa —le dio una palmadita e el hombro.

—Gracias por venir, chicos, los acompaño —Roy salió con ellos.

Claudia se quedó con Rick levantando las copas vacías.

—Una moneda por tus pensamientos.

—¿Sabes a que se refiere Max conque va a venir una sorpresa?

—Tal vez alguien que estuvo contigo en la prueba venga a visitarte después de su turno —a Rick se le iluminó el rostro.

—¿Lo dices en serio?

—¿Quieres saber algo más? —el joven piloto asintió—. Durante esos seis días de espera, ella no dejó de ir al hospital. La vi en la estación de enfermeras del piso donde estuviste. Salía con una expresión de mucha desconcierto —Rick se sintió conmovido—. Te gusta, ¿no es cierto? Tus ojos brillaron sin que pronunciara su nombre.

Rick, sonrojado, se rascó la nuca.

—Esteee… bueno… No he dejado de pensar en ella desde que la conocí.

—Díselo. Y por favor, no cometas el mismo error que con Lisa.

—¿Tú crees que yo también le guste?

—Pregúntaselo tú mismo. Ésta es tu oportunidad.

Roy volvió tras despedirse de los Sterling.

—¿Qué te parece si nos vamos por ahí, mi linda morena? —Roy tomó a Claudia por detrás de la cintura cuando llevaba las últimas copas a la cocina.

—¡Roy, casi me tiras! —viendo a Rick con fingida preocupación—. ¿Estará bien si lo dejamos solo? —las dejó en la mesa de la sala.

—El cachorro ya está bien.

—Anden por mí no se detengan.

—Si necesitas algo, llámame al celular. Hasta luego, hermanito —Claudia le guiñó un ojo cuando salió tomada de la mano de Roy.

Perfecto, así estaremos a solas. Rick se frotó las manos y terminó de arreglar la casa.

En la base, Nicté terminaba de dar las últimas instrucciones a los pilotos que volvían de su patrullaje cuando Lisa Hayes se presentó en el puente con cara de muy pocos amigos. Faltaban unos pocos minutos para su hora de salida.

—Andrade, ¿cómo va todo?

—Mi capitana, los escuadrones Azul, Ghost y Morado están por aterrizar —se levantó saludándola.

—¿Y el reporte de la prueba de vuelo?

—En su escritorio, mi capitana.

—Perfecto, sabe cumplir órdenes.

—Con su permiso, mi capitana. Ya terminó mi turno, nos vemos el lunes —y la saludó.

—Un momento, teniente. Todavía no se puede ir.

—¿Cómo, mi capitana? Son las 1700. En unos minutos empieza el siguiente turno —Nicté observó que una vena se le saltaba a Lisa Hayes de la frente.

—¿Y quién lo dice?

—El reglamento. Claramente especifica que solamente se hace tiempo extra en caso de alerta o por un ejercicio plenamente justificados.

—Saque 20 juegos de copias de su informe para dárselo al Alto Mando —Lisa estaba sumamente molesta, por Rick, lo de Claudia y de paso, sus celos por Andrade.

—¿Ésa es la alerta, capitana? Quien sabe qué le picó, Parece que comió gallo.

—¡No me venga con juegos, Andrade! Se cree muy importante porque el almirante Gloval la apoyó con su estúpido proyecto del VT/f y esa maldita prueba de vuelo.

Esto tiene pinta de escenita de celos. Por eso está encabritada.

—Mire, capitana Hayes. El almirante me pidió el proyecto cuando llegué aquí, jamás se lo propuse. Vaya y pregúnteselo. Y en cuanto a la prueba, resultó un éxito. ¿Qué le molesta?

—¿Cree que no me enteré de la licencia de descanso que le dieron después de la prueba de vuelo? Y se la dieron dos veces.

—¿Usted ha visto que me haya ausentado? Mi salud está perfectamente por eso vengo a cumplir con mis obligaciones. Si no tiene inconveniente, me retiro —volvió a saludarla.

—¡Ningún se retira! Mis juegos de copias —Lisa bufaba por la ira. Estaba perdiendo el control de la situación.

—Correcto ¿cuál es la alerta? —la mirada inexpresiva de Nicté Andrade puso extremadamente nerviosa a Lisa Hayes.

—No… la… hay —si había algo que Lisa Hayes no toleraba eran las violaciones al reglamento.

—¿Existe alguna justificación válida para quedarme de acuerdo al reglamento?

—No —siguió sin poder mentir.

—Entonces si no la hay, ¿para qué quiere que haga tiempo extra?

—¡Respete mi rango! Hágalo o la mando arrestar.

En ese momento, se hizo el cambio de turno.

—Buenas tardes, capitana Hayes, teniente Andrade —los tres se saludaron marcialmente.

—Buenas tardes, teniente Lewis, Un favor.

—Dígame, teniente.

—Mi turno ya terminó y la capitana Hayes requiere que le saquen unas copias. ¿Tendrá algún inconveniente?

—De ningún modo, ¿cuál es el documento en cuestión, capitana?

Lisa salió hecha un torbellino del puente directo hacia su oficina.

—Gracias, te debo una.

—Un placer, Ángel. Oye, ¿qué le pasa a la capitana Hayes? Jamás la había visto tan descompuesta.

—Ni idea. Nos vemos.

¡Las 1730! Le dije a Max que pasaría a las 1700. Ojalá todavía esté abierto. La oficina del Bermellón estaba completamente cerrada. Y de aquí a que encuentre a Preston en esta base. ¡Con un demonio! ¿Para qué te vienes a desquitar de tus problemas personales con el mundo, Lisa Hayes? Nicté tardó una hora en localizar a Preston que se encontraba jugando cartas con el teniente Hopkins, el sargento Collins y el sargento Jarvis en la sala de simuladores.

—¡Preston! ¡Al fin! ¿Me abre la oficina del Bermellón, por favor?

—Ángel, digo teniente Andrade. El teniente Sterling me avisó que pasaría a las 1700 y la esperé 15 minutos. ¿Qué le pasó?

—Es complicado —su expresión de molestia y de apuro solamente tenía una explicación: la Reina del Hielo.

—Vamos, le abro y la acompaño a la salida. Ya está oscureciendo.

Rick estaba muy ansioso mirando su reloj. Si sale a las 1700 ¿por qué tarda tanto? Claudia dijo que tal vez viniera después del turno. ¿Y si viene otro día? Pero Max me aseguró que habría una sorpresa. ¡Uf, qué fastidio!

Nicté corría apresurada por las calles del barrio militar. Iba tan apurada que tropezó con un borde saliente de la acera. El regalo no se estropeó, pero sí sus piernas. ¡Maldita sea, lo que me faltaba! A las 1900 llegó a su destino.

A esa misma hora, Rick ya se había hecho a la idea que no tendría más visitas aquel día. Al escuchar el timbre, pensó que era Roy.

—Roy, me enc… —ahí ante su puerta estaba Nicté Andrade con las rodillas sangrando. Se le notaba en su rostro que había hecho un gran esfuerzo—. ¡Nicté! ¿Pero qué te pasó? Pasa, déjame ayudarte con eso —pasaron y cerró la puerta

—¡Ouch, duele! —se quejó.

—¡Estás sangrando! —al verse las rodillas, la joven comenzó a reírse—. ¿Qué es tan gracioso? —Rick no entendió ese cambio de humor. No vaya a ser como Minmei.

—Recordé cuando de niña me raspaba las piernas rodando por las colinas.

—Y terminabas con pasto en el cabello. ¡Vaya que era divertido! —dejó la mochila en el sofá —. Iré por el botiquín.

—Gracias, ¿me permites pasar a tu baño?

—Sí, claro, está en la recámara. Por aquí —sacó un paquete envuelto en papel blanco y lo dejó en la mesita de la sala. Y siguió a Rick llevándose su mochila.

En el baño, Nicté se quitó las medias rotas por la caída y las envolvió en papel sanitario y las guardó en la mochila para después tirarlas. Se lavó las heridas, sacó su cepillo para arreglarse un poco el cabello y sacudió su uniforme. Al salir, Rick había sacado el botiquín de primeros auxilios.

—Son raspones ligeros. Sanarán pronto, ¿quieres que te ayude?

—Prepara el antiséptico y las banditas, por favor.

Al aplicarse el algodón con el antiséptico en las rodillas, Nicté no pudo reprimir un gemido de dolor. Rick impulsaba suavemente aire con su mano para que pasara la molestia. Le pasó dos banditas. Cuando ella dobló levemente la pierna derecha para ponerse una, Rick abrió los ojos de par en par viéndole las piernas. Nicté notó esa mirada tan peculiar y se puso de lado.

—Gracias, Rick. ¿Rick?

—¿Estás mejor?

—Te iba a preguntar lo mismo. Parece que te fuiste a la luna.

—No, digo sí, estoy mejor —Rick se sonrojó levemente—. Pensé que no vendrías hoy. Como sales a las 1700.

—Digamos que tuve un contratiempo. Pero no hablemos de eso. Te traje algo —tomó el paquete blanco de la mesita.

—¿Para mí? No te hubieras molestado. ¿Qué es?

—Para mostrártelo, necesito un plato extendido grande, por favor.

Rick la llevó a la cocina y le facilitó el plato. Nicté le quitó la envoltura al paquete y sacó un molde mediano de plástico transparente en forma de rosca. Le quitó la tapa, le colocó el plato encima y lo volteó, destapando la válvula. Al retirar el molde, apareció ante ellos una gelatina de color amarillo-naranja. ¡Menos mal que no se rompió por la caída!

—¡Wow! ¿Tú la hiciste?

—Esta vez no. La compré en una pastelería del centro de Macross —envolvió de nuevo el molde en el papel y lo guardó en la mochila.

Rick sacó dos platos, dos cucharitas y un cuchillo. Sirvió dos rebanadas y las llevó al comedor.

—¡Jugo de naranja! ¡Está deliciosa! —el joven piloto disfrutaba de su regalo. Nicté sonreía con alegría—. No soy fanático de las cosas dulces, pero a veces como algo.

—Me alegra que te haya gustado —probando un pedacito del postre—. ¡Mmm! Sí, está rica, ni le sobra ni le falta azúcar.

Rick y Nicté se buscaron con la mirada, perdiéndose en sus pupilas. Ambos empezaron a sentir mariposas en el estómago. Ella por fin habló.

—Creo que necesitas descansar —estaba por levantarse cuando Rick la detuvo del brazo.

—Espera, ¿por qué no te quedas un poco más? No me quiero terminar solo la gelatina —la chica asintió con la cabeza y tomó asiento junto a él—. Roy me contó lo que les dijiste el otro día en la oficina de Gloval. Tú también has tenido muchas aventuras. Sólo una cosa —puso cara de fingido disgusto—. ¿Por qué de todos los superhéroes del mundo me tenían que poner como La Mole?

Nicté se rio por la cara que Rick puso.

—A mí ni me digas, al que se le ocurrió fue a un piloto chileno aficionado a los cómics. Un día, llegó a mi base con su escuadrón, creo que era el Caupolicán, diciendo que conocía el estilo de los Cuatro Fantásticos. Y pues el nombrecito se les quedó.

—Lo que uno desconoce que pasa en otras tierras. ¿Realmente vuelas desde los diez años? ¿Tú sola?

—Desde los siete me enseñaron a base de juegos los fundamentos de volar: hacer aviones de papel y cómo lanzarlos, volar papalotes, digo cometas. Ya luego subía con mis abuelos y me hablaban de los instrumentos y la navegación, a su modo para que lo entendiera. Cuando cumplí diez, me soltaron el avión en el aire. Ellos siempre fueron conmigo. Luego me hablaron de mecánica. Pienso que fueron excelentes maestros. Y tú vuelas desde los 12, ¿no?

—Desde los siete —Nicté se quedó con la cuchara en la boca, sorprendida—. Imagínate, desde niño no he visto otra cosa más que aviones. Cuando veía a Roy en su biplano amarillo, corría tras él para alcanzarlo. Al poco, lo seguía en un biplano rojo.

—¿Tu mamá no te decía cosas como "¡Bájate de ahí, te vas a lastimar!"?

Rick bajó la mirada con tristeza.

—Ella murió antes de que aprendiera a volar. Una neumonía. Me quedé con Pops y Roy, ellos cuidaron de mí. A veces extraño a mamá, aunque casi no la recuerdo.

—Lo siento, no quise…

—Descuida, fue hace mucho tiempo.

—¿Y Pops? ¿Murió en la Lluvia de la muerte?

—No, se mató en un accidente mientras hacía una acrobacia. Vivo solo desde los 12. Tal vez te preguntes dónde estuvo Roy después de eso. Dos años antes, se enlistó y se fue a pelear a la Guerra Mundial —Nicté prefirió ya no hablar. Se quedó comiendo su pedazo de gelatina. De pronto, Rick se levantó dándole la espalda—. ¿Por qué me salvaste? No me digas que porque somos compañeros. La única vez que supe de alguien que se arriesgó por salvar a otro piloto fue en la batalla de Marte. Fue un compañero del Skull, donde inicié. El piloto del Wolf murió durante la última ráfaga y nuestro compañero quedó malherido. Roy tuvo que salvarlo, pero sobrevivió. Creo que era puertorriqueño.

—Esa sería la respuesta que te daría como militar. Te la doy como persona: creo que el mundo perdería a un ser humano al que quiero seguir conociendo.

Fue cuando Rick la vio directo a los ojos.

—Ese día, luego que me dispararan y me precipité al vacío pensé que era la última. Y luego me pides que nivele el varitech, me proteges de los zentraedis y me das instrucciones para traerme de regreso. He vivido muchos combates, pero nunca algo como esto. Me escuchaste totalmente con el miedo más absoluto en ese mismo instante. A nadie le había mostrado mi alma completamente desnuda como lo hice contigo. ¡Cuántas veces quise que alguien viera y entendiera que lo que hacemos allá arriba no es ningún un juego! Siempre me pregunto antes de despegar a una misión, ¿hoy será el día? Doy todo y regreso vivo, agradeciendo otro día más. Ni siquiera en mi primera batalla sentí ese apoyo y me tuve que tragar mi miedo. Y así hasta hoy.

Y en medio de mi terror tú, con tu voz tan tranquila y firme, me impulsaste a seguir adelante, aun sabiendo del peligro que corríamos. Te sentí tan cerca, cualquiera diría que me tomaste de la mano cuando pusiste el ala de tu nave bajo la mía. Estabas ahí, cuidándome. Cuando me preguntaste la última vez si confiaba en ti a la hora del aterrizaje, me diste tal seguridad que me entregué completamente y deposité toda mi vida en tus manos.

—Te confieso que también estaba aterrada. Por eso que dices, tenía tu vida en mis manos. Es más fácil huir, pero si sabes que puedes ayudar y tienes el poder de hacerlo, el miedo pasa a segundo plano. Nunca lo había hecho en una pelea. Me sorprende que sigas vivo, un disparo a la capota es muerte segura.

—Mientras estuve en el hospital, tuve un sueño. Reviví toda la fase de batalla de la prueba de vuelo y el ataque de los zentraedis. Luego me vi envuelto por la oscuridad y caí al vacío completamente ciego. Después escuché tu voz diciéndome que confiara en ti. Apareciste con el uniforme de vuelo de la RDF y con alas blancas en la espalda diciendo "No te dejaré solo, Rick".

Nicté no se esperaba que el capitán Rick Hunter, la leyenda de la Guerra Robotech estuviera ahí delante de ella desnudado su alma con el brillo más intenso que le haya visto en la mirada.

Tras unos segundos de silencio, ambos dijeron a mismo tiempo:

—¿Me permites seguirte viendo? —al ver lo que habían hecho se echaron a reír.

—Claro, Nicté, me agradaría mucho.

—Por supuesto, Rick. Me encantaría volver a verte. Pero con una condición.

—¿Condición?

—Nada de estarnos escondiendo de tu ex. Parece que estuviéramos haciendo algo malo. ¿O no han terminado?

—Ya terminamos. Tienes razón, para qué escondernos. Así será de hoy en adelante.

Nicté consultó su reloj. Era hora de partir. Se levantó de la mesa a tomar sus cosas y se acercó a Rick.

—¿Me das tu teléfono, por favor?

—Sí, desde luego —Rick se lo apuntó en las notas que tenía cerca del teléfono. Le dio el de su casa y el celular. Ella hizo lo mismo. Y la acompañó a la puerta.

—Me da gusto que te encuentres mejor—se acercó a besarlo suavemente en la mejilla—. Chau, cuídate.

Rick cerró y se apoyó contra la puerta. ¡Ese perfume! ¡Ah, me encanta!

Unos minutos después, volvieron a tocar el timbre.

—¿Qué haces aquí, Max?

—El mayor Focker me pidió que viniera por si necesitabas algo. No volverá sino hasta mañana.

—Como puedes darte cuenta estoy entero. Pasa, por favor.

Max observó que en la mesa del comedor había dos platos y una gelatina.

—¿Qué tal estuvo la sorpresa, jefe?

—Los ángeles existen, Max —y luego expresó con ensoñación—. Huelen a flores de cidro y tienen unas piernas…

—No perdiste el tiempo, jefe —sonrió pícaramente mientras su mirada se desvío hacia la gelatina. Rick notó ambas cosas.

—¿Qué insinúas, Sterling? Sírvete, si gustas.

Max agradeció y fue a la cocina por otro plato y una cuchara. Sacó una rebanada de gelatina. Al probarla exclamó:

—¡Está riquísima! ¿Nicté la hizo?

—No, la compró —Rick se puso meditabundo.

—¿Todo bien, jefe?

—Es extraño, Max. Muchas veces quise que Minmei comprendiera el miedo que tenía a morir en batalla y lo único que decía era que todo saldría bien y más adelante me suplicó que dejara la milicia. Después Lisa fue mi razón para regresar tras batalla. Varias veces le expresé ese miedo y me decía que era mi deber cumplir.

El día de la prueba de vuelo cuando veníamos de regreso a la base, Nicté Andrade me escuchó y me sintió vulnerable con ese mismo miedo y lo único que hizo fue decirme que no me dejaría solo. Me entendió en mi propio lenguaje.

Te juro que jamás me había sentido tan cómodo hablando con una mujer.

—¿Qué más le dijiste?

—Te vas a reír, al mismo tiempo los dos dijimos que si nos permitíamos seguirnos viendo —ver a Rick sonriendo y bajando la vista le dijeron todo a Max.

—Mi corazonada acertó —el piloto de lentes cerró los ojos sonriendo para sí.

—¿Cuál corazonada?

—Una que tengo con ustedes dos. Invítala a salir, jefe —Rick también se guardó decir que ya se habían visto dos veces. ¿Estaré listo para dar ese paso?—. Por cierto, escuché algo bastante desagradable, ¿sabes cómo llaman los pilotos a la teniente Andrade? —Rick negó con la cabeza y Max le susurró al oído aquel sobrenombre.

—¡Qué se habrán creído esos idiotas!

—Sabía que reaccionarías así, jefe. El mayor Focker también se enteró. Y tengo un plan para acallarlos, pero te necesito de vuelta al servicio.

De pronto, el celular de Rick sonó, era un mensaje.

"Fue una estupenda velada. Espero verte volando muy pronto ;-)"

Después de leerlo, se le dibujó una gran sonrisa que Max notó.

—Era ella, ¿verdad? ¡Vaya que es decidida, jefe! No la dejes ir.

—¿Qué me decías de tu plan? —los dos amigos se quedaron platicando sobre el plan que tenía Max. A Rick le brillaron los ojos malévolamente.