En verdad había tratado de ignorarla.

Al principio era muy sencillo. Ella lo ignoraba también, la mayoría de las veces; le servía su café y se llevaba su taza vacía con poco más que un simple 'hola'. Estaba ese distractor meneo de caderas, esas sonrisas pequeñas pero dulces, y esos malditos HOYUELOS, por supuesto, pero él tenía años de practica ignorando ese tipo de cosas. En verdad le sorprendía siquiera haberlos notado.

Pero conforme pasaba el tiempo ella parecía ganar y más confianza, y era más y más difícil de ignorar. En particular, cuando todos los Amis se reunían en el café y ella bajaba la guardia, Enjolras no podía ignorarla: el modo en que hablaba con las manos, el modo en que hablaba mucho más alto cuando bebía, o el modo en que inclinaba la cabeza hacia atrás cuando reía, haciendo que sus largos rizos espesos cayeran por su espalda como cascada.

El verdadero problema, decidió él, era que una vez que notaba algo no podía evitar verlo por todos lados. Así que cuando después de un par de días en su nuevo trabajo en el Musain él notó que ella cantaba en voz baja cuando trabajaba, y él no podía evitar escucharla. Incluso ni ponerse sus audífonos lo ayudaba a concentrarse, lo único que quería era saber que cantaba ese día. Después de un par de semanas, incluso comenzó a notar patrones en su vestimenta: Éponine sólo tenía una chamarra negra de piel, dos pares de jeans y siete playeras que usaba en diferentes combinaciones. Por qué nunca usaba otra cosa? Que a las chicas no les gustaba ir de compras?

No podía ser por el valor sentimental, una de sus playeras era rosa brillante con 'Je t'aime Orleans' en el frente y cuando Combeferre le preguntó si había ido o quería ir a Orleans, ella simplemente respondió: "No, no he ido. No es lo suficientemente lejos para mi." También había expresado su desagrado por el color rosa en varias ocasiones. Él sabía que no tenia estabilidad económica, pero seguramente sus ganancias en el café podrían permitirle comprar una playera nueva. O una pieza de pan de vez en cuando, nadie debería estar tan delgado, especialmente si trabajan en un café. Incluso más extrañamente, su piel nunca parecía estar completamente limpia, pero seguramente podía bañarse, donde quiera que viviera. Toda casa tiene una bañera o una tina, por el amor de Dios.

El peor día de todos fu a cuando se dio cuenta del modo en que sus ojos y su piel brillaban cuando Gavroche estaba con ella, porque no podía encontrar un solo motivo o razón lógica de por qué sucedía. Observó que un fenómeno similar ocurría cuando estaba cerca de Pontmercy, pero había escuchado a Combeferre comentar que estaba perdidamente enamorada del bufón, así que al menos ahí podía ver una causa potencial para ese... brillo.

Después de su primer estallido, con su mirada electrificante y ese fuego en sus ojos que lo habían afectado tan extrañamente, había resuelto nunca volver a discutir con ella, en pos de evitar tales distracciones.

Enjolras no se dio cuenta en ese entonces que Éponine podía llegar a ser tan desesperante. Constantemente cuestionaba su juicio durante las reuniones, y le hablaba como si él jamás hubiera estado en la calle; tal vez ella tenía más experiencia en las zonas más pobres de París, pero él no era un completo idiota, él sabía lo que sucedía.

Ademas, si comentaba que su vida era simple una vez más, tomaría todo de si evitar voltear la mesa y destruir todo el café. Él no vivía en ninguna mansión que pagaban sus padres, se había ganado lo que tenía como pasante en la corte, y dividía la renta 50/50 con Combeferre en un modesto apartamento de tres recamaras en Saint Michel. El único dinero que aceptaba de sus padres era la colegiatura de su carrera en la universidad, y solo lo aceptaba porque sabía que no tenía sentido que su educación sufriera por su orgullo. No le había dicho todo esto a ella, por supuesto. No era de su incumbencia. Y definitivamente no le daría la satisfacción de saber que lo había molestado.

Así que decidió cumplir al pie de la letra su negación de verla a los ojos, particularmente cuando había peligro de que se encendiera el fuego en ellos de nuevo, y la ignoraba lo más que podía. Ese era el único modo de sobrevivir ese lapso temporal de concentración.

Así que apenas alaban durante las reuniones. Y él decidió no notar su piel o sus caderas, o su sonrisa o su ropa. O su voz. O su risa. O su cabello. Y definitivamente no notaría esos malditos hoyuelos.


A/N:

Una vez más, heme aquí! Estos capítulos los subiré más seguido porque son más cortos, espero que les gusten.

Muchas gracias por leer y pues nos leemos pronto.

Los quiero mucho.

Bren.