Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia tampoco me pertenece, es una adaptación.

CAPÍTULO IX

Konohamaru se internó lentamente en la noche, sus sigilosos pasos guiados por la moteada luz de la luna que empezaba a subir. Cuando tomó su ruta por encima de la plataforma de piedras sueltas, con el mayor cuidado de no mover ninguna, la emoción le aceleró el pulso.

Nunca lo había atraído mucho el peligro, pero lo animaba y estimulaba el drama, algo que había escaseado bastante en su vida antes de conocer a Kurama en esa casa de juegos hacía dos años. En realidad, lo que lo impulsó aquella vez a ponerse el cañón de esa pistola de duelo en la sien fue tanto el aburrimiento por la futilidad de su existencia como el miedo al escándalo. Aunque ninguno de los dos había hablado del tema desde entonces, él sospechaba que Kurama sabía que no habría tenido el valor de apretar el gatillo.

Si no hubiera sido por la intervención de su amigo, o bien estaría pudriéndose en la prisión de deudores o matándose a borracheras en su elegante casa de Londres, sin tener para esperar nada que le hiciera ilusión, aparte del ocasional romance con alguna mala actriz y el legado paterno de gota y dispepsia. El único intento del vizconde por asegurarle una posición, comprándole una comisión en la Real Armada, acabó en desastre en su primer viaje, al vomitar hasta las tripas sobre los galones de la casaca de un almirante, el que dio la casualidad era el más viejo amigo de su padre. Aunque con el tiempo remitió su tendencia al mareo por movimiento, el desprecio de su padre no remitió jamás.

Casi deseaba que su padre pudiera verlo en esos momentos, vestido todo de negro, caminando sigilosamente por la espesura de un bosque sin mover ni una hoja ni romper una ramita. Por primera vez en su vida, era un hombre con una misión. Cuando el bosque comenzó a ralear, obligándolo a correr de árbol en árbol, lo maravilló que sus pasos ya no fueran pesados ni torpes, sino ágiles y llenos de finalidad.

Cuando saltó por encima de un pequeño barranco, su capa negra ondeó detrás de él, haciéndolo imaginarse capaz de volar. Esperaba que a Kurama no le molestara que le hubiera cogido la capa, le añadía un toque de osadía, ímpetu, a su disfraz.

Salió del bosque y continuó por el medio de un prado de hierba plagado de piedras, contando con que el reborde rocoso lo protegiera de ser visto desde la aldea anidada abajo en el valle. Exploró el entorno buscando un buen lugar para encender la bomba de humo que llevaba bajo el brazo; su brillante llama y la humareda sacaría a los aldeanos de sus camas, haciéndoles creer que Kurama había vuelto al ataque.

En eso estaba la belleza del plan. Los ciudadanos de Konohakure eran tan supersticiosos y se sentían tan culpables que él sólo tenía que sembrar las semillas del miedo en sus fértiles imaginaciones para convencerlos de que en sus vidas estaba actuando una terrible fuerza sobrenatural. Entonces, si se cortaba la leche o el bebé aullaba de dolor por un cólico, o el gato escupía una bola de sarro, eso era sin duda obra de Kurama.

Colocó el tiesto sobre un abultado montículo de hierbas y sacó lo caja de cerillas del bolsillo, riendo en voz baja.

Si los aldeanos eran tan estúpidos para confundir el mineral azufre con el olor de las llamas del infierno y el humo con el aliento de un dragón, pues se merecían sus noches insomnes. Frotó una cerilla en el pedernal y se inclinó a poner la llama en la mecha de la bomba de humo.

—¿Eres tú Niall? Cuando desperté te habías marchado. ¿Por qué me dejaste toda sola en el bosque?

Cuando las armoniosas cadencias de esa dulce voz femenina acariciaron sus oídos, Konohamaru se enderezó y apagó la llama de la cerilla. Se giró lentamente a mirar a la mujer que acababa de pillarlo con las manos en la masa.

—¡No eres Niall! –exclamó ella en tono acusador, retrocediendo un paso.

—No. Si lo fuera, ciertamente no te habría dejado toda sola.

A la luz de la luna, ella parecía un clarividente geniecillo de los bosques de piel blanca como la crema y una mata de rizos oscuros, tenía la falda llena de hierbas pegadas, el pelo revuelto, el corpiño mal abotonado, pero su desaliño sólo la hacía más atractiva. Parecía una niña traviesa jugando a mujer.

Una mujer cuyos labios de botón de rosa todavía estaban hinchados por los besos de otro hombre, se dijo Konohamaru.

Poniéndose en jarras, ella lo miró osadamente.

—Nunca le he visto en Konohakure, señor. Y conozco a todos los hombres que viven ahí.

Konohamaru tuvo que aclararse la garganta para contestar:

—Me temí que ibas a decir eso.

Ella se miró la ropa con expresión avergonzada.

—Espero que no piense que siempre voy así. Lo que pasa es que... me caí y rodé un poco por la hierba.

Konohamaru desvió la mirada de las suaves protuberancias de sus pechos, sintiendo la lengua cada vez más liada.

—Yo también he tenido alguna caída en ocasiones. Una vez bebí demasiado oporto y me caí de mi caballo, yendo a aterrizar en la falda de una dama que iba paseando por el parque en su faetón.

—¿Y esa dama pensó que estaba enamorado de ella?

Konohamaru necesitó casi un minuto entero de deleitarse en la simpatía de esos chispeantes ojos grises para comprender que esa beldad, esa rosa de las Highlands, estaba coqueteando con él. ¡Con él, Konohamaru Sarutobi, el lerdo hijo de un vizconde de poca monta!

—Si lo pensó —contestó—, lo demostró llamando a gritos a un alguacil y golpeándome la cabeza con su quitasol.

Una alegre media sonrisa curvó los labios de la muchacha, mientras le miraba la camisa de seda negra de manga larga con pechera y puños de encaje, las ceñidas calzas hasta la rodilla, las relucientes botas de montar, que le apretaban horriblemente los pies pero le daban un aire gallardo que bien valía la pena el sufrimiento, y los elegantes pliegues de su capa.

Cuando volvió a mirarlo a la cara, se le desvaneció la sonrisa.

—¡Toma, ya sé quién es! —exclamó, agrandando los ojos hasta que parecieron focos luminiscentes, y empezó a retroceder—. ¡Es el Dragón!

Konohamaru estuvo a punto de negarlo, pero el destello de pavor reverencial que vio en los ojos de ella se lo impidió. En toda su vida jamás lo había mirado así una mujer. Antes de darse cuenta de lo que iba a hacer, ya había entrado el estómago e hinchado el pecho.

—Sí, muchacha, soy el Dragón.

No se habría sorprendido si ella hubiera echado a correr por el prado gritando aterrada, o hubiera retrocedido horrorizada al descubrir que el Dragón era un inglés ligeramente barrigón. Pero ella no hizo nada de eso, lo que hizo fue abalanzarse sobre él quedando entre sus brazos.

—¡Usted! —chilló, golpeándole el pecho con sus pequeños puños—. ¡Usted es la horrible bestia que se comió a mi hermana!

Cuando uno de esos puños conectó con su estómago recién hundido, el pecho se le desinfló con un potente «¡fluuuch!». Apremiado por silenciarla antes que despertara a toda la aldea, la apretó contra su pecho y le puso la mano en la boca.

—No me he comido a tu hermana —le susurró al oído—. Está viva y bien, y lo puedo demostrar. Incluso me ha hablado de ti. Tú tienes que ser la menor, Hanabi, pero ella te llama con otro nombre. Mmm... ¿Katie? ¿Ketty? …

Mientras buscaba desesperado en su memoria, ella le enterró los afilados dientecitos en la palma, con fuerza como para sacarle sangre, y él tuvo que retirar la mano.

—Kitty —espetó ella, debatiéndose más como un tigre ofendido que como una amorosa gatita tocaya.

—¡Kitty! ¡Claro! ¿Cómo pude haberlo olvidado? Tú eres Kitty y tus hermanas son Fuga y... —hizo chasquear los dedos-, ¡Shina! Viven en la casa más grande de la aldea con vuestro padre, al que le faltan varias cartas para tener una mano de whist.

Kitty dejó de debatirse, pero continuó mirándolo enfadada.

—Se llaman Fuka y Shion. Y a papá nunca le ha gustado jugar al whist, sólo al faro. Hace unas trampas atroces, pero Hina dice que tenemos que dejarlo ganar porque eso lo hace reír. -Se aferró a la encrespada pechera de su camisa, y se le nublaron los ojos al empezar a asimilar la importancia de lo que él le había dicho-. ¿Hinata...? ¿Puede ser cierto? ¿De verdad está viva?

—Está viva y muy bien —repuso Konohamaru amablemente, cubriéndole la mano con la suya—. Está alojada en el castillo en calidad de mi huésped, y tiene ropa hermosa, mucha comida y todos los libros que desea leer.

Kitty se apoyó en él, agitando sus sedosas pestañas como si se fuera a echar a llorar.

Konohamaru pensó que se iba a poner a sollozar él si veía brotar una lágrima de esos hermosos ojos. Pero ella aquietó el temblor de su delicada barbilla y lo miró de soslayo con las pestañas entornadas, con una expresión extrañamente provocativa.

—Quién habría pensado que Hina acabaría siendo su amante en lugar de su comida.

—Te aseguro que no ha sido ninguna de esas dos cosas —se apresuró a protestar él, apartándose de ella—. No he deshonrado a tu hermana. Su virtud está tan intacta como lo estaba la noche en que la dejaron en el castillo.

Recordando el apasionado beso entre Hinata y Kurama de que había sido testigo sólo esa mañana, pensó que no sabría decir cuánto tiempo más podría hacer esa afirmación.

Kitty suspiró y agitó la cabeza.

—Qué lástima. Si ha habido una muchacha necesitada de una total deshonra, esa es nuestra Hina.

Impresionado por esa franqueza, él miró hacia otro lado para ocultar su rubor, maldiciendo su tez tan blanca.

—Así que usted es el Dragón —dijo ella, mirándolo de arriba abajo con descarada atención, haciéndolo lamentar no haber tenido tiempo para entrar el estómago otra vez—. ¿Es cierto que puede cambiar de hombre a dragón a voluntad?

—Solamente los martes y el segundo domingo de cada mes.

Ella empezó a acercársele y él empezó a retroceder, amilanado por el destello predador que vio en sus ojos.

—¿Y ha desarrollado un gusto por la carne humana, como dice la madre de Maisie?

Konohamaru pasó su mirada de su boca a sus ojos, con expresión culpable, pues en ese preciso momento había estado pensando cómo sabrían sus labios debajo de los suyos.

—Sinceramente no creo que me guste. La carne poco hecha me produce indigestión.

La espalda le chocó con un árbol, haciéndole imposible retroceder más. Ella se le acercó entonces, sacando su rosada lengua para mojarse los labios.

—Mi amiga Maisie jura que usted está poseído por una feroz hambre de hacer pareja con una de las muchachas de la aldea.

Y lo estaba, pensó él, aunque acababa de enterarse en ese momento. Volvió a mirarle los labios, con la negación ya muerta en su garganta. Por esa noche ya le había hecho bastante daño a la feroz reputación del Dragón, tal vez estaba indicado sacrificar un poco sus escrúpulos.

—No permita Dios que yo deje como mentirosas a tu amiga o a su madre —susurró, cerrando los ojos e inclinándose con toda la intención de robarle un beso.

Cuando sus labios sólo se encontraron con aire, abrió los ojos y vio que ella se iba alejando corriendo.

—¿Adónde vas?

Ella se giró, más parecida a un hada que a un geniecillo del bosque bajo la sutil caricia de la niebla y la luz de la luna.

—Tengo que ir a decirles a Fuka y Shion que Hina está viva y que he conocido al Dragón. ¿Sabe la envidia que les va a dar? Fuka ya actúa como si fuera la señora de la casa, porque ha tenido dos maridos y yo no he tenido ninguno, y Shion siempre se burla de mí porque ella tiene todas las historias sabrosas. ¡Ahora yo tengo una mía!

Imaginándose la ira del verdadero Dragón cuando descubriera su estupidez, Konohamaru buscó desesperado una manera de impedírselo.

—¿No sería mejor tener un secreto que una historia? ¿Un secreto que sólo supiéramos los dos?

Ella ladeó la cabeza, claramente interesada en su propuesta.

—Piénsalo, Kitty —le dijo él, acercándosele—. Tú eres la única persona de Konohakure que conoce mi verdadera identidad. ¿No te puedo pedir que guardes ese secreto un poco de tiempo más? Sin duda la responsabilidad de guardar ese tesoro te elevará en estima ante ti misma, sino ante tus hermanas.

Ella rascó el suelo con la punta del pie, con un rictus de rencor en los labios.

—Hina siempre decía que yo no era capaz de guardar un secreto. Dice que hablo demasiado.

Konohamaru sonrió.

—Una vez un amigo dijo eso mismo de mí. Pero es que a lo mejor nunca has tenido un secreto digno de guardarse. Vamos, sé una buena muchacha y prométeme no decirlo a nadie.

Ella le dirigió una provocativa mirada.

—Igual podría hacerlo. Pero sólo si tú me haces una promesa.

Konohamaru tragó saliva, rogando que no le pidiera que le enseñara las alas, echara fuego por la boca o le dejara a Hinata en la puerta de su casa.

—Muy bien.

—Queda de encontrarte conmigo en este mismo prado —le dijo ella osadamente—. Mañana por la noche después que salga la luna.

Konohamaru asintió solemnemente, convencido de que iba a obtener la parte más dulce de ese trato

—Hasta entonces, mi querida dama, debes recordar que tienes mi destino en tus dulces manos.

Y cogiendo una de esas manos la llevó a sus labios, gesto que había visto hacer a Kurama con gran número de mujeres, y con inmenso éxito.

Al verla reaccionar con un gratificante estremecimiento, se quito la capa y se la puso sobre los hombros. Ella echó atrás la cabeza, cerrando los ojos y entreabriendo los labios en gesto invitador. Negando tristemente con la cabeza, él se inclinó y le rozó la frente con los labios en un casto beso.

Cuando Hanabi abrió los ojos, estaba sola en el prado. Miró hacia la luna, absolutamente perpleja por el abandono del Dragón. La mayoría de los muchachos que conocía, entre ellos Niall, ya le habrían metido las manos debajo de la falda unas diez veces, y sin embargo ese hombre Dragón ni siquiera había intentado meterle la lengua en la boca.

Pero le besó la mano, la llamó dama y le puso su capa.

Se envolvió en los abrigados pliegues de la prenda, pensando si volvería a verlo alguna vez.

Continuará...