Capítulo 10
Albert se mostraba sorprendido.
—¿Desde hace cuánto que lo sabes?
Candy cerró otro cajón de la cómoda. Lo único que quería era un par de pantalones de chándal, maldita sea.
—Me he dado cuenta hará unos diez segundos —respondió Candy.
Por el rabillo del ojo, mientras buscaba los pantalones en la habitación a oscuras, Candy vio que él la observaba, y de pronto sintió vergüenza de estar desnuda delante de él.
—¿Y antes? —le preguntó él en tono calmado, que a ella se le antojó como una acusación.
Por fin encontró una sudadera y unos pantalones. Cuando se los puso se sintió algo mejor.
—¿Antes? Antes no quería saberlo —respondió mientras se recogía el pelo—. Si apenas podía reconocer que me estaba acostando contigo, menos aún que pudiera estar embarazada.
—¿Porqué?¿Eso te parecería algo malo?
—¡Cielos, Albert! ¡Pues claro que es algo malo! —le gritó muerta de miedo.
Le dio la espalda y se abrazó el estómago.
Cuando él se acercó a ella por la espalda para que se apoyara sobre él, Candy no se movió.
—¿Todavía te duele el estómago? ¿Quieres que te traiga algo? —le acarició el hombro.
Pero Candy no quería que la consolara.
—No soy una inválida —le dijo con tirantez antes de apartarse de él—. Voy yo a por ello.
Bajó a la cocina; él iba detrás. El ruido de sus pisadas la hicieron sentirse atrapada. ¿Por qué no podía dejarla sola dos minutos para que pensara lo que iba a hacer?
En la cocina, abrió el frigorífico y sacó la botella de cola light.
—¿Candy, crees que eso es bueno para…?
—¿Para el bebé? —cerró la puerta con fastidio y dio un trago que le asentó el estómago—. Te diré lo que es bueno, Albert. Cuando seas tú el que vomite, ya me dirás qué es lo que te sienta mejor.
—De acuerdo.
—Y deja de ser tan razonable, ¿vale?
Él se plantó delante de ella y la zarandeó suavemente para que lo mirara.
—Estoy de tu parte, Candy —al ver que ella no quería mirarlo, suspiró y la abrazó con fuerza—. Te amo.
Con la mejilla apoyada en su pecho, Candy oyó sus palabras y sintió la vibración de su voz y los latidos de su corazón.
Tenía la cara húmeda, la respiración agitada.
—Te amo —repitió, y sus palabras volvieron a hacerle daño.
Se apoyó un momento sobre él. Lo que habría dado por oír esas palabras hacía unas horas. Cuando se apartó de él, era como si la estuvieran partiendo en dos.
Entonces lo miró y levantó la mano para tocarle la mejilla.
—No, no me amas —antes de que él pudiera decir nada le puso el dedo sobre los labios—. ¿Llevamos semanas juntos y de pronto decides que me quieres cinco minutos después de saber que vamos a tener un bebé? —le preguntó en tono bajo—. Sé que has dicho lo mucho que te gustaría tener hijos. Y me alegro mucho de que este hijo sea tan deseado por tu parte —dejó caer la mano—. Pero eso no es lo mismo que estar enamorado de mí.
Con los brazos a los lados y los puños apretados, a Candy no se le pasó por alto la rabia que destilaba su expresión. La hubiera zarandeado si su excelente educación no le hubiera impedido demostrárselo.
—Entonces lo que me estás diciendo es que te estoy mintiendo.
Ella se echó a reír.
—No. Estoy segura de que cuando dices que me amas, tú te lo crees —le dijo con un hilo de voz—. Pero creo que te estás mintiendo a ti mismo.
Si Candy pensaba que lo había visto controlando sus emociones, no había sido nada comparado con el modo en que Albert se dominó en ese momento, en el que la expresión de su rostro se tornó impasible.
—Aparentemente tu tía abuela tenía razón, y yo he confiado demasiado en tu buen juicio —le dijo con toda frialdad—. O tal vez éste haya sido tu plan desde el principio. Después de todo, los impuestos sobre esta propiedad serían demasiado para ti sola. A no ser por supuesto que pudieras encontrar a alguien con dinero. Con mucho dinero.
Le llevó un momento adivinar que la estaba acusando. Cuando cayó en la cuenta, alzó la mano sin pensar. Pero Albert se lo impidió, agarrándola de la muñeca.
—Cuidado, Candy. Será mejor que te asegures de que estás embarazada antes de alienarme completamente —su sonrisa le hizo daño—. No, espera. Eso ya lo has hecho.
Entonces salió de la cocina.
No sabría decir cuánto tiempo permaneció allí de pie en la cocina antes de moverse de nuevo. El tiempo suficiente como para quedarse congelada.
En el dormitorio, dejó la botella de cola en la mesilla y se acostó. Estaba temblando de frío, y la manta no parecía calentarla. Tenía un dolor tan grande en el pecho que apenas si podía respirar mientras se abrazaba a la almohada en la oscuridad. Podría haber llorado, porque el corazón se le estaba partiendo en dos. Habría tirado un ladrillo a la ventana de la rabia que sentía.
Al amanecer, salió de la casa y se marchó a casa de su madre. Llamó al timbre y esperó a que su madre apareciera.
Cuando lo hizo, sólo le llevó un segundo darse cuenta de que le pasaba algo.
—Ay, cariño —dijo Susannah, abriéndole los brazos a su hija.
Candy se abrazó a su madre, apretándose los ojos con las palmas de las manos para no llorar, pero le fue imposible detener las lágrimas. Sin moverse de donde estaba, Candy intentó explicarse.
—Pensé que… me sentiría mejor… si me marchaba… un rato… —no podía respirar, y el pecho le dolía como si fuera a morirse—, Pero no me siento mejor, mamá. Me siento triste, y sola —le dolían los ojos y la nariz le moqueaba—. Me siento tan sola, mamá…
—Chist. Lo sé, lo sé…
Una hora después, Candy estaba acurrucada en el sofá del salón, tapada con una manta vieja para calmar los escalofríos que no cesaban. La taza de café que tenía entre las manos, descafeinado era lo único que le había dado su madre, le calentaba las manos, pero poco más.
La había pedido por el aroma, esperando sentirse así arropada por el recuerdo de su padre, pero sólo consiguió pensar en Albert, que cuando ella había salido de casa no había salido detrás de ella. Sin duda era tan ridícula como él pensaba que era.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó su madre, sentada a su lado en el sofá.
—¿Hoy? ¿Llamar al trabajo diciendo que estoy enferma? —soltó una risa amarga—. Después de eso, no lo sé. Irme a casa, supongo. Pero a mi apartamento —añadió cuando Susannah la miró—. No puedo volver a esa casa.
—Puedes quedarte aquí si quieres.
—Gracias —estiró la mano y entrelazó los dedos con los de su madre—. Tal vez. ¿Pero podríamos no decírselo a los demás durante un tiempo?
Estaba pensando en sus hermanos; no le apetecían las preguntas que le iban a hacer.
—Sólo durante unos días, cariño —Susannah sonrió con amabilidad—. Si no los dejamos entrar a cenar el domingo, van a saber que algo va mal.
—Rayos, tirarían la puerta —se echó a reír por primera vez en lo que le pareció muchísimo tiempo.
Permanecieron un rato en silencio.
—¿Y el bebé? —le preguntó Susannah.
Candy le había contado todo a su madre en la hora que llevaba allí.
—Lo quiero —dijo sin más; entonces miró a su madre y vio sus ojos verdes y sus rizos rubios, tan parecidos a los suyos—. Ya lo quiero tanto como tú debías de quererme a mí.
Para sorpresa suya, su madre frunció el ceño y pareció vacilar.
—No lo sé, Candy si te quise lo suficiente.
—¿De qué estás hablando? —Candy empezaba a ponerse nerviosa con aquella ridícula conversación—. Me quisiste mucho. Jamás he dudado de eso. Jamás.
—Entonces si sentías mi amor, ¿por qué no sientes lo mismo de Albert?
—Porque no es lo mismo —esbozó una sonrisa de disculpa cuando su madre le colocó un posa vasos bajo la taza de cerámica—. Albert se preocupa, se preocupaba por mí, lo sé. Y querrá a su hijo con todo su corazón.
—¿Y?
Tenía ganas de llorar otra vez. Echó la cabeza un poco hacia atrás para aguantarse las lágrimas. Después de pestañear un momento, se puso derecha de nuevo.
—Pues que he resultado ser una romántica; una romántica a la que le gustan las cartas de amor —dijo casi sin aliento—. No podía conformarme con alguien que sólo quisiera estar conmigo por hacer lo correcto.
Candy se quedó dos días en casa de su madre y dejó que ésta contestara el teléfono y la puerta, pero nunca era quien ella esperaba. Albert no llamó ni pasó a verla. Al tercer día, sacó el llavero que no había usado en tres meses y se fue a su viejo apartamento.
En los días que siguieron, aprendió a vivir sola de nuevo. A dormir sola en su cama sin despertarse a media noche en busca de otra persona a su lado. Cuando se despertaba de noche, era para vomitar.
Al final sus hermanos se enteraron.
Conversaron durante horas, hicieron planes que se desbarataban a diario, y Candy charlaba y a veces incluso se reía. Se congratuló de lo afortunado que sería su hijo por crecer rodeado de su familia, que ya estaba tan emocionada con el bebé que incluso charlaban directamente con el vientre de Candy en lugar de mirarla a la cara.
Se decía que tales mentiras habrían sido un consuelo si se las hubiera creído.
Aunque había vuelto al trabajo hacía unos días, fue el sábado por la tarde cuando sonó el timbre de su puerta y un empleado de FedEx le entregó un paquete.
Abrió el voluminoso sobre y dejó el contenido en su regazo. Al ver una tarjeta blanca debajo de las gomas que sujetaban el viejo diario, a Candy se le nubló la vista.
Lo encontré en el ático y pensé que deberías quedártelo, por lo menos.
Albert
Deslizó la tarjeta bajo las tapas del diario e intentó apartar de su mente las otras docenas de notas que seguían en el cajón de los calcetines de la cómoda de su dormitorio en casa de la tía abuela Elroy.
Cuando el pensamiento se negó a desaparecer, abrió el diario con la esperanza de distraerse.
En su mayoría era un libro de contabilidad, lleno de listados de cuentas mensuales, de pagos hechos y recibidos. En el margen había comentarios ocasionales acerca del tiempo, o alguna nota para acordarse de hacer algo. Aun de no haber sabido que había pertenecido a su tía abuela, Candy hubiera adivinado que la persona que lo había escrito era muy mayor.
Lo que no había esperado descubrir en aquellas páginas era la soledad que percibió.
Elroy no mencionaba a ninguna amiga o amigo. Y Candy sabía que al final de su vida no le había quedado ningún familiar desde que le había cerrado la puerta a su sobrina Susannah por negarse a renunciar al amor de su vida o a su bebé.
Hacia el final, las notas personales eran cada vez más largas y las cuentas menos frecuentes. Candy sintió la soledad, se imaginó a una mujer mayor sentada sola en la ventana de una casa vacía, observando cómo crecían los setos y captando de tanto en cuanto un vistazo del mundo exterior al otro lado de las vallas.
La última entrada era un párrafo largo y repetitivo, apenas legible.
Anoche soñé con John. No era joven, sino mayor. Incluso mayor de lo que yo soy ahora. Tenía el pelo blanco y los dedos torcidos por los años, pero los colocó sobre el teclado y tocó el piano como la primera noche que lo oí. Qué ridiculez, enamorarme de un hombre mayor que yo sólo porque su música me hacía llorar. Y dejar que él se enamorara de mí cuando yo sabía que jamás tendría el valor de seguirlo, de apartame de mi familia. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Mis padres se enfadaron tanto conmigo por tocar aquella vez en el escenario… Decirles que estaba enamorada del pianista era imposible. De todos modos, se marchó pronto. La Orquesta Sinfónica de Chicago estuvo dos años de gira por Europa, creo. Yo elegí abandonar la música; él seguirla. Pero yo elegí la única opción posible.
Sin embargo anoche soñé con John y deseé haber tocado una vez más con la sinfónica. Deseé haber sido un poco más como Susannah...
Guardada entre las últimas páginas del diario había una fotografía amarillenta. Candy reconoció al bebé incluso antes de dar la vuelta a la foto y ver lo que había escrito Susannah, su madre: Candice Elroy White. Una semana de vida. Sonrió al ver su foto, y acto seguido se llevó la mano al vientre, algo que hacía a todas horas.
Antes de poder cambiar de opinión, se puso de pie y fue a por su mochila. Arrancó una página de su cuaderno de dibujo y escribió Gradas en diagonal; dobló la página y la guardó en un sobre. Con un poco de suerte, saldría en el correo de la tarde.
Nada había cambiado; era imposible, así de repente. No era tan fantasiosa como para que las palabras de una vieja solitaria pudieran conseguir que corriera a casa en busca de un hombre que tal vez no estuviera allí.
Se preguntó cuánto tardaría en convencerse de lo contrario...
En la madrugada del domingo al lunes, llamó al despacho de Albert para dejarle un mensaje. Lo hizo adrede, sabiendo que él no estaría allí, sino en casa durmiendo. Todavía no estaba lista para hablar con él. La señal del teléfono parecía lejana. Estaba tan cansada… El sueño la vencía. Estaba en la cama llamando desde el móvil. Sólo cerraría los ojos un momento. Cuando oyó su voz adormilada, como lo estaba siempre antes de despertarse del todo, creyó estar soñando.
—¿Candy?
Qué maravilla. Podría quedarse allí tumbada y escucharlo hablar.
—Candy, sé que eres tú. Tengo la identificación de llamada en la pantalla.
Ella se terminó de despertar.
—¿Albert? —murmuró—. He debido de quedarme dormida.
—¿Y entonces me has llamado? —le preguntó Albert—. ¿Debería sentirme halagado?
—No. Estaba despierta cuando marqué el número —dijo muerta de sueño—, pero el teléfono no dejaba de sonar —añadió—. ¿Por qué estás en la oficina?
—Estoy en casa. Desvié las llamadas al móvil por si me llamabas al despacho.
—¿Tan previsible soy? No parece la acción de una mujer tan poco racional —le dijo con amargura.
—Ah, Candy —cuando él suspiró, le pareció que estaba justo a su lado—. Me resulta mucho más fácil disculparme cuando no me echas en la cara lo que te he dicho. Y me pregunto por qué no sientes la necesidad de hacer lo mismo por llamarme mentiroso.
Los dos permanecieron un momento en silencio.
—Lo siento —dijo ella.
—Y yo. Lo siento mucho —él se echó a reír un momento—. Aunque creo que es una locura que no me creyeras, que no quisieras lo que te quería dar.
Candy quería decirlo. Las palabras resonaban en su pensamiento. Pero no lo dijo. Tan sólo se pegó el teléfono más a la oreja y escuchó su respiración; y lo imaginó haciendo lo mismo. Cuando habló, fue con pesar pues sabía el dolor que le causaría.
—Quiero pasar mañana por la casa y llevarme algunas cosas.
Él debió de adivinar que eso no era todo, y no dijo nada.
—Pero no quiero que estés allí cuando vaya —añadió Candy.
La espera antes de que él hablara se le hizo interminable.
—Bien.
Ella suspiró. Ése era su hombre. Siempre tan razonable. De nuevo, haría todo lo que ella le pidiera. Debería sentirse feliz. Sin embargo, fue lo suficientemente boba como para desear que por una vez fuera lo bastante importante para que otra persona luchara por ella.
—Gracias —no dijo más; el silencio resonaba en sus oídos, y decidió que tenía que colgar—. Adiós.
Bajó el teléfono mientras colgaba, pero en su mente todavía oía sus palabras: «Deberías haberme escuchado, Candy».
El viejo violín de la tía Elroy, con su madera pulida suavemente rosada a la luz del atardecer, seguía colgado de la pared. Al pie de la escalera vio un par de zapatillas de deporte de Albert. Las lágrimas no dejaban de brotar mientras subía rápidamente las escaleras a la que había sido su habitación. Estúpidas hormonas. Sería mejor que se apresurara si no quería salir de allí con la cara hecha un asco de tanto llorar.
En la habitación, se centró en lo esencial; el resto podría dejarlo para más adelante, cuando se sintiera más fuerte, aunque no imaginaba que ese día pudiera llegar. Tan sólo se llevaría sus carpetas de trabajo, el traje que había dejado colgado en el ropero y unos calcetines. Parecía que no le quedaba ni un par en el apartamento. Estaba inclinada sobre la mesa, donde había un croquis que había dibujado para la casa, cuando se dio cuenta de que él estaba allí con ella.
Albert estaba al pie de la cama, con un montón de papeles en una mano. Con sus pantalones grises y su camisa azul añil, era la esencia del abogado elegante cuyas llamadas y mensajes había estado ignorando, hasta el día en que había entrado en su despacho y su mundo se había vuelto del revés. Exactamente el mismo… Hasta que lo miró a los ojos y vio allí reflejado un agotamiento similar al que cada día amenazaba con vencerla.
—Me prometiste que no estaría aquí —dijo por decir algo.
—Mentí.
Albert parecía el mismo de siempre, y sin embargo, le pareció que por primera vez lo veía con claridad. Él calor del verano empezó a deshacer lo que llevaba congelado desde que se había marchado.
—Albert…
—Cada día desde que te marchaste me lo he pasado tratando de decidir, después de que se me pasaran las ganas de estrangularte, cómo escribir la carta de amor perfecta para convencerte de que te amo; cómo idear el argumento que te llevara a creerme —se pasó la mano por la cabeza—. Entonces pensé en un gesto romántico a lo grande. Los del estadio Wrigley me han dicho que puedo poner un mensaje luminoso en el marcador —dejó los papeles que llevaba en la mano sobre la cama y avanzó un paso más—. El grupo de teatro North Side está dispuesto a representar en tu oficina una escena romántica —otro paso—. Y por veinticinco dólares puedo ponerle tu nombre a una estrella —estaba tan cerca que podría haberlo tocado—. Y luego pensé en el cuarto del bebé.
—Albert, yo…
—Calla y ven a ver esto.
Le tomo la mano y la sacó del dormitorio. Entonces abrió la puerta de uno de los cuartos libres e hizo un gesto nervioso que abarcó la habitación.
—Hice todo esto, y de pronto me pregunté si tú pensarías que lo estaba haciendo sólo por el niño, porque lo quisiera más que a ti.
Las paredes estaban pintadas de un brillante amarillo miel. Winnie Pooh, Pigglet, Igor y Tigger bailaban en el techo. Candy pestañeó, a punto de echarse a llorar.
—Y no fue así, Candy.
Le soltó un poco la muñeca y se la llevó al pecho, justo encima del corazón. Entonces esperó hasta que ella volvió a mirarlo. Él la miraba a los ojos, y Candy sabía que todo el amor que vio allí era sólo para ella.
—No te amo porque estés embarazada, o porque nos llevemos bien y el sexo esté bien. No me interesa tan sólo ver adonde nos lleva esto. Te quiero y te necesito a mi lado; y si tengo que atarte a una maldita silla y chillártelo hasta que te enteres, entonces lo haré.
Albert estaba gritándole, y ella lloraba porque jamás había oído nada tan bonito como eso. Entonces Candy le tocó los labios con los dedos, para que se callara.
—De acuerdo.
Él se quedó mirándola. Pasado un momento, le dijo:
—Tal vez podrías dejarme claro qué es lo que quieres decir con eso. Quiero estar seguro.
Dios, cuánto amaba a ese hombre.
—Estoy diciendo que me parece bien —le echó los brazos al cuello y tiró de él—que yo también te amo.
El muro de frialdad cayó y empezó besándola en los labios, en las mejillas, en los ojos, en el pelo, agarrándole la camisa por detrás con fuerza, como si temiera que pudiera apartarse de él. Ella se apoyó sobre él, sobre su roca, la que siempre estaría allí a su lado, y lo besó, repitiendo las palabras una y otra vez hasta que él enterró la cara en su pelo y la abrazó.
—Gracias a Dios —susurró.
—Sabías que te lo iba a decir —dijo ella.
Él se estremeció.
—Lo esperaba.
—Lo voy a decir cada vez que quieras oírlo.
—Siempre.
Ella sonrió.
—Te amo.
—Tengo que hacerte una confesión —le susurró él al oído segundos después.
—¿Cuál?
Cuando se incorporó y se inclinó un poco hacia delante, Candy se sorprendió al ver que se ruborizaba.
—Te he mentido una vez.
—Lo sabía. En realidad no te gustan todas esas hortalizas en la pizza.
—No, calla —le retiró los rizos de la cara—. ¿Te acuerdas de Archibald Cornwell?
Candy se quedó pensativa.
—¿El bígamo? ¿Qué ha hecho ahora?
—Se ha casado…
Confundida , Candy lo miró sin entender.¿Pero qué tendría eso que ver con nada?
—Por primera vez —terminó de decir Albert.
—¿Quieres decir que no estaba…?
—No —le sonrió con expresión de culpabilidad y se encogió de hombros.
Ella se apartó y le dio un golpe en el hombro.
—¡Ay, Dios mío! Me engañaste para que así me casara contigo¿Sabes a cuánta gente le conté esa historia?
Él le atrapó los brazos entre los suyos y la estrechó de nuevo contra su pecho, balanceándose hacia delante y hacia atrás mientras ella lo ponía verde, hasta que finalmente se echó a reír a carcajadas.
—Tal vez podamos poner una postdata en el anuncio de nuestra boda.
Ella se lo imaginó y negó con la cabeza. Tenía una idea mejor...
Era lo más raro que habían visto jamás la mayoría de los treinta y seis mil fans de los Cubs en el partido del Cuatro de Julio. Durante la séptima entrada, justo después de que el alcalde animara al público a cantar el himno del equipo, un mensaje luminoso apareció en el marcador.
Gracias, Candy Elroy White, por casarte conmigo. Y mis más sinceras disculpas a Archibald Cornwell que, por cierto, no es bígamo.
Todo el mundo recordó eso durante mucho tiempo. Entre esas personas, Caroline Andley, La Heredera del Amor,que decía haber oído esas palabras cuando su padre las había susurrado con la cabeza apoyada sobre el vientre de su madre, seis meses antes de nacer.
FIN
Tengo sentimientos encontrados al terminar esta historia, sin embargo quiero dar Gracias a cada de ustedes que estuvieron desde siempre en "Heredando el Amor". Espero les haya gustado. Pronto nos encontraremos en otra historia.
Saludos y Gracias a:
Lu de Andrew, MiluxD , Sarah Lisa
Nadia M. de Andrew, Josie, Patty Castillo
Nena Abril, Mayra Exitosa , Laila
Patty A. ,Rose de Grandchester, Lady Susi
Angdl, Letitandrew , Guest
Paloma , Carito Andrew, Soadora
Faby Andley, Azulgep , Osiris , Friditas
Herido, Sabrina Wesley , Lucyluflaks
Zafiro Azul Cielo , Leslie Flores M.
OOOO
Un abrazo en la distancia,
Lizvet
