Al día siguiente a su encuentro con Potter, Draco se sentó solo al fondo del aula en clase de Transformaciones, como siempre. Estaba garabateando con la pluma en una hoja vieja de pergamino para no tener que hablar con nadie hasta que llegase McGonagall cuando una mano se posó en su mesa, dejó un galeón y volvió a desaparecer. Draco levantó la vista y vio a Potter, quien estaba hablando con sus dos amigos y avanzando hacia la primera fila, donde se sentaba siempre. El Gryffindor no le devolvió la mirada, y sus amigos parecieron no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
Examinó el galeón, buscando alguna nota pegada a él y medio esperando que explotase al contacto con su mano y tiñese su piel de rojo y dorado durante una semana. Pero lo único que notó al tocar el galeón fue que estaba caliente.
Draco recordó entonces que, unos años antes, los miembros del Ejército de Dumbledore habían utilizado monedas falsas para comunicarse entre ellos. Él mismo había creado un método parecido para comunicarse con Rosmerta en sexto. Ese recuerdo le hizo estremecerse. Aquel curso había sido el peor de su vida; el punto de partida de su miseria.
Recordando el funcionamiento de la moneda, Draco miró el número que estaba escrito por el borde de la misma, sabiendo que era, en realidad, una fecha. "6.11.1998.18.30." Al parecer, Potter le estaba citando esa noche, después de la cena. Pero ¿dónde? ¿En la Sala de los Menesteres? Volvió a mirar a Potter para ver si le estaba dando alguna otra indicación, pero el chico estaba charlando con Longbottom de espaldas a Draco.
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-Veo que vuelves a honrarnos con tu presencia – dijo Pansy cuando llegó al Gran Comedor y vio a Draco sentado a solas a la hora de la cena, sirviéndose un poco de sopa. En realidad, Draco no quería comer; estaba nervioso porque no sabía qué planes tenía el Gryffindor para esa noche. De hecho, el único motivo por el que había ido a cenar ese día era para ver si podía seguir a Potter cuando saliera del comedor; seguía sin saber dónde tenían que encontrarse.
Pero el Gryffindor no había ido a cenar. Los dos Weasley y Granger estaban allí, igual que Finnigan, Longbottom y Thomas, pero no había rastro de Potter.
Una parte de él ni siquiera quería ir. Potter siempre había sido su enemigo, y Draco no necesitaba su ayuda. Pero le carcomía la curiosidad. Además, no ir significaría perder contra Potter, de alguna forma. Si algo definía su relación con Potter a lo largo de los años era el hecho de que siempre se seguían el juego. Aunque hasta entonces siempre había sido para discutir, no para ayudarse...
-Aunque no con tus palabras – masculló Pansy, sentándose frente a él y bloqueando su visión de la mesa de Gryffindor. Draco frunció el ceño cuando la chica interrumpió su línea de pensamiento, y la enfocó con la mirada. Seguía claramente cabreada con él por la conversación que habían tenido la tarde anterior.
-Hablar con la boca llena es de mal gusto – dijo él, levantando una ceja.
-Te llevaste la cuchara a la boca después de oírme hablar, imbécil – respondió, entrecerrando los ojos –. No te creas que ponerte en plan sarcástico conmigo va a hacer que olvide lo que pasó ayer.
-Puedo con ello – repuso él, llevándose otra cucharada a la boca y observando a su amiga con su practicada expresión de superioridad. Ella suspiró y negó con la cabeza.
-He quedado con Millicent y Nott para estudiar Defensa contra las Artes Oscuras a las siete en la biblioteca. ¿Quieres venir?
Negó con la cabeza. No quería abrir la boca y decir que tenía planes, porque entonces se vería sometido a un interrogatorio. Y si mentía y decía que iba a estar en su cuarto corría el riesgo de que Pansy fuese a buscarle y descubriera que estaba ocultando algo. Esperó que la chica aceptase la negativa y cambiase de tema, pero no tuvo suerte.
-Venga, Draco. Tienes que socializar un poco, y la profesora Strigoi es bastante dura. No te vendría mal estudiar un poco.
-No voy a ir – dijo él. ¿Por qué tenía que tener una amiga tan exigente?
-¿Qué vas a hacer? – insistió ella, clavándole la mirada.
-Nada.
-Draco...
-He terminado – espetó él. Y, sin dirigirle la mirada a su amiga, se levantó de la mesa y se fue. De todas formas, no podía seguir comiendo. Los nervios estaban haciendo que se le revolviera el estómago.
Faltaban diez minutos para las seis y media, que era cuando había quedado Potter con él, y seguía sin tener ni idea de a dónde ir. Optó por seguir su instinto y subir al séptimo piso. ¿Qué otra opción tenía?
Por suerte, nadie le detuvo para lanzarle ningún maleficio. Eso le habría hecho llegar tarde, y Draco jamás llegaba tarde.
Se paró delante del tapiz. El lugar seguía poniéndole nervioso, pero le resultaba tolerable ahora que sabía que la sala no estaba ardiendo.
-Tempus revelare – murmuró, dibujando un círculo en el aire con su varita. Eran las seis y media justas y allí no había nadie más –. Estúpido Potter – dijo, poniendo los ojos en blanco. Pues claro que el Gryffindor llegaba tarde.
-Pensaba que solo me insultabas cuando había alguien delante para oírlo – contestó una voz detrás de él. Draco se giró bruscamente, sobresaltado, y vio a Potter, que estaba quitándose la capa y guardándola en la mochila. ¿Es que siempre se movía con ella puesta? Guardó también un trozo de pergamino que llevaba en la mano.
Draco bufó y levantó la barbilla.
-Estoy seguro de que algún fantasma habrá captado el mensaje.
Potter hizo un sonido parecido a una carcajada y empezó a caminar por delante del tapiz.
-Me alegra que eligieras venir aquí – comentó –. Tenía miedo de tener que encontrame contigo en las mazmorras, los jardines o algún otro lugar extraño.
-Espera, ¿que yo eligiera venir aquí? – preguntó Draco. Pero Potter acababa de abrir la puerta que había aparecido en la pared y ya estaba escurriéndose dentro.
Draco le siguió, vacilante. Pero dentro no había fuego, ni humo. Suprimiendo un escalofrío, entró y cerró la puerta.
- ¿Cómo supiste que estaba aquí? – insistió, frunciendo al ceño.
-Supongo que tengo sangre de merodeador – se encogió de hombros el Gryffindor. ¿Qué se suponía que significaba eso? A continuación, caminó hasta la mesa que había en el centro de la sala y se sentó en una de las dos sillas que había a su alrededor. Draco avanzó detrás de él e hizo lo mismo, posicionándose frente a él en la otra.
Por un momento, ninguno dijo nada. Potter estaba observándolo con detenimiento. Draco se sentía bastante incómodo, pero le devolvió la mirada; era una cuestión de orgullo. Los segundos siguieron pasando y el Gryffindor no habló. Sintiéndose cada vez más nervioso, Draco tuvo la necesidad de romper el silencio y dijo lo primero que se le ocurrió.
-¿Qué es un merodeador?
Potter bajó la mirada de repente, y sus hombros se hundieron. La pregunta parecía ser más seria de lo que Draco había pretendido.
-Así es como se llamaban a sí mismos mi padre y sus amigos de pequeños – le confesó Potter. Volvió a levantar la mirada y se mordió el labio.
-Ah... vaya – contestó torpemente. Estaba acostumbrado a que Potter le ignorase, a que le insultase o le dijese algo sarcástico. No esperaba que fuese a darle una respuesta tan personal –. ¿Y qué tiene que ver eso con el hecho de que supieras dónde encontrarme?
Potter se quedó callado una milésima de segundo, la indecisión dibujada en su rostro. Pero, justo después, un brillo apareció en sus ojos y la comisura de su labio se movió hacia arriba de forma casi imperceptible. Acababa de tener una idea.
-Te lo contaré – dijo, encuadrando los hombros y volviendo a mirar a Draco –, si me cuentas tú algo primero.
Draco levantó una ceja.
-¿Qué quieres que te cuente? ¿Los cuentos de Beedle el Bardo?
-No, idiota – contestó Potter –, algo personal.
-Pregúntame lo que quieras – concedió él, encogiéndose de hombros. Le daba miedo lo que pudiera preguntarle el Gryffindor, pero no dejó que éste lo notase. Ya había perdido la compostura el día anterior y no quería que volviera a suceder.
-¿Por qué se ofreció tu madre a recibir el beso del Dementor si vuelve a usar la magia oscura con tal de no pasar cinco años en Azkaban? – le preguntó Potter, sin preámbulos.
Draco iba a pensar en algún comentario sarcástico con el que evadir la pregunta, pero entonces se fijó en el rostro del chico. Parecía confuso y realmente interesado en saber la respuesta, como si fuera un acertijo que llevase tiempo intentando resolver.
Se encogió de hombros. La explicación, de todas formas, había sido obvia desde el principio para él.
-Lo hizo por mí – respondió, manteniendo una máscara de desinterés por la conversación –. Mi padre ya estaba condenado y no quería que yo me quedase solo. Quería protegerme, sin importar el precio a pagar.
-Ya veo – asintió Potter –. Tiene sentido.
-Te toca – señaló Draco –. ¿Qué tienen que ver los Merodeadores con que supieras dónde encontrarme?
En lugar de contestar, Potter levantó su mochila del suelo y sacó de ella el trozo de pergamino que había guardado antes.
-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas – dijo, rozándolo con la punta de su varita.
"¿Qué?" estuvo a punto de preguntar. Pero se quedó callado y observó el pergamino. Unas palabras estaban apareciendo en su superficie, junto con un dibujo intrincado parecido a una telaraña. Potter lo giró para que Draco pudiera leer lo que ponía, en letras grandes y verdes.
"Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta, proveedores de artículos para magos traviesos, están orgullosos de presentar EL MAPA DEL MERODEADOR."
Potter abrió el Mapa y Draco no pudo evitar soltar un jadeo de sorpresa.
-¿Esto es lo que creo que es? – preguntó sin apartar la mirada de los cientos de puntos etiquetados con nombres que se movían por la superficie del pergamino.
-Lo es.
- Salazar... – murmuró, fascinado, acercándose el mapa a la cara para poder examinarlo. Todos los pisos de Hogwarts, con sus pasillos y pasadizos, con sus aulas, estaban reflejados en él. Las cuatro salas comunes con todas las habitaciones de los alumnos. Los jardines, el lago, el Bosque Prohibido. El mapa se extendía hasta Hogsmeade, y por él se movían cientos de nombres. Los nombres de sus compañeros, profesores y otros empleados de Hogwarts. Incluso Peeves y la Señora Norris. Y los fantasmas.
Draco empezó a especular sobre lo útil que sería aquel mapa para localizar a cualquier persona en cualquier momento. Eso, junto con la capa de invisibilidad de Potter, sería suficiente para hacer lo que quisiera; espiar a cualquiera, huir de quien fuera necesario.
-Estás babeando, Malfoy – dijo el Gryffindor, tendiendo la mano para que le devolviera lo que era suyo. Draco quería quedárselo; Merlín, su instinto de Slytherin le estaba gritando que hiciera todo lo posible por hacerse con aquel extraordinario objeto. Pero, de mala gana, se lo devolvió a su dueño. Potter volvió a tocarlo con la varita.
-Travesura realizada.
El contenido del mapa se borró, y los chicos volvieron a encontrarse ante un trozo de pergamino aparentemente normal.
-¿Contesta eso a tu pregunta? – inquirió Potter con sarcasmo, levantando las cejas.
-Claro, Potter. No soy tan espeso.
Puso los ojos en blanco, pero el chico no se dejó llevar por su pequeña afrenta, sino que suspiró y volvió a guardar el mapa en su mochila.
-Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta. Eran sus apodos – explicó Potter –. Lunático era Remus, nuestro profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en tercero. Se llamaba así porque era un hombre lobo. Canuto era Sirius Black, mi padrino, y Cornamenta era mi padre. Los nombres derivan de sus formas de animagos; Sirius era un perro, y mi padre un ciervo. Se convirtieron en animagos siendo menores de edad para acompañar a Remus en las noches de luna llena.
Draco se lo quedó mirando. ¿Su padre había sido un animago ilegal estando aún en Hogwarts? ¿Y Black, el primo de su madre, también? Por supuesto, ya sabía que Lupin era un licántropo, pero eso no hizo que la historia fuese menos fascinante.
Entonces se dio cuenta de que en el mapa no había tres apodos, sino cuatro.
-Colagusano – dijo, frunciendo el ceño. Conocía ese nombre –. El hombre que estuvo viviendo en mi casa. ¿Era amigo de tu padre?
-Era un traidor – espetó Potter. Su tono de voz se había vuelto peligroso –. Vendió a mis padres a Voldemort e hizo que la culpa cayera sobre Sirius.
Draco se encogió. ¿Cómo podía Potter pronunciar aquel nombre?
-¿Entonces es cierto? – preguntó, tratando de camuflar el escalofrío que recorrió su espalda con un movimiento extraño de hombros –. ¿Black era inocente?
-Sí. Y me habría criado él si la verdad se hubiera sabido desde el principio. Habría podido vivir con él.
Sin saber muy bien qué decir a eso, Draco observó a Potter. Había apoyado los codos en la mesa y se había llevado las manos a la cara. Por un momento, sintió la necesidad de devolverle a Potter el gesto y poner una mano en su hombro, pero se contuvo.
-¿Quién te crio? – inquirió, tratando de conseguir que la conversación avanzase hacia un terreno menos resbaladizo.
-Mis tíos – dijo él, pasado un momento. Volvió a levantar la cabeza y miró a Draco a los ojos –. Muggles.
Por un momento, Draco sintió que se perdía en los ojos verdes de Potter. ¿Cómo podía alguien tan joven tener una mirada tan triste? ¿Cómo podían sus iris ser de un verde tan intenso?
Respiró de forma entrecortada y, recordando que tenía que contestar, apartó rápido la mirada.
-Muggles – repitió torpemente, y dijo lo primero que se le ocurrió –. Tiene que ser horrible vivir con ellos.
-Lo era – asintió el Gryffindor, hablando en voz baja –. Pero no porque fueran muggles.
"¿Entonces por qué?" quiso preguntar. Pero Potter parecía tan cansado de repente, tan abatido, que las palabras murieron antes de salir de sus labios. "Haz algo," le exigió una voz en su mente, "cambia de tema, distráele." "¿Por qué me importa tanto?" se dijo a sí mismo, algo molesto. "Solo es Potter. Nunca me ha importado su bienestar."
"Sabes que eso no es verdad..." contestó esa vocecita molesta. Para hacerla callar, volvió a dirigirse al Gryffindor.
-Cuando era pequeño, mi pasatiempo favorito era dibujar.
"¿En serio, Draco? ¿Qué clase de tema de conversación es ese?" se reprendió. Pero, para su sorpresa, Potter levantó la vista y sus labios se movieron ligeramente, como si quisieran sonreír.
-¿Se te daba bien? – preguntó.
-Fatal – admitió Draco, recordando las hojas de pergamino que su madre tenía guardadas por todas partes –. Pero mi madre los guardaba todos y los pegaba en las paredes.
Y así, sin más, Potter y él empezaron a hablar de todo y nada. De sus juegos favoritos, de los profesores, de Quidditch.
En algún punto, se relajó, y no fue consciente de ello. En algún punto, su estómago dejó de estar revuelto y empezó a rugir de hambre. Y la mesa se llenó al instante de todo tipo de dulces y golosinas.
Ninguno de ellos comentó nada al respecto. Potter empezó a comer al instante, y Draco recordó que el Gryffindor se había saltado la cena. Él le imitó y, unos segundos después, estaban comentando cuáles eran sus postres favoritos y tratando de decidir quién se había encontrado la grajea de Bertie Bott con el sabor más repugnante.
-Babas – dijo Draco.
-Huevo podrido – respondió Potter, entrecerrando los ojos.
-Vómito.
-Excrementos.
-Eso no es tan asqueroso – se regodeó Draco –. Yo gano.
-¡Es un empate! – se indignó el Gryffindor.
-Já.
-¿Sabes qué? Te apuesto a que puedo encontrar la grajea con el sabor más asqueroso dentro de esta caja antes que tú – le retó. Draco no vaciló ni un segundo:
-Apuesto que no.
Potter metió la mano en la caja y sacó una grajea. Se la llevó a la boca, masticó un par de veces e hizo una mueca.
-Regaliz.
-Me toca – dijo Draco. La suya fue de tierra. Asqueroso, pero no lo suficiente.
Lo que empezó siendo una competición por turnos derivó enseguida en una lucha encarnizada por comer grajeas lo más rápido posible. Aún masticando una con sabor a goma, Draco tendió su mano para coger la siguiente y poder llevársela a la boca.
Su mano se rozó con algo dentro de la caja. Cuando bajó la vista, se dio cuenta de que Potter había escogido exactamente el mismo momento que él para comerse la siguiente grajea y sus manos acababan de tocarse.
Draco se vio transportado a la noche anterior. A la mano de Potter agarrando la suya con firmeza en el espejo. Sintió que se ponía rojo y sacó la mano de la caja lo más rápido que pudo, cogiendo una grajea y llevándosela a la boca.
Si su expresión hubiera estado cerca de delatarle, entonces la arcada que sintió al dar el primer mordisco impidió que llegase a ocurrir. Inclinándose hacia delante, escupió en su mano y apretó la mandíbula, concentrándose en no vaciar sus entrañas allí mismo.
-¿De qué es? – preguntó Potter con tono divertido.
-Moho – musitó él, sintiendo una nueva oleada de náuseas.
-Ten – dijo el chico. Draco levantó la vista y vio que le estaba tendiendo una botella de cerveza de mantequilla abierta. La agarró y se la bebió de un trago, oyendo al Gryffindor decir –: tú ganas.
Se había hecho tarde. Salieron de la sala unos minutos después, y Draco iba a emprender la marcha hacia su sala común cuando Potter lo agarró del brazo.
-Ya ha pasado el toque de queda – susurró.
-Da igual. Ya he estado fuera a estas horas más veces, ¿recuerdas?
-Puedo acompañarte con mi capa – insistió el chico. "Una oferta digna de un heróico Gryffindor," masculló en su mente. Pero había empezado a imaginarse cómo sería caminar con él debajo de la capa de invisibilidad. Tendrían que ir demasiado cerca. Sus manos se rozarían y él querría que...
-No, gracias – espetó. Dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.
Tal y como había supuesto, llegó a su habitación sin ningún problema. Se metió en la cama y se dijo a sí mismo que tenía que dormir.
Pero sí había un problema. Draco trató de no pensar en ello, pero la imagen se negaba a salir de su mente.
Potter dándole la mano.
Otra vez.
"Ya pasaste por esto en primero," se reprendió. Pero de poco sirvió. "Solo te estás obsesionando porque Potter está más cerca que nunca de ser tu amigo. Eso es lo que siempre has querido: ser amigo de Harry Potter. Es perfectamente normal que uno de tus mayores deseos sea que te dé la mano."
Se repitió esas palabras varias veces, convenciéndose a sí mismo de que esa era la verdad.
Pasó mucho tiempo hasta que consiguió quedarse dormido, pero, cuando lo hizo, soñó con dulces y animales.
Draco no llegó a descubrir cuál había sido la intención de Potter al quedar con él esa noche. Se la habían pasado hablando.
