Capítulo 11: Hinata

Sasuke

¿Cómo crees que sea el más allá, Sasuke?

No lo sé, nunca lo he pensado.

Mi mamá me decía que era como un manto de nubes donde no hay dolor ni sufrimiento, solo recuerdos felices y risas alegres.

No seas tonta, Hibaba, eso no existe.

¡Es verdad, Sasuke! Cuando mi madre seguía viva ella mencionaba mucho que…

Hinata.

—… ¿Sí?

¿Cómo son las nubes esas de las que hablas?

Yo lloraba, eso es lo primero que recuerdo. Me encontraba en el rincón de la jaula más alejado de la puerta y abrazaba mis rodillas en un intento de mantener la cordura.

Tenía siete años; esa mañana había despertado y descubrí que mi hermano no estaba en la celda. Lo llamé a gritos desesperados unas cuantas veces antes de que llegara un guardia y me rompiera el labio con su garrote.

Mi camisa estaba empapada de sangre y lágrimas; mis manos temblorosas se encontraban incesantemente, como buscando consuelo en la otra.

Pensé que moriría. Que pronto me desplomaría por tanta sangre perdida y mi cuerpo se quedaría allí, pudriéndose. Que solo el mal olor los alertaría y me tirarían a un bote de basura sin mirarme.

No creía en el más allá, nunca tuve motivos para hacerlo. Que va, ni en la vida creía. Eso hasta que llegó ella.

La celda se abrió y tiraron algo adentro, pero como estaba oscuro no pude verlo con claridad. Mis sollozos se detuvieron y traté de enfocar mi vista en el extraño bulto, esperando saber lo que era sin necesidad de acercarme.

Casi doy un grito cuando se movió y mi extrañeza solo fue en aumento cuando un llanto quedo salió de él.

Mi primer impulso fue alejarme lo más posible, esperar a que Itachi se hiciera cargo de esa cosa, pero él ya no estaba conmigo.

En medio de los delirios de valentía de cualquier niño, me agazapé y empecé un lento avance hacia mi objetivo, deteniéndome de vez en cuando al ver movimiento.

Solo cuando estuve a un par de metros me percaté de que era una persona, probablemente de mi edad. Su rostro estaba oculto por sus manos y, de costado, se balanceaba lentamente adelante y atrás, sus rodillas apegadas al estómago.

Curioso y aún temeroso, una de mis manos se movió de forma precaria y uno de mis dedos dio un ligero toque a su brazo.

Se enderezó del susto, lo que me hizo retroceder de nuevo a la esquina de mi celda con la respiración entrecortada. Saqué mis garras sin darme cuenta y le amenacé con ellas. Cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo, un brillo perla me saludó del otro lado.

Ojos curiosos, interrogantes y con mucho miedo. Todo su cuerpo temblaba y pude notar que forzaba a su garganta a no pronunciar ningún ruido.

Tenía el cabello corto y de color negro intenso; piel pálida, labios rojizos de tanto morderlos. Sus rasgos finos me hicieron recordar una de las últimas pláticas con mi madre.

"Una niña, eso es una niña" Pensé.

Una vez determinó que yo no era del todo peligroso, intentó acercarse, pero no se lo permití. Mi ingenua mente pensó que si la habían puesto ahí, estaba ocupando el lugar de Itachi, así que no pude evitar odiarla.

Ese día lo único que hice fue alejarme de ella, a veces gruñéndole, otras intentando arañarla; aunque sus reflejos llegaban a ser más rápidos que los míos, lo cual solo me frustraba más.

Después, me limité a ignorarla. En los próximos días, cuando nos traían alimentos, tomaba mi parte y regresaba a la orilla de la celda; la veía de forma amenazante para que me dejara en paz.

Pero esto no duró demasiado.

Dentro de mi laboratorio había pocas mujeres híbridos. Ya antes me había tocado ver trabajadores aprovechados, solo que no lo había entendido porque Itachi se negó a explicarme. Días después, bastante noche, uno de los encargados se acercó a la celda con el pretexto de poner un fármaco a la niña. Le desvistió el brazo, pero luego continuó rasgando la camisa.

Cuando ella se dio cuenta era muy tarde; el agarre de ese hombre se volvió fuerte, pero ella puso resistencia para salir de la celda. La golpeó en la cara cuando comenzó a gritar y quiso tocar por debajo de su pantalón. En ese tiempo yo no era tan malo, no estaba tan podrido como para no hacer algo al respecto.

O tal vez fue instinto. Cuando me di cuenta el hombre estaba en el suelo, los profundos surcos de mis garras marcados en su rostro. Ella aprovechó la distracción para alejarse lo más posible de la entrada y se colocó las ropas de nuevo, tan rápido como sus temblores se lo permitían.

No recuerdo una paliza más fuerte que esa.

Cuando me regresaron a la celda, no podía moverme. Esta vez, el sabor de la muerte era tan evidente que dejé que me consumiera la idea. De todas formas, ya había perdido a Itachi.

Me desmayé, y cuando fui consciente de nuevo, ella estaba ahí. Intentaba limpiarme las heridas con unos harapos húmedos mientras sollozaba quedamente. Me regañé porque esa simple acción disminuyera mi desprecio hacia ella, pero no estaba en mis mejores condiciones para apartarme.

— Déjame, ¿quieres? Moriré de todos modos.

Fijó sus ojos en los míos unos segundos. Me parecían bonitos, pero nunca se lo comenté. Luego siguió con la limpieza y yo, hastiado de todo, me dejé vencer por el sueño.

Ignoró mi petición ese día y todos los demás; intente alejarme tantas veces que perdí la cuenta. Fue cuando mi desesperación por la pérdida de Itachi pasó a convertirse en depresión y mis esfuerzos por rechazarla disminuyeron.

Ella comenzó a hablarme; me contaba cosas del mundo exterior como si de cuentos de hadas se tratase. Al principio sus palabras me daban igual, pero con el tiempo me decidí a escucharlas.

Gracias a ella supe lo que eran las hojas de otoño, las nubes y el cálido sol. Ella era trasladada tantas veces que hasta llegó a conocer lo que era un saludo y algo que la gente llamaba poder, pero nunca entendí por qué decía que esa era la razón de que estuviéramos ahí.

Pasó un mes para que pudiéramos hablar normalmente, para que esas largas horas de silencio se transformaran en pláticas en voz baja evitando alertar a los guardias.

Curamos nuestras heridas, compartimos los alimentos cuando nos daban demasiado poco y en algún momento llegamos a tomar la mano del contrario cuando los fármacos nos hacían agonizar de dolor.

Nunca me agradeció lo que hice con palabras, siempre fueron sus gestos hacia mí los que me hicieron saberlo. Un vínculo, aunque todavía débil, surgió entre nosotros.

Supe por sus charlas que ella venía de otro laboratorio en el que no tenían jaulas, solo barrotes oxidados donde les ataban las muñecas. Que fue trasladada aquí porque requerían de Itachi para unos experimentos y no tenían espacio para ambos. El saberlo vivo hizo desaparecer por completo mi odio inicial y que con el tiempo yo también le contara cosas de mí.

Estuvo dos meses conmigo, pero volvieron por ella. Lo único que hubo como despedida fue una mirada de soslayo y con ella la esperanza de vernos de nuevo.

Itachi volvió poco después y me sentí realmente feliz, aunque las memorias de su ausencia a veces asaltaban mi mente sin consentimiento.

"Hiciste una amiga, Sasuke, a esas personas se les dice amigos" Me dijo él con una sonrisa, parecía feliz por ello cuando se lo conté, aunque yo no lo entendía.

Conforme pasó el tiempo esas memorias se hicieron borrosas, pero se resignificaban con cada nueva experiencia que adquiría. Me di cuenta de muchas cosas que en aquel entonces no entendía y eso me hizo preocuparme por ella, aunque siempre procuraba alejar eso de mi mente porque no tenía caso pensarlo.

Aun así, a veces me asaltaba la misma pregunta: ¿La volvería a ver?

Todos estos pensamientos cruzaron mi mente cuando escuché su nombre, pero la vi de forma incrédula cuando se acercó a nosotros.

Era ella, sin duda; reconocería el tono de su cabello donde fuera, así como sus característicos ojos. Sin embargo, ahora era diferente: donde antes hubo una tímida sonrisa ahora asomaba una de completo descaro y burla; sus holgadas ropas fueron reemplazadas por un short corto y blusa entallada, ambos color negro.

Pero tragué en seco cuando algo brilló en su mano derecha.

"¿Por qué no te defiendes, Hinata?" Le grité alguna vez luego de otra paliza en la que ambos estuvimos involucrados. Al no recibir respuesta, saqué de mi bolsillo la única arma que poseía: un punzón ligeramente desafilado. Pero apenas lo puse en su mano ésta le tembló y lo dejó caer, completamente aterrorizada.

Ese miedo a las armas seguramente se debía a algo sucedido en el pasado, pero fue la única cosa que nunca me quiso contar.

Por ello, que la Hinata actual sostuviera un cuchillo del largo de mi antebrazo fue suficiente para reconsiderar mi cordura.

— ¿Hinata? — Mi voz salió sin permiso, pero fue apenas un suspiro que rápidamente se llevó el viento. Ella tenía la vista clavada en Naruto, el que luego de escuchar su nombre se dio la vuelta para encararla. Noté sus hombros tensos al igual que su voz, parecía advertir un peligro del que yo no era del todo consciente.

De pronto, su expresión se suavizó.

— Naruto, te extrañé tanto — Cerró la distancia entre ellos y le depositó un suave beso en la mejilla mientras le rodeaba con sus brazos.

Escuché el respingo de Naruto, pero sus brazos no se movieron.

— Ha pasado mucho — Contestó sin más.

¿Por qué lo abrazaba de esa forma? ¿Eran los enemigos o parte de todo esto? Pero por la forma en que Hinata lo miraba, sabía que me perdía de algo, aunque eso no evitó que el peso en mi pecho, que había sentido desde hace días, se incrementara.

Apartar la vista no era una opción; solo esperaba un momento de distracción para zafar el agarre del sujeto a mis espaldas y luego correr. De todas formas, si Naruto estaba aquí todo esto ya no tenía sentido.

Pero no me iría sin él.

— ¿Por qué no correspondes mi abrazo, Naruto? ¿Es que no querías verme? — Hinata se separó de él y le miró con reproche infantil, pero ni de esa manera se quitaba la burla de su rostro. Su expresión podía hacer creer a cualquiera que todo esto se trataba de un simple juego.

Se acercó tan rápido que cuando me di cuenta ya tenía su dedo índice señalando mi cara.

— Es por él, ¿verdad? Le dije que debimos matarlo cuanto antes.

Vi la alarma cruzar los ojos azules cuando se volteó hacia nosotros, pero volvió a su gesto estoico y cruzó los brazos sobre su pecho. Me dirigió una corta mirada antes de regresarla a ella.

— Él no tiene nada que ver en esto.

Un extraño sonido llenó el lugar, Hinata ¿se estaba riendo?

— Dios, Naruto, no somos idiotas. El jefe se ha pasado de lo lindo viéndolos entrar a un bar distinto cada noche, actuando como si no se conocieran, y regresar en la madrugada juntos al departamento.

¿Lo sabían?

Los ojos de Naruto se abrieron levemente a causa de la impresión, y aunque se recuperó rápidamente, pude ver como el color abandonaba su rostro.

— ¿Quién…?

—Tú sabes perfectamente quién — Contestó ella —. Así que no puedes decirme que este muchacho no está involucrado.

Reinó el silencio por unos segundos cargados de tensión. Casi podía ver la cabeza de Naruto hacer corto circuito para encontrar una manera de salir de ahí. Su mirada era severa, pero Hinata lo veía como si fuera la deidad más importante sobre el universo.

Intenté nuevamente zafarme del agarre, pero solo conseguí que quien me sujetaba se molestara y estrellara mi mejilla contra el suelo.

— Neji, controla a la alimaña, por favor — Dijo ella claramente impaciente, pero sin voltear.

— ¿Tienen órdenes de matarlo? Me sorprende que se haya tardado tanto — La indiferencia de Naruto habría sido creíble si no hubiera desviado la vista en mi dirección.

— En realidad no, éste chico no vale nada para el jefe, solo quiere que lo asustemos un poco — El cuchillo dio una vuelta en su mano antes de acercarse a mí en posición amenazante —. ¿Te molesta, Naruto? ¿Te incomoda que le ponga unos lindos bigotes como los tuyos?

— ¡Hinata, detente! — Gritó.

— ¡Neji, con Naruto!

En un segundo el agarre sobre mi cuerpo desapareció, pero apenas tuve tiempo de enderezarme antes de que Hinata me tomara por la solapa de la camisa y me estrellara con fuerza contra la pared. Intenté sostener sus manos, pero tenía una fuerza brutal.

Pude escuchar como mi cabeza pareció partir uno de los ladrillos, pero nada después de eso.

No veía ni oía claramente, un pitido invadía mis oídos y todo frente a mí era borroso. El dolor se extendió por toda mi cabeza y parte de la espalda; vacilé por unos momentos en la barrera de la inconsciencia.

Una sombra frente a mí se acercaba con lentitud, el brillo del metal a su lado. Cuando mi vista volvió, Hinata estaba a escasos centímetros de mí con su cuchillo posado suavemente en mis labios.

— Creo que te dibujaré una linda sonrisa; esa mueca que tienes ahora no es nada feliz, ¿no lo crees? — Sonrió ampliamente.

¡Suéltame!, quise decir, pero mi boca no pronunció sonido. Mis manos tampoco podía moverlas y las piernas ni siquiera las sentía.

Como presintiendo mi final, mi mente se encargó de sumirme en un extraño letargo. Aún con los ojos de ella fijos en mí y el sonido de la batalla de Naruto y Neji a escasos metros, me sentí tranquilo.

De todas las formas en las que pensé alguna vez que mi vida podía terminar, nunca pensé en esa: asesinado por la primera persona que consideré amiga y escuchando a la persona de quien estaba enamorado tratando de llegar hacia mí.

"Patético, ¿no crees?" Le dije a Naruto aquella vez. No podía imaginar una forma más patética de morir que no fuera esa. No pude mover un dedo para defenderme debido al golpe en mi nuca. Era incapaz de pronunciar palabra y sobre todo, no podía protegerlo.

Ni decirle lo que realmente sentía.

Además, si mi mente no me había traicionado con mis deseos frustrados, él había confesado hace poco estar enamorado de mí. Y si era cierto, los días anteriores fueron un completo desperdicio a lo que pudo ser un buen recuerdo para llevarme a la tumba.

Suspiré con resignación, porque sabía que él estaría bien.

Aunque Hinata hubiera dicho que solo querían asustarme, conocía bien el brillo que despiden los ojos de un asesino. Ella le mintió y podía ver las ganas que tenía de clavar esa cosa en mi cuello, aunque de momento se limitara a extender mi sonrisa de un lado del rostro. Naruto seguro se había dado cuenta también.

Sentí una gota de sangre contra mi clavícula.

— ¡Sasuke!

Un tono carmesí llenó mi visión por unos segundos. Mi cuerpo sin fuerzas resbaló por la pared cuando la fuerza que lo mantenía contra ella desapareció; caí en el piso frío y mugriento, quedando mi mejilla derecha recargada en él e incapaz de moverme.

Mi visión se nubló de nuevo y cuando logró adaptarse, me di cuenta de que la sangre no era mía. Era de la muñeca de Hinata, que a unos metros de mí todavía escurría gotas por sus dedos y estas golpeaban el piso a un ritmo constante.

— Eres un maldito — Exclamó con odio.

Un poco más lejos se encontraba Naruto; la posición de ambos me recordaba a las viejas peleas en el laboratorio. Neji estaba en el suelo con una profunda herida en su pecho; respiraba entrecortadamente y llamaba entre susurros a Hinata.

Mi mente pareció estar de nuevo en mi control y fue cuando me di cuenta de que algo estaba mal; porque las heridas de Neji y Hinata eran marcas de garras; un aroma nuevo llenaba el ambiente, sin embargo lo reconocía a la perfección. Podía ver desde allí que los ojos de Naruto no eran azules, sino pardos, y sus uñas habían crecido desmesuradamente.

— No te atrevas a tocarlo — Murmuró Naruto amenazante. Sus dientes también habían crecido.

Hinata rió con fuerza.

— ¡Tardaste demasiado en manifestarte! ¿Acaso el niño bonito no sabía que tienes la sangre tan podrida como nosotros?

La ignoró por completo. Su gesto amenazante, dispuesto a atacar, dirigió una mirada de soslayo hacia mí.

Sonrió.

Los segundos parecían pasar más lento.

Esa sonrisa fue distracción suficiente para que Hinata hiciera su ataque, que él esquivó a duras penas.

— ¡Ha! ¡Sabes que no puedes vencerme en esto, Naruto! — La voz de Hinata estaba llena de felicidad.

— ¡Tendré que intentarlo entonces!

Empezaron una lucha veloz y agresiva, como una danza destinada a asesinar a uno de los bailarines al momento de terminar la pieza. Mi vista apenas alcanzaba a ver y entender sus movimientos; se desplazaban por el callejón a una velocidad que creí imposible.

Pero mi mente se dividía en prestar atención y estudiar mi reciente descubrimiento. Muchas cosas ahora parecían tener sentido: que fingiera tomar medicina para la gripe cuando conocía de más un calmante, el uso excesivo de su perfume y el conocer a Hinata; la molestia inicial de que me quedara con él, la rapidez con la que me alcanzó en aquel tejado la primera vez que nos vimos... Sus marcas.

¿Cuánto me había ocultado?

Zarpazos al estómago, al rostro, a los costados; sus gruñidos fueron cediendo cuando necesitaron de ese aire para respirar. En un descuido, Naruto no pudo esquivar un ataque y el impacto lo mandó directo a la pared detrás de él. Antes de poder levantarse, Hinata estaba de nuevo sobre él; buscaba arañarle la cara y tenía una rodilla sobre su estómago.

Consiguió apartarla a duras penas, pero su cuerpo no le respondió como antes. Debía estar igual de afectado por el golpe en la cabeza como yo unos minutos atrás.

— ¡¿Por qué haces esto, Naruto?! ¡¿Por qué condicionas nuestro amor de esta manera?! — Dijo ella con lágrimas en los ojos antes de tomarlo por sorpresa y clavarle el cuchillo en la pierna. Su grito destrozó mis oídos.

— ¡Naruto!— Mi voz salió ronca. Hice un intento por levantarme y la cabeza me dio vueltas, pero necesitaba ayudarlo de cualquier manera.

— ¡Acércate y el cuchillo irá a dar con su cuello! — Gritó Hinata mirando en mi dirección, al tiempo que sacaba el arma de su pierna con un doloroso tirón. Me quedé de pie, dudando entre hacerle caso o intentarlo, pero Neji decidió entrar al juego de nuevo y aprovechó para derribarme con un golpe en el costado.

Forcejeamos unos segundos antes de escuchar de nuevo su voz enfermiza.

— Levántate, Neji, ya no es necesario — Tenía la pistola de Naruto en su mano y cuando alcé la vista, noté que el cañón me apuntaba en la sien.

La impresión me duró unos segundos y Neji aprovechó para darme un puñetazo en la cara, luego me enderezó a la fuerza y me tomó por los cabellos de la nuca.

Todo pasó demasiado rápido. El miedo a la muerte, corto pero real, fue suficiente para hacerme buscar a Naruto con la mirada. Nunca le diría que estaba asustado por esto, pero si moría ahora, sus ojos eran lo último que quería ver.

Él estaba recargado contra la pared, con sus manos en las rodillas y su pesada respiración haciendo eco a nuestro alrededor. Cuando enderezó la cabeza y observó el panorama, su mirada reflejó horror.

— Naruto, tú me amas ¿verdad?— Preguntó ella con un deje desesperado en su voz, pero se escuchó el click del arma al cargarse y el cañón rozó mi mejilla en una caricia.

Él se enderezó; me observó por largo tiempo antes de dirigirse a ella.

— Sabes que sí.

— Y eres mío, ¿verdad?

Suspiró.

— Sabes que puedes hacer lo que quieras conmigo.

Quise que se detuviera.

— Dime que me amas, cuántas veces te lo pida, y tal vez considere perdonarle la vida al famoso Error Genético.

Así que lo sabía, pero en ese momento era lo que menos me importaba.

Aunque fuera por salvarme la vida, no quería que Naruto pronunciara esas palabras, pero la parte irracional del miedo no es desconocida para nadie y lo que me pedía mi cuerpo ahora era no morir.

Me sentí detestable.

¿Valdrían para ella las palabras de Naruto, aún con esa mirada de total desprecio? La monotonía de su voz permaneció todo el tiempo y no tenía por qué cambiar ahora. ¿De qué le servían a ella palabras vacías?

Nuestros ojos se encontraron de nuevo, me perdí en ellos sin querer. Luego los cerró.

— Te amo, Hinata.

Su última palabra fue ahogada por el grito que salió de su garganta. Sus rodillas flaquearon y se dejó caer mientras se tomaba el cuello con desesperación. Tembló por unos largos segundos mientras mantenía sus ojos fuertemente cerrados.

"¿Sabes qué es?"

"Un aparato estúpido que causa dolor cuando dices algo indebido. Las palabras prohibidas las determina quien te lo coloca."

El aparato... Fue cuando entendí lo que ella quería: su dolor.

— Naruto… — No sabía ni qué decir, pero necesitaba hablarle.

Aquí estoy.

— ¡Owww! ¡Eres encantador! — Hinata se tomaba una mejilla con la mano en gesto avergonzado y lo miraba como si acabara de declararse, aunque la amenaza seguía latente a un lado de mi cabeza. — ¡Otra vez! ¡Una vez más!

— Te amo, Hinata.

Otra vez su grito desgarrador, el agarre en su cuello, sus temblores y su rostro enrojecido. Apoyó una mano en el suelo y pude ver las gotas de sudor en sus sienes. Su voz había salido como si estuviera enfermo, yo mismo me sentía enfermo al contemplar aquello.

— ¡Otra vez, Naruto! ¡Grítalo para que todos sepan que eres mío!

— Te amo.

No de nuevo.

— Te amo Hinata.

¡Ya no más!

— ¡Naruto! ¡Cállate ya! — Quise escapar de ellos e ir con él, pero el agarre de Neji era demasiado fuerte. Ante mi grito, un nuevo puñetazo se dirigió a mi rostro de parte de ella, pero ni siquiera lo sentí.

— ¡Te amo, Hinata!

No pudo seguir. De una arcada su boca se llenó de sangre, que escurrió a borbotones; su cuerpo se estremecía como si le recorriera electricidad. Unas pocas gotas cayeron en el suelo antes de que él mismo se desplomara.

Las lágrimas surcaban su rostro y sus manos intentaban apaciguar el dolor de su garganta. Parecía estar muerto de frío por su posición encorvada y los temblores constantes.

— Naruto...

Levántate, por favor.

Sentí un empujón y me encontré de rodillas a su lado. Automáticamente busqué su rostro y chequé que respirara.

— Naruto...

¿Por qué no me contestas? Abre los ojos, por favor.

Sostuve sus mejillas con mis manos temblorosas, solo entonces me di cuenta de que yo también tenía lágrimas escurriendo por mis pómulos.

— Qué patéticos se ven.

Instintivamente busqué protegerle con mi cuerpo, pero lo único que conseguí fue una patada en el costado y aterrizar a su lado golpeándome la frente.

— Es muy tarde para hacerte el valiente, Sasuke — Exclamó Hinata con una corta risa.

— Sasuke… — Era su voz.

Ignorando el dolor, voltee a verlo; casi quise sonreír al darme cuenta de que estaba despierto.

— La próxima vez sin duda lo mataré, Naruto; está fue solo una advertencia — El odio hacia mí y la amenaza para él enmarcaron su voz. No podía ver su rostro, pero estaba seguro de que sonreía al pronunciar las siguientes palabras —. En realidad, hay otra razón para la que estoy aquí.

Hinata lo tomó por su solapa y lo levantó un poco del piso; al tratar de incorporarme, Neji puso su pie en mi pecho con fuerza, quitándome el aire. Ella se acercó a su rostro de nuevo, pero en vez de robarle otro beso, limitó a verlo fijamente con una sonrisa.

— Menma quiere verte. Y ahora que te encontró, tiene una sorpresa para ti en el Departamento de Híbridos.

Lo dejó caer en el piso de nuevo, pero esta vez él no reaccionó al dolor del impacto. Tenía los ojos abiertos de par en par, no se movió en absoluto.

¿Menma?

— Nos vemos, Naruto — Dijo ella en un susurro y con una gran sonrisa —. Recuerda lo mucho que te amo.

Sus palabras y el tono con el que las dijo me dieron tanto asco que no pude evitar un sonido de molestia, pero en un suspiro ellos ya no estaban ahí.

El silencio llenó mis oídos como un peso con el que no podía combatir y preferí cerrar los ojos porque el mundo se convirtió en una mancha borrosa.

Terminó. El peso de la situación se desvanecía lentamente, liberando mi pecho de su prisión. Mi mente pareció re-asimilar todo lo que había ocurrido, pero una vez superada la sorpresa inicial, sólo podía enfocarse en una cosa.

— Eres un imbécil — Dije, pero mi voz fue tan queda que no estaba seguro de que me hubiera escuchado.

Un sonido como de motor descompuesto se escuchó a mi lado: se reía.

— No es gracioso — ¿Por qué hizo esa tontería? ¿Por qué hizo sangrar su garganta para salvarme el pellejo?

— Sabes perfectamente por qué lo hice, sé que me escuchaste.

Di un respingo; porque pareció leerme la mente. Tenía una idea de lo mucho que debía dolerle la garganta y quise centrar mis pensamientos en ello, para ignorar lo que mi mente me exigía entender y que esa sensación bochornosa me dejara en paz. Mis emociones se sobreponían y no sabía cómo manejarlas.

— Toma mi mano.

Esas palabras me hicieron abrir los ojos, el mundo ya no se movía tanto como antes.

— ¿Para qué?

— Me quedé sin energía para levantarme, tú serás mi nueva fuerza ahora.

Las dudas asaltaban mi desecha cabeza como una lluvia incesante: lo que me ocultó, qué tenía que ver con Hinata, quién era Menma y a qué se refería con lo de la sorpresa en el departamento. Pero intentar movernos en ese momento sería un suicidio, así como discutir o tratar de fingir que no me sentía feliz al saber que seguíamos vivos y estábamos juntos.

Y no, tampoco tenía caso preguntar si sus palabras eran una metáfora barata o un intento de hacer poesía, así que busqué su mano y la aferré con fuerza, encontrando yo mismo alivio en ese contacto.

— Usuratonkachi.

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Continuará.