Capítulo 11

TRAS escuchar un gran tumulto Riza que tenía unos minutos de haber llegado se levantó del sofá y abrió la puerta que comunicaba el salón con el vestíbulo. Roy acababa de volver de la oficina y los perros salían a recibirlo. Él subió las escaleras sin verla con un regalo bajo el brazo.

Riza lo siguió, pero no pudo alcanzarlo por culpa de los tacones. Se quedó perpleja al ver que pasaba por delante de la puerta de su dormitorio y se dirigía al cuarto de Su. Cuando llegó la niña había rasgado el papel de regalo y contemplaba el nuevo juguete admirada. - ¡Es una muñequita! - gritó abrazando la caja con fuerza -. ¡Preciosa muñequita!

- ¿Quieres que te la saque de la caja? - preguntó Roy.

Su le dio la caja y Roy sacó la muñeca. - ¡Mira, mami!

Roy se dio la vuelta y miró a la rubia en el lumbral de la puerta, estaba bellísima, usaba uno de los vestidos que él le había mandado comprar. Era un vestido corto hasta las rodillas, muy ajustado a su bonita figura, su piel pálida se veía sumamente exquisita en esa tela color coral. Riza se ruborizó. Luego, procurando mostrarse natural, se acercó a su hija y dijo:

- ¿Has dado las gracias, Su?

- ¿Un beso? - se apresuró a sugerir Su abrazando fuertemente a Roy y posando un enorme beso en su mejilla. Roy no pudo ocultar su sorpresa y sonrió.

- Empezamos mal así que se imponía ofrecerle la paz – comentó.

- Has sido muy amable - concedió Riza.

- Yo puedo ser muy amable, bonita - contratacó Roy con voz ronca.

Las miradas de ambos se encontraron y, sin saber cómo, Riza supo que Roy estaba pensando en el sexo. Un sexto sentido la avisó y la arrojó en la más absoluta confusión.

Su piel comenzó a calentarse, de pronto sintió que se ahogaba y que el corazón le daba un vuelco. No podía apartar la vista de aquellos alucinantes ojos negros, su impacto la hacía tambalearse. Se sentía mareada, insegura y muy, muy excitada. Riza dejó que la punta de su lengua recorriera el labio inferior seco en un movimiento nervioso. La atenta mirada de Roy no se apartó del sensual labio. Algo en su interior se retorció y tensó muy abajo en su vientre, una respuesta sexual tan poderosa que la aterrorizó.

- No queda mucho tiempo, mi hermana viene a cenar con nosotros - advirtió Roy caminando a grandes pasos hacia la puerta -. Necesito ducharme y cambiarme de ropa.

- Buenas noches, Roy - se despidió la niña.

Roy hizo una pausa antes de salir para comentar:

- Cuando está de buenas es realmente una niña encantadora, ¿verdad? Yo apenas tuve relación con mi hermana Mei cuando ella tenía su edad, estaba interno en el colegio. Y siempre lamentaré no haber estado más cerca de ella. No sé por qué… pero siento que me hace recordarla. Roy dibujó una sonrisa y la madre de Su sintió algo en el estómago, tal vez era culpa.

Veinte minutos más tarde, tras acostar a Su y leerle un cuento, Riza se dirigió a su dormitorio. Roy estaba a punto de colgar el teléfono. Solo se había quitado la chaqueta y la corbata.

- Estás fantástica con ese vestido, ¿y sabes por qué? Porque es de tu talla.

- Margo siempre me ayudaba a escoger mi ropa, siempre decía que tenía que ocultar las deficiencias de cuerpo - le confió Riza.

- No tienes ninguna deficiencia, estás perfectamente proporcionada. Creo que Margo es envidiosa.

Margo le había reprochado el color de su pelo, insistiendo en que se vistiera con tonos aburridos. Crecer con la crítica constante de su madrastra y los aires de superioridad de su hermanastra había sido difícil. Riza había aprendido a compararse continuamente con ellas, y esa repetida comparación era la causa de su falta de confianza.

Sin embargo Roy era sincero. Su valoración física y sexual se reflejaba en su mirada intencionada y en sus ojos oscurecidos. Riza observó con abstraída admiración la figura larga y poderosa de Roy. Se estremeció al notar su excitación sexual masculina, imposible de ocultar en la estrechez de los pantalones. Se ruborizó, se sintió poderosa y femenina...

-Roy... - susurró con voz trémula.

Un minuto después Riza no pudo recordar quién se había acercado a quién. Solo recordaba la forma en que él había fruncido el ceño, el brillo de sus ojos negros entrecerrados y el hecho de que de pronto estaba entre sus brazos. Roy abrió sus labios e invadió su boca con la lengua profundizando, girando, saboreándola con fiereza, con impaciencia. Aquella admisión abierta y sincera de su deseo acabó con todas sus defensas. Riza se sacudió violentamente bajo aquel beso devorador. Roy la hacía sentirse poseída, dominada, débil y necesitada.

- No debería de haberte dejado... he estado todo el día de mal humor - le confió Roy escrutando su rostro. Te necesito tanto...

- Sí, yo también... - reconoció Riza.

Se sentía exactamente igual que él, y era demasiado obvio como para negarlo. El corazón le latía acelerado, todo su cuerpo temblaba de excitación.

- No puedo esperar bonita… estoy sufriendo una agonía - gimió Roy.

Una mano le apretó la espalda poniéndola en contacto directo con las poderosas piernas de él. Roy reprimió un gemido, besó sus sienes, recorrió con los dedos su cabello y tiró de ella para unir de nuevo sus bocas. Pero Riza no conseguía pegarse a él lo suficiente. Roy deslizó una mano por debajo de su falda y levantó una pierna metiéndola en el mismo centro de su ser. La cálida humedad tras la barrera de su ropa delataba su respuesta. La excitación que le procuraba aquel experto contacto la hacía jadear y gemir.

- Roy... por favor.

Roy la posó boca arriba sobre la cama y se inclinó sobre ella con ambas manos a los lados de su cabeza. Entonces volvió a hundir la lengua en su boca arrancándole un grito de rendición. Inmediatamente encontró la cremallera de su vestido y la bajó, desnudándola con manos impacientes. Después se quedó quieto y sus ojos contemplaron reverentes las curvas de sus pechos, el sedoso cabello rubio y sus piernas.

- Eres hermosa, cariño... ¿cómo has podido dudarlo todo este tiempo? - preguntó Roy inmóvil sobre ella, comenzando a quitarse la ropa.

Una vez más Roy se inclinó sobre Riza gloriosamente excitado. Abrazó sus pechos y acarició sus sensibles pezones con los labios y la lengua, y después recorrió con ella el tentador camino de su estómago y vientre abriéndole las piernas para comenzar una exploración más íntima. Riza se sobresaltó, pero estaba demasiado tensa y excitada como para detenerlo. Roy la dominaba por completo, la empujaba a tal estado de desesperado anhelo y retorcimiento que se sentía impotente.

Roy volvió a levantarse con la respiración entrecortada. Hundió la lengua entre sus labios rosas en un sexy beso y echó atrás sus piernas con manos torpes. Su propia excitación era palpable. Sus ojos negros la asaltaban. Roy vaciló en el momento crucial, pero Riza estaba preparada para la dura y cálida penetración.

- ¡Dios mío... ni yo mismo me conozco cuando me pongo así! - gimió él -. Me siento salvaje... pero no quiero hacerte daño.

- No lo harás...

- Pero tú eres mucho más pequeña que yo.

- Me encanta cuando te pones salvaje - susurró Riza enfebrecida.

Roy cerró los ojos y la penetró con fuerza, soltando tal corriente eléctrica de sensaciones que Riza gimió su nombre como una bendición. Se retiró y volvió a penetrarla de nuevo con crudeza, con tanto ritmo que el efecto fue demoledor. Todo su ser estaba centrado en el explosivo placer que creaba dentro de ella. Los corazones de ambos latían al unísono, y Riza gritó en el momento del éxtasis para colapsarse después.

Estuvieron tumbados juntos en un dulce abrazo. Roy retiró su peso de ella, pero la retuvo posesivamente presionando los labios contra su cuello, prolongando el momento para saborear la sal de su piel y acariciar su espalda.

- Ha sido increíble... el paraíso, bonita - suspiró Roy admirado y satisfecho -. Nunca me había sentido tan bien.

- ¿A qué hora viene tu hermana?

Roy se puso tenso, miró su reloj de pulsera y se soltó.

- ¡Lo he olvidado... Mei debe de estar por llegar! - Riza no se movió -. Riza...

- ¿Sí? - susurró ella con una tímida sonrisa, observándolo con un sentimiento cálido en su corazón.

- Podemos compartir la ducha - sugirió Roy tirando de su mano y llevándosela al baño.

- ¡Pero no se me secará el pelo! - exclamó ella sin dejar de observarlo, tratando desesperadamente de averiguar por qué se sentía tan feliz.

- Te brillan los ojos - afirmó él escrutándole con una dulce mirada y tomándola en sus brazos con fuerza bajo la ducha -. Supongo que estarás tomando la píldora...

- No.

- Pero yo no he utilizado nada para protegerte. Santo cielo... ¿cómo he podido ser tan descuidado?

Riza se puso tensa. ¿Cómo podía haberse descuidado tanto una segunda vez? El resultado, en la primera ocasión, había sido Su. Había creído estúpidamente que las pastillas que había estado tomando y que solo había dejado de ingerir después del fiasco con Jean la protegerían. Pero naturalmente no había sido así. Por culpa de su ignorancia.

- El riesgo es escaso - musitó ella evitando su mirada.

- Eso lo sabes tú mejor que yo.

Pero Roy se equivocaba. Los ciclos le causaban tan escasas incomodidades que no se molestaba ni siquiera en tomar nota de las fechas. No tenía ni idea de en qué parte del ciclo se encontraba, pero sí tenía fe en la fertilidad de Roy. Imaginar que estaba de nuevo embarazada... era extraño, pero la idea no la alarmaba. En realidad soñaba con una versión de él en pequeño. Una sensación de enorme calor irradió entonces de su pecho. De pronto aquella reacción la sorprendió.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Roy.

Riza salió de la ducha para evitar su mirada. Agarró la toalla y se refugió en el vestidor. Aquello no podía ser amor. No podía ser, se repetía en silencio. Era solo el resultado de su inmadurez, del pasado. Rebecca tenía razón: había pasado demasiado tiempo sola. Construir castillos románticos en el aire a propósito de Roy era una estupidez. Ya lo había hecho en una ocasión, y había aprendido la lección. Era demasiado sensata como para repetirlo.

Roy se sentía milagrosamente atraído hacia ella, pero concluir por ello que podía albergar algún sentimiento hacia ella era una tontería. Él mismo lo había dicho esa mañana: se trataba sencillamente de pasarlo bien en la cama. De pronto se sentía feliz de haberlo abofeteado.

- Cuéntame algo sobre tu hermana - lo invitó Riza al dejar el dormitorio. Parecerá extraño si no sé nada de ella.

- Mis padres murieron en un accidente de aviación cuando Mei tenía ocho años. Mi tía se convirtió en nuestro tutor legal. Yo solo tenía diecinueve. Christina era viuda y no tenía hijos, y enseguida quiso hacer el papel de madre para mi hermana, pero era demasiado posesiva. Me hizo muy difícil mantener un contacto regular con Mei.

- Eso fue egoísta por su parte.

- También se negó a compartir conmigo la custodia de Mei cuando por fin pude ofrecerle un hogar. Era una tutora muy liberal, la mimó demasiado y la echó a perder. Cuando Mei alcanzó la adolescencia se hizo muy difícil tratarla, y Christina creyó ver en ella ingratitud. Entonces comenzó a verla como una carga, y me exigió que me responsabilizara de ella para mudarse a Creta.

- ¡Dios...!

- Mei se hundió, se sintió rechazada, y se rebeló contra mí. Pasamos una mala temporada - admitió Roy encogiéndose de hombros -. Ahora tiene veintiún años, y apenas estoy en contacto con ella. En cuanto cumplió los dieciocho exigió un apartamento.

- Lo siento - lo compadeció Riza poniendo una mano sobre su hombro -. Yo siempre he pensado que las peores heridas son las que nos causa nuestra propia familia, siempre somos más vulnerables cuando se trata de nuestra carne y sangre.

- ¿Estás pensando en tu padre?

- Es difícil no hacerlo. Me he pasado la vida deseando ser alguien a sus ojos, luchando por ganarme su respeto - admitió Riza.

- Eso le pasa a todo el mundo.

Roy fijó su atención sobre la mano de Riza, en su hombro, y ella se apresuró a retirarla. La proximidad que él deseaba en la cama parecía fuera de lugar.

- Pero yo trataba de lograr algo que nunca conseguí. No creo que mi padre me mirara nunca sin lamentar el hecho de que no fuera el niño que deseaba... pero solo logró que yo lo intentara con más ahínco.

- ¿Y fue esa la razón por la que robaste el Adorata? - preguntó Roy estrechando su mano -. ¿Querías salvar a la familia fingiendo que lo habías encontrado?

Riza palideció. Aquello la había pillado de improviso. La hería aquella absurda sospecha. Una vez más había olvidado la verdadera relación que había entre ellos, se había expuesto a sí misma a un ataque con inocencia y candor.

- Seguro que le mentiste. Puede que él fuera agresivo y dominante, pero tenía reputación de ser un hombre correcto y honesto. ¿Le dijiste que lo habías comprado por nada en una tienda de antigüedades? - insistió Roy sin arrepentirse.

Entonces una puerta se abrió. Riza y Roy se volvieron. Una bella y esbelta morena de sutil expresión los observaba.

- No tengo intención de pasar la velada esperando, Roy- dijo Mei con sarcasmo -. ¿Por qué se han molestado en invitarme?

- Esperaba que estuvieras ansiosa por conocer a Riza. Siento mucho haberte hecho esperar - murmuró Roy.

- ¿Y por qué no me brindaste la oportunidad de conocerla antes de casarse? rio Mei.

- Te dejé unos cuantos mensajes en el contestador, pero no me devolviste las llamadas - contratacó Roy con calma.

La combinación de agresividad y dolor que emanaba de Mei era sorprendente, pero lo cierto era que su hermano mayor se había casado con una completa extraña. En esas circunstancias era natural su hostilidad, pensó Riza que, saltándose de Roy, se acercó a aquella muchachita berrinchuda.

- Tienes todo el derecho del mundo a estar furiosa, y no sé cómo explicarte por qué...

- Por qué nos casamos tan apresuradamente - terminó la frase Roy por ella mientras abría la puerta del comedor. Los candelabros iluminaban la mesa -. No hay mucho que decir.

Pues no te imagino haciendo nada apresuradamente sin una buena razón, Roy - continuó Mei

¿Es que ella está embarazada?

Riza se quedó helada. Roy le sujetó la silla y ella tomó asiento. Él dijo unas cuantas palabras de reproche a su hermana y Riza los miró. Mei había pretendido insultarla, pero estaba más cerca de la verdad de lo que ninguno de los dos pudiera imaginar. Roy se había puesto en una situación difícil con aquel matrimonio por su causa, y deseaba ayudarlo a minimizar el efecto que ello pudiera tener en su ya de por sí dañada relación con su hermana.

- Nos casamos así porque mi padre acababa de morir - explicó de pronto Riza-. Tengo que admitir que fuimos muy impulsivos...

- ¿Impulsivo? ¿Roy? - repitió Mei despectiva -. ¿A quién crees que vas a engañar? ¡Él nunca hace un solo movimiento que no esté perfectamente calculado!

- En este caso lo fue - insistió Riza con calma -, pero fuimos muy egoístas al no contárselo a nuestras familias.

- ¿Tu familia tampoco fue? - volvió a preguntar la joven atónita y a la vez aliviada de saberlo -. Y entonces, ¿dónde se conocieron? ¿Y cuándo?

- Es una larga historia... - comenzó a decir Roy.

Riza se apresuró a interrumpirlo. Contar la verdad, o al menos toda la que pudiera, era lo más inteligente dadas las circunstancias. Era mejor que contar una historia sobre sus coches chocando en Ciudad del Este. Mei era hermana de Roy, y lo conocía bien.

- Conocí a tu hermano hace casi tres años en un baile de máscaras que se celebró aquí - confesó Riza con una ansiosa sonrisa en los labios.

El efecto que tuvo aquella sencilla explicación dejó a Riza de piedra. A su izquierda, Roy soltó un suspiro airado y la miró exasperado. A su derecha, Mei se puso terriblemente tensa, abrió la boca y la miró sin pronunciar palabra, pálida y con los ojos enormemente abiertos.

- Parece que he...

- Has metido la pata - completó Roy la frase por ella.

De pronto fue la locura. Riza cayó en la cuenta de que Mei debía de saber lo del robo, de modo que se hacía mucho más difícil darle una explicación. Entonces Mei se puso en pie, pero en lugar de prestarle a ella toda su atención no dejó de mirar a su hermano. Y comenzó a vociferar histéricamente. Roy la miró atónito, sin comprender, y se levantó de la mesa.

-¿que demonios estás diciendo Mei?... ¿qué ocurre? Riza no entendía nada de aquellos gritos y aquellas disculpas de Mei combinadas con culpas a Roy. Decidió Salir del comedor, eso era algo que tenían que arreglar ellos, fuera lo que fuera.

Finalmente Mei salió corriendo del comedor, lloraba desesperada. Riza decidió volver, cuando entró miró a Roy petrificado, él levantó las manos, las extendió y las dejó caer de nuevo. Riza se apresuró a acercarse.

- ¿Qué le ocurre?

El tenso perfil de Roy se delineaba contra las sombras y las luces del comedor. Él respiró hondo, tembloroso. Volvió la mirada sin verla, y dijo:

- Ha dicho que... ha dicho que... - comenzó a decir. - ¿Ha dicho qué? - preguntó Riza impaciente, escuchando los gritos histéricos de Mei en el salón.

- Ha dicho que fue ella quien robó el Adorata - consiguió decir por fin Roy sacudiendo la cabeza con incredulidad.

- ¡Oh... oh, Dios mío! - musitó Riza temblorosa, incapaz de decir nada más. En ese momento Roy la vio salir del comedor para dirigirse la habitación de al lado.

Mei lloraba desconsoladamente en el salón. Riza trató de abrazarla, pero ella la apartó hablándole agresivamente.

Riza tomándola de la barbilla le dijo -. Sé que estás triste, pero, por favor, trata de calmarte.

- ¿Cómo voy a calmarme? ¡Roy no me perdonará nunca! - gritó Mei tirándose en el sofá.

Riza se sentó junto a ella y la dejó desahogarse. Pero en cuanto Roy entró en el salón se levantó.

- Escucha... los dejaré solos...

- ¡No! - gritó Mei agarrándola de pronto de la mano -. Quédate...

- ¡Sí... porque si no voy a matarla! - gritó Roy.

¡Te estás portando tan mal como ella!- lo condenó Riza mientras Mei volvía a echarse a llorar.

Hablándole así no vas a conseguir nada.

- Sé muy bien cómo conseguir algo de ella - contestó Roy… me vas a dar ahora mismo una explicación- le dijo a su hermana en un tono sumamente enfurecido - Lo siento... ¡lo siento de veras! - se disculpó Mei tragando y hablando entrecortadamente -. Me entró pánico al comprender que Riza era la mujer a la que conociste la noche del baile, y como te habías casado con ella pensé que... que me habías traído aquí para obligarme a confesar.

- Tu hermano nunca hubiera hecho una cosa así - aseguró Riza con calma.

Roy la miró con curiosidad, con una expresión casi de dolor, y después se volvió hacia su hermana para preguntar:

- ¿Cómo lo hiciste?

- Se suponía que aquella noche no ibas a estar en el apartamento. Yo necesitaba dinero, pero tú te habías negado a darme más... te negaste incluso a dejarme ver a Pietro... ¡Estaba tan enfadada contigo! Iba a fugarme con él, pero necesitábamos dinero...

- ¡Tenías diecisiete años! - la interrumpió Roy -, solo trataba de protegerte de ti misma: ¡Si no hubieras sido una rica heredera ese tipo no se habría parado ni a mirarte!

- Deja que lo cuente ella - intervino Riza.

- Tenía... las llaves del apartamento. Y conocía la clave de seguridad. Un día que tú abriste la caja fuerte, yo te observé desde el vestíbulo - musitó Mei avergonzada -. Pensé que habría dinero en la caja...

- Pues tuviste mala suerte.

- Lo único que había era el... Adorata - continuó llana con voz trémula -. Y como estaba tan furiosa lo robé. Me dije a mí misma que tenía derecho a hacerlo si lo necesitaba, pero cuando se lo enseñé a Pietro él... se echó a reír. Dijo que no era tan tonto como para vender un famoso anillo robado, que la policía de todo Amestris lo perseguiría... así que decidí devolver el anillo a la mañana siguiente.

- Eso fue muy oportuno - comentó Riza alentadora. - Pero no sirvió de nada. Tú volviste al apartamento aquella noche y te quedaste en él... encontraste abierta la caja fuerte y viste que habían robado el anillo... ¡Era demasiado tarde!

- ¿Qué hiciste con el anillo? - exigió saber Roy. - Está a salvo - se apresuró Mei a asegurar -. Está en el depósito del banco, con las joyas de mamá.

Roy cerró los ojos momentáneamente y luego gritó: - ¡Maldita sea Mei...! ¡Y todo este tiempo...!

- Si hubieras llamado a la policía te habría dicho la verdad, pero cuando me di cuenta de que culpabas del robo a la mujer con la que saliste de la fiesta... - Mei miró cohibida a Riza-. Es decir…

- A mí... sí, es cierto - la interrumpió Riza con las mejillas ardientes.

- Bueno, para mí tú no eras una persona de carne y hueso, no me importaba a quién culpara Roy con tal de que no sospechara de mí - confesó Mei.

Riza se quedó mirando la alfombra y sintiendo cómo la mortificación la embargaba. De pronto Roy se echó a reír pero seguía furioso.

- ¡Vaya suerte tuviste de que Riza desapareciera para siempre!

- Creo que necesitan hablar - sugirió Riza deseando desaparecer, con una nerviosa sonrisa.

Pobre Roy. Y pobre Mei. Debía de haber sido terrible para ella vivir con aquel secreto durante tanto tiempo. Aquello no había sido más que un momento de debilidad, una rebelión de juventud alentada por un desesperado amor que había acabado por corroer su corazón cada vez más conforme pasaba el tiempo. Porque eso era lo que producía el sentimiento de culpabilidad: te corroía. No era de extrañar que Mei rehuyera la compañía de Roy: temía enfrentarse a lo que había hecho. Nada más comprender que su hermano se había casado con la mujer a la que creía una ladrona había llegado a la conclusión de que Roy sabía la verdad. Después de todo, ¿cómo si no iba su hermano a casarse con ella?

Por fin Roy recuperaría el anillo. ¿Cómo podía creer que un simple objeto podía valer tanto sufrimiento? ¿Y qué sentiría respecto a ella, sabiendo que la había juzgado mal? Estaba destrozado, su aspecto había sido el de una persona destrozada. ¡Su propia hermana!

Riza suspiró. Quizá tuvieran paz por fin. Naturalmente, él tendría que pedirle perdón. Riza sintió que comenzaba a animarse. Fue a ver a Su y vagó escaleras abajo de nuevo hacia el comedor. Se sentó a la mesa con renovado apetito y reflexionó. No, no se haría de rogar. Roy ya lo estaba pasando bastante mal. Debía mostrarse justa. Al fin y al cabo todas las evidencias habían apuntado hacia ella. Estaba a medias en el primer plato cuando apareció Roy.

- ¡Santo cielo...!, ¿cómo puedes comer en un momento como este? - preguntó incrédulo.

- Tenía hambre... siento ser tan prosaica - musitó Riza -. ¿Dónde está Mei?

- La he convencido para que se quede esta noche. Siento mucho el...

- ¿El qué? - preguntó Riza dejando a un lado el plato.

- ¿Cómo que el qué? - repitió Roy -. ¿Es que no estás furiosa con Mei?

- ¡Dios, no... estaba tan disgustada! Es muy inmadura para su edad, muy... bueno, emotiva.

- Pero esa no es excusa, ¿no crees? Debes de estar furiosa conmigo.

- Bueno, sí, lo estaba cuando comenzó toda esta sarta de estupideces...

- ¿Estupideces?

Riza se puso en pie. Hubiera deseado poder correr a sus brazos y disipar su mal humor, pero su aspecto era demasiado remoto. Era como si Roy hubiera perdido todo lo que poseía y sin embargo estuviera dispuesto a estrangular al primero que se lo dijera o mostrara lástima.

- Siempre supe que no había sido yo quien había robado el anillo - señaló Riza amable -, y me alegro terriblemente de que todo se haya aclarado. Comprendo que estuvieras convencido de que había sido yo, después de todo... tú no me conocías de nada, ¿verdad?

Roy la miró como si le hubiera dado una patada en el estómago y luego apartó la cara a un lado.

- No... no te conocía - confesó con voz casi ronca.

Riza lo observó tragar convulsivamente. Se sentía terriblemente impotente, rezaba por tener el coraje y la seguridad suficientes para cruzar el enorme abismo que, notaba, comenzaba a abrirse entre ellos dos. Sin embargo no podía hacer nada más que sentir la frustración. Si lo abrazaba destrozaría su frágil relación. Era demasiado orgulloso.

- Hablaremos más tarde - sugirió Roy tratando de aparentar naturalidad -. Necesitas estar sola un rato. Era él quien necesitaba estar solo, pensó Riza interpretando las palabras de Roy sin ninguna dificultad. Iba a abandonarla. ¿Pero qué había hecho mal? Había tratado de mostrarse justa, honesta y razonable al máximo y, sin embargo, Roy se alejaba de ella más y más...

- Dime... ¿hubieras preferido que gritara y nos peleáramos?

- Ya no hay nada de qué pelearse - contestó Roy sin sombra de ironía.

Riza se levantó con un suspiro al tiempo que el reloj daba la medianoche. Fue entonces cuando escuchó pisadas en el vestíbulo. Al abrirse la puerta del salón se puso tensa. Por una décima de segundo Roy se quedó inmóvil al verla, leyendo astutamente en sus ojos la tensión de un solo vistazo.

- ¿Quieres beber algo? - murmuró en voz baja mientras volvía a cerrar la puerta.

- Un brandy...

Riza lo observó acercarse al mueble de las bebidas. Sus movimientos eran fluidos, pura poesía. Ya no parecía destrozado, aunque lo cierto era que no esperaba que siguiera en ese lamentable estado de ánimo durante mucho tiempo. Roy era duro, era un superviviente, y los supervivientes siempre sabían cómo encajar los puñetazos.

Riza, en cambio, debía de haber nacido bajo el signo de una mala estrella. ¿Qué destino había decidido que se viera envuelta hasta el cuello en los dos mayores errores que Roy había cometido en su vida? Era cruel. Roy nunca se perdonaría a sí mismo del todo, y nunca pensaría en ella sin sentirse culpable. Riza era como un albatros en su vida, un presagio de mal agüero: en cuanto se acercaba las cosas comenzaban a irle mal. Si Roy era como el resto de los hombres a los que había conocido pronto se irritaría, al verla por el simple hecho de recordarle los peores momentos de su vida. Roy le tendió el vaso con una expresión sombría.

- He llegado a ciertas conclusiones - Riza dio un trago expectante, atemorizada -. Estos últimos días han debido de ser traumáticos para ti. Mirando atrás es imposible justificar nada de lo que he hecho. Lo único que puedo decirte es que desde el instante en que me desperté solo en el apartamento, con la caja fuerte abierta y sin el anillo, comencé a desarrollar una necesidad obsesiva por encontrarte y ajustar cuentas contigo...

- Creías que te había puesto en ridículo.

- Sí... y era algo nuevo para mí. Tengo que confesar que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograr mi objetivo - admitió Roy. Si Mei no hubiera confesado seguiría creyendo que eres culpable, y como era imposible que me ayudaras a recuperar el anillo al final habría acabado por… por hacerte perder tu casa.

- No... - negó Riza pálida -, no lo habrías hecho.

Roy sacudió la cabeza sin dejar de mirar su rostro de incredulidad.

-Riza, tú eres mucho mejor persona de lo que yo lo he sido nunca... lo habría hecho. Cuando me casé contigo ya tenía en mi mano el futuro de la mansión Hawkeye.

- ¿Qué quieres de... cir? - tartamudeó Riza.

Roy se sacó un documento del bolsillo y lo abrió.

- Compré la empresa que le concedió la hipoteca sobre su casa a tu padre. Este es el documento. Estás al tope en los pagos. Hubiera podido forzarte a hablar en cualquier momento durante esos seis meses apelando al poder que me concede esta deuda sobre ti - explicó en voz baja -. Tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.

- ¿Que... que compraste la empresa?

Al ver el horror que aquella confesión le producía Roy palideció también.

- Tenía que contártelo, quiero ser completamente sincero contigo. Tienes derecho a saberlo todo.

- No creo que quiera saberlo todo... ¿cómo puede nadie caer tan bajo? - musitó temblorosa.

- Desearía poder decir que no sé lo que me pasó... pero - sí lo sé - murmuró Roy -. Mi ego era incapaz de vivir con el ridículo al que creía me habías expuesto aquella noche. Tenía el poder de vengarme, y esa era mi intención cuando contesté a tu anuncio.

Riza asintió, demasiado aterrorizada como para mirarlo. Se sentía como si fuera una marioneta.

- No eran muy buenas intenciones... ahora... me avergüenzo. Has luchado valientemente para sobrevivir contra viento y marea.

Riza ladeó la cabeza. Se sentía morir interiormente, pero por fin comprendía qué le ocurría, no podía seguir ignorándolo. Se había enamorado de él. ¿Cómo, si no, iba a hacerle Roy tanto daño? Se apartó torpemente de él y se dejó caer sobre el sofá.

- Me acosté contigo - musitó temblando de pronto.

- Creo definitivamente que no debemos de tocar ese tema precisamente ahora - se apresuró Roy a interrumpirla sin vacilar -. Siento que me hundo más rápidamente que una piedra. Lo que ahora quiero es... lo que necesito es... enmendar mi comportamiento para contigo cuanto me sea posible.

- Te odio... - afirmó Riza.

Y era cierto. Lo odiaba porque no la amaba, porque la había puesto en ridículo, porque la había hecho sentirse como una estúpida y, por último, aunque no en menor medida, porque no podía soportar la idea de tener que sobreponerse por segunda vez al amor que sentía por él.

- Puedo vivir con eso.

- Quiero irme a casa.

- Por supuesto. El avión está a tu disposición. ¿Cuándo quieres marcharte?

- Ahora...

- No creo que sea muy buena idea despertar a Su y sacarla de la cama - objetó Roy. Riza continuaba mirando al suelo medio atontada -. Grítame, pégame si eso te hace sentir mejor. ¡No sé qué hacer cuando te quedas tan callada!

- Me iré a primera hora de la mañana. Dijo ida, ausente.

- ¿Cuándo quieres que vaya yo para allá? - preguntó Roy. Por primera vez durante un buen rato Riza levantó la vista y se quedó mirándolo. Pero no dijo nada -. Tenemos que estar juntos durante los próximos seis meses, no lo habrás olvidado, ¿verdad?

Sí, lo había olvidado. Roy alcanzó sus manos fuertemente agarradas y consiguió ir soltando dedo a dedo hasta que por fin pudo tomarla de ambas manos.

- Prometo cumplir con nuestro acuerdo - continuó él -. Pase lo que pase no te defraudaré.

- ¡No podría soportarlo! - exclamó Riza saltándose las manos en un gesto de repudio.

- He tratado de explicarte cuánto lo lamento...

- ¡No creo que tú seas capaz de sentir arrepentimiento...! - lo condenó de pronto Riza-. Eres escurridizo, maquiavélico... y yo no puedo soportar ninguna e las dos cosas. Solo hay dos cosas que te conmuevan en este mundo: el dinero y el sexo.

- Una vez hubo algo que me conmovió más, mucho más.

- ¿Qué?, ¿la venganza? - preguntó Riza poniéndose en pie con una sonrisa burlona, incapaz de soportar el hecho de tenerlo cerca -. ¡Dios, debería de sentirme halagada! ¿Crees de verdad que ese estúpido anillo merecía la pena?

- No... - respondió él con calma.

- ¿Quieres saber lo más gracioso? Aquella noche me enamoré de ti, solo que no lo supe hasta mucho más tarde. Llegué incluso a buscar el camino de vuelta a tu casa, pero no lo encontré. ¡Vaya suerte tuve! ¡Me hubieras arrestado por ladrona antes de cruzar la puerta!

Roy se quedó perplejo ante aquella revelación. Riza no había tenido intención de contárselo, pero volvió hacia él la cabeza orgullosa y lo miró sin parpadear.

- ¡Entonces fuiste al Puente de la Guerra! - respiró él abruptamente, incapaz de reaccionar ante la sorpresa -. ¡No... por favor, dime que no fuiste!

- ¡Sí, mientras tú le dabas vueltas y más vueltas a tu caja fuerte abierta! - respondió Riza caminando hasta la puerta -. ¡No te atrevas a aparecer por Mi casa durante unas cuantas semanas!

- Conseguirás levantar sospechas, se supone que estamos recién casados.

-Roy... creo que no comprendes - lo informó Riza rabiosa -. Es evidente que una luna de miel que dura menos de tres días es un desastre. Además un marido alcohólico y ausente es causa suficiente de fracaso matrimonial. Más aún, cuando vengas a casa todo el mundo verá lo inútil que eres, así que nadie se extrañará de que te eche a los seis meses.

...o...

Una enorme disculpa por no subirlo ayer pero llegué tan cansada de la escuela que me quedé dormida. Aquí tienen chicas, recuerden que cada vez nos acercamos más al final de esta historia. Gracias por leerla y sobre todo muchas gracias a mis dos seguidoras estrella, gracias nenas por siempre tener un comentario que me aliente a seguir publicando: Andyhaikufma y lulufma besos espero que lo hayan disfrutado :) nos leemos pronto.