Adaptación de novela
Autora original: Deborah Releigh. Derechos reservados©
Titulo de la obra: Some Like It Brazen
Sin fines de lucro
Capitulo 11
Mientras descendía de la glorieta en penumbras, Winry oprimió su estómago revuelto.
Casada.
"En las buenas y en las malas, hasta que la muerte nos separe".
Las palabras le daban vueltas en la cabeza con una insistencia casi aterradora. Era suficiente para dejarla a una en estado de pánico. Algo ridículo, tal vez. Ya le habían pedido muchas veces la mano a lo largo de los años. Algunos de una manera elegante, otros apasionados, otros directamente desesperados. Había estado durante un breve tiempo comprometida con Al, solo que en privado.
Entonces, ¿por qué las propuestas de ninguno de esos caballeros habían hecho palpitar su corazón y cerrado su garganta hasta el punto de que casi no podía respirar?
¿Podía ser que la propuesta de Edward la conmoviera más profundamente? ¿Que en realidad le importaba si él la amaba o no?
Oh... Señor.
De pronto se sintió como si hubiera sido arrojada en medio de un mar tormentoso sin saber siquiera dónde se encontraba la costa.
Con una inspiración profunda, mecánicamente se alisó el vestido arrugado antes de alejarse de la glorieta. Pronto notarían su ausencia, lo único que le faltaba era que su padre empezara a buscarla y provocara un escándalo. Como no podía hacer nada para eliminar el rubor que todavía coloreaba sus mejillas o para que se le pasara el dolor que siempre sentía cuando se separaba de Edward, Winry salió de las sombras y se encaminó por el sendero.
Tratando de evitar que se le enganchara el vestido en los amenazadores rosales, no advirtió una figura alta que se apoyaba con actitud indolente contra la fuente de mármol y que se adelantó para colocarse enfrente de ella en el sendero.
—Bueno, bueno, bueno, miren si no es la Princesa de Hielo.
Deteniéndose de pronto, ella contempló las facciones delgadas, del caballero que una vez había deseado que fuera su esposo.
Era curioso que no sintiera la acostumbrada sensación de placer al verlo. Su corazón ni se inmutó. En cambio, se encontró luchando por esconder la impaciencia ante su súbita aparición.
—Alphonse —subrepticiamente echó un vistazo para asegurarse de que su corpiño estaba otra vez en su lugar—, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
Vestido con elegancia, usando una de sus numerosas chaquetas azules, que hacía teñir especialmente para que combinaran con el color de sus ojos, lord Heidrich se permitió mirarla de arriba abajo con la familiaridad de la costumbre.
—Es justo lo que estaba por preguntarte, querida.
Winry desplegó el abanico que colgaba de su cintura. Tenía una ridícula necesidad de reírse al pensar que la verdad era que había estado muy ocupada atrayendo a lord Harrington hasta la apartada glorieta para que hiciera con ella lo que quisiera.
—Hace demasiado calor en el salón de baile. Necesitaba tomar un poco de aire fresco.
—Deberías tener más cuidado —la reprendió—. No es seguro para una joven y hermosa muchacha estar sola aquí afuera.
Ella alzó las cejas. ¿Desde cuándo Al predicaba la prudencia?
—No puedo correr ningún riesgo a unos pocos pasos de un salón de baile lleno de gente.
Sus labios expresaron un repentino desdén.
—Hay toda clase de hombres carentes de reputación que se permiten frecuentar la alta sociedad en estos tiempos. Algunos que deberían estar de regreso en el campo limpiando establos.
Diablos. Winry debía de haberse imaginado que iba a tener que enfrentar este tipo de cosas. Era natural que Al quisiera castigarla un poco. Después de todo, ella le había permitido que la cortejara dejándole creer que podría ser su esposa. Y ahora su nombre estaba siendo vinculado a otra persona...
—Supongo que te refieres a lord Harrington.
—Campesino.
Ella se mordió el labio.
—Alphonse, entiendo que estés enfadado y herido, pero no deberías culpar a lord Harrington. Él no es responsable de que mi padre deshiciera nuestro compromiso.
Él gruñó sordamente.
—Es desagradable la manera en que husmea a tu alrededor como si fuera un perro en celo. Alguien tendría que darle una buena lección y enseñarle cómo comportarse con sus superiores.
Winry se puso tensa y la recorrió un relámpago violento. Al tenia suerte de que ella sintiera todavía un poco de culpa por haberlo herido. De otro modo, le hubiera dado una bofetada en su rostro.
—No creo que seamos mejores que él —repuso con frialdad—. Y él es un conde, después de todo.
—No es digno de limpiar nuestras botas.
Se obligó a contar hasta diez. En inglés, en francés y en italiano.
—Ni siquiera lo conoces, Alphonse. Es un buen hombre.
—¿Un buen hombre? —una fea expresión deformó sus rasgos—. Por Dios. Escuché rumores de que estabas alentando sus perversas atenciones, pero me rehusaba a creerlo. No es posible que te interese ese labriego imbécil.
La joven levantó el mentón. No quería discutir con nadie acerca de su relación con Edward. No hasta que decidiera qué demonios iba a hacer con ese hombre exasperante.
—El asunto es que no quiero que un tercero sea lastimado por mis faltas. Si tienes que enojarte con alguien, es conmigo. Deja a lord Harrington fuera del asunto.
Hubo un breve y tenso silencio. Entonces, sin advertencia previa, Heidrich la tomó de los hombros y la aferró con fuerza.
—¿Estabas aquí afuera con él?
—Alphonse...
Observó el rubor de su rostro y su cabello que se habían desordenado durante el delicioso abrazo con Edward.
—¿Le permitiste que te besara?
—Suéltame, Alphonse.
—Qué idiota fui —sus dedos la apretaron con más fuerza mientras se acercaba a ella—. Todas esas noches que estuvimos solos y juntos y que te traté como si fueras una delicada criatura, cuando lo que querías era que te tumbara como a una mujerzuela cualquiera.
Ella frunció el ceño. Este no era el Alphonse que ella creía conocer. No era su encantador y despreocupado compañero ni un indulgente admirador. De ninguna manera quería que ese hombre la desposara.
A este Alphonse le quería dar un puñetazo en la nariz.
—Basta ya. Suficiente. Suéltame de inmediato.
—¿Qué te sucede, Winry? ¿El abrazo de un verdadero caballero te ofende? —se burló—. ¿Prefieres que te manosee un campesino bruto?
Ella luchó por liberarse de él.
—Prefiero que me dejes en paz.
—No. Merezco algo a cambio por haber sido llevado de la nariz durante meses, solo para desecharme luego como si fuera basura —comenzó a acercarse a ella con una expresión lasciva—. Me debes algo, dulzura.
—Detente o gritaré.
—No lo creo, mi querida —rió con malicia.
La besó con brutalidad, y por momento Winry se quedó tan sorprendida que parecía haber quedado paralizada en sus brazos. Ella había consagrado tantas horas a soñar cómo sería cuando Alphonse la tomara en sus brazos, cómo serían sus besos. Ahora lo sabía. Y, por cierto, ahora si quería darle un puñetazo en la nariz.
Forcejeando para acercarla a sí, Al intentó introducir su lengua entre sus labios. Ella se estremeció con violencia y se escurrió de entre sus manos.
—¡Basta ya! —gritó con determinación, alzando la mano para limpiarse la boca. Bastaba que Edward la tocara para que se encendieran sus sentidos, pero era una virtud que sólo él poseía. De alguna manera, saberlo aumentaba la culpa que sentía por haberle dado esperanzas a Al—. Lamento haberte lastimado y haberte permitido pensar que podíamos casarnos. Pero eso pertenece al pasado. Espero que todavía podamos ser amigos.
Como si hubiera sentido la pena que había en el corazón de Winry, Al de pronto se hizo a un lado contemplando la vegetación en sombras.
—Vuelve con tu granjero y su vulgar fortuna, lady Winry. Es evidente que ustedes dos están hechos el uno para el otro.
Sin vacilar, Winry continuó su camino por el sendero y subió a la terraza. Tenía tantos pensamientos enmarañados que le daban vuelta por la cabeza, que temía que le estallase.
Se preocuparía por Alphonse en otro momento.
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Con una sensación de alivio, Edward por fin se escapó del solemne antro del parlamento y se abrió paso entre los grupos de nobles, muchos de los cuales lo miraban con abierta hostilidad o con una aprobación velada por la cautela.
Ninguno lo detuvo en su camino, gracias a Dios. El día no había sido tan agotador para sus nervios como el de su presentación. Su rostro se ensombreció al recordar la dura prueba por la que había tenido que pasar, y que había incluido la entrega de sus credenciales, para no mencionar las innumerables reverencias y otras formalidades que había tenido que sobrellevar.
Durante la solemne ceremonia había esperado que alguien afirmara que él era un impostor. Incluso luego de haber prestado juramento y de haber firmado los documentos correspondientes, seguía temiendo que se produjera una catástrofe.
Por suerte el techo no se había desmoronado, ni lo había fulminado un rayo. Lo suficiente para animarlo en su decisión de avanzar en su intento radical de exigir cambios.
Hoy había dado el primer paso, y no estaba demasiado seguro de si merecía una palmadita en la espalda por su valor o debía volver a toda prisa a Kent para colgarse de alguna viga. Por supuesto, primero lo primero, se dijo con ironía. Pero no haría nada, ni siquiera colgarse como un traidor, antes de disfrutar de una gran chuleta y de un buen vaso de borgoña.
Salió a la calle transitada, respiró hondo el aire impregnado de humo de carbón y levantó una mano para llamar a su mozo de cuadra.
—Muy apasionado, viejo amigo —le dijo una voz sarcástica a sus espaldas, muy cerca de sus oídos, arrastrando las sílabas—. Me has conmovido hasta las lágrimas.
Con una sonrisa, Edward se dio vuelta y vio a Maes, vestido con una chaqueta color escarlata y un chaleco amarillo. La combinación era casi enceguecedora, y la sonrisa de Edward se hizo más pronunciada.
Sólo Maes podía animarse a alternar con los más poderosos caballeros del mundo vestido como un bufón de la corte.
—Intentaba ser persuasivo más que apasionado, y dependo de tu apoyo —le informó a su amigo—. Puedes dejar tus lágrimas para la pobre Gracia.
Maes se tocó la punta de su aguda nariz con un pañuelo.
—Me temo que has agitado los corazones de muchos, más que persuadido. Creo que lord Jenkins estaba echando espuma por la boca antes de que terminaras tu elocuente pedido de que nos dedicáramos a salvar a los oprimidos de las garras de los malvados señores que ocasionan su desgracia.
Edward se encogió de hombros.
—Alguien tiene que hablar en nombre de los necesitados.
—Es cierto, pero debes tener cuidado de no provocar que te apuñalen por la espalda.
Maes señaló con una disimulada inclinación de cabeza a un grupo de nobles de edad que le lanzaban miradas furiosas mientras se dirigían a sus carruajes.
—Muchos de los aristócratas más viejos creen con firmeza que poseen el derecho divino de hundir a los más pobres en el cieno.
Edward suspiró. ¿Acaso esos viejos patanes creían que podrían continuar repitiendo los errores del pasado sin sufrir las consecuencias?
—Esa fue precisamente la actitud que derivó en la Revolución —repuso con impaciencia—. ¿Supones que a esos viejos aristócratas les gustará ver caer sus cabezas en la guillotina?
Maes sacudió su pañuelo.
—Los que tienen el poder no lo quieren compartir.
—Proporcionarles una educación y darles la oportunidad de ganarse dignamente la vida no les dará el trono a los campesinos.
Con una breve risa, su amigo le dio una palmada en el hombro.
—Diablos, en realidad has estado demasiado tiempo en el campo.
Sin duda, Maes tenía razón, pero Edward no necesitaba disculparse por sus humildes orígenes con nadie.
—¿Vienes a almorzar conmigo?
El astuto caballero hizo una rápida mueca.
—Una oferta tentadora. Por desgracia, Gracia tiene el más extraño de los antojos por las fresas, algo que no es tan frecuente en las mujeres en su estado, y me ha ordenado recorrer todo Londres hasta encontrarlas.
Edward sonrió encantado.
—Una tarea importantísima. Te deseo el mayor de los éxitos.
—Ríete si quieres, viejo amigo. Ya llegará ese día también para ti.
Su corazón dio un brinco al evocar la imagen de una mujer delicada de ojos azules. Por todos los demonios, hasta pensar en Winry le resultaba doloroso.
—Eso espero, Maes, eso espero con todo mi corazón.
Los ojos claros se entrecerraron en un gesto de advertencia.
—Edward...
—Sigue tu camino —interrumpió con firmeza el inminente sermón—. Ya soy lo bastante grande como para cometer mis propios errores.
Maes miró por encima del hombro de Edward, mientras su rostro adquiría una expresión de maliciosa diversión.
—Eso es obvio. Pero ten cuidado, amigo mío. No son solo los aristócratas decrépitos los que quieren clavarte un cuchillo por la espalda.
Con esa misteriosa advertencia, Maes se volvió para seguir caminando con afectación por la calle, y Edward se quedó contemplando su partida con una débil sonrisa.
—¿Lord Harrington?
Rápidos, deliciosos estremecimientos recorrieron a Edward. Ese era el último lugar donde hubiera esperado escuchar la dulce voz femenina, y él tuvo que luchar para controlar sus impulsos. Esperando que su cuerpo traicionero no lo delatase, Edward se volvió con lentitud. Un solo pestañeo de ella bastó para que sus intentos de contenerse resultaran inútiles.
Ataviada con un vestido rosado y un gracioso sombrero, Winry parecía joven e inocente. En cambio, los azules, ardientes ojos y la boca voluptuosa irradiaban la sensualidad de una experimentada mujer preparada para seducir.
—Lady Winry —se detuvo y se aclaró la garganta—. ¿Qué te trae por aquí?
—Mi padre mencionó que hoy hablarías.
Edward se puso tenso.
—¿Estabas en la galería?
—Sí. Estuviste muy...
—¿Apasionado? ¿Radical? ¿Fuera de los límites? —fue diciendo de modo de ayuda, agradeciéndole al cielo no haberse enterado de que ella estaba entre el público. Sin duda se hubiera puesto a balbucear como un imbécil. Bueno... quizá peor que un imbécil.
—Elocuente —lo corrigió ella, con firmeza.
—¿No te aterrorizó la idea de que estaba a punto de hacer tambalear al gobierno inglés?
Con una sonrisa que lo llenó de alegría, la muchacha se acercó lo suficiente para tomarlo con suavidad del brazo.
—Querría que a esta altura ya comprendieras que comparto tu deseo de ayudar a los demás.
Él lo entendía, por supuesto. La belleza de Winry no era solo exterior, también provenía también de su alma.
—Sí.
Percibiendo que la gente los estaban mirando, Edward le tomó la mano. Ya era bastante desagradable que lo miraran como si tuviera cuernos y cola. No quería que Winry tuviera que soportar las groseras miradas y los murmullos.
—¿Puedo llevarte a tu casa?
La joven consideró su ofrecimiento unos segundos antes de hacer una leve inclinación de cabeza.
—Pues, si te queda de camino...
Le temblaron los labios. Incluso China le quedaría de camino si se trataba de acompañarla a ella.
—Sí, claro.
Ella miró el carruaje abierto.
—¿Está el mozo de cuadra contigo?
—Insistió en que yo no podía aparecer sin él. Obviamente, una vez que un caballero se encuentra con un título pierde la capacidad de hacer algo tan peligroso como conducir sus caballos sin ayuda.
Un centelleo de diversión brilló en los maliciosos y tentadores ojos negros.
—Entonces enviaré a mi doncella a hacer algunas diligencias. ¿Me aguardas unos minutos?
Su mano se levantó como por arte de magia para acariciarle la mejilla con suavidad.
—Esperaré —le dijo con la voz enronquecida, incapaz de ocultar la nostalgia que vibraba en ella—. Te esperaré todo lo que haga falta. Es lo que te he prometido.
—Edward... —Se puso nerviosa y sus mejillas enrojecieron, pero por suerte no salió corriendo como él había temido—. Regresaré enseguida.
Para no quedarse de pie en el camino y mirándola como un perro apaleado, Edward se dirigió con lentitud hacia el carruaje que lo esperaba.
Ansiaba creer que su aparición esa mañana indicaba su interés en él. Después de todo, pasar una mañana escuchando debates políticos no era una forma de entretenimiento habitual entre las jóvenes damas.
Por desgracia, era demasiado pragmático para aventurar conclusiones con un mínimo de explicaciones, Winry envió a su doncella a hacer las diligencias y Edward la ayudó a sentarse en el asiento de cuero junto a él. Le dejó las riendas a su mozo, prefiriendo concentrarse en su compañera más que deslumbrarla con su habilidad de conductor.
Su astucia no fue recompensada de inmediato. Winry parecía más interesada en la observación de los edificios oscurecidos por el humo del carbón que en prestarle atención a él. Poco halagador.
—Estás muy silenciosa —dijo al fin.
Ella entrelazó las manos sobre el regazo antes de volverse con lentitud y dirigirle una mirada escrutadora.
—¿Por qué deseas casarte conmigo?
Edward tosió y casi se ahoga. No estaba preparado para eso.
—Podría darte una docena de motivos. Todos razonables y sensatos —extendió su mano para apretar la de ella con fuerza—, pero la verdad es que hay un solo motivo que importa: me he enamorado de ti, mi niña.
Winry pestañeó, pero su mirada permaneció fija y firme.
—¿Cómo puedes estar seguro de que me amas?
—Bueno, o es amor o es la más completa locura. Confiemos en que sea amor.
—Pero ¿y si estás equivocado? —insistió—. ¿Qué sucederá si te casas conmigo y luego descubres que no soy la esposa que deseas?
Edward reflexionó con cuidado sobre sus palabras. No comprendía el extraño temor de esa mujer a desilusionarlo. La mayoría de las mujeres en su situación deberían estar preocupadas acerca de si él era un candidato adecuado o no.
—Winry, jamás habrá un día en el que no desee que estés a mi lado, ni una noche en la que no quiera que estés en mi cama. Lo único que no sé es si algún día llegarás a amarme tanto como yo te amo a ti.
—Me importas, Edward —murmuró temerosa.
No era la deslumbrante declaración de amor que Edward deseaba pero de inmediato ocultó su desilusión tras una sonrisa burlona. Él sabía ser paciente.
—Y te conmueven los discursos elocuentes.
Al parecer aliviada por su tono despreocupado, Winry sonrió.
—Por supuesto.
Se acercó a ella lo suficiente como para sentir el calor de su pierna quemándole a través de los pantalones.
—Y tú me deseas con locura —dijo con voz ronca.
La expresión complaciente de Winry lo llenó de alegría.
—Eso es.
Se quitó los guantes y después le sacó a ella los suyos. Luego, acaricio las sensibles palmas de su mano, hizo una pausa para sentir el pulso que le latía con furia en la muñeca. Ella podía ocultar todo menos su deseo. Era un comienzo.
—¿Qué más querría una mujer? —le preguntó.
Desafiante, la atrevida muchacha se inclinó lo bastante como para que sus senos rozaran el brazo de Edward, que de inmediato olvidó cómo respirar.
—Supongo que puedes componer hermosas odas a mi belleza o matar un dragón o dos —sugirió.
Edward tragó saliva. Perdido en el azul de sus ojos y sintiendo la cercanía de su voluptuoso cuerpo, hubiera matado con gusto a una legión entera de dragones.
—¿Solo dos?
—Podría ser un comienzo.
Sus dedos se deslizaron hacia arriba por los brazos de Winry.
—Puedo imaginar formas mucho más agradables de probarte mi amor.
La joven, con toda intención, le miró la boca.
—¿Agradables para quién?
De inmediato apareció en su mente la imagen de Winry recostada debajo de él con las piernas enlazadas a sus caderas. Una imagen cada vez más difícil de conjurar.
—Para ambos, quiero creer.
Elric sintió un escalofrío mientras ella le dirigía una mirada sensual.
—Dijiste que nosotros no íbamos... ya no íbamos a hacerlo.
—Idioteces —gruñó, mientras la abrazaba—. Por Dios, Winry, dime que te casarás conmigo y sácame de mi angustia.
Ella le sonrió con malicia.
—Creo que necesitaré un poco más de esas formas más agradables de demostrarme tu cariño antes de que me decida.
Su cuerpo se enardeció con una rapidez que lo hizo gemir. Por todos los demonios, Scherezade no era nada comparada con esta mujer.
—De veras estás decidida a hacerme perder la razón —se esforzó por respirar con calma. Sin importar lo que su cuerpo le pidiera, no podía poseer a su futura esposa en un carruaje abierto en el medio de Londres. —¿Puedo hablar con tu padre?
La joven se alarmó, y una oleada de miedo embargó el corazón de Edward. Maldición. No podía rechazarlo ahora. No, después de haber llegado tan lejos.
—Permíteme hablar a mí primero con él —susurró ella, mientras una expresión extraña se insinuaba en sus hermosas facciones—. No deseo sorpresas desagradables.
—¿Sorpresas?
Winry sacudió su cabeza con energía.
—No es nada. Solo pienso que es mejor que yo hable con mi padre antes que tú lo abordes.
Edward no siguió investigando. ¿Qué le importaba? Ella había aceptado su propuesta. Nada más importaba. Nada en absoluto.
—Muy bien, como gustes —con el deseo de no estar sonriendo como un idiota, le besó la punta de los dedos—. ¿Asistirás a la velada de los Dellington esta noche?
Ella le hizo una pequeña mueca.
—Me temo que no. Mi madre está resfriada y mi padre tiene una cena con políticos a la que no puede faltar. Sin alguien que me acompañe debo quedarme en casa.
—¡Qué lástima!
Hubo unos instantes de pausa antes de esa cautivadora sonrisa volviera a aparecer en sus labios. Edward supo que estaba en problemas antes de que ella dijera una palabra.
—Debo tratar de mantenerme ocupada. Una tarea difícil, no me gusta coser, y desespero a mi profesor de piano.
—Cielos, ¿por qué?
—Un completo fracaso —confesó divertida—. Parece que no queda otra cosa por hacer que dar un largo, pero muy largo y muy secreto paseo por el jardín.
Oh, Dios.
Continuara…
Pff… ya quiero que termine mi semestre porque me está matando la clínica materno-infantil D:, y no creas que la estoy pasando de maravilla Le confidant xD.
Scherezade: es un personaje ficticio de la novela de las 100 y una noches
