CAPITULO 10

MAESTRO DE TÍTERES

Recomendación musical: Night Mist - Adrian von Ziegler.

Advertencias: Detonantes, un poco oscuro.


Kanae vio la gran runa tallada en el arco de entrada. La había visto antes, en todos sus años de estudio con Ogata. Los trazos curvilíneos y precisos eran reconocibles a simple vista, la runa del duelo. En la base de la gran entrada las violetas crecían como una advertencia a quienes se adentraban en el valle; con su color oscuro eran un indicativo de la sangre derramada.

—Los demás no deben pasar de aquí, no queremos perturbar las almas de los muertos —escuchó el susurro en su mente.

—De acuerdo.

Caminando de la mano de María, las dos se adentraron en el valle, la runa de la entrada era la primera de muchas. Con gran frustración reconoció que no sabía el significado de la gran mayoría.

—¿Por qué hay tantas de ellas? —dijo mirando los sellos tallados cuidadosamente en las rocas.

—Hechos terribles e innombrables sucedieron en este valle. Almas atormentadas más allá de toda redención aún viven atrapadas, y esta tierra estará por siempre herida. Estas runas se han hecho para tratar de dar descanso a esas ánimas, hasta el día que puedan encontrar su redención y con la esperanza de que ayuden a aliviar el dolor de la tierra.

—No entiendo muchas de ellas.

—No deberías, la gran mayoría están talladas en el lenguaje de los druidas y de los elfos; también hay algunas en Kaldorei y Thalassiano. Lenguajes desconocidos para los humanos, tal vez con excepción del élfico.

—¿Quién las hizo?

—Nosotros las hicimos.

—No entiendo; ¿era esto lo que querías que viera?

Sintió a María apretar su mano, vio su rostro y le pareció ver una sombra de disculpa en ella.

—No… Pon tu mano sobre esa roca —dijo señalando el pedrusco delante de ellas, con una runa de dos trazos curvos idénticos mirando hacía lados contrarios unidos con una barra horizontal.

Tocó la piedra tentativamente con las yemas de sus dedos, un cosquilleo le recorrió la palma de la mano.

—Da'Roir.

—¿María?

La runa en la piedra brilló.

—Lo lamento —escuchó la voz lejana de María en su mente—, lamento lo que estás a punto de ver, pero es necesario. El comienzo de la oscuridad. El día que perdió su sol, lo único que lo mantenía humano… —fue lo último que escuchó antes de ser tragada por la nada.


Despertó con el dolor punzante en las costillas, el olor a sudor, a rancio, sal y licor en el aire, el suave repiqueteo del viento en las tablas y con el miedo atenazándole el alma. Abrió los ojos lentamente, a una escena desconocida, y el suave brillo de las imágenes le reveló que esa escena era parte de sus visiones, de sus sueños. Trató de enfocar su visión en algo que pudiese darle una noción de dónde estaba, pero las hebras plateadas reducían parcialmente su rango de visión. Su respiración se atoró en su garganta enviando una corriente de dolor a través de todo su cuerpo. No, su cabello no era plateado, su cabello era tan negro como el ala de un cuervo. Eso, solo significaba una cosa, no estaba allí para ver eventos por venir, estaba allí para revivir memorias pasadas, memorias que no le pertenecían. Y ella no tenía control sobre ello.

La puerta crujió al abrirse e instintivamente se recogió en una bola, tratando de protegerse, el terror trepándose en su alma.

—Soy yo, hermano —sintió la mano gentil sobre su cabeza. Ella dulcemente comenzó a limpiar y curar sus heridas.

—¿Crees que estoy loco porque puedo escucharlos, verlos? ¿No es así? —preguntó con tristeza a la única persona que le importaba, a su hermana, que era la única madre que jamás conoció.

—No, mi querido hermano, la gente le teme a lo que no entiende. A lo que no puede ver.

—Pero Yoko, están aquí todo el tiempo, ¿por qué no los pueden ver? ¿Por qué no los escuchan?

—No lo sé —dijo limpiando cariñosamente la herida en la frente propinada por su propio padre borracho—. La magia algunas veces es misteriosa.

—No quiero verlos, no quiero escucharlos —la desesperación apoderándose de cada fibra de su cuerpo—, ellos susurran, me piden que haga cosas… Cosas malas.

—Escúchame bien, Rei —dijo tomándolo con fuerza de los hombros—, no les prestes atención, no eres una mala persona, nunca dejes que nadie te diga lo contrario, tú no eres esas voces. Tú controlas las voces, ellas no te controlan a ti.

—Ellos no me controlan, no me controlan… —repitió una y otra vez hasta quedarse dormido en la suave y familiar calidez de su hermana, su protectora.

La oscuridad envolvió a Kanae y fue vagamente consciente del cambio de escenario.

Despertó ahogándose en su propia sangre en algún callejón oscuro, podía escuchar las ratas rumiando cerca de él. El punzante dolor en su brazo y dejó escapar un grito cuando el frío metálico del cuchillo desgarró nuevamente la piel. ¿Por qué? ¿Por qué? Era la pregunta que se repetía en su mente una y otra vez, todas las veces… Por ser diferente, respondió la presencia a su lado.

—Solo tienes que decirlo, Rei.

—No.

—Te matarán y luego matarán a tu hermana.

—No.

—Solo llama mi nombre, Rei y haré que se detenga el miedo, el dolor… Te protegeré.

—Raijin —llamó con su último aliento.

—A tu servicio, maestro.

Fue lo último que escuchó antes de ser tragado por la oscuridad.

La escena volvió a cambiar, pero Kanae alcanzó a escuchar los gritos agónicos del recuerdo que se desdibujaba; gritos que lejos de parecer humanos parecían venir de las profundidades del infierno.

Sentado en el pie de la montaña luchaba, luchaba contra la furia que crecía en su interior, con el resentimiento, con el dolor, la gente no solo teme a lo que no conoce, la gente es cruel, te hace miserable, te condenan por algo que no puedes controlar, pensó con amargura atendiendo sus propias heridas, no quería preocupar a Yoko. La semilla del rencor que hace tantos años había sido plantada, empezaba a crecer fuerte y vigorosa. Los susurros de aquellos que no debían ser nombrados apelaban a sus temores e inseguridades alimentando su amargura. Hacía largo tiempo habían dejado de ser simples susurros que escuchaba en la noche, ahora eran voces, demandantes y exigentes. Voces que hablaban de venganza, voces crueles que clamaban sangre, pero esas mismas voces le enseñaban, y eran su única compañía y protección. Y cada día era más difícil no ceder ante su influjo; pero él, aún tenía a Yoko y mientras la tuviese todo estaría bien.

La escena volvió a cambiar y esta vez se encontró frente a una turba enfurecida

—Es su culpa, es culpa del niño maldito, él ha traído la desgracia sobre nosotros —vio la espada descender. Así que finalmente terminarían con su miserable sufrimiento; pensó con tranquilidad, la muerte seguramente era un regalo para aquellos como él.

—Noooooo.

Fue el grito que resonó, sus ojos se abrieron desmesuradamente la incredulidad de no recibir el impacto solo fue superada por las gotas del líquido viscoso salpicándole la cara y los brazos, el familiar cuerpo de Yoko interponiéndose entre él y su atacante. No puede moverse, solo puede ver como su hermana va cayendo lentamente al suelo, la sangre borboteando de su pecho, manchando sus ropas, contaminando el níveo blanco de su piel. Lo escucha, su último susurro llamando su nombre y ve con horror cómo sus ojos dulces van perdiendo el brillo que siempre tuvieron, cómo sus ojos se vacían de todo rastro de vida, dejando una última caricia en su mejilla. Y algo dentro de él se rompe y se recompone, porque el odio y la crueldad que solo pueden crecer alimentadas por años de rencor y dolor, se riegan como una enfermedad. Se aferra al cuerpo inerte de su hermana, y sus, en otros días tranquilos, ojos violetas, no son más que el presagio de la tormenta. Sus brazos tiemblan y lágrimas furiosas lavan su rostro.

—Ellos la mataron —claman las voces—, ellos te la quitaron, ellos te lastimaron, ellos lo harán de nuevo, nunca te aceptarán. Solo tienes que pedirlo, solo di las palabras.

Mueve la cabeza desesperado, tratando de deshacerse de las voces. Algunos aldeanos miran compungidos y horrorizados la escena. La huella sangrienta de la mano de Yoko en la mejilla de su hermano, los dos lavados por la sangre que brota como una corriente constante de su cuerpo inerte. Las nubes oscuras se ciernen sobre ellos y el cielo ruge, como si se estuviese lamentando. De repente el chico se levanta, como un muerto en vida, la sangre aún goteando de sus ropas, las lágrimas ahora secas y su rostro vacío. Los truenos rugen con ferocidad y las primeras gotas de lluvia empiezan a caer, lavando poco a poco la sangre, que ahora mezclada con el agua se funde como una con la tierra; el viento silba una triste y siniestra melodía al compás de las gotas de agua.

Su voz les llega tan fría y mortal como lo hacen las noches de invierno.

—Raijin, Shura, Fujin, Yurei. Mátenlos… Mátenlos a todos.

Los gritos aterrados y agónicos plagan el lugar, uno tras otro los cuerpos caen, pero él no ve, ni escucha, su pena y su dolor son demasiado grandes, y en su muerto corazón, porque sin ella eso es todo lo que hay, porque ella era lo único bueno de su existencia, el dolor se convierte en una necesidad. Se convierte en sed de sangre, se convierte en la necesidad de devolverle al mundo la crueldad, de la que hasta hoy fue destinatario.

Sus ojos violetas se pierden en el cielo oscuro, la torrencial lluvia golpeando contra su piel y el cielo ruge una vez más, embravecido. Camina entre los cadáveres y charcas de agua y sangre. Debería sentir horror, arrepentimiento, o incluso repugnancia pero todo lo que hay es el rencor que aflora a la superficie, en forma de la más pura satisfacción.

—Monstruo —escucha gritar a su agonizante y más fiel torturador, el que debía haberlo protegido.

Una sonrisa siniestra decora su rostro y se reacomoda el cabello, mientras ordena a uno de los espíritus amarrarse en su cuello.

—Pagarás por lo que has hecho —dijo el hombre del suelo.

Rei vio indiferente cómo el hombre luchaba contra la fuerza invisible que le asfixiaba, y con sus profundos ojos violetas observó detenidamente cómo se le escapaba la vida. Se arrodilló y puso una mano sobre el pecho del que una vez fuese su padre. Y como una sábana de hilo convertida lentamente en trapos, fue desgarrado. Su cuerpo se convulsionó con violencia y su sangre pintó la tierra con la más esplendorosa gama de carmín.

Al levantarse de nuevo, la sombra del hombre lo acompañaba. El espíritu miró en derredor, con el espanto escrito en sus ojos espectrales.

—Y hasta que ese día llegue —habló con una sonrisa lasciva y cruel en su rostro—, tu deber es servirme y entonces arderemos juntos en el fuego del infierno.

Kanae fue rápidamente sacada del recuerdo y se encontró navegando nuevamente en la oscuridad de su subconsciente, hasta que sintió el tirón que la llamaba de vuelta a la realidad.

Ni bien había terminado de ganar consciencia cuando las arcadas sacudieron su cuerpo, en cuestión de segundos estaba de pie, sujetándose de lo primero que encontró, mientras su cuerpo reaccionaba a los horrores que acaba de vivir. Sintió el sabor amargo quemar su garganta y sus ojos picar con las lágrimas no derramadas. Cuando finalmente se hubo recuperado escuchó la voz de María.

—Lo siento.

—Lo vi arrancar el alma del cuerpo de un hombre solo porque podía. Por venganza, y lo disfrutó, lo sentí… Aún puedo sentir el placer…

—Lo sé.

—Él era como yo —agregó pensativa.

—Puede ser, Kanae, pero Rei no Otoko tomó su decisión.

—Él jamás tuvo una oportunidad.

—Quizás… Pero el pasado es pasado. Solo podemos aprender de él, para enfrentar el futuro y recordar que la oscuridad más grande nace de la crueldad humana… Una mano bondadosa, es todo lo que a veces hace falta para marcar la diferencia. Nunca lo olvides, Kanae.

NA.

*Da'Roir: Runa élfica que significa rememoración, memoria, la fuerza de las piedras.

*Yoko: Sol.

* Rei no Otoko: El que no debe ser nombrado.