DISCLAIMER: Ninguno de los personajes de esta historia me pertenecen, son todos de Rumiko Takahashi.

CAPÍTULO 11-EL PESO DE LA VERDAD

Apretó las fotografías en su mano, deteniéndose a medio camino. Kagome miró al cielo y cerró los ojos, dejando que la brisa nocturna relajara un poco el impulso de romperlas en trizas. Miró hacia atrás y se dejó distraer por la imponente estructura del instituto, cuyas últimas luces en las aulas estaban siendo apagadas hasta el día siguiente, sumiendo el patio frontal poco a poco a una inevitable oscuridad. Suspiró y continuó caminando hacia la parada de autobús que veía frente a ella, saliendo de los dominios del instituto. Se sentó en el banco a esperar, y enseguida sus ojos se quedaron embobados, fijos en la papelera que tenía al lado.

Cualquiera que la hubiera visto la hubiera creído loca.

Pero era tan tentador…Miró las fotos de reojo y enseguida tuvo que desviar la mirada, como si fueran potencialmente fosforescentes o le quemaran las retinas. Simplemente, no podía con ellas. Frunció mucho el ceño, mandándolo todo al traste y se levantó. Su mano levantó la tapa de la papelera, pero la otra se quedó en medio camino de lo que hubiera sido la trayectoria de arrojar las imágenes dentro bruscamente. Algo le decía que se estaba equivocando. Su intuición? No, ya le había fallado una vez al hacerla fiarse del manipulador de Inuyasha. Pero entonces qué…? Claro. La mirada de Miroku. Sus ojos no le habían mentido.

En ese momento llegó el autobús, iluminando la calle solitaria con sus faros. Obligada a una espontánea y rápida decisión, Kagome volvió a mirar el contenido que su mano agarraba y terminó por suspirar, cerrando la tapa de la basura y guardando las fotografías en el bolsillo pequeño de su mochila. Comprobó con una mueca que se había dejado la tarjeta del autobús, por lo que tuvo que sacar la cartera y pagar con monedas.

Media hora después, el vehículo la dejó en casa. La chica sacó las llaves y entró en su vivienda con cierta pesadez, pero a la vez con mucha inquietud. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí y dejó las llaves en un cestito que había en el mueble del vestíbulo, junto a las de los otros tres miembros de la familia. Se dirigió a la cocina e Izayoi la recibió con una maternal sonrisa y un beso en la frente.

-Tienes tu lasaña en el microondas. Caliéntala a tu antojo y no te olvides de fregar el plato después.

-Sí, mamá.

-Buenas noches, tesoro.

-Buenas noches.

Kagome hizo lo indicado y terminó de cenar en diez minutos, en la soledad de la cocina. Miró un poco a su alrededor para entretenerse y olvidar sus problemas por un momento. Por supuesto, no funcionó. Lavó el plato con parsimonia y se llevó la mochila a su habitación, pues había echado de menos un libro en la biblioteca y no había podido hacer los deberes de japonés. Tendría que hacerlos ahora. Sabía que era cobarde retrasar el momento de inspeccionar las fotos, pero algo en su interior le suplicaba que lo hiciese. Pensar en deshacerse de ellas provocaba un malestar en ella y una sensación de inseguridad que la obligaban a fiarse de su instinto de nuevo, a pesar de que ya le había fallado anteriormente.

Pero lo primero seguían siendo sus estudios.

Una vez en el piso superior, caminó por el pasillo en dirección a su habitación, no pudiendo evitar pararse por un momento delante de la puerta cerrada de Inuyasha. El olor a menta llenaba el ambiente en esa zona de la casa, echó un vistazo al baño, el cual tenía la puerta abierta y pudo percibir el aire cargado de humedad que desprendía la habitación. Seguramente, el chico se había duchado hacía muy poco, y su olor masculino había dejado un fresco rastro hasta la puerta de su dormitorio. Prometiéndose a sí misma que aquello no volvería a repetirse, cerró los ojos e inspiró la fragancia profundamente.

Se giró con rapidez cuando percibió movimiento tras ella. Inuyasha estaba apoyado en la puerta de la habitación, mirándola con una ceja levantada y una sonrisa arrogante, sin ningún rastro de desconfianza ni rencor en sus ojos, a pesar de haberla encontrado hurgando en sus cajones.

-Buscas algo, amor?-preguntó. No pudo evitar un tono de voz sorprendido.

-Eh…-se sonrojó, al haber sido pillada con las manos en la masa, aunque no estaba segura de que hubiera sido sólo por eso. Inuyasha acababa de salir del baño, llevaba los pantalones de pijama puestos pero su pecho estaba totalmente descubierto, mostrando su bronceada piel y sus músculos perfectamente marcados. Su largo pelo estaba húmedo, y despedía un fuerte olor a menta, su característico, convirtiéndole en más que una simple tentación-Yo…no creas que estaba fisgoneando ni nada…

-Oh…Tendré que llamar a la policía, cariño.

Kagome sonrió, relajada, habiendo reconocido la travesura en el divertido tono de voz de su novio. Inuyasha se acercó como un felino acechando a su presa y la tomó por la cintura, estrechándola tiernamente contra él y rozándole el oído con los labios.

-Qué buscabas, pillina?-susurró.

Los vellos de la nuca se le erizaron por un delicioso estremecimiento. La chica sonrió y le acarició la cara.

-Yo…-cerró los ojos y suspiró cuando él empezó a besarle el cuello sensualmente, distrayéndola por completo.-He creído prudente distribuirnos los…Ya sabes…

-Los qué, amor?

-Los…no me obligues a decirlo en voz alta. Me da vergüenza-confesó, sonrojada, y soltó una risita.

-Ah! Los condones?-soltó, con completa naturalidad.

-Sssh!Quieres que nos oigan nuestros padres?-lo regañó, alarmada.

-Eso tiene fácil solución.

La soltó un momento y se dirigió a la puerta, cerrándola con pestillo. A sabiendas de lo que estaba por ocurrir, Kagome sonrió con timidez y se dejó abrazar de nuevo.

-Cómo te puede dar vergüenza pronunciar una palabra?-se burló, divertido por la inocencia tan evidente de su chica.

-Cómo no puede dártela a ti? Eras tan virgen como yo!- poco a poco, su sonrisa se borró al caer en la cuenta de lo que había dicho-Bueno…quizá no tanto-recordó. Aunque no llegó nunca hasta el final, sabía de sobras que Inuyasha había estado con muchas chicas.

Él la miró con ternura y la obligó a levantar la vista de nuevo.

-Yo soy sólo tuyo, Kagome Higurashi-declaró, con pasión y la mirada bañada de amor.

Kagome sonrió abiertamente, enamorada, y se besaron con dulzura.

-Y en cuanto a la protección…Están en el primer cajón de la mesita de noche, llévate la mitad pero…Deja los otros donde estaban…Me temo que los vamos a necesitar…-insinuó, entre sus labios. Ella se limitó a abrazarle más fuerte y dejarse hacer, cayendo recostada con delicadeza en la cama de su novio y perdiéndose en sus caricias y sus besos.

Sacudió la cabeza bruscamente y frunció el ceño, luchando por borrar de su mente el atesorado recuerdo de lo que fue su segunda vez con el hombre que amaba. No, rectificó. Su segunda vez con un cretino sin sentimientos que la utilizó y la dejó cuando se cansó de ella. Abrió los ojos con determinación y de inmediato la expresión de frialdad y desconfianza que había ocupado su rostro durante la última semana volvió a tomar posesión de su ser, sacándola de su ensueño. La Kagome resentida y orgullosa renació en ella y reanudó su camino, alejándose de la puerta de su ex novio como si desprendiera algún tipo de gas tóxico.

Se encerró en su dormitorio y se sentó en la silla del escritorio. Cogió el libro de japonés del segundo cajón y lo puso encima de la mesa, abriéndolo por una página marcada. Empezó a hacer los ejercicios correspondientes a la tarea que les había encomendado el profesor, pero cada carácter que su lápiz plasmaba en el papel parecía alejarla más y más de la realidad. Llegó un momento en que los múltiples pensamientos que pasaban por su mente le impidieron distinguir entre sujeto, predicado y otros elementos de la lengua que necesitaba recordar, pero que justo en ese momento se negaban a ayudarla.

Cansada, arrojó el lápiz sobre la mesa y agarró su cabeza con las manos, harta de la falta de concentración. Murmuró un par de palabrotas, aprovechando la soledad de su dormitorio y no teniendo a nadie a quien pudiera ofender con ellas. Su mirada se paseó con frustración por el escritorio, topándose de nuevo con el motivo por el que su cerebro se rehusaba a colaborar. Resopló, se cruzó de brazos y miró fijamente las malditas fotografías, recostándose en la silla y reflexionando. Terminó por resoplar de nuevo y las cogió con brusquedad. Cerró los ojos, inspirando hondo y concienciándose de la dureza de lo que iba a hacer. Volvió a abrirlos y se sumergió en la dolorosa tarea que le había suplicado Miroku.

Aguantó las ganas de llorar nada más observar fijamente la primera foto. Inspiró profundamente otra vez para darse fuerzas y prosiguió. Miró absolutamente todos los detalles de la imagen con sangre fría. Nada le llamó la atención. Pasó a la segunda y rodó los ojos, sintiendo un pinchazo en su corazón. Kami, eso era más difícil aún de lo que esperaba…Observó bien de nuevo y tampoco vio nada que pudiera excluir de culpas a Inuyasha. Cogió la tercera y el resultado fue el mismo, después de varios minutos de minuciosa inspección.

Empezaba a arrepentirse de haber escuchado a Miroku, pensó cuando tampoco encontró nada sospechoso en la cuarta. Cansada del tema, quiso pasarla de largo también, pero cuando hizo el gesto de hacerlo, las sombras de la habitación destacaron un punto concreto de la imagen que hizo que su mano se detuviera en seco. Agudizó la mirada y entrecerró los ojos, pero necesitaba más luz para comprobarlo. Colocó el papel fotográfico bajo la luz del escritorio y sus ojos volvieron a abrirse con sorpresa. No era la primera vez que veía a Inuyasha con las pupilas dilatadas, pero aquello era demasiado exagerado como para identificarlo como el simple deseo al que había estado acostumbrada. Y por ello era fácilmente reconocible, al estar el chico mirando la cámara fijamente.

Obedeciendo un impulso interior, encendió su ordenador portátil y tecleó las tres palabras clave en el buscador: causas pupilas dilatadas. La primera entrada que obtuvo era de un foro, lo cual no le pareció fiable. La segunda era una página científica, que la convenció más. Entró en la web y buscó los elementos importantes de lo que parecía ser un artículo. Le llamó la atención un parágrafo en particular que resumía el contenido:

Las pupilas pueden dilatarse por varias causas. La primera de ellas, la más frecuente, es el enfoque del ojo para ver objetos a distancias cortas, o por adaptación a más o menos luz; la segunda es debida a enfermedades neurológicas o defectos visuales, y la tercera se manifiesta por la ingestión de drogas o otras sustancias.

Siendo así…Destacó de inmediato la primera causa. En la imagen no se veía un abuso de luz, ni tampoco de oscuridad, sino que el baño en el que se encontraban Inuyasha y su amante era bañado por la luz del día, con normalidad, y la cámara no estaba tan cerca del chico como para que tuviera que dilatar las pupilas tan exageradamente. En cuanto a la segunda, que ella supiera, Inuyasha no necesitaba gafas ni padecía de ninguna enfermedad, ya que de haber sido así, verle con las pupilas dilatadas hubiera sido rutina, y no algo excepcional como entonces.

En ese caso, y por eliminación…significaba aquello que…?

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Kagome volvió a la página del buscador y tecleó las palabras "dilatación pupilas drogas". Enseguida encontró una web especializada que hablaba claramente de las drogas y sus efectos. Se le hizo un nudo en la garganta al ver que una de ellas coincidía con el síntoma que Inuyasha mostraba: la anfetamina.

"Aumento de la temperatura corporal, sudoración fácil", leyó. Con los nervios a flor de piel, agarró las otras fotos y las inspeccionó de nuevo, con ansia. La piel de su ex novio estaba algo brillante… sudada.

"Dificultades respiratorias". Buscó las fotografías en las cuales Inuyasha tenía la boca lejos de la de Kikyo y vio, con los ojos ya llenos de lágrimas, que la tenía siempre abierta, muy posiblemente para intentar coger aire en abundancia.

"Aumento incontrolable del deseo sexual". Conociendo a Kikyo no estaría de más suponer que la odiosa chica lo había buscado ella misma. El Inuyasha que ella conocía nunca habría vuelto a liarse con Kikyo, pero lo que ella había atribuido a hipocresía y engaño hacia ella…Era posible en verdad que se hubiera equivocado?

"Contracción de la mandíbula". Él estaba tenso en todas las imágenes, se notaba por la expresión de su rostro…

"Aumento de autoestima y sensación de bienestar". No había foto en la que Inuyasha no mostrara aunque fuera una pequeña sonrisa de satisfacción…

Pero él sabía lo que hacía, era perfectamente consciente y estar drogado no era una excusa!

"Pérdida del control de las acciones".

Aquello último terminó de derrumbarla. Llorando a lágrima viva e incapaz de seguir negando lo evidente, las fotografías se deslizaron de sus manos. Sintiendo que la tierra se abría bajo sus pies, se agarró el pelo con desesperación.

Inuyasha no la había engañado adrede? La quiso de verdad? A pesar de que era cierto que el hecho de estar drogado podía explicar muchas cosas, no quería que su enamorado corazón precipitara las conclusiones con su esperanza innata. No podía asegurar que todo hubiera sido un plan de Kikyo.

Demasiado desesperada y herida como para seguir manteniendo su orgullo como muralla, tanteó el escritorio mientras sollozaba incontrolablemente y cogió su teléfono móvil, buscando un número en la guía y marcándolo como pudo, con sus dedos temblorosos. Se lo colocó en la oreja y esperó a que la persona en cuestión contestara, luchando por controlar su llanto de forma que le fuera más fácil hablar.

-Diga?

-Soy Kagome-dijo apenas, ronca.

Silencio. Miroku suspiró, nervioso, al otro lado de la línea. Era más que evidente que la chica estaba llorando.

-Lo has visto?-se atrevió a preguntar. Ella tardó un poco en contestar, pero fue paciente.

-Eso creo…aunque…no sé si estamos hablando de lo mismo.

-Qué conclusión has sacado tú?

Kagome respiró hondo.

-Estaba drogado?

La palabra que más temía oír fue pronunciada inevitablemente por su ex amigo.

-Sí. Éxtasis, concretamente.

-Oh…

Otro silencio, demasiado largo quizás. Miroku frunció el ceño.

-…Kagome? Sigues ahí?

-Sí, sí, sólo que…Maldición, es todo tan…-balbuceó, luchando por controlar el temblor de su voz.

-Confuso?

-Sí, joder!-exclamó, con una mano en la frente. Le dolía la cabeza- Uy, lo siento…

-No te preocupes.

-Es que…todo esto es una pesadilla.

-Puedo imaginármelo. Aun así…si ya lo has visto, qué más quieres de mí?

-Quiero que me lo expliques, Miroku. Explícamelo, porque no entiendo nada…Quiero decir, sí lo entiendo pero…estoy hecha un lío…No sé qué pensar…

-Tranquilízate-la interrumpió, cuando empezó a percibir de nuevo la desesperación en ella. Cogió aire y empezó con el relato. Se lo contó absolutamente todo. Lo que pasó el día en que ellos estaban de excursión, la conversación que Inuyasha había tenido con Kikyo ese sábado en que todo cambió, el chantaje al que el chico había estado sometido durante las últimas semanas y cómo había tenido que andar con pies de plomo en sus decisiones. Al terminar el relato, Kagome no podía dejar de llorar.

-Soy tan estúpida…tanto…-sollozó. Toda la culpa había sido suya, por desconfiar, por inocente-Juzgué todo mal…

-No digas eso, Kagome. Es normal que reaccionaras así al no saber las circunstancias de…

-Déjalo-sonrió tristemente-Pero qué clase de novia soy? Caí a la mínima por un prejuicio! Maldita sea, cómo voy a mirar a Inuyasha a la cara?

-Cálmate…Crees que él hubiera reaccionado diferente en tu lugar?

-No lo sé, Miroku. Pero lo que está claro es que la que me equivoqué fui yo.

-Eso no es del todo cierto. Él no te lo contó-aunque Inuyasha fuera su mejor amigo y estuviera claramente de su bando, no era justo que Kagome cargara sola con toda la culpa de lo sucedido, porque parte de ella le correspondía a Inuyasha.

-Cierto…Por qué no me lo contó?-preguntó, desesperada.

-Eso sí que no lo sé. No llegué a entenderlo. Sólo él puede contestarte esta pregunta.

-Pero…

Entonces lo supo, y su voz se cortó en seco. Percibió perfectamente esa presencia, que siempre lograba perturbarla. Expiró pesadamente y sudó frío. Ignorando la voz de Miroku llamándola, al haber dejado de hablar de golpe, se giró poco a poco y su corazón se congeló, para luego latir desesperado.

Esos orbes ámbar la observaban desde el marco de la puerta. Con confusión, pero también con ese dolor al que ambos se habían acostumbrado últimamente. Inuyasha tenía el ceño fruncido, pero la expresión desconcertada. Su mirada le bastó para saber que lo había oído todo, o por lo menos, las frases que ella había intercambiado con Miroku. Con los ojos enrojecidos, húmedos, y el rostro mojado por las lágrimas, se levantó automáticamente y lo miró de frente, desde el otro lado de la habitación.

Con una ligera sospecha de lo que acababa de ocurrir, Inuyasha tragó saliva pero tampoco pronunció sonido alguno. Esperaba a que fuera ella la que dijera algo. Le daba igual si se trataba de una disculpa o una bronca, sólo deseaba oír lo que ella sabía y zanjar ese doloroso asunto de una vez por todas, pero Kagome seguía sin pronunciar palabra. Lo miraba con una expresión indescifrable, ya que no hubiera sabido como clasificarla. Tristeza? Arrepentimiento? Rencor?...Amor?

Tragó fuerte de nuevo y quiso decir algo, pero antes de que pudiera abrir la boca, Kagome bajó la mirada y se mordió el labio. Cerró los ojos con fuerza y luego los entreabrió, dirigiéndose hacia la puerta. Inuyasha sintió el corazón a punto de salírsele del pecho, pero ella pasó de largo y salió de la habitación como si la persiguiera el mismísimo diablo.

-Kagome!-la llamó, pero la aludida no se detuvo, sino que aceleró el paso, corriendo escaleras abajo y llorando inconteniblemente. Alarmado, corrió a coger el teléfono móvil de la chica, el cual había caído sobre la moqueta en el momento de la huida de su propietaria y confirmó sus suposiciones.

-Miroku? Qué mierda le has dicho? !-exclamó, al leer el nombre en la pantallita.

-Pues…le he dado las fotos cuando he ido a buscar a Sango y le he dicho que las mirara bien. Ha descubierto que estabas drogado y me ha llamado para que se lo contara todo.

Inuyasha sintió que la garganta se le secaba. El corazón había dejado de latir.

-Y lo has hecho?

Su amigo tardó un poco en contestar.

-Sí. Lo sien…

-Y te ha creído?-interrumpió, desesperado.

-…Eso creo.

-Maldita sea! Y por qué ha huido? Voy a hablar con ella ahora mismo…

Fue entonces cuando oyó un fuerte portazo en el piso de abajo. Temiendo lo peor, corrió hacia la ventana y vio a la chica que amaba casi trotando lejos de la casa.

-Kagome!-exclamó, angustiado.

Pero ella no se giró, sólo echó a correr.

-Maldita sea!

Corrió escaleras abajo mientras atendía a un confundido Miroku.

-Inuyasha? Inuyasha!-lo llamaba, al otro lado de la línea, sin entender nada.

-Qué?-contestó, al fin.

-Ya era hora! Qué ha pasado?

-Kagome ha salido corriendo de casa.

-Cómo? A estas horas?

-Sí, maldición!

-Supongo que necesitará pensar, déjala un rato…

-Qué dices! ? Has perdido la chaveta? No la voy a dejar merodear sola por la calle a las once de la noche en una urbanización de Tokio sin policía! Te has vuelto loco?

-Cálmate, Inuyasha. Está bien, como quieras, aunque no le encuentro tanto peligro a…

-No voy a cambiar de opinión, vale?-gruñó. Salió a la calle y miró a su alrededor. Ni rastro de Kagome, podía haberse ido por cualquier parte-Demonios, no la veo!

Miroku suspiró.

-Espérame ahí. Enseguida voy. Llamaré a Sango también, me mataría si no la avisara. Te ayudaremos.

-Está bien, pero daos prisa!

Colgó de mala gana y se pasó las manos por el pelo, dando una vuelta sobre sí mismo, murmurando maldiciones. Oyó pasos en el interior de la casa y vio salir a su padre y a Izayoi, ambos con la bata de dormir puesta y cara de estar cansados. Probablemente, los gritos les habían despertado.

-Inuyasha? Qué ocurre?-preguntó la mujer, frotándose un ojo.

-A qué viene ese escándalo?-el tono de voz de su padre fue bastante más autoritario y molesto-Mañana es laboral, hijo.

El joven tragó saliva. Debía decírselo?

-Y Kagome? No estaba en su habitación-su madrastra empezaba a mostrarse preocupada, e Inuyasha no tuvo más remedio que ceder.

-Kagome se ha ido.

-Qué…? Cómo que se ha ido? A estas horas?-preguntó Izayoi. Su expresión cambió radicalmente a una de profunda preocupación maternal-Por qué?

-No lo sé. Ha salido corriendo de repente-mintió rápidamente. Nunca les había contado lo sucedido con su relación amorosa a sus padres, y al parecer, Kagome tampoco-Pero Miroku y Sango están en camino. Deberíamos buscarla.

-No hace falta que nos lo digas, Inuyasha!

Inu también sonó agitado, y cogió a su mujer de la mano. Corrieron arriba a cambiarse y quitarse el pijama, y en cuanto bajaron, se metieron inmediatamente en el coche del hombre. Inuyasha los acompañó al garaje y en cuanto el vehículo estuvo en el exterior, se acercó a la ventanilla abierta del conductor, desde donde su padre le habló.

-Nosotros patrullaremos por el barrio.

-Bien. Llamadme si la encontráis.

-Está bien.

El chico vio como el coche de sus padres se alejaba, y al mismo tiempo percibió otros faros detrás de él. Miroku aparcó su BMV de cualquier manera en la calle solitaria y él y Sango salieron rápidamente del vehículo. En cuanto estuvieron reunidos con Inuyasha, ambos le saludaron brevemente y se dispusieron a escuchar las instrucciones que éste proponía.

-Mis padres darán vueltas por el barrio. Podéis bajar a la ciudad y mirar por los alrededores del instituto?

-Por supuesto. Vamos, mi amor.

Sango asintió, ausente, demostrando claramente su preocupación. A pesar de que Kagome no quería ni verla, ella la seguía queriendo como a una hermana. Miroku dejó que su novia se adelantara hacia el coche y le puso una mano en el hombro a su amigo, quien lucía cabizbajo.

-No te preocupes, la encontraremos.

-Puede estar en cualquier parte…

-Pero el mundo no es eterno, amigo-le regaló una sonrisa amigable-Qué harás tú?

-Miraré por aquí también, pero cerca de casa, por si vuelve. Empezaré por el parque. No es precisamente pequeño, que digamos.

-Como quieras, es un buen comienzo.

-Si alguien la encuentra, que llame.

-No lo dudes.

Le dio unas palmadas en un costado de la cara y se alejó hacia a su coche. Le dio un beso a Sango en cuanto estuvo acomodado en el asiento del piloto para animarla y partieron en dirección a la luminosa Tokio. Cuando se quedó solo, Inuyasha cerró la puerta de la casa y también se dispuso a buscar. No pudo evitar echarse a la carrera en cuanto vio la hora. Eran las once y media de la noche, no quería ni pensar con qué tipo de gente podía haberse encontrado Kagome. A lo mejor estaba exagerando, la hora no era tan extremadamente grave, pero no podía evitar esa sobreprotección para con ella. Siempre había sido así, no sólo cuando estaban juntos, sino incluso cuando decían odiarse.

Recorrió varias manzanas sin detenerse, era como si se hubiera olvidado de que tenía un cuerpo que podía cansarse. Kagome tenía absorbidos todos sus pensamientos, y aunque se moría por hablar con ella, solucionar todo aquello y quizás volver a tenerla entre sus brazos, el sólo pensamiento de que podía estar en peligro le desesperaba. Llegó al parque de la urbanización, grande y extenso. No había nadie a esas horas, el viento mecía las copas de los árboles y los columpios se balanceaban con un chirrido que haría estremecer a más de un supersticioso.

Pasaba de la medianoche. Había mirado por infinitos rincones y lugares concretos en los que suponía que ella podía estar, y no había tenido éxito. No tenía ninguna llamada en su teléfono móvil, por lo que debía deducir que ni sus padres ni sus amigos la habían encontrado. Se puso a caminar otra vez, no pudiendo evitar echarse a correr de nuevo. Miró en el lago, en la pequeña heladería cerrada a esas horas de la noche, en la zona de picnic y en las pistas de petanca, baloncesto y fútbol.

Ni rastro de ella.

Terminó en el mismo lugar por el que había entrado en el parque, jadeando y a los límites de la desesperación. Las doce y veinte. Se sentó en un banco y apoyó los codos en sus rodillas, hundiendo el rostro en sus manos. Aquello era una pesadilla, seguía sin tener ni una llamada, ni tampoco ninguna pista acerca del paradero de Kagome. Se recostó en el banco y resopló, luchando por calmarse. Unas risitas llamaron su atención. Desvió la mirada hacia su derecha y vio un grupo de chicas fuera del parque, caminando por la acera y sospechosamente contentas. Se tambaleaban un poco y hablaban a gritos, riéndose a carcajadas.

Keh! Seguro que estaban borrachas, pensó. Y encima con esas pintas: minifaldas, leggings, tacones altísimos y tantos quilos de maquillaje que él podía apreciarlos desde donde estaba. No era muy difícil adivinar que venían de alguna fiesta. Pero si al día siguiente había clase…!

Abrió los ojos enormemente. Cómo había podido ser tan estúpido? Se levantó y echó a correr, esta vez, con un destino fijo y un fuerte presentimiento en su corazón.

FIN DEL CAP 11!

Terminé! Juju seguro que ya todas podéis suponer qué está pensando Inuyasha, verdad? Las que sí, mejor no lo comentéis en un rw, asi dejamos intriga a las ke no se lo esperan jijiji

He decidido que voy a terminar este fic antes de seguir con Amor Firmado, mi siguiente objetivo fijo para el verano. A MDA le faltan pues…dos capítulos, creo. Y no sé si haré epílogo. Nunca he hecho uno, pero esta vez MRS Taisho-Potter me ha encomendado el entusiasmo jeje ya veremos…

Quiero dar las gracias a Kaori no Mori. Como podéis ver, he puesto un disclaimer al principio del capítulo, pues no tenía ni idea de que era obligatorio ponerlo. Simplemente, lo obvié…en eso consiste un fic, no? En escribir historias a partir de otras que ya existen pero si se tiene que poner, se pone. No soy tan vaga XD Gracias Kaori no Mori por tus consejos!

Espero que os haya gustado^^gracias x leer!

Bss,

Dubbhe

PD: Capítulo dedicado a Kumi Matsumoto, quien no ha parado de preguntar en las últimas semanas. Gracias por el interés, guapa! :)