Capítulo 11 : INTERLUDIO ROMÁNTICO.

Al fin se había quedado dormido. La caricia de los primeros rayos del sol hacía rato que se había convertido en un latigazo feroz. Como entre algodones, sentía carreras, voces, órdenes asustadas, confusión… Iba a ordenar que dejaran de molestarle, para acurrucarse y seguir durmiendo, cuando el recuerdo emocionante de la noche pasada se hizo paso en su cerebro… ¡Demonios! Levantó la cabeza y abrió los ojos de golpe. Terra dormía a su lado. Sus mejillas sonrosadas, sus ojos velados por pestañas verdinegras y sus manos acunando una de las suyas. Atesoró la imagen en su mente.

Lamentablemente no había tiempo para despertarla con caricias suaves y palabras dulces al oído… besó, apenas rozando, sus labios y se asomó al balcón. Desde allí escuchó a los guardias.

-¿Alguna noticia?

-No señor, aún no sabemos nada…

Edgar se dio una palmada en la frente. Era obvio, ¡la doncella no había recibido respuesta alguna al llevarle el desayuno!. Pensó con celeridad. Apenas un saliente rodeaba la habitación, así que con la ayuda de un cuchillo, se fue paso a paso acercando al recibidor de su Padre por la cornisa del exterior. Por suerte, tenía la ventaja de sólo él poseer la llave, se alegró. Con la misma arma, forzó la ventana del Salón. Luego, dándose aplomo, y ordenando un poco sus ropas, abrió la puerta principal de golpe.

-¡¿Qué es todo ese barullo?! ¿Un Rey no puede pedir un poco de tranquilidad?

-¡Rey Edgar!… empalideció una doncella. Corrían rumores de que Mi Señor había desaparecido. Se temía un rapto o una desgracia.

-¡Pero que fastidio! Avisa que me encuentro perfectamente. Me quedé toda la noche revisando unos papeles acá en el Salón de mi Padre… me dormí al alba recostado en un sillón, y todo para que hagan tanto escándalo. Que me preparen el baño. Bajaré a desayunar más tarde.

-Sí, su Señoría… la muchacha hizo una profunda reverencia y marchó de estampida.

Te libraste bien de ésta, se festinó el soberano.

Más tarde… en los jardines exteriores del Castillo…

Terra leía sentada en un banco. El excesivo calor reinante parecía no molestarle.

Edgar se acercó por detrás.

-¿Cómo te encuentras, mi dama?

Ella se volvió. Enrojeció mientras él besaba su mano, recordando su cercanía de la noche anterior…

-Mejor, gracias por preguntar.

-¡Ven, preciosa, tengo que mostrarte algo! La arrastró consigo hacia las afueras, donde un cacto resistía heroicamente los embates de Apolo – Observa con atención, dijo señalando a la planta.

-No entiendo…

Él se encontraba tras ella, podía sentir el hálito cálido y perfumado a menta de su aliento acariciándole la mejilla. Su corazón comenzó a latir, ya no medrosa, sino gozosamente con su cercanía.

-Eso, le señaló.

Un rosado capullo comenzaba a abrirse con lentitud. Sus delicados pétalos se separaban a ojos vistas.

-Tú deseabas conocer el amor, ¿Cierto Terra? Tu corazón es como ese capullo, se va abriendo suave y tímidamente, temiendo ser herido, pero sintiendo el placer y el calor en el acto de hacerlo… le explicó, mientras le rodeaba la cintura con los brazos, y sus manos, osaban reconocer terrenos hasta entonces ignotos e inconquistados…

Ya no temía. La confianza y el deseo de realización se enseñoreaban de ella. Sentíase segura, querida, mimada… Se volvió hacia él, se perdió en sus besos y sus caricias, sintiendo por primera vez en la vida el milagro de la pertenencia, de sentirlo suyo y sentirse suya. Se dejó llevar…

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En otro sitio…

Limpió el borde, lleno de hojas con el canto de la mano. Recordó aquél día, como una visión de ensueño.

Se había acercado a ese viejo pozo para beber un sorbo de agua, cuando la que fuera su esposa se había acercado con un cántaro. Él, se había ofrecido a llenárselo.

-¡Ya casi nadie viene por aquí! Se sorprendió la muchacha con una sonrisa. Pero yo siempre he pensado que esta agua está más fresca y cristalina…

Con el tiempo se había convertido en un lugar de reunión para ellos. Ella trabajaba en la cocina Real. No hablaban demasiado, pero la mutua compañía los unía más que las palabras.

Las lágrimas comenzaron a caer, incapacitado momentáneamente para retenerlas. ¿Por qué no? Nadie lo vería. Había aguantado por meses ya, la angustia, la soledad, el duelo, el dolor de la pérdida… En un solo día había perdido hijo, esposa, amigos, compañeros, su Rey… Ése último día, atareado con dirigir el asalto a las murallas de Doma, no había podido siquiera retirarse a comer algo con su familia, apenas había mojado el bigote en un cubo de agua sacado de este pozo, nunca creyó que ese gesto, práctico y nostálgico a la vez, le salvaría la vida.

Levantó su faz doliente hacia el cielo, tal vez, buscando una explicación para lo inexplicable. Así era la Guerra.

Sintió un cambio en el aire. No estaba solo.

-¡Lo siento! Expresó Lola. Me acerqué a saludarlo y luego vi su actitud de recogimiento. Anduvo unos pasos hacia él. Sacó su pañuelo y secó las lágrimas remanentes del rostro y bigote de él.

No quise interrumpirlo en su dolor…

Cyan cogió la mano que tan temerariamente le rozaba la faz, casi acariciándola, y no pudo resistir el impulso de besarle el dorso.

-Gracias, señorita. Espero no comente a nadie de mi momento de debilidad…

Lola temblaba.

-¿Eso? ¿debilidad? ¡Oh, Sr. Cyan! Sólo demuestra que tras esa impenetrable armadura de hombre de armas late un corazón… un corazón fuerte y doliente… expresó ella, sin liberar aún su mano de la del guerrero… sin pensarlo, lo abrazó.

Desprevenido, nuestro samurái abrió mucho los ojos y trastabilló, en un vano intento por retroceder.

-¡Perdone mi atrevimiento! Se excusó la maestra con el rostro encendido completamente, -sólo, sólo fue un gesto filial… perdón si pudo malinterpretarse… dijo acercándose para ofrecerle apoyo.

Los ojos oscuros, intensamente tristes y profundos del hombre estaban llenos de una lucha entre la corrección y la emoción.

-No se preocupe… dijo, marchándose, mientras su coleta era agitada por la brisa fresca y umbría

Que rodeaba ese sector aledaño al Castillo – la comprendo perfectamente.

Lola se quedó muda. Su corazón latía dolorosamente. Descubrió que a pesar de sus palabras, fieles a sus pensamientos, había algo más que un sentimiento filial, desarrollándose ahí, muy al fondo. Tuvo ganas de gritarle que volviese… tuvo unas ganas locas de volver a abrazarlo, de besarlo… pero…

La corrección ante todo, muchacha, se dijo, aplanchando con la palma las arrugas de su larga y recatada falda.

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El cabello dorado de ella se sacudía graciosamente al viento. Ella lo sabía. Sabía que la miraba de reojo cada vez que el chocobo daba un tumbo. A veces, cuando él se distraía, ella se permitía mirarlo a su vez, su sonrisa honesta, sus ojos grandes, su barbilla algo pequeña, el pelo de un atípico rubio ceniza.

¿Me quiere, no me quiere?

Sí, sabía que estaban innegablemente unidos por sentimientos compartidos, aventuras, peligros… Pero de alguna manera, ella presentía que él temía, o se negaba a dar un paso más allá en su relación por algo.

Ella era nueva en todo esto, hasta el momento, había sido más bien temida, obedecida, admirada por sus decisiones en combate, por sus poderes, por su resistencia…

Pero Locke… Locke había descubierto a la mujer en lo más profundo ella. Había despertado un mundo de femeneidad desconocido en su interior. Ahora se miraba más al espejo, se arreglaba el cabello, se preguntaba, ¿qué pensaría cuando la viera?, si notaría algún nuevo detalle en su aspecto, insensiblemente, comenzaba a detestar menos los vestidos.

Ella lo amaba con toda su alma. Lo había descubierto aquél día, cuando perdidas las esperanzas, había considerado la idea de poner fin al dolor, tronchando de golpe la vida, su vida, tan sólo había bastado la remota posibilidad de saberlo con vida para decidirla a buscarlo… ¿Y ahora qué? Parecía triste, nervioso, preocupado, ensimismado, como si esperara algo… pero ella era la menos indicada para saber "qué".

El cazatesoros también divagaba en su cerebro. ¿Qué hacer? Ya se daba por vencido… renunciaba a aplanar quebradas y caminos, a hollar grietas y escondrijos con bota audaz y a sentar cabeza… sólo por ella. ¿Y si no era suficiente para hacerla feliz? ¿Y si, una vez establecidos, ella resentía de su poca cultura, falta de elegancia, modales en la mesa?

Sólo parecía aventurero y caballeresco cuando el peligro los amenazaba. Quitado eso… sólo quedaba un gandul. Y él no soportaría perder a otra mujer amada de nuevo. Podía reír y bromear, pero su corazón no se entregaba porque sí…

Ella había sido el milagro que le había puesto el pie encima al dolor, a la culpa, un instante de magia para volver a sentir el latido de la vida y la emoción.

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La acompañó hasta su cuarto. El rostro arrebolado de ella, hacía notar que la copita de vino dulce que había bebido en la cena, le entibiaba la sangre. Había sido una bonita reunión, habían traído a todos sus hijos y habían departido alegremente… casi como una familia.

Edgar revisó el pasillo. Nadie transitaba en ese momento. Ya la había acompañado a hacer dormir a los pequeños, para los que había mandado preparar una habitación grande, luminosa y con buena ventilación. Incluso había mandado a llamar algunos artesanos para que prepararan juegos y juguetes para la creciente población infantil en el Castillo.

¿No sería fabuloso que se quedaran en forma indefinida?

La miró de nuevo. Sus ojos brillaban. Sus labios adorables estaban húmedos y sonreían.

Se acercó a ella para darle un inocente "Beso de buenas noches".

Ella le ofreció su boca tímidamente. Él, sin creer aún su buena suerte, depositó un beso delicado, seguido de varios más. Los brazos de Terra rodearon su cuello, parecía algo mareada, así que la tomó en sus brazos y traspasó el umbral de la habitación con su preciosa carga.

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Por la mañana…

-¿Estás segura que no pasa nada?

-Nah, ¿qué va pasar?

-Pero los monstruos… son peligrosos, dicen que los vieron por aquí.

-No debimos alejarnos del Castillo así como así… Engañar a la Srta. Lola…

-¡No sean cobardes! ¡Si aparece alguno lo controlaré con mi pincel mágico! Dijo la muchachita esgrimiendo un pincel de pelo de chocobo que no se diferenciaba demasiado a un pincel corriente y moliente.

Los otros niños lo miraron con dudosa desconfianza. En cambio, Relm exudaba confianza y audacia. Ella tenía experiencia en luchar con monstruos. Lo hacía desde pequeña.

Y ya se sentía aburrida de estar encerrada en Doma y de las lecciones. ¡uff!

-¡Augghh! Señaló Gau. Había captado el olor de los monstruos y olisqueaba intensamente.

De pronto, se vieron rodeados por docenas de GRASSHOPPERS Los niños se veían asustados, las niñas se pusieron a llorar y se abrazaron. Sólo el niño salvaje y la niña artista estaban emocionados, casi felices de volver al luchar contra las criaturas maléficas. Se pusieron en frente de sus nuevos amigos para protegerlos y pincel y garras en mano, comenzaron a diezmar a las criaturas.

Pero éstas, apenas caía una, otra tomaba su lugar, luego de un rato, estaban cansados y su reflejos ya no eran los mismos.

"Tal vez metí la pata", pensó Relm. Las bestias los acorralaban peligrosamente, cobrando valor con cada centímetro ganado a sus presas. Gau rugía a su lado, cortando y rajando cuanto podía, mezclando graciosamente su feral salvajismo con las técnicas aprendidas de Sabin. De pronto, un GRASSHOPPER la atacó en un descuido… Gritó, mientras el pincel saltaba lejos de sus manos.

La sangre manaba copiosamente de su pierna y cuando se agachaba a amarrarla con algo, los monstruos la derribaron, haciéndola rodar. Los otros pequeños sólo lloraban y se protegían con los brazos y el chico salvaje veía sus manos atadas, defendiendo al grupo con todo lo que tenía.

"Dos no es un equipo, tonta" Quiero a mi abuelito… Se dijo mientras luchaba a brazo partido para no ser devorada, defendiéndose a mandobles con una daga diminuta. Sintió que perdía peligrosamente la conciencia… cuando una silueta negra, ¡Dio un salto sobre sus atacantes y prorrumpió en una salva de ladridos furiosos, mordiendo y desgarrando a izquierda y derecha, mientras la protegía con su cuerpo!.

-¿¡Interceptor!? La alegría, la sorpresa y el alivio la embargaron.

Una correa cortada colgaba de su cuello. Al parecer llevaba un par de días amarrado en los alrededores…

Apenas tuvo un respiro, el can se volvió a lamerle la mano con alegría, y corrió a recoger el pincel caído. Repentinamente, media docena de monstruos cayeron abatidos por brillantes y afiladas estrellas ninja. Una voz estricta y afilada interpeló al can:

-¡Interceptor! ¡Tendré que castigarte por tu desobediencia!

Relm se incorporó y lo miró sorprendida.

-Debí suponerlo… musitó antes de desmayarse, contenta de ver al ninja, aún a pesar de ser un "seriote".

Una serie de THROW durante los cuales violaron mortales armas blancas en todas direcciones diezmó a los monstruos, que se batieron en retirada.

El hombre encapuchado se arrodilló junto a la niña. Gau, con los brazos cubiertos de sangre verdosa, se acercó también, aún gruñendo roncamente por lo bajo.

-Deberían azotarlos por ser unos chicos cabeza dura… refunfuñó, mientras restañaba, aplicaba una POCIÓN y vendaba la herida de la muchachita. El fiel perro depositó el pincel a los pies de Relm.

-¿Shadow seguirnos?

Los ojos oscuros y centelleantes echaban chispas.

-¿Tú preocuparte por nosotros?

Se volvió hacia otro lado. De todas formas, TODOS sabían que era aún más huraño que el niño salvaje, y el nudo que tenía en la garganta le impedía contestar.

Su hija… sangre de su sangre… una emoción insospechada le laceraba el pecho al tomarla en brazos y llevarla, escoltando a los pequeños de vuelta a la seguridad Domana.

Los dejó en la puerta del castillo. Lola estaba desesperada buscando por los alrededores, y se quedó muda al ver al hombre silencioso y vestido de negro que le entregaba a la niña herida.

-Muchas gracias… dijo sintiéndose profundamente culpable - dijeron que sólo vendrían a coger unas flores, no creí que se aventurarían tanto en el bosque, creí que enloquecería…

Al marcharse el hombre que le daba la espalda murmuró:

-Pues debía cuidarlos mejor, ¿no? Para eso le pagan…

Relm abrió los ojos… y vio perderse en la lejanía la figura entrañablemente ajena y solitaria, mientras se fundía en la penumbra, con Interceptor pegado a sus talones y siguiéndole como una sombra.

-¡Buen chico! Dijo el ninja a su compañero cuando ya nadie podía verlos ni oírlos, mientras le daba una tajada de carne seca.

-Podrían haber muerto… reflexionó mientras le rascaba cariñosamente detrás de las orejas.

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Edgar se alisaba el traje, con gesto seguro y vanidoso cuando al salir del Salón de su padre, cuando se encontró a boca de jarro con su Nana y el Canciller…

-Sí, he estado trabajando demasiado, dijo atropelladamente, - lo sé, pero Uds. más que nadie conocen las responsabilidades de un Reino, culminó con un gesto frívolo, mientras intentaba pasar hacia sus habitaciones.

-Es cierto, dijo la anciana, has estado tan ocupado que olvidaste un pequeñísimo detalle... mientras que a la par le mostraba una cinta de seda azul.

El soberano llevó disimuladamente la mano a la espalda… vio que le faltaba una de las cintas que usaba a diario para amarrarse el cabello. Se pegó a la pared automáticamente y dijo con ligereza:

-Muy bonita, pero muchas doncellas del castillo utilizan lazos como ése para peinarse el cabello, Aya… tu sabes que en Fígaro hay…

-¿…tantas doncellas como granos de arena en el desierto? Replicó la anciana con sarcasmo. – Creí que habías vuelto a las andadas, lo sermoneó, sólo espero que esta vez hagas lo correcto, agregó, tirándole la coleta y poniendo en evidencia lo faltante.

El Rey enrojeció visiblemente… Pero sintió alivio al ver que se iban y le dejaban en paz… suspiró.

-Por cierto, culminó su perorata la Nana al marcharse con su acompañante, volviéndose a mirarlo por sobre el hombro, -me parece que encontré esto a los pies de la cama, en la habitación de esa muchacha, Terra… El Canciller disimuló una risilla con una falsa tos.

"Hacer lo correcto" ¿Por quién lo tomaban? ¡No era un niño, pardiez! ¡Es claro que quería hacer lo correcto! Pero esta "rara avis" era algo especial, debía formular la pregunta correcta en el momento preciso, o podría escapar de nuevo y perderla para siempre… Y ese era un lujo que ni este Rey se atrevería a permitirse. Pensó en la moneda. No, parecería poco serio…

De momento ya era feliz con los logros alcanzados; si el ave permanecía en su palma y no se echaba a volar, entonces pondría el lazo en su adorable patita. Suspiró, infinitamente feliz, con el recuerdo de la noche pasada…

Esa tarde, con la novedad de tener a Celes y a Locke felizmente de vuelta en el castillo, pudieron disfrutar de una amena cena mientras les narraban sus aventuras, sin embargo, notaron que sus amigos se veían algo distraídos.

-¡Vaya! Dijo el cazador de tesoros, arriesgamos nuestro pellejo y sólo te hemos aburrido parece, concluyó algo resentido, al ver bostezar al Rey.

-No es eso, mi amigo, claro que agradezco sus esfuerzos y voy a recompensarlos bien… es que últimamente no he dormido muy bien… discúlpenme…

Los aventureros recién llegados se miraron.

-Ah, aquí pasa algo… ¿Una nueva conquista, supongo?

Terra se atoró y sintió como enrojecía hasta las raíces del cabello. Disimuladamente se paró de la mesa pretextando que necesitaba refrescarse. Su amiga la siguió.

-Oh, ¡No me digas que te importan los enredos de Edgar! Dijo sonriendo.

-¿Enredos?, No, ¡por supuesto que no! Sólo creo que también necesito irme a la cama temprano, yo tampoco pude dormir demasiado anoche.

Una sospecha cruzó por la mente de la rubia guerrera, pero la desechó sacudiendo la cabeza por improbable. ¡Coincidencia! Se dijo.

En la mesa…

-Un caballero no posee memoria, le dijo el Rey a su amigo.

-Sí, tienes una suerte endiablada, se amostazó Locke… claro, ser Rey supongo que ayuda, dijo echando un vistazo a sus gastadas botas de ante blanco.

-Cada uno podría envidiar la suerte del otro, manifestó cortesanamente mientras brindaba con su copa de oro el Soberano de Fígaro - ¡Por las mujeres hermosas!

-¡Y valientes!

-¡Y delicadas!

-¡Y fuertes!

-¡Y poderosas!

-¡Y mágicas!

Luego de algunos brindis, las escaleras parecían querer bailar el vals o la polka alternadamente para el experimentado ladrón. Subió a topetones mientras miraba a un lado y otro, sin saber muy bien quién había osado robarse la perilla de la puerta. Se rascó la nuca. ¿Debía golpear?

Para su mala (o muy buena suerte) se equivocó y se puso a aporrear la puerta de Celes.

Ésta salió a abrir en ropa de dormir, envuelta en una vaporosa bata translúcida.

Los vapores etílicos se esfumaron de golpe de la cabeza de Locke con un estremecimiento.

-¿Nena? ¿Qué haces en mi cuarto?

-¿Tu cuarto? ¡Eres un tonto! Tu cuarto es el del frente, se indignó, mientras se sonrojaba.

-¿Segura?

-Oh, está bien, dijo ella. Vete a la cama de una vez.

Él hizo el amago de marcharse, pero antes que ella pudiera ingresar en su aposento, se devolvió, la cogió de las muñecas y la besó, comprimiendo suavemente su cuerpo contra la puerta. Los sentidos de ambos, encendidos como una hoguera en medio del bosque, dieron rienda suelta a la pasión que los envolvía, y que los unía aún desde la primera vez que se encontraran en la vida.

-Celes… intentó explicarse Locke.

Quería decirle tantas cosas…

Más ella lo dejó pasar a su cuarto sin palabras, mientras las estrellas celosas, expectantes y mudas contemplaban el quehacer humano, desde la remota y fría soledad del cielo nocturno Figarense…