Bueno, ¡ya estamos en la Arena! Este capítulo está dedicado a Banny masen Cullen, My Dear Los Soul y Oschii, por comentar el capítulo anterior.
Disclaimer: nada de lo que reconozcáis me pertenece.
¡Espero que lo disfrutéis!
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Capítulo 11: Baño de sangre
—…y entonces gira a la derecha y ya lo tienes —finalizó un agente de la paz hablando con Naenia.
Como yo no había estado escuchando la explicación Naenia me guió por los subterráneos hasta llegar a la sala donde me prepararía para entrar en los juegos.
— Aquí tienes la ropa —Naenia señaló el uniforme que llevaríamos ese año en los Juegos, cada año lo cambiaban pues también cambiaban la Arena.
Naenia me ayudó a vestirme; el traje constaba de dos pastes, la de abajo era unos leggins negros, una camiseta de manga larga dorada y pegada al cuerpo y un jersey de lana rojo. La segunda parte estaba formada por un conjunto de pantalones y anorak blancos y con pocas manchas más oscuras, era evidente que eran un camuflaje invernal. También había unas gruesas botas negras (que iban entre los dos pantalones), unos guantes blancos del mismo tipo de tela que el anorak, otros grises de lana en el bolsillo y un grueso cinturón plateado.
— Seguro que nos toca ir a una playa —bromeé abrochándome hasta arriba el anorak.
— Será mejor te pongas los guantes, y también esto —me tendió un gorro gris de lana, que iba a juego con los guantes.
— Pero si ya tiene capucha —dije, perpleja.
— La capucha no te cubre las orejas —sonrió Naenia poniéndome el gorro.
— Esto va a ser muy raro, voy a estar en la nieve en pleno verano —sacudí la cabeza ante la imposibilidad de la situación.
— Tienes suerte de que el traje sea impermeable, la nieve tiene una horrible tendencia a mojarlo todo —dijo Naenia tirando de las mangas del anorak—. ¿Te han puesto el dispositivo de seguimiento? —preguntó.
Hice una mueca, nunca me habían gustado las agujas, y la que me habían inyectado en el brazo era enorme.
— Estoy nerviosa —confesé.
— No tienes por qué estarlo, ¿tenéis un plan, no?
— Sí, correr de la Cornucopia con al menos una bolsa cada uno en el menor tiempo posible —arrugué la nariz—. Aunque creo que va a ser algo más difícil de lo que creía —dije señalando el traje.
— Tú podrás hacerlo, seguro que no tendrás que correr mucho —Naenia sonrió con dulzura—. Deseo de verdad que salgas de allí con vida, Izzy.
— Preparados para el lanzamiento —anunció una mujer a través de los altavoces—. Tributos, colóquense en las plataformas.
Con paso tembloroso me coloqué encima de una plataforma de metal de un metro de diámetro aproximadamente. En cuanto tuve los pies bien colocados me envolvió un cilindro de cristal y todo empezó a subir hacia arriba. Cuando por fin logré ver la Arena lo primero que noté fue que todo era blanco.
— Damas y caballeros ¡Que empiecen los Septuagésimo Segundos Juegos del Hambre! —dijo la voz de Claudius Templesmith.
Estábamos en una llanura nevada, todos los tributos, cada uno en su plataforma, formando un círculo completo alrededor de la dorada cornucopia. Rodeando la llanura había un bosque también nevado, y detrás del bosque se podían ver los picos de varias montañas que también parecían formar un círculo a nuestro alrededor. Localicé a Lucy unos seis tributos a mi derecha, y estaba segura de que ese pelo negro y en alguien tan bajito solo podía ser Evan.
De repente sonó un cuerno, y otra vez, de manera que íbamos a ir hacia el este. Me fijé en la Cornucopia y solté un gemido. ¡Genial! El este era justo al otro lado de la cornucopia, de manera que tendría que atravesar todo el baño de sangre. Crucé una mirada con Lucy, que se veía preocupada.
— ¿Podrás hacerlo? —articuló.
Medité, quedaban veinte segundos para que las minas se desactivaran y todos pudiéramos ir corriendo a recoger objetos. Si iba por los bordes y no me acercaba mucho al centro de la Cornucopia a lo mejor lo conseguía.
— No lo sé —me encogí de hombros articulando bien las palabras— ¿Tú? —la señalé para que comprendiera.
Lucy se encogió de hombros con una sonrisa triste.
Sonó el gong que indicaba el final del minuto y todos salimos hacia delante.
"No te tropieces ahora, Bella, ¡no te tropieces ahora" era mi mantra mientras corría.
Logré hacerme con una mochila de esas de acampada que tenía un par de sartenes y ollas atadas, pero estaba demasiado cerca de la Cornucopia y, por lo tanto, de los tributos que luchaban, de forma que me desvié hacia la derecha, agradeciendo a todos los dioses existentes que ningún tributo me hubiera visto.
Justo cuando estaba a punto de llegar a la zona segura, aunque aún dentro del círculo de la Cornucopia vi algo que me heló el corazón. Unos metros detrás de mi Lucy estaba sentada en el suelo con una máscara de terror en el rostro mientras Grace Morris, la chica del 4, levantaba un cuchillo delante de ella, lista para apuñalarla. Rápidamente cambié de dirección para ir a salvar a mi amiga mientras pensaba en cómo deshacerme de Grace. Se me ocurrió una idea cuando sentí una de las sartenes golpearme en la parte trasera del muslo.
Tan sigilosamente como pude me acerqué a Grace, que se estaba burlando de Lucy, por detrás y, mientras levantaba la sartén le dije:
— Nadie se mete con mis amigos, zorra —y le asesté un sartenazo con todas mis fuerzas en la cabeza.
Evidentemente, Grace cayó K.O al suelo y yo aproveché para robarle el cuchillo y otro que llevaba en el cinturón. Lucy, mientras tanto, se había puesto de pie y había cogido una caja negra que no había visto que tenía a su lado.
— ¿Vamos? —le pregunté con una ceja levantada, ignorando su boca abierta.
Logramos llegar a los árboles a duras penas, pues el chico del 2 me ha había lanzado un cuchillo que me había pasado rozando la mejilla. Seguimos corriendo varios metros entre los árboles hasta que la adrenalina abandonó nuestra sangre.
— ¿Qué os ha llevado tanto rato? —preguntó Angelique con un tono de desaprobación saliendo de detrás de un árbol.
— ¿Quizás que yo estaba en el otro lado y he tenido que cruzar toda la Cornucopia? —jadeé con sarcasmo—. Y bueno, que a Lu la acorralara Grace no ha ayudado, lo que me recuerda… —me giré hacia Lucy y le pegué una colleja.
— ¡Ouch! ¿A qué venía eso? —Lucy se frotó la nuca.
— ¿En que estabas pensando? El plan era salir corriendo y coger solo lo necesario —espeté— ¿Qué tiene esa caja negra que es tan importante?
— Os lo enseñaré luego, ahora deberíamos movernos —dijo ambiguamente.
— Para vosotros —les tendí a Angelique, Cooper y Evan los dos cuchillos de la chica del 4 y el que me había arrojado el del 2.
— ¿Y vosotras? —preguntó Angelique mirando el cuchillo con la nariz arrugada.
— Lucy no se merece un cuchillo —le saqué la lengua a la morena—. Y yo ya voy armada —alcé mi sartén en alto.
— ¿Una sartén? —preguntó Cooper empezando a caminar.
— No te creas, con eso ha dejado inconsciente a la del 4 —dijo Lucy.
Seguimos caminando todos juntos, decidiendo detenernos cuando estuviéramos más lejos para mirar las provisiones que habíamos conseguido.
— ¿Hacia dónde estamos yendo? —preguntó Evan después de varios minutos caminando en silencio.
— Hacia una de las montañas —contestó Angelique.
— ¿Por qué esa en concreto? —pregunté con interés.
— En todos los juegos que he visto, no sé por qué, pero generalmente todos los tributos tienen tendencia a evitar siempre el este y luego el norte. Así que pensé que la manera más fácil de evitar a los demás tributos era ir hacia el este —contestó.
— Sabes que a partir de ahora habrá una gran cantidad de tributos yendo al norte o al este siguiendo tu razonamiento, ¿verdad? —intervino Cooper.
— Claro, pero habrá varios tributos que seguirán yendo al sur y al oeste para evitar a los tributos que irán al este y al norte. Y acabarán todos con un cacao mental sin saber hacia dónde ir —Angelique rió.
— Ahora hay un montón de futuros tributos que te odian, lo sabes, ¿verdad? —le dijo Cooper con un deje de admiración en su voz.
¡Bum! Un cañón indicó que ya se había terminado el baño de sangre y los Vigilantes estaban empezando a declarar los muertos.
— Uno —conté interiormente hasta llegar a nueve.
— Nueve tributos —dije y los demás asintieron.
— Son bastante pocos —Evan parecía bastante pálido.
— Debéis tener en cuenta que estamos nosotros, una alianza de cinco más los profesionales, que son unos seis. Eso ya hacen once de entrada más los que hayan logrado huir del baño de sangre —dijo Lucy.
— ¿Qué pasaría si todos los tributos menos los profesionales huyeran de la Cornucopia al principio? —pregunté con curiosidad.
— ¿Que morirían al no tener ningún tipo de provisiones? —sugirió Cooper.
— ¿Qué los Profesionales tendrían todas las armas? —propuso Evan.
Seguimos caminando entre bromas y carcajadas durante varias horas más, hasta que de repente nos topamos con un ancho río y las montañas a las que queríamos ir, junto con más bosque, al otro lado del río.
— Yo propongo que nos sentemos aquí y miremos lo que tenemos antes de decidir qué hacer —propuso Evan.
— Secundo la moción —dije dejándome caer en una roca cerca de la orilla del río.
Nos sentamos todos en un círculo. Evan fue el primero en abrir su mochila; había una bolsa de frutas deshidratadas, una cuerda, galletitas de chocolate, tiras cecina, una botella de agua, un pequeño botiquín, una linterna, dos pares de gafas de sol para proteger los ojos de la nieve, otro par de guantes impermeables y un buff (o braga).
En la bolsa de Angelique había un saco de dormir, una botella de agua vacía, gafas de sol, una botella de yodo, tiritas antisépticas, una caja con un pedernal, una mecha y una yesca y un par de calcetines.
La mochila de Cooper llevaba un gorro de lana, gafas de sol, un par de guantes, otra cuerda, una botella de agua y otra de yodo, una bolsa con pastelitos, una linterna, una barra de pan y una caja de cerillas.
La de Lucy contenía otro saco de dormir, otra cuerda, un par de trozos de carne, una navaja multiusos, una cantimplora vacía, otra linterna más con varias pilas de recambio, un paquete con cartas y una bolsa con hierbas y vendas.
Mi mochila, al ser una de las más cercanas a la cornucopia, tenía más cosas, como una tienda pequeña de campaña, un saco de dormir, un botiquín grande, una botella de agua, gafas de sol, un paquete con hamburguesas, latas de conserva, una pequeña botella con aceite y una cajita con sal, un par de guantes de lana y, por último, un tenedor-cuchara (una punta tenedor la otra cuchara), además de las dos sartenes y la olla.
Lo habíamos apilado todo en el centro, cada uno apoderándose rápidamente de unas gafas de sol, cuando por fin Lucy decidió enseñarnos lo que había en la caja negra. Dramáticamente abrió la caja y todos pudimos ver una colección de armas; había un par de espadas, tres cuchillos, una honda, una lanza plegable y, extrañamente, una cerbatana.
— Pensé que nos servirían bien —dijo Lucy tímidamente.
— Está bien, cada uno ha de tener un arma, primero dejarlas todas aquí. Vale, tenemos seis cuchillos, dos espadas, una honda, una lanza y una cerbatana —conté—. Eso hace un cuchillo por cabeza… —empecé y repartí un cuchillo a cada uno—. Una lanza para Cooper —le pasé la lanza—, una honda para Lucy y una espada para mí —repartí las dos armas.
— Lo que nos deja con una espada, un cuchillo y una cerbatana —dijo Evan.
Evalué a mis dos amigos con la mirada— Una cerbatana y un cuchillo para Angie y una espada para ti, Evan —les entregue las armas.
— Yo propongo que bebamos algo, comamos y luego pensemos en como cruzar el río —sugirió Cooper y rápidamente todos aceptamos.
— No me arriesgaría a hacer un fuego —dije estirándome contra la roca—. Aún estamos demasiado cerca, podemos aprovecharnos de la cecina, los pastelitos, las galletitas y la fruta.
— ¿No deberíamos ahorrar para más tarde? —Angelique miraba la pila con la comida con algo de temor.
— En el rato que llevamos aquí he visto tres peces en el río —le aseguré—, estoy segura de que también hay animales en el bosque que podamos comer y tenemos aquí el experto en bayas —señalé a Evan—. Además, tenemos carne y hamburguesas.
Mientras comíamos íbamos sugiriendo ideas, cada vez más disparatadas, para cruzar el río. La mayoría de ellas nos hacían estallar en carcajadas, pero había algunas muy buenas aunque imposibles de realizar. También hablamos sobre casa y nuestros gustos preferidos.
— Mi color favorito es el dorado —les aseguré—, normalmente cambia según el día pero desde hace más de un año es el dorado —dije acordándome de los ojos de Edward cuando acababa de cazar y me miraba con tanto amor en su mirada que sentía como si el corazón me fuera a estallar.
— El mío es el verde —dijo Angelique—, me recuerda a los pastos.
— El mío el azul oscuro, como cuando se ha puesto el sol pero aún no es de noche —confesó Cooper.
— Definitivamente el blanco, el blanco las orquídeas de casa —suspiró Lucy.
— A mí me gusta el amarillo, es un color bonito, vivo, alegre —Evan se encogió de hombros—. No creo que me recuerde nada en particular.
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Después de comer Evan y yo nos fuimos de investigación bordeando el río en busca de un vado, pero llevábamos media hora caminando y sin encontrar nada que nos ayudara a cruzar, de forma que desistimos y decidimos volver.
— Aquí oscurece muy temprano, ¿no? —le comenté a Evan viendo cómo se ponía el sol—. Es como si estuviéramos muy al norte.
Al final la solución la encontró Lucy que, metiendo un pie en el río hasta la rodilla descubrió que no le había entrado ni una simple gota de agua. De forma que, con la ayuda de una rama que cortamos de un árbol hicimos un montón de viajes para transportar todas nuestras provisiones de un lado del río al otro. Cuando acabamos estaba oscuro y, a pesar de no habernos mojado, hacía mucho frío y me castañeaban los dientes.
Rápidamente nos repartimos en partes iguales nuestras posesiones y empezamos a subir montaña arriba. Pero cuando, una hora después, era noche cerrada, no veíamos nada a pesar de las linternas, estábamos cansados y nos moríamos de frío. Decidimos parar y, sintiéndonos bastante alejados de la Cornucopia y alegando que los Profesionales no cruzarían un río helado a estas horas de la noche si llegaban a ver el fuego a pesar de estar en pleno bosque.
— Tenemos tres sacos y somos cinco, o sea que hay dos que comparten y uno que se queda solo —destaqué—. Evidentemente Evan y Cooper compartís un saco.
— ¿Qué? ¿Por qué? ¡Ahh!
— A mi no me importa compartir —dijo Angelique.
— A mi tampoco —añadió Lucy.
— Ni a mí, pero os advierto que hablo en sueños y tengo entendido que me muevo.
Lucy y Angelique cruzaron una rápida mirada a través del fuego— El tercer saco para ti, Izzy —dijeron al unísono.
Entonces sonó el himno en el cielo. La primera cara que salió fue la de Ethan Walker, el chico del 3, luego le siguió su compañera de Distrito Molly Harris, lo que significaba que todos los tributos del 1 y el 2 estaban vivos. Luego apareció la cara de Grace Morris, la chica del 4, Stephen Hall y Emily Jones, los del Distrito 6, les siguieron; después vino Axel, el del 8, Theo, Dylan, el del 10, y por último Holly Moore, la chica del Distrito 12.
Esa noche me dormí con lágrimas silenciosas rodando por mis mejillas.
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¿Qué? ¿Os ha gustado? ¿Era la Arena cómo os imaginabais? ¿Que me decís?
¿Alguna vez habéis visto la peli de Enredados? Sí es así, ya sabréis de donde he sacado la idea de la sartén :D
Espero leer de vostros pronto...
Besos, CF98
