Los personajes de esta historia no me pertenecen.

No obtengo beneficio alguno por escribir esto salvo mi propio entretenimiento.

AVISO: Este fanfic es YAOI, si este género no te interesa no lo leas y punto, comprendo perfectamente esa postura.

Capítulo 11. En el frente.

Al abrir el paso al mundo de los humanos habían tenido una muy desagradable sorpresa.

El Dangai, también conocido como el Mundo Precipicio, era la dimensión entre el Seireitei y el mundo humano, separado en el tiempo y el espacio, un espacio aislado que toda criatura debía cruzar de un modo u otro para viajar entre ambos mundos, algo que era seguro si se contaba con los medios adecuados, como las mariposas infernales de los shinigami o los rituales Torii de los yokai.

No habían podido usar el paso normal, las mariposas infernales habían desaparecido al intentar guiarles. Preocupados, los shinigami de la doceava división habían abierto una puerta para entrar en el Dangai, y allí habían encontrado la razón de la falta de comunicación.

Telarañas, o mas bien una única telaraña gigantesca, cubría el Dangai, allí estaban atrapadas las mariposas infernales, cortando efectivamente la comunicación con los shinigami estacionados en el mundo humano.

Byakuya y otros capitanes y tenientes se habían presentado voluntarios para internarse en la telaraña y liberar el paso del Dangai. Ahora cuatro caminaban entre los engañosamente delgados hilos de seda arácnida, envolviendo sus pies en energía espiritual para evitar quedarse pegados.

- Pobres mariposas.- Matsumoto evitaba en lo posible pisar a las débiles criaturas, que aun aleteaban, atrapadas.

- Solo son insectos.- Gruñó Ikkaku.

Entonces vieron dos grandes bultos blancos colgando del techo, como capullos de oruga... si las orugas llevasen sombrero y la otra gafas.

- ¡Urahara! ¡Tesai!.- Matsumoto corrió hacía los inconscientes y atrapados shinigamis.

Y rompió los hilos que les mantenían suspendidos.

- ¡NO!

La advertencia del capitán Hitsugaya llegó tarde. Apenas pasaron unos segundos desde que Ikkaku había roto los hilos, perturbando la telaraña, el aire quedó enrarecido, el silencio se hizo pesado... y entonces apareció como una exhalación, como un tren a toda velocidad, un horror de ocho patas se lanzó sobre ellos.

Tsuchigumo. La araña tigre.

El gargantuesco yokai ocupaba todo el pasillo y les empequeñecía.

La bestia escupió una masa de tela pegajosa e Ikkaku quedó inmediatamente atrapado y pegado a la pared, Matsumoto desenvainó a tiempo de rechazar dos afiladas patas que a punto estuvieron de empalarla. Hitsugaya y Byakuya esquivaron y rodearon al monstruo, flanqueándolo.

Atacaron al unísono, cercenando patas, evitando en ultimo momento que les salpicara la ponzoñosa sangre, pero el yokai se revolvió contra ellos con ferocidad, liberando desde su abdomen miles de arañas más pequeñas, pero que a ojos de los shinigami seguían teniendo una escala excesiva.

El campo de batalla estaba en su contra, todo estaba en su contra, debían mantener un constante control de su energía para evitar verse atrapados por las telarañas y las arañas eran tan veloces como letales.

Solo tenían una opción, arriesgarse a ser mordidos una sola vez era un riesgo que no podían correr. Nadie les rescataría, ellos eran el rescate.

Los dos capitanes reaccionaron al unísono.

- Bankai.

Hielo congelando y ralentizando a los arácnidos, débiles al elemento por su propia naturaleza, y una tormenta de pétalos afilados como cuchillas arrasando detrás, reduciendo a jirones al enemigo.

Si el tsuchigumo no hubiese tenido una coraza tan poderosa hubiese sido perfecto.

Con un aullido la bestia se convirtió en un remolino de patas afiladas, destrozando todo a su alrededor. El pasillo del dangai empezó a fluctuar y retorcerse bajo el ataque.

- ¡Está desestabilizando la dimensión!.- Hitsugaya retrocedió junto a Matsumoto, la mujer tenía bajo cada brazo un gran capullo de seda liberado.

Byakuya comprendió, debían abandonar el lugar rápidamente o quedar atrapados con la bestia. Cortó la masa pegajosa que había atrapado a Ikkaku, aunque oyendo las obscenidades que salían de su boca parecía mejor dejarlo allí, y se apresuró a iniciar la huida.

El mundo se distorsionó mientras corrían y la salida las envolvió con un fogonazo de luz. Y después... una caída libre desde el cielo, a kilómetros de altura sobre el pueblo de Karakura.


Lord Raijū no tenía tiempo que perder observando el mundo humano, pero desde luego que había cambiado de forma extraordinaria. Le enfurecía que su gente hubiese estado tanto tiempo apartada del mundo, los humanos claramente habían olvidado su existencia y hecho lo que les venía en gana, sin ningún tipo de respeto.

- Lamentable, ¿verdad?

Lady Shiro Ebi, siempre elegante a bordo de su carromato Oboroguruma, miraba a su alrededor sonriente, no parecía sorprendida por el estado del mundo moderno, o quizá todo la divertía.

- Los humanos han destruido muchos lugares sagrados.- Continuó la hermosa princesa pálida.- Nuestra ausencia es inaceptable.

No la prestó mas atención, ahora lo importante era encontrar a Renji, el pelirrojo le había hablado de pasada de sus viajes al mundo humano, de que tenía amigos entre los mortales.

Amigos entre los mortales, lord Raijū no alcanzaba a comprender como un humano podía ser algo mas que una mascota. Los shinigami apenas eran algo más que humanos glorificados tras la muerte.

El yasha se concentró, a diferencia del Seireitei o el mundo Yokai, en el mundo humano la gran mayoría de la población carecía de poder espiritual, eran simples sacos de carne sin percepción del mundo más allá del suyo.

- Contaminan el aire, cortan los bosques, emponzoñan los ríos. Nunca debimos aceptar aquel lamentable tratado con los shinigami.- Continuó Shiro Ebi.

No le faltaba cierta razón, pero habían sido tiempos desesperados para los yokai, los mas fuertes hubiesen sobrevivido, pero un gran número de ellos hubiese perecido. Raijū había sabido ver que los príncipes y reyes tenían un deber para con sus primos de menor poder, y debían proteger a toda la raza.

- Ahora los shinigami son débiles, los humanos son débiles, los yokai seriamos unos estúpidos de desaprovechar esta oportunidad.

Lord Raijū sintió un escalofrío y se volvió, mirando a su compañera de viaje con suspicacia, quizá en su premura había cometido un terrible error.

- Habláis de guerra abierta.

- Una guerra que ganaríamos sin duda.

- ¿Y el precio? Sería muy alto, los capitanes shinigami del Gotei 13 son muy poderosos, nuestras pérdidas serían numerosas.

- ¿Qué importa?.- Shiro Ebi agitó una mano, quitándole importancia.- Es la ley del mas fuerte, la ley mas antigua de nuestra gente, y la hemos olvidado en nuestro exilio.

Había cometido un grave error. Lord Raijū afianzó sus pies en posición de combate, se había dejado guiar por la serpiente blanca hasta el mundo humano, lejos de sus aliados, lejos de los ojos de su comandante, apartado de sus leyes y pactos, en un lugar donde, si era asesinado, no habría testigo alguno.

- Me habéis traicionado, princesa.

- En realidad esperaba haceros entrar en razón.- Shiro Ebi suspiró como si estuviese decepcionada con un niño que no entendía algo básico.- Los yokai mas fuertes ganaremos la guerra, los débiles morirán, los shinigami y los humanos serán nuestros siervos.

- Los demás no apoyarán vuestra osadía.

- Cuando vuelva a la corte lo haré con tu cabeza, lord Raijū, y como único testigo de que un shinigami os atacó a traición, quizá use a Lord Byakuya como cabeza de turco, nadie lo pondrá en duda.

La afrenta sería demasiado grande, la enemistad entre ambos era patente, no dudarían de ello. Y habría guerra, una cruenta guerra que pagarían los tres mundos.

- ¿Qué hay de Renji? ¿Cómo le engañasteis para venir aquí?

La princesa tuvo el descaro de reírse en su cara.

- No hicimos nada, nuestro querido primo se ha perdido por aquí por su propia voluntad.- Contuvo a duras penas otro arranque de risas.- Una oportunidad magnífica que no hemos podido dejar escapar, ha sido maravilloso. No temáis, aún vive, aunque no puedo decir lo mismo de usted...

Por debajo de su kimono, deslizándose bajo la tela, empezaron a salir serpientes, miles de serpientes que reptaban y reptaban por su delicada piel. Los ojos de la princesa relucían como diamantes amarillos, las pupilas centelleaban...

Demasiado tarde se dio cuenta Raijū de que había caído bajo la hipnosis de la serpiente, su cuerpo estaba paralizado, los músculos no le respondían... las serpientes avanzaban hacia él, y la voz de la princesa resonaba en sus oídos.

- Mi querido primo recibirá también la oferta de unirse a nosotros, tras unas convenientes mentiras por supuesto. Y si a un así nos rechaza, bueno, será una pena, pero el último nue tendrá que desaparecer, esta vez para siempre.

Los ofidios se lanzaron contra el yasha con los colmillos al descubierto.


Estaba bastante seguro de que algo iba mal, aunque Ichigo estaba vivo a juzgar por sus ronquidos.

Algo o alguien les había... ¿raptado o rescatado? No, no les habían rescatado, porque había derrotado a Shuten Doji y no necesitaban rescate... Le dolía la cabeza.

Se palmeó las mejillas, arreboladas, tratando de aclararse las ideas. Renji aún estaba algo borracho, pero sabía que no podía limitarse a dormir la mona. Alguien les había arrebatado del suelo tan rápido que el mareo le había impedido percibir nada en absoluto, el mundo se había convertido en una vorágine de imágenes y sonidos.

Ichigo incluso había vomitado. Renji rió al recordarlo y trató de ponerse en pie, vomitar no ayudaría con un alcohol que había sido aspirado, no ingerido, tenía que salir y que le diese el aire.

Consiguió ponerse en pie, el mareo había cesado, y miró a su alrededor.

Estaban en un edificio abandonado y cochambroso, y también antiguo. La maleza devoraba columnas y crecía en el suelo de madera. En las paredes enmohecidas había bellas ilustraciones tradicionales, representando antiguas leyendas.

El edificio parecía un viejo templo, y la luz que llegaba del exterior era anaranjada e intensa, anunciando el anochecer, o al menos Renji esperaba que fuese el anochecer y no el amanecer, no creía haber perdido el conocimiento tantas horas, ya se habría recuperado por completo de la borrachera.

Algo se movía en el exterior, algo... grande.

No necesito salir, a través de las ventanas rotas podía ver el cielo, y una gran silueta negra recortada contra el sol poniente, grande, más grande que Shuten Soji.

Ocho cabezas de serpiente moviéndose, siseando.

Yamata no Orochi. Rey de las serpientes yokai uwabami. La leyenda más antigua entre los yokai. El terrible devorador de dioses.

Una de las cabezas se volvió, los ojos eran rojos carmesí, al igual que las escamas bajo la garganta, y le miró directamente. Renji sintió un terror ancestral recorrerle de pies a cabeza, se sentía como el ratón frente a la serpiente, paralizado, incapaz de moverse ni para salvar la vida.

Aquel poder se asemejaba al aura de Kenpachi, una fuerza tan devastadora y salvaje que sometía a cualquiera en el área de su acción. Producía un miedo atávico, grabado en los genes de cualquier ser vivo ante un enemigo antiguo como el miedo a la oscuridad. Renji hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no caer al suelo, incluso afectado como estaba aún por la borrachera, le costaba respirar.

Mas cabezas se volvieron hacia él.

- Nue.- Orochi siseó, sacando lenguas bífidas, olfateando el aire.- Tu victoria sobre Shuten Doji te da derecho a una audiencia.

Su mirada le traspasó, los ojos de las múltiples cabezas atravesaban su carne y miraban su alma, Zabimaru se erizó, sintió al espíritu de su zanpakuto revolverse, debatirse entre la lucha y la huida.

Una audiencia. Dicen que el alcohol da valor, aunque mas bien da estupidez.

- Yamata no Orochi.- Renji intentó transmitir una seguridad que desde luego no sentía.- Esperaba algo más impresionante.

El yokai no rió, no se burló ni pareció insultado u ofendido, apenas manifestó emoción alguna, como si observase a un insecto hablar y le interesase más bien poco lo que tuviese que decir dicha criatura insignificante, mas allá de la curiosidad de verlo hablar.

- Yo esperaba un nue, un poderoso yokai, pero solo veo un animal amaestrado.

Las ocho cabezas se elevaron al unísono, coordinadas.

- Lady Shiro Ebi es demasiado blanda.- El yokai encendió su poder y mostró los colmillos ponzoñosos.- Yo te pondré a prueba, supuesto nue, y veremos si eres digno del nuevo reino de los Yokai.

La bestia se transformó, las cabezas parecieron disolverse, y el yokai adoptó aspecto humanoide, un guerrero armado con una larga espada, una elaborada armadura labrada, negra como el ébano, con 16 rubíes resplandecientes, uno por cada ojo. Se dirigió hacia Renji a paso seguro.

Renji no pudo resistir más el reiatsy yokai. Yamato no Orochi le aplastó, le sometió con una brutalidad casi física, como sentir el peso de la gargantuesca criatura sobre su cuerpo.

- Es la ley de la vida, adaptarse... o morir.- Enarboló su espada.-Siega, Kusanagi.


Las serpientes se lanzaron al ataque, y en mitad del salto hacía su paralizada víctima fueron rápidamente mutiladas, cayendo al suelo sus mutilados cuerpos. Lady Shiro Ebi apenas logró volverse cuando una espada se posó sobre su cuello, paralizándola pajo la amenaza de un filo que podía rasgar un papel por el canto.

- Kuchiki.- Siseó la mujer con una mueca que amargaba su sobrenatural belleza.

- ¿Dónde está Abarai Renji?

- Eres un necio, no...

Aquella no era la respuesta adecuada. Byakuya estaba cansado de perder el tiempo, tensó su mano dispuesto a decapitar a la yokai.

Y de pronto esta pareció desinflarse, como si se vaciara por dentro, consumida.

- ¿Qué...?

- Solamente es su piel.

Lord Raijū había salido de su parálisis, se aproximó y apartó el bulto que quedaba de la princesa, la ropa y por dentro su piel, el pellejo entero, incluido el pelo, que rápidamente se volvía gris y se descomponía.

- La ha mudado como una serpiente y se ha escapado.

Byakuya masculló un "yokais" con desprecio y se apartó, envainando a Senbonzakura. La salida precipitada del Dangai le había separado de Hitsugaya y Matsumoto, solo Ikkaku y él mismo habían salido por el mismo punto, Byakuya había logrado reaccionar a tiempo de no estrellarse contra el suelo, no así el tercer asiento de la onceava, lo que daba igual, pues se había limitado a levantarse del boquete del suelo como si nada.

Había enviado a Ikkaku en busca de los humanos, y la casualidad había llevado sus pasos hasta el espectáculo de lord Raijū paralizado, a punto de ser atacado por serpientes blancas surgidas de la propia piel de la princesa Shiro Ebi.

Desde luego la idea de esperar y permitir el asesinato había cruzado su mente, pero el honor dictaba otro curso de acción.

Y a Renji no le hubiese gustado que Lord Raijū fuese asesinado.

- Supongo que esperáis agradecimiento.

No se molestó en echarle en cara que sería la más básica educación, el yasha no lucía en absoluto contento de deberle la vida. Byakuya no dijo nada, fingiendo no haberle escuchado, y echó a andar. El yasha aprovechó la abertura y aprovechó, ahorrando el muy merecido "gracias", Byakuya deseo en silencio que el agradecimiento callado se le pudriera en el alma.

Echaron a andar, lado a lado a un brazo de distancia. Vigilando sus alrededores tanto como el uno al otro.

- La traición de los uwabami es grave.- Dijo al fin lord Raijū.- Gozan de la confianza de muchos yokais.

- Confiasteis en serpientes.

Bykuya saltó a un tejado y el yasha le siguió sin dificultad.

- Son una noble familia, de la mas alta casta.- Replicó con ofensa.- En los viejos tiempos la serpiente blanca era venerada por los humanos como portadora de gran fortuna.

Byakuya veía bien el error de Raijū y los demás Yokais, era el error de la vieja nobleza, pensar que el mundo y la gente no cambiaban, que los aliados siempre lo eran, que las ambiciones no podían nacer en quien no había hecho gala de ellas.

Todo aquello ser parecía tanto a la traición de Aizen que parecía un deja vu.

- La princesa no parecía tan poderosa, daré con ella.

- El peligro no es la princesa. Ella es una cortesana, el peligro es su rey.

Byakuya percibió el cambio en el tono, la gravedad.

- Yamata no Orochi, devorador de dioses, es su rey, lleva siglos aislado de todo y de todos. La princesa no habría dado un paso tan audaz de no estar secundada por un gran poder capaz de enfrentar a nuestro comandante.

Magnífico. Yokais aprovechando para dar un golpe de estado provocando una guerra contra los shinigami. Y Renji atrapado en medio, ahora se preguntaba si Renji no habría descubierto la conspiración por medio de aquel otro yokai supuestamente desaparecido, quizá había viajado para investigar, o quizá le habían secuestrado para que no pudiese dar la alarma.

Quizá llegaban tarde y ya estaba muerto.

- Abarai puede estar en serios apuros, por tu culpa.

Lord Raijū le mostró los colmillos inmediatamente.

- ¿Cómo osáis? De haberlo sabido jamás habría...

- ¡Era tu rehén!

- ¡Era mi invitado!

Ambos estaban gritándose en medio de territorio hostil, pero no parecía importarles.

- Tu invitado...- Byakuya empezaba a verlo todo rojo.- Tú le metiste en esto, con el nue y esas historias de no ser un shinigami, tú le pusiste en el centro de la tormenta.

- ¿Es acaso culpa mía que los shinigami seáis tan ciegos? ¡Le he rescatado!

- ¡Abarai no necesitaba rescate alguno? ¡Estaba a salvo a mi lado!

- ¡Le rescaté de tí!

Fue un puñetazo, lo peor que le podía haber dicho.

- ¿De mi?

- Era evidente para cualquiera, en cuanto os vi en la recepción, el único cuya ropa era pobre y usada, eso por no hablar del trato brusco que le deparasteis.

No podía defenderse de eso, era culpable, culpable hasta la médula.

- No le protegisteis de vuestra camarada capitán.- Continuó Raijū, sabiendo que su ataque había sacado sangre.

Byakuya nuevamente no tenía palabras, desde luego tenía excusas, miles de excusas, pero nada cambiaba aquella verdad, aquellos fracasos.

- Renji está mejor conmigo.

Ante aquello, Byakuya alzó la vista con asombro, la forma de expresarlo no dejaba lugar a dudas, además de la manera en que el otro se había dirigido siempre a Renji.

- Tu...

Una lejana explosión detuvo su revelación, ambos se volvieron, y notaron la energía de Renji, la explosión de su bankai. Y en la lejanía, en la ladera de la montaña, la gigantesca figura esquelética de su Zabimaru.

- ¡RENJI!

Ambos saltaron al mismo tiempo, haciendo uso del shumpo para viajar a gran velocidad saltando sobre los tejados.

En el suelo, Ikkaku, que se había reunido con los humanos, Ishida, Orihime y Chad, les vio marchar y suspiró. Ni siquiera se habían percatado de su presencia.

- Par de idiotas.


Nota de la autora: Hola y perdón por la tardanza, mi ritmo ha bajado porque estoy dirigiendo una partida de rol y no tengo tiempo para todo :(

Queda poco para la resolución de este fanfic, pero le tengo planeada una segunda parte.

Saludos y gracias por leer.