El titán de tierra y rocas, con vegetación verde en su lomo y una catarata hundiéndose en el vacío a través de su adelantada y amplia frente.
Pisó una de las últimas de las Montañas Elficas, aplanándola hasta sus raíces, antes de la orilla. Hundió con costosa dificultad su pie izquierdo en el agua, hasta que el mismo tocó fondo en el Mar Elfico. Notó algo extraño en Cima Adiamantada, que se alzaba a la altura de sus muslos rocosos. Se agachó hundiendo también su rodilla izquierda en el agua.
Vio la cima nevada, desierta, sin ningún resplandor. No había rastros del castillo de Cima Adiamantada.
Encolerizado y emanando humo rojo de sus orificios oculares, se incorporó lentamente, rugiendo tan potentemente que se oyó su ruido hasta en los sitios más ocultos de la Tierra.
Elevó la pierna derecha y estrelló el pie de la misma contra la montaña de diamante, hundiendo los kilómetros de roca de su pata en el monte y destruyéndolo hasta dejar una llanura de astillas de diamantes. Llanura cual dejó camino sin obstrucciones al agua, que inundó los trozos de lo que fue un fenómeno natural, y un gran imperio.
– ¿Qué has hecho, Umbrío? – escuchó el titán en sus oídos.
Era la temible, aguda y dolorosa voz que hacía temblar las carnes, o mejor dicho rocas, de todo su cuerpo. Había llorado que este momento no llegara. El titán gritó de dolor al sentir una fría brisa, un viento helado, había sentido el temible Viento Frío.
Dejó de salir humo por sus orificios oculares, la catarata dejó de correr y la vegetación en su lomo se marchitó y quedó gris, como una foto antigua. Su tono parduzco se tornó negro y comenzaron a desprendérsele pedazos inmensos de roca negra, primero de las piernas, luego los muslos, la cadera, los brazos, hombros y pecho, y por último, la ya no habitada cabeza. El pedazo de roca negra que antes era el hospedaje del cerebro del titán cayó precipitadamente y se hundió en el Mar Elfico, al igual que el mutilado cuerpo.
Mucho antes de esto, una docena de horas antes, en el balcón de la habitación de Éternel en el castillo de Cima Adiamantada, el rey elfo miraba con paz y cautela al titán de tierra que se acercaba más hacia el castillo.
– Ya partieron todos los barcos su Entidad, somos los dos únicos en toda la isla. – dijo Glurr que entró lentamente a la habitación de diamante.
– Perfecto, consejero Glurr, ¿Algo más?
– Sí, su Entidad, sí.
– ¿De qué se trata?
– Grizil, Hassadur el Dueño y Arrydur el Manso ya están en la Isla Mágica.
– Oh, y las…
– ¿Náyades? Con ellos – lo interrumpió impaciente el consejero más importante.
– Perfecto, la verdad, perfecto.
– ¿Y ahora? ¿Me dirá el motivo de evacuación?
– Es aquel – dijo el rey apuntando al horizonte, donde se alzaba el titán, con mirada aterradora. – Viene hacia aquí, no estamos más a salvo en Cima Adiamantada, Glurr.
– Oh, pero… ¿Y el castillo? ¿Y a isla? ¿Y la montaña? Este lugar es muy valioso para cederlo a la destrucción…
– Glurr, no te alborotes. – lo interrumpió, tranquilo – La montaña y la isla lastimosamente hay que dejarlas, pero el castillo no será destrozado, eso sí.
– ¿Y cómo lo salvará?
– Pues, lo vamos a trasladar.
– ¿Cómo? Es el castillo más grande de toda…
– Por barco, con nosotros, por supuesto.
– Eso, su Entidad, es imposible – dijo Glurr pensando en que la mente del rey había sido dañada por la daga. Llevándolo a la locura.
– No, no lo es, verás, tengo a mi disposición una magia muy antigua, tan antigua que tú no has escuchado hablar de ella, y con esta magia, mi empresa es posible.
– ¿Y en qué consiste? – dijo el consejero que por primera vez estaba respetando la autoridad del rey y lo miraba como alguien superior.
– Ya lo verás, no seas impaciente, sólo necesito que el titán divise el castillo.
Pasaron unos quince minutos. Interminables para Glurr, fascinado por la presencia de magia en su castillo.
– Mm, ya está – dijo el rey, alzando las manos abiertas y apuntando al alto techo del castillo. – tempus est motus – dijo sin que el consejero entendiera.
El techo comenzó a plegarse en láminas de diamante, las columnas se hundieron en el piso, los balcones se escondieron en la pared y las ventanas desaparecieron, los adornos lujosos también se esfumaron y las paredes se plegaron en cuatro, simples y sin ventanas ni puertas. El techo quedó simplificado a uno sólo, plano y bajo, y el piso era de unas baldosas cuadradas, sin ningún detalle.
– Salgamos, amigo – dijo el envejecido Éternel y empujó suavemente a su atónito consejero.
Salieron del cuarto por una puerta que apareció en una de las paredes, afuera el frío viento azotaba sus mejillas. La habitación era igual por fuera. Comenzó a plegarse sobre sí misma hasta convertirse en una esfera del tamaño de un guisante.
Éternel se agachó y sostuvo entre sus blancos dedos el castillo de diamante convertido en una esfera. Sacó de su bolsillo una cadenilla de oro y colgó la esferilla de diamante en ella. Se colocó a cadenilla alrededor de su cuello y partieron hacia el puerto elfico.
Varias horas después llegaron al muelle. El bote era de madera de roble con velas de tela elfica, una de las más resistentes. Partieron, como todos saben, los poderes de Éternel hicieron al barco moverse solo. Llegaron a las costas de la Isla Mágica hacia el atardecer, justo a tiempo para presenciar la destrucción del monte.
Todos los elfos lloraron y sollozaron ante tal sacrificio, todos menos Éternel, que se limitó a humedecerse los ojos un poco.
Luego de ver al titán destruirse de manera impredecible, con suspiros de admiración ante fuerzas mucho más grandes que ellos, los elfos se fueron a su campamento y los magos a sus casas en la aldea. La casa de Hassadur era la más notable, con madera de eucalipto, (los eucaliptos eran la única vegetación que cubría la isla) tenía tres habitaciones, dos para sus hijos Uro y Úrsula, y una para él y su esposa, la maga Resina la Firme.
Pero Éternel se fue a un cerro que era el lugar más alto de la isla y allí dejó en el suelo la esferita de diamante.
Para el alba, cuando los magos se levantaban a ver sus plantaciones y los elfos a plantar cultivos, cuando los centauros volvían de su larga noche de astrología y los humanos se despertaban para realizar lo que ellos nombraban "manualidades", Éternel llamó a todos los elfos con un silbido estridente (el mismo que usó para llamar a sus guardias en el ataque de Thrace) desde lo alto del cerro.
Todos los habitantes de la Isla Mágica subieron a la colina y en la cima encontraron el mismísimo castillo de diamante, con los cálidos rayos dorados brotando desde la silueta del gran castillo.
– Queridos habitantes de estos parajes, con ustedes, Cerro Mágico-Elfico Adiamantado. – dijo con orgullo el título que había elegido, nombre que según la cara de los elfos, magos, centauros y humanos, no era del todo adecuado.
– Puedes ser un maestro en la magia milenaria, Éternel, pero no sirves en absoluto como titulador– dijo entre carcajadas Quirón.
– E-es muy… gra-gracioso – dijo Aristodemo descostillándose, sorprendiendo a Éternel, ya que pensaba que Aristodemo nunca perdonaría a los centauros.
– ¿Sugieres algo mejor, Quirón? – dijo medio enojado y medio divertido el rey elfo.
– Mm, puede ser… No, no… Me parece… Eso ¡Sí!... ¿Qué te parece Corona Eucaliptal?
– Me gusta, la verdad – dijo Éternel, satisfecho con el título. – Bienvenidos, entonces, a Corona Eucaliptal.
Todos los seres, entre vítores y silbidos, aplaudieron con alegría a Éternel. Quien de golpe, sin que nadie lo esperara, con una mueca de dolor, se desplomó sobre la hierba.
– ¡Éternel! – gritaron muchas voces, entre gritos de espanto y suspiros de susto.
Hassadur, Quirón, Aristodemo y Grizil se entornaron alrededor del rey.
– Mierda – bufó el elfo, escupiendo sangre – Jagdur, necesito a Jagdur.
Hassadur dio media vuelta para gritar "¡Jagdur!" con su imponente voz. El mago, ayudado por un bastón, salió de entre la multitud asustada.
– ¿Su Eminencia? ¿Qué siente en este momento? ¿No sabe que tiene? – dijo asustado el mago curador.
– Jagdur… Jagdur… La… El Vi-viento Frrr… – dijo, comenzando a temblar.
– ¿El Viento Frío?
– Ss-ss-si
– Oh, no – dijo a punto de llorar Jagdur – No, no puedo, señor, no puedo hacer nada, perdón señor, perdón…
– Yyyya sss-sse, Jagdurrr – dijo titiritando de frío.
El rey agarró el cuello de la capa blanca del mago y acercó su cara a la suya, le susurró algo inaudible y luego, por debilidad de sus brazos, lo soltó.
El grito de dolor que rugió Éternel se escuchó en toda la isla y quedará para las canciones futuras.
Su piel se tornó gris y su cabello y barba blancos como la nieve. Los ojos quedaron desorbitados y sin color, el cabello se deshizo en polvo blanco que voló por los aires, sus labios se secaron y pedazos de carne, dura, fría y gris, se fueron desprendiendo de a capas, exactamente como ocurrió con el titán. El mutilado cuerpo se volvió cenizas y, con ayuda de la fría brisa, voló por los aires y se perdió en la lejanía.
Todos los que se habían quedado para presenciar esa escena (unos pocos hombres, algunos centauros y todos los elfos) estaban llorando la muerte de un gran rey, entre los cuales se destacaba Freyja, que lloraba desconsoladamente. Al mirar a la elfina, Grizil notó un notable crecimiento de barriga. ¿Sería lo que él pensaba?
– ¿Qué fue lo que te dijo Jagdur? – preguntó después de un rato, con voz quebrada, Hassadur.
– Que me encargue de la administración del Cerro Eucaliptal hasta que nazca su vástago – dijo mirando a Freyja.
– Es verdad, estoy embarazada de Éternel, de un mes– dijo la elfina acariciándose con delicadeza el vientre.
– Y… Freyja…– dijo titubeando Jagdur.
– ¿Si?
– Pidió que se llamara Eterno
– ¿Eterno? – dijo Freyja y miró su barriga – es precioso… Eterno.
– Y pidió algo más, Hassadur – dijo Jagdur con la mirada perdida en el horizonte – Quería que realizaras el Dur sobre la Isla Mágica.
– Oh… Bueno, pues, si él lo quería. Mañana al alba, veme aquí con un caldero, mm un frasco con patas de murciélago, dos cabezas disecadas y un elixir.
– Creo que me queda un litro de elixir, el resto lo tendré todo.
– Perfecto.
Como todos saben, un Dur es el encantamiento más difícil y complicado que pudo haberse creado, consiste en una capa invisible que cubre un sitio haciéndolo imposible de rastrear y sólo los magos tienen la capacidad de efectuarlo (es por eso que todos los nombres de los magos finalizan en dur) ya que los elfos, exceptuando los elfos reyes ya que éstos poseen un poco de manipulación de la magia por donación de los espíritus, no pueden manipular la magia, las náyades sólo pueden controlar la divinidad.
Pero antes, cuando las damas blancas existían, ellas podían manipular magia aún más poderosa que la manipulada por los magos, ellas podían manipular la luz. Es por este fenómeno que ellas eran las únicas capaces de debilitar al Dokkálfar, debilitar, pero no matar. No podían asesinarlo por una simple razón, era un espíritu que ya había dejado atrás su cuerpo y había podido succionar el alma de muchos otros cuerpos, lo que lo hizo aún más poderoso e invencible, tanto que pudo arrasar con las damas blancas, pero siempre, en cada clase de ser hay uno que nace con un poder aún mayor, y éste era el poder de Masla, la dama blanca que pudo debilitar al Dokkálfar hasta convertirlo en un alma que se hundió en la Tierra misma.
Pero una vez el Dokkálfar fue un ser, con cuerpo, sentimientos y dudas. Era nada más ni nada menos que un elfo. En ese entonces los elfos y los maá eran los únicos habitantes de la Tierra, y ni siquiera eran los elfos y los maá más recientes, eran los que estuvieron antes que los elfos y maá modernos.
En aquel entonces los elfos todavía no habían logrado hacer contacto con el mundo espiritual, por lo tanto no poseían belleza divina, ni eran inmortales. Tan sólo eran unos seres que se asemejaban mucho a los humanos, a excepción de una sola cosa: sus orejas eran significativamente más grandes y eran puntiagudas.
Los maá eran enanos, con colmillos y con cabello blanco, siempre. Eran gruñones y no eran pacíficos como los de los tiempos de Saro, sino provocadores y guerrilleros.
En una guerra entre los elfos y los maá, una maá se enamoró perdidamente del Dokkálfar, que en esos tiempos era llamado Juliano. La maá Evelyn quedó embarazada de Juliano y tuvo un hijo tras los catorce meses de embarazo, nunca había habido un híbrido. El híbrido fue un comienzo de los actuales cíclopes.
Pero Juliano era un guerrero y se vio obligado a atacar la aldea de Eve. Quiso eliminar los errores cometidos, y matar a su hijo deforme y a la madre del mismo.
Pero Eve defendió con su vida al niño y apuñaló en la sien a Juliano.
Allí es cuando el cuerpo fue dejado atrás. Juliano visitó el mundo de los espíritus, pero era muy impuro, no por sus pecados, si no por sus deseos vengativos. Fue expulsado de ese mundo legendario y anduvo vagando por el mundo de los cuerpos, hasta que aprendió a succionar las almas, comió espíritus, pero nunca el de Eve ni el de su hijo, Traquio.
Llegó a un poder enorme hasta que pudo reencarnar muertos, se armó con un ejército de ellos y los llamó nigromantes. Succionó el alma a una anciana maá y ocupó su cuerpo.
Visitó a Eve y a su hijo (quien ya era adulto y había tenido dieciséis hijos, todos cíclopes, con una cíclope hija de otra mezcla), en el papel de la anciana. Y en el momento menos esperado, no, no los mató, ni succionó su alma, sino que les quitó el poder de amar, y de sentir cualquier cosa por alguien. Entonces Eve y Traquio fueron malas personas, nunca nadie los amó a ellos tampoco, y murieron en la miseria.
Pero Eve, en el mundo espiritual, conoció la reencarnación y se escapó del paraíso. Se encarnó en el cuerpo de una muchacha maá, muy hermosa. Y tuvo otro esposo elfo, Gavie. Pero ella era un espíritu habitando un cuerpo ajeno, y quedó embarazada del elfo, pero no nació un cíclope, sino una dama blanca, la primera. Mitad espíritu y mitad elfina.
Pero esa es otra historia, que será contada en otra ocasión.
Lo que quería resaltar es que el Dokkálfar fue un elfo, y pudo llegar a ser una entidad muy poderosa. Y Éternel fue un elfo, y cuando su alma visitó el mundo espiritual, vio que con el poder donado de los espíritus, él podía volver al mundo de los cuerpos, y podría manipular la luz.
