Capítulo 24

El Encuentro Predestinado

Ichigo estaba pasando la noche en compañía de Kana, Yura y los demás. Nurarihyon y Youhime estaban sentados en esa habitación también después de su conversación con Setsura. Tsurara no estaban por ningún lado. El té nunca había sido uno de sus gustos preferidos, pero esa noche Ichigo estaba disfrutando de su té con todos ellos.

—Así que, ¿qué vas a hacer ahora, Ichigo? —le preguntó Nurarihyon.

—Bueno —dijo Ichigo, rascándose la nuca—. Creo que vamos a esperar hasta mañana y luego Inuyasha y yo iremos a la ciudad para buscar algún rastro de esos hijos de puta. ¿Por qué lo preguntas? Estoy seguro de que sabes lo que vamos a hacer.

—Sí, lo sé. Pero aun así es bueno oírlo de ti —dijo Nurarihyon, jugando con el cabello de Youhime.

La verdad era que Nurarihyon no quería dejar que esos dos muchachos se fueran tan rápido. Él y su clan les debían mucho, y en cuanto a sí mismo él les debía su misma vida. Youhime le sonrió brillantemente mientras él el acariciaba el rostro. De alguna manera sentía que si Inuyasha e Ichigo se marchaban de su casa, Youhime también se iría con ellos. El terrible pensamiento se lo comía cada vez que se formulaba en su cabeza, y le costaba mucho deshacerse de él. Si se marchaban, la ausencia de Rikuo, con la que habían estado lidiando estoicamente, se haría más patente en sus vidas. Sabía que ellos no se irían hasta saber de Rikuo, y eso aliviaba un poco la mente de Nurarihyon, que estaba cansado de sentirse inseguro.

—Y después de eso... ¿qué vas a hacer? —le preguntó Kana, insegura.

—Bueno, supongo que Tessaiga nos dirá a dónde ir —le respondió Ichigo mirándola.

—Así es como llegaron hasta aquí en primer lugar ¿verdad? —preguntó Yura, recordando la historia de cómo los dos habían arribado hasta allí.

—Sí. Es una habilidad muy útil... —dijo Ichigo. Bostezó y estiró su cuerpo—. Bueno, creo que me voy a la cama —agregó Ichigo, levantándose de su asiento. Kana y Yura lo miraron sorprendidas.

—Siguen siendo las 9 p.m.

—Con más razón tenemos que ir a dormir —bromeó Ichigo, frotando la cabeza de Kana—. Los niños deben dormir temprano para crecer más, ¿sabes?

—Yo... ¡yo no soy una niña!

—¿De verdad? —le sonrió Ichigo—. Te ves como una.

—Y te comportas como una —observó Yura, bebiendo de su té con los ojos cerrados.

—Y tu pareces una también —le dijo Ichigo a Yura, sin dejar de sonreír.

—¿En serio? ¿Qué debo hacer para no parecer una?

֫—¿Y me lo estás preguntando a mí? ¿Dónde están esas dos mujeres cuando las necesitas? —preguntó Ichigo mirando a su alrededor, incluso cuando sabía que Setsura y Gitsune no estaban allí.

—Será muy triste cuando esos dos idiotas se vayan —le dijo Nurarihyon en voz baja a Youhime, quien asintió con la cabeza.

—Sí, Ayakashi-sama —admitió ella—. Tenemos que tratar de hacer que su estancia aquí sea lo más agradable posible.

—Deja eso para nosotros —dijo Nurarihyon, besándola en la nariz mientras Ichigo seguía discutiendo con Kana y Yura.


Inuyasha estaba caminando afuera, en la parte superior del tren, tratando de evitar el acero y los cables que eran como las venas de esa cosa. Estaba caminando hacia adelante en la parte superior de los compartimentos hacia donde podía sentir la esencia de Naraku. Controlaba su genio, y la rabia por los crímenes de Naraku en esa época. Pero los rostros de Tsurara y el rsto de su gente por Rikuo quemaban en la mente de Inuyasha, y le costaba mucho serenarse. Trató de imaginarse el frío de esas dos, el frío de sus cuerpos que le ayudara a enfriar su mente.

Y una vez que estuvo en el compartimento sobre el que podía sentir a Naraku, Inuyasha vaciló. El tren seguía moviéndose en medio de esa enorme ciudad, y por supuesto ese compartimiento estaba lleno de gente. No se le ocurría la mejor manera de entrar en el compartimiento. ¿Rompiendo el techo? ¿Saltar a la calle que corría en dirección contraria y saltar otra vez al tren por una ventana?

Regresó al techo de compartimiento de atrás. Pero no había ninguna unión que él pudiera usar para entrar al compartimiento que quería, pues los vagones estaban unidos por algún metal que se retraía y alargaba según las curvas por las que el tren pasaba. Suspirando, Inuyasha saltó al suelo desde el tren, aterrizó en el suelo del exterior y saltó de nuevo hacia el tren en movimiento para meterse en él por una de las ventanas abiertas.

Aterrizó girando y se encontró agachado en un compartimento como aquel donde había dejado a Gitsune y Aoi hacía rato, y vio cómo todas las personas allí lo miraban con asombro. ¿Un hombre extraño vestido todo de rojo acababa de entrar en su compartimento por una ventana, con el tren a toda velocidad? Inuyasha reprimió un bufido de impaciencia.

—¿Estás bien?

Una bella joven le preguntó eso, inclinándose solícita ante él e Inuyasha la miró bien. Ella tenía el largo cabello púrpura oscuro, recogido en dos colas; sus ojos eran amables y de una especie de color verde. Llevaba una falda azul a cuadros y una especie de hitoe azul sobre su camisa blanca. Ella también llevaba esas cosas negras llamadas 'pantimedias' hasta sus muslos. O al menos esa era la forma en la que esas cosas se llamaban según Inuyasha podía recordar. Esa chica estaba parada ante él delante de uno de esos cómodos sillones ante los que él había aterrizado, y a su lado estaba otra chica que iba con ella, y ahora ambas estaban de pie frente a él. Su amiga tenía el mismo aspecto y ropa que ella, a excepción de su cabello, que era de color amarillo y que estaba atado en una cola de caballo. No llevaba medias de negro, pero las suyas eran blancas y le llegaban hasta las pantorrillas. Y sus ojos eran azules y desconfiados.

Y de alguna manera, Inuyasha sentía como si las hubiera visto a las dos en algún lugar.

—Estoy bien —dijo Inuyasha luego de inspeccionarlas. Se levantó y caminó decididamente hacia la puerta que conectaba ese compartimiento con el compartimento en el que sabía que estaba Naraku.

—¿Estás filmando alguna cosa o algo así? —le preguntó la muchacha de las colas, por lo que Inuyasha se detuvo rodando los ojos.

—¿Filmando? ¿Qué es eso?

—¿Qué estás haciendo entonces? —le preguntó la chica del cabello amarillo—. Esa cosa que hiciste fue increíble.

—¿Y qué fue lo que hice? —le preguntó Inuyasha, dándose de nuevo la vuelta para hablar con ellas.

—¡Acabas de saltar desde el techo hasta el suelo de afuera, y luego de vuelta al tren! —exclamó la chica de cabello amarillo—. No importa qué tan buen atleta seas, lo que has hecho es imposible de hacer.

—Además, tu forma de vestir es muy divertida —le dijo la chica de las colas, riendo con la mano cerca de la boca—. ¿Estás haciendo cosplay o algo así?

—No, maldita sea —rezongó Inuyasha, viendo cómo la gente alrededor de ellos estaba empezando a reunirse para verlo también.

—¿Por qué llevas esas orejas, entonces? —preguntó la chica de cabello dorado, sospechando—. Y ese cabello tan anticuado...

—¿Qué orejas? —preguntó Inuyasha, moviendo las orejas sin poder evitarlo.

—Vaya, se ven tan reales —dijo la chica con las dos colas, acercándose un poco más a Inuyasha y levantando sus manos.

—Maldita sea, ya sé lo que estás tratando de hacer —dijo Inuyasha, aburrido—. Si dejas las cosas como están ahora, te prometo que voy a volver y dejarte que las toques hasta que te canses. Sólo déjame en paz por ahora.

La chica frente a él se quedó en silencio, pensativa. Su amiga del cabello amarillo lo miraba, todavía sospechosa.

—Está bien —dijo al fin la chica de las dos colas—. Pero si no mantienes tu palabra, te juro que te encontraré y te castigaré.

Dijo eso con una mirada pícara, pero encantadoramente linda. Y también moviendo el dedo índice de su mano levantada de un lado a otro, remarcando sus palabras. Inuyasha estaba pasando por un mal momento para no reírse.

—Bien…

—Yo soy Toujou Nozomi, por cierto —le dijo la chica, bajando su mano y sonriéndole—. Ella es mi estricta amiga, Ayase Eli.

Eli inclinó un poco la cabeza cuando fue presentada, pero su mirada de desconfianza seguía presente. Mientras tanto Nozomi había extendido el brazo derecho para ofrecerle su mano a Inuyasha.

—¿Qué?

—¿No sabes lo que es esto? —le preguntó Nozomi, sonriendo más al notar que realmente él no sabía cómo hacer cuando se presentaban—. Sólo toma mi mano…

Inuyasha tomó la mano que ella le ofrecía en la suya. La mano de ella era suave y blanca, e incluso sentía que podía aplastarla en la suya si quería. La sonrisa en el rostro de ella era hermosa mientras él sentía el tacto de ella en lo aspero de su mano.

—¿Y quién eres tú? —preguntó Eli, cruzando los brazos bajo sus pechos.

—Inuyasha —dijo él, mirándola—. Más tarde, entonces —agregó Inuyasha, soltando la mano de Nozomi y girando de nuevo para salir del compartimiento.

Una vez que Inuyasha desapareció detrás de la puerta, Nozomi regresó a su sillón con Eli, mientras que las otras personas a su alrededor estaban charlando sobre lo que pasó.

—¿Entonces? —le preguntó Eli, sentándose con Nozomi y cruzando las piernas—. ¿Es eso lo que tus cartas predijeron?

—Supongo que sí —dijo Nozomi sentada con Eli—. Una predicción muy exacta, ¿no?

—Ese muchacho era un poco rudo —dijo Eli, mirando por la ventana. Lo habían visto aparecer desde el techo del tren cuando saltó desde allí hasta la calle, y luego él saltó como si nada de vuelta al tren—. Lo que hizo fue increíble.

—Yo creo que era lindo —dijo Nozomi, mirando por la ventana—. Nunca pensé que lo que me dijeron mis cartas sobre un encuentro del destino llegaría a ser algo como esto. Si no hubiéramos ido al distrito Ukiyoe por ese paseo, tal vez no lo hubiéramos encontrado.

—¿Entonces estás feliz de haberlo conocido? —le preguntó Eli.

—Sí... —respondió Nozomi después de una pausa—. Espero que lo podamos volver a ver pronto.

Ella sonrió de nuevo, y se apoyó en su sillón para que la velocidad del tren se llevara sus pensamientos de nostalgia, mientras apretaba con fuerza la kotodama que estaba dentro de su mano derecha.


—En verdad eres una molestia, Inuyasha.

Naraku estaba sentado en uno de los sillones de ese tren, rodeado de un grupo de seres humanos vestidos con traje negro. Incluso el mismo Naraku llevaba un traje que sin duda tenía un aspecto horrible en él.

—¡Cómo si me importara una mierda lo que piensas! —gritó Inuyasha con una mano en la empuñadura de Tessaiga. Los hombres que rodeaban a Naraku se levantaron y apuntaron a Inuyasha con esos pequeños cañones que escupían proyectiles.

—Ahora debes calmarte, Inuyasha —le dijo Naraku de pie mientras sonreía—. Este tren está lleno de gente inocente. ¿O tal vez ahora no te preocupas por ellos?

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Inuyasha, furioso. El recuerdo de su último encuentro en lo alto del edificio de la base de su clan Genkaku estaba todavía cabreando a Inuyasha, que había quedado fuera de combate luego que Aizen lo hubiera atacado, y esa situación llevó a que Rikuo cayera en sus manos. Irónicamente, Inuyasha pensó que resultó algo bueno no haber roto el techo para entrar. Quizás Naraku habría explotado o algo peor.

—Le hice una visita a un amigo —dijo Naraku, tan comunicativo como as últimas veces—. Sousuke y yo estamos arreglando las cosas para tener... ayuda, en nuestro negocio.

Eso no le hacía ningún sentido a Inuyasha, y no sabía de lo que estaba hablando ese bastardo.

—Pero una vez que terminé estaba a punto de regresar a mi casa —dijo Naraku pareciendo reflexivo—. Y te encontré aquí. ¿Es el destino, tal vez?

—Si es tu destino, mejor no tratar de escapar de él, ¿verdad? —dijo Inuyasha, desenvainando a Tessaiga en medio de chispas y luces ante la mirada atónita de los guardaespaldas humanos de Naraku.

—Sigues tan imprudente como siempre —le dijo Naraku con calma, mientras el resto de sus hombres se levantaban de sus asientos en todo el compartimento y le apuntaban con sus armas a Inuyasha. El compartimiento realmente estaba lleno de tipos trajeados de negro, pero Inuyasha estaba seguro que sólo eran humanos. Estaba desorientado en por qué Naraku podría necesitar una escolta de humanos tan grande. No se lo podía explicar.

—No puedo pensar en alguna manera para que tengas a estos estúpidos humanos a tu lado —ladró Inuyasha—. ¿Estás controlándolos de alguna manera?

—No, en absoluto, mi idiota amigo —dijo Naraku burlonamente—. Ellos están de nuestra parte por su propia voluntad.

—¡Así que por su propia voluntad han elegido morir!

Inuyasha dijo eso, pero cuando cargó hacia Naraku, Inuyasha evitó golpear a esos hombres. Una actitud que los hombres de Naraku no se lo agradecieron de la manera apropiada: abrieron fuego contra Inuyasha, quien tuvo que dar vueltas en el aire y agitar su espada para esquivar las balas que impactaron en la pared y las ventanas del compartimiento...


Gitsune y Aoi estaban sentadas en el mismo asiento, mientras esperaban que Inuyasha regresara. Y de vez en cuando se miraban y se sonreían espeluznantemente. Aoi había decidido obedecer a Inuyasha a su pesar, pues reconocía del peligro que podría estar pasando. Además no se sentía como desafiando lo estricto de su voz, tan preocupada por su seguridad, y eso zanjó su comportamiento.

—Así que, niñita —le dijo Gitsune, para ver con diversión la vena en la sien de Aoi—. ¿Cómo conociste a Inuyasha?

—En primer lugar, no me llames 'niña' —dijo Aoi, sonriendo también—. ¿No tienes acaso mi misma edad?

—Por supuesto que no, pequeña —respondió Gitsune, cruzando los brazos y las piernas y haciendo mover sus enormes pechos—. He vivido más de lo que podrías pensar.

—Yo no lo dudo —dijo Aoi, mirando a Gitsune.

—¿Y? Respóndeme.

—Lo conocimos hace unos días —dijo Aoi, cruzando las piernas también—. Era un tipo muy raro que le tocó las piernas a Nana-san justo después de conocerla.

—Típico de él —se rio Gitsune, sinceramente—. Supongo que sabes que él no lo hizo a propósito, ¿no?

—Nos costó aprender que no era más que un estúpido —dijo Aoi, sonriendo también y recordando su propia experiencia con Inuyasha y sus arranques—. Llevaba la misma ropa que ahora y pensamos que era un cosplayer o algo así. Sus amigos estaban con él y trataron por todos los medios de evitar que nos muestre sus orejas —recordó Aoi—. Pero ese estúpido me sacó del tren, cuando fui a reclamarles para saber lo que le hicieron a Nana-san.

—Así que fue tu culpa —le dijo Gitsune, con el brazo izquierdo en el brazo de la silla y la cara apoyada en la mano.

—¡Por supuesto no! —se escandalizó Aoi, pero sin poder evitar la sonrisa en su cara con el recuerdo—. Me dejó en la orilla del río en nuestro camino hacia el distrito Kabuki. Yo estaba furiosa. Estuve caminando a la estación más cercana, pero él vino a buscarme otra vez y me llevó de vuelta al tren, sólo corriendo y saltando. Y se disculpó conmigo —la sonrisa de Aoi creció aún más—. Así es como supe que él es algo más que un simple humano.

—Él es un Youkai, querida —dijo Gitsune mirando por la ventana—. Un Youkai muy fuerte. Una leyenda viva incluso entre nosotros.

—¿Eres una amiga suya? —le preguntó Aoi—. ¿Cómo sabes todo eso?

—Bueno —dijo Gitsune, mirando a Aoi de nuevo—. Estaba visitando a un clan, amigos míos, y él estaba allí. Él era tan grosero y obstinado... y divertido. A pesar de su aspecto y su comportamiento puede ser muy encantador.

—Dímelo a mí —dijo Aoi, sin pensar—. Desde que lo conocimos Nana-san y yo no podemos hablar de ninguna otra cosa...

De repente se dio cuenta de lo que había dicho y se sonrojó hasta alcanzar el color de su pelo.

—¡Bueno! ¡No es como que tengamos cosas más interesantes de las que hablar, ya sabes!

—Te entiendo perfectamente, niña —dijo Gitsune. Miraba por la ventana de nuevo.

—¿Crees que lo que está haciendo es peligroso? —preguntó Aoi, repentinamente preocupada. Gitsune exhaló una especie de aburrido suspiro.

Se le estaba haciendo tarde. ¿Qué estaba haciendo para que se le hiciera tan tarde? Gitsune estaba empezando a preocuparse, cuando un repentino temblor se pudo oír desde los compartimentos de la parte delantera y se pudo ver humo que estaba siendo dejado atrás a medida que el tren se movía.

—Esa es tu respuesta, querida.

—¿Qué rayos? —preguntó Aoi, alarmada con el temblor y el humo que pasaba por las ventanas. Se levantó de su asiento, al tiempo que trataba de tranquilizar a los que estaban con ellas en el compartimiento. Luego se dirigió resueltamente a la puerta delantera para ir tras ese tarado pero…

—¿Qué no lo oíste, Aoi? —le preguntó Gitsune, pronunciando el nombre de Aoi con algo de sarcasmo, al tiempo que la detenía de abrir la puerta—. ¿No te dijo el hombre que no te movieras de aquí?

—¡Como si fuera a hacerle caso! —protestó Aoi, algo indignada—. ¡Déjame!

—En otras circunstancias no me importaría lo que te pase —le dijo Gitsune con calma—, pero esta no es una de esas ocasiones. Si Inuyasha quiere mantenerte a salvo, aquí te vas a quedar.

—¿Pero qué está haciendo? ¿Este estropicio es cosa suya?

—No lo dudes, querida —habló Gitsune, sonriendo ante la estupefacción de Aoi—. Él es ese tipo de hombre.

—¡Déjame ir! —insistió Aoi, tratando de soltarse—. ¡Podría necesitar ayuda!

—No es una pelea que tu pudieras manejar —le respondió Gitsune, sin burlarse esta vez—. Pero me encargaré que sepa de tus intenciones. No te preocupes —añadió, al verla desesperada—, yo iré a ayudarlo.

Ante la mirada de Aoi, Gitsune hizo aparecer sus colas de su espalda baja, y perforó con ellas el techo con gran estruendo, alarmando a todos, y luego, sin que Aoi apartara la asombrada vista de ella, saltó por el agujero al aire libre del techo del tren.

Aoi se quedó en el compartimiento mirando el hueco en el techo, totalmente asombrada. ¿Qué mundo era ese, en el que Inuyasha vivía? ¿La chica aparentemente normal era otra Youkai? Aoi volvió en sí cuando notó que había periodistas en su vagón. Seguramente estaban yendo por una coincidencia en el mismo vagón que ellos.

—¡No se preocupen! —afirmó Aoi, tratando de tomar el control ante el miedo de la gente, cuando más explosiones sonaron desde adelante—. ¡Vamos a arreglar esto!

Deseando con todas sus fuerzas que así fuera, Aoi se armó de valor y abrió la puerta del compartimiento para avanzar adelante y hacer que los pasajeros se introdujeran en los compartimientos de atrás por su seguridad. Deseaba con todas su fuerzas que todo se arreglara, y que esos dos estuvieran bien.


—¿Qué es eso?

Eli y Nozomi se abrazaron la una a la otra cuando oyeron los disparos, que al principio pensaban que eran fuegos artificiales o algo así. Pero lo que no esperaban era el temblor a sus pies. O el rayo de luz amarillo que vieron por la ventana y que apareció a ambos lados del compartimiento que tenían delante hacia la calle. Tampoco esperaban el humo que comenzó a salir de allí.

—No lo sé —respondió Eli, asustada.

—Tenemos... Tenemos que ir a ver —dijo Nozomi, tan asustada como Eli.

—¡Nozomi! ¡Eso es muy peligroso!

—¡Pero…!

Nozomi no podía explicarse. Sólo conocía a ese chico por unos minutos y ahora estaba muy preocupada por él. Él acababa de entrar en esa habitación que estaba en frente de ellas y de donde las explosiones y los disparos habían salido.

Nozomi no pudo resistirlo más, así que se levantó de su asiento, se dirigió a la puerta y la abrió. Encontró que detrás había una pequeña habitación que unía su compartimiento con el siguiente. Así que se acercó a la siguiente puerta y la abrió también.

Inuyasha estaba allí, de pie delante de ella con el viento agitando su cabello plateado y con una enorme espada en sus manos. Esa espada era tan grande, que incluso parecía más grande que ella. Todo el techo había desaparecido, y los alrededores del tren en su marcha a la siguiente estación eran visibles y su luz bañaba las ruinas del compartimiento. Por el ahora inexistente techo se podía ver los edificios, los postes de luz, la gente, y el cielo, libre de la nube púrpura que dejaron atrás hacía rato.

—¿Estás bien? —le preguntó ella a Inuyasha, preocupada.

—Estoy pensando seriamente en no hablar más con las mujeres —dijo Inuyasha, sin volverse para verla—. Eres una temeraria.

—¿Qué hay de ti? —le preguntó Eli, que había seguido aterrada a Nozomi y la estaba sosteniendo cerca para no dejarla caer con las sacudidas del tren.

—Yo sé lo que estoy haciendo.

—¿Destruir el techo del tren es tu idea de saber lo que estás haciendo?

—Sólo háganme un favor —dijo Inuyasha, volviéndose al fin. Nozomi y Eli vieron la ira y la preocupación de sus ojos dorados cuando les ordenó—: Vuelvan a sus malditos asientos.

—Pero…

—No lo voy a decir dos veces —siseó Inuyasha, dándose de nuevo la vuelta para enfrentarse a lo que sea que estuviera detrás de esa nube de polvo y humo.

—Sólo si prometes mantener tu palabra, Inuyasha —le dijo Nozomi, caminando un paso hacia él, con mucho miedo.

—A día de hoy nunca he fallado en eso —dijo Inuyasha sonriendo. Aunque ellas no podían ver más que su ondeante cabello.

—Es una promesa, entonces.

—Sí. Y ustedes dos tienen que decirme por qué sus caras están pintadas en las paredes de los edificios y en este tren —dijo Inuyasha. Luego de volar en pedazos el sitio, al fin había recordado dónde vio los rostros de ellas antes.

—Vas a estar muy sorprendido —le dijo Eli, tirando de Nozomi al lugar donde los compartimentos se unían—. ¡No olvides tu promesa!

—No lo haré.

Con un sentimiento de preocupación, Nozomi y Eli regresaron a sus asientos en el otro lado, pero dejaron la puerta abierta. Al entrar allí ellas trataron de explicar a la gente de su compartimento lo que sucedió cuando de repente uno de ellos gritó y señaló hacia la puerta. Nozomi y Eli se volvieron para ver a través de ella cómo Inuyasha estaba de pie en la puerta del otro lado, y agitando su gran espada cortó la articulación de acero, cables y hierro que unía los compartimientos, todo ello destruido con un mandoble. Vieron cómo el compartimento del tren en el que estaban comenzó a quedarse atrás, junto a los demás que arrastraba, y cómo el compartimento de él seguía unido a la locomotora principal que lo jalaba desde más adelante.

Las miró desde su posición después de notar la mirada impotente de ambas sobre él, y agitando su mano en despedida, se volvió para enfrentar lo que estaba en ese tren.

Antes de que pudieran hacer nada más que respirar, desde la puerta se dieron cuenta de que estaban ralentizando su velocidad, y vieron con asombro cómo una chica con largo y negro cabello y vestida con un uniforme de marinera negro de alguna escuela, saltaba hacia el tren en movimiento de un solo compartimiento que había frente a ellas.

Nozomi y Eli se quedaron en los compartimentos que se iban quedando atrás. Ambas se arrodillaron en la puerta para ver que el tren desaparecía en una curva.

—Espero que ese idiota esté bien —dijo Eli, todavía temblando por todo lo que pasó, totalmente nuevo para ella.

—Oh, lo estará —dijo Nozomi, sonriendo a pesar de sus temores—. Hasta ahora mis cartas no me han mentido, y él va a estar bien para demostrar eso.

Miró la kotodama en su mano y luego a Elí, quien le sonrió y la abrazó. Ella realmente lo necesitaba.


—Naraku, eres un hijo de puta...

—Inuyasha, debes reponer tu arsenal de insultos —le dijo Naraku emergiendo del agujero en el compartimento donde el Viento Cortante lo había dejado.

—Me vas a decir lo que están planeando... —dijo Inuyasha, furioso.

Las cosas habían pasado más rápido que lo que jamás podría haber pensado. Después de que esos hombres comenzaran a disparar contra Inuyasha y viendo que no le podían acertar, Naraku perdió la paciencia y una vez más explotó dentro del compartimiento. Todos los hombres en su interior murieron debido a la conmoción o salieron del tren por la fuerza de la explosión. E Inuyasha, furioso, utilizó el Viento Cortante contra Naraku, destruyendo así el resto del compartimiento. Luego llegaron esas dos niñas, y por poco su seguridad estaba preocupando aún más a Inuyasha que su propia vida.

—¿Quiénes eran esas dos hermosas niñas, Inuyasha? —le preguntó Naraku, para quien ese lapso no había pasado desapercibido.

—No lo sé, estúpido.

—Pero a mi me parecía que ellas te conocen muy bien —observó Naraku, flotando frente a Inuyasha, ahora con su atuendo habitual de mandril.

—¡Inuyasha!

Al oírla, Inuyasha giró para recibir a Gitsune en sus brazos, mientras ella caía hacia él desde el cielo.

—Mujer estúpida. ¿No te dije que te quedaras en esa cosa?

—Oh, ¿realmente creías que te iba a esperar así como así? —preguntó ella abrazándolo con fuerza—. Todavía me debes lo de esta noche...

—Supongo que sí, después de limpiar este desastre —dijo Inuyasha—. ¿Qué pasó con Aoi?

—La hice quedarse en el tren después de que empezó a perder velocidad. La niñita estaba muy preocupada por tí. ¿Fuiste tú quien separó las uniones?

—Sí.

—No tienes remedio.

—Tampoco voy a buscarlo.

Estaba muy aliviado de ver que Setsura estaba a salvo junto a él. Inuyasha la soltó y se volvió otra vez para mirar a Naraku, que sonreía aún más. Pero su sonrisa no era de burla, sino de una mueca que no pasaba por sonrisa.

—Al no tener a Kagome ni a Kikyō aquí ya estás haciendo de las tuyas, ¿no? —preguntó Naraku, mientras los tentáculos aparecían de debajo de su traje de mandril blanco.

—¡Eso no es asunto tuyo! —gritó Inuyasha preparando a Tessaiga, y sin estar seguro de lo que Naraku estaba hablando.

Pero lo que dijo Naraku no escapó a los oídos de Gitsune. ¿Kagome? ¿Kikyō? ¿Quiénes eran esos nombres? ¿Y por qué Inuyasha de repente parecía aún más furioso que antes?

—Estúpido Hanyou —dijo Naraku, sonando molesto por primera vez desde Gitsune lo conoció—. De alguna manera te las arreglas para hacer lo que quieras.

Los tentáculos atacaron, e Inuyasha agitó su espada para destruirlos, y Gitsune liberó sus colas para que sus poderes se liberaran. Saltó e interceptó los tentáculos con sus colas, destruyéndolos con mucho esfuerzo. Luego aterrizó y se puso de nuevo junto a Inuyasha, espalda con espalda, y él sonrió satisfecho.

—¿Impresionado, amor? —preguntó Gitsune, apretando el rostro de Inuyasha con una de sus suaves colas.

—Nunca lo sabrás —dijo Inuyasha, sonriendo y sin prestar atención a lo que decía. Saltó contra Naraku y llevó su espada a su espalda para cortarlo en dos, pero se detuvo cuando Naraku sacó a un humano vestido como Nana y Aoi con uno de sus tentáculos.

—Ingenuo como siempre...

—¡Y tú eres un cobarde como siempre!

Naraku se rio y lanzó al conductor del tren hacia la calle de afuera, con el enorme trasto aún en movimiento. Desesperado, Inuyasha vio que seguían deslizándose por unas vías altísimas en lo alto de esa condenada y enorme ciudad y el pobre hombre quedaría hecho trizas al impactar el suelo.

—¡Yo voy por él! —exclamó Gitsune.

Besó a Inuyasha en la mejilla, lo que hizo que él y Naraku abrieran mucho los ojos luego de presenciarlo. Inuyasha se sentía como si acabara de renacer de nuevo. Sabiendo que ya no quedaba nadie con él y Naraku en ese tren, gritó en voz alta mientras Gitsune saltaba del tren con un salto para atrapar al hombre que caía hacia afuera.

¡Kaze no Kizu!

Naraku maldijo y el Viento Cortante se estrelló contra él destruyendo su cuerpo y los restos del tren. Inuyasha saltó cuando la explosión creció debido al combustible cuerpo de Naraku en el interior del tren.

El tren se detuvo por fin, ardiendo como el mismo infierno. Inuyasha aterrizó en el suelo de asfalto y luego se metió en el tren de nuevo, ya que podía oír gritos y sirenas alrededor. Incluso podía sentir un objeto volador que se acercaba ruidosamente por detrás de esos edificios.

Una vez que estuvo en la chatarra restante que ahora era ese tren, Inuyasha buscó a Naraku, aun cuando sabía qué la cosa con la que estuvo hablando todo ese tiempo era el títere quemado que estaba ahora en sus manos. Se molestó mucho más cuando notó el barullo de los humanos afuera, que hasta hacían brillar esas cosas que llamaban celulares y los apuntaban al tren en llamas.

Maldiciendo, Inuyasha saltó de allí antes de que los seres humanos y su desorden y ruido llegaran allí.


Setsura abrió los ojos al oír el alboroto afuera de la habitación que compartía con Kejouro. Se levantó rápidamente y salió afuera. Los miembros del clan estaban corriendo de aquí para allá, exclamando sobre lo que acaban de escuchar en las noticias locales a tan tardías horas y despertando a todos. Así que Inuyasha lo había hecho de nuevo, por lo que se podía oír. Él y Gitsune habían sido vistos, uno en el centro de un ferrocarril ardiendo y la otra atrapando a un hombre cayendo desde lo alto de las vías de ese tren.

Luego de oír lo que le contaron y de verlo por sí misma en la televisión, Setsura estaba preocupada por ellos. Y al mismo tiempo estaba alegre, pero ella no quería reconocer que su felicidad era porque la cita de esos dos no había marchado como se suponía. Se sentía muy mal por dejar que su mente la hiciera pensar así.

—¡Ese idiota no puede estarse quieto sin provocar un desastre! —exclamó Ichigo, saliendo de la habitación que compartía con Inuyasha.

—¿Qué pasó? —preguntó Tsurara, acomodándose su bufanda sobre su cuello y vestida en su pijama.

—Al parecer Inuyasha y Gitsune-san se encontraron con problemas en la ciudad —explicó Kejouro en camisón—. ¿Estabas durmiendo, Tsurara-chan? Esos dos la han hecho grande esta vez.

—Sí. Cuando regrese, me las va a pagar…

—Iré a buscarlo —dijo Ichigo rápidamente, en parte porque estaba agradecido por tener algo que hacer. Ese día de no hacer nada lo estaba matando.

—Eso no será necesario —dijo Setsura, feliz por su hija al comprobar que no había recaído en la depresión, y segura de lo que estaba diciendo—. Esos dos vendrán muy pronto.

Nurarihyon apareció, y parecía como si hubiera sido interrumpido en medio de una batalla.

—¿Ese muchacho otra vez? —dijo él, moviendo la cabeza con resignación—. Supongo que si no iba a ser esta noche, eso pasaría mañana.

—Sí —admitió Ichigo sentado en el césped del patio, mientras que Kana y Yura se acercaron a él bostezando—. Él no habría destruido ese tren si no fuera absolutamente necesario. De modo que Naraku o Aizen estaban allí, o alguna de sus extensiones.

Se quedaron en silencio. Nadie se atrevía a sugerir que quizá Rikuo estuviera allí, o que quizá Inuyasha hubiera obtenido alguna pista de su paradero. Nadie podía encontrar el valor para sugerirlo. Eran las 3 de la madrugada. Ninguno de ellos había pensado que las cosas pasarían así justo en esa noche, cuando algún tipo de certeza común les había dicho a todos que las cosas se estaban calmando un poco.

Y Setsura estaba tan nerviosa que se acercó a la puerta principal de la casa y se quedó allí, esperando que esos dos regresaran pronto.


Inuyasha encontró a Gitsune por su olor poco tiempo después de haber dejado los restos del tren detrás. La encontró en una calle llena de gente, donde ella se había mezclado con los ciudadanos para no llamar atención no deseada. Ella estaba tan contenta de verlo feliz, al saber que ella se las arregló para salvar a ese hombre de una muerte segura, que ella misma estaba feliz por eso. Si Inuyasha iba a regalarle esa mirada por cada vez que salvara a un ser humano, Gitsune sentía que podía hacerlo más a menudo.

Inuyasha la guio a un callejón solitario donde la dejó subir a su espalda para irse a casa con ella. A pesar de que no tenía ni idea dónde los había dejado el tren, él la llevó en la dirección correcta. Y pronto llegaron a Ukiyoe Town, el lugar que habían dejado en primer lugar.

—Quiero ver la cara de Setsura cuando le cuente nuestra aventura —dijo Gitsune, presionando su cuerpo contra la espalda de Inuyasha y apoyando la cabeza en su hombro—. Debe estarse muriendo de preocupación por nosotros.

—¿De verdad? —dijo Inuyasha—. Estoy muy contento de que ella no haya venido con nosotros...

—¿En serio? —le preguntó Gitsune, seriamente—. ¿No querías..?

—Eso fue muy peligroso —dijo Inuyasha, pensando en voz alta—. Ella es muy frágil para estar en situaciones como esa.

Gitsune respiró aliviada. Inuyasha estaba tratando de proteger a Setsura del peligro, y no tratando de tenerla lejos de él. Eso le pareció tan lindo de su parte, que casi ignoró la otra cosa que Inuyasha dijo.

—Entonces, ¿yo no soy frágil? —preguntó ella, tirando de las orejas de Inuyasha.

—Dudo que seas tan frágil como Setsura —dijo Inuyasha, directo como siempre—. Deja de hacer eso.

—¿Así que no estabas preocupado por mí? —preguntó Gitsune, pretendiendo estar molesta.

—Por supuesto que lo estaba —dijo Inuyasha sin dejar de saltar y correr—. Hasta pensé que podía perder esa batalla por la ansiedad por ti.

Sus palabras desarmaron a Gitsune. Se sentía tan contenta, que ella sólo quería tenerlo cara a cara y besarlo hasta que se le cayera la piel, pero se contentó con sólo abrazarlo aún más fuerte y unir su rostro contra el suyo por detrás. Pronto llegaron a la casa principal del Clan Nura e Inuyasha se dirigió hacia ella desde una de las paredes y saltando por encima aterrizó con grandes saltos en medio del patio lleno de gente. A llegar allí, todo el clan estaba hablándole en voz alta a él y a Gitsune, pero él buscaba a Setsura e Ichigo sin dejar de moverse. Estaba a punto de dar su último salto, cuando Setsura apareció en su visión y por poco no la golpeó al frenar.

Y cuando la vio corriendo a su encuentro se veía tan blanca y hermosa, que Inuyasha sentía que quería abrazarla, atraparla en sus brazos y... El viento le mecía su largo cabello y su ropa con gentileza y su rostro demostraba su preocupación por ellos. Sus labios se abrieron en una bellísima sonrisa cuando ella los alcanzó.

—¿Están los dos bien?

Inuyasha se detuvo al fin, ya que su último salto parecía haber durado horas en las que se regaló la imagen de ella al verlos. Y al tenerlo frente a ella, Setsura lo abrazó con fuerza apoyando la cabeza en su otro hombro, al igual que Gitsune estaba haciendo por detrás de él, mientras la cargaba en su espalda.

—Esos dos no pueden ser más obvios —dijo alguien, e Inuyasha lo oyó.

—Por supuesto que lo somos —le dijo él a Setsura, rebosando orgullo y seguridad en sí mismo—. ¿Acaso lo dudabas?

—Ni por un momento —le sonrió ella, separándose de él un poco.

—Te lo dije —dijo Gitsune, susurrando en una de las orejas de Inuyasha.

Feliz, él se separó de Setsura y dejó a Gitsune en el suelo. Se acercó a Ichigo y Nurarihyon sintiéndose un poco mareado, por alguna razón.

—¿Qué pasó? —preguntó Ichigo. Ya tendría tiempo después para regañar a Inuyasha sobre esas dos mujeres.

—Naraku estaba en esa cosa llamada tren —explicó Inuyasha, para que todos lo oyeran—. Ese bastardo estaba como si nada hubiera pasado las noches anteriores, y está haciendo algo con los humanos en esta ciudad.

—¿Es eso así? —preguntó Tsurara, atrayendo la atención de Inuyasha y regalándole una diabólica sonrisa—. No es tan raro. Vimos que tenía Yakuzas bajo su mando en las anteriores noches.

—El problema entonces es descubrir con quién está moviendo sus hilos —dijo Nurarihyon, abrazando a Youhime que acababa de aparecer a su lado—. ¿Gente en el gobierno? ¿El ejército? ¿La policía?

—De cualquier manera tenemos que averiguarlo.

Inuyasha dijo eso convencido. Y más cuando sintió dos pares de brazos aferrados a los suyos.

—Bueno, hijo mío —dijo Nurarihyon, y vaciló antes de seguir—. ¿No…? ¿No supiste nada de…?

Inuyasha agachó la cabeza. Sabía lo que le estaban preguntando y la respuesta era dura de dar.

—No.

—Supongo que no podemos hacer nada más esta noche —reconoció Nurarihyon, resignado, o al menos lo parecía mientras Youhime lo tomaba de un brazo también—, así que recomiendo dormir ahora.

—¿Dormir? ¡Podemos empezar a buscarlos! —gritó Inuyasha, pero un golpe en la cabeza, cortesía de Ichigo, lo hizo callar.

—Iremos mañana —le dijo—. A mí también me gustaría ir ahora —reconoció Ichigo—, pero no puedo seguir preocupándolos aquí.

Dijo eso último en voz baja, sólo para que lo oyeran Inuyasha, Gitsune y Setsura debido a su proximidad a este. Inuyasha suspiró.

—Pues qué remedio —dijo él, y soltándose con suavidad de Setsura y Gitsune, saltó muy alto para aterrizar en el pequeño lago de la casa, levantando muy alto el agua, pero derramando muy poco afuera de él.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ichigo, confundido por semejante costumbre nocturna.

—Sólo se está lavando un poco —dijo Setsura, riendo con una mano cerca de su boca mientras Gitsune también se reía.

—Pues vaya manera de asearse —dijo Ichigo—. ¿Qué no simplemente puedes entrar en la ducha?

—¿Esa cosa que libera agua caliente? —exclamó Inuyasha desde el lago—. No lo creo.

—¡Luchas contra fuego casi todos los días!

—Eso es diferente.

Todos se rieron, y hasta Tsurara sonrió un poco. Si las cosas les iban a ser así de ese momento en adelante, les sería más fácil llevar la preocupación.

Y de repente, un atisbo de inspiración le llegó a Setsura mientras veía embelesada a Inuyasha y cómo flotaba en el agua fría. Estaba tan decidida que deseaba poner en marcha su plan inmediatamente. Había tenido la inspiración, y ahora sólo le faltaba más valor para hacerlo. Pero lo que obtendría valdría el esfuerzo que estaba a punto de poner en ese intento.