Capítulo 10

Mansión Malfoy

Escocia

Hace 16 años

Evelyn escuchó, como en una bruma, el llanto del bebé. En su mente, demasiado atormentada como para pensar con coherencia, apareció fugazmente una señal de esperanza, que murió en el instante.

Debía ser el hijo de Lucius Malfoy y Narcissa Black.

Si hubiera podido sonreír, lo habría hecho. La ironía era espantosa.

Ese niño no habría llegado al mundo si ella no hubiera ayudado a Narcissa en el parto. Sin su sangre, ninguno de los dos habría sobrevivido a ese parto.

La imagen del bebé recién nacido cruzó por sus recuerdos. Blanco. Furioso. Parecía un pequeño dragón echando fuego por la boca, de tan enfadado que estaba por haber nacido.

Un bebé recién nacido.

El dolor era tan grande que se encogió sobre sí misma en agonía, sobre el duro suelo de piedra.

Su cuerpo, exhausto y adolorido, parecía anestesiado de tanto dolor. Y su mente, que seguía intentando aferrarse a las últimas briznas de cordura, le gritaba que se dejara vencer. Sólo su alma, por alguna razón, se negaba a morir.

Tendida en la helada superficie húmeda de agua y sangre, recordó el consejo de Dumbledore. Aquel que le dio un día en que le gritó, siendo una tonta adolescente de quince años, que quería ser normal y no una cazadora.

"Ten cuidado con lo que deseas. Puede volverse realidad."

Llevaba ocho meses siendo normal. Sin fuerza extrema. Sin reflejos. Sin rapidez. Sin su lazo con Mathew. Viva, sí, pero sin ninguna de esas cosas que la habían transformado en la peor enemiga que Voldemort habría deseado tener jamás.

El muy hijo de puta lo había logrado.

Al final, consiguió lo que había intentado hacer desde que salieron de Hogwarts, nueve años antes.

Los había separado. Físicamente y mentalmente, ocho meses sola. Ocho meses sin sentir su presencia. Su voz en su alma, en sus sueños, en su mente. Ocho meses sin sentir su mano en su rostro.

Una lenta agonía de muerte que Angelus había completado a su modo las últimas tres semanas. ¿O habían sido tres vidas? No lo recordaba. El tiempo que hubiera sido, era una mezcla de escenas de todos los tipos de tortura que ella conocía. Física y mental. Hasta que tres días antes le había dado el golpe de gracia.

Y con esa sonrisa de monstruo sin alma, se llevó en sus brazos la única razón por la cual ella no había muerto ocho meses atrás.

La única razón por la cual el veneno que tan brillantemente Severus Snape había creado para matarla, no había servido.

La puerta de madera maciza se abrió de golpe y la luz que entró del exterior recortó la silueta delgada de un hombre. Tenía los ojos tan hinchados por los golpes que apenas si quedaba una rendija a través de la cual poder mirar, pero le alcanzaba para distinguir a Spike.

No le importó.

Nada le importaba.

El vampiro se acercó a ella con su andar despreocupado de quien sabe que es poderoso e inmortal. De quien no tiene que preocuparse por nada que no sea lo que él quiere.

Evelyn sabía lo que Spike quería. Y una gran parte de ella agradeció que apareciera porque por una vez, ella y ese vampiro, querían exactamente lo mismo.

Spike se paró a su lado y la miró de costado, con la ceja levantada y un gesto burlón en la boca. Estaba riéndose de ella. Saboreando por adelantado porque iba a aumentar su cuenta de cazadoras muertas a tres.

Evelyn cerró los ojos y agradeció porque finalmente, luego de más de una década luchando, todo iba a terminar.

Sin embargo, el alivio por el que oraba no llegó. Spike se quedó allí parado, sin moverse, sólo mirándola.

- Qué desastre – dijo entre dientes, con desprecio.

Otros pasos entraron en el cuarto y la voz de Severus Snape sonó susurrante y ansiosa.

- Angelus viene para acá.

Spike hizo un chasquido con la lengua, denotando enfado o fastidio.

- Llévatela – le ordenó.

- ¿Ya la… mataste? – preguntó el joven, con voz ahogada.

Spike se giró y lo miró con tanta fijeza que Snape dio un paso atrás, atemorizado.

- Yo no mato cazadoras que están prácticamente deshechas. ¿Dónde está la diversión si ella es apenas un despojo? – dijo con desprecio. – Quiero que la lleves adónde te indiqué. Ahora que se ha desembarazado de ese mocoso, se recuperará. Y cuando sea ella de nuevo, la mataré como me gusta hacerlo - se giró y la miró desde su altura .– Luchando.

Snape se apresuró a acercarse a ella, que intentó apartarse de sus manos.

- No… me… toques – murmuró.

El joven se quedó congelado un segundo, azorado. Tal vez no esperaba que estuviese despierta. O viva.

Recuperándose de la impresión, la tomó en brazos y la levantó sin mayor esfuerzo. Había perdido mucho peso en las tres semanas transcurridas desde que Angelus la había atrapado y la había llevado a esa casa.

Y mucho más peso tres días antes.

Severus la apretó contra su pecho y salió con rapidez del cuarto, dirigiéndose hacia la izquierda. El retumbar de su corazón hablaba de miedo. Y su respiración agitada confirmaba que el mago temía que el vampiro al que estaba desafiando al aliarse con Spike, lo alcanzara.

La llevó hasta un pasillo oscuro y alejado y, depositándola en el suelo, la examinó con ansiedad, buscando alguna señal en ese rostro que le indicara que todavía estaba a tiempo.

- Resiste, Evelyn – dijo, apremiante –. Yo… voy a arreglar esto. Voy a sacarte de aquí. Estarás a salvo.

La joven abrió su ojo derecho todo lo que pudo y clavó su pupila dorada, que ahora estaba rodeada de sangre, en el muchacho que una vez consideró casi un amigo. El mismo que había creado la pócima que había desencadenado todo lo que había vivido los últimos ocho meses.

- Él… va a… matarte – susurró.

Severus se enderezó, alarmado.

- El señor Oscuro no sabe lo que estoy haciendo. Él cree que soy un fiel servidor.

Evelyn sintió en los dedos de las manos algo que, mientras estuvo tirada en el piso de su celda, no había notado. Un viejo hormigueo que había desaparecido el día que el complicado veneno creado por Severus entró en acción. El hormigueo de su fuerza.

Y entonces, se dio cuenta.

De alguna manera, la fuerza que había perdido, estaba aflorando. Tal vez alcanzara para hacer una última cosa.

Haciendo un esfuerzo que le resultó hercúleo, intentó ponerse de pie, pero esa fuerza que había creído percibir parecía apenas suficiente como para sostenerla. De un golpe apartó la mano que intentaba sostenerla derecha contra la pared y miró a Snape.

- No él – dijo entrecortado, tratando de obtener aire suficiente. – Mathew.

Snape frunció el ceño y apretó los labios.

- Me temo que él ya no es capaz de cobrarse nada con nadie.

Algo helado le recorrió el alma.

Mathew no estaba muerto.

Ella lo sabría. Sabría algo así. Aún cuando llevaban ocho meses sin ese lazo, ella podía sentir que él todavía vivía. Sentía su furia y su desesperación. Y su increíble dolor.

- ¿Qué quieres decir?

Snape miró el suelo,

- El Señor Oscuro… lo capturó ayer… - hizo una pausa. – No sé si todavía viva.

Evelyn sintió que el aire desaparecía y trató de tragar, pero tenía demasiadas heridas en la boca y la garganta como para que su hinchado organismo le permitiera algo tan básico.

Era mentira.

Mathew no estaba muerto.

- ¿Dónde…? – intentó enderezarse un poco más. - ¿Dónde lo… llevó?

Snape miró a los costados, impaciente.

- Aquí. Lo trajo aquí. Estaba… en uno de esos cuartos – señaló hacia el final de corredor. – Escucha, no tenemos tiempo. Debemos irnos – metió la mano en el bolsillo y sacó un reloj de bolsillo. - Tengo este traslador que nos llevará directo hasta el cuartel de la Orden. Dumbledore nos está esperando.

Evelyn miró hacia el final del pasillo y agudizó el oído.

No había sonido alguno desde ese lugar. Aunque sí escuchaba sonido de batalla desde el lado contrario. Desde el lugar de donde Snape la había sacado cargando unos momentos antes. Angelus y Spike.

Intentó conectarse con su esposo, pero su mente estaba demasiado llena de gritos como para poder escuchar nada más.

Mathew no estaba muerto. No podía estarlo.

Pero estaba allí.

Miró a Snape, que sostenía apretadamente en su mano izquierda la cadena del traslador y su varita en la derecha. Y decidió que si iba a morir, sería en los brazos correctos.

Cerrando los ojos, respiró profundo y se concentró, tal y como había aprendido a hacer hacia siglos, en aquella aula que Dumbledore bautizó Salón de Entrenamientos. No necesitaba fuerza para esto. Necesitaba precisión.

Contó hasta diez, abrió los ojos y lanzó el golpe directo a la garganta del mago.

Los ojos de Snape se abrieron, asombrados. Y se derrumbó, al mismo tiempo que ella, sin sentido.

El corazón le latía desbocado por el esfuerzo que había representado golpearlo y, por un par de minutos, se quedó allí sentada, apoyada contra la pared, respirando entrecortadamente.

Abrió los ojos, tomó la varita y el reloj que Snape había soltado al caer, y se puso de pie apoyándose en la pared para avanzar. Sólo tenía una oportunidad y lo sabía. Sólo una más.

Se deslizó con torpeza a lo largo del corredor hasta la última puerta. Debía ser esa. Algo en su interior le decía que era allí. Se detuvo y miró la pesada madera frente a ella.

Voldemort no habría cerrado esa puerta sólo con un hechizo común. Él era inteligente. Con seguridad, habría usado un hechizo que sólo él pudiera abrir. Y para eso, necesitaba algo suyo. Debía abrirse con algo de Voldemort.

Lo bueno de llevar tantos años peleando con ese bastardo era que sabía cómo pensaba. Qué prefería. Qué haría.

Levantó la mano izquierda, que tenía tres dedos espantosamente quebrados y sangraba por las heridas infectadas, y la apoyó en la madera.

Apostaba a que cuando Voldemort usó su propia sangre para crear aquel maldito lazo con ella, cuando tenía cinco años, no pensó que eso podía volvérsele en contra.

- Alohomora – murmuró.

Con un suave zumbido, la puerta desapareció, haciendo que se tambaleara hacia delante al perder el apoyo. Cayó de bruces al suelo y una vez más, el dolor recorrió su cuerpo y atravesó su mente.

Levantó la cabeza con un gran esfuerzo y trató de ver en la penumbra. Había alguien encadenado a la pared más alejada, sentado en el suelo, con la cabeza gacha.

- Mathew – murmuró.

A medias arrastrándose, tardó lo que le pareció una eternidad en llegar hasta el cuerpo de su esposo, que permanecía inmóvil.

Con una mano que temblaba tanto que parecía que iba a quebrarse, le tocó el cabello ensangrentado y, como si el contacto lo hubiera despertado, el hombre levantó la cabeza, con las pupilas llenas de espanto.

- Mathew – susurró de nuevo, con lágrimas corriendo por sus deformadas facciones.

Los ojos del hombre se enfocaron en ella por un momento y se llenaron de lágrimas.

- Eve – murmuró.

Lanzó los brazos hacia delante, como si hubiera intentado abrazarla, pero las cuerdas mágicas que lo detenían impidieron que la tocara.

- Estás viva – grandes lágrimas caían de sus ojos, que también mostraban signos de golpes – Estás viva.

Usando la varita de Snape, lo liberó de sus cuerdas y, en un gesto instintivo, él levantó una mano para tocarle el maltratado rostro, pero se detuvo al darse cuenta de lo que estaba por hacer.

Evelyn soltó la varita, que rebotó por el suelo, tomó esa mano con la suya y la apoyó en su mejilla.

- Está bien, Mathew – susurró – Se ha ido.

La ansiosa mirada del hombre le dijo que quería creerle. Pero le aterrorizaba la idea de que no fuera verdad. Así que se abrazó a él, sintiendo que luego de una fracción de segundo de duda, la estrechaba entre sus brazos con tanta fuerza que no hubo parte de su cuerpo que no gritara de dolor.

Las manos de Mathew le recorrieron la espalda y se detuvieron en su cintura, congelándose. Se separó de ella y la miró, con el rostro demudado de dolor, entendiendo sin palabras lo que había ocurrido. Evelyn, sintiendo que el alma se le partía, lloró con él.

- Lo siento – sus palabras se tiñeron de llanto. – Perdóname, Mathew. Yo… no pude…

Él volvió a abrazarla, cortando lo que iba a decir. Y por lo que pareció toda una vida, lloraron. Sentados en esa celda improvisaba en donde Voldemort lo había torturado por varias horas mientras se preguntaba si ese era el final, lloraron por la vida que nunca tuvieron, por la vida que les tocó. Por la vida que estaba a punto de terminar y lo sabían.

- Qué tierno – dijo la rasposa voz de serpiente de Voldemort a su espalda.

Evelyn se congeló y Mathew levantó la cabeza para mirar de frente al hombre que había signado todo los eventos de su vida.

Trató de enderezarse, tratando de mantener a Evelyn detrás de él. Pero la joven se giró, quedándose junto a él, con la mano derecha entrelazada entre los dedos de su mano izquierda. Pudo sentir que entre ambas manos había un objeto pero no pudo deducir qué era.

- Una escena realmente enternecedora – agregó Voldemort, entrando en el cuarto y encendiendo las luces con un giro de su varita. – Me recuerda esa escultura… ¿cómo era que se llamaba?... ¡Ah, sí! El abrazo de los amantes.

Caminó por el perímetro del cuarto mirándolos, permaneciendo algo alejado. Su costosa túnica meciéndose sobre sus zapatos. Su rostro de serpiente componiendo una mueca de superioridad. Sus ojos rojos llameando en una excitación demente.

- No sé cómo fue que escapaste de tu cuarto pero, la verdad, me alegra. Así podré terminar de una buena vez con lo que, sin duda, ha sido una piedra en mi zapato por demasiado tiempo – se detuvo y, girando, los miró de frente. – Como siempre he dicho, si quieres que algo se haga bien, debes hacerlo tú mismo.

Mathew buscó en su agotada mente algún recurso que los salvara. Y no lo encontró.

La varita que Evelyn había usado para desatarlo estaba demasiado lejos. Y aún si lo que ella había dicho era cierto, obviamente el poder que ambos habían poseído a lo largo de todos los años que habían pasado desde que conjuraron el bargaine, no había regresado como para que lograran salir de allí con vida.

Miró a su esposa y, para su asombro, había calma en esos ojos dorados. Había algo que ella sabía y quería trasmitirle, pero no lo conseguía. Pero sí podía conseguir que él confiara en lo que fuere que estuviese pensando.

Tomó aire y miró a su captor, con un odio profundo oscureciendo el verde brillante de sus ojos apagados.

- ¿Sabes que no terminamos aquí, verdad? – dijo Evelyn, irguiéndose.

Voldemort se quedó con la varita en el aire por un segundo antes de reírse de una manera escalofriante.

- Creo que los colgaré a ambos en una plaza. Ustedes dos muertos serán mi mejor arma de disuasión contra todos esos idiotas que insisten en rebelarse.

Evelyn apretó el traslador contra la mano de Mathew. Sabía que no tenían la suficiente energía para hacer ningún maleficio. O para bloquearlos. Pero no iba a permitir que Voldemort los usara.

- Te veré en el infierno, Voldemort – las palabras salieron con odio de su boca hinchada.

- Ustedes primero – respondió el hombre más temido del mundo mágico, levantando la varita.

- Por mi sangre, por tu sangre – murmuró, recitando aquel viejo hechizo que ella y Mathew crearon tanto tiempo atrás.

El hombre, a su lado, la miró a los ojos.

- … vivimos juntos, morimos juntos…

Voldemort, desconcertado, dudó.

- … lo que nos une es lo que nos mantiene – murmuró Evelyn.

- … y mantiene lo que de nosotros proviene – terminó Mathew.

Lord Voldemort frunció el ceño y sonrió desdeñoso.

- Avada Kedavra – exclamó.

Mathew cubrió a Evelyn con su cuerpo, pero la mujer logró que quedaran de costado, recibiendo ambos el rayo verde que emergió de la varita de Voldemort.

Sin un solo sonido, se desplomaron.

Una intensa satisfacción creció dentro de Voldemort. Lo había logrado.

Ahora sólo quedaba un cabo suelto por atar y el mundo sería suyo.

Pero antes se desharía de Angelus y Spike. Esos dos habían sido más una molestia que otra cosa, peleando por lo que querían hacer con la Cazadora. Sin darse cuenta de que el único que tenía el derecho a decidir el destino de Evelyn Bright siempre había sido él.

Iba a girarse para salir del cuarto, dispuesto a ordenarle a uno de sus mortífagos que llevara los cuerpos hasta abajo, cuando un sonido apagado a su espalda llamó su atención. Furioso, vio como los cuerpos desaparecían de su vista sin dejar rastro.



Cuartel General de la Orden del Fénix

Hace 16 años

Dumbledore contemplaba inmóvil los dos jóvenes que habían sido lo más parecido a esos hijos que nunca tuvo. Sentía que los ojos le escocían por el dolor que le atenazaba el alma, mientras una furia ciega lo llenaba.

Habían aparecido en la sala de la casa dos horas antes, como dos muñecos rotos que hubieran caído en el suelo. Cubiertos de sangre, deformados por los golpes.

Cuando los vio, se quedó tan helado que casi ni pudo respirar.

Sintió que Alice Longbottom, quien a pesar de haber dado a luz hacía pocos días había insistido en estar allí, rompía en lágrimas, mientras su atónito marido miraba enmudecido a sus amigos en el suelo. En la periferia de su mirada registró que Arthur Weasley caía de rodillas junto al cuerpo de su mejor amigo, del padrino de su hijo mayor, aterrando ante lo que veía. Escuchó el grito de James Potter cuando comprendió que ese que estaba en el suelo y parecía muerto, era su primo.

El tiempo se detuvo para todos aquellos que se habían reunido para ayudar a Snape con Evelyn cuando la trajera de vuelta, y de repente se encontraron con el cuerpo de esa pareja que había sido la fuerza creadora de La Orden del Fénix. Las dos personas que se habían echado al hombro el peso de la resistencia en esa guerra y habían presentado batalla como ningún otro mago o bruja.

Dumbledore se había acercado a su protegida, la mujer que lo había llenado de orgullo paternal, y con cuidado le quitó un largo mechón de cabello, sucio de sangre, del rostro deformado. Y por primera vez en su vida, quiso gritar de rabia y dolor.

Había fallado.

Dos horas después, la sensación de haber fallado persistía. Sentado en esa silla dura e incómoda, contempló la pareja tendida en la enorme cama en silencio.

Sabía que debía ponerse de pie y bajar a hablar con el grupo de gente que se había reunido en la casa. Toda la Orden estaba allí. Y una sombra tan oscura como la más negra noche se cernía sobre esos magos y brujas que habían arriesgado la vida una y otra vez en la lucha contra Voldemort y sus mortífagos.

Pero no podía.

Un cansancio de siglos le pesaba en los hombros y la sola idea de bajar para hablarles, para tratar de infundirles fuerzas, le parecía una tarea que se le antojaba imposible. Porque él sentía que ya no tenía fuerzas.

Sólo quería quedarse allí. Con ellos. No importaba que no despertaran, al menos podía estar en silencio con su pena.

Pasos apresurados se acercaron al cuarto y la puerta se abrió.

- Profesor Dumbledore – Molly Weasley, con su cabello rojo desordenado y los ojos hinchados de tanto llorar, se acercó a él – Por favor, señor. Tiene que bajar. Severus ha llegado, y creo que James y Arthur van a matarlo si usted no hace algo.

Dumbledore levantó la cabeza y miró a los enrojecidos ojos de la mujer.

- Severus – murmuró.

Él debía saber lo que ocurrió.

Poniéndose de pie, salió con rapidez del cuarto, sintiendo que Molly cerraba la puerta y lo seguía escaleras abajo.

El griterío tumultuoso lo guió hasta la cocina, en donde Remus Lupin intentaba sostener a Arthur Weasley mientras Frank Longbottom sujetaban a James Potter. La vista de James enfurecido no era algo que Dumbledore no hubiera presenciado antes. Pero la máscara de odio descarnado de Arthur casi lo paralizó en la puerta.

- ¡James, hombre! ¡Tranquilízate! – decía Frank, sin aliento por la batalla.

- Yo no tengo la culpa de que Whitherspoon decidiera ir solo a buscarla – dijo Snape, que sostenía su varita sin decidirse a quién apuntar - ¡Yo no le dije que se suicidara enfrentándose al señor Oscuro!

Sirius Black se dirigía justo en ese momento hacia Snape, que lo miró lleno de odio.

- ¡Sirius, no te atrevas! – exclamó Remus Lupin, viendo impotente lo que su amigo estaba por hacer.

- Fue él, Lunático – dijo Sirius con voz tensa. – Estoy seguro que él fue quien lo hizo.

- ¡Yo no hice nada! – se defendió Snape, apuntando su varita con firmeza hacia Sirius. – Ella fue quien quiso rescatarlo y, cuando quise impedirlo, me golpeó…

- ¡Te golpeó! – gritó James. – ¡Hijo de puta! ¡Todos la vimos! ¡Casi no debe tener un hueso sano y dices que te golpeó! Voy a matarte, Snape.

Con premura, Dumbledore se adelantó, colocándose entre Snape y el resto de los ocupantes del lugar. Al verlo, Sirius se detuvo, pero no bajó la varita.

Frank Longbottom y Remus Lupin soltaron a quienes sostenían, y James se paró junto con Arthur al lado de Sirius, con las varitas en la mano y expresiones que no presagiaban nada bueno para Snape.

- Apártese, profesor – dijo Arthur entre dientes – Este infeliz no va a salir de aquí sin haber pagado lo que hizo.

- Yo no lo hice – repitió Snape, casi deletreando las palabras – Fue el Señor Oscuro.

- Ya basta – dijo Dumbledore con voz dura – Quiero que ustedes tres se calmen y bajen esas varitas. Ahora.

No habló demasiado alto. Pero la dureza de su voz hizo que los tres magos, luego de un momento de duda, bajaran sus varitas.

- Bien, tienes cinco minutos, Snape – dijo James – Y si no me convence lo que dices, no me importa si baja Dios, no habrá poder que te salve – se cruzó de brazos, en un desafiante gesto que a Dumbledore le recordó dolorosamente a Mathew – Habla.

- No vine a hablar contigo – dijo Snape, rabioso – Vine a hablar con el profesor Dumbledore.

- Pues te tengo malas noticias – dijo Arthur, agitado por la furia y el forcejeo con Lupin – Eres un mortífago. Mathew y Evelyn están igual que muertos allí arriba. Así es que lo que tengas que decir lo dirás delante de todos.

Sirius levantó un dedo, mirándolo a través del cabello oscuro que le caía sobre los ojos que destellaban.

– Sólo recuerda que todos estamos predispuestos a no creerte.

- Todos no – dijo Dumbledore, mirando a sus ex alumnos con un brillo amenazante en los ojos.

Todos se quedaron callados, esperando, en un silencioso reto de desafío entre el anciano mago y los miembros de la principal fuerza de oposición al régimen de Voldemort.

Finalmente, el director de Hogwarts se giró y miró a Snape con fijeza.

- Ven conmigo, Severus. Hablaremos en la sala.

Señaló hacia la puerta, mientras lanzaba una mirada de advertencia a los hombres que se tensionaron.

Snape salió con evidente alivio del cuarto y se paseó nervioso delante de la chimenea mientras Dumbledore cerraba la puerta a su espalda y murmuraba un hechizo de impasibilidad.

- Bien, Severus. ¿Qué pasó?

Snape, que respiraba afanosamente por la ira, detuvo su paseo y se concentró en Dumbledore.

- Tal y como convenimos, convencí a Spike de que si quería llevarse a Evelyn, debía hacerlo hoy. Y como me aseguré que Angelus estuviese allí, Spike me encargó que yo la llevara hasta una casa que encontró hace una semana como guarida. Evelyn estaba realmente muy malherida, pero conciente. Intenté decirle, cuando me detuve para ver su estado, que la traería aquí, pero ella… - hizo una pausa, dudando, antes de proseguir – ella sabía que Whitherspoon estaba allí y quiso ir a rescatarlo. Quise detenerla, pero me golpeó – agregó, hablando con rapidez – aquí, en el esternón. Perdí la conciencia y cuando desperté, Lucius Malfoy me dijo que Voldemort les había lanzado a ambos el maleficio asesino y que luego habían desaparecido.

Dumbledore lo miraba fijo. Tan fijo que Snape pensó que podría leer la parte de su historia que no era cierta.

No quería decirle que había sido él quien le dijo a Evelyn sobre su esposo. Los motivos por los que había hecho eso no tenían una explicación satisfactoria para ese hombre que apreciaba a Whitherspoon tanto como él lo detestaba. Y que por más que le había dado una oportunidad de hacer lo correcto, no dudaría en destruirlo si llegaba a saber la verdad.

De todos modos, estaba seguro de que Potter y sus amigos, al igual que Weasley, creerían que mentía. Esos imbéciles lo odiaban.

- ¿Evelyn te golpeó para ir a buscar a Mathew? – preguntó Dumbledore, con voz bastante calmada.

Snape asintió.

- Parece que se llevó el traslador. No sé por qué no se defendieron de Voldemort si estaban juntos. Al fin y al cabo, ellos siempre han podido hacer magia sin sus varitas – dijo Snape – Es una de las razones por las que resultaron condenadamente difíciles de vencer cuando estaban juntos.

- Ellos ya no tenían esa habilidad porque gracias a esa poción que hiciste, el lazo que generaba todo ese poder desapareció – respondió Dumbledore – Ya suficiente era que Evelyn no hubiese muerto, tal y como debió haber sucedido. Sin embargo - agregó, pensativo - algo de ese poder debió regresar. Es la única explicación posible.

- ¿La única explicación posible a qué?

Dumbledore se sentó en una silla junto a la chimenea y miró las llamas.

- Al hecho de que Voldemort les lanzara el maleficio Avada Kedavra y no murieran.

Snape lo miró con la boca abierta y, tanteando con la mano, tomó el respaldo de la silla que estaba frente a la de Dumbledore y se dejó caer en ella.

- Eso… no es posible… ¿No están… muertos?

- No – respondió Dumbledore – Pero tampoco están vivos. Sospecho que están en una especie de coma mágico, pero no tengo idea de por qué se produjo. Ni cómo sacarlos de él.

Los hombres se quedaron en silencio por un largo momento, antes de que Snape, que se debatía entre la alegría de saber que ella vivía y el dolor de saber cuánto de su estado actual era su culpa, tomara aire y se enderezara.

- Señor, hay otra cosa más que vine a decirle.

- ¿Qué cosa?

- Es sobre la profecía – se inclinó hacia delante. – Yo… lo tengo, señor.

Dumbledore se tensó en la silla y lo miró, incrédulo.

- ¿Qué quieres decir conque lo tienes?

Snape asintió.

- Cuando Angelus se enfrentó con Spike, casi se destrozaron a golpes. Era algo que todo el mundo estaba esperando. Entre la obsesión de Angelus por volver a Evelyn un vampiro y la de Spike por matarla, era obvio que iban a terminar lanzándose el uno sobre el otro como animales. Y de hecho, eso fue lo que ocurrió cuando me la llevé.

Hizo una pausa y se pasó una mano por el grasiento cabello oscuro.

- Spike llevó las de perder, pero Voldemort estaba furioso con Angelus porque en lugar de matar a Evelyn quiso enloquecerla. Hubo un gran revuelo y yo aproveché el momento.

Dumbledore lo miró con atención, sintiendo que algo de todo lo que esa tarde había muerto en él, comenzaba a renacer.

Snape sintió que estaba en el borde.

Había mentido. Tal y como había mentido cuando le dijo a Evelyn que no creía que Mathew Whitherspoon estuviese vivo.

- Cuando desperté, toda la casa estaba revolucionada.– dijo, evitando la mirada del viejo profesor – Spike se había ido, Angelus encerrado en ese cuarto y Voldemort hecho una furia porque no podía exhibir los cuerpos de Whitherspoon y Evelyn como tenía planeado… - tragó saliva al ver el destello en los ojos de Dumbledore ante ese comentario – Y aproveché. Entré donde Angelus lo tenía y… lo robé.

El director de Hogwarts, considerado el mago más grande de la actualidad, apretó las manos sobre los apoyabrazos de su silla con fuerza. Todavía podían hacer algo. Todavía había una esperanza.

- ¿Dónde está?

- Lo he ocultado – dijo Snape.

Por un largo momento, el silencio cubrió a los dos hombres, hasta que poniéndose de pie, Dumbledore miró a Snape desde su altura con ojos brillantes y fríos.

Era una imagen que muy pocos alcanzaban a ver. Y que nadie deseaba volver a contemplar.

- Llévame allí – exigió. Snape se puso de pie, pero la mano del otro hombre se levantó en señal de advertencia. – Sólo una cosa. Nadie debe saber esto, ¿me entiendes, Severus? Absolutamente nadie. Tú no quieres saber lo que va a ocurrir si me entero que se lo contaste a alguien.

Giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta.

Snape tardó varios segundos en recuperarse de la imagen de Dumbledore haciendo algo que no esperó verlo hacer. Amenazar a alguien de muerte.