El suelo de tela asfáltica absorbió el impacto de dos pares de botas. Dos hombres ataviados de negro, con pasamontañas y mochilas de tela saltaron desde el edificio contiguo al ala de Egiptología del Museo Arqueológico de Madrid. Al menos eso fue lo que captó la cámara aunque fuera físicamente imposible.
Avanzaron con rapidez por el tejado hasta llegar a la puerta blindada que se abrió con un zumbido de estática antes de que llegaran a tocarla siquiera. Ambos hombres bajan por las escaleras, la alarma silenciosa empieza a sonar pero no tarda en detenerse, convertida en una algarabía de sonidos estridentemente lentos.
Las escaleras se estrecharon a medida que se internaban en el viejo edificio y pasaban las zonas más modernizadas. Los hombres se separaron en uno de los pisos intermedios. Mientras uno entraba en la planta, el otro seguía bajando.
—Cinco minutos para extracción, comadreja. —dijo el que seguía bajando, a través del intercomunicador.
—Oído, víbora. Corto y cierro. —respondió el otro antes de apagar el comunicador. Había llegado a su destino.
Una enorme sala de techo ovalado se abría ante él. Se veía el cielo estrellado a través del vidrio de seguridad de cinco centímetros. Comadreja no le prestó atención, tenía que prestar su máxima atención a lo que tenía delante. La entrada a la sala estaba protegida por un haz laser de última generación. Usaba la franja ultravioleta, algo ilegal ya que no solo activaba la alarma sino que provocaba quemaduras de tercer grado y cortes severos.
Aun así fue instalada por la compañía de seguridad contratada por el Museo. Una compañía inexistente que se hizo con una serie de contratas del gobierno para modernizar la seguridad de determinadas ubicaciones. Entre ellas esa sala. Comadreja no tenía ni idea de que podía levantar tanto interés pero la red laser no era la única trampa a evitar.
Un sistema de detección gravimétrico colocado a intervalos de cinco centímetros controlaba cualquier variación del aire y lo cotejaba con los cambios atmosféricos previstos según la temperatura, humedad y presión atmosférica. Las cámaras térmicas hacían varios cada dos segundos y medio de toda la estancia. Por último un sistema sónico, basado en el radar de los murciélagos, cotejaba con una copia virtual de la sala cada diecisiete nanosegundos.
Lanzaba ondas sónicas de baja frecuencia que rebotaban y volvían de nuevo al sistema de escucha que transcribía esos sonidos en imágenes de radar que generaban una réplica de la sala que era comparada con la original vacía. En caso de detectar una anomalía se activaba la alarma que consistía en avisar a la policía y a otros cinco números distintos identificables al tiempo que el sistema de emisión sónico pasaba de elementos de baja frecuencia a alta frecuencia.
Todo el sistema actuaba de forma normal como la seguridad pasiva/activa que era de esperar, pero en caso de activarse se convertiría en un modelo ofensivo para la incapacitación del intruso. Algo demasiado caro, ilegal y peligroso para ser obra de alguna agencia gubernamental o del propio museo. Comadreja no tenía ni idea de cómo se había podido diseñar e instalar ese sistema sin que nadie se diera cuenta. Tampoco le importa, no le han pagado para averiguarlo. Le han pagado para burlarlo y sabe cómo hacerlo.
Mientras Víbora se encarga de la salida, él se encarga del trabajo. Su traje está diseñado para eludir los sistemas más básicos. Confeccionado con nylon de alta resistencia térmica lleva incrustado miles de millones de cristales y sobre ellos una capa de polvo de diamante adherido mediante un compuesto plástico flexible. El tejido es totalmente negro al ojo humano pero su tasa de difracción hace que los láseres no capten como pasa entre ellos al mismo tiempo que absorben la radiación infrarroja de las cámaras. Para el sistema sónico se necesita una segunda capa de tejido que se sitúa debajo de la refractaria.
Compuesta por un químico de alta densidad absorbe el sonido de tal forma que el sistema informático solo puede captar una débil aura, demasiado vaga para que salte la señal de diferencia con el original ya que el ordenador lo toma por una acumulación de polvo o un fantasma de estática dentro del programa o el receptor sónico.
Por último el sensor volumétrico, es el más complejo y a la vez el más fácil de evitar. Todos los demás sistemas son ilegales por lo que usan un generador propio y oculto de energía. Sin embargo el volumétrico ya estaba antes y formaba parte de la seguridad básica del museo. Víbora, cuatro plantas más abajo, ha cortado la corriente de todo el museo antes de iniciar el plan de fuga.
Comadreja se acerca sin prisa a su objetivo. Una vitrina central que contiene un enorme ópalo, con las gafas nocturnas es incapaz de discernir el color del mismo pero irradia una aureola verde cuando la enfoca con las gafas. Se pone delante del cristal templado observando con cuidado la superficie. Mira el reloj y activa el cronometro. Saca de la mochila su herramienta más eficaz y menos sutil: una barra de acero que encontró en la calle mientras subía al tejado.
A su vez sacó del bolsillo del pantalón un espray negro. Respiró hondo y se preparó para correr. Apretó el espray y una nube blanca envolvió la vitrina con una serie de crujidos huecos. La alarma de las cámaras térmicas saltó. Asestó un potente golpe al cristal con la barra de acero que se astillo lo suficiente para crear una abertura del tamaño de la mano de Comadreja.
Sacó la gema con rapidez, cortándose el brazo en el proceso. Gruño de dolor y pulverizó de nuevo el cristal para destruir la sangre. Salió disparado por la sala. La entrada empezó a cerrarse, un enorme panel de acero bajaba a gran velocidad para cortarle el paso. Comadreja saltó y se deslizó por el suelo pasando por los pelos por el pequeño hueco que quedaba por cerrarse.
Un dolor inmenso le saltó el brazo mientras atravesaba el umbral. El cristal le había cortado la mano pero también la tela refractaria creando un hueco por el que el haz laser le había quemado. No solo quemado, al examinarse la herida vio claramente que le atravesaba el brazo limpiamente. Gracias a que el desgarro en la tela era muy pequeño, sino su brazo habría quedado cortado por la mitad.
Se levantó agarrándose del brazo y salió corriendo a las escaleras. Al llegar a ellas notó un latigazo que le lanzó al suelo de nuevo. El dolor le hundió en las tinieblas. Solo escuchaba sus propios gritos angustiados. Absorbido por el dolor no se dio cuenta de cómo le daban la vuelta y le quitaban la mochila con la gema.
Entonces el dolor cesó de golpe. La respiración de Comadreja estaba agitada y era ruidosa, tanto que no escuchaba los pasos que se alejaban. Pero si escucho lo último que oiría.
—Avada Kedabra.
