11 – Montando coches
Watson
—Doctor…
Abrí los ojos en cuanto escuché la voz juvenil. La profesión médica y haber compartido un piso con Sherlock Holmes durante varios años me habían acostumbrado a los despertares bruscos.
Lo primero que vi fue un rostro delgado y sucio y un par de brillantes ojos azules. En cuanto me vio despierto, el irregular, cuyo nombre creo que era Tom, sonrió y volvió a sentarse.
—¿Cómo ha dormido, doctor? —preguntó.
Suspiré y me froté unos ojos que sentía como si estuvieran llenos de arena, intentando ignorar el sordo dolor de mi brazo o la increíble rigidez de mis miembros a raíz de la anómala actividad del día anterior.
Mi brazo sano estaba completamente adormecido y un rápido vistazo me reveló por qué. Alfie se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre mi hombro, y ahora yacía acurrucado junto a mí, aún profundamente dormido, con los ojos fuertemente cerrados y su pelo rojo encrespado en mechones salvajes.
—Es hora de despertar, doctor —continuó Tom—. No se ha movido desde que puso la cabeza en el suelo.
Me senté despacio, procurando no molestar a Alfie. El día anterior había sido agotador para el chico.
—¿Qué hora es? —pregunté, echando un vistazo a la acogedora, aunque humilde, morada de los irregulares: la oficina del gerente en un almacén en desuso, uno de sus muchos escondrijos.
El muchacho metió una mano en su andrajosa chaqueta y extrajo un bonito reloj de plata, que decidí pasar por alto.
—Las nueve y media, doctor.
—¿Dónde está Wiggins?
—Bueno, está haciendo lo mismo que hemos hecho desde que esos tipos agarraron al señor Holmes. Él y los otros están fuera, buscándolo.
Ese último comentario envió una oleada de adrenalina a través de mi cuerpo, disipando hasta la última brizna de agotamiento.
—¿Lo estáis buscando?
—¿Qué otra cosa íbamos a hacer, doctor?
Apenas pude contener un juramento.
Tom suspiró, comprensivo.
—Wig dijo que usted podría ponerse así, doctor. Pero es inútil discutir. El señor Holmes es nuestro amigo. Y vamos a ayudarle, le guste o no.
Ciertamente, no podía controlar a una docena de golfillos callejeros decididos, pero de haber podido, los habría encerrado a todos en alguna parte hasta que todo hubiera acabado.
Me pasé una mano por mi pelo sucio con aire cansado, intentando pensar cuál sería mi siguiente paso. Estuve medio tentado de volver a Baker Street para comprobar la extensión de los daños, pero era muy probable que Moriarty tuviera el lugar vigilado por esa misma razón.
—Doctor —habló nuevamente Tom, más ansioso que antes.
Me volví hacia él.
—Le desperté para decirle… que hemos descubierto algo del señor Holmes.
Mi corazón empezó a latir violentamente en mi pecho y presté al chico toda mi atención.
—¿Qué?
—Fue Pete quien lo descubrió, doctor. Estaba montando coches porque es el que más corre.
Montar coches se refería a la práctica de los muchachos de correr tras un carruaje, agarrarse a la parte trasera y montarlo hasta poder bajar de un salto cuando hiciera un alto o hasta que el cochero los descubriera. Era excesivamente peligroso y el propio Holmes había advertido a los muchachos que no lo hicieran pero, al parecer, algunos hábitos, como robar carteras, eran más difíciles de abandonar que otros.
Tom advirtió mi desaprobación y volvió a suspirar, exasperado.
—Siempre es Pete el que monta, doctor, es el mejor en eso, y a algunos cocheros no les importa, porque los ayuda con los caballos.
No era momento para discutirlo, y la expresión obstinada del chico me dijo que no conseguiría nada si lo intentaba.
—¿Quiere hablar con Pete o no?
Me puse en pie y Tom asintió con aprobación.
—Llévame con él, pues.
El despertar de Alfie nos demoró un poco. Se levantó de un salto y se unió a nosotros. Sus ojos brillaban ansiosos y no parecía acusar los efectos del ajetreado día anterior.
—¡Eh, doctor! ¡Usted no va a ningún lado sin mí! —declaró, situándose decididamente a mi lado.
—¿Y tu abuela, Alfie? ¿No estará preocupada por ti? Anoche no volviste a casa.
Algunos de los irregulares, de hecho la mayoría de ellos, no tenían la suerte de tener parientes y hogares, pero la abuela de Alfie, una mujer maternal de origen alemán, a la que había visto una o dos veces, llevaba una vida decente como costurera y ganaba lo suficiente para mantener a su nieto, en todo caso. La implicación de Alfie con los irregulares era más por diversión que por la necesidad de ganar un dinero extra.
El chico se mordió el labio y reflexionó un instante, pero luego sacudió la cabeza y la sonrisa volvió a ocupar su lugar una vez más.
—Ya he estado antes con Wig y los otros fuera toda la noche, doctor. Si no vuelvo a casa, ya sabe que estoy con ellos.
—De acuerdo, entonces —dijo Tom, mirando divertido al chico más joven—. Si estás tan seguro, Alfie, lleva al doctor Watson con Pete. Yo tengo que ir a hablar con Wig de todas formas. Él y Bert están río arriba.
—Hasta luego, entonces —dijo Alfie, abriendo la puerta para conducirme afuera—. Yo cuidaré del doctor.
No supe qué era más divertido, si la idea de este desharrapado grupo actuando como individuos con rango militar o que se hubieran impuesto la tarea de velar por mi seguridad. Realmente habían pasado demasiado tiempo con Holmes.
Pete era uno de los pocos irregulares a los que nunca había visto antes, pero fue fácil distinguirle entre las sombras del estrecho callejón del almacén, aunque Alfie no me lo hubiera señalado.
La razón de que fuera el encargado de montar coches me quedó inmediatamente clara al ver sus piernas largas y delgadas, casi como las de una cigüeña, que le hacían parecer más alto de lo que realmente era. El resto de su persona era igualmente desgarbado, aunque uno debía asumir que tenía brazos fuertes y manos firmes, considerando lo que hacía todo el día.
Parecía uno o dos años mayor que Alfie, de cara enjuta y ojos marrones. Una mata de pelo de color arena extremadamente alborotada cubría su cabeza.
—Pete —gorjeó Alfie—. Éste es el doctor. Doctor, éste es Pete, nuestro montador de coches.
Pete se rascó la cabeza y asintió, arrastrando un poco los pies.
Alfie suspiró y se volvió hacia mí con una mirada cómplice.
—Es un poco callado, doctor. Cuesta sacarle una palabra, incluso a nosotros…
—¡Eh, Alf! —exclamó el chico con una voz alta y aguda—. ¡Puedo hablar yo mismo!
Alfie frunció el ceño.
—Bueno, ¿y entonces por qué no lo haces, en vez de dejar al doctor ahí esperando?
El chico me miró a los ojos, volvió a arrastrar los pies, incómodo, y dijo:
—Encantado de conocerle, doctor. Yo… vi algo que podría ayudarle a encontrar al señor Holmes.
Sonreí, esperando que mi amabilidad ayudara al chico a relajarse un poco.
—Te agradezco cualquier ayuda que puedas proporcionarme, Pete. ¿Qué es lo que viste?
—Un tipo, doctor, que se estaba metiendo en un coche en Beech Street. Yo estaba ayudando a uno de mis colegas a cepillar a su caballo y algo en ese ricachón me hizo fijarme en él.
El irregular jugueteó nerviosamente con sus manos durante un instante y luego prosiguió:
—No me gustó su aspecto, de todos modos, así que cuando subió al carro tiré el cepillo y me monté atrás.
Suspiré sin poder evitarlo.
—Eso es muy peligroso, ¿sabes?
Pete sorbió por la nariz.
—Joder, ya lo sé, doctor, he visto bastantes accidentes con chicos menos rápidos que yo.
Era difícil discutir cuando no había discrepancia que diera pie a ello. Al parecer, tendría que dejarlo pasar por el momento.
—Sigue.
—Bueno, pues le dijo al cochero que lo llevara tan rápido como el caballo lo permitiera a Calvert Road. Y el tipo azotó a la jaca y nos fuimos.
Llegado a este punto, había dejado de juguetear con las manos, absorbido por su historia.
—Llegamos allí enseguida, y entonces el tipo salió, pagó al cochero y echando un rápido vistazo, fue hacia una imprenta que hay al otro lado de la calle.
Fruncí el ceño, confuso.
—¿Qué te hizo pensar que tenía algo que ver con el señor Holmes?
El chico se pasó una mano nerviosa por la frente y prosiguió en voz más baja:
—Por lo que llevaba en la manga, doctor. Esas hebillitas que la gente como usted se pone ahí.
Señaló los gemelos que llevaba mi camisa, y al instante tuve claro a qué se refería.
—¿Sus gemelos?
—Exacto, doctor, ésos, le eché un buen vistazo cuando pasó a mi lado sin veme… y me di cuenta de que ya los había visto antes.
El chico tragó saliva y continuó rápidamente, excitado ante el final:
—Eran los gemelos del señor Holmes, señor.
La declaración del chico pareció flotar en el silencio que la siguió y me costó evitar que mi corazón se acelerara, expectante. El muchacho aguardaba nervioso mi reacción.
—¿Cómo los reconociste? —pregunté al fin.
—Los vi anteayer. El señor Holmes los llevaba puestos. Cuando él quiere un buen cochero, como entonces, me pide a veces que lo ayude, porque yo conozco a algunos, señor. Y él vino ese día y me preguntó.
Pues claro… Cuando Holmes había pedido el misterioso coche que me llevaría a la estación Victoria… No sería raro que uno de los matones más negligentes de Moriarty hubiera decidido quedarse con alguno de los efectos personales de mi amigo cuando lo capturaron.
Y si había ayudado a capturar a Holmes, entonces tenía que saber dónde lo tenían.
Aquel golpe de suerte fue suficiente para elevar mi espíritu y me imbuyó de una repentina y alentadora determinación mientras procedía a interrogar al chico.
—Pete, ¿crees que podrías volver a encontrar esa tienda? ¿Podrías llevarme a ella?
Asintió ansiosamente, con una ligera sonrisa iluminando su pálido rostro al comprender cuan bienvenida era su pista. Aunque dudo que supiera hasta qué punto.
—Puedo, doctor…, ¿pero cree que es prudente? Esos tipos también lo están persiguiendo a usted, ¿no? Si lo ven por allí…
—Tendremos que ir con cuidado —dije—. Pero si puedes reconocer al hombre que viste, podría haber una posibilidad de que nos conduzca hasta Holmes.
El irregular asintió, decidido, al tiempo que Alfie decía:
—Estamos preparados, doctor.
—Alfie —dije, volviéndome hacia el chico más joven—. Quiero que te quedes aquí.
La decepción se pintó en el rostro del muchacho y abrió la boca para discutir, pero lo interrumpí alzando una mano.
—Alfie, si no vuelvo necesitaré que alguien vaya a casa de Mycroft Holmes y le cuente lo que ha pasado. Es de vital importancia.
El pequeño irregular suspiró y cruzó los brazos.
—Empieza a parecerse al señor Holmes.
—Alfie…
—Pero quiero ir con…
—Por favor, Alfie.
Frunció el ceño y asintió despacio.
—Está bien, doctor.
—Si no he vuelto esta noche, Alfie…, dile a uno de los chicos que te acompañe. Wiggins, a ser posible.
Otro asentimiento remiso.
Suspiré mientras le veía inclinar la cabeza con obvia reluctancia… y entonces se me ocurrió algo más.
Rebusqué en el interior de mi abrigo, extraje la ya bastante maltratada carpeta y se la tendí.
Me miró con los ojos muy abiertos y la cogió. Conocía la importancia de esa carpeta, tras haber visto por todo lo que yo había pasado la noche anterior para obtenerla.
—Pero doctor…
Me incliné hacia él y le apreté el hombro.
—Quiero que la escondas, Alfie. Escóndela y no le digas a nadie dónde está, salvo a mí o al señor Mycroft Holmes. Si no he vuelto esta noche, necesito que le digas al señor Mycroft Holmes dónde está. ¿Podrás hacerlo?
De este modo, si a mí también me capturaban, al menos Mycroft y Patterson serían capaces de acabar con la organización de Moriarty. Tenía que ganar al menos un poco de tiempo, porque sentía la certeza de que si la carpeta caía en manos de la policía demasiado pronto, entonces Holmes dejaría de ser útil para Moriarty.
Otro asentimiento, más lento, mientras bajaba los ojos hacia la carpeta con una suerte de reverencia, sujetándola con fuerza entre sus sucios dedos.
—Sí, doctor.
Volví a apretar su hombro y me incorporé.
—Buen chico.
Me volví hacia Pete, que cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro con nerviosismo.
—Vamos, pues.
Alfie se quedó allí mientras nos alejábamos a toda prisa, y antes de doblar la esquina para internarnos en un profundo callejón, oí su vocecita a nuestra espalda:
—¡Buena suerte, doctor!
