Capítulo 11

Los días pasaron y pasaron hasta que había llegado una fecha importante por distintos motivos y para distintas personas.

En la casa de Grimmauld Place se respiraba un aire mezclado de emociones y también tenso. Tanto los chicos como los elfos sabían qué podrían encontrarse los primos Evans en el Valle de Godric. Todos sabían que era peligroso, pero necesario para los dos. Percy y Harry llevaban cierto tiempo esperando este momento y ambos eran conscientes de que podrían volver con alguna herida. No estaban tranquilos, pero sí preparados.

Yasmine, sin embargo, sí estaba tranquila y hasta expectante.

Ella deseaba atacar mortífagos. Si uno de esos mortífagos era Lucius Malfoy, mucho mejor.

Él había planeado el asesinato de su padre y todo porque no soportaba el que su esposa lo engañara a él con otro, mucho menos soportaba que ese otro fuese un Gryffindor. Ella tenía mucho resentimiento, odio y furia dentro, pero se le daba muy bien ocultarlo Por todo lo que había pasado se creía muy capaz de proteger a Percy y a Harry de cualquier ataque. Ella no tenía miedo y deseaba repartir golpes. Necesitaba sacar lo que tenía adentro, por lo menos, un poco del todo.

Se puso un par de botas negras, pantalón de jean negro, camiseta blanca y chaqueta negra.

Todo gracias a la generosidad de los primos Evans.

Yasmine era consciente de que les debía mucho a los dos. Harry la había acogido en su casa, un lugar muy seguro donde personas como ellos podían respirar tranquilos a pesar de todo. Percy le había salvado la vida y curado. También le habían dado ropa nueva y zapatos nuevos. Percy la había conseguido, aprovechando que él sí podía salir, ya que el otro bando ni siquiera sabía de su existencia.

De todos ellos, Percy era el único que no corría verdadero peligro… pero era la mayor amenaza. Desprendía poder por todos los poros. Tenía un aura de poder y autoridad que exigía respeto. Yasmine estaba segura de que Voldemort no iba a ganar, no mientras Harry tuviera a Percy luchando a su lado.

Hermione y Ginny estaban en la cocina, preocupadas y frustradas por no poder ir.

Harry, Percy y Ron estaban en la habitación del segundo.

Aunque no lo pareciera, todos tenían un plan.

Harry, Percy y Yasmine harían la visita al Valle de Godric. Hermione y Ginny buscarían información sobre Rowena Ravenclaw en la biblioteca. Ron estaba recibiendo su parte en esos momentos. Las chicas creían que los chicos estaban revisando detalles, cuando en realidad estaban ocupados en otra cosa.

Cuando en la cocina oyeron pisadas por las escaleras, supieron que había llegado el momento.

Percy se había puesto una campera de cuero negra con capucha, pantalón de jean azul, zapatillas negras y llevaba un morral de cuero marrón. Harry tenía pantalón de corderoy beige, chaqueta azul marino, y zapatillas negras. Yasmine tenía pantalón negro, chaqueta negra, botas negras, camiseta blanca lisa, pelo suelto y llevaba un pequeño morral azul.

Harry era el único que no llevaba nada y que no parecía belicoso.

La verdad era que no llevaban gran cosa y lo que llevaban, lo habían puesto en el morral que Percy tenía colgando. La capa, cuchillos envenenados, néctar, ambrosía, agua y sustancias medicinales mágicas.

Por otro lado, era un misterio el contenido del morral de Yasmine.

Se despidieron unos de otros y sigilosamente salieron a la noche.

***CAMBIO DE ESCENA***

En sala de Tronos del palacio submarino se respiraba un ambiente extraño.

Anfítrite estaba sentada en su trono con rostro sereno y tenía las comisuras de los labios ligeramente levantadas formando una casi imperceptible sonrisa de satisfacción. Era como si se hubiese salido con la suya sin que nadie sospechara nada.

Lo cual era cierto.

A espaldas de todos, ella había enviado un mensaje a cierto pegaso y hecho que le inyectaran una especie de veneno en el engendro de su marido

Sí, la estampida de Pegasos fue idea de la reina. Ella la había planeado y algunas de sus súbditas la habían ayudado gustosas de vengar a lord Perseo.

Sin embargo, el daño era mayor del que parecía. Ella lo sentía, pero no se inquietaba. El efecto secundario no era algo que pudiera perjudicarlos, así que podía quedarse así.

Tampoco le preocupaba su hijo Tritón. Ella sabía dónde estaba y qué estaba haciendo, ya le mandaría un mensaje Tritón si tuviera novedades. Anfítrite le había dejado claro que ella no tenía nada en contra de Percy y que era muy capaz de dejarlo vivir con ellos en el reino. Eso sí, le había pedido que le avisara si se enteraba de algo.

Y Tritón lo había hecho.

Su hijo le había dicho que Percy había sido visto por magos ingleses, magos del entorno de Harry Potter. También le había contado la relación entre ese mortal y su hijastro. Primos.

Percy estaba en Inglaterra.

Por otro lado, estaba Poseidón también en la sala.

Poseidón estaba sentado en su trono, pero él era otra historia.

Él sabía que su hijo estaba en Inglaterra, pero no sabía en qué parte y eso era lo que quería saber.

Sin que ni Anfítrite ni Tritón supieran, él había enviado un mensaje a los equinos de Inglaterra y había hablado con sus súbditos. El mensaje era el mismo para todos: hacerle saber cualquier información en encuentren sobre Percy. Nadie debía saber de esto más que ellos y él mismo. Era un secreto. Poseidón no quería que nadie en la superficie supiera de esto porque no quería que le advirtieran a Percy. Si Percy se enteraba, evadiría cualquier contacto con él y Poseidón necesitaba dar con su hijo para hablar con él y arreglar las cosas.

Su rostro estaba casi inexpresivo. Sus ojos verde mar eran lo único que tenía alguna expresión, pero para verlo había que estar bien cerca del dios y verlo a los ojos un buen rato.

La reaparición de Blackjack había hecho que Matthew Rousses desapareciera de su mente, que perdiera importancia. Recuperar a Percy era su prioridad. Sí gobernaba su reino, pero su atención estaba dividida. Para su suerte, sus súbditos entendían por qué su rey estaba así y como compartían su preocupación, ayudaban. Todos estaban al pendiente de lord Perseo, de cualquier noticia. Todos eran conscientes de que su príncipe no coronado era un semidiós demasiado valioso como para permitirse perderlo.

Al ver que no había actividad, Poseidón se levantó de su trono y se dirigió a su habitación real.

Se sentó en su cama y se puso a reflexionar otra vez sobre sus errores, como también se puso a recordar… otra vez.

Era cierto que él había jurado a Anfítrite que nunca más se acostaría con otra, pero él había hecho otros juramentos. Estos juramentos sólo eran de su propio conocimiento.

Poseidón les había hecho juramentos sagrados a aquellos que realmente amaba. A aquellos que realmente consideraba su familia. Para Poseidón, ellos eran su verdadera familia.

Sally y Percy.

De todos sus hijos, tanto mortales como inmortales, Percy era el que realmente tenía valor.

Poseidón lo había elegido a él para transmitir secretos. Secretos suyos, de sus poderes, de su reino y del mar. Poseidón le había transmitido mucho a Percy.

Sin embargo, había otra clase de secretos y éstos eran secretos que Poseidón no revelaría a nadie. Estos secretos eran sobre dioses.

Los dioses sí podían tener más de un cónyuge… sólo que debían ser diferentes de naturaleza. Los dioses podían tener dos cónyuges: uno mortal y una inmortal. Pero no más ni tampoco de otra naturaleza.

Sally era su esposa.

Percy no era hijo ilegítimo. Percy nació dentro de un matrimonio.

Poseidón no supo que los dioses podían tener un cónyuge inmortal hasta que se le ocurrió llevarse a Sally a su reino. Cuando se le ocurrió esa idea, estaba tan decidido a divorciarse de Anfítrite que se puso a investigar sobre matrimonios y divorcios divinos. En un arranque de espontaneidad tan propios de él (y de Percy también, recordó con diversión y pesar) se fue al Olimpo original en Grecia en búsqueda de información. Y la encontró, irónicamente, en la que era la biblioteca de Atenea. Sin que pudieran detectarlo, robó el libro que tenía una información demasiado importante y valiosa como para dejarlo ahí.

Los dioses pueden tener un cónyuge mortal si realmente aman al mortal, si son correspondidos por éste y si en su matrimonio divino ya no hay amor. Si estas tres condiciones se cumplen, entonces las moiras hacen que su vínculo sea irrompible. El amor entre el dios y el mortal sería eterno, fuerte, fructífero y opacaría cualquier otro que pudieran tener por otro cónyuge.

Por supuesto había un ritual.

El dios debía atar un hilo de oro del Olimpo a su propia muñeca con un extremo y con el otro debía atar la muñeca del mortal. Luego debían unirse física, espiritual y emocionalmente. Ser uno solo. El hilo sería el instrumento que las moiras utilizarían para sellar la unión. Después de esto, dios y mortal estarían unidos para siempre sin importar nada.

Poseidón no podía negar que había funcionado.

Ninguno de los maridos mortales de Sally logró lo que él logró, como tampoco pudieron alejarlos. Sally odiaba a Gabe Ugliano y quería mucho a Paul Blofis… pero hasta ahí. Tampoco pudo nunca quedar embarazada de ninguno de los dos. Sally sólo podía amarlo a él y sólo podía tener hijos con Poseidón. Era estéril para todo aquél que no sea Poseidón.

Percy fue el único hijo que ella pudo tener.

Por el lado de Poseidón, él nunca más amaría a ninguna otra mortal y, si tenía semidioses, éstos serían falsos. Semidioses sin ningún valor. Semidioses vacíos.

Matthew Rousses era un semidiós vacío no por el juramento a Anfítrite, sino por el juramento a Sally. Poseidón no había roto ningún juramento a Sally. Lo suyo no fue una falla en realidad.

Ahora que estaba sereno y con la mente clara, sin confusiones, se podía dar cuenta de la verdad.

Las moiras habían castigado tanto a Sally como a él. Sally era estéril para todo el que no sea Poseidón y Poseidón no tendría hijos que tuvieran valor.

Percy era su último hijo semidiós.

Por supuesto, el lazo entre Poseidón y Percy siempre sería el más fuerte.

Tritón era el príncipe de su reino, pero no era tan fuerte ni tan importante como Percy. Tritón era hijo de un matrimonio diplomático, no por amor.

Percy fue el que heredó los poderes y habilidades de Poseidón. Todos.

Poseidón era muy consciente de lo diferente que Percy era de sus medio hermanos semidioses muertos siglos y siglos atrás. Y sabía el por qué de la diferencia. Poseidón no había amado a ninguna de las madres mortales de esos semidioses. Poseidón se había enamorado de una única mortal y ésa era Sally.

Al dios no le molestaba el que Sally le hubiese ocultado su verdadera identidad, de verdad que no. Después de todo, fue su propio hijo el que tuvo el privilegio de saberlo. Sí le hubiera molestado el que Sally le confiara esa parte de ella a otra persona, pero el habérselo contado únicamente a Percy era como un consuelo para él. Percy era una parte de él, una parte que siempre estuvo con Sally. Poseidón estaba presente en la vida de Sally a través de Percy. Poseidón amaba a Sally con todo su corazón estando ella viva o muerta sin importar quién era en realidad.

Lo que a Poseidón le dolía era el que Percy prefiriera a un mortal que a él, su padre… pero no podía culparlo. Al contrario, a su hijo no le faltaban razones y Poseidón no podía más que comprenderlo y reprocharse a sí mismo por ser tan estúpido. Poseidón había confiado demasiado en un chiquillo que acabó robándole casi todo a Percy. Era poco lo que no pudo arrebatarle a Percy: Sally, el mortal británico y el apoyo de más de medio consejo olímpico. Aunque teniendo en cuenta los por qué…

Sally fue asesinada.

Harry Potter era un secreto de Percy.

Los demás dioses no permitirían que un semidiós, recién llegado y que nunca hizo nada para el Olimpo, los manejara.

Poseidón, muy a su pesar, debía admitir que había caído en la trampa. Él sabía que su hijo no había hecho nada malo, pero le había fallado como padre dándole la espalda.

Agachó la cabeza, apesadumbrado.

Era como si él mismo hubiese castigado a su hijo muy injustamente.

- ¿Mi señor?

Poseidón levantó la cabeza de golpe y se volvió hacia donde venía la voz. Frunció el ceño.

Era una náyade inglesa.

Era fácil distinguir entre damas de aguas inglesas y damas de aguas estadounidense. Las estadounidenses tenían cabello negro y cuerpo verde, mientras que las inglesas eran blancas con cabello dorado. La cola de sirena de las estadounidenses era azul, como sus ojos. La cola de sirena de las inglesas era verde, como sus ojos. A Poseidón siempre le habían parecido más hermosas las inglesas que las estadounidenses.

Anfítrite no era ninguna de las dos. Ella era más bien griega.

Lo que lo inquietaba era que las náyades inglesas no eran de hacerle visitas ni tampoco le enviaban mensajes. Ellas no tenían los problemas que tenían en Estados Unidos. Los ingleses respetaban y cuidaban más su parte de la naturaleza, no contaminaban tanto.

Entonces se le ocurrió una muy buena razón por la que la náyade lo buscaba.

Percy.

Se levantó de la cama y fue hacia donde estaba ella.

La náyade le hizo una reverencia y él asintió suavemente a modo de saludo.

- ¿Ha pasado algo?

- Milord, su hijo ha sido visto –respondió la náyade con seriedad y solemnidad.

El corazón de Poseidón aleteó y su respiración fue contenida.

- ¿Dónde?

- En Londres.

***CAMBIO DE ESCENA***

Cuando habían pasado varios minutos de haberse retirado Poseidón, Anfítrite se dio cuenta de que se había quedado sola en la sala de tronos y pensaba ir a las cocinas para revisar el menú real, pero no alcanzó a incorporarse del todo.

Tritón se le apareció en un mensaje Iris.

La reina se quedó mirando a su hijo.

- ¿Hijo?

Tritón se veía frustrado y preocupado.

Anfítrite supo que algo no había salido como él lo había planeado o imaginado.

- ¿Diste con Perseo? –le preguntó, tanteando.

- No, madre –respondió el príncipe del mar a su madre, suspirando con pesar.

- ¿Qué sucedió?

- Ninguno de los dos apareció en el cementerio.

- Puede que cambiaran de planes a última hora, hijo –intentó tranquilizarlo, maternalmente.

- ¿Tú crees, madre? –preguntó Tritón, con duda.

- Sí… ¿por qué no?

- ¿Y si lo intento de nuevo? –preguntó Tritón esperanzado.

Anfítrite se rió a carcajadas.

En ese momento su hijo parecía el pequeño tritón de mucho tiempo atrás.

- Hazlo.

***CAMBIO DE ESCENA***

Percy, Harry y Yasmine se quedaron parados donde estaban para observar lo que tenían adelante, por distintos motivos.

Yasmine buscaba escondrijos donde pudiera haber mortífagos, cosas tenebrosas o donde se pudieran esconder ellos mismos en caso de ataque.

Percy sentía curiosidad e interés por el lugar en donde habían vivido sus difuntos tíos magos, el mismo lugar donde Harry empezó a convertirse en quien era actualmente. Percy quería saber cuanto pudiera averiguar allí. No le había dicho a nadie, pero tenía la intención de meterse en la casa en donde sus tíos y primo vivieron. La propiedad, muy posiblemente en ruinas, podría darle información que pudiera ser de utilidad. Y honestamente, no creía que Harry se opusiera. Allí había cosas de él también. Por otro lado, necesitaba también ir al cementerio, pero la tumba de sus tíos no era la única que pretendía visitar.

Godric le había dicho que su mausoleo estaba en el cementerio de Valle de Godric.

Si bien se suponía que los cuatro fundadores estaban sepultados en Hogwarts, no todo era cierto. Godric Gryffindor se había asegurado de que no fuese así en su caso. Tiempo antes de morir, Godric les dijo a sus hijos que quería que sus restos descansaran en un mausoleo en el cementerio de su pueblo natal (Valle de Godric). Lo que se tenía que quedar en Hogwarts serían algunas de sus pertenencias más valiosas y más poderosas. Cuando el cadáver del fundador fue colocado en un ataúd en Hogwarts, uno de sus discípulos más cercanos fue testigo de eso. Este discípulo dio aviso a los hijos del fundador y el hijo mayor (contando con ayuda) se llevó el cadáver de su padre al mausoleo en Valle de Godric, mientras que la única hija mujer de Gryffindor puso los objetos de su padre en el ataúd. Godric Gryffindor tenía tres hijos: dos varones y una mujer. Bernard, Felix y Adele. Sólo el discípulo y los hijos sabían de este secreto.

Godric Gryffindor siempre supo que uno de sus hijos sería el ancestro de su heredero. Él jamás se imaginó ni cuál sería ese retoño suyo ni podía sospechar que habría dos herederos. La razón por la que los herederos de Godric Gryffindor eran imposibles de rastrear en la historia por el parentesco era porque eran descendientes de Adele. La única hija mujer de Godric y la única que logro tener buena descendencia. Adele se casó con un aristócrata muggle de Londres.

Oliver Sinclair era un joven londinense de veinticinco años, único heredero de un conde viudo. Su padre murió de un infarto durante la época en la que las brujas eran objeto de caza. Philip sabía que debía casarse y tener hijos, pero ninguna de las señoritas que se presentaban en las temporadas en Londres le llamaba la atención para eso. Todas le parecían tontas, sin carácter, sin personalidad, sin inteligencia, poco agraciadas. No le gustaba ninguna, a pesar de que varias madres lo codiciaban para sus hijas. Con el tiempo, Oliver aprendió a evadir a las personas que buscaban su atención y que lo fastidiaban con su actitud. Se hizo reservado y, en secreto, empezó a meterse por lugares en los que nadie de su clase se metería jamás. Barrios marginales, tabernas frecuentadas por las cases inferiores a la suya y lugares frecuentados por aquellos que se ocultaban de su clase.

Estas personas eran los magos. Fue así que Oliver se adentró en ese mundo tan temido y repudiado por la sociedad muggle y, sobretodo, por la aristocracia a la que él pertenecía. Se dio cuenta de que no todos los magos eran malos y también supo que no trabajaban con el diablo como los demás creían. Oliver supo que la institución religiosa se equivocaba, pero no tenía ninguna intención de ir en contra de la Iglesia porque sabía que sólo empeoraría las cosas. Así que prefirió conocer más a los magos. Sin darse cuenta, conoció a todos los hijos de los fundadores de Hogwarts. Los hijos de Helga Hufflepuff le parecieron humildes y compasivos; la hija de Rowena Ravenclaw era muy lista, lo opuesto a las señoritas londinenses de las temporadas; los de Salazar Slytherin eran astutos, ambiciosos, algo maliciosos y con ideas realmente parecidas a aquellos que temían y repudiaban a los magos, y no le gustaban, no le daban muy buena espina. Los tres hijos de Godric Gryffindor… eran otra historia.

Oliver admiraba a Felix y Bernard por lo valientes e inteligentes que eran, le parecían muy divertidos y se hicieron muy amigos. Tanto a Bernard como a Felix les encantaba aventurarse en el mundo de Oliver y más todavía para frecuentar la mansión de Oliver y tener noches de chicos en la vivienda de éste. Bernard, con la ayuda de Oliver, hasta se casó con una señorita londinense. Felix, sin embargo, se consideraba un alma libre y por eso se negaba a casarse, prefería ser guerrero y mago soltero. Bernard tuvo la mala suerte de que su esposa fuera incapaz de tener hijos, ya que su delgado y menudo cuerpo no podía gestar bebés. Bernard era un hombre fornido, como su padre, por lo que sus hijos serían corpulentos y el cuerpo de su esposa no podría soportar un embarazo de esos. La mujer acabó suicidándose al verse incapaz de cumplir con lo que se suponía que era su deber como esposa, nadie logró convencerla de que no era su deber y tampoco se pudo salvarle la vida. Después de eso, Bernard se negó a casarse otra vez… con nadie.

Adele, la única mujer de los tres hermanos, era una historia diferente. Oliver había quedado como cautivado por ella desde la primera vez que la vio. Adele era una joven muy hermosa, su cabello era pelirrojo cobrizo, tenía ojos verdes, piel pálida, labios rojos. Era muy inteligente, astuta, valiente, tenía carácter. Femenina. De 21 años cuando la conoció. A diferencia de las demás chicas, ella no buscaba marido ni parecía interesada en casarse. Sus hermanos eran su única familia. No era atrevida, pero tampoco parecía tenerle miedo a nada. Siempre se veía tranquila, pero Oliver sabía que ocultaba cosas. Era como si tuviera un secreto (o más) y prefiriera poner sus energías en ellos.

Otra vez llevado por su curiosidad, Oliver decidió que quería saber qué ocultaba.

Una noche la siguió, sin importarle nada que no sea Adele y sus secretos (incluso llegó a internarse en Hogwarts, sin saberlo). Sí hubo momentos en los que sintió hasta pánico, pero su curiosidad era más fuerte y venció.

Sin saberlo, Adele lo había llevado a la mismísima tumba de su padre, aquella que contenía reliquias del gran Godric Gryffindor.

Oliver vio las reliquias, el poder que desprendían y lo que Adele podía hacer. Oliver se conmocionó con el gran poder que ella tenía. Era… grandioso.

- Por favor, no les digas nada a mis hermanos, Oliver.

Adele lo había descubierto. Oliver vio que la cica caminaba hacia él metiéndose unos objetos en su bolso de lana. Eran de oro. La chica lo miraba algo asustada. Oliver no entendía por qué.

- ¿Por qué?

Adele entendió a qué se refería.

- Ninguno de los dos se casará, Oliver, los dos lo sabemos. Felix no quiere ni tener novia y ya viste lo que ocurrió con Bernard. Mi padre… -dijo ella acariciando la tapa del ataúd con una sonrisa triste y amorosa- no puede no tener heredero. Salazar Slytherin lo tendrá y será alguien igual de malvado y prejuicioso que él… o peor. No puede esperarse otra clase de gente siendo como era él. Papá logró asesinarlo, pero seguramente esa serpiente tendrá heredero en algún futuro. Sólo Gryffindor puede vencer a Slytherin. Mi tía siempre lo supo y mi padre también. Si mis hermanos no hacen nada para perpetuar el linaje de Godric Gryffindor, entonces lo haré yo. Yo seré la que tenga descendencia. Me aseguraré de que papá no muera en este mundo.

- ¿Tienes una tía?

Adele asintió.

- Rowena Ravenclaw tenía una hermana menor. Emily Ravenclaw. Ella no era tan inteligente como ella, pero sí muy bella. Ella fue una de las razones por las que Salazar y Godric se odiaban. Salazar la deseaba, pero papá la amaba. Emily supo la clase de persona que era Salazar y conocía a Godric, así que naturalmente, eligió a Godric. Se casaron y tiempo después estalló una pelea entre Godric y Salazar. Emily quedó embarazada y se convirtió en nuestra madre durante la ausencia de Slytherin. Ni mis hermanos ni yo crecimos en Hogwarts. Mi padre envió a mi madre con su hermano, un señor feudal, y ahí nos crió. Papá siempre nos tuvo en secreto, no quería que Salazar Slytherin supiera de nosotros, prefería que estuviéramos lejos de él y protegidos, a tenernos cerca y ponernos en peligro. Cuando mi madre murió de una enfermedad, mi tío se volvió aún más protector. Nunca pisamos Hogwarts, hasta que nuestro tío dijo que nuestro padre había vencido a Salazar y que nos mandaba a llamar al castillo.

- ¿Cómo se llamaba tu tío?

- Patrice. Nadie en mi mundo lo conoce. Él también es un mago, pero prefiere vivir en el mundo muggle. Hace magia, pero sólo cuando está solo. Patrice es un señor feudal al servicio de la corona.

Se quedaron en silencio de largo momento, hasta que Oliver reparó en el bolsito de lana de Adele.

- ¿Qué harás con los objetos de tu padre?

Adele le dio una palmaditas a su bolsito.

- Cumplir con los mandatos de mi padre.

Poco tiempo después, Oliver supo que la caza de brujas llegó a donde estaban los hijos de los fundadores. La idea original era asesinar a las brujas, no a todos, ellas eran las supuestas servidoras del diablo. Helena Ravenclaw volvió junto a su madre; el hijo de Helga Hufflepuff huyó a Escocia cuando su hermana fue capturada sin posibilidad de ser salvada; los hijos de Salazar Slytherin lograron salvarse gracias a un refugio subterráneo en la mansión de su padre.

Bernard y Felix murieron poniendo resistencia para que Adele pudiera escapar.

Adele huyó rumbo a la tumba de su padre en Hogwarts, con la intención de usar su poder y combinarlo con el de alguna de las reliquias del fundador y así reforzar las defensas en la escuela… pero nunca llegó allí. Tuvo que desviarse para que los muggles que la perseguían no dieran con el colegio. Sólo gracias a sus genes Ravenclaw logró tomar más ventaja y llegar a la mansión de Oliver. En ese momento, no se le ocurría otra idea para salvar su propia vida, mantener vivo el linaje de su padre y asegurarse de que los planes de su padre tuvieran éxito.

Había demasiado en juego.

Cuando Oliver supo lo que había ocurrido con Bernard y Felix, sintió un gran dolor en su corazón… pero también deseó vengarse. Vengar la muerte de sus amigos, de aquellos que habían sido como sus hermanos y de sus amigos magos. Dolor, furia y deseos de venganza. Adele se quedó con Oliver, oculta de todos. Sólo Oliver sabía que ella aún vivía y lo que tramaba, ya que él se unió a ella en sus planes. Entre los dos empezaron a llevar a cabo algunos planes.

Al final, decidieron casarse y con el tiempo se enamoraron. Tuvieron dos hijos, un varón y una niña. Lara y Darrell. Ambos magos, pero discretos. Darrell se convirtió en el heredero de Oliver. Lara siguió los pasos de su madre. Para Lara, la voluntad de su abuelo Godric Gryffindor era más importante. Mientras Darrell procuraba aprender lo necesario de magia y más de lo muggle, Lara aprendía magia de su madre para desarrollar su poder y estudiaba lo necesario de lo muggle. Darrell se preocupaba por el legado aristócrata de su padre y Lara ponía su atención en el legado mágico de su abuelo Gryffindor.

Y así fueron las siguientes generaciones del linaje de Godric Gryffindor. Ejecutando planes de su ancestro hasta que el heredero llegara y tuviera una ventaja que el enemigo no podría imaginar.

Percy se sorprendía de la historia que su sangre arrastraba. Con razón Godric Gryffindor sabía que vencerían. Tantas generaciones manteniendo ese poder dormido y en secreto, pero vivo e intacto. Percy también entendía qué papel le tocaba a él y cuál le correspondía a Harry.

Percy debía detonar lo que sus ancestros habían preparado y Harry debía enfrentar al heredero de Salazar Slytherin. Percy sabía cómo detonar aquello y Harry conocía a su enemigo.

Las razones por las que Harry estaba en aquel lugar eran obvias… en parte.

Harry quería visitar a sus padres, ver la que fue su casa, tratar de encontrar la espada de Godric Gryffindor y ver el lugar donde vivió su primer año de vida junto a sus padres. Esa era la parte obvia. La parte no obvia era que sentía que algo lo empujaba a ir ante la tumba de sus padres, no sabía si era un instinto o una fuerza. Tampoco le encontraba explicación.

Los chicos caminaron con paso tranquilo y seguro por las calles. Era de noche y hacía frío, pero no les importaba. Había poca gente circulando.

Era Halloween.

31 de octubre.

Aniversario de muerte de James y Lily Potter.

Yasmine y Percy caminaban mirando a los lados y al frente, mientras que Harry miraba hacia el suelo. Yasmine estaba atenta a cualquier indicio de ataque, Percy curioseaba y Harry trataba de pasar por desapercibido. Harry no quería que nadie reparara en él y ya se estaba arrepintiendo de no haber seguido la sugerencia de Ron: alterar su aspecto con magia. Harry había querido ir a ese lugar y ese día siendo él mismo.

Cuando estaban por pasar por las ruinas de una casa, Yasmine llamó la atención de Percy y él entendió lo que ella intentaba decirle.

Percy se interpuso entre Harry y un grupo de gente observando la casa en ruinas, mientras que Yasmine se estrechó al otro costado de Harry. Confiaban que el cuerpo alto y fornido de Percy disimulara al de Harry, que era más pequeño.

Funcionó. Nadie reparó en Harry y ellos siguieron su camino hasta el cementerio.

Lo que ellos no sabían era que había alguien en ese grupo de gente. Alguien de la vida de Percy.

***CAMBIO DE ESCENA***

- ¡Hija!

Frederick Chase recibía a su hija en el departamento en el que se estaba quedando.

Para suerte de él y de su hija, la universidad que lo había contratado para dar clases especiales lo acabó contratando por un largo tiempo. Ahora sería profesor de historia allí por unos años. Para desgracia de la madrastra y de los hermanastros de Annabeth, Frederick no podría traer a su familia con él. La universidad no quería que tuviera responsabilidades que pudieran tener una influencia importante sobre su trabajo.

Annabeth, sin embargo, era otra historia.

Annabeth no sólo sí tenía permitido quedarse, sino que también era bienvenida a estudiar alguna carrera allí. Frederick había solicitado a la universidad un permiso para su hija, presentado sus calificaciones en la escuela y las autoridades de la universidad acabaron por invitarla a estudiar allí.

Frederick había hecho esto porque no quería estar solo allí y también porque quería ayudar a su hija a superar su experiencia en el Tártaro. Annabeth seguía sufriendo.

Abrazó a su hija con fuerza y paternalmente.

Él era consciente del mal momento que su hija estaba pasando, pero no sabía por qué. Frederick no sabía a qué se debía el padecimiento de su hija.

- Papá… -dijo ella con un sollozo y temblando en su abrazo.

Frederick frunció el ceño, la hizo entrar y la llevó hasta un sofá para que se sentara.

Cuando se fijó mejor en su hija, se dio cuenta de que la cosa era peor de lo que creía.

Su bonito cabello rubio estaba opaco, tenía ojeras, estaba pálida, sus ojos casi no brillaban y estaban rojos. Su brazo izquierdo estaba enyesado y sujeto con un pañuelo a su hombro. Annabeth había llorado, perdido horas de sueño y estaba herida.

Frederick se preguntó si Percy Jackson había tenido algo que ver. Rezó a Atenea, su ex amante y madre de su única hija mujer, que él no tuviera ninguna culpa.

Minutos después, un golpeteo se escuchó. Se volvió y abrió grandes los ojos al ver el origen.

Era un búho que tenía un pedazo de papel sujeto con el pico.

Frederick no vio la inquietud en su hija ni tampoco de la mirada fría que el búho le dirigió a la hija de su propia patrona.

El padre de Annabeth abrió la ventana y el búho le entregó el papel antes de levantar vuelo.

Por lo visto, la diosa Atenea estaba más que dispuesta a responder a su oración a ella.

Frederick:

Tu plegaria me ha llegado. Percy no tiene la culpa de nada de lo que le pasa a Annabeth. Él se ha ido de Estados Unidos hace meses. No se ha contactado con nadie ni tampoco hemos logrado dar con él.

Frederick se quedó pensativo.

Con que el muchacho lleva meses lejos… y él no tiene la culpa de nada. Rezó a Atenea agradeciendo esa información.

Frederick entonces se dio cuenta de cómo se veía Annabeth, de su reacción.

Su hija miraba el papel enviado por su madre entre curiosa y muy preocupada. Era como si quisiera saber qué decía ahí, pero a la vez temiendo que la acusara de algo.

Algo había ocurrido y Frederick ahora no sabía qué hacer.

¿Debería hablar con Annabeth o con Atenea? ¿Debería callarse?

Nadie se dio cuenta de que había una presencia en el departamento.

***CAMBIO DE ESCENA***

Sentía poder en el lugar, a pesar de haber muchos mortales. El poder del lugar no era muy fuerte, pero tampoco era débil. A pesar de que todos los mortales repartidos en el pueblo se veían como simples mortales, sabía que no todos eran comunes y corrientes.

Como también sabía que hubo una presencia divina en Valle de Godric. Todavía había olor a cierta sangre divina que conocía muy bien y restos de su poder.

Se quedó mirando la casa en ruinas que tenía adelante. Sacudió la cabeza. Había visto la estatua a los caídos… y la familia de piedra que después se le presentó. Como también leyó lo que habían escrito en un gran trozo de madera empotrado en la entrada hacia la casa.

Ser una diosa podía ser muy ventajoso.

Hera no se sorprendía de que Harry Potter fuera tan querido por los suyos.

Por lo que había averiguado, lo rescataron de entre los escombros y de ahí fue llevado a vivir con los Dursley.

Hera conocía la historia a través de su propio sobrino Percy. Jackson o Evans, no le importaba. Harry le había contado mucho a Percy y Hera había estado en la cabeza de Percy, así que sabía todo eso. Hera era la única del consejo olímpico que sabía dónde encontrar a Harry Potter, pero no pensaba decir nada.

Hera apoyaba a Harry Potter.

Un fuerte aroma a mar le llegó a la nariz.

Se volvió hacia su derecha y sonrió.

Su sobrino no podía disimular su aura de poder.

Sacó de su abrigo una pluma de pavo real, pero no una cualquiera. La pluma que desprendía una débil luz azul, apenas perceptible.

Esa noche se veía como una señora inglesa de setenta y cinco años. Su cabello recogido en un moño era blanco; sus ojos eran azules, amables y sabios; su piel era pálida; su cuerpo era menudo. Tenía un vestido azul marino tableado corto y encima se había puesto un abrigo largo negro. Se apoyaba en un bastón de madera… que en realidad era su cetro.

Cualquiera que la viera ni sospecharía que esa viejecita era una diosa… mucho menos la mismísima diosa del Olimpo. Hera.

Hera había estado en la cabeza de Harry desde que los chicos se aparecieron en ese pueblo y se había alegrado tanto como aliviado que no se arrepentiría de lo que pensaba hacer.

El joven mortal siempre había deseado una vida normal, tranquila, en paz y con sus seres queridos a su lado. Se lo había dicho a Percy y Hera lo había confirmado esa misma noche. El deseo de Harry era uno de esos deseos que Hera aplaudía. Harry era huérfano, su familia lo odiaba, pero aún le quedaba Percy y a él se aferraría… algo que ya estaba haciendo Percy. Harry era consciente de que su primo era capaz de hacer una locura si él también le daba la espalda, por lo que no lo apartaría de su lado.

Lo que Hera pensaba hacer era darles su apoyo divino.

Ella sabía quién era el enemigo de Harry y lo que podrían necesitar.

Agarró su cetro-bastón con más fuerza y creó sobre el pueblo un escudo invisible potente, pero no un escudo protector cualquiera. Era un escudo que no dejaría entrar a ninguna divinidad, ninguna divinidad que no fuera ella misma podría presentarse allí mientras los chicos estuvieran ahí. Hera sería la única que estaría ahí.

Con aire casual y haciendo uso de su disfraz, se fue acercando a los chicos.

Los encontró en el cementerio.

Hera observó con atención y curiosidad cómo se separaba el trío.

Harry iba por un lado, Percy iba por otro y la chica que estaba con ellos se había quedado parada. Parecía que Harry y Percy estaban buscando algo, ¿lápidas específicas quizá? Seguro.

Al ver a la chica sola, separada de los chicos y quieta, a Hera la asaltó la indecisión.

Podría esperar para entregarle la pluma encantada ella misma a su sobrino o podría llevar a la chica a algún rincón, hablar con ella y entregarle lo que quería que Percy tuviera.

Eligió la primera opción.

Muy silenciosa y sigilosa, se acercó a la chica.

- Buenas noches, querida –saludó en un susurro una vez que llegó a su lado.

Por supuesto, había tomado las medidas necesarias para que los chicos no se enteraran de nada… por ahora.

La muchacha se volvió alerta hacia Hera. Hera la miró a los ojos. Los ojos marrones miraron a los azules.

La joven tenía una mirada parecida a la de Atenea y a la de Artemisa, pero no del todo. También se parecía un poco a la de Hestia. Hera tanteó la mente y supo que no estaba equivocada. La muchacha era fría, analítica, desconfiaba de los hombres, pero tenía un buen corazón y era capaz de amar a algunos chicos. Ella deseaba vivir un amor como el que vivía una de sus amigas con su novio y estaba interesada en un chico, pero no sabía cómo abordarlo.

La amiga era Ginevra Weasley y el novio de ésta era el primo de Percy, Harry Potter.

El chico que le interesaba era Percy, su propio sobrino.

Por supuesto, Hera aprovechó para obtener más información.

- ¿Quién es usted? –le preguntó la joven, Yasmine Lewis.

Ella le sonrió, amable y cómplice.

- Soy una de las tías de Percy. Hera.