11. Buscando la felicidad

Aquí estamos otra vez.

Blaine observó con admiración la casa que tenía justo enfrente. Nada había cambiado: el césped seguía igual de verde, la fachada brillaba en su mezcla de blanco y oro, y las cortinas en los ventanales lucían espectacularmente impolutas. No obstante, Blaine tenía la sensación de estar ante un lugar completamente desconocido. Sé realista, se dijo a sí mismo: la última vez que había visto aquella casa estaba borracho como una cuba. Y como siempre, sintió escalofríos en su nuca al recordarlo.

El muchacho tocó el timbre con nerviosismo, deseando no tener que esperar demasiado. Por suerte, Rachel era de esa clase de personas que bajan corriendo por las escaleras cuando llaman a la puerta, y el moreno ni siquiera había contado hasta diez cuando la chica le abrió.

— ¿Blaine? —aunque aquello le resultó obviamente extraño, no por ello perdió su sonrisa— Vaya, qué sorpresa. ¿No deberías estar en Dalton?

—He acompañado a Jeff al centro comercial. El cumpleaños de su novia es la semana que viene, y necesitaba consejo… pero me he escapado un par de minutos y te he traído una sorpresa.

La joven se emocionó notablemente al escuchar aquello, y no hizo nada por disimularlo. Blaine sonrió levemente con cierta ternura. Rachel también era del tipo de personas que son incapaces de permanecer impasibles ante situaciones clave; de las que no tienen miedo a desnudarse si se ven envueltas en sentimientos, digamos, profundos. Y lejos de ofenderle, le resultaba admirable que lo hiciese. Llegados a aquel punto, podría decirse que ansiaba conocerla bien —mejor de lo que ya lo hacía—, por lo que le resultaba fascinante hurgar en sus mil recovecos.

— ¿Un par de minutos? Yo diría casi un par de horas.

—Seguro que puede entenderlo.

El muchacho consiguió contagiarle esa alegría innata a Rachel, que continuó sonriendo abiertamente.

—Mis padres han salido, y volverán por la noche. Si después de todo lo que ha ocurrido últimamente viesen cómo llevo a un chico a la habitación… me matarían, así que creo que éste es un buen momento para dejarte pasar.

—Bueno, yo no soy un chico. Soy el chico.

Blaine no quería sonar egocéntrico en su respuesta, pero de algún modo lo hizo. Aunque ambos entendieron perfectamente el sentido de la frase.

—Peor todavía, ¿no crees?

Si el exterior de la casa era tal y como él recordaba, del vestíbulo y el salón Blaine todavía conservaba imágenes más nítidas, a pesar de haberlos visto de pasada. Los cuadros, los muebles antiguos, las enormes lámparas de araña…

—Bueno, algún día tendré que conocer a los señores Berry —las comisuras de sus labios se ensancharon en una gran sonrisa que buscaba calmar los ánimos—. ¿Cuánto tendré ese placer?

—Desde luego, hoy no. Ni mañana. Ni este año. Probablemente, nunca.

El solista de los Warblers se mostró divertido ante esa Rachel azorada e inquieta que había comenzado a caminar hacia la cocina con rapidez.

—Bueno, ¿quieres tomar algo? Acabo de preparar té, y ayer estuvimos haciendo galletas toda la tarde…

—Gracias, Rachel. Eso me encantaría.

Mientras la chica comenzó a preparar el tentempié con esa disposición tan —¿tenía que serlo siempre?— adorable, Blaine caminó con lentitud hacia el salón. Tras echarle un rápido y superficial vistazo, se sentó el uno de los sofás a esperar. Por enésima vez desde que había salido del centro comercial, agarró con fuerza la —ya más que arrugada— bolsa, como si quisiera cerciorarse de que su regalo todavía estaba ahí.

—Bueno, ya he vuelto. Con un delicioso tentempié —anunció triunfalmente la muchacha mientras entraba en la estancia sosteniendo una bandeja con dos tazas humeantes y un plato de deliciosas galletas—. ¿Vas a explicarme de una vez qué haces aquí? Y ten en cuenta que la excusa de "me pillaba de camino" no te va a servir de nada.

—Ya te lo he dicho —Blaine le dio un sorbo a la taza y se quemó instantáneamente la lengua, pero mantuvo su expresión serena—. Te he traído algo.

— ¿Y no crees que estás siendo un poco cruel teniéndome en ascuas?

Aquello hizo reír al muchacho, que dejó el té sobre la mesa y se olvidó momentáneamente de la merienda.

—Tienes razón —sintió cómo le sudaban las manos al coger la bolsa por última vez antes de entregársela a la expectante chica—. Espero que te guste. No me juzgues: soy bastante torpe haciendo regalos.

—Conozco esta tienda —murmuró Rachel, al leer su nombre en la tarjeta que acompañaba al paquete—. Quinn solía hablar de ella constantemente. Es de… ropa para bebés.

La joven permaneció en silencio mientras rasgaba el papel de regalo. Su expresión anodina hizo que Blaine torciese el gesto: ¿había sido demasiado atrevido? ¿Aquel terreno era algo exclusivamente reservado para las madres —o en el caso de la morena, los padres? No le quitó el ojo de encima a la chica, que desdobló lentamente la diminuta prenda.

Blaine reprimió un suspiro de alivio cuando la sonrisa volvió al rostro de la joven. Y sintió una leve punzada en el estómago al ver cómo una lágrima asomaba entre sus largas pestañas.

—La dependienta me miró un poco raro al principio, pero me dijo que cuando aún no se sabía el sexo del niño lo mejor era recurrir a prendas neutras. Supongo que una chaqueta amarilla es lo suficientemente imparcial, ¿no…?

—Es preciosa, Blaine.

Como una niña pequeña el día de Navidad, Rachel se lanzó a los brazos del asombrado muchacho, escondiendo la cabeza en el hueco de su cuello con la prenda fuertemente asida entre sus dedos. Aunque el moreno permaneció tenso durante algunos segundos, terminó por relajarse y subir sus brazos hacia la espalda de la chica. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió reconfortado.

Ambos mantuvieron aquel abrazo hasta que se hizo insostenible, y tuvieron que separarse e intercambiar una mirada de vergonzosa alegría.

—Me alegra que te guste —confesó el moreno con franqueza, habiéndose quitado un peso de encima.

Enseguida el ambiente se volvió distendido, y lo que había comenzado como una excesiva muestra de pastelosidad se convirtió en una charla de amigos lo suficientemente superflua como para que Blaine olvidase la enorme cantidad de problemas que tenía que solucionar en apenas un par de semanas. Como, por ejemplo, el modo en que se enfrentaría a sus padres y les diría algo parecido a "sí, sé que llevo años insistiendo en que soy total, absoluta e irrevocablemente gay, pero resulta que hace algunos meses me acosté con una chica y la he dejado embarazada". A su madre probablemente le daría un infarto, y su padre diría algo como "aunque me alegro de que quede un resquicio de heterosexualidad dentro de ti, no pienso soltar ni un centavo".

Blaine tenía que dejar de exagerar las situaciones familiares de ese modo. Normalmente sólo le acarreaban migrañas y noches en vela. No obstante, sin diálogos surrealistas ni ambulancias en la puerta de casa, al final solían ser incluso peores a cómo las había imaginado.

—Sí, eso es —insistió la joven, riendo levemente—. Familia. Aún a riesgo de resultar vanidosa, siempre presumo de mi gran repertorio musical… pero tengo que confesar que para esta ocasión no he podido encontrar nada adecuado.

—No digas tonterías. Seguro que hay miles de canciones sobre la familia —Blaine le mostró su apoyo a la chica con total franqueza—. Te ayudaré a encontrar una si hace falta. La verdad es que últimamente no hacemos gran cosa en los Warblers… quiero decir, tenemos los números de las Regionales a punto, pero parece que nos hemos estancado.

Blaine tenía que admitir que las constantes ausencias de Kurt tenían —bastante— culpa de ese bache, pero jamás lo admitiría en voz alta. No quería preocupar a nadie con sus paranoias, y menos a Rachel, sabiendo la amistad que los unía a ambos.

—Vaya, gracias.

—Pero ahora olvida eso —con un gesto de manos, Blaine le restó importancia a la ligerísima, pero obvia rigidez que se había hecho con el ambiente—. En serio, Rachel, ¿cómo están las cosas con tus padres?

No quería ser pesado con aquel tema, pero por lo menos deseaba que ella no tuviese problemas en casa. Ya que, posiblemente, él sí tendría que sufrir broncas y desprecios por parte de sus progenitores.

—Bueno, he estado escondiéndoles las facturas del ginecólogo —confesó la joven, sonrojándose—. Soy bastante insegura respecto a todo lo que tiene que ver con el bebé, así que voy bastante a menudo, y como de momento no deseo que les dé un ataque… estoy esperando a ganar algo de dinero.

— ¿Vas a trabajar? ¿Tú sola? —el moreno se negó rotundamente, negando con la cabeza— No pienso permitirlo. Dame un par de semanas y encontraré algo.

—Blaine, agradezco tu entrega, pero tampoco deseo que seas tú quien lleve todo el peso económico por ser el padre. Resulta machista, y al fin y al cabo soy yo quien va a dar a luz al niño…

Ligeramente avergonzado, el joven reconoció que Rachel tenía razón.

—Está bien. Pero no dejaré que nada influya en tu salud, tus estudios o el coro. Son tus prioridades, ¿no? —la muchacha asintió, abrumada— De todos modos, ¿cuándo es tu próxima visita?

—Estoy de catorce semanas, así que pronto tendré que volver para saber el sexo del bebé…

—Pues para entonces tendremos la mitad de las deudas saldadas y yo estaré allí contigo —una amplia sonrisa se extendió en el rostro del joven—. Te cogeré la mano, escucharé todo lo que nos diga el doctor y llevaré un DVD para que nos grabe la ecografía. Es lo que suele hacer el padre, ¿no?

Blaine se sintió una vez más abrumado —pero extrañamente bien— al ver las emociones de la chica surcar sus ojos castaños. Pero no dijo nada. Ella simplemente, cogió su mano y la apretó fuerte, como si necesitase saber que él se quedaría allí. Que no volvería a salir corriendo jamás. Y Blaine, con los labios totalmente sellados y telepáticamente —porque supo que ella lo entendería perfectamente sin necesidad de gastar saliva en palabras inútiles—, le prometió que así sería.

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Cuando Rachel entró en la sala de ensayos aquella mañana, instantáneamente supo que algo iba mal. Habría que ser muy estúpido para no sospecharlo cuando once pares de ojos curiosos y desafiantes te observaban como si fuese un monstruo. Y aún así, la morena ignoró los murmullos y carraspeos, tratando de convencerse de que eran imaginaciones suyas.

La verdad, aquella noche no había pegado ojo. Había repetido mentalmente, imagen por imagen, mirada por mirada, sonrisa por sonrisa, toda la conversación que había mantenido con Blaine. Como si quisiera memorizarla para no olvidarla nunca. Laborioso esfuerzo que, unido a su reciente e insoportable insomnio, había devorado más de la mitad de su noche.

La burbuja de ignorancia en la que había estado sumida no duró más de un par de minutos.

— ¿Así que el solista del grupo rival, eh, Berry?

Mierda.

La voz de Lauren Zizes impactó contra su cuerpo con la fuerza de un gran cubo de agua congelada. Le costó varios segundos recomponerse del golpe. Y para cuando lo hizo, tuvo que invertir un poco más de tiempo en repetirse "ni se te ocurra llorar" unas cien veces.

— ¿Quién ha sido el bocazas esta vez? ¿Tú, Santana?

Obviamente, cuando se trataba de perjudicar su existencia, todas las sospechas recaían sobre la latina. Pero esta vez nadie la señaló con un dedo acusatorio. Al juzgar por su mirada altiva e inocente a partes iguales, el asunto parecía bastante más complejo de lo que Rachel había esperado.

—Me interesan los cotilleos jugosos, pero yo me he enterado al mismo tiempo que todos. Tina ha traído la noticia esta mañana.

—Yo sólo oí a Lauren comentarlo en el pasillo...

—Brittany lo confirmó anoche en Fondue for Two.

Un momento de calma. La capitana intentó no enfadarse. Iba a suceder tarde o temprano, ¿no? Bueno, quizá aquel no era el modo en que sus compañeros deberían haberse enterado; no según los planes que minuciosamente había elaborado durante las horribles noches sin dormir…

Nadie se atrevió a abrir la boca de nuevo. No mientras Rachel mantuvo aquella expresión a medio camino entre la ira y el llanto. Fue la propia capitana quien no pudo estar callada durante mucho más tiempo.

—De acuerdo. Era lo único que queríais saber, ¿verdad? Resolver el misterio para tener algo que comentar mientras yo me paso las mañanas vomitando en el baño…

— ¿Estás compadeciéndote a ti misma?

—Es muy triste que ninguno de vosotros tenga asuntos propios de los que preocuparse —ignorando a la implacable Santana, Rachel continuó su improvisado discurso—. Pero ahora que el mal ya está hecho, tendré que admitirlo: Blaine es el padre. ¿Contentos?

Respiró hondo incontables veces, pero no funcionó. De hecho, eso sólo propició que su garganta comenzó a secarse de un modo insoportable. Fue ahí cuando Rachel, impulsiva e inevitablemente dramática, se puso en pie y salió corriendo.

— ¡Rachel, espera!

Mercedes la detuvo antes de que pudiese poner un pie fuera del aula.

—Nada me va a hacer volver ahí dentro…

—Rachel, fui yo —interrumpió bruscamente la chica, desviando la mirada—. Me enteré hace un par de días, y ayer se me escapó delante de Brittany. Lo siento tanto…

—Te lo contó Kurt.

La morena no necesitó otra confirmación que la mirada culpable de la afroamericana.

—Él no tiene la culpa. Habíamos quedado, estaba triste y necesitaba alguien con quien hablar… la única bocazas aquí soy yo.

—Mercedes… —Rachel aún intentaba asimilarlo— Éramos amigas.

—Lo sé, y lo siento. Ya te he dicho…

No quiso escuchar nada más.

Una vez más, la soledad del baño se convirtió en el ambiente idóneo para descargar los sollozos que había contenido durante todo aquel lío. Y allí, sentada sobre la fría tapa del retrete, Rachel se descubrió esperando algo, o más bien a alguien. Que le limpiase el rostro y le dijese que todo había sido un mal sueño. Que le convenciese de que nadie iba a juzgarla una vez más. Porque en el Glee Club todo era felicidad, apoyo, comprensión; los prejuicios y las habladurías no existían en su sala de ensayos. Pero, ¿era eso cierto? ¿Las frases de tarjeta barata que el señor Schuester recitaba día sí y día también eran algo más que papel mojado?

Nadie vino a secarle las lágrimas. Nadie, ni siquiera Finn o Puck. Los que se empeñaban en decirle que estaban a su lado en aquello, ¿dónde estaban? Precisamente ella, la que siempre anteponía su carrera musical a la amistad, esperaba ahora una mano amiga. Qué asco.

Sólo había una persona que podía comprender exactamente cómo se sentía. Aunque estuviese en clase, y el frío sonido de su contestador automático fuese lo más personal que Rachel pudo escuchar al marcar su número.

—Blaine, soy yo. Siento molestar… pero tengo que decirte algo. Ha ocurrido algo horrible, algo que me ha hecho darme cuenta de en qué punto de mi vida estoy… y de que tú eres lo más parecido a mi familia ahora mismo. Así que tengo que pedirte ayuda para mi tarea del Glee Club. Se supone que debo cantar sobre nosotros… y encerrada en el baño llorando como una estúpida no se me ocurren demasiadas ideas, así que llámame cuando tengas un rato libre. ¡Ah!, y Blaine… gracias. Por todo.


Blaine & Rachel POVs

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Soundtrack
'Save Me From Myself' Christina Aguilera

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Perdonad lo exageradamente largo que me ha quedado este capítulo, y también si hay alguna que otra falta o descoordinación con el teclado (llevo unos días un poco locos, y ya ni acierto con los dedos xD).

Bueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeno... Blaine en estado de adorabilidad y Rachel más dramática que nunca. Sé que este capítulo no avanza la historia propiamente dicha, pero me ha salido así. No he podido remediarlo xD
Si me inspiro lo suficiente, prometo un próximo capítulo en casa de los Anderson que avance la trama y todo eso. Y traeré a Kurt de vuelta (yo siempre quiero traer a Kurt de vuelta porque, sinceramente, amo a Kurt y lo quiero revoloteando por mis fics toooooooooooodo el rato).

Después de eso me iré una semana de excursión... así que nos despediremos por un tiempecillo. Pero prometo actualizar antes (hoy prometo demasiadas cosas).

En fin, que me enrollo. Esto son los exámenes, que me hacen estar necesitada de FanFiction u.U

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