Capítulo 11
¡Crac! El ruido de una rama remota me despierta. ¿Cuánto llevo dormida? ¿Cuatro? ¿Cinco horas? ¡Crac! ¡Crac! Calculo que está a varios metros a mi derecha. Me vuelvo hacia allí lentamente y sin hacer ruido. Veo una chispa y el inicio de una pequeña fogata. Un par de manos se calientan encima, aunque no distingo nada más.
Tengo que morderme los labios para no gritar todas las groserías que se me. ¿En que estará pensando? Es como agitar una bandera y gritar "Vengan por mí". Sé que hace frio y que no todos tienen un saco de dormir, pero hay que apretar los dientes y aguantar hasta el alba. Entonces lo oigo: vares pares de pies que echan a correr.
El de la hoguera debe de haberse quedado dormido. Caen sobre ella antes de que pudiera escapar: ahora sé que es una chica, porque oigo sus súplicas y el grito de dolor que las acalla. Después hay risas y felicitaciones de varias voces. Alguien grita: "Doce menos, quedan once". Los demás vitorean. Durante un momento escucho registrar a la chica en busca de provisiones. Por sus comentarios sé que no han encontrado nada bueno.
-Sera mejor que nos vayamos antes de que el cadáver apeste.
Estoy casi segura de que es el chico del Distrito 2. Oigo murmullos de aprobación y, horrorizada, veo que se dirigen en mi dirección. Si siguen avanzando pasaran por debajo de mí y desaparecerán en un minuto. Entonces, los profesionales se detienen en el claro a diez metro de mi árbol. ¿Me habrán visto? No, todavía no. Por sus palabras sé que tienen la cabeza en otra parte.
-¿No tendríamos que haber oído ya el cañonazo?
-Yo diría que sí, no hay nada que les impida bajar de inmediato.
-A no ser que no esté muerta
-Está muerta, la atravesé yo mismo
-Entonces, ¿qué pasa con el cañonazo?
-Alguien debería volver y asegurarse de que está muerta
-¡Dije que está muerta!
Empieza una discusión, hasta que unos de los tributos silencia a los demás.
-¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Ire a rematarla y seguiremos moviéndonos!
Aaron
-Venga, chico amoroso- le dice el del Distrito 2-, compruébalo tu mismo.
Veo de reojo a Aaron, iluminado por una antorcha, dirigiéndose a la chica de la hoguera. Tiene una venda ensangrentada en el brazo, pero aparte de eso parece estar en buenas condiciones. Siento como un poco de alivio recorre mi cuerpo, esta salvo, relativamente, solo tiene heridas menores. Los tributos profesionales guardan silencio hasta que sale de su alcance, para después hablar en voz baja.
-¿Por qué no lo matamos ya y acabamos con esto?
-Deja que se quede. Sabe lanzar cuchillos, maneja la espada y he observado que mira mucho el arco, quizá sabe utilizarlo. Además, he hecho un trato con él.
¿Trato? ¿Qué trato? ¿Porque Aaron no me hablo de él en el tejado?
-¿Qué trato? ¿Por qué no nos dijiste esto antes?
-Porque no es de su incumbencia
- Sin mencionar que, es nuestra mejor posibilidad para encontrarla
Tardo un momento en darme cuenta de que hablan de mí. "Si tan solo supieran" pienso.
-Ojala superamos como consiguió un once
-Seguro que el chico amoroso sabe
Se callan al oír que vuelve Aaron
-¿Estaba muerta?- le pregunta el chico del Distrito 2
-No, pero ahora si- responde Aaron. En ese momento suena el cañonazo-. ¿Nos vamos?
La manada de profesionales sale corriendo justo cuando despunta el alba y los cantos de los pájaros llenan el aire. Necesito bajar, seguir adelante, pero, por un momento, me quedo tumbada donde estoy, digiriéndome lo que escuche La chica que hay que tomarse enserio ha conseguido un once; porque sabe usar el arco. Aaron lo sabe mejor que nadie. Me alegra que no se lo haya dicho, así, tengo una ventaja sobre ellos.
De repente, un aerodeslizador se materializa sobre la hoguera moribunda y de él bajan unas enormes garras metálicas. Poco a poco, con cuidado, meten a la chica muerta en el aparato y después desaparece.
Salgo como puedo del saco de dormir, lo enrollo y lo meto en la mochila. Mientras me ocultaba la noche, el saco y las ramas de sauce, las cámaras no podrían haber obtenido una buena imagen de mí, pero sé que deben de estar siguiéndome. En cuanto toque el suelo, tengo garantizado un primer plano.
La audiencia habrá estado como loca, sabiendo que estaba en el árbol, que escuche la conversación de los profesionales y que "descubrí" que Aaron está con ellos. Salgo del follaje y llego a una zona de iluminada por el alba, me detengo un segundo para que las cámaras puedan captarme, inclino la cabeza ligeramente a un lado y sonrió con suficiencia. ¡A ver si descubren lo que significa!
Estoy a punto de marcharme cuando pienso en las trampas. La recompensa en un bueno conejo. En un segundo limpio y destripo al animal. Me encantaría encender un fuego comer conejo crudo puede darme taluremia; entonces me acuerdo de la chica. Corro de vuelta a su campamento y, efectivamente, las brasas aún están calientes. Corto el conejo y lo pongo sobre las brasas.
Mientras se asa el conejo, machaco parte de una rama quemada y me pongo a camuflar la mochila naranja. El negro lo disimula un poco, aunque por supuesto una capa de lodo ayudaría bastante.
Me pongo mis cosas, echo tierra encima de las brasas y salgo en dirección opuesta a los profesionales. Me como la mitad del conejo por el camino y envuelvo la otra mitad en mi plástico para después. El estómago deja de hacerme ruido, pero la carne no ha servido para quitarme la sed. El agua es mi principal prioridad ahora.
La fatiga empieza a pesarme, tengo que detenerme y descansar frecuentemente. Sé que no encontrare cura para mi mal a menos que siga buscando.
Cuando entra la noche, agotada, me subo a un árbol y me ato. Tocan el himno y veo en el cielo la imagen de la chica, que, al parecer, venia del Distrito 8. La que Aaron remato.
A la mañana siguiente, no quería moverme pero aprieto los dientes y me levanto. La mochila parece trepar el triple de lo normal. Agarro una rama que me sirve como bastón y me pongo en marcha. Cada paso que doy me significa un gran esfuerzo, pero me niego a parar, me niego a sentarme. Si me siento es muy probable que no vuelva a pararme, que ni siquiera recuerde cual es mi objetivo.
Sin embargo, cuando cae la tarde, sé que se acerca en final. Me tiemblan las piernas y el corazón me late demasiado deprisa. Me tropiezo una y otra vez, me derrumbo y no me levanto. Dejo que se me cierren los ojos.
Hundo los dedos en la tierra y los ojos se me abren de golpe. ¡Es barro!. Empiezo a arrastrarme por el lodo y me encuentro con un estanque. Resisto la tentación de meter la cara al aguan y tragar toda la que pueda, me queda suficiente sensatez para no hacerlo. Con las manos temblorosas saco la botella, la lleno de agua y añado el número correcto de gotas de yodo para purificarla. La media hora de espera es una agonía, pero la aguanto.
Doy un trago y me obligo a esperar. Doy otro. A lo largo de las siguientes dos horas bebo dos litros enteros. Me preparo otra botella antes de retirarme a un árbol, donde sigo sorbiendo, comiendo conejo e incluso me permito gastar una de mis preciadas galletas saladas. Me acurruco en el saco de dormir y me agarro de la botella como si mi vida dependiera de ello, ya que, de hecho, así es.
Unas cuantas horas después me despierta una estampida. Miro a mi alrededor, desconcertada. Todavía no ha amanecida, pero mis maltrechos ojos lo ven; sería difícil ignorar la pared de fuego que desciende sobre mí.
Mi primer impulso es bajar corriendo del árbol, pero estoy atada con mi cinturón. Consigo soltar la hebilla de alguna manera y caigo al suelo, todavía dentro del saco. Por suerte, ya tengo la mochila y la botella dentro del saco, asi que meto el cinturón, me cuelgo el saco al hombro y huyo.
El mundo se ha transformado en un infierno de llamas y humo. El calor es horrible, pero lo peor es el humo que amenaza con ahogarme en cualquier momento. Me subo la camisa para taparme la nariz y me alegro de que esté mojada de sudor, ya que eso me ofrece una pequeña protección. Y sigo corriendo, con el saco dándome botes en la espalda y la cara llena de cortes por las ramas que se materializan sin avisar.
Salto por encima de un troco ardiendo, pero no salto lo suficiente; la parte de atrás de mi chaqueta se quema, y tengo que detenerme para quitármela y pagar las llamas. Sin embargo, no me atrevo a abandonar la chaqueta, me arriesgo a meterla en el saco, esperando que la falta de aire termine de extinguir el fuego.
En cuestión de minutos noto la garganta y la nariz ardiendo. La tos empieza poco después, y me la impresión de que se me fríen los pulmones. La incomodidad se convierte en angustia, hasta que cada vez que respiro noto una puñalada de dolor que me atraviesa el pecho.
Cuando oigo el siseo, me tiro boca abajo sin entretenerme en mirar atrás, y la bola de fuego da en árbol a mi izquierda y lo envuelve en llamas. Las bolas de fuego son del tamaño de una manzana, pero liberan una potencia enorme al hacer contacto. Corro en zigzag, me agacho, me levanto de un salto, y entre otras cosas, me quito de la cabeza el vago plan de regresar al estanque. Los Vigilantes quieren que vayamos a alguna parte, pero ¿a dónde? Supongo que lo averiguare con termine este infierno.
Aunque no se cuento tiempo he pasado esquivando bolas de fuego, finalmente, los ataques empiezan a decaer, lo que me parece estupendo. De repente, los siseos vuelven. Mis músculos reaccionan, aunque esta vez no son lo bastes rápidos y la bola de fuego cae junto a mí, no sin antes deslizarse por mi pantorrilla Ver la pernera del pantalón en llamas me hace perder los nervios: me retuerzo y retrocedo a gatas, chillando, intentando apartarme del horror.
Me siento en el suelo, a pocos metros del incendio que ha causado la bola. La pantorrilla me arde y tengo las manos llenas de ampollas rojas; tiemblo demasiado para moverme. Si los Vigilantes quieren acabar conmigo, este es el momento.
El ataque ha terminado. Está claro que los Vigilantes no me quieren muerta, al menos todavía. Todos saben que podrían destruirnos en cuanto suena el gong, pero el verdadero entretenimiento en los juegos es ver como los tributos se matan unos a otros.
Estoy tan cansada que ni siquiera noto que me encuentro en el estanque hasta que el agua me llaga a los tobillos. El agua viene del arroyo que sale de una grieta en las rocas y está fresca, así que meto las manos dentro y siento un alivio instantáneo.
Me tumbo boca abajo al borde del estanque durante un rato, con las manos en agua, y examino las llamitas de la uñas, que ya empiezan a descascarillarse. Bien, he tenido fuego de sobra para toda mi vida.
Mi pierna necesita atenciones, pero no me atrevo a mirarla. Entonces recuerdo a mi madre decir, si una herida es muy grave, la víctima a veces no siente dolor, porque los nervios quedan destrozados. Animada por la idea, me siento y pongo la pierna enfrente.
Casi me desmayo al ver la pantorrilla: la carne esta de un rojo brillante, cubiertas de ampollas. Me obligo a respirar lenta y profundamente, no puedo parecer débil si quiero patrocinadores. Lo que te consigue ayuda no es la lástima, sino la admiración cuando te niegas a darte por vencido. El área quemada es del tamaño aproximado de mi mano y la piel no está ennegrecida. Me da la impresión de que puedo mojarla, así que la estiro con cuidado y la meto en el estaque. Suspiro, porque el agua me alivia un poco. Las manos están un poco mejor, pueden salir del estanque de vez en cuando, así que me pongo a arreglar mis cosas. Primero, lleno la botella de agua del estanque, la trato y, cuando pasa el tiempo necesario, empiezo a hidratarme. Desenrollo el saco de dormir y, excepto por algunas marcas negras, está bien. La chaqueta es otra historia, apesta y está achicharrada, y hay al menos veinte centímetros en la espalda que no pueden salvarse. Corto la zona deñada y me quedo con una prenda que me llega justo a la altura de la cadera.
A pesar del dolor, empiezo a adormecerme. Ordeno mis provisiones, incluso me pongo la mochila en la espalda, pero no consigo alejarme; me resulta imposible abandonar el estanque. Veo algunas plantas acuáticas y me preparo una comida ligera con lo que me queda de conejo. Me dejo caer sobre la mochila, vencida por el sueño.
"Si los profesionales me quieren, que me encuentren- pienso antes de quedarme dormida-. Que me encuentren."
Y vaya que si me encuentran. Por suerte, cuando oigo los pasos ya estoy lista para moverme, porque tengo menos un minuto de ventaja. Ha empezado a caer la noche. La pierna me frena, pero me da la impresión de que mis perseguidores tampoco son tan veloces como antes del fuego.
En cualquier caso, hago lo que siempre he hecho en ciertas circunstancias: escojo un árbol y empiezo a trepar. Cuando llegan a la base del tronco yo ya estoy a seis metros de altura. Durante un momento nos detenemos todos y nos observamos; espero que no puedan oír cómo me late el corazón.
¿Qué posibilidades tengo contra ellos? Han venido los seis, es decir, los cinco tributos profesionales y Aaron, y mi único consuelo es que ellos también están bastante machacados.
-Toma esto, Cato- le dice la chica del Distrito 1, ofreciéndole el arco plateado y el carcaj de flechas
-No- dice Cato, apartando el arco-. Me irá mejor con la espada.
Veo el arma, una hoja larga y pesada que lleva colgando el cinturón.
Le doy tiempo para que se suba al tronco antes de seguir trepando.
-No seas estúpido, Cato- dice Aaron-. Las ramas no aguantaran tu peso, nunca la alcanzaras.
-Ya lo veremos- le contesta
Cuando llevo otros nueve metros oigo una rama que se rompe y veo a Cato agitando los brazos al caer, con rama incluida. Se da un buen golpe en el suelo y, se levanta diciendo muchas palabrotas.
-No sé ni porque me molesto en hacerte entrar en razón- dice Aaron, irritado. Se sienta en una roca y empieza a sacarle brillo a sus cuchillos con el borde de la camisa.
La chica de las flechas, a la que llaman Glimmer, trepa por el árbol hasta que las ramas empiezan a crujirle bajo sus pies y es lo bastante sensata para detenerse. Ya estoy a a veinticuatro metros, como mínimo. Intenta dispararme flechas, pero es evidente que no sabe utilizar el arco.
-Nunca le darás con el arco- comenta Aaron, sin siquiera alzar la vista de sus cuchillos.
-¿Tu que sabes?- le espeta ella
-Más que tú, si- le contesta, tranquilo
Me apunta, y una de las flechas se queda clava en el árbol y, de nuevo, la profecía de Aaron se cumplió. Logro agarrar la flecha y la agito en el aire, para burlarme de ella.
Los profesionales se reagrupan y los oigo gruñir conspiraciones entre ellos, furiosos porque los he hecho parecer idiotas. Por fin oigo decir a Aaron, en tono duro:
-Venga, vamos a dejarla ahí arriba. Tampoco puede ir a ninguna parte; está atrapada, si quiere bajar nos daremos cuenta- dice, voltea a verme y su cara no dice nada, pero en sus ojos puedo ver preocupación; preocupación de que me suceda algo.
Tiene razón: no puedo ir a ninguna parte. Bajo un poco hasta una rama en horquilla y me preparo la cama como puedo. Me pongo la chaqueta, extiendo el saco, me ato con el cinturón e intento no gemir. Me echo agua en la herida y en las manos. ¿Qué pasara por la mañana? Entonces, ahí es cuando la distingo gracias a la luz de las antorchas, me observa en silencio desde un hueco entre las ramas. Es Rue.
Nos miramos durante un rato y después, sin mover ni una hoja, las manitas de la chica salen al descubierto y apuntan a algo por encima de mi cabeza. Un nido de rastrevíspulas.
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Espero que hayan disfrutado la lectura. Ya saben lo típico, sus comentarios son muy apreciados. Mis mejores deseos,
Lobo Sombra
