Marudez.
Capítulo Once
—Encontré esto en el basurero —dijo apenas entró al departamento. Había llegado temprano porque Sora quería que fuéramos a su casa a pasar el rato. Todos estarían allí, incluso sus criaturas. Por eso me había arreglado por horas sin éxito, con todo lo que me ponía era un globo, así que decidí llamar la atención con mis ojos y los maquillé con un estilo ahumado. Pero, ¿qué estaba pensando? Era la peor idea que se me había ocurrido hacer, ahora toda esa sombra oscura estaba resbalándose por mis mejillas—. Son tus colorantes vegetales —indicó luego, cuando se dio cuenta que no iría a responder. Estaba en la mesa, analizando los pequeños frascos que estaban recostados sobre una bolsa plástica negra cerrada, en el basurero. Los había acomodado allí de tal forma que parecía su entierro—. Está el rosado.
—Tíralos —le dije con un hilo de voz. Con el pañuelo retiré el exceso de maquillaje corrido, era ridículo tratar de ocultarme más, pronto se sentaría conmigo y me descubriría.
—Pero si los adoras —objetó y sentí una perturbación en el sillón. Se había sentado junto a mí y ahora me miraba con los ojos completamente abiertos. Siempre me había dicho que cuando me masajeaba los ojos con crema desmaquillante le perturbaba. Ahora parecía sacada de una película de terror con todo ese negro chorreándome de la cara y los ojos tan rojos como los de los conejos albinos.
—Lo siento —le dije, no podía decirle porqué estaba sensible. Decirlo solo me amargaría más de lo que estaba.
—¿Por qué? —tartamudeó. Torpemente me tomó de los codos y yo me desplomé en sus brazos.
—Hormonas —mentí. Sora y Yolei aparecieron de pronto en la cabeza diciéndome que eso pasaba, que no me preocupara por no escucharlo hablar en mi cabeza. Quise creerlo mientras me secaba el rostro con su chaqueta. Los pañales y la cuna me miraron de vuelta y sentí culpa. Debía instalarlos en su habitación o simplemente cubrirlos con una manta enorme para olvidarme que estaban allí, aguardando.
—Estarás bien —resolvió el pelirrojo y acarició mi cabello.
No, eso no era verdad, desde los seis meses de gestación las criaturas formaban los oídos y yo había hablado por teléfono los últimos días como única entretención. Diciendo todas esas barbaridades que quizás debí callar. Ahora él estaba molesto y no me dirigía la palabra… Pero qué cosas dices, estaba solo en tu cabeza.
—Ven, iremos a cenar donde Sora, ella te animará.
—No quiero —objeté e hice uso de mi enorme volumen para quedarme pegada al sillón.
—Debemos ir, Sora te espera —resolvió intentando separarme del mueble una vez más, sin efecto alguno. No iba a ir, ya me molestaba ver mi enorme barriga reflejada en el espejo, no quería ver otra. Aunque eso significara no ver a más humanos en las próximas semanas. Oh, pero ¿qué digo? Debo estar contenta con lo que estaba pasando. Con el bebé que venía y toda la porquería de ser madre. A quién engaño, seré una pésima madre. Yo…
—¡Seré una pésima madre!
—Mimi, ya hemos hablado de esto —indicó él, sentándose nuevamente conmigo. Me había echado a llorar otra vez. Otra vez y otra vez y otra vez, como todos los días. Izzy ya no podría soportarme más, menos al bebé llorando como condenado siguiendo el compás de mi llanto. Ahora, lloraba porque Izzy se iría y porque sería una pésima madre—. No lo serás, he visto cómo cuidas a los cactus.
—Ellos no necesitan más que luz y poca agua. Viven solo porque olvido regarlos, ¿acaso un bebé puede vivir así?
Se quedó callado por más de un segundo.
—¡Ves! —y me volví a entregar al llanto, esta vez el respaldo del sillón se hizo pasar por un hombro humano y abrí el grifo en mis lagrimales. Se levantó de pronto y mi llanto aumentó los decibeles, no quería escuchar qué era lo que fue a hacer. Me quedé sola hasta que mis lágrimas comenzaron a apaciguarse y luego encendí el televisor solo para sintonizar la película más dramática-corta-venas que pude hallar, y ahí me quedé. Con los ríos negros extendiéndose por mis mejillas, secándose con el tiempo, tirada sobre el sillón mientras ocultaba mi rostro en los almohadones de vez en cuando.
Cuando sentí movimiento nuevamente, fue porque alguien había tocado la puerta principal y mi querido científico, que por cierto no me entendía nada de nada, fue a abrirla. Quise pasar desapercibida ocultándome en los almohadones pero los tacones rápidamente se acercaron a mí. Peligrosamente.
—Oye, levántate, tienes que acompañarme.
—Vete, no quiero ver a nadie.
—Insisto —dijo Catherine, con su hermoso tacón contó los segundos que morían esperándome. Tuve que despegar la cara del almohadón para ver de qué diseñador eran, oh, los rojos. Toda chica debe tener unos tacones rojos.
—Insisto más —respondí y le subí el volumen al drama. Pronto, el protagonista moriría congelado y ella no se daría cuenta. ¡Los dos cabían en la tabla!
—Mimi, deja esto, sé que son tus hormonas las que están hablando por ti. Debes salir y despejarte.
—No son mis hormonas. —Vi que el novio de la francesa e Izzy seguían en la puerta del departamento, esperando salir cuando los poderes de Catherine fuesen efectivos. El pelirrojo tenía mi abrigo en sus manos, pero yo no iría a salir jamás con todo ese maquillaje sin retoque.
—¿Qué es entonces?
—Es que… —susurré— No creerás lo que sucedió.
—Háblame, mujer.
—Yo tengo un bebé dentro.
Catherine estalló en risas.
—¿Sabes que hace meses se nota? —indicó mi enorme entorno. ¿Cuánto faltaba ya para el parto? Menos de un mes, tal vez.
—No es eso… —susurré con los ojos bien abiertos por la impresión de lo que saldría de mi boca. Creo que la combinación con el maquillaje negro logró asustarla—. Ya no me responde.
—¿Quién no te responde?
—Fet… —tenía que corregirme—, el bebé.
Catherine se puso pálida y rápidamente me tomó de las manos.
—¿Has sangrado?
—Claro que no, solo dejó de hablarme… —indiqué—, creo que todo estaba en mi cabeza. Pero, ¿sabes? Me preocupa que haya escuchado todo lo que dije de él éste último tiempo.
—¿Él? Pensé que era una ella.
—Ella —volví a corregirme—, ¿me estás escuchando?
—Sí, y no creo que entienda todavía las palabras. Es hijo de Michael.
—No lo insultes, el bebé debe ser sensible como yo. Además, les crecen orejas a los seis meses.
—Perdón —susurró mirando mi barriga, quizás se disculpaba con el neonato—. Todavía creo que exageras. Ven, vamos a arreglarte esa horrible cara.
—Still not going.
—¡Tía Mimi! —gritó la criatura más feliz de verme. Me detuve en seco y me volteé sobre mis talones para huir de allí, pero me topé con Izzy y me obligó salir completamente de mi habitación. Con pesar vi que iba a clausurarla hasta nuevo aviso, o diciéndolo de otro modo: hasta que la visita se fuera—. Tu bebé está a punto de salir —canturreó y posó ambas manos pegajosas sobre el balón que tenía de estómago. Mi mente maldita dibujó miles y miles de bacterias saltando de sus dedos sucios a mi vestido y, luego, los olores nauseabundos imaginarios llegaron a mi nariz. Intenté sonreír, sé que lo intenté. Izzy me tomó del brazo y gentilmente me hizo avanzar. Kari estaba en la cocina sacando las telas plásticas de los recipientes que habían estado esperándome en la casa de Sora. Plástico, jamás iría a llevarme a la boca algo que saliera de una industria tan sucia como esa… Lo sabía bien de un programa sucio de televisión que una vez el aburrimiento me hizo ver. La mujer con el esposo y los hijos perfectos me sonrió entre tanto plástico. Yo intenté y seguí mi desfile por todo el departamento—. Tía, traje un juguete nuevo, papá me lo compró en una tienda esta mañana, pero estaba pensando en regalártela a ti, no tienes juguetes para tu bebé.
—¡Qué ternura! —gritó su madre, salió de la nada, quizás desde el sector de la cuna. Rápida como escurridiza, corrió a apretarle las mejillas a su copia—. ¿No lo es, Mimi?
—Claro que sí —dije con pavor de tomar su juguete. Mi bebé todavía no había desarrollado un sistema inmunológico como para sobrevivir a todas esas bacterias, gérmenes, protozoos y moho que debía tener ese maldito juguete de plástico. Toallas desinfectantes, eso debía tener. Y por montones.
—Tómalo —me dijo la ternurita y las bacterias en la superficie plástica me hicieron un gesto rudo. No supe qué más hacer, Izzy lo hizo por mí. Algo en la criatura de Yolei salió lastimado pero lo olvidó al momento en que su padre salió del baño y lo asaltó con cariño. Suspiré aliviada y seguí hasta la cocina, donde Kari seguía liberando las trazas de los metales pesados del plástico como esporas por toda la comida.
— ¿Por qué tenían que venir? —suspiré agobiada en el oído del pelirrojo—. Solo quería estar sola.
—No fui yo, si eso insinúas —susurró él, con una pequeña sonrisa culposa en la boca—. Tai llamó a Kari y ella tuvo la idea —. Miré intensamente al culpable de todo esto, el diplomático estaba arrodillado con Davis buscando en un montón de papeles los planos para desarmar la cuna y armarla nuevamente en la habitación principal. Izzy debía haberlo hecho hace meses, pero su proyecto lo había alejado de mí y sus obligaciones.
—Qué oportuna —le dije cruzándome de brazos—. Deja eso en el baño, hay que desinfectarlo.
Puso mala cara y miró el objeto buscando su defecto.
—¿Por qué? —replicó después de tanto analizar sin tener resultado.
—No lo sé, últimamente todo me provoca rechazo.
—Ya pasé por eso —comentó Kari, liberando lo que sería el último recipiente con comida contaminada con esporas metálicas, botó el plástico en la basura y se recargó en el mesón—. Querer desinfectar todo… Todo puede ser contagioso para el bebé… —relató, tan infiltrada que me pregunté en qué parte de la conversación se había metido. No quise responderle así que mi garganta seca lo hizo con un gruñido intentando aclararla—. Es una fase, durará hasta que nazca y se fortalezca.
—Qué bien —dijo él, respondiendo por mí. Tan optimista que me hizo ver como la persona más amargada del universo, volví a aclarar la garganta y Kari sintió que era para ella.
—Oh, veré si llegaron los chicos —me dijo y salió del departamento dejándome con la duda.
—¿Vendrán los demás? —demandé, Izzy sabía la respuesta pero no quería dármela.
—Supongo, todos estaban donde Sora, seguro ellos vendrán también.
—Llegarán con sus hijos llenos de gérmenes. No sé si pueda manejarlo —susurré para que Yolei y su bebé no me oyeran, se estaba acercando peligrosamente para robar uno de los brócolis que habían quedado expuestos en los recipientes de plástico. Me decepcionas, amiga, el mercurio de los pescados no mata tan lentamente como los plásticos lo harán.
—Come esta rica verdura, cariño, crecerás fuerte y sano —le dijo a la criatura—. Y quién sabe… Quizás seas tan atractivo para salir con la hija de Mimi algún día.
—Es niño —solté solo porque había adquirido la costumbre de corregir a la gente sobre el género de mi bebé. Cuando pensé en lo que había dicho, volví a corregirme: —. No, niña.
—¡Será niño! —profesó ella, con los ojos abiertos como platos—. Eso se llama intuición.
—Es niña —volví a decir, y tiré los brócolis y su recipiente a la basura. Estaba enfadada y tenía que hacer algo.
—¿Qué haces? Es alimento saludable, uno no tira alimento saludable.
—No lo es, está contaminado —le respondí con enojo y le quité el brócoli que sostenía en la mano y que su hijo inteligentemente no había probado para botarlo también. La pequeña Yolei se rió cuando me vio haciendo eso y se acercó corriendo. Dejando a su padre repleto de besos pegajosos en el sillón.
—¡Qué bien! —gritó—. A botar la comida fea —y acto seguido, me ayudó a botar todos los recipientes que Kari había dejado organizados por color meticulosamente sobre el mesón. La pequeña culminó nuestra infamia alimenticia con un abrazo apretado y yo quedé tiesa como una tabla.
—Cariño, tienes que lavarte las manos luego de estar cerca de la basura —dije asqueada y ella perdió interés en mis acciones.
—Mimi, eso no estuvo bien —me dijo la madre, gravemente contrariada—. Ahora ella tirará todo lo que no le guste a la basura.
—No le pongas plásticos, están contaminados —rebatí y la tensión se sintió en el pequeño departamento.
—Davis, necesitamos más comida —expuso mi esposo de fantasía cuando ya nadie quería hablar. El cocinero profesional de buena gana tiró el destornillador y los planos al suelo para sacarse el suéter que tenía puesto.
—Qué bien, ya me estaba cansando de aparentar saber hacer eso. Vamos, Tai, Ken, tenemos que comprar cosas para mi especialidad.
—Ya me estoy cansando de tu especialidad —murmuró Tai pero el moreno no lo escuchó.
—Mimi —volvió a hablarme la mamá de la pequeña bota-comida—. Tienes que decirle a mi hija que lo que hizo estuvo mal, eres su ejemplo a seguir.
—No puedo hacerlo si creo que está bien. Además, Davis se encargará de la cena.
—Yolei, cariño, ya le diremos que está mal en casa. No hay que traerle disgustos a Mimi —habló su esposo, saliendo de la nada para tomarle los hombros, acercándose por su espalda.
—Está bien —replicó ella y se acabó el tema y la tensión.
Suspiré aliviada y miré a Izzy que seguía con el juguete en la mano, infectándolo de a poco, a esas alturas, las bacterias debían estar invadiendo su antebrazo. Tomé un montón de toallas absorbentes del dispensador y envolví el vector infeccioso con él, para dejarlo en una gaveta escondida y vacía, donde todos mis colorantes alguna vez estuvieron guardados. Luego, lo guie hasta el fregadero y lo desinfecté con detergente verde.
—Tú menos que nadie debe estar infectado —le dije, casi reprochándolo. Quizás fue tierno, quizás no, pero Izzy traía esa mirada linda de cuando decía algo así. Enganchado, baboso y excesivamente tierno—. En unos días estarás tocando al bebé —me excusé, como si hubiese dicho algo estúpido.
—Te… —iba a ser lindo lo que seguía después, que me amaba, si no hubiese llegado la manada destructora y portadora de gérmenes, entrando ruidosamente por la puerta que se abría de par en par para el gentío. Al primero que vi fue al gran Joe por su altura, seguido por Sora por su gran volumen, luego a Matt por su cara de nada y miles y miles de niños, de todos los colores y tamaños. Pequeño Joe tenía una consola nueva entre manos y no levantaba la vista de la pequeña pantalla a menos que fuese estrictamente necesario. Cómo deseaba que el resto de los chiquillos fueran como él, que se contentaba con un espacio en el sillón para estar tranquilamente pasando misiones entre dragones y calabozos. En vez de eso, entraron corriendo, el demonio rubio pasó a empujar al pequeño Tai y chocó con una pequeña mesita y todos los adornos que mi adorada suegra había dejado allí se rompieron en mil pedazos, al igual que su pequeña rodilla morena. Rayos, ahora la señora Izumi creerá que la odio y que por eso boté a la basura todo lo que olía a ella.
Catherine entró en escena, hedionda a nicotina, llamada por los gritos de su hijo. Más tarde me diría que no le gustaba que él se juntara con la mayor Ishida porque se volvía inquieto tratando de competir con ella. Que él usualmente era tranquilo. Mentiras, claramente era porque tenía que ir seguido a la residencia Ishida.
—No entres como una bestia, hijo —le recriminó—, Mimi, usaré tu habitación —me indicó y se fue con la copia de su novio lloriqueando al cuarto. Lucky you, Izzy no me dejaba ir para allá. Seguramente debía caerme y rasparme la rodilla para hacerlo, luego, pensé en lo estúpido que era eso y alejé el pensamiento infantil.
—Okay —murmuré intranquila y me crucé de brazos pensando en los adornos que debía reponer. Suspirando mientras me sentía en problemas, volví a ver a mi esposo postizo. Traía otra mirada, ahora me leía la mente.
—No se enfadará si no los ve, lo más seguro es que no recuerde que alguna vez los dejó ahí —dijo él, en primera instancia no sabía qué era lo que decía pero finalmente supe que sabía que suspiraba por los adornos.
—Claro que no —respondí, mintiendo.
—Mimi —intervino el médico altísimo—. Te ves hermosa… No te había visto porque no has ido a la consulta.
—No he tenido tiempo —resolví, entre tanta programación y pensamientos contaminados no había mucho tiempo que desperdiciar, pensaba yo.
—Debes hacerlo —me regañó con una sonrisa. Yo solo le sonreí de vuelta, todavía cruzada de brazos. Pasaron los segundos en el reloj de cocina y se volvió incomodo, quizás debía ir a ayudar a Cat con su hijo llorón—. ¿Cómo sabremos cuándo viene el pequeño?
—En un mes, ya me habías dicho —repliqué confundida, su actitud me daba a pensar que la medicina no es una ciencia exacta. Oh, verdad, no es una ciencia, me lo dijo mi programación nocturna en cierto canal científico. Joe me miró tiernamente.
—Es una fecha tentativa, siempre puede adelantarse o retrasarse —me dijo y yo refunfuñé. No estaba lista todavía, había mucho que desinfectar y botar.
—Iré al baño.
Entré, me miré al espejo y quise salir de allí al instante, pero al abrir la puerta descubrí el enorme griterío que en el exterior se formaba. Sora regañaba a su hija por los adornos rotos y Ken limpiaba el desastre con su pequeña hija hablándole de quién sabe qué. Cerré la puerta y me senté en el inodoro, pensando en cómo el haber espiado unos segundos, me mostraban lo que sería mi vida en unas semanas más. Alejé mis pensamientos contaminados, qué ridiculez. Bebé, sea quien sea, sería mi pequeña copia y sería perfecto.
Sonreí y decidí salir del baño. Contagiada de pensamientos puros.
—¡Suéltalo! —Mis pensamientos puros se fueron ennegreciendo hasta que se apagaron.
—¡No! —le gritó de vuelta la pequeña Yolei al pequeño Joe—. Los juegos son de todos los niños y se comparten.
—Mentirosa, suéltalo ya.
Y lo siguiente que oí fueron gritos, manotazos y golpes bajos. Respiré hondo y corrí hasta la puerta principal para huir. Al abrirla, una mano extendida y cerrada en un puño se mostraba ante mí. La otra mano de mi suegra estaba sujeta fuertemente a su gran bolso en el que posiblemente traía más adornos y más productos de limpieza, aunque quién sabe cuáles eran sus nuevos hábitos. Ella ahora visitaba a su hijo al trabajo.
—Hola —me dijo tímida y sus ojos levemente miraron lo que pasaba a mis espaldas. Yolei gritaba, su hija lloraba, Joe hacía mal uso de sus pésimas habilidades para reprender—. Un gran alboroto.
—¡Sí! —indiqué con entusiasmo, viendo cómo ella me obstruía el paso hacia la libertad.
—¿Esos son mis adornos? —preguntó incrédula, apuntó con su dedo mientras yo la llevaba hasta el pasillo del edificio, el que daba al ascensor. Sora estaba alcanzándole el basurero contaminado a Ken para poder tirarlos.
—Acompáñeme, por favor —dije guiándola hacia quién sabe dónde, mi cerebro no podía maquinar nada en esos momentos ya que, si pudiera sudar, estaría nadando dentro de mi cabeza. No había nada en ese pasillo que pudiese interesarle, terminaba en una pared de concreto poco iluminada, ya que se estaba remodelando. Cualquiera con imaginación pensaría que la llevaba hasta allá para dejarla abandonada a su suerte—. Aquí me gusta, es callado y puedo pensar. —La señora miró a su alrededor con cara de espanto, estaba demasiado húmedo, lúgubre y ciertamente esa fría brisa que entraba por las uniones expuestas de las paredes no eran de lo más agradable—. Buscaré a Izzy para que hable con él, es mejor aquí porque los gritos de los niños no se escuchan.
—No, Mimi, no es necesario —me dijo ella, por su cara, sé que estaba a punto de huir y decirle lo mala que era a mi esposo postizo. Puse cara de terror y la imaginé corriendo con maldad mientras que yo la perseguía para luego lanzarme sobre ella y aplastarla, inactivando así sus poderes malignos sobre mi amado Izzy—. Es contigo con la que quería hablar, no sabía que él había tomado el día libre. Esperaba encontrarte sola.
—Oh… —se me escapó y no pude decir nada más. Mis ojos lagrimearon—. Sé que me odia pero no puedo evitar estar con su hijo.
—No es eso —replicó rápidamente ella, al borde de las lágrimas.
—¿Qué es, entonces? —lloriqueé y me llevé las manos a los ojos. Ella hizo lo mismo.
—Perdóname —dijo acongojada.
—No diga más —repliqué del mismo modo y usé mi manga para secar mis fluidos nasales. La señora abrió su enorme bolso de mano y sacó de allí un paquete de pañuelos desechables, los cuales me los acercó—. Gracias.
Unos pasos nos alertó.
—¡Sora rompió fuente! —Era Joe con sus enormes piernas de saltamontes—. Iremos al hospital inmediatamente... Oh, hola señora Izumi —la saludó caballerosamente para luego retirarse tal cual llegó, a zancadas—. Nos vemos allá.
Cuando se fue, me sentí en la libertad de pecar en inocencia. Era nula en bebés.
—¿Se le rompió la placenta?
—Y el líquido amniótico salió.
—¿Cómo limpiaré eso? —bromeé pensando en que, tal vez, eso le gustaría a mi suegra querida. Ella solo sonrió. Debíamos ir a buscar al pelirrojo, quizás estaba buscándome ya que no sé dónde estaba cuando salí del departamento secuestrando a su madre. Se me revolvió el estómago y cuando di un paso, todo mi líquido salió por las piernas, como si hubiese tomado litros y litros de jugo de manzana. Olí solo para asegurarme de que todavía controlaba mi esfínter. Mire a mi suegra cuando supe que no me había orinado—. Ayuda —supliqué con un hilo de voz, no era capaz de moverme al pensar que un bebé podía salir disparado por esos pasillos sucios. Izumi, con los ojos como platos, se quedó muda.
—Buscaré a mi hijo —me dijo y yo negué con la cabeza, no podía dejarme sola. Ya no podía alcanzarla para aplastarla.
Tarde como siempre, disculpen, ya me conocen.
Este cap me gustó mucho, me hizo reír un par de veces mientras lo escribía y realmente siento que Mimi está mucho más madura que en los capis anteriores. Estoy en las nubes por eso. Aaah, y una aclaración, como la protagonista está apunto de dar a luz, este fic está por terminar(aunque un día, apretada como nunca en un bus para ir a clases, me asaltó la idea de hacer "Madurez 2" pero es muy arriesgado y ridículo xD), según mis cálculos, el fic terminaba en este cap, pero se alargó así que lo corté. Ya se vienen más ridiculeces de Mimi :D
Agradecimientos a Asondomar, Digific, Japiera, May-chi, CieloCriss y Hikari Blossom.
Me duelen los ojitos por lo tarde que es,
SS.
