ReCap: Los años cincuenta van a ser bastante complicados, aunque todavía no. ¡Empieza una saga de conferencias como la de Messina, como dicta este capítulo en italiano! Espero poder interrumpir esta saga mucho. Si en esta historia solo hubiera reuniones, sería muy aburrida, ¿verdad? Pero no os preocupéis ;D
DISCLAIMER: HETALIA NO ME PERTENECE.
11-Conferenza di Messina
1955 – Messina, Sicilia, Italia
El niño se miró en el espejo, impresionado. Era la primera vez que llevaba un traje tan elegante, y tenía que admitir que no le quedaba nada mal. Era azul oscuro, casi negro, con un bolsillo en la parte superior izquierda de la chaqueta y unos pantalones que le quedaban algo largos, pero que tenían una ralla bien planchada. Llevaba una camisa blanca, que hacía un contraste brutal con la corbata, rojo fuerte.
Y ahí estaba el problema.
La corbata.
No había forma de atársela bien.
– Lud… –dio la espalda al espejo. Alemania le miró de reojo. Llevaba un traje gris claro y una corbata azul, lo que venía a ser el traje más reglamentario del mundo.
– Bájate de la cómoda.
– ¡Pero es que sino no me veo! –protestó, saltando al suelo. Se acercó al alemán, que se estaba calzando unos zapatos oscuros con un tacón de apenas un centrímetro, pero que sin duda le harían más alto– La corbata es algo extraño, Lud. Lo acabo de decidir.
Alemania suspiró y la ató correctamente, porque con el nudo que se había hecho el niño parecía que se estaban ahorcando.
– Ya le cogerás el tranquilo –dijo al terminar–. ponte los zapatos, nos vendrán a buscar dentro nada.
Elias fue corriendo a por los zapatos de cuero negro que le habían comprado expresamente para esa reunión. Con todo el traje puesto, no podía pensar en otra cosa aparte de que estaba hecho un pincel. Se preguntó cuánto tardaría en arrugarse, mancharse o romperse.
Llamaron a la puerta, y Alemania suspiró al ver al personaje que apareció tras ella. Era Romano.
Llevaba un traje negro azabache con unas rayas blancas muy finas. Los zapatos también eran negros, mucho más estilosos que los de Elias o Alemania, y en vez de llevar corbata, tenía un lazo rojo que no podía llamar más la atención. Aparte, tenía unas gafas con cristales tintados y un sombrerito negro, con una cinta roja, al que daba vueltas en la mano.
Alemania levantó una ceja.
– ¿De qué vas?
– De mono de feria. Tú no preguntes, y todo irá bien, Capicci? –respondió, colocándose el sombrero.
– No puedes vestirte como un mafioso para una reunión.
– Rétame.
– ¡Roma, mola tu traje! –exclamó Elias, pasando de la preocupación de Alemania.
– … Pues tú pareces un Señorito a escala reducida –comentó este tras un vistazo. Después miró su reloj– Si no nos vamos ya llegaremos tarde, así que moved el culo.
– ¡Quiero probarme tus gafas, Roma!
– Yo no quiero que te las pruebes.
– ¿Y es sombrero?
– Tampoco.
– ¿Los zapatos?
– Ni siquiera son de tu talla. Y cállate, me estás mareando.
Fueron a salir, con el niño primero, pero a Romano le detuvo Alemania. El castaño se giró, molesto.
– A ti sí que NO te voy a dejar probarte nada mío.
– Ni que quisiera -replicó Alemania. Entonces metió la mano en la chaqueta del italiano, sacando un bonito y plateado revólver.
– ¡¿Qué haces?! –masculló el hombre, e intentó alcanzar el arma rápidamente, pero el alemán la levantó sobre su cabeza, y se acercó rápidamente a la cómoda, donde la metió en un cajón que cerró con llave.
– Asegurarme de que no pasa lo de la última vez.
– Bastardo, ¡era teatro! ¡Estaba descargada!
– Me da igual, no viajarás armado con Elias. Es más, ¿por qué llevas arma? –Alemania salió por la puerta, no sin antes empujar a Romano fuera. Elias miraba las plantas del pasillo, tan feliz.
– Siempre llevo, bastardo. Estás en el sur de Italia, conmigo. Deberías asegurarte una buena protección, como un revólver –dijo, extendiendo los brazos a su alrededor al salir del edificio, como intentando que viera dónde estaban–. Además, pasé la noche en un "arreglo de cuentas" que acabó hace seis minutos. Así que no me ha dado tiempo para cambiarme, porque tenía que ir a buscaros.
– ¿Un ajuste de cuentas? –se extrañó Alemania.
– Sí. Un ajuste. Cosas mías –respondió el otro, quitándole importancia–. Como terminó hace poco, espero que no tengamos problemas durante el viaje...
– ¡¿Qué?! ¡¿En qué lio nos vas a meter?!
– Se supone que ninguno.
– ¿Qué pasa? ¿Un lio? ¿Una aventura? –llegó el niño, emocionado– ¡Sería genial!
Romano lo miró con las cejas levantadas tras las gafas.
– A ti te gusta mucho el riesgo, ¿no?
– Es que Alemania me protege mucho, y aburre.
– Es por tu bien, Elias. Aquí... -miró al italiano- … tendrías muchos problemas, es muy peligroso.
– ¿Sabes qué, macho patatas? Por una vez estoy de acuerdo contigo.
Siguieron caminando por la calle, el chico mirando feliz todo. Le encantaba la idea de haber visitado Italia.
Hacia como una semana que Alemania le había avisado de una reunión, a principios de Junio, a la que tendría que asistir. Al principio el chico maldijo todo, porque a las reuniones a las que iba siempre resultaban ser un muermo.
Pero entonces le dijeron que era en Messina, Sicilia.
Italia.
Y no pudo estar más contento, porque Veneciano le había hablado mucho del país de la pasta, y siempre le entraban ganas de ir Venecia, o al Vaticano, o a Roma, o a cualquier sitio de allí.
Y el día anterior Alemania y él viajaron a Messina, el primero aguantando los comentarios emocionados del segundo. En Messina se alojaron en un hotel, e Italia les llamó por teléfono y les avisó de que les recogería a la mañana siguiente, aunque al final fue Romano. Pero daba igual, porque estaban en Italia y Romano seguro que se sabía toda la historia de cada esquina…
En fin, que ahora estaban caminando por las calles de Messina, bajo un sol abrasador que poco tenía que ver con el de Berlín, con edificios con balcones abiertos y cosas por el estilo, impensables más al norte. Y la gente sonreía. Era, como, otro planeta.
– ¡Aquí hace mucho calor! –exclamó el niño, emocionado (TODO lo decía emocionado).
– No has visto esto en Agosto, ¿verdad?
– ¡No!
– Pues te pierdes mucho. Aunque no se puede comparar con el verano del imbécil-bastardo español. ÉSO es calor.
– ¡¿Cómo es Esp...
– Cállate -cortaron Romano y Alemania a la vez. Y Elias, como no se iba a callar, cambió de tema
– ¡He aprendido mucho italiano, Roma! ¡Tú hermano enseña muy bien!
El hombre alzó ambas cejas por encima de las gafas.
– ¿Mi fratello te ha enseñado italiano? –parecía que tenía hasta curiosidad.
– ¡Estos cuatro años! ¡Lo hablo perfectamente! ¡Y verás!
Italia del sur le miró pensativamente un momento, y después rio por lo bajito.
– Todos dicen que saben italiano hasta que descubren el detalle.
– ¿Qué detalle?
– Ya lo sabrás.
Elias insistió, pero no parecía que le fuera a contar más, y Alemania tampoco. Genial.
Siguieron andando hasta llegar a una plazoleta, donde Romano se paró. Sacó una especie de walkie-talkie, y empezó a hablar en un italiano muy rápido y extraño. Elias no entendía mucho, por no decir nada. El acento del hermano de Veneciano era muy diferente, y había palabras que se le escapaban por completo, como si fuese otro idioma. Pero le daba igual, estaba feliz con oír la lengua. Se oyó luego una voz del walkie, que por la distancia a la que estaban resultaba inintelegible. Alemania abrió los ojos de par en par al reconocer a Italia. Acabaron con un "ciao", y Romano guardó el transmisor. Se giró para ver que sus dos acompañantes le miraban como si fuera un bicho raro.
– Che?!
– ¿Por qué hablas con tu hermano por un WALKIE-TALKIE?
– No es un walkie, bastardo. Es un teléfono seguro.
– Sí, claro, un teléfono sin cables, ¿me tomas el pelo? –el alemán se llevó una mano a la cara, mientras Elias saltaba de la emoción por el carácter misterioso de las conversaciones de Romano– Por qué no podéis quedar a una hora y ya está, como todo el mundo…
– ¿Y qué te ha dicho? ¿Y qué te ha dicho? –preguntaba el niño, emocionado.
– Que no parece que vayamos a tener problemas.
– ¡¿Pero qué estáis tramando, Vargas!? –Alemania estaba preocupándose de verdad.
– Cazzo! ¡Nada! ¡Te dije que podría haber problemas y no los hay, y punto! –zanjó, dirigiéndose a un coche que había aparcado al otro lado de la plazoleta. Alemania ya estaba temiendo desde un tiroteo a una persecución policial.
En el coche parecía haber un tipo que parecía tener la misma edad de Romano, con una barba de pocos días y el pelo negro revuelto. Tenía unas ojeras enormes.
Romano dio unos golpes al capó, llamándole la atención.
– ¡Piero! ¡Ya nos vamos!
– No podías tardar más, ¿verdad? Me he tomado tres cafés mientras te esperaba... –se calló al ver los acompañantes de Romano– Vaya, un niño de un metro y un hombre de dos, ¿buscas contrarios, Lovino?
– Ha sido casualidad. Venga, nos piramos
– ¡Pero preséntame, hombre!
El castaño le miró con cara de "cállate, pesado", y se sentó en el asiento que estaba al lado del del conductor. Se dirigió a sus propios invitados, que como buenos ciudadanos se habían puesto el cinturón y estaban sentados correctamente, no como él. Ambos les observaban confusos, porque no habían entendido nada. La conversación había ido en italiano.
Pero es que no había pillado nada. Elias juraría saber suficiente italiano para eso. Y Alemania más.
– Ludwig, Elias, este es Piero, un amigo mio.
– Solo me usa de chófer, ni me estima -habló el hombre en un inglés con mucho acento, pero correcto– Y luego quiere que le invite a un café y se enfada cuando le digo que no lo merece...
– Conduce, bastardo. Llegamos tarde –cortó Romano, molesto.
Piero suspiró y arrancó el motor. Elias decidió que ese italiano le caía bien.
Romano abrió rápidamente la guantera del coche, y sacó una pistola pequeña y con un cañón minúsculo. Elias quedó asombrado, Alemania frunció el ceño y Piero siguió conduciendo tan tranquilo tras un breve vistazo.
– ¿Cuándo has metido esa pistola de señorita en mi coche, Lovino?
– Obviamente cuando tú no estabas.
– ¿Te quito el revolver para eso? –les cortó Alemania.
– Predecí que lo harías, y no puedo ir desarmado. Tampoco tengo intención de disparar a nadie. Siempre que no me molestéis, claro...
– ¡ROMANO!
– ¡Chigiiiii! ¡No grites, maldito macho patatas! ¡Te oigo perfectamente! ¡Que no voy a dispararos, es una jodida broma! ¡¿Feliz?!
– Jaja... "chigi"... menudo grito... me matas... –comentó entre risas Piero– ¿Y qué es eso de "romano"? Que yo sepa, eres napolitano.
– Es un apodo, porque les conocí en Roma –contestó tranquilamente el sureño, y a través de las gafas, Alemania pudo ver la cara de "me debes una".
– ¿Y de dónde sois?
– De Berlín.
– ¡Alemanes! Los odias bastante, ¿no, Lovino?
– Dilo más alto.
– ¡Pero yo no soy de Alemania! ¡¿A mí también me odias?! –saltó Elias.
– ¿Eh? No, no te odio…
– ¿De dónde es el enano? –siguió preguntando Piero.
– Lo adopté en Lugano -mintió Alemania, aunque iba a acabar siendo su nacionalidad oficial.
– ¿De Suiza? Vaya, es la primera vez que oigo que sacan niños de allí en vez de meterlos... –comentó, divertido– La verdad es que Lovino odia también a los suizos, y terminaría antes si dijera lo que no odia, la verdad, pero yo conocí a uno y era muy majo…
– ¡Cazzo, cállate ya! ¡Hablas más que mi hermano! –Romano dio un golpe al salpicadero, frustrado.
– Es que si no me duermo, y como nos estrellemos...
– Supongo que tu has estado con Lovino en vela también -opinó Alemania, advirtiendo el traje de Piero, muy parecido al de Romano.
– Sí. Él lleva gafas para ocultar las ojeras, pero yo no tenía ningunas a mano.
– ¿Y qué pasó? ¿Y qué pasó? –preguntó el niño. Romano se giró y miró a sus acompañantes, furioso.
– Estáis sordos... ¡QUE HUBO UN AJUSTE DE CUENTAS! ¿¡Es que no os entra en la cabeza!? Si lo hubiera dicho en italiano lo entendería, pero de verdad...
– Yo pedía más detalles... –para Elias, no estaba en Italia, estaba en el cine.
Entonces Romano se calló, y Piero empezó a reírse, más tarde seguido por el país. El chico se preguntó que habría dicho tan gracioso, y miró interrogante a Alemania, pero este se tapaba la cara con la mano, resoplando sin cesar.
– ¿Qué? –replicó el chico, molesto.
– Contar te lo podemos contar, pero luego tendríamos que matarte –zanjó Italia del Sur.
– ROMANO –rugió Alemania.
– ¡¿Qué?! –gritó el niño.
– ¡Lovino! –exclamó Piero, entre risas– ¡No asustes al niño! –el país bufó– Verás, señorito Elia, ayer una chica le dio plantón a vuestro amigo, le tiró un plato de pasta a la cara, lo esquivó, le dio a un borracho, y comenzó una pelea. Al final acabamos todos en comisaria.
Romano le miraba seriamente tras las gafas.
– ¿Cómo que…
– Toooomaste mucho vino, amigo –el conductor le cortó mientras llegaban a un edificio imponente, seguramente el ayuntamiento.
Alemania notaba a mil leguas que Piero estaba mintiendo. Pero a Elias eso le valía.
– ¡Guau, Roma! ¡Tienes muy mala suerte con las mujeres! –rió.
– ¡No digas tonterías, soy lo único que desearía una dama…!
– ¡Ya hemos llegado! –anunció el conductor, aparcando delante del ayuntamiento y terminando la conversación.
Romano y Elias bajaron, y Alemania miró enfadado como el primero se llevaba el arma.
– Señor Ludwig, tranquilícese. El arma está descargada –comentó Piero cuando se alejó Romano.
– ¿De verdad? –el alemán alzó una ceja.
– La vació anoche. Hubo un poco de revuelo.
– No se si alegrarme o preocuparme.
– Piensa que ahora la ciudad es ahora un poquito más segura. Olvídese del tema y ya está.
Tras la sugerencia, arrancó el coche y se despidió de todos mientras desaparecía por las calles de Messina. Alemania se giró, para descubrir a Romano mirando la pistola.
– Vaffanculo... –murmuró, mientras ojeaba el cargador, vacío. Elias reía mientras el castaño empezaba a murmurar insultos en italiano, y el germano empezó a temer que se los aprendiera.
Avanzaron por el patio del edificio, un camino bordeado de hierba y decorado para la ocasión con banderas de diferentes países. En la puerta del edificio se encontraba Italia, sentado y tomando unos espaguetis de una lata. Llevaba el mismo traje que su hermano, pero la cinta y el lazo de su sombrero era verde. Al ver que llegaban dejo la pasta y se levantó de un salto.
– ¡¿Habéis llegado sin problemas?! –dijo, dando un abrazo a Alemania antes de que este pudiera esquivarlo. Después pasó a coger a Elias en brazos (que sencillamente flipó al verse a esa altura), y finalmente intentó abrazar a su hermano, que le puso el cañón de la pistola en la frente.
– Perfectamente –respondió cuando Italia volvió a por su pasta con una sonrisa en la cara.
– Italia... ¿se puede saber por qué llevas esa ropa?
– Ve~ Es bonito, ¿a que sí? –dijo poniéndose las gafas tintadas que llevaba colgadas de la chaqueta, y empezó a dar vueltas como si llevase un vestido de boda y quisiera enseñarlo– y mira, si no sonrío con estas gafas parezco un malote... ¡No puedo dejar de reír! –dijo tras un intento de parecer serio, lo que le hizo partirse de risa– ¡Tienes que enseñarme, fratello!
– Olvídalo, es imposible.
– ¡Feli, Feli! ¡¿Me dejas probarme el sombrero?!
– Ve~ ¡Claro! –Italia le puso su sombrero a Elias, y las gafas también– ¡Te queda genial!
– Uah ¿De verdad? ¿Tú que opinas, Lud?
– Está... ¿bien?
– ¡Me tienes que comprar un gorro como este! ¡Roma, tu hermano es más majo que tú! –dijo, girándose hacia el otro Italia.
– Nunca dije que yo lo fuera –replicó el susodicho.
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Esperaron a que Italia se acabara la pasta (dentro no se podía comer), y entraron. El Italiano les guió por los pasillos del ayuntamiento, todo balaustrada y mármol hasta que entraron en una sala bastante grande. Tenía una mesa circular con un hueco en el centro, y habría asiento para unas veinte personas, pero solo ocho estaban dispuestos con papeles y agua.
Ya habían llegado todos excepto Francia, así que se sentaron a esperar.
– Tsk, tenía que faltar el bastardo pervertido...
– Ve~ ¿Habrá tenido problemas?
– Los problemas los tendrán los que se topen con él. Ni siquiera yo he llegado tarde y tenía trabajo. Como se haya quedado ligando...
Holanda se acomodó en su asiento, y si no puso los pies en la mesa era seguramente porque tendría que pagar los roces.
– Que sepáis que el tiempo que estemos sin reunión, será tiempo perdido y me lo tendréis que pagar.
– ¡Ned! Si nosotros hemos llegado bien es porque insistí en que viniésemos hace dos días...
– Estoy perdiendo un tiempo que podría usar para trabajar, así que ese francés me pagará cien florines neerlandeses por cada hora perdida.
– Tú no tienes remedio… –la belga se dejó caer en una silla, mirando por décima vez los papeles de la reunión– Si es que ya me los sé de memoria…
Luxemburgo, a su lado, hacía lo impensable: más trabajo.
– Oye, la verdad es que yo también tengo mucho que hacer, ¿no podemos empezar sin él...?
– Quedan tres minutos para que empiece la reunión oficialmente, ¿podéis dejar de quejaros? –zanjó Alemania, sentándose en la silla reservada para él, con Elias al lado.
– Alemanes, siempre pendientes del tiempo... más vale que no le hayas pegado esa manía al niño...
– ¡Me tiene en un horario muy estricto!
– La única norma es acostarse a las nueve...
– ¿Ves? Es súper estricto...
– … Me pregunto si aquí venderán gofres… –murmuraba Bélgica para sí misma, aguantando las ganas de hacer un avión de papel.
Entonces se abrió la puerta de par en par.
– Bonjour –una cara tan conocida como poco querida apareció por la puerta. Francia llevaba un traje color burdeos y una corbata plateada–¿Echabais de menos al hermano mayor?
La cara de aburrimiento de la mitad de la sala le obligó a mirar la hora.
– Oh là là… Justo a tiempo, creí que llegaría tarde...
– Me debes cien florines.
– ¡¿Qué?!
Bélgica le dio un codazo a su hermano, con una sonrisa cómplice.
– ¡Dijiste por hora, Ned!
– El tiempo es valioso. Por minuto.
– No entiendo nada, ¡pero no soltaré ni una moneda!
– ¿Empezamos ya la reunión? -habló Alemania dando un golpe en la mesa.
Los países callaron rápidamente y empezaron a hojear los papeles que había sobre la mesa. Elias suspiró al ver que los suyos estaban en alemán. Para leer prefería el inglés, las palabras germanas eran tan largas que cuando acababa una frase ya se había olvidado de la anterior. Así que se quedó mirando a las naciones. Alguna comentaría el tema.
– Ya más o menos sabéis de que va, ¿no? –dijo el alemán, y Elias asintió con seriedad, aunque no le engañó en absoluto– Bien, como ya hemos notado, la CECA está resultando ser bastante beneficiosa…
– Y guapa –comento Francia.
– La UNIÓN, no el NIÑO, Bonnefoy.
– Oh, la unión también es una belleza.
– Cállate, pervertido –le espetó Romano–. ¿Cómo puede ser algo que no se ve bello?
– Pero Romano, ¡yo no te veo los ojos y se que son preciosos! Me gustaría también verte otra c-
Francia quedó acallado por un puñetazo de Italia del Sur, que había volado desde su asiento al de él en un segundo. Y Elias se quedó sin saber que quería ver el galo.
– ¿Podemos seguir? -preguntó el germano, y Romano volvió a su asiento. Bélgica aplaudía– Perfecto. Mis jefes, y también los vuestros, han estado pensando en ampliarlo a más cosas aparte de carbón y acero.
– ¿Qué quieres decir? ¿Que ahora tengo que compartir mi dinero? –preguntó rápidamente Holanda.
– … Que yo sepa, el tuyo no, el del territorio. Sería una ampliación a toda la economía.
– ¿Tú me mandarías salchichas y yo macarrones? Bastardo, eso no es equivalente.
– Yo no tengo mucho que exportar, mi país es pequeño –opinó Luxemburgo–. Aunque cambiaría gustosamente horas de trabajo por gofres...
– ¡No hace nada de falta intercambiar nada para que te dé gofres! –exclamó Bélgica, riéndose, y sacó la bolsa que había traído para la ocasión. De todos los países, era la que más tiempo llevaba esperando a que comenzase la reunión, y huelga decir que sus gaans de hacerla rozaban el cero por ciento.
– Yo os daré el mejor vino francés.
– Ve~ ¡Pasta! ¡Yo exportaré pasta!
– Yo os cambio lo que queráis por dinero.
– Oh là là ¿Cualquier cosa? Yo acepto ese intercambio...
– ¡Callaos ya! –Alemania intentaba no perder la reunión– ¡Pensar en los ciudadanos! ¡Nosotros no nos vamos a intercambiar nada! –pero los países seguían jugando al trueque.
– Francia, te cambio mis patatas fritas por queso de Auvernia.
– Yo tengo tomates, pero no los exportaré al país del macho patatas.
– Ve~ ¿Por qué?
– ¡Porque no!
– ¿Nadie quiere horas de trabajo...?
– Las cojo si me das dinero.
– Hecho.
– ¡¿ALGUIEN ME ESTÁ ESCUCHANDO?!
– ¿Cuánto pides por las horas?
– Mucho.
– ¿Cuánto?
– Tú dame mucho.
– Vale.
– Hey, hey, hey, espero que no estéis yendo en serio… Ned, Lux, que os conozco…
– No hagáis enfadar a Belgique~
– ¡PARAD TODOS Y...
– Lud... –Alemania y el resto de países callaron al ver que el niño levantaba la mano.
– ¿Alguna pregunta? –Alemania se sentía esperanzado.
– Si acepto esto... ¿creceré?
… Y ya no. Se llevó la mano a la cara. Ni el niño se concentraba.
– Uno quiere dinero, otro porno, y otro crecer. De verdad, estáis todos locos –sentenció Romano, tomando un gofre de la belga.
– Oh, oh, ¡yo también quiero uno!
– Marchando un gofre para Élie~
– ¿Tráfico ilegal de dulce? Yo también quiero probarlo...
– Otro para Luxemburgo~
– Ve~ ¡Y yo!
Alemania dio un golpe en la mesa de Elias, que pegó un salto. Las naciones enmudecieron, a medio transporte de gofres para Italia. Al parecer, esa debía ser la única forma de controlar una reunión.
– Dado que os parece tan buena idea esto del intercambio maximizado, zanjamos el asunto y salís fuera a tomar vuestra bollería prefabricada, ¿entendido?
– ¡No es prefabricada!
– Bastardo, ¿cómo se acaba esto?
– Firmad los papeles y punto.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Los países firmaron y se fueron yendo. Elias estaba feliz, había sido una reunión corta y divertida, e iba a crecer (nadie se lo había confirmado, pero lo inquiría).
Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo salieron, todos con un gofre en la mano, y más tarde un malhumorado Alemania. Elias le iba a seguir, pero oyó algo que le hizo parar.
– Romano, tengo que hablar contigo –dijo Francia acercándose al asiento del italiano.
– Yo no. Ya te lo pasaste bastante bien hoy, ¿no?
– Mon chér, no tiene que ver con la reunión. ¿Sabes por qué llegué tarde?
Elias se volvió a sentar, curioso. Al parecer no le notaron.
Romano miraba al galo confuso.
– ¿Una tía te ha dado plantón y te ha lanzado un plato de pasta a la cara?
– Non.
– ¿Entonces por qué?
Francia sonrió, y le entregó lo que parecía una carta. El castaño se sorprendió un tanto, y la hecho un vistazo. Levantó una ceja.
– Está en árabe –dijo, señalando la escritura propia del idioma, aunque Elias no podía ver más que líneas desde su sitio.
– Lo sé.
– Jaja... ¿Y piensas que yo puedo traducirlo? Hace más de seiscientos años que no lo hablo, ha debido de cambiar bastante, ¿no crees?
– He hablado con gente que conoce el idioma, filólogos y traductores. Pero no lo podían entender.
– Pues te engañaron y en realidad no sabían ni papa de árabe –el italiano le tendió la carta.
– Me refiero a que me dijeron que era árabe antiguo, Romano –explicó Francia, deteniendo la mano de Romano, que alzó levemente la carta. La miró unos segundo y luego volvió a levantar la cabeza hacia el francés.
– … Tú eres la penúltima persona en el mundo a la que haría un favor.
– Oh, vamos…
– No te lo traduciré.
– ¿Qué?
– Que te jodas –aclaró el italiano, devolviéndole la carta con más insistencia. Pero el rubio no la cogió.
– ¿Y si te digo que llegó desde Valencia?
Romano se detuvo en seco. A continuación abrió la carta, y echó un corto vistazo a la apretujada letra arábiga antes de empezar a leer, bajo la atenta mirada de Francia.
La cara de concentración del sureño era tal que nadie se atrevería a molestarle ni un segundo. Era algo bastante extraño verle leer la carta, sin saber qué expresión podría tener tras esas gafas, aunque a juzgar por lo tensos que tenía los labios, parecía preocupado. Francia le miraba extrañado, sentado en su asiento, mientras Romano daba vueltas cerca suya. Estuvo así unos minutos que a Elias le parecieron eternos, y seguramente fue mucho tiempo, porque el galo miraba el reloj de vez en cuando. Debía de ser una carta bastante difícil de entender, porque larga no parecía.
Entonces Romano paró de andar, y dejó el papel encima de una mesa, en la que apoyó las manos a modo de soporte, su cabeza seguramente muy lejos de allí.
Después cogió su maletín y se fue, dejando la escritura y a un sorprendido Francia.
– … Vaya, ni me ha dicho lo que pone... –habló para sí mismo, cogiendo la carta y mirándola interrogante. La guardó, y al levantar la vista descubrió que no estaba solo. Elias le miraba, ansioso– ¿Tú no estabas fuera? ¿Qué...
– ¿Dónde está Valencia? –preguntó el niño de repente.
– Está en España, en la costa Mediterránea –respondió tras unos segundos, guardando la carta– Has oído todo, ¿verdad? –el chico asintió– Hmm… No se lo cuentes a Alemania. Hasta que sepa lo que pone, esto es un secreto, ¿entendido? –dijo más serio que nunca.
– … Entendido.
– Très bien! ¡Hasta luego! –terminó Francia, cogiendo su maletín y saliendo, dejando solo al chico, que no tardó en irse también, pensando en los gofres.
¡Nada que traducir en este capítulo! Solo hay insultos de Romano xD
Por cierto, si alguno sigue preguntándose por qué Elias no entiende nada del italiano de Romano, ¡en Italia los dialectos son muy variados! Y no hablo de la diferencia entre el español de España con el de Uruguay o por el estilo, eso son detalles, me refiero a una diferencia tal que en muchos casos parece otro idioma. El italiano que se enseña en las escuelas y en las clases de idioma es el de la toscana, el de Roma, pero ya os digo que varía muchísimo, sobre todo si nos vamos a Sicilia. No digamos Cerdeña...
La conferencia de Messina fue una de las muchas reuniones iniciales que tuvieron los países de la CECA. En esta ya se empezó a discutir ampliar la unión a toda la economía, lo que significaría, primero, cambiar el nombre, y segundo, crear uno de los pilares de la Unión Europea.
Sobre Messina, es una ciudad en la punta de Sicilia más cercana a la bota de Italia, tanto que se podría hacer un puente y unir ambos sitios, pero no se ha hecho. Sicilia es el lugar de nacimiento de la Cosa Nostra, cuya sede se encuentra hacia el Oeste de la isla, pero que tras la Segunda Guerra Mundial se expandió por todo el país. La mafia tenía mucha fuerza en esta época, en resumen. Y, ya aviso, Romano no es un mafioso, ¡así que no me lo rebajéis a eso! Es más, en esta recapitulación he tenido que cambiar muchas cosas para que quede correctamente xD
¡Eso es todo! ¡Se aceptan Reviews!
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