¡Y he vuelto otra vez, ¿me tarde mucho? ; v ;
Ugh, no saben lo culpable que me siento por volver las actualizaciones informales :c.

En fin, veo que muchos disfrutaron el modo en que se está desenvolviendo la relación de estos dos niños evé y me da gusto, sobre todo porque lo mejor ya estará por venir, aunque todavía nos falta muuuuucho por recorrer :v.

De nuevo: ¡Muchísimas gracias por sus comentarios a todos!, de verdad que son un amor todos ustedes ;u;

Espero disfruten el capítulo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.


Aquella noche, hace tantas décadas atrás, Aomine había salido a cazar a aquel neófito que se reportó como creación ilegal. Con simplemente sentir el olor de ese vampiro, supo que estaba hasta otro distrito y uno bastante lejos, pero no había problema alguno, porque justamente hoy era luna llena y su fuerza estaba desatada, estaba imparable.
Sobre todo, porque justamente hoy hacía un año que fue desterrado, pero para él era como si hubiera sido ayer, porque toda esa herida seguía siendo reciente y sabía que jamás se curaría, sin importar qué.

Motivado por ese odio, movió sus patas con violencia y en menos de lo que pensó, ya estaba en aquel lugar del país. Había algo diferente, porque ya no solo olía a aquel vampiro neófito, sino había otro olor completamente diferente y atractivo, un olor que parecía surreal de tan atrayente; lo que fuera, no era humano, ni vampiro, ni licántropo, pero tenía la esencia de estas tres especies juntas, cosa que era todavía más raro. De modo que ahora ya no solo corría por querer matar aquel vampiro, sino por conocer al dueño de aquel olor y probablemente degustarse con su carne al tomarlo como su cena.

Corrió y corrió con una necesidad impresionante, que hasta parecía ansiedad. Mismo motivo que hizo que cuando llegara, no pudiera detenerse y atacara a aquel vampiro que acorralaba al ser de aquel olor tan atrayente; destrozó al neófito con muchas ganas y aulló orgulloso por completo, arrogante como siempre.
Ahora iría por aquel ser, sin duda alguna.

Pero cuando giró su cabeza lobuna, esos largos cabellos rojos como el fuego distrajeron sus pensamientos, dispersando sus planes originales, hasta que su mirada se encontró con ese par de ojos rojo oscuros, que le veían encantados. Y darse cuenta de la admiración de ese ser que tenía todo el aspecto de ser una mujer, le hizo sentir complacido.
Sobre todo, cuando fue consciente de la belleza poderosa de aquella mujer de más de metro setenta, con elegantes curvas que lucían a la perfección por ese vestido largo y celeste.

Por alguna razón, Aomine no podía apartar la vista de aquella mujer y su instinto le dijo que debía huir, alejarse de eso que era desconocido para él y que le hizo estremecer. Supo de alguna forma que aquella pelirroja era peligrosa y siguiendo su instinto, saltó para alejarse de ahí, como si ese momento jamás hubiera existido y rugió, dispersando ese olor tan fuerte de su nariz, antes de quedar cautivado.

Y gracias a esas barreras que crecieron y que se formalizaron al paso de los años, es que logró escapar.


Kagami abrió los ojos, frunciendo el ceño mientras se acostumbraba a la claridad del día. Ya se sentía mucho mejor, de hecho, hasta necesitaba darse un largo baño para terminar de recuperar su valiosa vitalidad.
Se talló los ojos con su mano sana y logró enfocar su visión, llevándose gran impresión al ver al peliazul sentado en el piso y apoyado a los pies del sofá, dormido con los brazos cruzados. No solo fue el hecho de que era probable que Aomine estuviera así, porque le cuidó toda la noche, sino porque al fin notó como la expresión dormida del moreno parecía más tranquila; todavía tenía el ceño algo fruncido, pero parecía más relajado. Lo que fuera que estaba soñando, le sentó bien.

Taiga se sentó en el sofá, que era su cama, y se inclinó un poco para mirar mejor el rostro dormido del moreno, fascinado. Porque por supuesto que lo estaba; hacía mucho que no lo veía dormir y saber que al fin no parecía sufrir mientras lo hacía, le hizo sentir aliviado, por lo que suspiró profundamente y sonrió complacido.
Continuó observando al licántropo dormir, hasta que sintió la necesidad de tocarlo, no era como si su cerebro se lo ordenara de manera consciente, sino que su cuerpo actuaba siguiendo el deseo de lo que de verdad quería en lo más hondo de su cuerpo. De modo que alzó ligeramente su mano sana, que era la derecha y vaciló antes de acariciar las finas cejas azules de Daiki con el dedo índice. Y como este no parecía sentir nada, porque dormía como vil roca, deslizó sus dedos por la nariz morena y respingada del lycan, hasta casi llegar peligrosamente a los labios ajenos, donde sus ojos rojos parecieron brillar al verlos.

El pelirrojo se sobresaltó completamente al ser jalado de su anillo que colgaba en su cuello y abrió los ojos como platos al estar ahora tan cerca del rostro del peliazul, quien ya estaba despierto.

—Ahora sé que soy tan irresistible que incluso tú quieres aprovecharte de mí mientras duermo —dijo Aomine socarrón con una sonrisa escéptica y picara.

— ¡E-eso no es cierto, idiota! —negó Kagami, ruborizándose, tanto por ese comentario (que realmente no parecía ser mentira), así como por encontrarse en descubierto. Frunció el ceño y le dio un manotazo al otro para soltarse y alejarse.

—Heh, te has puesto tan rojo como tu cabello —observó Aomine, sonriendo más amplió, como un casanova. Y es que para que negar que encontró malditamente atractivo al pelirrojo con ese sonrojo.

— ¡¿Ah?! ¡Necesitas ir al oculista! —gruñó Kagami, dándose la vuelta para ocultar su cara que se sonrojó más por ese comentario, irritándose.

—Mah, soy un hombre lobo y no necesito esas cosas, porque de por sí ya soy impresionante, Bakagami —repuso Aomine calmadamente y llevando sus brazos tras su cabeza, como si eso fuera obvio.

—Fanfarrón —acusó Kagami, viéndolo de reojo con un mohín fastidiado. Al menos ya no estaba sonrojado.

—Ya, deja de llorar y vámonos —ordenó Aomine con un bostezo.

— ¿A dónde? —preguntó Kagami, volteando el rostro con incertidumbre.

—… A desayunar —masculló Aomine, dándose la vuelta, evitando que el pelirrojo le viera el rostro por alguna extraña razón.

— ¡…! —la impresión de Kagami le inundó de una maravillosa calidez— De acuerdo, pero, necesito bañarme antes —agregó, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Solo no tardes o harás que me arrepienta, Bakagami —advirtió Aomine, sentándose nuevamente en el sofá y cruzándose de brazos.

El aludido chico le miró con una sonrisa de confianza y se metió al baño casi corriendo, parecía bastante feliz con el hecho de que lo llevarían a desayunar, cosa que hizo sonreír al peliazul.

Esto es peligroso, pensó Aomine con un suspiro. Él no era un idiota, al menos no en todos los sentidos, como en este, donde solo era terco y parecía huir.

Mucho antes se enamoró, mucho antes vivió una intensa relación con alguien y mucho antes también su corazón fue roto, mismo hecho que todavía sufría en todo este siglo, cosa que le llevó a suprimir todo para no hundirse más en la miseria.
Y por más, por más que supiera que no debería estarse dejando llevar así, había algo que se lo estaba impidiendo en toda la extensión de la palabra. Kagami tenía algo que parecía querer quemar y fundir lo que en esos años de soledad y amargura se construyeron, lo peor de todo es que Aomine lo estaba permitiendo de alguna manera, pese a toda la resistencia que ponía.

No olvidaba a Kise, para nada. Todavía lo recordaba, no como antes, pero lo recordaba y todavía sentía ese gran amor amargo por él dentro de su corazón.
Solo que el daño que le causaba recordarle, no era el mismo, al menos no como él lo recordaba y algo le decía que todo empezó tras el ataque que le hizo aquella vampira rubia hace más de tres semanas o más. Todavía no comprendía el por qué, aunque probablemente supiera la causa, no veía la consecuencia.

La negación y escape que había mantenido con el pelirrojo desde aquel día en que se despertó y se dio cuenta le tenía de la mano, parecía agrietarse poco a poco, lentamente. Lo que sea que fuera a desarrollar eso, todavía tardaría en llegar, quizá…

Pero algo era seguro para Aomine Daiki y ese era el hecho que algo había cambiado en su ser desde aquel día en que su transformación regresó y atacó a Kagami.
Si bien su subconsciente ya tenía claro la tremenda atracción que crecía entre ambos chicos, todavía faltaba algo para que Daiki terminara por darse cuenta y luego, aceptar ese hecho.

Cualquiera diría que sería fácil borrar todo lo que vivió con su anterior amor en ese siglo, pero la verdad era que precisamente eso que vivió fue algo que le marcó el corazón y si no lo había podido superar en todos estos años como era debido, era porque no sería algo que sucedería tan fácil, aún con todo lo que Kagami empezaba a mover en el peliazul.
Pero, también estaba el hecho de que Aomine ignoraba lo que Alex le había hecho con esos golpes aquella vez y de eso, tal vez no tardaría mucho en descubrirlo.
O eso fue lo que su instinto le dijo, cuando vio a Kagami salir del baño, usando la ropa que el moreno le prestó—porque no tenía la suya aquí, dadas las circunstancias en que pasó todo—, la cual le quedaba un poco más ajustada que cuando él la usaba, pero que le daba un toque feroz y sexy.

Aomine no abrió la boca por simple seguridad y solo indicó con un gesto en la cabeza para que saliera, para luego salir él.


Mientras que Taiga parecía muy concentrado leyendo una revista de deportes—que compró ayer cuando salieron a desayunar, misma comida que fue pagada por él, dada la falta de dinero del peliazul que no se esperó que el mundano tragara tanto—, ignorando lo mejor que podía la mirada intensa de Aomine. Este último le había dicho que comprara todo lo que fuera a usar para hacerse de comer, porque no volvería a sacarlo del departamento para ir a algún restaurante o algo y aunque el pelirrojo se quejó, terminó accediendo, porque bueno, todavía seguía sin curarse por completo.
Así que desde el día de ayer y hoy en la mañana, la cocina del licántropo cobró vida de una manera exquisita, por el bello don que Kagami tenía en la comida y eso que se le dificultaba cocinar solo con un brazo, pero la verdad sí que extrañaba hacerlo—verdadero motivo por el que al final accedió a lo que el peliazul le dijo— e incluso el paladar de este último salió beneficiado.

La expresión de Taiga se llenó de emoción y fascinación por quien sabe qué estaba leyendo, mostrando sus ojos iluminados y una sonrisa. Eso golpeó directamente el estómago de Aomine y viajó hasta su pecho, quedándose viendo cual encantado al pelirojo.
Con aquel momento a su vista, ese sueño que tuvo justamente el día de ayer, se hizo presente en su mente, volviéndose un recuerdo, aunque a duras penas recordaba bien a aquella chica, porque se encargó de olvidar bien ese olor. Sin embargo, no evitó sentir otra vez ese deje de familiaridad como el que sintió en la rueda de la fortuna al estar viendo fijamente a Kagami como ahora.
¿De verdad no he visto antes a este chico?, pensó Aomine, frunciendo ligeramente el ceño.
Ni mostró discreción cuando el pelirrojo le miró enfurruñado e incómodo porque no dejaba de tragarlo con la mirada.

—Voy a hacer la cena —avisó Kagami en un resoplido.

—Bien por ti, así te ganarás el premio a la mejor esposa —contestó Aomine con aparente desinterés, pero luego sonrió burlón.

—Jódete, Ahomine —replicó Kagami, fulminándolo con la mirada.

—Oye, deberías ser más agradecido, ¿no ves que te estoy dando el crédito? —inquirió Aomine, fingiendo molestia— Hasta deberías enamorarte de mí —añadió sin pensar.

— ¡…! —Kagami se quedó atónito.

—… —Aomine se hizo el indiferente.

— ¡Imbécil! —exclamó Kagami y le lanzó la revista con verdaderas ganas homicidas, caminando como alma que lleva el diablo hasta llegar a la cocina, donde su rubor se hizo presente.


El desayuno de aquel día pasó bien, contando las ligeras riñas infantiles que se desarrollaba en la cocina o comedor del peliazul por motivos completamente insignificantes, pero parecía que tanto este último como Kagami, se estaban acostumbrado y cualquiera que los viera desde una perspectiva externa, no dudaría en clasificarlos como pareja o al menos eso hacían los vecinos del edificio cuando los escuchaban pelearse o les veían asomarse en la puerta del departamento donde esos dos vivían.

Los dos chicos parecían felinos, porque se la pasaban durmiendo, no porque fueran unos flojos—al menos no el pelirrojo—, el motivo era que necesitaban recuperar fuerzas, sobre todo Kagami con todo lo que había pasado y prefería dormir para no impacientarse por no poder mover su brazo izquierdo aún. En cambio Aomine, ya tenía curada su herida de bala y dormía más porque el trabajo no le había llamado con el mismo frenesí que antes, cosa que aprovechó muy bien con sus horas extra de sueños. Por ello, los temas de conversación entre ambos no eran gran cosa y además de que siempre se retaban con las miradas luego de que se quedaran observando fijamente y ninguno cedía para ser el primero en romper el silencio.

Aunque esta vez, Daiki, que acababa de despertarse luego de su siesta después de la comida, habló al ver al pelirrojo haciendo estiramientos de artes marciales con su cuerpo, exceptuando su brazo izquierdo.

—Menos te recuperarás así, Bakagami.

El aludido resopló con fastidio por el apodito ese.

—Me siento inquieto si solo la paso sin hacer nada, no soy como tú, Ahomine.

—Hah, tú… —Aomine hizo una sonrisa irritada de igual forma por ese apodo, aunque sabía era lo justo— Bien, haz lo que quieras.

—Es lo que hago, ni que tuviera que pedirte permiso —replicó Kagami con una sonrisa orgullosa.

El peliazul entrecerró los ojos, cuando la alarma que hacía dos días no sonaba, cobró vida, llamando la atención de ambos chicos.

— ¿Qué es eso? —cuestionó Kagami, dejando de hacer lo que hacía, para ver al dichoso aparato que sonaba, el cual parecía un mini celular que estaba tirado debajo de un sofá.

—Voy a salir —fue lo único que respondió Aomine, pasando al lado del pelirrojo para abrir la ventana.

—Pero, ¿por qué? —insistió Kagami, caminando hasta el peliazul— ¿Eso es lo que te dice a quién vas a salir a matar en la noche? —inquirió con astucia y viéndole atentamente.

—Lo que sea, tú no tienes por qué meterte, Bakagami —exhortó Aomine con el ceño fruncido.

—Hey, pero yo…

—De ninguna manera vas a salir a luchar estando así —ordenó Aomine, viéndole con intensidad—. Además, este es mi trabajo, no el tuyo.

Dicho eso, el moreno saltó por la ventana, dejando al pelirojo con la palabra en la boca.

— ¡Tsk, Ahomine! —exclamó Kagami, asomándose por la ventaba y viendo como el otro se iba corriendo a una velocidad para nada humana.

De no ser porque era consciente que su hombro seguía mal, seguro va tras él, porque justo lo que necesitaba era algo de acción; lo necesitaba, ya que sentía su cuerpo rebosando de energía, aunque este estuviera todavía sin recuperarse por completo. ¿O tenía que ver con que su ritmo sexual también disminuyó?
Ahora que lo pensaba mejor, hacía varios días que no veía a Himuro y ciertamente lo extrañaba, como le gustaría verlo, dejando a un lado el deseo de hacer el amor con este. Porque de verdad quería verlo, por lo menos para saber cómo estaba y extrañaba las mañanas en que despertaba a su lado.

Lo que sentía por Tatsuya era fuerte, intenso, eran como hermanos, sin embargo su relación no parecía así. Pero tampoco es como si se sintiera mal por sentirse atraído por el peliazul, porque la relación que tenía con el pelinegro no era la de una pareja y tampoco sentía que traicionaba esos sentimientos; era algo raro.

Seguramente si hace dos días Kagami no hubiese visto que en efecto, con su estado así no sería de ayuda alguna al momento de luchar, hasta hubiera salido para demostrarle al moreno que no era así. Cosa que no era cierta.
Suspiró y encendió la televisión—que compró y obligó a Aomine a llevarla al departamento—, dispuesto a pasar el rato así, esperando no aburrirse.

Se puso a juguetear con el anillo que colgaba de su cuello con la cadena de forma ensimismada, ya ignorando la televisión. Seguía solo luego de casi cuatro horas en los que Daiki se había ido a hacer quién sabe y por alguna razón se sentía inquieto, así como una profunda curiosidad; sentía el deseo de conocer completamente a aquel licántropo. Quería ser capaz de derrumbar esas barreras que ponía, porque no se necesitaba ser muy listo para darse cuenta de eso.
Pero ese no era el verdadero problema, sino para empezar, ¿por qué demonios quería hacer eso? ¿Qué le importaba después de todo? Es decir, era consciente del fascinante interés que sintió cuando vio a un hombre lobo, era una raza que siempre le llamó la atención y tuvo la suerte de poder ayudarle luego de aquella caótica pelea contra Hanamiya. Mas no era propio de Kagami el querer conocer tan a fondo a una persona, no de la manera como quería hacerlo con el peliazul.

Suspiró y luego bostezó. Ya hacía rato que cenó y se bañó, además tampoco era una esposa o madre que no se dormiría hasta que el cabrón de Aomine regresara, por ende no lo pensó mucho y se acostó a dormir en ese cama/sofá. No tenía idea de cuánto tiempo estaría en este estrecho lugar, sin embargo, pese a lo complicado que era acomodarse en ese departamento tan chico, le resultaba acogedor.


Serían eso de las cuatro de la madrugada cuando Aomine se trepó al edificio y entró por la ventana de su departamento, completamente desnudo. La pelea contra aquel aquelarre de neófitos recién nacidos había sido intensa y se había emocionado tanto, que le valió un comino su ropa, y además no había nadie que lo viera cuando regresara a casa con su desnudes. También no es como si le diera mucha vergüenza porque le vieran desnudo, le daba igual más bien, ya que estaba orgulloso de todo su cuerpo, claro está.

Pese a la oscuridad del departamento, divisó fácilmente a Kagami, quien dormía serenamente, con el cuerpo reclinado en el costado izquierdo con el brazo colgando del sofá. Parecía como un niño dormido así, pero a la vez un adulto, mismo hecho le hizo sonreír y luego de que se puso unos jeans y una camiseta que tenía metidos en un caja en el rincón del lugar—el departamento era tan pequeño que la sala era el cuarto, por lo que no había clóset ni nada y el otro cuarto era el baño—, le acomodó el brazo al pelirrojo para que no se terminara cayendo.
Por simple precaución, el peliazul palpó la frente de Taiga, sintiéndola a temperatura normal, lo que indicaba que la fiebre ya estaba esfumada por completo y se sintió aliviado. Pero cuando quiso apartar su diestra, le fue imposible porque el pelirrojo suspiró e inclinó el rostro, como buscando más el contacto de su mano.

—… —Aomine relajó la expresión ante eso, era sencillamente inevitable esto. Por ende, deslizó su mano para acariciar aquella mejilla con algo similar al cariño, incluso aunque estaba plenamente consciente de lo que hacía, no se alejó.

Y es que Kagami ejercía un magnetismo tremendo, sentía que quisiera o no, no importaba lo que se opusiera, lo jalaba. Lo atraía y siempre que se dejaba llevar, terminaba sintiéndose completamente tranquilo y ferviente a la vez, sentía como su corazón se llenaba de sangre febril.

Es un humano, no puedo estar haciendo esto, pensó Aomine con un suspiró y retiró su mano, luego de dejar otra caricia ahí.

Se acostó al fin y pese a lo fuerte que fue la batalla, resultaba que ahora no tenía sueño, porque cierto pelirrojo se había metido a sus pensamientos de forma involuntaria, haciéndolo fruncir el ceño y en más de una ocasión, giró su rostro para verlo dormir.
Así se pasó la noche, hasta que el peliazul se quedó dormido también.
Pero solo pasaron como cinco horas más y Kagami abrió los ojos, despertándose poco a poco, notando el gran y moreno cuerpo del moreno acostado en el otro sofá que no importara como se acomodaba, parecía incómodo. Aquello le hizo sentir algo mal, porque no se le hacía justo eso. Sin embargo, estaba seguro de que si decía algo daría inicio a comentarios sarcásticos y ese tipo de riñas infantiles que se les estaba haciendo maña.

Se levantó y se dispuso a hacer el desayuno más sencillo para que no se le dificultara, luego de que se higienizara como todo humano hacía al levantarse.
Desayunó con calma una cantidad exagerada, pero incluso guardó un poco para Aomine y dado que no tenía nada más que hacer ahora, se puso leer las demás revistas que había comprado. Y así estuvo el resto de la mañana, pero a eso de las dos de la tarde se aburrió y viendo el desorden del departamento e ignorando que no debía moverse tanto por su hombro, logró limpiar un poco; algo tenía que hacer para no morirse de aburrimiento y el peliazul seguía dormido que ni podía entretenerse platicando o peleando con él.

Llegaron las seis de la tarde y Kagami no hallaba que hacer ahora; ya había hecho sus estiramientos corporales también un buen rato e incluso se bañó y comió. No entendía cómo es que el lycan dormía tanto, aunque tampoco debería sorprenderse, después de todo era una criatura de la noche, pero se suponía que los que salían de noche y dormían de día eran los vampiros, ¿qué no?

Harto de estarse quieto, el pelirrojo se acercó hasta donde el peliazul dormía y estudió su expresión. De alguna manera ahora que veía nuevamente el rostro dormido de Aomine, parecía que bajaba un poco la presión de las barreras de su corazón, porque seguía viéndose tranquilo. Y eso causó en Taiga una atracción increíble que casi le dejó sin aire, esto no era lo mismo que cuando estaba con Himuro, para nada.
Se quedó viendo dormir a Daiki idiotizado, admirando el apuesto rostro que tenía.
La curiosidad e interés de Taiga le llevaron a terminar acariciando ese rostro moreno con lentitud, usando su mano sana; lo hacía con cierta devoción, porque parecía hechizado por lo que sea que provocaba Aomine en él.

Pero de lo que Kagami no se había dado cuenta, mientras memorizaba con su tacto el rostro ajeno, era que Aomine ya llevaba despierto bastante tiempo y solo había estado fingiendo por la simple curiosidad de que haría el primero. Al principio pensó en espantarlo y decirle alguno de sus ingeniosos comentarios insinuadores que siempre lo ponían colorado, porque disfrutaba esa vista. No obstante, tan pronto sintió como esa mano bronceada le acariciaba como si fuera lo mejor del mundo, se quedó sin aire y su pulso se aceleró; ya no quería romper ese contacto y pese a la renuencia que sintió, forzándose a pensar que debía detenerlo, que no debía dejar que sus barreras se agrietaran más de lo que ya estaban… simplemente no pudo hacerlo. E inevitablemente se encontró disfrutando de ese contacto con más ganas de las que debería.
Hasta que abrió los ojos lentamente, encontrándose con el rostro admirado de Kagami, quien estaba demasiado ensimismado como para sonrojarse o apenarse por lo que estaba haciendo.

Y se miraron, mientras la mano del pelirrojo seguía reposando en la mejilla de Aomine a la vez que este le sujetaba de la muñeca, no como si fuera apartarlo, simplemente para acariciarle hasta los dedos y ahí entrelazar los propios en un superficial agarre.

—Estabas despierto —señaló Kagami, encantado en esos ojos azules como zafiros.

—Tal vez —respondió Aomine, como hechizado mirando los ojos rojos que parecían rubís del humano.

El ambiente parecía una burbuja donde solo ellos existían, porque pese a los dotados sentidos del peliazul, la ciudad desapareció para él y ahora veía al pelirrojo mejor, así como sentía ese aroma delicioso emanar de su piel. Algo que lo tenía atrapado, era como estar cerca del fuego; algo cálido que suavizaba, derritiéndolo.
Aomine se inclinó, sin romper el contacto y solo apoyándose de su codo, viendo fijamente los ojos del mundano.

Kagami simplemente se acercó a él por inercia. También se sentía absorbido por completo, la firmeza que emanaba del licántropo era como la calidez de la tierra; fuerte y resistente que impresionaba a cualquiera. Era una atracción tan fuerte, porque sentía que al ver a los ojos al moreno, podía ver más allá que esos orbes, del mismo modo que sentía el peliazul lo veía a él.

Lentamente, Aomine utilizó su mano derecha para delinear los labios del pelirrojo, puesto con su otra mano tenía sujeta la mano ajena en un agarre que poco a poco se intensificó.
Por el contacto, Kagami entreabrió los labios y su respiración se aceleró, pero no dijo nada. Para ninguno de los dos era necesario hablar en estos momentos. Sobre todo, cuando esa misma mano del peliazul se coló a acariciarle el cuello y los cabellos, como si estuviera tirando de él, por lo que por inercia terminó acercando su rostro hasta el de Aomine.

Ambos chicos entreabrieron los labios y se miraron estos al bajar los ojos solo unos segundos, porque luego volvieron a mirarse de manera febril y jadearon ligeramente cuando sus narices se rozaron por la cercanía, que incluso Aomine podía sentir el sabor de esos labios sin aún probarlos, del mismo modo que Kagami.

Estaban cerrando los ojos lentamente, casi por unir sus bocas deshaciendo esos pocos milímetros de distancia.

Más cerca… solo un poco más cerca…

Sin embargo, el sonido de la alarma volvió a sonar, rompiendo la burbuja de manera brusca y regresando a la realidad a los dos muchachos, que dieron semejante brinco y se separaron de golpe, desviando su atención a otra cosa para evitar verse; Kagami se había ruborizado e ido a la cocina, mientras que Aomine endureció su expresión y se preparó para salir otra vez, tratando de ignorar los latidos frenéticos de su corazón, pero era imposible porque también era capaz de escuchar la aceleración del pulso del humano gracias a su oído tan fino.

—D-deberías cenar antes de irte —dijo Kagami con brusquedad, ya sin el sonrojo, pero notablemente avergonzado.

—No necesito la comida humana, cómetela tú —respondió Aomine de forma cortante.

—No entiendo, ¿por qué tienes que hacer ese trabajo solo tú? Hay más personas en el submundo —insistió Kagami, frunciendo el ceño ante la evidente evasión del peliazul.

— ¡Porque estoy desterrado, por eso! —exclamó Aomine con frustración y sin esperar a más, salió tirándose otra vez por la ventana, ignorando la expresión atónita del pelirrojo, que luego se tornó un poco preocupada.

Estaba apresurado por matar lo que sea que fuera a matar, estaba furioso consigo mismo, ¡¿qué demonios había sido todo eso?! ¡Estuvo a nada de besar a Kagami! ¡¿Por qué cojones no simplemente lo golpeó o se golpeó a sí mismo para romper el contacto?! ¡¿Por qué lo permitió?!
Se supone que pese a todo el dolor que le causó aquel vampiro, todavía le tenía amor, ¿no? Entonces, ¿por qué cojones le pasaba esto?
Es decir, no es como si sintiera que estaba traicionando a Kise, porque sencillamente él lo había traicionado primero y porque la relación que hubo con él quedó terminada desde hace un siglo atrás.
Lo amaba todavía, pero ya no quería tener nada que ver con él, después de todo él mismo le había dicho que solo fue un simple pasatiempo, un espejismo que parecía ser eterno y aunque creyó firmemente en que fue por Akashi que dijo todas esas cosas, al final le terminó creyendo esas palabras cuando fue desterrado y el mismo vampiro pelirrojo le dijo que Kise sería ascendido al fin en el lugar de Haizaki, una vez estuviera a prueba, por su arrepentimiento e incluso el rubio estuvo presente cuando lo condenaron al destierro. ¿Cómo no creerse lo que le dijo con esas acciones?
También por eso mismo es que Aomine no quería verse envuelto en otra situación sentimental similar, ya que después de todo enamorarse solo era sufrir con estilo o eso lo fue para él.

No obstante, por su mente rondaba el hecho de que ahora al pensar en Kise algo era diferente; sí, todavía sentía amor por él, pero… ya no sentía el mismo odio cuando recordaba todo. Parecía como si en toda esa oscuridad hubiera aparecido un rayo de luz, esa misma que estaba agrietando sus barreras.

Todo daba indicio de que parecía que estaba superando todo lo que le pasó aquella vez, justo como pensó de refilón hace dos semanas, cuando estaba en ese bar. Y parecía increíble que luego de tantos años desperdiciados en la amargura y soledad, Aomine al fin se había aferrado a algo que lo estaba haciendo salir de eso.
Pero eso se debía a que antes no había encontrado esa luz y porque en lo más hondo de su corazón, no importaba que tanto sufrió por Kise, todavía no estaba listo para superarlo, para olvidarlo. Todavía no podía sanar su corazón porque eso que estaba destinado para él no aparecía, o mejor dicho, era demasiado pronto para que él lo notara, sin importar cuantas veces se lo hubiera topado.

Sin embargo, con todas estas señales, indicaba que ahora ya no era así. Mas, ¿en qué momento pasó? ¿En qué momento empezó a superar a Kise que ni cuenta se dio? ¿Desde cuándo su corazón empezó a entibiarse, haciendo temblar sus barreras interiores?

Aomine era terco, ya tenía muchas respuestas obvias y parte de su confusión estaba por querer terminar, pero no lo aceptaba. No lo aceptaba por el simple hecho de que un humano era el causante de todo el alboroto de su interior que lo estaba llenando de paz.
Y él no podía estarse enamorando de un humano, por ello sin importar qué, Aomine todavía estaba a tiempo de escapar de eso, o eso quería creer.

Así que lo haría; lo evitaría.

Él no se enamoraría de un humano.


Me pregunto si ustedes disfrutaran de la confusión de Aomine del mismo modo en que lo hago yo, jejeje. Es que no sé, me encanta ponerle drama a estas cosas como no se dan una idea, jaja xD.

Pero bueno, ¿qué les pareció? Ese casi beso me dejó con ansías y estuve tentada a ponerlo, pero mejor no, no es el momento ewe. Jajajaja, aunque sin duda alguna, se los compensaré, siempre lo hago xD.

Y aunque suene repetitivo, ¡me encantaría saber su opinión, linduras! Ya sé que muchos no se animan a comentar por diferentes motivos, pero de verdad que para mí es tan motivador saber lo que piensan y lo que su mente maquina uvu.

Vale, aquí les dejo el Spoiler del próximo capítulo:


—Desearía que Tatsuya estuviera aquí —suspiró Kagami con el ceño fruncido y la expresión algo ensombrecida por lo sucedido ayer; porque se sentía desilusionado. De verdad que le había hecho feliz pensar que ese licántropo sí podía ser un buen chico y que su relación parecía volverse más cercana.

[…]

Pero no podía quitarse de su mente al moreno. Había reaccionado bastante mal por las palabras que le dijo, es decir, ya sabía lo temperamentales que eran los licántropos, pero más que parecer a punto de querer matarlo, Aomine destiló un odio doloroso, eso fue lo que notó en sus ojos por un momento fugaz.