Disclaimer: Todos los personajes de Supernatural pertenecen a Eric Kripke, por lo que esta historia no persigue fines de lucro.

Pairing: Este es un Dean/Claire!Castiel.

Spoilers: Toma como base el 4x20 y de ahí se sitúa en la sexta temporada.

Soundtrack: Capítulo cortesía de Delays y su Nearer than heaven. Sugiero que la escuchen cuando indique, le da un grato efecto a la lectura.

Nota: Por una cuestión que Sammy explica, habrá un ligero cambio en el uso de pronombres para referirse a Cas.


Reverie.

Capítulo 11.

Dean vio como lentamente el cielo se oscurecía, como los niños se iban brincando tomados de las manos de sus respectivas madres, como todo se sumía en silencio. Había estado meditando en todo lo que le había dicho Sam; tenía razón en todo y ahora él se sentía tan indefenso, tan expuesto.

En su vida siempre había terminado perdiendo a todo aquel que alguna vez había amado. Partiendo desde sus padres, Cassie, Jo… Lisa, inclusive a Sam. Todos se habían ido y el vacío que habían dejado en su interior era tan grande que nada podía llenarlo, porque nunca iba a poder reemplazarlos. Pero hasta ahora se había aferrado con tanta fuerza a su hermano que se había vuelto su motor. Entonces conoció a Castiel, el ángel del Señor y cuando todo indicaba que Cas había muerto en la Guerra descubrió que también era su roca, el otro pilar que le mantenía de pie. Y le dio pavor. La mera idea de no recuperarle le era insoportable y después de ese mes gris donde todo indicaba que nada le devolvería a Cas, un agujero más grande que los anteriores lo devoró.

Se sintió tan agradecido cuando Cas apareció en Denver. Nunca había dado gracias a Dios, pero cuando le estrechó en ese cuerpo femenino dejó en segundo plano el asombro y en silencio dio gracias. Secretamente seguía dando gracias por cada día que Castiel permanecía con él, por cada mañana que al despertar le veía en sus brazos.

Cerró los ojos cuando el viento empezó a soplar con más ganas y la primera estrella se asomó. Apretó los labios.

Estaba enamorado de Cas, se dio cuenta entonces. El solo pensamiento de volver a perderle lo mataba.

Exhaló.

—Hola Dean.

Se incorporó en un respingo. Ante él una figura de mujer, cabello largo rubio y ropas blancas, le admiraba con una sonrisa, en sus ojos un brillo de genuina simpatía.

—… ¿Claire? —Frunció el ceño, desconcertado.

—Sí —se dejó caer a su lado en el banquillo. Se volvió para mirarle a gusto.

—¿… Estoy soñando? —Sus ojos verdes estudiándola otra vez, convenciéndose de lo que veía.

—Así es, esta es la única forma que tengo para hablar contigo —entornó los ojos y una seriedad espontánea distorsionó su tez— ¿Por qué siempre quieres cargar con todas las culpas? —El hombre apartó la mirada—. Lo que me pasó… era algo que estaba escrito. Como sea, yo no te culpo por esto, Dean.

—Tomaste esa decisión porque… —no pudo acabar, sus ojos clavados en sus manos.

— ¿Por lo que siento por ti? Nació en mi corazón quererte. Nunca me diste falsas esperanzas ni nada, fue cosa mía. Pero Dean… —acarició su brazo por sobre la camisa— ¿A qué esperas?

— ¿Cómo dices? —le contempló sin entender.

—Castiel.

— ¿No…? Es tu cuerpo, no sé como pretendes que….

—Ya no es mi cuerpo. No necesito uno —suspiró—. Dije para tú y Castiel pudiesen estar juntos Dean, porque quiero que seas feliz.

—Claire…

—Pero tú… —se puso de pie y le señaló con el dedo— ¡Me das rabia! Tienes la oportunidad y no la tomas, como si no supieras que oportunidades así escasean —el cazador arrugó las cejas, atónito, era irreal que una cría le estuviera riñendo—Dean —dijo ya serena—. Después será tarde… y tal vez te arrepientas —echó a andar hacia él e inclinándose le besó en la frente—. Mis padres saben toda la verdad—susurró acariciándole la cabeza—. No te culpan de nada. Y yo tampoco. Así que, Dean… adelante.

Dean se despertó de sobresalto. El cuello chueco y adolorido le hizo incorporarse con cuidado. El cielo estaba completamente pintado en estrellas y las luces de la plaza estaban encendidas, ningún alma en ella aparte de él.

Enfocó el cielo y con una sonrisa grito Gracias. Por fin era libre.

OoO

Dale play a la canción.

Dean entró al cuarto de motel como una exhalación, la puerta cerrada de un portazo, sus ojos buscando desaforados a Castiel. Dio grandes zancadas y cuando vio que estaba sentada en su cama y se ponía de pie al verle, yendo a su encuentro, se sintió más tranquilo. Caminó hasta que quedaron frente a frente.

—Dean… —le llamó con extrañeza en su voz.

—No más luto, Cas —y sin ceremonia le tomo de las mejillas y le besó. Al unir sus labios la mecha incineró y de súbito Dean le estaba bebiendo la boca, su lengua lamiendo esos labios dulces, buscando permiso, su diestra enterrándose en sus hebras de oro, la siniestra enroscándose en su cintura y Cas suspirando ansiosa en su boca, echándole los brazos al cuello como si no quisiera soltarle. Se agotó el aire, ambos jadearon y entonces volvieron a chocar sus bocas sin tregua, recorriendo, explorando, memorizando.

—DeanDean —gimió en sus labios con ojos cerrados y mejillas sonrosadas, sus piernas de pronto convertidas en gelatina. El cazador bajo por su cuello, lamiendo y marcando, mordiendo, mientras comenzaba a avanzar con dirección a la cama.

Cayeron sin gracia, un enredo de piernas y brazos, todo calor y ansiedad. Dean quedó sobre Cas, coló una mano por la sudadera azul franqueado nuevo territorio, la otra dedicada a bajarle el cierre de la misma. La piel suave y lozana fue quedando al descubierto a medida que su palma la mimaba, sus labios ocupados en el cuello del ángel y la habitación flotando en suspiros. Un respiro y Dean ya le había abierto el polerón; se ayudó del hecho que Cas se aferraba a sus hombros para sentarse, arrastrándole consigo, y así quitarle la prenda y de paso sacarse su camiseta sin dejar de besarle por todo el rostro. El atisbo de una blusa blanca con encaje y sin mangas le sacó un sonrisita al Winchester, sobre todo cuando notó que el sujetador se traslucía. No perdió tiempo y en segundos la blusa estaba en el suelo junto a su camiseta y la sudadera, Cas se pegó instintivamente a su pecho firme y desnudo buscando sus labios a ciegas, sus manos recorriendo su amplia espalda, hundiendo de vez en cuando sus uñas. Dean correspondió a su beso ávidamente, se dejó caer sobre ese cuerpo tibio y terso cuidando de no aplastarle y hundió la nariz en la unión de ambos senos, aún cubiertos por el sujetador. Los besó con dedicación y afán, recibiendo la aprobación de Cas con ahogados gemiditos y manos crispadas en su cabello. Siguió con su vientre, su lengua juguetona en su ombligo y el ángel se arqueó en segundos meciendo sus caderas en una inocente invitación. Dean no quiso perder más tiempo y deslizó sus dedos, los que tantearon en la cinturilla de los vaqueros de Castiel, y con movimientos eficaces derrotó el botón y la cremallera cedió en un ruido sordo. Fue bajándolos con lentitud expresa y cruel marcando con sus labios la piel que iba asomando tras la tela, sus manos hambrientas por sus muslos y piernas. Al llegar a las deportivas, las sacó de un tirón calcetines incluidos, sin detenerse a desabrochar las agujetas antes.

—Dean —suplicó cuando el humano la inmovilizo, sus manos como garras en sus caderas y sus labios besando sobre la braga blanca de algodón. Soltó un gemido más agudo y placentero cuando el cazador hizo presión, tocando cierto punto que le llenó el cuerpo de electricidad. Se sacudió inevitablemente, aferrándose a las sabanas como si su vida dependiera de ello.

—Cas —jadeó incorporándose, comiéndole la boca, hurgando en su espalda para soltar el sostén. Este se abrió como el pétalo de una flor, Cas levantó los brazos cooperativamente y esté voló por los aires debido al lanzamiento certero de Dean, las yemas de sus dedos adoraron los pezones erectos con devoción, masajeando cada seno y trazando círculos con lánguida candencia, al compás de su boca que estaba atendiendo la clavícula izquierda— Joder, Cas... —masculló azorado cuando sus níveas piernas se incrustaron en sus caderas, haciendo que sus entrepiernas entrasen en contacto. La fricción resultó deliciosa y los vaqueros de Dean se volvieron demasiado estrechos de repente. Sin darse cuenta, comenzaron frotarse entre jadeos estrangulados, ruegos, y besos húmedos hasta que el Winchester introdujo su diestra dentro de esa virginal zona, su dedo corazón absoluto sobre los pliegues húmedos e impolutos. Cas le clavó puntas romas en los omoplatos, echando la cabeza hacia atrás, gimiendo de un modo tan erótico que Dean se sintió enloquecer. Le quitó la braga con delicadeza pese a la urgencia que le consumía y se deshizo de sus vaqueros y bóxers, sus botas dieron bote en el suelo antes de caer. Su erección aliviada al verse liberada de su prisión, adolorida y lista. Cubrió con su cuerpo a Cas, que le miraba con un brillo de deseo en esos ojos azules, ahora más despiertos y expresivos que nunca. Se observaron fijamente, comunicándose tantas cosas en el silencio cortado por sus respiraciones agitadas, preparando el ambiente para lo siguiente.

Dean juntó sus frentes y cerrando los ojos fue penetrándole con lentitud. Castiel se mordió el labio inferior acallando un quejido de dolor, su cuerpo se despegó del colchón como propulsado por un cohete. A tientas el Winchester le acarició las mejillas e hizo una pausa. Nunca antes había sido más nítida y verídica la virginidad del ángel. Dean le tomó una mano y le dio un suave apretón.

— ¿Estás bien? —susurró preocupado. Cas abrió los ojos, algunas lagrimitas contenidas en sus pestañas, pero por más que nada había un amor tan grande en esas irises que el humano se tambaleo por instantes. No pronunció palabras, sólo le besó con calma y le dio un golpecito con la rodilla, instándole a continuar. Y él obedeció.

Un ¡Ah! al unísono llenó los espacios cuando se adentró por completo.

Dean abrió los ojos, el verde oscurecido por la pasión y el deseo, y dibujó el rostro que tenía ante él. Todo, la pequeña y fina nariz, las mejillas rojas, los labios húmedos y sonrosados por sus besos, el cabello rubio cayendo como cascada por el borde de la cama y almohada, todo eso le sugería Cas. Todo era Cas. Ni aunque hubiese intentado, sólo veía a Cas en ese momento íntimo. Entonces comprendió lo que Sam le había dicho sobre ver a Cas como ella y no él. Él mismo ya no podía rememorar como lucia manejando a Jimmy Novak; no, esta era Castiel y era suya completamente.

—Mía —gruñó y comenzó a embestir sin dejar de mirarle a los ojos—. Sólo mía —exhaló con fuerza y le besó con furia sin dejar de moverse en su interior. El ángel se movió con él, siguiéndole sin dudar, atrapando su cuerpo con sus extremidades y jadeando en su boca en busca de más.

— ¡Dean! —él le alzó una pierna sin dejar de hacerle el amor con la mirada, el ángulo varió y se halló exquisitamente asfixiado e inconscientemente aceleró sus embistes y el conocido ardor se le instaló en el bajo vientre; Cas pareció notarlo porque tensó los músculos agitándose contra el lecho sin descanso, gimiendo hasta perder la voz. El cazador se refugió en su cuello, jadeando desenfrenadamente y sintiendo el clímax en la punta de la lengua, entonces Castiel balanceó las caderas hacia un lado presionado en justa medida y todo acabó. Dean se corrió de manera explosiva, su mente en blanco, arrimándose al cuerpo bajo él con todo su ser y de fondo los gemidos incesables de Cas al alcanzar el orgasmo, retorciéndose de satisfacción.

El Winchester se entregó al cansancio, su cuerpo perlado de sudor abrigando el del ángel, sus manos sosegándole en caricias sublimes y sus labios tiernos besando sus parpados.

—Cas —murmuró con cariño, tratando de calmar su arrítmica respiración— ¿Sigues conmigo? —bromeó. Ella asintió, sus manos acariciándole las sienes. Él le contuvo y con precaución rodó quedando de espaldas en el colchón, dejándole sobre él, rodeándole con sus brazos y cubriendo su cabeza de besos.

—Dean —suspiró acurrucándose como un gatito. Ronroneó feliz al sentir el lánguido desliz de las manos de Dean por su espalda hasta el plexo lumbar, dio un pequeño rebote ante un amistoso apretón en el trasero, lo que le sacó una risita al cazador. Se removió apoyando una palma en su corazón en busca de sus latidos, le contempló a los ojos fijamente, un atisbo de felicidad latente en ellos y una interrogante— ¿Esto significa que ahora soy tu novia? —preguntó con voz aún frágil, su garganta todavía resentida.

El humano parpadeo flojamente, sopesando sus palabras. Oh, Sam… En otra instancia hubiese tratado de salir por la tangente, pero después de lo que acababa de pasar su humor era excelente y afrontar aquello parecía lo correcto. Sonrió colocándole un mechón rebelde tras la oreja.

—Si tú quieres, sí Cas —respondió sentándose, reclinando la espalda en el respaldo de la cama, y atrayendo al ángel consigo. Castiel esbozó una tímida sonrisa y asintió—. ¿Sam te explicó de qué va eso de ser novios, verdad?

—No —descansó la cabeza en su cuello—. Lo busqué por internet cuando Sam me dejó usar su computadora.

Oh…

— ¿Y cómo ponen ahí Novia? —le tomó una mano y comenzó a jugar con ella.

—Mujer que se va a casar —recitó en tono monocorde y alzó la mirada topándose con la de Dean— ¿Significa que nos vamos a casar?

Dean quedó a cuadros, un rubor le coloreó las mejillas.

—Eh, hay otras acepciones Cas —se aclaró la voz—. La que buscaste es correcta pero la que nos involucra es otra —ella ladeó la cabeza y el Winchester lo halló adorable—. En nuestro caso significa que somos compañeros sentimentales o algo así.

— ¿Entonces sólo debo aparearme contigo? —Dean sintió una bofeteada invisible voltearle la cara. Se mojó los labios y pensó qué decir.

—… Sí. Nadie más debe hacerte esto —le dio un agarrón en una nalga a lo que el ángel dio un respingo—. O esto —le dio un mordisco en el cuello robándole un jadeo—. ¿Entiendes? —sonrió con malicia y se inclinó a sus labios sin rozarlos—. Ese es sólo mi derecho.

—Dean… —rogó en ese tono que antes le hacía querer darse un balazo, y quiso romper la distancia que separaban sus bocas, pero el cazador le esquivó y terminó besando su mejilla. Soltó un ruidito de frustración e intentó otra vez pero volvió a fallar.

—Dilo Cas —bisbisó con voz enronquecida en su oído.

—Quiero que me beses, Dean —pidió con voz rota—. Por favor…

—Joder Cas… —resolló y hundiendo su diestra en la nuca le atrajo en un beso hambriento, todo lenguas y bufidos insatisfechos. Recorrió su costado con la siniestra y le hundió los dedos en la cadera tragándose un gemidito al instante. Castiel se movió sin quebrar la unión y amoldó sus piernas a cada lado quedando sentada en su regazo a horcajadas y se sostuvo en sus hombros, tocando la marca casi extinta de su mano cuando le sacó del Infierno. A falta de aliento, el Winchester terminó el beso trazando nuevos caminos en ese cuerpo blando y cálido, el cuerpo de su ángel. Le admiró percatándose de las marcas que le había dejado en el cuello como si inconscientemente en lo profundo de su mente ya la hubiese reclamado como suya.

Cas le estrujó con ganas, su nariz aspirando su olor y colonizando su pecho.

—Te quiero Dean —confesó con tono endulzado, su rostro en éxtasis. El hombre sintió que su corazón daba un vuelco, pataleando como si quisiera salir de su tórax. Pero pese a que estuvo tentado a callar, hizo todo lo contrario. Acunando el rostro de Cas en sus manos, y dejándolo a su alcance pronunció las palabras.

—Te quiero Cas —le besó brevemente—. Pero no se lo digas a nadie —no esperó contestación, sabía que no haría un complot en su contra para darle más motivos a Sam para molestarle, porque, se dijo, confiaba en Castiel como nunca había confiado en nadie y en cuanto dijo aquella oración se estaba entregando completamente. La mirada que el ángel le dio, esa que indicaba que leía su alma como un libro abierto, fue su confirmación y de pronto sólo primó el deseo de tocar y besar y gustoso se dejó llevar para compensar el tiempo perdido en miedos inútiles. Y de pronto Dean borró todas esas noches de sexo libertino, y sólo quedó el eufemismo hacer el amor y la asociación inmediata a Castiel y se dedicó a hacerle el amor sin prisas hasta que no le quedó hálito alguno.

A altas horas de la madrugada, cuando su cuerpo ya no daba más, Dean se acurrucó en el pecho de Cas y durmió profundamente sintiendo una paz sublime embriagándole como nunca antes había sentido, y esa paz venía de aquel ángel guardián que le amo sin condiciones desde que le vio por primera vez: esa alma hermosa y brillante iluminando el mismísimo infierno.


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