Capítulo 11: La pista de Sephiroth

i.

Levantarse aquella mañana costó menos de lo esperado.

Todos se prepararon con sus pocas pertenencias y se reunieron por última vez con Bill y sus nietos en su casa. Fue un desayuno algo copioso, pero necesario, ya que no sabían cuándo podrían volver a comer tanto.

Las conversaciones no se prolongaron tanto en esa ocasión y la razón surgía de un inesperado cambio de planes. Barret se había obsesionado con la idea de que estaban siendo muy lentos, por lo que Bill se ofreció en última instancia a llevarlos a las inmediaciones de la ciénaga, en su camión de mercancías. Por si fuera poco, les preparó un par de mochilas de viaje con lo más básico para acampar, cubrirse y comer por unos tres días. Y es que, a pesar de ser un poco cargante, fue muy servicial con ellos.

Su viaje prometía ser largo, al menos hasta no dar con el siguiente pueblo.

Con la ayuda de todos, montaron a los chocobos en el gran vehículo, el cual estaba acondicionado para el transporte de dichos animales. Ellos también tuvieron que quedarse en el mismo espacio, ocupando lo menos posible. Una vez todo listo, el viaje dio comienzo al fin.

De nuevo largas horas de viaje en las que ninguna ventana les proporcionaba entretenimiento. Gracias a la extraversión de sus compañeros a la hora de hacer el viaje más ameno, ésta ocultó la tensión entre Cloud y sus dos amigos, lo que trajo la ausencia de preguntas incómodas. En concreto, Barret volvía a ser el centro de atención con sus quejas, que al menos los mantenían distraídos. No tanto a Cloud, quien, apoyado en una de las esquinas, luchaba por caer dormido otra vez.

Como cabía esperar, se sentía mareado debido, en cierta medida, a que aún no había tenido ninguna palabra con Zack ni Tifa y, a pesar de que el enfado había desaparecido, iniciar una conversación o incluso mantenerla se volvía una odisea. Estaba nervioso y éso no ayudaba a controlar las náuseas. Al menos le habían dejado en paz, pero la inquietud seguiría allí hasta no recuperar la normalidad.

No llegaron al punto turístico hasta pasado el mediodía, cuando Bill detuvo el camión en un aparcamiento y abrió las puertas traseras. El primero en salir fue Barret, que lo hizo con un brazo a la altura de la frente.

—Por fin, aire libre —cogió aire por la nariz cuando plantó los pies en la tierra con un salto—. Ya no aguantaba más con esa peste.

Después de él, siguieron los demás, algo menos afectados. Cloud fue el último, sin embargo el primero en alejarse de ellos.

—Qué flojos que sois —bufó Bill y entró al remolque para soltar uno a uno a los tres chocobos—. ¿Lleváis todo encima?

—Aquí lo tiene todo el SOLDADO —señaló Barret a Zack, quien cargaba con el par de mochilas, una en cada hombro, y las monturas de los chocobos bajo los brazos.

—¿Y qué vais a hacer ahora? —dijo cuando, con ayuda de Tifa, salió el primer chocobo.

—Pues comenzar nuestro viaje —respondió ella—, como es lo más lógico.

—Oh, no —le rebatió el viejo mientras chistaba—. No os lo recomiendo.

Bill siempre hacía lo mismo: preguntaba esperando una respuesta errónea para luego convencerlos de que tomaban la peor opción. Llegaba a ser irritante.

—Venga, más esperar... —resopló Barret al dar una patada a una piedra.

—Es que es verdad —Zack tuvo que darle la razón a Bill—. Mientras llegamos o no a la mina, se nos habrá hecho de noche —acomodó la carga de los brazos—. ¿Acaso te has olvidado de la serpiente gigante?

Barret hizo una mueca y calló.

—Además, los chocobos necesitarán descansar del viaje, ¿verdad? —dedujo Aerith con una sonrisa enternecida al acercarse al suyo y acariciarle.

—Exacto —asintió Bill, una vez bajó del camión con el último chocobo—. Mejor que partáis mañana temprano. Así llegáis pronto a la mina y les dais facilidad a los chocobos para que vuelvan a su hábitat.

Era cierto, los chocobos no podían quedarse en un lugar tan peligroso por la noche, pues instintivamente volverían a su antiguo hogar fuese la hora que fuese.

—Bueno, aquí os dejo —soltó Bill al dirigirse hacia la puerta del conductor—. Tened mucho cuidado por el camino.

Por como lo decía, daba la sensación de que iban a tener muchos problemas.

—Gracias... Supongo —dijo Zack con los hombros encogidos.

Se despidieron de Bill y éste salió del aparcamiento con una prominente nube de polvo a su paso. Se miraron entre ellos como si esperaran una señal para hacer algo.

—¿Nos vamos a quedar aquí entonces? —espetó Barret.

—No, hombre —contestó Zack—. Vamos a buscar un sitio en donde asentarnos —miró a su alrededor—. Es que en mitad de un aparcamiento...

—¡Pues movámonos! —alzó el puño y cogió las riendas de su chocobo.

Detrás de Barret, siguieron los demás, excepto Aerith, que los detuvo con un preocupante tono:

—Esperad, ¿dónde está Cloud? —dijo ella que buscaba en todos lados con la mirada.

Todos fueron a comprobar que, efectivamente, faltaba Cloud.

—¿Pero qué...? —masculló Barret—. ¿Dónde puñetas se ha metido?

—Voy a buscarle —se ofrecieron al mismo tiempo Tifa y Zack, detalle que les hizo mirarse con desdén.

—Iré yo —se reafirmó Aerith ante ellos, más que nada para que no se enfrentaran—. Vosotros deberíais buscar un lugar donde acampar y atar a los chocobos.

—Pero...

—Estaré bien —interrumpió a Zack con una sonrisa—. Confío en que encontraréis un buen sitio con sombra.

Y antes de que alguno pudiese detenerla, Aerith salió a buscar a Cloud con un ligero trote.

Aún así, no fue difícil encontrarle, pues no se alejó más de la zona más limítrofe del aparcamiento.

Cloud había permanecido junto al tronco de un árbol, retirado del grupo por si las moscas. No pudo soportar el último tramo del viaje y las náuseas llegaron al punto de ser incontrolables. Por eso salió del camión con muchas ganas de vomitar, sin embargo el aire filtrado y la sombra que le proporcionaba aquel pino le dio un momento de tregua.

—Cloud, ¿estás bien? —sonó la voz de Aerith tras su espalda, lo suficientemente lejos como para no asustarlo.

No esperó que alguien fuese a buscarlo, pero fue, en parte, agradable que Aerith le hubiese tenido en cuenta.

—Más o menos... —le contestó con dificultad.

Se encontraba encorvado hacia el árbol y con una mano aferrada a la corteza; no, no daba la sensación de estar pasando un buen momento.

—Esperaré aquí hasta que te encuentres mejor —dijo ella con amabilidad.

Cloud no respondió nada y aceptó el ofrecimiento de Aerith. En vano, luchó por mejorar su estado de alguna manera, pero no quería hacerla esperar mientras su cuerpo decidía o no reponerse.

No dejó que transcurriera mucho tiempo y se despegó del árbol con la espalda enderezada. Luego se descubrió ante Aerith, aún muy mareado.

—Pero qué pálido estás —dijo preocupada y dio varios pasos hasta estar enfrente de Cloud.

Él se retrajo un poco cuando Aerith posó una mano sobre su frente.

—No pareces estar enfermo... —murmuró ella mientras seguía inspeccionando su estado con la mirada.

—Estaré mejor dentro de un rato —quiso tranquilizarla, aunque evitaba cualquier contacto visual con ella.

Aerith retiró la mano y le sonrió.

—Seguro que bebiendo algo se te pasa la sensación —no esperó respuesta de Cloud y, antes de que pudiera siquiera reaccionar, Aerith tomó su mano y lo llevó con ella con mucha consideración—. Vamos, los demás están esperando.

Siguieron el camino que marcaban las indicaciones, directas hacia el punto de información turística. Entre la arboleda, una pequeña pendiente de tierra les hizo descender hasta una bifurcación de caminos en mitad de un claro. Al frente se encontraba el kiosco de información, a la derecha una especie de albergue con restaurante y a la izquierda el sendero hacia el pantano. Lo único raro que se percibía era la ausencia de turistas y el aspecto de abandono que comenzaban a adquirir las instalaciones. Estaban completamente solos.

Cloud, tras soltar la mano de Aerith, se paró frente al kiosco cerrado, en cuyo cristal había sido colocado un aviso de la misma compañía de Shin-Ra:

«Debido a la peligrosidad de la nueva bestia, la ciénaga queda clausurada indefinidamente.

Disculpen las molestias.»

Y sí que se lo habían tomado en serio, pues no se veía ni a un trabajador.

Aerith llamó la atención de Cloud mediante su nombre y le hizo una señal para que la siguiera. Unos metros más lejos, bajo la sombra de unos arces algo secos, se encontraban atados los chocobos y, un poco más abajo, los demás. Estaban preparando las tiendas y sacando la comida enlatada.

Con la llegada de Aerith y Cloud, terminaron de asentarse y tomar el segundo aperitivo del día, siempre cuidando de no dejarse llevar por el hambre y la sed.

Pronto llegó la noche sobre el pantano. Fue necesario crear una pequeña hoguera a partir de leña seca y un poco de fuego. Todos rodearon la llama, sentados, y participaron de alguna que otra conversación que Barret inició. Cloud, en cambio, permanecía retirado del grupo, cerca de una de las tiendas de campaña, y Nanaki descansaba en el interior de ésta.

Por ahora había sido más que respetado su espacio. Ni Tifa ni Zack lo presionaron ese día, detalle que apreció mucho.

—Yo habría pasado de Bill y me habría ido a la mina —decía Barret indignado—. No puedo dejar de pensar en que Sephiroth nos lleva ventaja.

—Todos estamos de acuerdo en eso —dijo Tifa—, pero tampoco es plan ir a ciegas. No sabemos qué nos puede tener preparado.

—¿Es que acaso crees que se ve venir esto?

—Nos ayudó a salir de las celdas... —continuó Zack, después de tumbarse sobre su esterilla—. Aún no comprendo muy bien por qué lo hizo, pero es posible que quiera que le sigamos.

—Pues yo no sé para qué —farfulló Barret—, a no ser que esté buscando que le matemos.

—Un poco estúpido, ¿no? —siguió Tifa después de apoyar la cabeza sobre una mano—. Debe haber otra razón... Es por eso que debemos ir con cuidado. Puede ser una trampa.

Ninguno dijo nada después y permanecieron pensando en un porqué. En ese momento, Aerith interrumpió ese silencio al ponerse en pie.

—Voy a darme un paseo —dijo como si fuese una buena idea.

Zack se puso de pie de inmediato.

—¿Tú sola? Oh, no —sacudió la cabeza—. Déjame acompañarte. Puede ser peligroso merodear por aquí.

—No hace falta —puso las manos detrás de la espalda y sonrió—. Ya tengo mi propio guardaespaldas, ¿verdad, Cloud?

Todos giraron sus cabezas en la dirección de Cloud, quien había salido de sus pensamientos para comprender la situación.

—Zas —dijo Barret de fondo y se aguantó la risa.

Zack parpadeó un par de veces, sorprendido.

—Bueno, mientras no vayas sola... —se rascó la cabeza—. No os vayáis muy lejos.

Aerith asintió contenta y le hizo un gesto a Cloud para que se moviera.

—¿Vamos?

Cloud no terminaba de entender por qué, pero obedeció a su petición. Se puso en pie y acompañó a Aerith, quien estaba muy ansiosa por dar ese paseo.

Con una linterna en la mano, él iluminó el camino mientras ella se encargaba de marcar el trayecto que quería. Apenas podían distinguir algo más allá de unos cuantos troncos, arbustos y tierra, pero las señales eran bien claras y Aerith tenía bastante interés en un lugar en especial, sin embargo, un poco lejos.

—Creo que nos estamos alejando demasiado —dijo Cloud cuando echó la mirada hacia atrás y no consiguió ver la hoguera.

—El camino está muy bien señalizado —trató de calmarlo—. No hay razones para perdernos.

Aerith siempre tan confiada, aunque estuviese en lo cierto. Aún así, Cloud no insistió y continuó al ritmo impuesto por ella.

El sendero, en cierto punto, comenzó a adquirir pendiente. Aerith tuvo que recibir la ayuda de Cloud cuando el tramo se volvió algo escarpado y sinuoso. Tras subir de una en una las rocas del camino, llegaron a lo más alto del barranco. Ella se sentó en un pequeño desnivel, no muy cerca del borde y, con un pequeño movimiento con la mano, le indicó que se sentara a su lado.

—Siéntate conmigo, Cloud —le pidió con una sonrisa.

Cloud se sentó y dejó la linterna entre las piernas.

—Ésto es un mirador, ¿verdad? —preguntó él—. ¿Por qué venir aquí si está todo oscuro?

—Apaga la linterna —dijo divertida.

No entendió muy bien su petición, pero hizo exactamente lo que le dijo y, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la noche, el esfuerzo de llegar hasta allí mereció la pena.

Frente a ellos, en mitad de la noche cerrada, un gran cúmulo de luciérnagas revoloteaban sobre la arboleda y el camino al pantano. Como si se trataran de unos candiles que flotaban en el aire, éstos iluminaban con una intensa luz atrayente, casi mística.

—Qué bonito... —susurró Aerith—. Nunca había visto nada igual.

Ni siquiera él. Ni durante su infancia en Nibelheim ni de servicio en SOLDADO. Supuso que no había viajado lo suficiente o que nunca tuvo el interés de pararse a ver el paisaje.

—¿Y cómo sabías que encontraríamos algo así?

—Lo leí en uno de los folletos del kiosco —rio entre dientes—. Sabía que esta iba a ser mi única oportunidad para ver las luciérnagas y no podía perderla.

Cloud agachó la cabeza. Podía apreciar el paisaje, pero no los motivos de Aerith para llevarlo con ella.

—¿Y por qué conmigo? —preguntó extrañado—. Pensé que preferirías a Zack para dar un paseo.

Incluso lo rechazó para poder ser él quien la acompañara.

—Creo que tú lo necesitabas más —le respondió mientras se abrazaba las piernas y las juntaba contra su pecho.

—¿Yo...? —aún no conseguía comprender el interés de Aerith.

No pudo más que pensar en Tifa y en Zack, quienes le hablarían quizás de su preocupación. Aquéllo sólo hacía que Cloud se cerrara más en sí mismo.

—Por lo de tu mareo, tonto —dijo con una risa—. ¿Estás mejor ahora?

Le sorprendió la respuesta, debía admitir. Después de todo, Aerith no conocía a su yo del pasado y eso facilitaba mucho las cosas a la hora de relacionarse. No había prejuicios del pasado, comparaciones ni tampoco remordimientos por olvidar, sólo una mera preocupación por saber quién era, sin prisas.

—Sí —asintió con lentitud—. Gracias por esperarme antes.

No lo podía saber debido a la oscuridad, pero Cloud supo que ella sonreía.

—Me siento un poco mal al ver esto —expresó Aerith, un poco entristecida—. Es como si me hubiese perdido tantas cosas mientras vivía en Midgar... Pero al mismo tiempo no daría nada por cambiarlo.

Cloud creyó entender a lo que se refería. Elmyra y todo lo bueno que ella hizo a su alrededor... No sabía si Aerith era consciente de eso, pero irradiaba paz y luz a cada paso que daba, a cada persona que se acercaba.

—Conozco muchos sitios —dijo él al girarse un poco hacia ella—. Puedo llevarte a donde quieras. Bueno... —se rascó la nuca— Cuando nos aseguremos de que la Tierra Prometida está a salvo, me refiero.

De pronto, Aerith comenzó a reír de forma melodiosa.

—¿Pasa algo...? —preguntó él confundido.

—Oh, nada —negó con la cabeza mientras aguantaba la risa—. Es que... Zack igual me propuso algo así hace mucho.

Cloud se mostró pensativo.

—Él también conocerá muchos sitios —dedujo—. Podríamos ir los tres.

—Hmm —titubeó ella—, ya veremos.

La respuesta de Aerith no parecía muy convencida, por lo que dio pie a rápidas suposiciones. Antes de que Cloud pudiera hacer una pregunta más, notó una presión alrededor de los dedos de sus propias manos, provocando que su corazón se acelerara por unos segundos.

—Cloud —susurró su nombre—, todo está bien, ¿vale...? No te sientas mal por no recordar. Deja que los recuerdos fluyan a su ritmo.

Era difícil de expresar lo útil que era una frase en el momento oportuno. De ella, con su sencillez, recibió el mejor consejo, o al menos el que quería oír. Fuese o no que lo necesitase, Cloud se sentía menos solo si recibía el apoyo de Aerith.

Él agachó la cabeza de nuevo y respondió a las palabras de Aerith con un interno agradecimiento que sólo manifestó al devolverle el apretón de su mano.

ii.

Llegado el amanecer, se prepararon para dar comienzo a su aventura. La amenaza de la serpiente gigante se mantenía presente en sus mentes, las cuales también debían velar por la seguridad de ellos mismos y los chocobos.

Cuando todo estuvo recogido, siguieron a pie por la pequeña cuesta. Poco a poco, el sendero se abría en un amplio horizonte llano, inundado en aguas sucias y rodeado por altos juncos y las verdes copas de árboles sumergidos. Al fondo podía divisarse la cordillera de Mitrilo, alta y borrosa, a varios kilómetros. No estaba lejos, sin embargo aquéllo no haría el trabajo más sencillo.

Montados sobre los chocobos, el grupo comprobó la facilidad de éstos para moverse sobre aguas poco profundas. De haber ido a pie o en barca, habrían tardado el doble o el triple.

Cloud se encontraba sentado detrás de Aerith, quien le había sugerido viajar con ella. Fue una propuesta conveniente, pues no le apetecía estar con Tifa por el momento. El trayecto por ahora se desarrollaba seguro debido a la señalización, también relativamente tranquilo... o tal vez demasiado, a pesar de la presencia de algún que otro monstruo pequeño.

—¿Por qué no aparece la serpiente? —inquirió Barret conforme atravesaban de uno en uno un pequeño tramo estrechado por unos matorrales—. Sólo hay mosquitos y humedad por todos lados.

—¿Quieres no ser cenizo? —le respondió Tifa con pesadez—. Se supone que queremos evitarla, no atraerla.

—Ya, pero es que no hay ni rastro de ella —se encogió de hombros—. Sólo me da rabia que no exista ninguna serpiente y que hemos perdido todo este tiempo para nada. No sé, yo sólo lo digo, porque Sephiroth está por ahí campando a sus anchas totalmente fuera de control.

—No digas tonterías...

Aunque todos esperaban que Tifa tuviera razón, era extraño que, después de continuar por unas dos horas más, aquella bestia de diez metros de largo aún no hubiese hecho acto de presencia. Desconocían si la habían esquivado o si se trataba de una exageración.

La orilla en la falda de las montañas permanecía a escasos metros y el grupo instó a los chocobos para alcanzarla. Allí el estado del punto turístico estaba aún más destartalado. El paisaje difería mucho del otro extremo del pantano, siendo algo más rocoso y desértico, y el único camino en dirección a la mina de mitrilo se perdía entre algunos barrancos y arbustos secos.

Descansaron unos minutos largos en el pequeño descampado antes de proseguir y, una vez listos, dejaron a los chocobos regresar por donde habían venido. Cloud aún no estaba convencido de ello debido al peligro que aún suponía la serpiente, pero tampoco se podía llevar a Choco con él.

—¿Nos vamos ya? —Zack se dirigió a todos mientras cargaba con el equipaje a cuestas.

Recibió de todos un sí, excepto el de Cloud, pues él seguía contemplando la ciénaga y preguntándose si los chocobos regresarían a su hogar a salvo.

Los demás se pusieron en marcha y Cloud continuó detrás.

—Y ahora a atravesar la mina... Vaya ganas —soltó Barret mientras pisaba la tierra con fuerza—.¿Cuánto hay desde la entrada a la salida?

—Si mal no recuerdo... Unas dos o tres horas —respondió Tifa, quien estaba revisando el dato en un folleto—. Dependerá de cuánto nos entretengamos en el camino.

—¿No va a ser peligroso? —preguntó Zack—. Seguro que el aire estará viciado y... No sé vosotros, pero no me fio mucho de la ventilación de una mina.

—Ya... Aquí dice que los mineros crearon respiraderos cada kilómetro —les explicó—. Con eso sabemos que al menos tendremos un poco de oxígeno, supongo.

—¡Da igual! —exclamó Barret mientras aceleraba el paso—. Hay que ir detrás de Sephiroth sea como sea. A las malas nos tocará atravesar la montaña por arriba.

Barret continuó los primeros metros en solitario. El resto mantuvo el ritmo, sin embargo, al momento de rodear el siguiente barranco, un paisaje muerto se dejó ver por el grupo. Y no, no se trataba solamente de la vegetación.

—¿Qué cojones...? —murmuró Barret con la mirada hacia arriba.

Detrás de él siguieron los demás que, atónitos, no podían creer lo que veían sus ojos.

Aquélla peligrosa serpiente que esperaron ver en la ciénaga dejó de ser una amenaza desde el momento en que fue clavada en el tronco de un árbol muerto. Su garganta había sido perforada sin esfuerzo y, justo antes de morir, se había enroscado en el árbol en un nulo intento de liberarse.

Cloud contempló la crueldad que recibió la bestia, horrorizado, y no tardó en escuchar su mente el nombre de su autor.

—¿Sephiroth... hizo esto? —susurró para sí mismo.

Trató de aproximarse, pero la visión de la serpiente le había paralizado.

—Puto sádico —espetó Barret cuando se giró a los demás—. ¡Sabía que acabaría adelantándonos! No pienso perder más el tiempo.

Sin esperar a nadie, Barret echó a correr hacia la apertura de la mina, visible desde allí.

—¡Barret, espera!

Tifa siguió detrás de él y Zack, justo cuando hizo el amago de querer acompañarles, se volteó hacia Cloud, Aerith y Nanaki con algo de resignación.

—Los acompañaré también —dijo mientras le tendía a Cloud una de las mochilas que cargaba en el hombro—. Cuida de Aerith...

Cloud tardó un poco en salir de ese estado de ensimismamiento y agarró la mochila por el asa con un leve asentimiento.

—Nos veremos más adelante —se despidió de Cloud.

Mientras seguía a Barret y Tifa, Zack se despidió con un brazo de ellos y Aerith respondió con un ligero suspiro.

—¿Han pensado que irán más rápido sin nosotros? —preguntó Nanaki.

Cloud entonces negó con la cabeza.

—Simplemente no han podido soportar ver esto —le respondió mientras se colocaba la mochila detrás de la espalda y volvía a alzar la mirada hacia la bestia muerta.

—Me cuesta creer que alguien sea capaz de hacer algo así... —comentó Aerith con las manos contra el pecho—. Aunque se trate de un monstruo, sigue siendo cruel.

—Posee una fuerza sobrehumana... No deberíamos subestimarle —advirtió Nanaki.

Cloud poco a poco se fue acercando a la serpiente empalada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, posó una de sus manos sobre la piel y comprobó que ésta aún se encontraba blanda, pero la sangre que la manchaba ya se había secado.

—Sephiroth debe haber salido de la mina hace horas —dedujo Cloud—. Lo más que podemos hacer es seguir adelante, a nuestro ritmo.

Para el momento en que quiso percatarse, Aerith se encontraba a sus espaldas, con una pequeña duda:

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que fue él? —le preguntó.

Cloud abrió la boca para responder, pero en el momento en que fue a decir las palabras, se dio cuenta de que realmente no sabía la razón.

—Sólo es una sensación.

iii.

La Mina de Mitrilo, un lugar oscuro y abandonado. Cuando terminó de ser rentable para los herreros de Kalm debido a la competencia con Shin-Ra, los mineros dejaron sus puestos de trabajo y abandonaron las mismas. Poco después la compañía hizo uso de la historia de la mina para atraer el turismo y ahora volvía a caer en el olvido al verse envuelta en un problema que el mismo abuso de la energía Mako creó: la mutación de los animales. Por como se había visto el pantano y ahora la mina, Shin-Ra se desentendió de algo que dejó de ser productivo a su economía.

Cloud, Aerith y Nanaki entraron a las profundidades de las galerías de mitrilo. Con ayuda de una linterna, atravesaron las primeras distancias guiados por una señalización desgastada y de dudosa credibilidad. Había riesgo de perderse entre las numerosas bifurcaciones, sin embargo aún no parecían repetir el camino. También debían cuidarse de los angostos pasillos, húmedos y en ciertas ocasiones con pendientes acusadas. Cloud marchaba al frente, iluminaba el camino y se aseguraba de que era estable para sus compañeros.

Hacía tiempo que no pasaban por un respiradero. El aire estaba muy cargado y empezaba a complicarse el respirar. Cloud acababa de saltar lo que parecía el último eslabón a otro desnivel y les hizo una señal para que continuaran.

—Ésto empieza a asustarme un poco —confesó Aerith tras finalizar su salto.

—¿Seguro que no estamos dando vueltas? —preguntó Nanaki.

—Estoy seguro de que no —afirmó Cloud mientras iluminaba las paredes y el techo de la galería—. No hacemos más que descender...

—¿Y si volvemos por otro camino? —sugirió ella.

Aquéllo hizo pensar a Cloud.

—No lo sé... —dudó con algo de miedo—. Lo extraño es que aún podamos respirar aquí.

—Puede que estemos cerca de otro respiradero —reflexionó Nanaki.

—Yo también he pensado lo mismo, pero...

De pronto, un eco proveniente de más adelante interrumpió sus palabras.

—¿Cloud? —le llamó Aerith.

Cloud se giró a ellos con una expresión de profunda concentración y colocó el índice sobre sus labios para pedir su silencio.

De nuevo ese eco, el cual reconoció como una voz.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, pero no obtuvo respuesta de Cloud.

Él se limitó a apagar la linterna rápidamente y guardarla debajo del cinturón.

—Pegaos todo lo que podáis a la pared —les susurró y, extendiendo una mano, buscó la de Aerith a su derecha—. Dame la mano, Aerith. Nanaki, no te separes de ella.

En mitad de la oscuridad, Cloud consiguió dar con su mano y, tras asegurarse de que cada uno conocía la posición del otro, comenzó a desplazarse por el lateral despacio y con cuidado. No se trataba más que de una pequeña técnica de infiltración y, por como sonó esa voz, tenía ciertas sospechas.

Avanzados los primeros metros, una luz lejana reveló las siluetas de dos persona que, con claridad, no correspondían ni a Barret, Tifa o Zack. Cloud se arriesgó a acercarse más, agazapado, sin soltar la mano de Aerith. Las voces comenzaron a ser más claras.

—Sigo sin entender por qué estamos haciendo esto —se quejó una voz femenina.

—Es lo que nos ordenan y punto —le respondió su compañero con severidad.

—Se supone que tú eres mi superior —bufó ella—. Podrías darme algunos consejos... Que es mi primer día.

—Primero podrías empezar por mantener la boca cerrada. Por muy solitario que esté esto, no me fío.

—¿Pero es que tú alguna vez te fías de algo?

—Es nuestro trabajo...

Hubo una pausa.

—Oye, Rude —le llamó—. Si Sephiroth va a Junon, ¿por qué estamos aquí perdiendo el tiempo?

—Elena, por favor... —suspiró con pesadez—. ¿Quieres dejar de hablar con tantos detalles?

—¿Y quién hay aquí para escucharnos? ¿Las arañas? Sólo dímelo y acabamos rápido.

Rude al parecer cedió a la petición de ella.

—Debido a la fuente que nos avisó de ese avistamiento, no tenemos la certeza de que vaya hacia allí realmente, así que estamos buscando pruebas que lo confirmen.

—Ah... Vale. Ya lo entiendo.

Cuando Cloud se quedó satisfecho con la información recibida, se detuvo a la espera de que los dos individuos se terminaran de alejar. Poco después se giró a Aerith y Nanaki, los tres acuclillados junto a una viga.

—No sé quiénes son, pero tienen pinta de trabajar para Shin-Ra —sospechó Cloud.

—Estás en lo cierto —susurró Nanaki—. Ese Rude es miembro de los Turcos. Estaba con Tseng antes de que nos encerraran en las celdas del edificio Shin-Ra. ¿Te acuerdas?

Cloud frunció el ceño, recordando.

—Y supongo que Elena también pertenece a los Turcos... —continuó Aerith.

Cloud pensó sobre ello y regresó la mirada hacia la dirección en la que la luz se iba volviendo más tenue.

—Sigamos.

Esa vez tendrían que avanzar con más sigilo para no alarmar a los Turcos. Ni siquiera sería viable usar la linterna durante los siguientes minutos, por lo que los tres continuaron pegados a la galería, sin separarse.

El respiradero asomó al final de la gruta y su luz natural los guió hacia allí. Tal y como los anteriores, se caracterizaba por su color azul metálico y brillante, como si no hubiesen terminado de explotar sus paredes, pero en realidad ese atrayente color eran los residuos del mitrilo explotado y, por lo tanto, sin valor alguno.

La luz del sol penetraba por una fosa artificial en la parte superior, imitando una sima.

—Id con cuidado ahora —advirtió Cloud una vez le soltó la mano a Aerith.

Nada más llegar a la gran cámara que formaba el respiradero, Cloud dio unos pasos hacia el interior, en guardia, pero no sirvió de nada cuando, desde su derecha, se escuchó el característico sonido de una pistola al cargarse. Inmediatamente, se giró hacia su procedencia y extendió un brazo hacia Aerith para cubrirla.

—Vaya, Aerith... —dijo Tseng muy serio—. Cuánto tiempo sin vernos.

Nanaki comenzó a gruñir y preparó sus patas para lanzarse a atacar.

El cañón de la pistola seguía apuntando a Cloud.

—Hoy sí tengo balas de verdad —les advirtió con respecto a la última vez.

—¿Qué quieres? —preguntó Cloud.

—Nada que vosotros tengáis —respondió sin dejar de apuntarle.

La respuesta le confundió.

—¿No vienes a secuestrarme? —dijo Aerith, que se dejaba ver más tras la espalda de Cloud.

—No —dijo—. Esta vez tengo una misión distinta. Toda una casualidad que Sephiroth haya aparecido...

—¿Quieres decir que deberíamos estarle agradecidos? —continuó ella, indignada.

Tseng negó con la cabeza y, para sorpresa de los demás, bajó el arma.

—Más bien es una lástima que no podamos vernos más seguido, nada más.

El modo en que sonó eso no le gustó nada a Cloud.

—Ahora, si me disculpáis, tengo trabajo que hacer.

No hubo demora por su parte y, con tranquilidad, subió las escaleras de cuerda que ascendían hacia la apertura del techo abierto. Su marcha los dejó más aliviados, pues por un momento creyeron en un enfrentamiento. Los Turcos, aunque no tenían la misma fuerza ni la habilidad que un miembro de SOLDADO, eran expertos en combate cuerpo a cuerpo y a distancia; una de las balas de Tseng habría acabado con Cloud al instante. Tuvieron mucha suerte.

Los tres, estupefactos por el cambio del rumbo de los acontecimientos, continuaron su camino tan rápido como les fue posible. Era primordial encontrar a los demás y avisar de ello.

Las grutas subterráneas se prolongaron por casi dos horas más, no obstante la salida al otro lado del continente les esperaba a pocos metros. La luz del atardecer les hizo poco a poco acostumbrarse a su claridad y contemplaron el actual paisaje. Nuevos bosques y enormes praderas esperaban ser recorridos.

Aerith se dejó caer de rodillas exhausta, mientras Cloud se quitaba el peso de la espalda y se quedaba con ella. Nanaki, en cambio, siguió explorando en busca del resto.

—Necesito descansar —arrastró las palabras ella.

—No tardaremos en montar la tienda —la tranquilizó—. Ten un poco de paciencia.

Poco después, la figura de Nanaki se dejó ver entre las rocas de un pequeño desnivel escarpado y les avisó:

—Creo que acabo de verlos a varios metros de aquí.

Aerith suspiró.

—Con lo a gusto que me había quedado...

Cloud se incorporó y le ofreció una mano para ayudarla a ponerse en pie.

—Sólo un poco más, Aerith.

Cuando se reunieron con los demás, las caras de alivio de Zack y Tifa los recibieron con saludos discretos. Aún era palpable la tensión, sin embargo Cloud no sabía cómo empezar a disolverla. Estar con Aerith y haber hablado con ella la noche anterior renovó su estado y su opinión.

Barret, por otro lado, estaba montando la tienda entre unos arbustos con la relativa ayuda de Nanaki. El resto se agrupó para informar de lo sucedido y, por la cara que traía Zack, parecía tener algo muy importante que decir:

—Tenemos noticias —dijo con las manos en las caderas—. Justo cuando salimos de las minas, recibí una llamada de Kunsel —sacó de su bolsillo el telecomunicador—. Shin-Ra está buscando la pista de Sephiroth.

—Lo sabemos —respondió Cloud—. Nos encontramos a los Turcos dentro de las minas. Y no sólo buscan a Sephiroth, sino que también saben hacia dónde se dirige.

—A Junon —continuó Aerith.

Zack y Tifa coincidieron miradas sorprendidas.

—¿A Junon? —Tifa se puso una mano sobre el mentón—. ¿Creéis que tiene pensado atravesar el océano?

—Puede ser... —dijo Zack—. Pero yo no pienso esperar a averiguarlo.

—¿Cuánto tardaremos en llegar allí? —preguntó Aerith.

Sin embargo ninguno tenía una respuesta clara.

Zack se rascó la nuca y dio algo aproximado:

—Puede que una semana si no encontramos un vehículo en condiciones —se quedó mirando el aparato entre las manos—. No estoy seguro, lo admito, sólo sé que ahora estamos muy lejos de Junon.

—Bueno, lo importante es que tenemos un destino claro —animó Aerith mientras juntaba las manos detrás de la espalda—. Deberíamos preparar las tiendas y descansar. Mañana nos espera un día muy largo.

Aerith se puso de pie y se reunió con Barret y Nanaki para ayudarles a montar el campamento. Tifa la acompañó y dejó a Cloud y Zack a solas.

Ciertamente, él esperó sentir mayor incomodidad a su lado. Cuando alzó la mirada hacia Zack, se dio cuenta de que le estaba siendo mucho más difícil a él decir algo. Por eso, Cloud se esforzó en iniciar una charla.

—¿Kunsel averiguó algo más? —inquirió Cloud después de un pequeño momento en silencio.

Zack negó con la cabeza y suspiró.

—Nuestros archivos han pasado a estar entre los documentos clasificados —le respondió—. Kunsel sigue estando en 2ª Clase y le es imposible acceder a la información confidencial, ni siquiera si estuviese en 1ª.

Cloud agachó la cabeza y guardó silencio de nuevo. Sabía que no iba a ser tan fácil hallar una respuesta a lo que les pasó durante esos cinco años.

—¿Le pediste que buscara más?

—Sí, aunque será peligroso... —Zack se frotó el rostro—. Algo tuvo que pasarnos que Shin-Ra está intentando ocultar, pero no consigo acordarme.

—No vale la pena esforzarse —le aconsejó, al igual que Aerith hizo con él en su momento—. Tarde o temprano hallaremos las respuestas.

Sólo esperaba que no fuese demasiado tarde.